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Computación, STEM e integración

IMAGE: Kanda Euatham - 123RFUn artículo en Quartz, titulado You probably should have majored in computer science, anima a los jóvenes a iniciar estudios en Ciencias de la Computación en particular y en materias STEM en general, dado el enorme diferencial de puestos de trabajo sin cubrir en el mercado frente a la disponibilidad actual de graduados en la materia. La evidencia es clara: a medida que vivimos más y más rodeados de dispositivos programables, y estos pasan a definir de una manera más clara nuestro ecosistema y la forma en que llevamos a cabo más y más tareas, la demanda de profesionales capaces de interactuar con esa capa de la realidad crece de manera incesante.

¿Quiere esto decir que deberíamos conseguir que más y más personas optasen por estudiar Ciencias de la Computación? En efecto, los trabajos que requieren habilidades consideradas dentro de las llamadas disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) muestran un crecimiento de más del doble que el resto y se sitúan de manera consistente entre los mejor pagados, pero la conclusión no es tan sencilla. En primer lugar, porque la propia estructura de muchos de esos estudios es notablemente imperfecta, ha evolucionado muy poco a lo largo de las últimas décadas en contenidos y metodologías, y está en la actualidad bastante alejada de lo que el mercado parece demandar. Y en segundo lugar, porque nos pongamos como nos pongamos, la sociedad necesita profesionales de muchos tipos y habilidades muy variadas.

¿Tiene sentido un futuro en el que todos nos dedicamos a la computación? Obviamente, no. Que la demanda para ese tipo de puestos de trabajo crezca tiene todo el sentido del mundo dado que la tecnología evoluciona y forma una parte cada vez mayor de nuestras vidas, pero ni todos los puestos de trabajo van a ser cubiertos por graduados en Ciencias de la Computación, ni tendría sentido que fuese así. Lo que sí ocurre, sin embargo, es que la penetración de la cualificación en cuestiones relacionadas con las Ciencias de la Computación se extiende de manera natural a más y más disciplinas profesionales: el trabajo del biólogo, del médico, del arquitecto o del agricultor del futuro tienen, sin duda, un componente tecnológico cada vez más importante, y ese componente requiere cada vez más el desarrollo de las habilidades necesarias no solo para utilizarlo como simples usuarios, sino también para su conceptualización.

La solución, sin duda, está en incorporar STEM a la educación a todos los niveles. La elevada demanda de profesionales de STEM no solo está reflejando la necesidad de trabajadores dedicados estrictamente a STEM, sino también la ausencia total de graduados de muchas otras disciplinas con conocimientos operativos suficientes como para desarrollar adecuadamente su trabajo en sus materias. La preparación de un agricultor ha estado tradicionalmente muy alejada de las materias STEM, y sin embargo, hoy en día, para una agricultura eficiente, es preciso manejar, como comentaba en una entrevista el pasado enero, tecnologías que van desde tractores autónomos hasta drones, pasando por la sensorización, la planificación de la producción o la integración en redes de productores como la Farmers Business Network (FBN) , una iniciativa participada nada menos que por Google Ventures. Y si eso ocurre en una actividad tan supuestamente tradicional la agricultura, ¿qué no va a ocurrir en otros ámbitos? En Medicina, pronto un médico que opere a través de un sistema  de asistencia robótica tendrá ventajas indudables frente a uno que lo haga de la manera tradicional, y aunque la disciplina aún se encuentre en la fase de tecnologías propietarias y no modificables, pronto llegará una segunda época en la que no será así, y el propio médico será quien defina y parametrice sus necesidades interaccionando con la máquina. La penetración de la tecnología ocurre en una cantidad tan grande de disciplinas, que la demanda de profesionales preparados debe satisfacerse no solo a través de la creación de más graduados en STEM, sino también mediante la integración de STEM en una gran cantidad de disciplinas en las que en este momento no está presente, además de iniciar su aprendizaje en las fases más tempranas de la educación.

En el momento en que la educación se separa de la realidad del mundo en que vivimos, la sociedad pasa a tener un problema grave de inadaptación. No, no se trata de aprender “nuevas tecnologías” (por favor, ¿cuántos años tenemos que pasar conviviendo con smartphones con total normalidad como para que los dejen de considerar “nuevas” tecnologias?), sino de integrarlas en el proceso educativo a todos los niveles, con total normalidad, como una parte más del entorno. Ningún curriculum educativo debería considerarse completo o adecuado sin la necesaria dosis de Ciencias de la Computación, sin entender cómo la tecnología va a afectar al desarrollo de esa actividad en el futuro, y sin preparar a los profesionales para ello. Más graduados en materias STEM, pero también más materias STEM en cada grado, a todos los niveles. Más STEM, sí, sin duda. Pero también mucha más integración.

 

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El fin de los despachos

IMAGE: gmast3r - 123RFCristina Castro, de El Independiente, me llamó para hablar sobre oficinas abiertas y filosofías de trabajo, y hoy me cita en su artículo titulado “El fin de los despachos” (pdf).

La idea de las oficinas abiertas parece ir imponiéndose de una manera cada vez más clara en cada vez más empresas, pero no está exenta de críticas. Desde mi punto de vista, estas críticas tienen por lo general que ver con un cambio mal entendido: si piensas en una oficina abierta como en un cambio de diseño o en un trabajo de arquitectura, tienes un problema, porque la cosa no va por ahí. Por mucho que el cambio en el diseño o la arquitectura de la oficina sea lo más inmediatamente observable o lo más tangible, el verdadero cambio es el de filosofía de trabajo, y mientras no hayas entendido eso, tu plan no funcionará.

A muchos trabajadores, la idea de dejar de tener despachos para pasar a trabajar en un espacio abierto les supone una pérdida: pasar de tener un espacio con intimidad en el que podían cerrar la puerta y que consideraban suyo, a ver cómo ese espacio pasa a ser tan solo una mesa y a la vista de todo el mundo. Lo ven como una pérdida de espacio, de intimidad, de concentración y hasta de rango: todo connotaciones negativas. Y la cosa funciona así hasta que no consigues transmitir que con la oficina abierta, llega también un cambio en la concepción del trabajo: no se trata de quitarte cosas, sino de ofrecerte la libertad de trabajar desde donde quieras. Si necesitas concentración, trabaja en tu casa o en donde sea que te concentres mejor. No hace falta que vayas a tu oficina, porque tu oficina se ha convertido en un sitio en el que lo que debe primar es el intercambio de información la colaboración y la relación social.

Pasar a considerar el trabajo como algo que puedes realizar desde cualquier sitio, que no te fuerza necesariamente a desplazarte a la oficina y que se apoya en un conjunto de herramientas tecnológicas que te ofrecen mucha más libertad no es algo sencillo. Implica ceder muchos elementos de control, acabar de manera decidida con la cultura del presentismo, con la idea de que “quien más horas pasa aquí, es el que lo hace mejor o el que más trabaja”. Esa idea, propia de la post-revolución industrial y de cuando un trabajo se reducía a pasar horas delante de una máquina o en una cadena de montaje, ya no tiene sentido en la mayoría de las empresas o trabajos de hoy.

Si vas a plantearte una oficina abierta, aquí van algunos consejos:

  • No lo hagas parcialmente. O todos, o ninguno. Eso de crear “sistemas de castas” en los que solo a partir de determinado nivel en el organigrama “se alcanza el privilegio de tener despacho” es completamente absurdo. Oficina abierta no es “yo tengo mi despacho y me asomo a mi puerta para ver si todos mis pitufos están trabajando” con la ventaja de que puedo verlos a todos de un solo vistazo. Esa idea pertenece más al panóptico de Bentham, que era un diseño de cárcel, que a un lugar de trabajo moderno y bien planteado. Si cambias a oficina abierta, nadie, ni el jefe más jefe, debe tener despacho. Oficina abierta debe implicar cultura abierta.
  • No te preocupes: que nadie tenga despacho no quiere decir que los de recursos humanos vayan a tener papeles con las nóminas a la vista de todo el mundo, que los de contabilidad tengan que discutir las cuentas con todos mirando, o que las reuniones de evaluación se conviertan en asambleas públicas. Esas ideas son absurdas. Primero, porque la primera consecuencia de una oficina abierta tiene necesariamente que ser que el papel desaparezca. Y segundo, porque una oficina abierta implica generalmente definir zonas de trabajo e infraestructuras compartidas, como salas de reuniones, áreas con más privacidad para una conversación telefónica o con un compañero, o zonas de esparcimiento donde sentarte un rato a tomar un café o a descansar. Lo de los sillones y la Playstation no es un cliché: están en el diseño porque cumplen una función.
  • Un área abierta debe ser eso: abierta. Si cada uno va a tener su mesa asignada, no has cambiado gran cosa. Por costumbre, todos tendemos a sentarnos en el mismo sitio cada día. Intenta cambiar esa costumbre, porque si no lo haces, no habrás conseguido nada. La idea es que quien llegue se siente en donde quiera, no en “su” sitio. No debe haber asignación fija de sitios, nadie debe dejar nada en su mesa, y como mucho, podrá haber unas taquillas para que alguien pueda dejar algo de un día para otro, pero si todo va bien, se utilizarán poco. Para una reunión o conversación que requiera privacidad, habrá espacios específicos. Y para otras cuestiones, como la pantalla del ordenador, hay filtros y buenas costumbres, como la de dejarla bloqueada cuando te levantas a por café.
  • Por supuesto, oficina abierta implica ordenadores portátiles. Si te parece necesario o interesante, pon monitores en las mesas y algún tipo de dock en el que enchufar el portátil para que sea cómodo utilizarlos, además de cargadores tanto para el portátil como para los smartphones, pero eso es todo. Oficina abierta implica que todos los elementos que el trabajador necesita vienen con él y se van con él, y se pueden desplegar en una mesa, en su casa o en un donde le dé buenamente la gana.
  • Olvidar el papel no implica emprender una cruzada ni hacer piras purificadoras, sino que se deje de utilizar simplemente porque es incómodo. Si no puedes dejarlo en tu mesa y lo tienes que recoger cuando terminas cada día, el resultado es que terminas no utilizando papel, simplemente porque te resulta molesto, y pasas a documentos en la nube, que es donde lógicamente deben estar. No es prohibir, no es perseguir… es explicar por qué es mejor y por qué es más cómodo trabajar así.
  • Genera consensos. La transición a oficina abierta debe explicarse necesariamente muy bien, implicar a todos y que todos la entiendan como lo que es: no un “cambio de mobiliario”, sino algo mucho más de fondo.
  • Si vas a plantearte una oficina abierta para ahorrar en costes, seguramente no te saldrá bien. Es posible que ahorres, pero la finalidad no debe ser esa. Si lo haces con esa idea en la cabeza, escatimarás en áreas comunes, en infraestructuras de uso compartido y en cuestiones en las que, por lo general, no debes escatimar. Una oficina abierta debe plantearse como un lugar agradable que debe “invitar” a trabajar en ella, debe ser un sitio que ofrezca algo al trabajador, y eso implica no ahorrar demasiado en determinados elementos.
  • Lucha contra la apropiación de espacios. Si alguien pretende, por la fuerza de la costumbre, apropiarse una zona determinada o una sala de reuniones, déjale claro que eso va contra la cultura corporativa y que no se va a permitir. La apropiación de espacios es un reflejo relativamente normal al principio, pero que resulta fundamental impedir, sea quien sea el que lo haga.
  • Hay que ceder control. Las oficinas abiertas no son compatibles con una cultura del control. Si pretendes controlar el número de horas que la gente pasa en la oficina, en un modelo de oficina abierta te frustrarás. Y por supuesto, olvídate de la idea de “fichar” al entrar y al salir. Podrás saber si una persona está o no en la oficina porque hay elementos que lo permiten, pero no debes hacerlo con propósito de control. Búscate otras maneras de evaluar el trabajo de las personas que no tengan que ver con el número de horas que pasan en la oficina.
  • Dimensiona las cosas con mucho, muchísimo cuidado. Si generas carestías, tendrás problemas. Si dejas a personas sin sitio donde trabajar porque has puesto menos sitios de los que debías, o conviertes el tener una reunión en un problema porque no hay salas disponibles, estarás generando tensiones. Para el diseño de oficinas abiertas hay profesionales específicos que estudian los flujos de trabajo, las personas, sus hábitos y sus necesidades durante un cierto tiempo, y tras ese trabajo, emiten unas recomendaciones que abarcan desde el dimensionamiento, hasta los elementos de diseño del mobiliario o las plazas de parking. Si no has pasado por ese ejercicio o no te parece importante, ten mucho cuidado: tu diseño de oficina abierta podría estar mal planteado, y eso podría implicar que no llegase a funcionar adecuadamente.
  • Cuando alguien no esté, tu arquitectura tecnológica tiene que ser suficientemente buena como para poder contactarlo e integrarlo en una reunión sin que ello resulte incómodo u ortopédico. Si no tienes esa arquitectura tecnológica, no empieces tu plan de oficina abierta hasta que la tengas. Aunque la tecnología no sea lo más evidente a la vista, las oficinas abiertas se apoyan necesariamente en una arquitectura tecnológica adecuada.
  • Esto no es “una moda”: es un cambio radical en la concepción del trabajo. Si no lo entiendes así, seguramente va a ser mejor que ni te lo plantees.

 

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Robots e impuestos: no tan sencillo

IMAGE: Pixelery - 123RFLas recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

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La amenaza no son las máquinas

IMAGE: Christos Georghiou - 123RFMuy buena crónica en Wired sobre la conferencia recientemente celebrada en Asilomar sobre el futuro del trabajo y los efectos de tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, con un titular que para mí representa claramente el aspecto más importante de la cuestión: The AI threat isn’t Skynet: It’s the end of the middle class.

Efectivamente, mientras el imaginario popular se obsesiona con la singularidad y con máquinas que supuestamente adquieren consciencia y se rebelan contra el hombre, una idea que no alcanza a distinguir entre inteligencia y conciencia y que pertenece aún claramente al ámbito de la ciencia-ficción, el verdadero peligro para la civilización y la sociedad humana proviene de la evolución de la propia sociedad humana desde una óptica social, y concretamente de la progresiva erosión de las clases medias.

Un problema real, tangible y posiblemente inmediato, cuyas consecuencias estamos ya comenzando a ver en la política de un país tan poco sospechoso de revolucionario como los Estados Unidos, frente a otro problema aún hipotético y teórico para el que seguramente faltan aún varias generaciones tecnológicas. El auge de los populismos no es más que la búsqueda inútil de sentido recurriendo a los esquemas del pasado, la idea de que se puede volver a generar la riqueza perdida volviendo a hacer lo mismo que hacíamos antes, y encarnando al enemigo imaginario en figuras como la inmigración o la tecnología.

Cada vez más factores indican que la erosión de puestos de trabajo debido a los progresos de la inteligencia artificial y la robótica está evolucionando más rápido de lo que se esperaba: cada vez son más y de más tipos los puestos amenazados por procesos de sustitución, y la esperanza de reconquistar esos puestos es absolutamente absurda. Ya no hablamos de trabajos manuales o repetitivos, sino de prácticamente cualquier actividad humana. Cuando la tecnología convierte en obsoleta una actividad como conducir, trabajar en una fábrica o ser operador en bolsa, la posibilidad de una vuelta atrás se convierte en absurda: si una compañía decidiese no adoptar esa tecnología para intentar preservar así los puestos de trabajo, otras lo harían en otros sitios, y condenarían a esa compañía a no ser competitiva. Esa deriva hace que las políticas reactivas centradas en la no adopción se conviertan en el peor enemigo de sí mismas: si una fabrica china sustituye al 90% de sus trabajadores con robots y consigue gracias a eso elevar su producción un 250% y reducir los defectos en un 80%, la idea de competir con ella manteniéndose al margen de esa tecnología se convierte en algo que desafía a cualquier tipo de sentido común.

Mantener a personas trabajando en trabajos que una máquina es capaz de hacer mejor y más rápido es completamente absurdo, y desafía las leyes del sistema económico que hemos generado. La evolución de la tecnología se ha convertido en el mayor factor de deflación económica que hemos conocido a lo largo de toda la historia: mientras los bancos centrales intentan inyectar dinero en la economía para mantener su dinamismo, la tecnología nos da mejores productos cada vez que convierte en obsoletos y sin valor los productos que habíamos adquirido anteriormente, y que a su vez, se deprecian completamente en plazos cada vez más cortos. El smartphone que llevamos en el bolsillo ha hecho que una gran mayoría de la sociedad haya dejado de adquirir cámaras de fotos y de vídeo, agendas, relojes, ordenadores, aparatos de GPS, reproductores de música e infinidad de cosas más que antes costaban en conjunto varios miles de euros, pero un par de años después de su adquisición, el valor de ese mismo smartphone se ha depreciado hasta el límite. Una tendencia deflacionaria absolutamente imparable, generada por el avance tecnológico, que no puede ser detenida, y cuyos efectos nadie tiene experiencia gestionando.

Los efectos de esa deflación han sido, hasta el momento, una polarización de la sociedad y una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos. La clase media va viendo como sus puestos de trabajo van siendo sustituidos por máquinas y privados de su sentido en cada vez más industrias y ocupaciones, y la amenaza de perder el trabajo se convierte en una preocupación cada vez más seria. Como bien dice Andrew McAfee, codirector de la MIT Initiative on the Digital Economy,

“If current trends continue, people are going to rise up well before the machines do”

(Si la tendencia actual continúa, las personas se levantaran bastante antes de que las máquinas lo hagan)

La causa de la revolución podrá ser originalmente tecnológica, pero la revolución en sí misma va a ser puramente económica: personas incapaces de encontrar su sitio en una sociedad sujeta a una deflación cada vez más acelerada y en la que los trabajos van siendo progresivamente ocupados por máquinas, dando lugar a una redefinición de la idea de trabajo culturalmente imposible de aceptar para muchos. Sí, es posible que los cambios también generen otros tipos de trabajo, pero por el momento, ese proceso no parece estar dándose a la velocidad adecuada, y no parece demasiado viable para las personas concretas que pierden sus trabajos. El minero que ya no es necesario en una mina ahora operada por robots autónomos en modo 24×7 no parece demasiado fácil que se pueda reconvertir en desarrollador de software. El cambio no mira hacia atrás, no parece preocuparse por aquellos cuyos puestos son convertidos en obsoletos, y solo propone soluciones parciales basadas en subsidios insuficientes, mientras la discusión sobre la necesidad, la viabilidad o los efectos de una renta básica universal o incondicional sigue generando una fuerte polarización en los economistas y limitada a pequeños experimentos puntuales.

No, la amenaza actual para la civilización humana no son las máquinas. Son las personas.

 

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Eficiencia, transformación digital y función pública

IMAGE: Pixelrobot - 123RF

Un informe de Reform, un think tank británico generalmente calificado como conservador, evalúa en unos 250,000 los puestos de trabajo en la función pública que podrían ser sustituidos por la automatización y la robotización a lo largo de los próximos quince años. Anteriormente, otro informe de Oxford University y Deloitte estimaba esa cifra en unos 850,000 en ese mismo plazo. El número total de empleados públicos en el Reino Unido en el año 2016 era de 5.4 millones.

La idea de reducción del empleo en la función pública no resulta en absoluto inesperada o extraña. Después de todo, la reducción del papel del Estado como tal ha sido tradicionalmente uno de los ejes fundamentales de una de las grandes ideologías históricas, y es habitual que esa misma función pública sea vista por muchos como una fuente de burocracia e ineficiencia, que todo ciudadano en general vería con buenos ojos optimizar dado que su financiación proviene directamente de sus impuestos.

Una parte sustancial del trabajo desarrollado por el funcionariado público es de tipo administrativo y tiende a tener un elevado componente repetitivo. Recientemente, el gigante de la gran distribución norteamericana, Walmart, llevó a cabo una reducción de personal centrada precisamente en los puestos administrativos y de back-office, incidiendo en tareas que se consideraban fáciles de automatizar, agrupar y sustituir. La idea de “mover papeles”, que en algunos casos está desapareciendo dentro del funcionariado a medida que se llevan a cabo procesos de transformación digital en la Administración, no oculta que tras la ineficiencia directa vinculada con el uso del soporte físico, existen una buena cantidad de flujos de información y procedimientos que se convierten en gran medida en redundantes cuando ese papel desaparece. El pasado sábado, por ejemplo, obtuve a través de la web de mi Ayuntamiento un comprobante de pago del impuesto municipal de circulación que hace pocos años me habría obligado a esperar al lunes y a acercarme a una ventanilla en el Ayuntamiento, un típico trámite burocrático que solía implicar un rato de trabajo de un funcionario público y que ahora el ciudadano lleva a cabo directamente.

El desarrollo de chatbots basados en inteligencia artificial, de hecho, se cita como uno de los grandes elementos que podrían redundar en una fuerte reducción de personal en la función pública dedicado a la interacción con el ciudadano. Y ese elemento, el de la interacción con el ciudadano, es solo una parte de los habitualmente citados en los procesos de transformación digital. Faltaría contemplar todos los elementos de flujos de información y procesos, en los que indudablemente también se podría llevar a cabo una importante ganancia de eficiencia que se cifraría en su correspondiente reducción de personal necesario, y asimismo, las oportunidades de reconvertir el modelo de negocio, que en la función pública se reinterpreta como la posibilidad de convertir muchos de los elementos en plataformas al servicio del ciudadano. La idea de plataforma, por otro lado, sintoniza muy bien con las tendencias relacionadas con el open data, con el uso de los datos del ciudadano para, con las debidas garantías de privacidad y confidencialidad, plantear productos y servicios más eficientes al ciudadano desde la iniciativa privada.

¿Podría ser la función pública uno de los sectores más afectados por la sustitución tecnológica? Hablamos de puestos habitualmente sujetos a una fuerte sindicalización y con garantías de estabilidad laboral importantes, que serían objeto de una presión por la eficiencia cuya necesidad seguramente pocos podrían o querrían discutir. ¿Está esta más que posible reconversión tecnológica de la función pública en la agenda de nuestros políticos?

 

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Sobre la evolución del trabajo

Thinkers50 podcastAprovechando la visita a Madrid de Stuart Crainer y Des Dearlove, cofundadores de Thinkers50, para cuyo ranking fui nominado el pasado 2015, grabé un pequeño podcast (14:30 minutos, en inglés) conversando con Stuart sobre la evolución del concepto de trabajo, las transformaciones que viviremos en las sociedades del futuro, la llegada de sistemas basados en la renta básica universal o incondicional (muy recomendable y clarificador el último artículo de Scott Santens al respecto, publicado por el World Economic Forum y titulado Why we should all have a basic income) o la extensión y ámbito esperable de la sustitución de personas por máquinas , las diferencias entre Europa y Estados Unidos a la hora de plantear la aproximación a la disrupción tecnológica, o la importancia del machine learning como nueva gran discontinuidad.

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La destrucción de puestos de trabajo por la automatización: no tan rápido…

Amazon robot

En la foto, un robot de Amazon. Originalmente creado por Kiva Systems tras la mala experiencia de su creador, Mick Mountz, con los costes de logística de Webvan, que terminaron llevándola a la quiebra, la compañía fue adquirida por Amazon en marzo de 2012 por 775 millones de dólares, que dejó expirar los contratos que tenía con grandes compañías de distribución como The Gap, Walgreens, Staples, Office Depot, Crate & Barrel o Saks 5th Avenue, la puso a trabajar exclusivamente para sus almacenes y la rebautizó como Amazon Robotics.

El diseño del robot, de unos 40 centímetros de alto y apoyado en un conjunto motriz de seis ruedas, esta pensado para moverse con soltura bajo las estanterías de los almacenes y desenroscarse, elevándola unos pocos centímetros del suelo, cuando está bajo la estantería que necesita transportar. Cada robot pesa unos 145 kilos, y puede desplazar sobre él estanterías cargadas con hasta 315 kilos. Cuando su batería desciende de un determinado nivel, simplemente van y se enchufan ellos solos a su estación de carga.

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Recientemente, Amazon anunció que había incrementado su ejército de robots en un 50%: en diciembre de 2014, la compañía tenía 15,000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30,000 en diciembre de 2015, y 45,000 en 20 almacenes en diciembre de 2016.

Además, Amazon anunció recientemente el lanzamiento de su tienda Amazon Go en la que desaparecen los cajeros, sustituidos por una app que permite la identificación del cliente, y por un conjunto de cámaras y sensores en un sistema que utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo para identificar cuando este toma cualquier producto de una estantería o lo devuelve a ella. Los cajeros de tiendas y supermercados, según las últimas encuestas de población activa norteamericanas (2014), proporcionaban empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

¿Qué cabe esperar de una compañía que incrementa a un fuerte ritmo la cantidad de robots que trabajan en sus almacenes, que elimina a los cajeros de las tiendas o que envía algunos de sus paquetes mediante drones autónomos en lugar de hacerlo mediante un repartidor tradicional? Cualquiera a quien se le haga esta pregunta esperaría, probablemente, una reducción del número de personas empleadas por la compañía. Sin embargo, sorpresa: Amazon acaba de anunciar su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología, uniéndose a la oleada de compañías que anuncian masivos planes de expansión de puestos de trabajo para evitar, entre otras cosas, el acoso de la administración Trump. La compañía incrementará su plantilla desde los 180,000  a los 280,000 trabajadores en los Estados Unidos. En el año 2011, Amazon empleaba a unas 30,000 personas. Y para el contraste, otro dato: los que sí han disminuido el número de trabajadores de manera consistente a lo largo de los últimos años han sido las empresas de distribución tradicional.

El proceso tiene lugar no solo a ese nivel, sino en otros: en la zona de la bahía de San Francisco, un cierto número de taxistas han ido perdiendo sus puestos de trabajo a medida que compañías como Uber o Lyft se han convertido en la alternativa de transporte preferida por más y más usuarios. Sin embargo, esas compañías se encuentran actualmente entre los mayores generadores de empleo de la zona – solo Uber da trabajo a más de veinte mil conductores en el área, un número muy por encima de los taxistas que existían antes de su llegada, y eso sin tener en cuenta el empleo adicional generado por estas compañías en puestos de gestión o de tecnología. Eventualmente, los taxis dejarán de emplear conductor y se convertirán en vehículos autónomos, pero actualmente, poco se podría decir en términos de destrucción neta de puestos de trabajo.

¿Cómo se explica que una compañía absolutamente emblemática en su proceso de robotización como Amazon genere empleo a esos niveles? No, no hablamos de una paradoja, sino más bien de un efecto que algunos investigadores como Jeremy Rifkin, a quien recientemente tuve la oportunidad de ver en Detroit, mencionan en sus predicciones: que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos.

Un elemento más a considerar cuando calculamos los efectos a nivel macro de la tecnología: eventualmente, es posible que muchas cosas que a lo largo de nuestra vida siempre hemos visto hacer una persona pase a hacerlas un robot, pero eso no impide que el despliegue de esa tecnología requiera de una gran cantidad de puestos de trabajo humanos, en tareas que difícilmente serán automatizadas. El efecto de destrucción de empleo, por tanto, no es tan inmediato ni tan evidente, y mucho menos justifica el desarrollo de políticas que defiendan actitudes tecnófobas o luditas que, de ser adoptadas por determinados territorios o administraciones, únicamente terminarían generando desventajas comparativas al ser adoptadas por otras. Una cuestión más que incorporar a los miedos irracionales de determinados políticos y gestores públicos, horrorizados ante la idea de manifestaciones de trabajadores que se quedan sin trabajo sustituidos por el robot de turno. Sí, el proceso tendrá lugar a determinados niveles, pero la idea de mantener a esos trabajadores en sus puestos simplemente porque “algo tienen que hacer” cuando existe tecnología para llevar a cabo esas tareas mejor y más económicamente se convierte en cada día más absurda.

No, las cuentas no son tan sencillas y evidentes como algunos parecen creer. Antes de extraer conclusiones fáciles, va a haber que leer y estudiar mucho más…

 

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Redefiniendo entornos de trabajo distribuidos

IMAGE: Dean Drobot - 123RFCon la llegada del nuevo año, entra en vigor en Francia la ley que otorga a los empleados de compañías de más de cincuenta trabajadores el derecho a desconectar, la posibilidad legalmente amparada de no contestar correos electrónicos ni otras formas de comunicación de uso profesional durante sus horas de descanso.

La intención de la ley es obligar a las compañías a negociar con sus trabajadores cuáles son sus obligaciones en este sentido, y tratar de llegar a un acuerdo que permita aprovechar la flexibilidad de las herramientas de trabajo remoto, pero intentando que no llegue a convertirse en una forma de explotación o a amenazar el balance entre vida personal y vida profesional de los trabajadores.

La definición de entornos de trabajo distribuidos se está convirtiendo en uno de los grandes caballos de batalla de la revolución tecnológica que vivimos. Mientras en muchas empresas siguen aferrados a culturas presencialistas en las que se valora que el trabajador esté en su puesto de trabajo un número de horas determinados, o incluso perpetúan la tradición de fichar a la entrada y a la salida que proviene de los entornos industriales, otros comienzan a promover entornos en los que los trabajadores pueden optar por acuerdos flexibles en los que determinadas tareas son llevadas a cabo independientemente de la localización, trabajar desde casa si les resulta más cómodo o adecuado para determinadas tareas, etc.

Aunque este tipo de entornos tienen unos requerimientos importantes de redefinición cultural, lo cierto es que en la mayoría de los casos, se trata de series de pequeñas victorias que algunos trabajadores van conquistando poco a poco, basándose en muchos casos en relaciones de confianza, en modelos de tipo laissez-faire o en el progresivo empoderamiento. La consolidación del uso personal de herramientas de comunicación sencillas como WhatsApp, por ejemplo, ha llevado a que muchas compañías se encuentren de repente con la realidad de redes informales y no controladas por los departamentos de tecnología corporativos, pero en los que se desarrollan entornos de trabajo fuera de todo control, que pueden generar una gran productividad o auténticas pesadillas. Esa falta de definición puede llevar a situaciones como las que la ley francesa pretende prevenir, en las que los trabajadores carecen de referencia a la hora de tomar decisiones sobre el balance entre vida personal y vida profesional. En algunos casos, otras compañías han optado por normas más radicales, como impedir directamente el uso del correo electrónico corporativo a partir de determinadas horas, lo que suele implicar que algunos trabajadores opten por el uso de otras cuentas de correo.

La aproximación correcta al tema debe incluir, en primer lugar, la voluntad clara de explorar la contribución de este tipo de tecnologías a los entornos profesionales. Ignorar ese componente y tratar simplemente de prolongar normas que se crearon y consolidaron cuando este tipo de posibilidades no existían es una actitud absurda que solo puede redundar en culturas anticuadas, que posiblemente tendrán difícil retener o atraer talento. Partiendo de esa vocación clara por el avance en este sentido, lo siguiente es tener en cuenta los componentes de la cultura corporativa: entornos más normativizados o rígidos pueden precisar de directrices claras y específicas, mientras otros más laxos en su definición o que otorgan mayor libertad a sus trabajadores pueden encontrar esas directrices redundantes o innecesarias. En encuestas previas a la promulgación de la ley francesa, en torno al 60% de trabajadores se mostraban a favor de clarificar las reglas en estos entornos.

La ley francesa parece buscar precisamente un balance en ese sentido: promueve la negociación colectiva con el fin de definir esos entornos, pero no prevé sanciones para las las compañías que no sean capaces de llegar a acuerdos. La idea es posibilitar el uso, pero tratar de dotar de herramientas para prevenir el posible abuso, o para negarse a trabajar fuera de determinadas horas si lo estiman adecuado. Para las compañías, un adecuado balance puede resultar fundamental de cara a la productividad, a la motivación, o a la capacidad de atracción y retención de talento. Socialmente, además, promover culturas menos basadas en el presencialismo y en los horarios fijos puede ser uno de los factores fundamentales a la hora de generar ciudades más sanas, en las que se reducen tanto la cantidad total de desplazamientos, como la necesidad de concentrarlos en unos momentos del día determinados, lo que puede redundar en menos atascos y aglomeraciones.

En cualquier caso, la llegada del nuevo año y la entrada en vigor de la ley francesa podrían representar una muy buena oportunidad para avanzar en la discusión de este tipo de cuestiones en las empresas en las que no se hayan planteado todavía.

 

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Los peores ciegos son los que no quieren ver

Robots come to steal our jobs!!! (IMAGE: E. Dans)Mi columna de esta semana en El Español se titula “El fin de un sistema“, y habla sobre la evolución de una sociedad en la que el concepto de trabajo se dispone a redefinirse completamente a través de la progresiva sustitución de personas por máquinas en un número cada vez más elevado de tareas de todo tipo.

Hablamos, muy posiblemente, del cambio social más importante vivido en la historia de la humanidad, con mucha mayor trascendencia que la primera revolución industrial debido, sobre todo, a la mayor velocidad con la que tiene lugar, pero a pesar de su enorme relevancia, una parte muy significativa de la sociedad prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en la arena. Hablamos de un cambio que amenaza con ir dejando sin empleo a cada vez más personas, una lista que va incluyendo progresivamente a cada vez más profesiones que van perdiendo su sentido, sustituidas por máquinas que desarrollan esas ocupaciones de manera mucho más competitiva. Cada vez que un competidor adopta esas innovaciones, cada vez que incorpora más robots y más machine learning, se convierte en el nuevo benchmark, en la nueva referencia a batir, en el incremento marginal que ningún otro competidor puede ignorar.

Ya no hablamos de sustituir empleos de escaso valor añadido: la transición ya no afecta solo a los trabajos aburridos, mecánicos, sucios o peligrosos, sino a cada vez más tareas y ocupaciones. Sin duda, aparecerán nuevas profesiones, muchas de las cuales tendrán características que nos llevarán a considerar un cambio tan radical en el concepto de trabajo que lo conviertan en irreconocible para muchos, pero también tendremos una amplia cantidad de profesiones que, simplemente, desaparecerán. Y la capacidad de reeducación o recualificación de muchas de esas profesiones será, en muchos casos, muy compleja o imposible.

El futuro, por pura lógica matemática, solo puede traer la quiebra del sistema de subsidios y coberturas que conocemos. La red de seguridad que se supone debía proteger a los excluidos se ha convertido en una trampa social, cada vez más compleja en su administración, más injusta en su funcionamiento, y además, destinada a la quiebra. Y la única manera de sustituirla es rediseñándola completamente en torno a la idea de sistemas universales e incondicionales que lo simplifiquen, que eviten tasas impositivas marginales absurdas aplicadas a quienes no lo merecen, y que aseguren que en una era de más abundancia, esta se reparte de la manera adecuada y justa. Prolongar la agonía del sistema anterior solo nos lleva a tasas de exclusión cada vez mayores, a tratar de estirar esquemas piramidales de forma insostenible y a generar una mayoría desencantada dispuesta a votar al presunto salvador – o payaso – de turno como si fuese su última esperanza.

Como hemos podido ver a lo largo del año 2016, la situación ya no admite que sigamos cerrando los ojos o enterrando la cabeza en el suelo, o nos estaremos abocando a un desastre político sin precedentes. No hay peores ciegos que aquellos que no quieren ver. Mientras, como sociedad, no abramos una reflexión seria y no simplista sobre este tema, estaremos condenados a seguir intentando exprimir un sistema deficiente y disfuncional. Estaremos intentando construir el futuro con herramientas del pasado.

 

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Amazon Go y la enésima edición del debate de la sustitución hombre-máquina

Amazon GoEl lanzamiento en beta de Amazon Go, una tienda física en Seattle abierta por el momento únicamente a empleados de la compañía en la que basta con llegar, identificarse en la entrada escaneando un código generado por una app en el smartphone, tomar lo que se desee de las estanterías, y simplemente salir, sin detenerse en ningún sitio ni tratar con ninguna persona, vuelve a desatar la discusión sobre el papel de las personas en el futuro, la naturaleza de los trabajos y la sustitución hombre-máquina.

El desarrollo tecnológico de Amazon para poner en marcha Amazon Go utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo, una combinación de tecnologías cuyo avance no solo no se detiene, sino que progresa con un patrón cada vez más exponencial a medida que los resultados van realimentando el sistema. El desarrollo de Amazon es capaz de utilizar cámaras en toda la tienda para captar cuando una persona identificada por su cara toma o devuelve un artículo de una estantería, y factura a esa persona a través de su cuenta de Amazon según sale por la puerta. En realidad, nada que no haya utilizado anteriormente en mis clases hace más de una década hablando de pilotos de IBM o de Metro, pero que en aquellas ocasiones, no pasaron de la conceptualización.

En esta ocasión, el resultado es una tienda de productos frescos, snacks, bocadillos, etc., en la que siguen siendo necesarias personas para reponer las estanterías o para preparar los productos, pero desaparece completamente la necesidad de cajeros y de líneas de checkout, un trabajo que según los últimos datos disponibles (2014), proporcionaba empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

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La tienda de Amazon, por mucho que por el momento sepamos que es una prueba limitada, nos enfrenta una vez más a esos temores en los que vemos a la tecnología como el destructor de nuestros empleos y de nuestro modo de vida. De nuevo, un debate para el que pocos se encuentran preparados, porque socava lo más hondo de las creencias que hemos mantenido desde hace muchas generaciones: el trabajo visto como elemento fundamental en la identidad de la persona, como privilegio, como necesidad no solo para la consecución de unos ingresos, sino prácticamente de cara a la realización personal… todo ello olvidando que, nos pongamos como nos pongamos, existen un elevado número de trabajos, entre los que sin duda se cuentan los de cajeros, en los que la posibilidad de que alguien se sienta realizado o motivado resulta prácticamente imposible.

¿Qué hace un cajero de supermercado? Un trabajo completamente mecánico y repetitivo, incómodo para ambos lados: para la persona que ha hecho su compra, el cajero supone la incomodidad de detenerse en una cola, depositar todos los productos en una cinta transportadora, y volverlos a recoger al otro lado. Para el cajero, el proceso supone tomar cada producto y escanearlo, hacer frente a posibles errores, y cobrar. Todo ello es un proceso profundamente mecánico, repetitivo, alienante y sin ningún valor añadido o propio de la condición de ser humano de quien lo lleva a cabo. La única razón por la que la desaparición de este tipo de trabajos no se ha producido antes era la dificultad de la tecnología existente para corregir los posibles errores de lectura, que aunque pudiesen resultar esporádicos, generaban interrupciones en el proceso. Cada vez más, un ordenador es caz de identificar perfectamente a una persona y un producto, entender si lo toma o lo deja en una estantería, apuntarlo en su cuenta y cobrarlo. La línea de cajeros, sencillamente, pierde su sentido.

Para el común de los mortales, imaginar a una legión enorme de cajeros de supermercados y tiendas uniéndose a la larga fila en la que ya estaban conductores de taxi, camioneros, mineros, empleados de sucursales bancarias, planificadores publicitarios, administrativos y una larga lista de empleos resulta, como mínimo, desasosegante. Aceptar una realidad en la que todo aquel trabajo que no conlleve un valor añadido determinado completamente redefinido con respecto al pasado se dispone a desaparecer resulta duro, particularmente si entendemos el trabajo como un privilegio, como aquello que nos permite integrarnos en la sociedad. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni lo será en el futuro.

En el pasado, los privilegiados no eran los que tenían trabajo, sino precisamente los que no tenían que trabajar. Los nobles que vivían en sus palacios se alimentaban gracias al trabajo de una serie de personas en virtud de un supuesto derecho divino, de unos privilegios que marcaban quiénes tenían que trabajar, y quienes podían simplemente cobrar impuestos para vivir del trabajo de otros. La situación era patentemente injusta, pero marcaba el tejido social de una época en la que para determinadas clases sociales, tener que trabajar era un castigo… aunque peor aún era pertenecer a esas clases sociales y no tener trabajo, lo que los situaba en la categoría de vagos y maleantes.

En la sociedad actual, un número creciente de personas trabajamos de una manera que, contemplada desde la óptica de hace tan solo algunas décadas, resultaría incomprensible. Que yo pueda levantarme por la mañana y simplemente dedicarme a leer noticias, a pensar y a escribir para, finalmente, ponerme delante de una determinada audiencia y contarles una serie de cosas intentando que las entiendan y les hagan pensar, me situaría, imagino, en una categoría próxima a la de los privilegiados que podían vivir de intangibles, que no tenían que trabajar con sus manos o que no necesitaban sudar. De hecho, que yo salga a quemar calorías de una manera tan aparentemente inútil como recorrerme diez kilómetros en círculo para así mantener mi cuerpo en forma debería hacernos reflexionar mucho sobre los cambios de la sociedad en la que vivimos.

Lo que diferencia mi trabajo de otros es, entre otras, cosas, la dificultad de sustituirlo – por el momento – por una máquina. Al paso que se desarrolla la tecnología, nada impide que esa dificultad no pueda ser vencida, lo que me situaría en la tesitura de reimaginar mi trabajo. O, posiblemente, de no trabajar salvo que me apeteciese hacerlo. La transición desde una sociedad plenamente basada en el trabajo a una en la que el trabajo es simplemente una posibilidad para quien quiere tenerlo es imposible si no aceptamos como premisa fundamental el desarrollo de sistemas de renta básica universal o incondicional que protejan a aquellos cuyo trabajo, sencillamente, desaparece a manos de una tecnología que no simplemente se lo quita, sino que mejora sensiblemente su productividad y su desempeño. Una vez desarrollada, la tecnología deja de ser una opción, y se convierte en obligatoria para todo aquel que quiere ofrecer ese producto o servicio en condiciones de mercado. No es cruel, no es desalmado, no es injusto: es simplemente lógico.

Que los trabajos de las llamadas “tres D”, Dull (aburridos), Dirty (sucios) y Dangerous (peligrosos) se vean progresivamente sustituidos por máquinas puede parecer una maldición, pero no lo es: simplemente, hablamos de trabajos que las personas no deberían hacer, que resultan una ofensa para la naturaleza humana. Que esa sustitución se extienda a otro tipo de trabajos, de nuevo, nos puede preocupar porque imaginamos la alternativa de quedarnos sin trabajo como un desastre y una exclusión, pero ello se debe únicamente a la escasa madurez de los planteamientos sociales en torno a esa necesidad de la renta básica universal. A medida que esa dialéctica avance, nos encontraremos no solo aliviados cuando nuestros trabajos puedan ser llevados a cabo por una máquina, sino que además, dejaremos de verlo como una amenaza y estaremos dispuestos a colaborar aportando nuestra experiencia con quienes pretendan hacerlo, si ello nos ayuda a estar en el lado adecuado de la disrupción. Pero imaginar algo así sin imaginar nada detrás que aporte lo que necesitamos para obtener ingresos resulta sencillamente aterrador, y la inmensa mayoría de los políticos actuales están aún muy lejos de entender la necesidad de ese tipo de planteamientos o de no contaminarlos con principios ideológicos. 

Amazon Go nos muestra, por ahora por una mínima rendija, la realidad de la coevolución de los hombres y la tecnología. Y esa realidad no es aterradora, ni deshumanizada, ni negativa, ni excluyente, salvo para los que se empeñen en verlo así. De hecho, dejar de verlo como algo amenazador es el primer paso para ese necesario cambio. Entender que es, sencillamente, mejor en todos los sentidos, siempre que como sociedad seamos capaces de organizarnos para acoger ese cambio con las adecuadas garantías para todos los implicados. Y como todos los grandes cambios, no va a ser sencillo, pero no por ello deja de ser inevitable.

 

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