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Trabajo flexible: hay tendencias que no se pueden revertir

IMAGE: amasterpics123 - 123RFRecientemente, IBM, una de las compañías que más se ha preciado de ofrecer un entorno de trabajo flexible y basado en la libertad para trabajar desde donde uno estime oportuno, anunció que iba a obligar a sus trabajadores con este tipo de acuerdos a regresar a la oficina. El movimiento, similar al planteado por Yahoo! tras la llegada a la dirección general de Marissa Mayer en febrero de 2013 y que muchos calificaron como “propio de otra era“, sigue a veinte trimestres consecutivos de ingresos descendentes, una circunstancia de resultados negativos similar a la que ocurría en su momento en Yahoo! En el caso de la decisión de Marissa Mayer, la idea era volver a reunir a los trabajadores para intentar reforzar unos elementos culturales que parecían haberse perdido y que formaban parte del plan de la nueva CEO para salvar la compañía, una estrategia que, como es obvio, nunca llegó a funcionar. Intentar reforzar tu cultura obligando a tus trabajadores a hacer cosas que no quieren hacer o que consideran un paso atrás no parece un buen comienzo para nada.

Cambiar los términos del contrato con tus trabajadores cuando las cosas vienen mal dadas tiene dos problemas: el primero, es que es muy posible que a esa medida siga, de manera inmediata, un fuerte drenaje de talento, personas valiosas para la compañía que consideraban su libertad para trabajar desde su casa una parte importante de los términos de su contrato, y que ahora prefieran, simplemente, irse a trabajar a otro sitio. El segundo problema es que medidas de este tipo acusan de manera directa a estos trabajadores de tener alguna responsabilidad sobre las pérdidas de la compañía, una correlación que no tiene por qué ser en absoluto cierta.

El movimiento de IBM es un error, y si alguien pretende verlo de alguna manera como una tendencia a volver a llevar a los trabajadores a las oficinas o como un problema derivado de los sistemas de trabajo flexible, se equivocará también. La flexibilidad de los sistemas de trabajo, sencillamente, es algo que no admite ningún tipo de vuelta atrás. Las compañías que se empeñen en encerrar a sus empleados en sus oficinas de nueve a cinco como si fuesen hamsters en una jaula verán de manera invariable cómo su capacidad de atraer y retener talento se resiente, y cómo terminan siendo esos sitios donde solo se quedan aquellos que no son capaces de encontrar trabajo en otro sitio.

La tecnología no se detiene, y trabajar hoy desde casa no tiene nada que ver con lo que significaba hacerlo hace cinco o diez años. Nada. Actualmente, la tecnología permite que el problema fundamental que existía entonces, el desarraigo o detachment, la erosión progresiva del vínculo entre trabajador y compañía, no se produzca. Dicho esto, todo indica que los acuerdos que llevan a que una persona lleve a cabo su trabajo íntegramente desde su casa y no aparezca por la sede corporativa es, seguramente, un tipo de acuerdo que solo resulta conveniente en determinados casos, y que la realidad es que la mayoría de las compañías se están inclinando por acuerdos de tipo parcial, en los que el trabajador tiene total libertad para trabajar desde su casa o desde la oficina de la compañía, y que esta oficina se configure cada vez más como un lugar que aporte algo, que posibilite y fomente un intercambio de experiencias, un roce, una serie de oportunidades que den lugar a la colaboración, a la innovación.

El caso de Google es paradigmático: sus oficinas no son en absoluto punteras y mantienen el espacio reservado a cada trabajador, lo que hace que en caso de trabajar desde caso, la dedicación de espacio a una persona que no está redunde en una ineficiencia total en el uso del espacio. La razón es que los ingenieros, el componente del talento más significativo de la compañía, prefieren configurar sus espacios de trabajo de manera personal, con sus máquinas, monitores y teclados elegidos por ellos mismos, o incluso los elementos de la decoración. Que esos espacios estén en cubículos en áreas compartidas y no en despachos cerrados es completamente anecdótico, y solo refleja un deseo de mejorar la interacción, de ofrecer oportunidades para que surja la chispa de la innovación. Pero en realidad, la oficina está diseñada para funcionar como un imán, como un sitio atractivo donde el trabajador quiera ir, porque la comida es muy buena, se puede llevar la ropa a lavar, o incluso tienes un masajista. El trabajador de Google puede perfectamente trabajar desde su casa y lo hace cuando la ocasión lo recomienda, pero esa posibilidad no se fomenta, y en realidad, se intenta que termine por preferir trabajar desde la oficina.

Lo que sí se revela como elemento común es el cambio en las infraestructuras de telecomunicaciones y de trabajo. Cada vez más, las empresas trabajan con más personas que no están en sus oficinas, además de un número creciente de freelancers y trabajadores itinerantes, y eso se refleja en sistemas de trabajo que permiten reunirse y ver a una persona independientemente de dónde esté físicamente, participar en una reunión con total normalidad desde una pantalla sin tener que pedir una infraestructura especial, y disponer de espacios para trabajo en grupo, reuniones o para hacer una llamada de teléfono o una reunión que requiera privacidad. Esa tendencia se superpone al trabajo desde casa, y determina espacios de trabajo cada vez más líquidos, más adecuados para la conciliación y, sencillamente, más acordes con el entorno tecnológico actual. Querer ir contra lo que se ha convertido en claro signo de los tiempos es una forma primaria de intentar vanamente retomar el control, y es un error. Lo haga IBM, Yahoo!, o quien lo haga. Si crees que de alguna manera, esas decisiones implican que el trabajo flexible está en retroceso, te equivocas. Hay tendencias que son imposibles de revertir.

 

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Sobre el futuro del trabajo, en El País

La tecnología jubilará primero a los menos cualificados - El Pais

Miguel Ángel Criado me envió algunas preguntas por correo electrónico para documentar su artículo en El País sobre el futuro del trabajo, encuadrado en el Proyecto REIsearch sobre el impacto de la nueva generación de internet sobre diversas facetas de la vida, y que fue publicado ayer con el título “La tecnología jubilará primero a los menos cualificados” (versión en papel en pdf). 

El tema, como sabréis los que os pasáis por aquí a menudo, me apasiona completamente, y lo revisito de manera bastante habitual. Mis respuestas intentan sintetizar algunas de las cuestiones más candentes cuando se habla del futuro del trabajo como base fundamental de la sociedad que conocemos o incluso de la identidad de la persona, hasta el punto de que cuando hablamos de alguien, es muy habitual definirlo haciendo referencia a su profesión. Ideas como la destrucción neta de puestos de trabajo, el concepto de a qué llamamos empleo, la posibilidad de que trabajar en el futuro se entienda de una manera completamente diferente a como la entendemos hoy (o incluso a que existan muchas tareas que nos parezcan cualquier cosa menos un trabajo y que se desarrollen en regímenes no vinculados a ningún tipo de horario o de presencia en un lugar determinado), la evolución hacia sistemas basados en la renta básica incondicional, o las posibles variables geopolíticas implicadas en esa evolución.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Miguel Ángel (como entenderéis, sabía perfectamente que era imposible que publicase todo y que tendría que limitarse a uno o dos entrecomillados, pero me lancé a escribir como si no hubiese un mañana porque, como ya he comentado, el tema me parece fascinante y escribir siempre ayuda a ordenar las ideas 🙂

 

P. En el proceso de destrucción/creación en el que andamos inmersos por obra y gracia de las nuevas tecnologías, ¿cuál será el balance neto? ¿habrá más, menos o el mismo empleo?

R. Depende de lo que entiendas por empleo. A medida que las máquinas van no solo aprendiendo a hacer más cosas, sino que además las van haciendo cada vez mejor, mucho mejor que las personas (conducir un vehículo, manejar una herramienta, ensamblar cosas en una cadena de montaje, procesar lenguaje, etc.) y a un coste más bajo, pensar que va a haber más empleo del tipo que hoy conocemos como empleo es simplemente absurdo. Si restringimos empleo a lo que hoy conocemos como empleo, olvídalo: habrá mucho menos. Sin embargo, lo que tenemos que pensar es que vamos hacia un mundo en el que muchas personas harán cosas que hoy no consideraríamos empleo, pero lo serán.

Esto, en realidad, lo hemos visto antes: yo tenía verdaderas dificultades para explicarle al abuelo de mi mujer, con sus noventa y tantos años, que esos días que yo me quedaba en casa delante de mi ordenador estaba en realidad trabajando. Me miraba con desconfianza y, al cabo de un rato me volvía a preguntar, “ya, pero… ¿no vas a ir a trabajar?” Para él, el trabajo era inseparable del hecho de desplazarse a un lugar determinado y “hacer” físicamente algo, y como eso de sentarme delante de una pantalla “no podía ser trabajo”, se preocupaba porque pensaba que su nieta se había casado con un tipo aparentemente muy vago que no salía de casa para ir a trabajar y que se pasaba el día delante de una pantalla… seguramente “jugando a algo”. ¿Cuántas cosas de las que vivirán nuestros hijos serán para nosotros inclasificables dentro del concepto de “trabajo” o “empleo”?

Para acomodar ese tipo de empleo que una persona hace “cuando quiere y le apetece”, porque si no es algo que le apetece habrá una máquina que lo haga, hay que cambiar el modelo social. Sin ese cambio de modelo, la distribución de la riqueza entraría en un absurdo conceptual, con un porcentaje cada vez mayor de excluidos y una concentración cada vez más elevada de riqueza en manos de unos pocos, algo social y políticamente insostenible. Cuando cambia el concepto que tenemos de empleo o trabajo como elemento central de la identidad de las personas, cambia todo el modelo social. Por más que pienso en modelos futuros de sociedad, no paro de llegar a la misma conclusión: será indispensable un modelo de renta básica incondicional que dote a las personas de una independencia para hacer lo que quieran hacer, que les permita pasar temporadas de su vida centrándose en adquirir determinadas habilidades – y liberados completamente de la presión de obtener un salario como lo conocemos hoy en día – mientras otras temporadas prefieren centrarse en hacer algo que les permita obtener unos ingresos adicionales (recordemos que la renta que percibían será incondicional, no la perderán ni les desincentivará de hacer otras cosas) que les permitan diferenciarse, elevar su nivel de vida o darse unos caprichos.

Cuando desacoplamos el trabajo de la necesidad de obtener ingresos por encima de todo, y cuando eliminamos la espantosa cultura del subsidio (te doy esto porque lo necesitas, pero te lo quitaré si obtienes un ingreso), obtenemos un modelo social completamente diferente y que, para mí, tiene mucho más sentido. Cada vez veo más pruebas de que nos dirigimos hacia un modelo en el que la renta básica incondicional será un elemento central, y lo veo venir tanto desde ideologías que buscan una redistribución de la riqueza más justa, como desde los más liberales que buscan simplificar los actuales sistemas de ayudas y subsidios. La renta básica hace ya tiempo que no mira a la derecha ni a la izquierda, mira hacia delante.

P. De la misma forma que el agua corriente dejó sin trabajo a los aguadores o el coche a los herreros; ¿quiénes serán los perdedores en los próximos años? ¿y los ganadores?

R. Yo suelo decir que los perdedores serán los que “trabajan para vivir”, aquellos que simplemente van a trabajar todos los días para llevar a cabo tareas que no les satisfacen en absoluto, pero que necesitan hacer para obtener un dinero que les resulta imprescindible. Esos trabajos, en su inmensa mayoría, desaparecerán y serán sustituidos por máquinas siempre que haya un interés económico por hacerlos más eficientes y competitivos. Todos los trabajos administrativos, por ejemplo, desaparecerán. La arqueología, en cambio, no lo hará, porque aunque es una disciplina interesantísima, tardaremos mucho en encontrar un modelo económico que justifique que la arqueología no la hagan personas, por mucho que podamos construir máquinas capaces de explorar el suelo y excavar para extraer un fósil. Y lo que tengo claro es que la mayoría de los que “vivimos para trabajar”, en el sentido de que nuestro trabajo nos gusta, nos divierte o le vemos un sentido que nos llevaría incluso a seguir haciéndolo aunque no nos pagasen por ello, encontraremos nuevas formas de hacer ese trabajo que nos apasiona, utilizaremos máquinas y algoritmos que nos permitirán mejorarlo, pero será difícil que lo perdamos.

P. La primera oleada de innovaciones tecnológicas fue eminentemente made in USA. ¿Crees que Europa aún tiene oportunidad de protagonizar esta segunda oleada (IoT, IA, robótica, IoE…) que viene?

R. No tengo claro que Europa tenga posibilidad de liderar nada, porque sencillamente no lo está buscando ni intentando de ninguna manera. Tengo claro que los Estados Unidos estaban en ello, pero que llegó un idiota a la Casa Blanca incapaz de entender la tecnología y con un nivel de incultura tan grande que le lleva incluso a ser negacionista del cambio climático, y que se dedicó a sabotear el país obsesionándose con volver a poner obreros en las cadenas de montaje (cuando en realidad funcionarían infinitamente mejor con máquinas en lugar de personas), con poner obreros en las minas, y con ideas tan disfuncionales y alucinantes como volver al carbón. Ningún país es capaz de superar tanta estupidez, y los Estados Unidos perderán su liderazgo mundial antes de que Trump abandone la Casa Blanca. También tengo claro que China tiene un enorme incentivo para convertirse en el mayor impulsor de la automatización inteligente, del machine learning y de la robótica, porque es la única manera de hacer su modelo económico sostenible, veo que trabaja en ese tema con una clarísima consideración estratégica desde hace años, y que además, como prescinde de algo como la democracia, lleva a cabo esas transformaciones de una manera infinitamente más eficiente. No digo que el modelo sea bueno, yo nunca querría vivir en un país en el que la democracia no existiese, pero indudablemente, les permite acometer cambios ambiciosos sin encontrarse a nadie enfrente intentando impedirlos, porque domina un pensamiento único marcado por un régimen autoritario. ¿Y Europa? Europa está tan preocupada por el mantenimiento del statu quo y de los modelos conocidos, que simplemente se niega a explorar los nuevos, a plantearse siquiera salir de su zona de confort. Dudo seriamente que Europa tenga hoy una cultura que le permita liderar nada.

 

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Sobre hombres y robots

IMAGE: Buchachon Petthanya - 123RF

Los planteamientos sobre la relación entre hombres y robots, tomando la definición de robot de la manera más amplia posible, tienden a resultar en muchos sentidos tremendistas: los robots que “roban nuestros trabajos” y nos condenan supuestamente a una sociedad disfuncional con tasas de desempleo elevadas, la sustitución de trabajos manuales de escaso valor añadido o de las tres D que va dando paso a la eliminación de otros trabajos cada vez más sofisticados, y, en general, a una visión caracterizada por el temor y la negatividad.

¿Estamos realmente en un proceso de sustitución de personas por robots? Por supuesto. Cualquier planteamiento de duda al respecto resulta completamente absurda o ridículamente ingenua. En realidad, hace ya muchos años que los robots están quitando el trabajo a las personas.

Frame-breakers, or Luddites, smashing a loom (Source: Wikipedia)

El proceso comenzó seguramente, por buscarle un origen y lugar concreto, en las fábricas textiles de Nottingham en el siglo XIX, y dio origen al movimiento ludita y a los ataques a telares y a máquinas herramientas de la época que podían, con su sola instalación y uso, dejar sin trabajo a decenas de trabajadores que antes llevaban a cabo labores de tejido e hilatura de manera completamente manual, brindando a los propietarios de las fábricas la oportunidad de escalar su producción y dar origen al sistema capitalista moderno que hoy conocemos.

El recurso a los luditas y la comparación con aquella actitud de destrucción de unas máquinas que, eventualmente, terminaron por generar una era de muchísimo mayor bienestar, generación de riqueza excedente y condiciones de vida sensiblemente mejores para una amplísima mayoría de la sociedad es ya muy habitual y manida. Presentar esa comparación como prueba clave es, en realidad, poco útil, porque han sido muy pocas las ocasiones históricas en las que los trabajadores – o los economistas – han aprendido de la experiencia en cabeza ajena.

Henry Ford is killing jobs (IMAGE: Juan Carlos Arce - Twitter)

Ya en el siglo XX, la línea de montaje de Henry Ford y su capacidad de producir grandes cantidades de vehículos a velocidades inimaginables en la época fue objeto de fuertes criticas por las asociaciones de trabajadores y por los conductores de carruajes, que veían a la nueva máquina convertida ya en algo popular, al alcance de casi cualquiera, con un crecimiento espectacular que amenazaba sus puestos de trabajo. La idea de que la sustitución de personas por máquinas es mala se repite, a pesar de las evidencias que apuntan a que seguir manteniendo esquemas como la fabricación manual en modo taller o el transporte mediante carruajes, renunciando a las ventajas y a la ganancia de eficiencia que supuso el desarrollo de la línea de montaje sería profundamente anacrónico, o directamente ridículo.

Si leemos a Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en su Race against the machine, la conclusión, sin embargo, parece clara: esta vez es diferente, porque la capacidad de las máquinas va a llegar hasta el punto de sustituir ventajosamente cada vez más de las tareas que las personas pueden hacer, lo que conlleva que, de una manera u otra, terminarán eliminando más puestos de los que son capaces de crear. Los robots ya conducen camiones y sustituirán a los camioneros en los próximos diez años, los drones autónomos ya vuelan solos de manera legal en Israel y trasladan muestras de laboratorio entre hospitales en Suiza, los empleados de servicio al cliente van siendo progresivamente sustituidos por chatbots cada vez más realistas, y las pizzas y hamburguesas van a ser pronto pedidas, elaboradas y enviadas a través de robots.

Pero a medida que vamos explorando la marcha de la automatización, y constatando que unos trabajos, o incluso unos países, tienen peores perspectivas en la carrera de la sustitución que otros, otras evidencias parecen ir emergiendo: la primera, que antes de la sustitución completa, todo indica que pasaremos por una fase en la que trabajadores cada vez mas preparados y sofisticados irán aprendiendo a trabajar cada vez más con robots. ¿Cómo prepararnos para un futuro en el que el machine learning y la inteligencia artificial van a ir incorporándose de manera progresiva a cada vez más trabajos?

Todo indica que las ideas de Donald Trump, preservar a toda costa unos pocos trabajos en la extracción de carbón a cambio de la salud de todo el planeta, son profundamente absurdas y equivocadas. En su lugar, lo que parece imponerse es la idea de que determinados trabajos están mucho mejor siendo sustituidos, y que a los países les irá mucho mejor siguiendo un modelo en el que se centren en inversiones en infraestructura que permitan incorporar tecnologías como la internet de las cosas, el machine learning y la inteligencia artificial para mejorar el rendimiento de los trabajadores y mantener la competitividad. La tecnología elimina determinados trabajos, pero solo la tecnología es capaz de salvar los trabajos del futuro. Un modelo que parece interiorizar mucho más un país como China, ya claramente destinado al liderazgo mundial, que unos Estados Unidos que a todas luces caminan hacia atrás.

¿Van los robots a quitarnos el trabajo? Sí, en un número elevado de casos. Pero intentar evitarlo solo generaría situaciones anacrónicas absurdas, como lo hubiera hecho el empeñarse en mantener a toda costa a los conductores de carruajes. En realidad, lo que los robots van a hacer es hacer sitio para trabajos que realmente tengan sentido, para tareas que una máquina no haga igual de bien, para la redefinición de cosas que un hombre pueda hacer mejor gracias a la colaboración con máquinas. Nadie puede parar la automatización, porque intentar hacerlo solo incrementa el incentivo a que alguien, en otro país o en otra compañía, se aproveche de ella para ser mucho más competitivo, para fabricar mejor, con más calidad, más barato, o todo ello a la vez. No, a los trabajadores no los salvará un imbécil decidido a ignorar los cambios en el escenario y empeñado en mantener unos trabajos que ya no van a volver porque ya no existen: los salvará una reforma de la educación y de los planteamientos mas profundos de la sociedad que dote a los trabajadores del futuro de las habilidades suficientes para trabajar en ese escenario redefinido. El futuro es el que es: seguir desarrollando tecnologías cada vez mejores, más eficientes, más inteligentes y más capaces de hacer más cosas, y preparar al hombre para trabajar lo mejor posible con ellas. Y al que no lo entienda así, sin duda, le tocará ponerse en la cola del paro.

 

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Computación, STEM e integración

IMAGE: Kanda Euatham - 123RFUn artículo en Quartz, titulado You probably should have majored in computer science, anima a los jóvenes a iniciar estudios en Ciencias de la Computación en particular y en materias STEM en general, dado el enorme diferencial de puestos de trabajo sin cubrir en el mercado frente a la disponibilidad actual de graduados en la materia. La evidencia es clara: a medida que vivimos más y más rodeados de dispositivos programables, y estos pasan a definir de una manera más clara nuestro ecosistema y la forma en que llevamos a cabo más y más tareas, la demanda de profesionales capaces de interactuar con esa capa de la realidad crece de manera incesante.

¿Quiere esto decir que deberíamos conseguir que más y más personas optasen por estudiar Ciencias de la Computación? En efecto, los trabajos que requieren habilidades consideradas dentro de las llamadas disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) muestran un crecimiento de más del doble que el resto y se sitúan de manera consistente entre los mejor pagados, pero la conclusión no es tan sencilla. En primer lugar, porque la propia estructura de muchos de esos estudios es notablemente imperfecta, ha evolucionado muy poco a lo largo de las últimas décadas en contenidos y metodologías, y está en la actualidad bastante alejada de lo que el mercado parece demandar. Y en segundo lugar, porque nos pongamos como nos pongamos, la sociedad necesita profesionales de muchos tipos y habilidades muy variadas.

¿Tiene sentido un futuro en el que todos nos dedicamos a la computación? Obviamente, no. Que la demanda para ese tipo de puestos de trabajo crezca tiene todo el sentido del mundo dado que la tecnología evoluciona y forma una parte cada vez mayor de nuestras vidas, pero ni todos los puestos de trabajo van a ser cubiertos por graduados en Ciencias de la Computación, ni tendría sentido que fuese así. Lo que sí ocurre, sin embargo, es que la penetración de la cualificación en cuestiones relacionadas con las Ciencias de la Computación se extiende de manera natural a más y más disciplinas profesionales: el trabajo del biólogo, del médico, del arquitecto o del agricultor del futuro tienen, sin duda, un componente tecnológico cada vez más importante, y ese componente requiere cada vez más el desarrollo de las habilidades necesarias no solo para utilizarlo como simples usuarios, sino también para su conceptualización.

La solución, sin duda, está en incorporar STEM a la educación a todos los niveles. La elevada demanda de profesionales de STEM no solo está reflejando la necesidad de trabajadores dedicados estrictamente a STEM, sino también la ausencia total de graduados de muchas otras disciplinas con conocimientos operativos suficientes como para desarrollar adecuadamente su trabajo en sus materias. La preparación de un agricultor ha estado tradicionalmente muy alejada de las materias STEM, y sin embargo, hoy en día, para una agricultura eficiente, es preciso manejar, como comentaba en una entrevista el pasado enero, tecnologías que van desde tractores autónomos hasta drones, pasando por la sensorización, la planificación de la producción o la integración en redes de productores como la Farmers Business Network (FBN) , una iniciativa participada nada menos que por Google Ventures. Y si eso ocurre en una actividad tan supuestamente tradicional la agricultura, ¿qué no va a ocurrir en otros ámbitos? En Medicina, pronto un médico que opere a través de un sistema  de asistencia robótica tendrá ventajas indudables frente a uno que lo haga de la manera tradicional, y aunque la disciplina aún se encuentre en la fase de tecnologías propietarias y no modificables, pronto llegará una segunda época en la que no será así, y el propio médico será quien defina y parametrice sus necesidades interaccionando con la máquina. La penetración de la tecnología ocurre en una cantidad tan grande de disciplinas, que la demanda de profesionales preparados debe satisfacerse no solo a través de la creación de más graduados en STEM, sino también mediante la integración de STEM en una gran cantidad de disciplinas en las que en este momento no está presente, además de iniciar su aprendizaje en las fases más tempranas de la educación.

En el momento en que la educación se separa de la realidad del mundo en que vivimos, la sociedad pasa a tener un problema grave de inadaptación. No, no se trata de aprender “nuevas tecnologías” (por favor, ¿cuántos años tenemos que pasar conviviendo con smartphones con total normalidad como para que los dejen de considerar “nuevas” tecnologias?), sino de integrarlas en el proceso educativo a todos los niveles, con total normalidad, como una parte más del entorno. Ningún curriculum educativo debería considerarse completo o adecuado sin la necesaria dosis de Ciencias de la Computación, sin entender cómo la tecnología va a afectar al desarrollo de esa actividad en el futuro, y sin preparar a los profesionales para ello. Más graduados en materias STEM, pero también más materias STEM en cada grado, a todos los niveles. Más STEM, sí, sin duda. Pero también mucha más integración.

 

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El fin de los despachos

IMAGE: gmast3r - 123RFCristina Castro, de El Independiente, me llamó para hablar sobre oficinas abiertas y filosofías de trabajo, y hoy me cita en su artículo titulado “El fin de los despachos” (pdf).

La idea de las oficinas abiertas parece ir imponiéndose de una manera cada vez más clara en cada vez más empresas, pero no está exenta de críticas. Desde mi punto de vista, estas críticas tienen por lo general que ver con un cambio mal entendido: si piensas en una oficina abierta como en un cambio de diseño o en un trabajo de arquitectura, tienes un problema, porque la cosa no va por ahí. Por mucho que el cambio en el diseño o la arquitectura de la oficina sea lo más inmediatamente observable o lo más tangible, el verdadero cambio es el de filosofía de trabajo, y mientras no hayas entendido eso, tu plan no funcionará.

A muchos trabajadores, la idea de dejar de tener despachos para pasar a trabajar en un espacio abierto les supone una pérdida: pasar de tener un espacio con intimidad en el que podían cerrar la puerta y que consideraban suyo, a ver cómo ese espacio pasa a ser tan solo una mesa y a la vista de todo el mundo. Lo ven como una pérdida de espacio, de intimidad, de concentración y hasta de rango: todo connotaciones negativas. Y la cosa funciona así hasta que no consigues transmitir que con la oficina abierta, llega también un cambio en la concepción del trabajo: no se trata de quitarte cosas, sino de ofrecerte la libertad de trabajar desde donde quieras. Si necesitas concentración, trabaja en tu casa o en donde sea que te concentres mejor. No hace falta que vayas a tu oficina, porque tu oficina se ha convertido en un sitio en el que lo que debe primar es el intercambio de información la colaboración y la relación social.

Pasar a considerar el trabajo como algo que puedes realizar desde cualquier sitio, que no te fuerza necesariamente a desplazarte a la oficina y que se apoya en un conjunto de herramientas tecnológicas que te ofrecen mucha más libertad no es algo sencillo. Implica ceder muchos elementos de control, acabar de manera decidida con la cultura del presentismo, con la idea de que “quien más horas pasa aquí, es el que lo hace mejor o el que más trabaja”. Esa idea, propia de la post-revolución industrial y de cuando un trabajo se reducía a pasar horas delante de una máquina o en una cadena de montaje, ya no tiene sentido en la mayoría de las empresas o trabajos de hoy.

Si vas a plantearte una oficina abierta, aquí van algunos consejos:

  • No lo hagas parcialmente. O todos, o ninguno. Eso de crear “sistemas de castas” en los que solo a partir de determinado nivel en el organigrama “se alcanza el privilegio de tener despacho” es completamente absurdo. Oficina abierta no es “yo tengo mi despacho y me asomo a mi puerta para ver si todos mis pitufos están trabajando” con la ventaja de que puedo verlos a todos de un solo vistazo. Esa idea pertenece más al panóptico de Bentham, que era un diseño de cárcel, que a un lugar de trabajo moderno y bien planteado. Si cambias a oficina abierta, nadie, ni el jefe más jefe, debe tener despacho. Oficina abierta debe implicar cultura abierta.
  • No te preocupes: que nadie tenga despacho no quiere decir que los de recursos humanos vayan a tener papeles con las nóminas a la vista de todo el mundo, que los de contabilidad tengan que discutir las cuentas con todos mirando, o que las reuniones de evaluación se conviertan en asambleas públicas. Esas ideas son absurdas. Primero, porque la primera consecuencia de una oficina abierta tiene necesariamente que ser que el papel desaparezca. Y segundo, porque una oficina abierta implica generalmente definir zonas de trabajo e infraestructuras compartidas, como salas de reuniones, áreas con más privacidad para una conversación telefónica o con un compañero, o zonas de esparcimiento donde sentarte un rato a tomar un café o a descansar. Lo de los sillones y la Playstation no es un cliché: están en el diseño porque cumplen una función.
  • Un área abierta debe ser eso: abierta. Si cada uno va a tener su mesa asignada, no has cambiado gran cosa. Por costumbre, todos tendemos a sentarnos en el mismo sitio cada día. Intenta cambiar esa costumbre, porque si no lo haces, no habrás conseguido nada. La idea es que quien llegue se siente en donde quiera, no en “su” sitio. No debe haber asignación fija de sitios, nadie debe dejar nada en su mesa, y como mucho, podrá haber unas taquillas para que alguien pueda dejar algo de un día para otro, pero si todo va bien, se utilizarán poco. Para una reunión o conversación que requiera privacidad, habrá espacios específicos. Y para otras cuestiones, como la pantalla del ordenador, hay filtros y buenas costumbres, como la de dejarla bloqueada cuando te levantas a por café.
  • Por supuesto, oficina abierta implica ordenadores portátiles. Si te parece necesario o interesante, pon monitores en las mesas y algún tipo de dock en el que enchufar el portátil para que sea cómodo utilizarlos, además de cargadores tanto para el portátil como para los smartphones, pero eso es todo. Oficina abierta implica que todos los elementos que el trabajador necesita vienen con él y se van con él, y se pueden desplegar en una mesa, en su casa o en un donde le dé buenamente la gana.
  • Olvidar el papel no implica emprender una cruzada ni hacer piras purificadoras, sino que se deje de utilizar simplemente porque es incómodo. Si no puedes dejarlo en tu mesa y lo tienes que recoger cuando terminas cada día, el resultado es que terminas no utilizando papel, simplemente porque te resulta molesto, y pasas a documentos en la nube, que es donde lógicamente deben estar. No es prohibir, no es perseguir… es explicar por qué es mejor y por qué es más cómodo trabajar así.
  • Genera consensos. La transición a oficina abierta debe explicarse necesariamente muy bien, implicar a todos y que todos la entiendan como lo que es: no un “cambio de mobiliario”, sino algo mucho más de fondo.
  • Si vas a plantearte una oficina abierta para ahorrar en costes, seguramente no te saldrá bien. Es posible que ahorres, pero la finalidad no debe ser esa. Si lo haces con esa idea en la cabeza, escatimarás en áreas comunes, en infraestructuras de uso compartido y en cuestiones en las que, por lo general, no debes escatimar. Una oficina abierta debe plantearse como un lugar agradable que debe “invitar” a trabajar en ella, debe ser un sitio que ofrezca algo al trabajador, y eso implica no ahorrar demasiado en determinados elementos.
  • Lucha contra la apropiación de espacios. Si alguien pretende, por la fuerza de la costumbre, apropiarse una zona determinada o una sala de reuniones, déjale claro que eso va contra la cultura corporativa y que no se va a permitir. La apropiación de espacios es un reflejo relativamente normal al principio, pero que resulta fundamental impedir, sea quien sea el que lo haga.
  • Hay que ceder control. Las oficinas abiertas no son compatibles con una cultura del control. Si pretendes controlar el número de horas que la gente pasa en la oficina, en un modelo de oficina abierta te frustrarás. Y por supuesto, olvídate de la idea de “fichar” al entrar y al salir. Podrás saber si una persona está o no en la oficina porque hay elementos que lo permiten, pero no debes hacerlo con propósito de control. Búscate otras maneras de evaluar el trabajo de las personas que no tengan que ver con el número de horas que pasan en la oficina.
  • Dimensiona las cosas con mucho, muchísimo cuidado. Si generas carestías, tendrás problemas. Si dejas a personas sin sitio donde trabajar porque has puesto menos sitios de los que debías, o conviertes el tener una reunión en un problema porque no hay salas disponibles, estarás generando tensiones. Para el diseño de oficinas abiertas hay profesionales específicos que estudian los flujos de trabajo, las personas, sus hábitos y sus necesidades durante un cierto tiempo, y tras ese trabajo, emiten unas recomendaciones que abarcan desde el dimensionamiento, hasta los elementos de diseño del mobiliario o las plazas de parking. Si no has pasado por ese ejercicio o no te parece importante, ten mucho cuidado: tu diseño de oficina abierta podría estar mal planteado, y eso podría implicar que no llegase a funcionar adecuadamente.
  • Cuando alguien no esté, tu arquitectura tecnológica tiene que ser suficientemente buena como para poder contactarlo e integrarlo en una reunión sin que ello resulte incómodo u ortopédico. Si no tienes esa arquitectura tecnológica, no empieces tu plan de oficina abierta hasta que la tengas. Aunque la tecnología no sea lo más evidente a la vista, las oficinas abiertas se apoyan necesariamente en una arquitectura tecnológica adecuada.
  • Esto no es “una moda”: es un cambio radical en la concepción del trabajo. Si no lo entiendes así, seguramente va a ser mejor que ni te lo plantees.

 

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Robots e impuestos: no tan sencillo

IMAGE: Pixelery - 123RFLas recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

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La amenaza no son las máquinas

IMAGE: Christos Georghiou - 123RFMuy buena crónica en Wired sobre la conferencia recientemente celebrada en Asilomar sobre el futuro del trabajo y los efectos de tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, con un titular que para mí representa claramente el aspecto más importante de la cuestión: The AI threat isn’t Skynet: It’s the end of the middle class.

Efectivamente, mientras el imaginario popular se obsesiona con la singularidad y con máquinas que supuestamente adquieren consciencia y se rebelan contra el hombre, una idea que no alcanza a distinguir entre inteligencia y conciencia y que pertenece aún claramente al ámbito de la ciencia-ficción, el verdadero peligro para la civilización y la sociedad humana proviene de la evolución de la propia sociedad humana desde una óptica social, y concretamente de la progresiva erosión de las clases medias.

Un problema real, tangible y posiblemente inmediato, cuyas consecuencias estamos ya comenzando a ver en la política de un país tan poco sospechoso de revolucionario como los Estados Unidos, frente a otro problema aún hipotético y teórico para el que seguramente faltan aún varias generaciones tecnológicas. El auge de los populismos no es más que la búsqueda inútil de sentido recurriendo a los esquemas del pasado, la idea de que se puede volver a generar la riqueza perdida volviendo a hacer lo mismo que hacíamos antes, y encarnando al enemigo imaginario en figuras como la inmigración o la tecnología.

Cada vez más factores indican que la erosión de puestos de trabajo debido a los progresos de la inteligencia artificial y la robótica está evolucionando más rápido de lo que se esperaba: cada vez son más y de más tipos los puestos amenazados por procesos de sustitución, y la esperanza de reconquistar esos puestos es absolutamente absurda. Ya no hablamos de trabajos manuales o repetitivos, sino de prácticamente cualquier actividad humana. Cuando la tecnología convierte en obsoleta una actividad como conducir, trabajar en una fábrica o ser operador en bolsa, la posibilidad de una vuelta atrás se convierte en absurda: si una compañía decidiese no adoptar esa tecnología para intentar preservar así los puestos de trabajo, otras lo harían en otros sitios, y condenarían a esa compañía a no ser competitiva. Esa deriva hace que las políticas reactivas centradas en la no adopción se conviertan en el peor enemigo de sí mismas: si una fabrica china sustituye al 90% de sus trabajadores con robots y consigue gracias a eso elevar su producción un 250% y reducir los defectos en un 80%, la idea de competir con ella manteniéndose al margen de esa tecnología se convierte en algo que desafía a cualquier tipo de sentido común.

Mantener a personas trabajando en trabajos que una máquina es capaz de hacer mejor y más rápido es completamente absurdo, y desafía las leyes del sistema económico que hemos generado. La evolución de la tecnología se ha convertido en el mayor factor de deflación económica que hemos conocido a lo largo de toda la historia: mientras los bancos centrales intentan inyectar dinero en la economía para mantener su dinamismo, la tecnología nos da mejores productos cada vez que convierte en obsoletos y sin valor los productos que habíamos adquirido anteriormente, y que a su vez, se deprecian completamente en plazos cada vez más cortos. El smartphone que llevamos en el bolsillo ha hecho que una gran mayoría de la sociedad haya dejado de adquirir cámaras de fotos y de vídeo, agendas, relojes, ordenadores, aparatos de GPS, reproductores de música e infinidad de cosas más que antes costaban en conjunto varios miles de euros, pero un par de años después de su adquisición, el valor de ese mismo smartphone se ha depreciado hasta el límite. Una tendencia deflacionaria absolutamente imparable, generada por el avance tecnológico, que no puede ser detenida, y cuyos efectos nadie tiene experiencia gestionando.

Los efectos de esa deflación han sido, hasta el momento, una polarización de la sociedad y una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos. La clase media va viendo como sus puestos de trabajo van siendo sustituidos por máquinas y privados de su sentido en cada vez más industrias y ocupaciones, y la amenaza de perder el trabajo se convierte en una preocupación cada vez más seria. Como bien dice Andrew McAfee, codirector de la MIT Initiative on the Digital Economy,

“If current trends continue, people are going to rise up well before the machines do”

(Si la tendencia actual continúa, las personas se levantaran bastante antes de que las máquinas lo hagan)

La causa de la revolución podrá ser originalmente tecnológica, pero la revolución en sí misma va a ser puramente económica: personas incapaces de encontrar su sitio en una sociedad sujeta a una deflación cada vez más acelerada y en la que los trabajos van siendo progresivamente ocupados por máquinas, dando lugar a una redefinición de la idea de trabajo culturalmente imposible de aceptar para muchos. Sí, es posible que los cambios también generen otros tipos de trabajo, pero por el momento, ese proceso no parece estar dándose a la velocidad adecuada, y no parece demasiado viable para las personas concretas que pierden sus trabajos. El minero que ya no es necesario en una mina ahora operada por robots autónomos en modo 24×7 no parece demasiado fácil que se pueda reconvertir en desarrollador de software. El cambio no mira hacia atrás, no parece preocuparse por aquellos cuyos puestos son convertidos en obsoletos, y solo propone soluciones parciales basadas en subsidios insuficientes, mientras la discusión sobre la necesidad, la viabilidad o los efectos de una renta básica universal o incondicional sigue generando una fuerte polarización en los economistas y limitada a pequeños experimentos puntuales.

No, la amenaza actual para la civilización humana no son las máquinas. Son las personas.

 

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Eficiencia, transformación digital y función pública

IMAGE: Pixelrobot - 123RF

Un informe de Reform, un think tank británico generalmente calificado como conservador, evalúa en unos 250,000 los puestos de trabajo en la función pública que podrían ser sustituidos por la automatización y la robotización a lo largo de los próximos quince años. Anteriormente, otro informe de Oxford University y Deloitte estimaba esa cifra en unos 850,000 en ese mismo plazo. El número total de empleados públicos en el Reino Unido en el año 2016 era de 5.4 millones.

La idea de reducción del empleo en la función pública no resulta en absoluto inesperada o extraña. Después de todo, la reducción del papel del Estado como tal ha sido tradicionalmente uno de los ejes fundamentales de una de las grandes ideologías históricas, y es habitual que esa misma función pública sea vista por muchos como una fuente de burocracia e ineficiencia, que todo ciudadano en general vería con buenos ojos optimizar dado que su financiación proviene directamente de sus impuestos.

Una parte sustancial del trabajo desarrollado por el funcionariado público es de tipo administrativo y tiende a tener un elevado componente repetitivo. Recientemente, el gigante de la gran distribución norteamericana, Walmart, llevó a cabo una reducción de personal centrada precisamente en los puestos administrativos y de back-office, incidiendo en tareas que se consideraban fáciles de automatizar, agrupar y sustituir. La idea de “mover papeles”, que en algunos casos está desapareciendo dentro del funcionariado a medida que se llevan a cabo procesos de transformación digital en la Administración, no oculta que tras la ineficiencia directa vinculada con el uso del soporte físico, existen una buena cantidad de flujos de información y procedimientos que se convierten en gran medida en redundantes cuando ese papel desaparece. El pasado sábado, por ejemplo, obtuve a través de la web de mi Ayuntamiento un comprobante de pago del impuesto municipal de circulación que hace pocos años me habría obligado a esperar al lunes y a acercarme a una ventanilla en el Ayuntamiento, un típico trámite burocrático que solía implicar un rato de trabajo de un funcionario público y que ahora el ciudadano lleva a cabo directamente.

El desarrollo de chatbots basados en inteligencia artificial, de hecho, se cita como uno de los grandes elementos que podrían redundar en una fuerte reducción de personal en la función pública dedicado a la interacción con el ciudadano. Y ese elemento, el de la interacción con el ciudadano, es solo una parte de los habitualmente citados en los procesos de transformación digital. Faltaría contemplar todos los elementos de flujos de información y procesos, en los que indudablemente también se podría llevar a cabo una importante ganancia de eficiencia que se cifraría en su correspondiente reducción de personal necesario, y asimismo, las oportunidades de reconvertir el modelo de negocio, que en la función pública se reinterpreta como la posibilidad de convertir muchos de los elementos en plataformas al servicio del ciudadano. La idea de plataforma, por otro lado, sintoniza muy bien con las tendencias relacionadas con el open data, con el uso de los datos del ciudadano para, con las debidas garantías de privacidad y confidencialidad, plantear productos y servicios más eficientes al ciudadano desde la iniciativa privada.

¿Podría ser la función pública uno de los sectores más afectados por la sustitución tecnológica? Hablamos de puestos habitualmente sujetos a una fuerte sindicalización y con garantías de estabilidad laboral importantes, que serían objeto de una presión por la eficiencia cuya necesidad seguramente pocos podrían o querrían discutir. ¿Está esta más que posible reconversión tecnológica de la función pública en la agenda de nuestros políticos?

 

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Sobre la evolución del trabajo

Thinkers50 podcastAprovechando la visita a Madrid de Stuart Crainer y Des Dearlove, cofundadores de Thinkers50, para cuyo ranking fui nominado el pasado 2015, grabé un pequeño podcast (14:30 minutos, en inglés) conversando con Stuart sobre la evolución del concepto de trabajo, las transformaciones que viviremos en las sociedades del futuro, la llegada de sistemas basados en la renta básica universal o incondicional (muy recomendable y clarificador el último artículo de Scott Santens al respecto, publicado por el World Economic Forum y titulado Why we should all have a basic income) o la extensión y ámbito esperable de la sustitución de personas por máquinas , las diferencias entre Europa y Estados Unidos a la hora de plantear la aproximación a la disrupción tecnológica, o la importancia del machine learning como nueva gran discontinuidad.

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La destrucción de puestos de trabajo por la automatización: no tan rápido…

Amazon robot

En la foto, un robot de Amazon. Originalmente creado por Kiva Systems tras la mala experiencia de su creador, Mick Mountz, con los costes de logística de Webvan, que terminaron llevándola a la quiebra, la compañía fue adquirida por Amazon en marzo de 2012 por 775 millones de dólares, que dejó expirar los contratos que tenía con grandes compañías de distribución como The Gap, Walgreens, Staples, Office Depot, Crate & Barrel o Saks 5th Avenue, la puso a trabajar exclusivamente para sus almacenes y la rebautizó como Amazon Robotics.

El diseño del robot, de unos 40 centímetros de alto y apoyado en un conjunto motriz de seis ruedas, esta pensado para moverse con soltura bajo las estanterías de los almacenes y desenroscarse, elevándola unos pocos centímetros del suelo, cuando está bajo la estantería que necesita transportar. Cada robot pesa unos 145 kilos, y puede desplazar sobre él estanterías cargadas con hasta 315 kilos. Cuando su batería desciende de un determinado nivel, simplemente van y se enchufan ellos solos a su estación de carga.

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Recientemente, Amazon anunció que había incrementado su ejército de robots en un 50%: en diciembre de 2014, la compañía tenía 15,000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30,000 en diciembre de 2015, y 45,000 en 20 almacenes en diciembre de 2016.

Además, Amazon anunció recientemente el lanzamiento de su tienda Amazon Go en la que desaparecen los cajeros, sustituidos por una app que permite la identificación del cliente, y por un conjunto de cámaras y sensores en un sistema que utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo para identificar cuando este toma cualquier producto de una estantería o lo devuelve a ella. Los cajeros de tiendas y supermercados, según las últimas encuestas de población activa norteamericanas (2014), proporcionaban empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

¿Qué cabe esperar de una compañía que incrementa a un fuerte ritmo la cantidad de robots que trabajan en sus almacenes, que elimina a los cajeros de las tiendas o que envía algunos de sus paquetes mediante drones autónomos en lugar de hacerlo mediante un repartidor tradicional? Cualquiera a quien se le haga esta pregunta esperaría, probablemente, una reducción del número de personas empleadas por la compañía. Sin embargo, sorpresa: Amazon acaba de anunciar su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología, uniéndose a la oleada de compañías que anuncian masivos planes de expansión de puestos de trabajo para evitar, entre otras cosas, el acoso de la administración Trump. La compañía incrementará su plantilla desde los 180,000  a los 280,000 trabajadores en los Estados Unidos. En el año 2011, Amazon empleaba a unas 30,000 personas. Y para el contraste, otro dato: los que sí han disminuido el número de trabajadores de manera consistente a lo largo de los últimos años han sido las empresas de distribución tradicional.

El proceso tiene lugar no solo a ese nivel, sino en otros: en la zona de la bahía de San Francisco, un cierto número de taxistas han ido perdiendo sus puestos de trabajo a medida que compañías como Uber o Lyft se han convertido en la alternativa de transporte preferida por más y más usuarios. Sin embargo, esas compañías se encuentran actualmente entre los mayores generadores de empleo de la zona – solo Uber da trabajo a más de veinte mil conductores en el área, un número muy por encima de los taxistas que existían antes de su llegada, y eso sin tener en cuenta el empleo adicional generado por estas compañías en puestos de gestión o de tecnología. Eventualmente, los taxis dejarán de emplear conductor y se convertirán en vehículos autónomos, pero actualmente, poco se podría decir en términos de destrucción neta de puestos de trabajo.

¿Cómo se explica que una compañía absolutamente emblemática en su proceso de robotización como Amazon genere empleo a esos niveles? No, no hablamos de una paradoja, sino más bien de un efecto que algunos investigadores como Jeremy Rifkin, a quien recientemente tuve la oportunidad de ver en Detroit, mencionan en sus predicciones: que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos.

Un elemento más a considerar cuando calculamos los efectos a nivel macro de la tecnología: eventualmente, es posible que muchas cosas que a lo largo de nuestra vida siempre hemos visto hacer una persona pase a hacerlas un robot, pero eso no impide que el despliegue de esa tecnología requiera de una gran cantidad de puestos de trabajo humanos, en tareas que difícilmente serán automatizadas. El efecto de destrucción de empleo, por tanto, no es tan inmediato ni tan evidente, y mucho menos justifica el desarrollo de políticas que defiendan actitudes tecnófobas o luditas que, de ser adoptadas por determinados territorios o administraciones, únicamente terminarían generando desventajas comparativas al ser adoptadas por otras. Una cuestión más que incorporar a los miedos irracionales de determinados políticos y gestores públicos, horrorizados ante la idea de manifestaciones de trabajadores que se quedan sin trabajo sustituidos por el robot de turno. Sí, el proceso tendrá lugar a determinados niveles, pero la idea de mantener a esos trabajadores en sus puestos simplemente porque “algo tienen que hacer” cuando existe tecnología para llevar a cabo esas tareas mejor y más económicamente se convierte en cada día más absurda.

No, las cuentas no son tan sencillas y evidentes como algunos parecen creer. Antes de extraer conclusiones fáciles, va a haber que leer y estudiar mucho más…

 

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