La democracia en la era digital

IMAGE: Rawpixel - 123RFEl Congreso de los Estados Unidos, al hilo de las investigaciones sobre la ya probada influencia rusa sobre la campaña electoral que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, anuncia medidas para controla las acciones publicitarias de las campañas electorales en el entorno digital, para tratar de ponerlas al mismo nivel de transparencia que poseen las acciones en otros canales tradicionales como radio, televisión o exterior: las plataformas publicitarias en la red deberán mantener una base de datos públicamente accesible con copias de todos los anuncios con contenido político que hayan publicado, qué criterios de segmentación utilizaron, quién los pagó y cuánto pagó por ellos.

Hasta el momento, los anuncios electorales en plataformas como Facebook recibían el mismo nivel de control que las acciones pequeñas como repartos de chapas, bolígrafos u objetos promocionales en los que no se consideraba adecuado añadir una nota con la información correspondiente, lo que en parte dio lugar a la entrada de actores que, amparados por esa falta de control, trataron, aparentemente con buenos resultados, de sesgar e influenciar los resultados de la campaña.

Hasta aquí, todo bien: que cualquiera que invierta más de quinientos dólares en un año en propaganda electoral en la red tenga que pasar por un nivel de control y figurar en una base de datos, algo que ya era obligatorio hacer si esa cantidad la invertía en carteles o en anuncios en radio o televisión, es algo que tiene bastante lógica. En un mundo en el que las campañas tienden cada vez más a utilizar el canal online por sus interesantes características de capacidad de segmentación y medición, interactividad, etc., lo lógico parece homologar el nivel de control y transparencia del canal online con el que ya existía en otros canales. Ahora bien… ¿suponen estas medidas la solución del problema?

Si alguien cree que ese nivel de control soluciona la posible injerencia de intereses extranjeros sobre las elecciones de un país, me temo que pecaría de una enorme ingenuidad. Las medidas, aunque positivas, no pueden evitar el problema, porque dejan fuera todas las acciones que no sean estrictamente propaganda electoral, sino de otro tipo: la creación de perfiles falsos, las acciones de participación y astroturfing en foros de todo tipo, la difusión de artículos y noticias con contenido político, etc. Según la información que Facebook, Google o Twitter están facilitando al fiscal especial que evalúa el caso, todo indica que el grueso de las acciones financiadas con dinero ruso no estuvieron únicamente destinadas a la inserción de anuncios, sino en muchos casos a la creación de acciones falsas, de perfiles inventados y de páginas supuestamente activistas que no hacían propaganda como tal, sino que llamaban la atención, difundían noticias y promovían la discusión en determinados temas.

Rusia, tras practicar en varias campañas en diversos países, parece haber encontrado la clave sobre cómo hackear unas elecciones: identificar los asuntos que más polarizan a los votantes y a la opinión pública, y crear perfiles, páginas y cuentas falsas dedicadas a elevar la tension de las discusiones al respecto. El racismo o el supremacismo blanco, por ejemplo, aunque obviamente nunca ha dejado de ser un problema en los Estados Unidos, hacía mucho tiempo que no entraba en la agenda política, y mucho más al nivel que lo hizo en esta campaña: según las investigaciones, algunas de las páginas y cuentas de Facebook o Twitter que más contribuyeron a estas discusiones, incluyendo supuestos activistas negros o páginas con exaltación del nazismo destinadas a sembrar división en el electorado, fueron creadas por intereses rusos y no tienen detrás a norteamericanos de carne y hueso: su única función era polarizar la campaña y elevar el tono para hacerlo más agrio. Auténtico ciberpopulismo: poner temas en la agenda y en la discusión política para movilizar a una parte del electorado y sesgar su voto hacia una opción determinada.

¿Pueden evitarse este tipo de acciones de interferencia electoral? Posiblemente, pero la respuesta va a tener que ser más coordinada y compleja que simplemente dotar a la propaganda electoral en la red de un nivel mayor de transparencia, porque el éxito de este tipo de acciones se basa precisamente en simular que no son propaganda electoral, que todos automáticamente descontamos, sino supuestas preocupaciones y acciones genuinas de parte del electorado. Una intromisión a todas luces ilegítima en la democracia, que debería ser adecuadamente corregida, porque responde, potencialmente, a intereses muy distintos a los de los ciudadanos y votantes. Cada uno es dueño de dejarse influenciar por lo que quiera y de votar a lo que estime oportuno, pero al menos, debería tener información completa sobre si el foro que le está influenciando o el usuario hiperactivista o incendiario que le lleva a cambiar el sentido de su voto o le decide a acudir a votar es real, es otro ciudadano como él, o es una tramoya cuidadosamente orquestada por un gobierno extranjero o por algún otro tipo de interés no necesariamente legítimo. Imagínalo en cualquier proceso electoral reciente: era la página de Facebook o la cuenta de Twitter que seguías y que llegó a influenciar tu voto o decidir tu participación el reflejo de un grupo de ciudadanos preocupados y dispuestos a movilizarse por esos temas, o era todo un teatro con perfiles falsos y financiado con fondos de un gobierno extranjero?

Llegar a un nivel de control de ese tipo, poder asegurar que aquellas plataformas que puedan influir en el voto de los ciudadanos tienen detrás intereses legítimos, parece una tarea sumamente compleja. Pero mientras tanto, no habrá ningunas elecciones, en ningún país, que puedan librarse de la sospecha de estar condicionadas por un gobierno que parece haberse especializado en este tipo de tácticas de manipulación, que parece haber aprendido y perfeccionado la técnica de apalancar los recursos de la red para manipular la democracia. Si alguien pensó que la democracia permanecería inmune a la influencia de lo digital, que vaya perdiendo la inocencia y la ingenuidad.

 

Powered by WPeMatico

Ser profesor en España

IMAGE: Andrei Krauchuk - 123RFMe gustaría compartir una pequeña reflexión personal sobre la educación en España, y el posible impacto que puede tener en algunas de las características que tenemos como país. Hoy llegué a un evento en el que participaba como ponente, y me encontré una escena muy típica, que estoy seguro que habréis visto: un salón razonablemente lleno, en el que las filas de aproximadamente el primer tercio de la sala estaban casi vacías, la primera fila estaba reservada para los ponentes, y la gran mayoría de los asistentes se habían acomodado… en la parte de atrás. Lo comenté en Twitter, y a juzgar por el volumen de actividad, no es una percepción únicamente mía.

¿Qué problema hay en nuestro sistema educativo que nos lleva a huir de manera sistemática de las primeras filas? ¿Por qué en la mayoría de los eventos la sala empieza a llenarse siempre por la parte de atrás? ¿Qué hace que no nos sintamos cómodos llegando a una sala y ocupando esas filas de delante en las que generalmente se ve y se oye mejor? El fenómeno no es exclusivo de nuestro país, pero sí creo que se da en él de manera más habitual o más evidente, y que seguramente – intuyo, aunque no tengo evidencias sólidas al respecto – tiene que ver con la falta de esquemas participativos en una gran parte de nuestro sistema educativo. ¿Tenemos algún tipo de prevención psicológica a estar cerca del ponente? ¿Miedo de que nos llame o nos pregunte? ¿De vernos interpelados? ¿De no poder salir discretamente si queremos? Como ponente, la verdad es que la sensación es extraña: vas a un sitio porque se supone que vas a contar algo que interesa y que por eso te han pedido que vayas, pero los asistentes, aunque suficientemente interesados como para acudir, prefieren sentarse de la mitad de las sala hacia atrás…

Relacionado: hace veintisiete años que soy profesor. Llegué a la educación casi por accidente y después de haberme negado a seguir una de las rutas habituales para llegar a la enseñanza, hacer el Curso de Adaptación Pedagógica (CAP) que había que cursar tras graduarse en la universidad para poder ser profesor en enseñanza secundaria. Desde hace veintisiete años, todo aquel que me pregunta a qué me dedico recibe una respuesta invariable: soy profesor. Y además, encantado de serlo, porque considero que el mundo académico me proporciona unos grados de libertad que no me ofrecería prácticamente ninguna otra dedicación de las que conozco.

Ahora, desde hace aproximadamente un año, soy también Senior Advisor para Transformación Digital e Innovación en la misma institución para la que llevo trabajando todos esos años. Aunque la responsabilidad sea muy interesante y tenga sentido para mí, el título se las trae: es larguísimo, e incómodo de utilizar. Además, es a todas luces evidente que, como puesto staff que es, ocupa un porcentaje de mi tiempo muchísimo más pequeño que mi labor principal, la de profesor: dar clase, evaluar, investigar, escribir, publicar, etc. Por eso, aunque valore esa responsabilidad, no he publicitado ese título prácticamente nada: no lo he puesto en mi tarjeta de visita, en la que sigue poniendo que soy profesor, me sigo presentando siempre como profesor, y aunque he añadido el nuevo cargo a LinkedIn y lo comenté brevemente cuando felicité las navidades el pasado diciembre, no considero que sea algo que me defina en absoluto: soy profesor, y que ahora esté como Senior Advisor no implica nada más que el que mi compañía piense que puedo contribuir con ideas en ese ámbito, pero mi dedicación principal sigue siendo, claramente, la de profesor. Sin embargo, durante este año, me he encontrado con algo muy curioso: en casi todos los eventos a los que voy me presentan con ese cargo en lugar de hacerlo con el que realmente me identifico, el de profesor.

¿Qué pasa en España con los profesores? En Finlandia, ser profesor es un motivo de orgullo, una señal de prestigio, una profesión envidiada, cuidada y razonablemente bien pagada. Es altamente selectiva: solo el 7% de los que intentan llegar a profesores consiguen serlo, y se considera una opción altamente respetada a la que solo pueden optar los mejores perfiles. En España, en cambio, si pueden presentarte con alguna otra ocupación que no sea la de profesor, tienden a optar por ella, porque los profesores están… ¿qué? ¿Mal vistos? Lo único que suele comentarse con envidia en España respecto a los profesores es “que tienen muchas vacaciones”. Obviamente, no preparamos ni exigimos a la mayoría de nuestros profesores lo que les exigen en Finlandia, pero a algunos niveles, la profesión no solo es extremadamente gratificante, sino que además, otorga una gran libertad creativa, muchas posibilidades de desarrollo profesional, y está bastante bien pagada en el contexto de un entorno, además, sumamente competitivo. De acuerdo, los profesores a ese nivel podemos considerarnos privilegiados dentro de la norma general en la profesión, pero aún así, todo indica que la percepción del profesor en España no se acerca, ni de lejos, a los niveles de otros países. Que alguien para presentarme prefiera utilizar un título largo y de staff en lugar de decir simplemente que soy profesor no es algo que me moleste especialmente… pero sí me parece un curioso síntoma. Y si lo percibo yo, que soy un auténtico privilegiado en ese sentido, ¿que no ocurrirá con los profesores a otros niveles?

¿Qué habría que cambiar en el sistema educativo español para elevar el estatus percibido del profesor, para convertir la actividad en una profesión respetada? ¿Cómo de importante es esto? A algunos niveles educativos, el profesor está cuestionado, quemado y acosado, en gran medida debido precisamente a esa ausencia de una percepción positiva sobre la importancia de su papel y su responsabilidad en la sociedad. ¿Cómo podemos aspirar a cambiar las metodologías educativas, a evolucionar la educación para adaptarla a los tiempos que vivimos, si partimos de una profesión desprestigiada y con pocos estímulos más allá de la vocación? ¿Cuánto podría contribuir algo así – que obviamente, no se consigue de la noche a la mañana y conlleva no pocas decisiones y acciones para ponerlo en práctica de manera efectiva – a la mejora del sistema educativo? ¿Podríamos partir de una transformación digital de la actividad educativa, y de un trabajo serio de desarrollo profesional, de inversión en formación, para obtener una mayor cualificación en los docentes y mejorar la percepción de su profesión? ¿Es difícil, es complejo, o es directamente imposible? ¿Qué habría que hacer para que un profesor fuese considerado, en España, como un elemento fundamental en el funcionamiento y el desarrollo de la sociedad?

 

Powered by WPeMatico

Facebook, Twitter y la comunicación de crisis

IMAGE: Ufuk Uyanik - 123RFLas sucesivas crisis de comunicación con las que Facebook se ha encontrado en los últimos meses en torno a su papel en las elecciones presidenciales que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca y a su gestión de la difusión de noticias falsas, han dado lugar a una curiosa evidencia: la compañía, para su comunicación de crisis, tiende cada vez más a recurrir a Twitter.

Que la compañía indudablemente líder en las redes sociales recurra a los servicios de un competidor, otra herramienta social, para llevar a cabo su comunicación de crisis resulta solo relativamente sorprendente: en muchos casos, se trata simplemente de estar ahí para responder a alegaciones hechas originalmente a través de ese canal, respuestas que tendría muy poco sentido derivar a un canal diferente. Pero mayoritariamente, hablamos de la constatación de una evidencia: algo más de una década tras su lanzamiento, a pesar de las dudas sobre su viabilidad económica y de sus problemas con el acoso, el abuso y el cyberbullying,  Twitter se ha convertido en el lugar en el que se produce la comunicación inmediata, en el sitio al que acudes para sabes qué está pasando en un momento determinado.

Esa característica de inmediatez es, fundamentalmente, la que convierte a Twitter en el arma perfecta para la comunicación de crisis, hasta el punto de que la propia Facebook se vea abocada a utilizarla. El uso no es, como tal, una consigna oficial: los principales directivos de Facebook, como Mark Zuckerberg o Sheryl Sandberg, llevan sin escribir nada en sus cuentas de Twitter desde 2012 y 2013 respectivamente. Pero la evidencia es la que es: ante una crisis, estar presente en Twitter es fundamental. 

En la eventualidad de una crisis corporativa, las compañías comienzan a tener claro que si quieren dar una imagen mínimamente coherente y representativa de los tiempos que vivimos, les resultará imprescindible crear un gabinete de gestión de la situación que esté permanentemente enganchado al pajarito azul, porque es ahí donde todo el mundo va a acudir para intentar saber lo que está pasando, la extensión de los posibles problemas o las respuestas de la compañía. Si no dices nada y te encierras a escribir una clásica nota de prensa para enviarla a los medios, cuando esa comunicación llegue a su destino, la mayor parte del daño reputacional ya estará hecho, y habrás tenido que ver cómo se desarrollaba toda una conversación en torno a la situación sin que tu compañía, precisamente la más afectada, participase en ella. Todo lo que los directivos de comunicación tradicionales sabían sobre el control de los tiempos, teóricamente considerado fundamental en toda gestión de crisis, ha sido radicalmente dinamitado: el único control de tiempos posible es contestar rápidamente a todo el que diga algo digno de consideración, y formar parte de la conversación que se establezca en Twitter en torno al problema. Si no estás, si no apareces, si no contestas a nadie, malo. El asunto escalará, y te arriesgarás incluso a que se convierta en viral, porque Twitter, por esa misma característica de inmediatez, es para ello un soporte ideal.

Obviamente, estar presente en Twitter en un momento de crisis no es sencillo. No podemos pensar en poner al mando de esa cuenta a alguien con poca experiencia en gestión de medios sociales, a alguien que pueda perder los nervios, contestar de manera inconveniente o que desconozca lo más elemental de la analítica y la cuantificación. Lo lógico es tener esa función ya desarrollada, ya construida desde hace mucho tiempo, con community managers de nivel que conozcan la compañía perfectamente, puedan tirar de los recursos adecuados en cada momento en función de las necesidades, y hayan sido adiestrados en infinidad de pequeñas crisis anteriores, desde un cliente insatisfecho hasta un influencer que dice algo inconveniente. Esos son los kilómetros que hay que hacer para considerarse preparado para aquello para lo que nunca estamos preparados, pero que alguien tiene que hacer.

Twitter puede tener problemas de muchos tipos, pero la mayoría de los que lo utilizan habitualmente están de acuerdo en una cosa: si no existiese, habría que inventarlo de nuevo. Y en el caso de la comunicación de crisis, esto es todavía más real.

 

Powered by WPeMatico

tbh: entendiendo la estrategia de Facebook

tbh screenshotsSi aún no sabes lo que es tbh, no te preocupes, es perfectamente normal: hablamos de una app cuyo significado es “to be honest”, específicamente diseñada para teenagers en high schools y colleges, disponible por el momento únicamente para iPhone y en algunos estados norteamericanos, y que busca generar un uso positivo del anonimato, con preguntas y encuestas propuestas por la aplicación o introducidas por los usuarios, pero siempre con un tono constructivo, cuando no casi edulcorado, y gamificado mediante corazoncitos, brillantitos y emojis con aspecto encantador. Todo muy high school y muy gossip, cotilleo social, pero intentando eliminar esos elementos peligrosos de dinámicas negativas, acoso y cyberbullying que existían en aplicaciones ya desaparecidas como Secret o Yik Yak.

La app se lanzó oficialmente el pasado agosto y tiene una mecánica de introducción lenta, prácticamente estado a estado y colegio por colegio, pero ha sido capaz, en muy pocas semanas, de alcanzar los cinco millones de usuarios y de situarse como primera app gratuita por número de descargas en los Estados Unidos, por encima de monstruos tan consolidados como Gmail, Bitmoji, YouTube, Instagram o Snapchat.

Y ahora, desde hace unas pocas horas, tbh ha pasado a formar parte de Facebook. La compañía, que ya ha dado la noticia en su página, seguirá operando como marca independiente tras una transacción relativamente pequeña, se estima que de menos de cien millones de dólares, que no requerirá ningún tipo de aprobación legislativa, pero sus empleados pasarán a formar parte de Facebook y tendrán correos electrónicos con dirección fb.com, lo que indica un nivel de integración algo superior al que llevaron a cabo compañías como Instagram o WhatsApp.

La transacción nos permite volver a hablar de la estrategia de Facebook: para cualquier observador no suficientemente especializado , tbh podría ser considerada una app prácticamente desconocida: a pesar de lo que supone haber ocupado durante algunas semanas el top de descargas, nunca fue anunciada públicamente, y mantenía una evolución relativamente discreta, prácticamente volando bajo el radar. Sin embargo, en Facebook la tenían perfectamente ubicada, sabían a qué se dedicaba, seguían su desarrollo y mantenían contacto con sus fundadores, particularmente desde que vieron que estaba generando cierta tracción entre un segmento, el más joven, que en muchas ocasiones se considera reflejo de tendencias que se consolidan a medida que crecen. Nadie – espero – piensa que una app como tbh vaya a extender su uso a entornos de otro tipo, pero en un buen número de colegios norteamericanos, se ha convertido en la app que marca la vida social, la que atrae la atención y la que permite diseñar un entorno aparentemente sano, en el que el anonimato intenta tener connotaciones positivas. La app está pensada para alumnos de 9º grado o superior, entre 14 y 15 años y hasta – si quieren – los primeros años después de graduarse: al darse de alta, deben especificar su curso, su instituto o universidad, y su género, entre boy, girl o non-binary. Tras definirse, entran en un juego en el que contestan y proponen preguntas que tienen como protagonistas a sus compañeros y compañeras, y que siguen las dinámicas sociales que cabe esperar en este tipo de entornos, generalmente con respuestas anónimas, aunque pueden utilizarse también mensajes directos. Las preguntas con connotaciones negativas, o que puedan generar dinámicas de bullying o acoso, son rechazadas.

¿Qué supone para tbh ser adquirida por Facebook? Básicamente, más recursos, de todo tipo. Por supuesto, más dinero, pero también mejor ingeniería, abundante experiencia de cara a problemas habituales en las fases de crecimiento de este tipo de aplicaciones, y una integración en el paraguas de la compañía más importante en el entorno de las redes sociales. Para Facebook, tbh representa una posibilidad de incrementar su llegada al público más joven, de entenderlo y, sobre todo, de no perderlo, y todo ello a cambio de una cantidad relativamente pequeña. Como parte de esa estrategia, Facebook se ha convertido en el vigilante total de todas las dinámicas de adopción en la web: hace algunos meses, la compañía sondeaba a sus usuarios más jóvenes para tratar de entender qué los llevaba a adoptar Houseparty, una app de videochat múltiple, para finalmente, tras obtener respuestas e – imagino – tras hablar con los fundadores, tomar la decisión de no adquirirla, pero sí de copiar su funcionalidad. Si destacas en el ámbito social, debes saber que terminarás o bien siendo adquirido por Facebook, o bien con tu funcionalidad completamente replicada e iterada tantas veces como haga falta, como ocurrió en el caso de Snapchat, hasta que sea capaz de desplazarte.

El entorno de las redes sociales es así: brutalmente rápido, con tendencias que, si no las entiendes o las ves venir, pueden dejarte fuera de juego en muy poco tiempo. Un entorno en el que puedes pasar de ser el símbolo de una generación, a desaparecer en pocos meses, como le ocurrió a MySpace, o en el que puedes encontrarte tu red convertida en un fenómeno regional que dificulta su adopción en otros países, como sucedió con Friendster o con Orkut. ¿Dónde están hoy fenómenos regionales que en sus países fueron enormes, como Tuenti en España, StudiVZ en Alemania, Hyves en Holanda, Hi5 en Latinoamérica, por citar tan solo algunas?

Facebook conoce perfectamente esa volatilidad, y por ello considera como un auténtico activo estratégico su capacidad para observar el mundo desde la atalaya que proporcionan más de dos mil millones de usuarios activos en todo el mundo. Si algo se mueve en el entorno social, Facebook lo va a ver, y va a reaccionar en consecuencia. En ese sentido, tbh es solo una prueba más de la hiperactividad de Facebook, de la imperiosa necesidad de conocer perfectamente tu entorno, de vigilar tu territorio, y de reaccionar de manera rápida y concluyente: unos meses de descuido o de inacción, y puedes encontrarte ante un fenómeno ya demasiado extendido, que no quiera vender o que resulte demasiado caro. La velocidad y la paranoia como elementos estratégicos.

 

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “tbh: understanding Facebook’s strategy” 

 

Powered by WPeMatico

¿La… “malvada” tecnología?

Most valuable brands 2017 - ForbesSi hace un par de días hablábamos de las cambiantes percepciones sobre la industria tecnológica y de cómo compañías como Google, Apple, Facebook o Amazon estaban convirtiéndose en las auténticas bestias negras que inspiraban cada vez más miedo a los directivos de empresas tradicionales, hoy puede ser interesante constatar hasta qué punto esos temores no son compartidos por la gran mayoría de los usuarios, que tienden a mantener a esas marcas desde hace ya mucho tiempo en los escalones más altos de los rankings de popularidad.

Podemos acusar a las compañías tecnológicas de no ser transparentes, de desperdiciar un talento que podría salvar el mundo dedicándose a frivolidades, o incluso de dedicarse a crear a nuestros próximos sustitutos para lo que sea  mediante máquinas que programan a otras máquinas y que lo hacen ya mejor que las personas, pero la gran verdad es que la inmensa mayoría de los usuarios siguen prefiriendo mayoritariamente a esas compañías, usando constantemente sus productos y pensando que contribuyen a hacer su vida mejor. Y al margen de los esfuerzos de lobbying, del reparto de plátanos y de las importantes inversiones que estas compañías llevan a cabo para obtener el favor de  los legisladores, para probar que generan empleos, que no se están comiendo el mundo y que son positivas para la sociedad en su conjunto, lo cierto es que, en efecto, las percepciones de estas marcas en el conjunto de la sociedad siguen siendo abrumadoramente positivas.

Piensa en una marca con la que te relaciones habitualmente. No importa la actividad. En un ejercicio de economía-ficción, puedes pensar en tu banco, en tu aseguradora, en tu coche o en la crema hidratante que te estás echando en la cara. Para una cantidad creciente de usuarios, las razones por las que esas marcas siguen ahí es o bien la fuerza de los hábitos y la costumbre, o bien el hecho de que ninguna de las marcas tecnológicas hayan lanzado aún un producto o servicio que de verdad compita frontalmente con los de esas compañías tradicionales. ¿Cuántos, si nos dieran a escoger, preferiríamos confiar nuestros ahorros y nuestra actividad económica, o nuestras pólizas de seguros, a una compañía tecnológica? ¿No cambiarías tu banco por Apple Bank, Google Bank, Facebook Bank o Amazon Bank? ¿Cuántos estaríamos tentados de cambiar nuestro coche por uno fabricado por una de esas compañías, si se diera el caso? Y si una compañía tecnológica se dedicase de repente a la cosmética… ¿no esperarías productos con prestaciones superiores o con mayores niveles de personalización? No he puesto especial esfuerzo en inventarme esos ejemplos: en la práctica, puedes pensar prácticamente en lo que quieras, y te encontrarás pocas excepciones. A lo largo de los últimos diez o veinte años, las genéricamente llamadas “compañías tecnológicas” han pasado a ocupar un lugar muy especial en la mente del consumidor, han construido una reputación de ser capaces de exceder sus expectativas, de construir consistentemente productos o servicios con connotaciones mayoritariamente positivas. De hecho, una amplia mayoría de norteamericanos opina que la tecnología es lo que más ha hecho para mejorar sus vidas en los últimos cincuenta años.

Esa construcción de connotaciones positivas, sostenida a pesar de los innumerables problemas que supone explorar áreas permanentemente nuevas, escasamente definidas y relacionadas con la disrupción, no proviene de la casualidad. De alguna manera, las compañías tecnológicas han sido capaces de desarrollar una serie de prácticas de management, de comunicación y de elección de áreas de actividad que, después de muchas décadas de competir básicamente igual, han sido capaces de resonar con el gran público y de ser percibidas como diferenciales. Lo harán mejor o peor, ganarán más o menos dinero y generarán críticas por muchas cuestiones justas o injustas, por su vocación monopolística, por sus prácticas de evasión fiscal o por su tratamiento de la privacidad y la información personal, entre otras muchas cosas… pero ahí siguen, liderando las clasificaciones de valoración de marca y reputación, siendo capaces de atraer talento mejor que cualquier otra compañía, y mejorando sus productos y servicios día a día, con una progresión que muy pocas compañías tradicionales son capaces de seguir. No les faltan ni les faltarán críticos, pero ahí siguen. Desde hace mucho tiempo, y por mucho tiempo más.

No, no han desarrollado técnicas para lavar el cerebro al mercado. Si les va bien, si incrementan su valor en bolsa consistentemente día a día y si crecen sin parar tanto en facturación como en número de usuarios, no es por casualidad. Es por otra cosa. Piénsalo: ¿qué cosas hacen esas compañías que la tuya no es capaz de hacer?

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Tech companies, doncha just love ’em?” 

 

Powered by WPeMatico

Y dices tú de rotondas… Mira el follón que tienen montado en China para cruzar una calle

Rotonda China 02

Si no te suena el nombre de Zhangjiakou, no te alarmes demasiado. En esa ciudad-prefectura que durante años se conoció como Kalgan viven 4.300.000 habitantes¹, y de ellos hay un montón que llevan días flipando con el trazado que les han montado en una de las avenidas de la capital china, con la hipotética finalidad de facilitar el tráfico rodado.

Según recoge el Daily Mail a partir de imágenes publicadas en People.cn, este minimalista marcado de los carriles no es definitivo, y la policía local apela al sentido común de los conductores, pero de momento la gente dice que ven la solución algo… laberíntica, y por eso hay quien ya se ha lanzado a compartir lo que considera como uso de carriles más recomendables para cada destino.

Continue reading Y dices tú de rotondas… Mira el follón que tienen montado en China para cruzar una calle

El fin del motor de explosión no será tal

IMAGE: Maria Itina - 123RFUn buen artículo en Quartz, Gas cars are like horses—one day we’ll just own them for fun (like Elon Musk), incide en el interesante tema de la retirada de las tecnologías obsoletas aplicada específicamente al motor de explosión, que no solo no llegará a desaparecer, sino que muy posiblemente persista durante generaciones simplemente como algo que conduciremos por placer o por diversión.

¿Es el motor de explosión como tal una tecnología obsoleta? Sin duda, hablamos de un entorno en el que muchas marcas aún rivalizan por obtener mejores y mejores rendimientos en términos de eficiencia, y en el que la ingeniería ha llegado a un nivel de sofisticación elevadísimo. El motor de combustión interna ha cambiado el mundo completamente, y nos ha permitido cosas que de ninguna manera habríamos podido conseguir sin su desarrollo. Sin embargo, ha contribuido también a generar la crisis más importante que conocemos para la sostenibilidad de la actividad humana en este planeta, una crisis de la que ya se hablaba cuando yo era un niño, pero para cuya solución real se ha hecho verdaderamente muy poco en todo este tiempo. En este momento, la ciudad en la que vivo, Madrid, está incrementando las restricciones por contaminación un día detrás de otro, en una situación que únicamente la climatología parece poder evitar. Con suerte, lloverá algo la próxima semana y paliará algo la situación, pero cada día más me siento como los agricultores, levantándome por la mañana y mirando al cielo a ver si la naturaleza nos es propicia, y pensando que esas restricciones, aunque indudablemente incómodas y molestas, no son nada con las que realmente tendríamos que estar planteando dada la gravedad de la situación.

Que los vehículos eléctricos sigan representando porcentajes minúsculos de las ventas totales de vehículos, o que los de pila de hidrógeno sean todavía opciones completamente minoritarias a pesar de ser energéticamente mucho más eficientes y, sobre todo, mucho más limpios, nos demuestra que la cultura medioambiental de la población es aún escasísima, lo que afecta a la evaluación de la incidencia del problema. Las fechas propuestas para la prohibición de la fabricación y venta de vehículos con motor de combustión interna en países como China, India o Francia se establecen en torno al año 2030 ó 2040, mucho más lejos de lo que el sentido común parecería recomendar. Hablamos de países en los que la dimensión del problema es elevadísima, en los que hay personas que mueren todos los días por afecciones respiratorias, y en los que hay niños que han crecido en ciudades en las que jamás han llegado a ver un cielo de color azul… pero que aún se plantean que la situación pueda seguir empeorando durante veinte o treinta años más.

No, el enfoque de este tema es completa y brutalmente incorrecto. Si fuésemos mínimamente responsables, la prohibición de la fabricación y venta de vehículos con motor de combustión interna tendría que situarse en los próximos tres años, en 2020, aunque ello significase destrozar las expectativas de rentabilidad de algunas de las compañías más importantes y que más mano de obra generan en todo el mundo. Condicionar el futuro del planeta y la salud de sus habitantes a la expectativas de rentabilidad de una serie de compañías es un error enorme, una irresponsabilidad absoluta, que solo comprenderemos cuando la veamos con la suficiente perspectiva. Lo correcto sería obligar a esas compañías a ser competitivas con tecnologías limpias, lo que de verdad podría dar lugar a una potente escalada tecnológica que permitiría superar rápidamente las limitaciones que esas tecnologías aún tienen a día de hoy.

Nadie se plantea prohibir el uso del motor de explosión como tal. Sin embargo, varias señales apuntan a que, en el futuro, ese uso estará tan fuertemente desincentivado, que se convertirá en prácticamente anecdótico, en un uso puramente lúdico o excepcional: como el artículo comentado menciona, como tener un caballo, o como el ejemplo que suelo utilizar en mis clases, poseer una avioneta. Quien tiene un caballo, sabe perfectamente que no lo hace por tener un medio de transporte, ni porque sea eficiente tenerlo. El número de caballos, que decreció durante varias décadas a medida que su uso en el campo iba disminuyendo sustituidos por motores de explosión, lleva incrementándose desde la década de los ’90, pero con un planteamiento completamente diferente. Nadie nos va a prohibir que tengamos un caballo… pero nadie espera que lo utilicemos para ir a trabajar todos los días. Seguramente nunca nadie nos prohiba tener una avioneta privada, pero quien la tenga, no lo hará porque le resulte eficiente como medio de transporte, sino por otras razones.

¿Qué factores llevarán a ese cambio de papel del motor de combustión interna?

  • Las cada vez mayores restricciones a su uso. En ciudades como Madrid, esas restricciones se vinculan fundamentalmente a las circunstancias climatológicas, y se expresan en forma de prohibiciones como la de circular a más de 70Kmh, estacionar en la vía pública o incluso restringir la circulación de matrículas pares o impares. En otras, como Londres o Singapur, suponen importantes peajes a la entrada de determinadas zonas. De una u otra manera, los vehículos eléctricos o de pila de hidrógeno están al margen de esas restricciones, lo que los convierte cada vez más en opciones interesantes. En algunos países nórdicos, esos vehículos no pagan en los abundantísimos ferries, ni en los peajes de las autopistas, ni en aparcamientos, lo cual, además de las ventajas y subvenciones a su adquisición, son aspectos que contribuyen a incrementar su atractivo.
  • El incremento de la carga impositiva tanto a los combustibles fósiles, como a los propios vehículos. Aún siendo una opción impopular y considerada injusta, ya que grava a quienes posiblemente no pueden permitirse otro tipo de vehículos, seguramente se plantee de una manera cada vez más clara.
  • La progresiva disminución del precio y mejora de las prestaciones de las tecnologías alternativas, que llevará a que ese tipo de vehículos se conviertan en más baratos que sus equivalentes con motor de explosión en un plazo de unos cinco años.
  • La disponibilidad cada vez mayor de infraestructuras relacionadas, como estaciones de carga, de abastecimiento de hidrógeno, etc. que permitirán plantear usos que hoy resultan poco flexibles. Si bien el 87% de las necesidades de un usuario particular de un vehículo eléctrico pueden abastecerse perfectamente con una sola carga en su domicilio durante la noche, las de un vehículo que integre una flota de transporte precisan de infraestructuras de carga adicionales.
  • La popularización cada vez mayor de modelos no basados en la posesión de un vehículo, que pasará de ser un producto a configurarse como un servicio. Algunos autores, como Tony Seba, predicen que en 2030, el 95% de las personas no poseerán un automóvil, y recurrirán en su lugar a servicios de transporte de diversos tipos. Como dice Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, “un país desarrollado no es uno en el que los pobres tienen coche, sino uno en el que los ricos utilizan el transporte público”.
  • El propio concepto de transporte público pasará de entenderse como autobuses, metro o tranvías, a incluir todo tipo de servicios de transporte: flotas de vehículos autónomos en los que podemos viajar solos, etc. que son necesarios para configurar las necesidades que muchos usuarios consideran imprescindibles y disuasorias con respecto a otras opciones.
  • La llegada del vehículo autónomo planteado, de nuevo, no como un bien que los usuarios poseen, sino como un servicio que utilizan.
  • Las tasas de accidentalidad dramáticamente inferiores de los vehículos autónomos con respecto a los convencionales llevarán, cada vez más, a un escenario en el que conducir nuestro propio vehículo será cada vez más caro en términos de asegurar dicha actividad. Las compañías de seguros y sus cálculos serán, sin duda, uno de los factores fundamentales en el hecho de convertir el hecho de conducir nuestro propio vehículo una actividad solo accesible para los que puedan permitirse la correspondiente póliza de seguros.

 

Lo que se configura, de manera aún excesivamente lenta, es un escenario en el que no solo dejaremos de ver vehículos de combustión interna excepto para usos ocasionales y posiblemente lúdicos, sino que incluso dejaremos de poseer vehículos, para utilizar servicios de transporte. No, nadie nos prohibirá tener el descapotable biplaza de gasolina que nos compramos cuando éramos jóvenes, pero poseerlo tendrá tanto sentido como el que tiene hoy para algunos poseer una avioneta privada, o un caballo, relegados a usos ocasionales y no guiados en ningún caso por criterios de eficiencia económica.

Ahora, solo falta que todos estemos de acuerdo en que, aunque sea doloroso y económicamente difícil de abordar, este proceso tendría que producirse mucho más rápido…

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “The internal combustion engine will end not with a bang…” 

 

Powered by WPeMatico

Los coches de la película ‘Cars’ existen de verdad porque los japoneses son así de frikis

Cars

El universo de la películaCars‘ da para mucho. Cuando todavía humean los escapes de la última entrega de la saga firmada por Brian Fee para Pixar —una ‘Cars 3’ que no acabó de convencer—, gracias a los momentos que elabora Twitter hemos dado con un universo paralelo en el que la gente compra paragolpes sonrientes y se los encasqueta a sus utilitarios para… lo que sea.

Y ese universo paralelo se encuentra en Japón.

Continue reading Los coches de la película ‘Cars’ existen de verdad porque los japoneses son así de frikis

¡Batalla en circuito!: McLaren P1 GTR vs Aston Martin Vulcan, en vídeo

McLaren P1 GTR vs Aston Martin Vulcan

Es muy probable que si tuvieras que decidirte por un juguete de circuito empezaras a pensar en barquetas o ligeros deportivos, al estilo de Caterham o Radical, e incluso coches de carreras, pero nuestros amigos de Drivetribe, la plataforma creada por Clarkson, Hammond y May, han querido jugar en otra liga.

Y es que Henry Catchpole y Jethro Bovingdon, dos de los periodistas de motor más brillantes de la actualidad, se han dado cita en el Rockingham Motor Speedway de Corby, en Inglaterra, con dos de las bestias para circuito más espectaculares de los últimos tiempos: el McLaren P1 GTR y el Aston Martin Vulcan. Ahora la pregunta es, ¿cuál es el mejor?

Continue reading ¡Batalla en circuito!: McLaren P1 GTR vs Aston Martin Vulcan, en vídeo

Regalos de Navidad: un paseo en DS Tiburón para conocer la ciudad

Tiburon En Madrid

Aunque no lo parezca por el clima del que estamos disfrutando a mediados del mes de octubre, ya estamos en pleno otoño y eso quiere decir que se acerca la navidad. Es por tanto tiempo de hacer regalos.

Uno de los más originales de cuantos hemos conocido relacionados con el mundo del automóvil es el que propone DS, la marca de lujo del Grupo PSA. Quieren que regales un viaje para dos personas en un DS 23, el ‘Tiburón’, y que puedas conocer la ciudad a bordo. Una experiencia inolvidable.

Continue reading Regalos de Navidad: un paseo en DS Tiburón para conocer la ciudad

Tecnología, movilidad y eficiencia energetica