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Cuando tienes que defenderte de tu propio gobierno

@realDonaldTrump status update #897763049226084352 - Twitter Un tweet del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, provocó una pérdida de valor de más de cinco mil millones de dólares en las acciones de Amazon.com, obviamente no un daño irreparable para una compañía con una marcha absolutamente insuperable en bolsa – nada menos que un 56,524% de revalorización desde su salida – pero un impacto sensible, al fin y al cabo, mucho más reseñable aún por el hecho de estar basado en una premisa falsa.

El “presidente incontinente” se despachó con una acusación de irregularidades fiscales contra una compañía que ya hace mucho tiempo que paga sus impuestos en todos los estados en los que genera sus ventas, demostrando no solo su temeridad y su total falta de criterio, sino además, su nivel de desinformación. Hace ya mucho tiempo que, como respuesta al incremento de la presión de la Unión Europea, la compañía tomó la decisión de adoptar tácticas de optimización fiscal menos agresivas, reportar las operaciones en cada estado y someterlas a los impuestos correspondientes, aunque la acusación de “no pagar impuestos” sigan apareciendo como un tópico habitual cada vez que se habla de la compañía en foros de personas desinformadas. Por otro lado, la acusación de esquivar impuestos, viniendo del único presidente que, en las últimas décadas ha rechazado hacer públicas sus declaraciones de impuestos, no deja de ser de una doble moral que asusta.

Con respecto a la acusación de provocar pérdida de puestos de trabajo, es posible que el presidente Trump no haya leído las noticias recientemente, pero Amazon se ha convertido en una de las compañías norteamericanas que más empleos genera, hasta cincuenta mil puestos en un solo día, algo que es extraño que el presidente no sepa considerando que fue recogido incluso por Fox News

¿Cuál es el problema de Donald Trump con respecto a Amazon? Por un lado, sus evidentes desavenencias con su fundador, Jeff Bezos, que en un momento dado llegó incluso a ofrecer un sitio en uno de sus cohetes para enviarlo al espacio, y que, por otro, adquirió el diario The Washington Post, combativo con las decisiones de Trump como no podría ser de otra manera en un medio de comunicación con criterio. El presidente parece tener con Jeff Bezos una de sus obsesiones seniles delirantes, y periódicamente dispara desde su cuenta de Twitter a sus iniciativas.

En esta ocasión, no obstante, es diferente. Aunque la cotización de Amazon obviamente recuperará lo perdido, estamos hablando del presidente de los Estados Unidos utilizando su cuenta de Twitter para provocar un daño a la cotización de una empresa estadounidense, haciendo pensar a los analistas y al mercado que podrían esperarse de su administración algún tipo de medidas específicas en contra de la compañía. Esto va mucho más allá del supuesto papel de un presidente que no debería interferir con el funcionamiento de los mercados de una manera tan específica salvo que se estuviese produciendo algún tipo de irregularidad, problema o emergencia nacional, pero encaja perfectamente con la forma de actuar de un irresponsable que lanza declaraciones como quien escribe mensajitos irrelevantes, y que todo indica que pretende ignorar todas las reglas de la política y gobernar a golpe de tweet, como si eso fuera de alguna manera posible.

Nada que no supiéramos cuando resultó elegido. Pero que sin duda, se convierte en más inquietante con cada día que pasa en la Casa Blanca…

 

 

 

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Leña del árbol caído…

Volkswagen evilComo parte de las compensaciones por el escándalo de las emisiones de sus vehículos diesel, Volkswagen ha pactado con el estado de California una inversión de 1,200 millones de dólares, en dos programas medioambientales: uno dotado con $381 millones destinado a reducir la contaminación, y otro, de $800 millones, que constituirá un fondo para la construcción de infraestructuras de carga.

Dentro de ese segundo plan se incluye una primera fase en la que se destinarán $120 millones para la construcción de una red de 400 estaciones de carga para vehículos eléctricos, que ofrecerán un total de entre 2,000 y 3,000 cargadores universales. En una segunda fase, se dedicarán $75 millones a la construcción de una red de cargadores rápidos de 150 kW, así como $45 millones para una red de seis estaciones de carga comunitarias en barrios de renta baja en las áreas metropolitanas de San Jose, San Francisco, Sacramento, Fresno, Los Angeles y San Diego, que se estima que pueden tener más dificultades para incorporarse a la electrificación. Otros $44 millones se destinarán a la construcción de una Green City en la capital del estado, Sacramento, que proporcionará vehículos de cero emisiones igualmente a residentes con rentas bajas a través de programas de ride-sharing, car-sharing y programas similares. Finalmente, un plan a diez años llevado a cabo por una subsidiaria de la compañía, Electrify America, construirá una red de cargadores rápidos con tecnología universal a nivel nacional.

Que la compañía obró mal y diseñó una estrategia para que sus vehículos mostrasen niveles de emisiones razonables en las pruebas, mientras durante la conducción multiplicaban por cuarenta los límites legales es algo que ya, a estas alturas, nadie pone en duda. De hecho, tiene ya hasta un completísimo artículo dedicado en Wikipedia. Que la cuestión no era grave, sino gravísima es algo ya también totalmente evidente: hablamos de unos once millones de vehículos en todo el mundo, unos 600,000 solo en los Estados Unidos. Que lo hiciesen ellos solos por iniciativa propia o como parte de un cártel de empresas alemanas con estrategias similares es algo que aún está por dilucidar. Pero lo que parece evidente es que, una vez descubierta la jugada, se puede forzar a esas marcas a compensar parcialmente sus faltas dedicando recursos a la construcción de infraestructuras que faciliten la creciente popularización del vehículo eléctrico, en una forma interesante de extraer leña del árbol caído que, en este contexto, pasa a tener todo el sentido del mundo. Entre otras cosas, porque una marca obligada a invertir ese dinero en infraestructura de carga eléctrica no tiene otro remedio que entender que, de una manera u otra, el futuro ya no está en los vehículos que fabrica, sino en tratar de rediseñarse para la producción de vehículos eléctricos lo antes posible.

La cuestión, ahora, es a quién llegan esas compensaciones. Si comparamos las medidas tomadas contra la compañía en los Estados Unidos con las emprendidas en otros países del resto del mundo, o con las prácticamente inexistentes iniciativas en ese sentido en mi país, España, parece evidente que en este tipo de temas, los distintos países no son todos iguales, sino que, como diría George Orwell, “unos son más iguales que otros”. Mientras los ciudadanos californianos se beneficiarán de una amplia iniciativa de construcción de infraestructuras de carga eléctrica, los de otros países se conformarán, en la mayoría de los casos, con actuaciones sobre los vehículos vendidos para adaptarlos a unas emisiones situadas dentro de los límites legales, que afectarán como mucho a los propietarios engañados por la marca, pero no a los que no poseíamos esos vehículos y tuvimos que respirar la basura que emitían.

Claramente, la justicia norteamericana, que fue además la que descubrió el escándalo a través de una investigación de la EPA, ha sabido extraer mucho más partido a las compensaciones de la marca, aunque no fuese ni mucho menos el país más afectado. Una cuestión de poder e influencia, sí, pero sobre todo, de visión de futuro.

 

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Google: momento agridulce

Google GLos resultados que Google publicó ayer son, decididamente, motivo de celebración: a pesar de la multa récord de 2,700 millones de dólares impuesta por la Unión Europea, convertida en una nota al pie, la compañía sigue siendo una máquina de hacer dinero: un crecimiento de nada menos que el 21%, inusual en una empresa con un modelo considerado ya como razonablemente maduro, propulsado fundamentalmente por negocios como la movilidad, el vídeo y, sobre todo, la nube, que triplica el número de grandes clientes y parece empeñado en dejar claro que, aunque el dominio en publicidad en todas las plataformas digitales sea apabullante,  la clave del futuro de la compañía no está en la publicidad.

La compañía ha doblado su plantilla desde 2013 hasta alcanzar los 75,000 trabajadores, y su CEO, Sundar Pichai, ha sido recompensado con un puesto en el consejo de administración de Alphabet por los dos años de crecimiento obtenidos desde su nombramiento.

Hasta aquí, la parte dulce. En unos dieciocho años, Google se ha convertido, sin duda, una de las compañías más importantes del mundo: todos utilizamos alguno de sus productos, desde su navegador, que supera ya el 60% de cuota de mercado en ordenadores y el 47% en smartphones; su buscador, que llega hasta el 80% a nivel mundial; hasta su correo electrónico, que alcanza el 22% en un mercado de elevada fragmentación. Y el problema, precisamente, puede venir de ahí: de un posible cambio de opinión con respecto a las implicaciones de la dominación de los mercados.

Un grupo de parlamentarios demócratas estadounidenses parecen estar avanzando en el desarrollo de una idea hasta ahora considerada anatema: la posibilidad de forzar la división de los gigantes de la red como Google, Amazon y otros, como forma de señalar al electorado que están dispuestos a abogar por los intereses del usuario frente a los de las grandes corporaciones, uno de los elementos a los que parecen más sensible los electores que optaron por la candidatura de Donald Trump. Una iniciativa que perjudicaría también a las grandes compañías de televisión por cable, bestias negras del ciudadano medio por su reparto del mercado en función de criterios geográficos y por promover una situación de escasa competencia que termina por perjudicar a los usuarios.

Este tipo de medidas acercarían más la política anti-monopolio norteamericana a la de la Unión Europea, y ejercerían una acción de pinza sobre las grandes compañías tecnológicas en sus dos mercados más señalados. En realidad, se trata más bien de medidas de tipo populista: no existen pruebas de ningún tipo de que el crecimiento de las grandes compañías tecnológicas suponga un problema de cara a una competencia diversa – pocos mercados son tan vibrantes y generan tantas novedades como el de la tecnología – o sobre los intereses de los usuarios, y el criterio de la Unión Europea parece, cada día más, una serie de criterios erráticos pensados especialmente para perjudicar de todas las maneras posibles a los gigantes norteamericanos.

La última batalla en Europa parece ahora ser sobre el tema más absurdo del mundo: los términos de servicio. En efecto, esos textos que definen la mayor mentira de internet, que tiene lugar cada vez que alguien marca la casilla de “he leído y entendido los términos de servicio”, y que ahora parece que los burócratas de la Unión Europea, en ausencia de otros temas con los que meter el dedo en el ojo a las compañías tecnológicas, pretenden utilizar como pretexto para cobrarse la enésima multa.

¿Mejoraría algo el mundo si obligásemos a las grandes compañías tecnológicas a escindirse en compañías más pequeñas? Mi impresión es que no, y que, como he comentado anteriormente, se trata simplemente de una medida populista y absurda, que además dejaría aún más expedito el camino a las grandes compañías chinas, auspiciadas por un gobierno empeñado en un esfuerzo coordinado para convertirse en el gran dominador mundial en temas como la inteligencia artificial. Lo siento, pero me considero un demócrata convencido, y la idea de que países de gran tradición democrática adopten medidas que perjudiquen a sus compañías exitosas para beneficiar con ello indirectamente a empresas creadas en países abierta y orgullosamente no democráticos me resulta completamente absurda. Sinceramente, entre empresas como Google o Amazon, y sus equivalentes chinos con toda la interferencia y connivencia de su autocrático gobierno, me quedo claramente con las primeras. Pero a lo mejor es que me he perdido algo.

 

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¿Puede un presidente bloquear a sus ciudadanos en redes sociales?

realDonaldTrumpUn grupo de ciudadanos norteamericanos que habían sido bloqueados en Twitter por la cuenta personal del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, han iniciado una demanda contra él representados por el Knight First Amendment Institute, un centro de la universidad de Columbia creado para defender la libertad de expresión y de prensa en la era digital.

La demanda afirma que la cuenta de Twitter del presidente de los Estados Unidos es, como tal, un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos, y como tal, no pueden ser excluidos de él, a pesar de haber previamente expresado su desacuerdo. De hecho, el bloqueo, en este caso, es interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

El caso no es simplemente un intento de atacar a un presidente ya abundantemente criticado desde todos los ángulos, sino que tiene bastante más fondo de lo que parece: lo que se discute es el uso de redes sociales como forma de comunicación política, algo que se ha convertido en norma en un gran número de países. En este caso, además, hablamos de un presidente que, de manera consciente, ha relegado el uso de la cuenta presidencial oficial, @POTUS, en la que cuenta con 19.3 millones de seguidores, para seguir utilizando la suya personal, @realDonaldTrump, en la que le siguen 33.7 millones. No es, obviamente, la primera vez que el uso de Twitter por parte de Donald Trump genera polémica: en febrero de este año, el presidente utilizó un retweet desde la cuenta institucional para amplificar el impacto de una cuestión tan personal como el que la colección de moda de su hija hubiese sido excluida de unos grandes almacenes.

En la demanda actual, la discusión se centra en la esencia del diálogo político: bloquear a una persona en Twitter es una acción tristemente habitual, que en muchas ocasiones sucede como respuesta a una actuación previa, a un insulto o a un comentario interpretados como crítico o molesto. Muchísimos usuarios de Twitter bloquean habitualmente a todos aquellos que estiman oportuno, en función de su interpretación de lo que deben ser los límites de la relación, la educación o la sensibilidad a la crítica. Sin embargo, una cosa es que un ciudadano, una empresa o un medio de comunicación, por ejemplo, impongan un bloqueo a una cuenta de Twitter de una persona, y otra que lo haga el presidente del gobierno, por mucho que pueda argüirse que lo hae desde su cuenta personal, teniendo en cuenta que el uso que hace de esa cuenta es cualquier cosa menos personal y prácticamente marca la agenda política. La cuenta de Twitter de una persona, un medio o una compañía es, en ese sentido, un “club privado” con “derecho de admisión”. Sin embargo, podría discutirse, y en ello radica la demanda, que un presidente pueda marcar un supuesto “derecho de admisión” sobre una cuenta entendida como una comunicación pública relacionada con su gestión.

Por otro lado, el bloqueo en Twitter tiene un componente relativamente anecdótico: para poder ver los tweets escritos por el presidente en la cuenta que les ha bloqueado, lo único que tendrían que hacer los usuarios afectados es entrar en la cuenta desde un navegador en el que no se hubiesen identificado como usuarios de Twitter, lo que podría llevar a la defensa a argumentar que lo que se intenta no es impedir que puedan acceder a la información publicada en la cuenta, sino que puedan intervenir refiriéndose a ella, dado que cuentan con supuestos precedentes en los que esa participación pudo considerarse posiblemente insultante. Esta discusión, sin embargo, tampoco parece muy productiva dada la amplitud con la que se interpreta la libertad de expresión en la vida política en los Estados Unidos, y más bien podría ser un argumento en contrario: al bloquear esas cuentas, el presidente estaría, de manera efectiva, bloqueando la participación de personas que han probado ser críticas con su gestión, y que no podrían mencionar esa cuenta en sus respuestas (podrían referirse al presidente por su nombre o por otras variaciones del mismo, pero no obtendrían la difusión inherente al hecho de responder a esa cuenta). ¿Podría el presidente o su gabinete argumentar que esas cuentas dificultan, coartan o condicionan el dialogo político, y de ahí la decisión de someterlas a bloqueo? De no mediar casos de difamación, injurias, amenazas u otros delitos tipificados, parece poco probable que un tribunal se incline por dar la razón al presidente.

¿Qué puede hacer un presidente, entonces, con cuentas que utilicen Twitter, Facebook u otras redes en las que participe para atacar su gestión, que posiblemente lo hagan de manera constante, y que, de hecho, aprovechen la propia cuenta presidencial para obtener una repercusión mayor para sus comentarios? ¿Es el diálogo político un entorno en el que debe prevalecer el “vale todo” siempre que estrictamente no vulnere la ley? Estamos hablando de algo que comienza a ser habitual en todos los países: el uso de Twitter como herramienta de interacción política, las reglas que deben gobernar esa interacción, lo que debe o no estar permitido en el juego político, y las relaciones entre los ciudadanos, ahora dotados de mecanismos para expresar su opinión de manera directa, y aquellos elegidos para gobernarles. Unas reglas que se han ido desarrollando a medida que se popularizaban estas herramientas, que nadie se ha preocupado por el momento de regular de manera estricta más allá de la casuística, y que posiblemente vayan precisando de una cierta definición. O cuando menos, de una discusión formada e informada.

 

 

 

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Neutralidad de la red: cuando el activismo importa

John Oliver crashing FCC siteQue el británico John Oliver, presentador desde 2014 de Last Week Tonight, uno de los talk shows más populares del late night norteamericano, dedique su comentario principal de la noche a la neutralidad de la red no es algo inusual: lo hizo ya en junio de 2014 con la idea de explicar al norteamericano medio en qué consistía y por qué razón era importante ese concepto, y generó un efecto que terminó por ejercer tanta presión sobre la Comisión Federal de las Comunicaciones (FCC), que según muchos se convirtió en uno de los principales actores implicados en su protección.

Ahora, los tiempos son otros. Con Barack Obama en la Casa Blanca, que había hecho de la protección de la neutralidad de la red una de sus más importantes causas electorales, a pesar de las dudas que generó la llegada a la dirección de la FCC de Tom Wheeler, un antiguo lobbista de la industria de las telecomunicaciones, la idea de que los proveedores de telecomunicaciones no tuviesen la posibilidad de privilegiar o ralentizar el tráfico que circula por sus redes en función de sus intereses parecía razonablemente garantizada, o cuando menos, contaba con una postura de apoyo clara personificada en el presidente.

Con la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, un absoluto ignorante que carece de la más mínima noción de lo que es o lo que significa la neutralidad de la red, pero que a pesar de ello ha anunciado sus inequívocas intenciones de acabar con ella, los tiempos pintan decididamente de otra manera. El nombramiento de Ajit Pai, anteriormente en la nómina de Verizon, apunta claramente a cambios legislativos que permitan a las empresas de telecomunicaciones hacer básicamente lo que quieran.

Sin embargo, no debemos olvidar que el concepto de neutralidad de la red no es precisamente atractivo ni fácil de explicar al ciudadano medio, que de hecho tiende a confundirse con ello y mezclarlo con otras características de su conexión como el ancho de banda contratado. De ahí que la decisión de Oliver de dedicar su programa al tema tenga muchísima importancia, y más en un momento en que la propia FCC, obligada por ley a someter el asunto a consulta pública, había escondido la opción para que el público enviase su opinión a más de cuatro niveles de profundidad en su página web. Contra esto, la idea del presentador fue tan inmediata y eficiente como adquirir un dominio inequívoco y fácil de recordar, gofccyourself.com, y redirigirlo precisamente a la página correspondiente de la web de la FCC en la que un ciudadano puede expresar su opinión al respecto. Esta acción, difundida a través del altavoz que supone un espacio en el late night de la HBO y con la petición expresa a los oyentes de que se dirigiesen a la página a expresar su opinión, fue suficiente como para tumbar la página de la agencia, como de hecho ya había ocurrido en 2014.

El CIO de la FCC, David Bray, ha atribuido la caída de su página a un ataque de denegación de servicio (DDoS), y lo ha condenado afirmando que en realidad, impide escribir sus comentarios a los ciudadanos que genuinamente quieren hacerlo. En realidad, la interrupción del servicio no tiene nada que ver con ningún tipo de conspiración, sino con el efecto de una mención en un programa de elevada popularidad y la apelación a la conciencia colectiva de los usuarios de la red. En este sentido, un DDoS es tan legítimo como el derecho a la manifestación de los ciudadanos en un lugar público, y de tiene efectos secundarios similares a los de una manifestación de elevada concurrencia, que genera una interrupción de servicios como el transporte.

A la hora de defender conceptos como la neutralidad de la red, contar con personas como John Oliver, que lo entienden como algo verdaderamente importante y en lo que están dispuestos a invertir su tiempo y su esfuerzo, resulta fundamental. Auténtico activismo llevado a la programa de un medio aún masivo como la televisión, y divulgación de conceptos relativamente complejos en un lenguaje fácil, sencillo y accesible. Hacerlo además con gracia ya es, por supuesto, de auténtica canasta de tres puntos. John Oliver lo ha conseguido, y en un momento en que la defensa de la neutralidad de la red chocaba con el hartazgo de muchos tras lo que estaba siendo una batalla de resistencia, ha logrado volver a poner el asunto en la mesa de discusión, darle de nuevo una relevancia pública. Un papel sin duda importante y que resulta muy de agradecer. Esperemos que esas acciones de protesta y denuncia se consoliden, y que pasemos de una maldita vez a ver la neutralidad de la red como lo que es: un elemento inseparable, fundamental y necesario vinculado completamente a la naturaleza de internet.

 

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La generalización de las VPN

IMAGE: lculig - 123RFLa reciente decisión de eliminar las protecciones a la privacidad de los usuarios de internet de la mayoría republicana en el congreso y el senado norteamericanos y permitir a los proveedores de acceso, auténticos ganadores de la batalla, comerciar con los datos de navegación de sus clientes, va a provocar un importante incremento del uso de una herramienta, las redes privadas virtuales o VPN, que desde hace tiempo deberían formar parte de la caja de herramientas habitual de todo usuario de internet.

La resolución gubernamental norteamericana desprotege completamente al usuario, y es una impresionante prueba de hasta qué punto el dinero juega un papel importante en la política norteamericana: hablamos de compañías que han literalmente adquirido esta ley pagando directamente a una lista de congresistas y senadores, en una auténtica normalización de una corrupción que no por constar de manera supuestamente fidedigna en un registro deja de ser menos vergonzante. Ningún ciudadano de los Estados Unidos razonablemente informado consideraría esa medida como algo bueno o positivo para sus intereses, porque únicamente sirve para legitimar un negocio de venta de sus intereses y hábitos de navegación por parte de las empresas de telecomunicaciones.

¿Es importante esto fuera de los Estados Unidos? Aparentemente, las empresas de telecomunicaciones de otros países como España parecen estar tomando decisiones sensiblemente más avanzadas en cuanto a la gestión de la privacidad de sus usuarios, aunque en este tema pueda aún quedarnos mucho por ver y por demostrar, y esa trayectoria pueda verse afectada por la deriva norteamericana de desprecio total a la privacidad. Más allá de un “cuando las barbas del vecino veas pelar…”, sin embargo, cabe pensar que nos encontramos ante una evolución que va a afectar a los principales actores de internet – dado el protagonismo en este ámbito de las compañías norteamericanas – y que, mientras no medien cambios en la manera en que los principales actores de la red protegen a sus usuarios, deberíamos ir preparándonos para un escenario sensiblemente diferente, en el que todo lo que hacemos está directamente en venta al mejor postor.

¿Puede la tecnología protegernos de un escenario así? Pese a los alarmantes titulares de alguna publicación habitualmente bien informada al respecto, parece claro que, cuando menos, puede contribuir. Comenzando por la instalación de HTTPS Everywhere, siguiendo por plantearnos el uso de Opera como navegador, y continuando con la elección de una VPN adecuada. En este sentido, ayudará el ser consciente de que una VPN va a suponer un gasto adicional que añadir a nuestra conexión a internet, pero que seguramente sea un gasto muy bien justificado. A día de hoy, el simple hecho de utilizar una WiFi pública o compartida con usuarios desconocidos nos expone a un riesgo suficientemente elevado como para que nos planteemos no salir de casa sin la VPN preparada para entrar en acción. Yo hace ya bastantes años que no lo hago, y la idea de que no somos personas especialmente importantes o sensibles para ser espiadas no debería engañarnos en ese sentido: todos, en algún momento, intercambiamos a través de nuestra conexión datos susceptibles de ser utilizados para meternos en algún lío, cuando no directamente peligrosos y codiciados.

Para escoger una VPN, recomiendo la comparativa que todos los años lleva a cabo TorrentFreak: la idea no es simplemente que la VPN cifre nuestros datos, sino que además, esté realmente dispuesta a protegernos mediante prácticas como la de no retener esos datos en un registro. Esto obliga a confiar en proveedores o bien radicados en países que no obliguen a dicha retención de datos, o bien que tengan una mentalidad y cultura empresarial inequívocamente opuesta a ello. Hay de todo: desde proveedores orientados claramente al anonimato, hasta otros especializados en proteger actividades como el intercambio de archivos en redes P2P, y por eso es importante tener en cuenta que las VPN son prácticamente siempre mejores cuando son de pago y no gratuitas – gestionar una VPN cuesta dinero, hay que mantener nodos en un número razonable de países para ofrecer una conexión con una latencia adecuada, hay que estar muy al día en seguridad, etc. – y que tampoco parece muy recomendable optar por un proveedor que parezca muy inclinado a permitir prácticas que puedan ser consideradas delictivas, dado que eso añade la posible inestabilidad de que en algún momento caiga por ser objeto de algún tipo de demanda.

Con esos pronunciamientos, creo que es importante entender que las VPN van a convertirse cada vez más en una herramienta necesaria para moverse por la red, y que si no lo habéis hecho aún, sería buena cosa que comenzaseis a estudiar el panorama y a plantearos optar por alguna en concreto, porque esto posiblemente redunde en un nuevo mapa competitivo. Dado que muchas VPN ofrecen contratos a largo plazo, en muchas ocasiones de más de un año, contar con una de confianza y con un funcionamiento ya probado puede ser una buena manera de comenzar. Como ya comentamos hace mucho tiempo, internet está evolucionando para convertirse en una red en la que la inmensa mayoría del tráfico va a circular permanentemente cifrado, en una calle por la que todos circulamos con la cara tapada, y no parece que haya ningún remedio que vaya a impedir que esto sea así. Pronto, los únicos que circularán por la red exponiendo sus datos serán aquellos suficientemente ignorantes como para no saber protegerse, que serán las víctimas de todo tipo de prácticas abusivas y, posiblemente además, los más expuestos a la delincuencia. Yo tendría cuidado y procuraría no quedarme en ese grupo…

 

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Trump, tecnología y medio ambiente

IMAGE: Isaincuz - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Otra de Trump“, como esas sagas eternas de chistes que siempre tienen el mismo protagonista. Pero desgraciadamente, no se trata de un chiste, sino de algo muy serio.

En su reciente visita a Detroit para reunirse con la industria del automóvil, a Donald Trump no se le ha ocurrido otra cosa que anunciar la eliminación de las medidas de control de emisiones instauradas por Barack Obama para combatir el cambio climático. Según su lógica, se trata de una medida para “beneficiar a la industria” para que pueda ser más competitiva y genere más puestos de trabajo, unos puestos de trabajo que sabemos perfectamente que no van a volver jamás, porque simplemente ya no existen nada mas que en su cabeza. Para una persona que no solo niega el mayor problema actual de la humanidad, el cambio climático, sino que además cree que es simplemente “un invento de los chinos“, la cuestión suena a lógica aplastante: elimino restricciones, y la industria será más competitiva. 

Las medidas de control de emisiones impuestas por Barack Obama se habían convertido en el mayor incentivo para la mejora de la industria automovilística estadounidense. Las restricciones obligaban a la industria a invertir en motores necesariamente más eficientes y, sobre todo, en alternativas al motor de explosión, lo que en su momento significó el auge primero de los vehículos híbridos y, posteriormente, del interés por lograr ser competitivo en el segmento de los eléctricos puros. Eliminar las restricciones no supone hacer a la industria del automóvil más competitiva, sino precisamente todo lo contrario: permitir la complacencia, reducir la necesidad de cambio y relajar la agenda de las compañías para que puedan seguir fabricando y vendiendo vehículos menos eficientes y más dañinos para el medio ambiente. Ahora, el progreso en el vehículo eléctrico y el incremento progresivo de su eficiencia y rango ya no tendrá que venir de la industria automovilística norteamericana, sino de compañías como Tesla y similares, o de competidores en Asia o Europa, de países dirigidos por gobernantes que no son estúpidamente negacionistas del cambio climático. Genial movimiento.

Trump es un absoluto ignorante en temas tecnológicos y científicos en general. Esas cuestiones, simplemente, le exceden, y tampoco le generan interés alguno en asesorarse convenientemente. Si tus referencias intelectuales son las noticias de determinadas televisiones y de publicaciones como Breitbart News, la posibilidad de que tu país se quede fuera de la próxima gran revolución industrial propulsada por la robótica o de que condenes a la producción científica a décadas de oscuridad se convierte, tristemente, en muy real. Mientras otros países invierten en nuevos esquemas productivos, tú te dedicas a apostar por el fin de la neutralidad de la red y por la vuelta del carbón, como si eso fuese posible y como si realmente fuese a crear tantos puestos de trabajo, cuando está demostrado que la mayoría de los nuevos empleos ya proviene, precisamente, de la generación de energías renovables. Aquello de “America first” será pronto visto como un auténtico chiste.

 

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El precio del activismo

Trump cover - Der SpiegelLas absolutamente desmedidas actuaciones del presidente de los Estados Unidos en sus primeras semanas de mandato están dando lugar a problemas y protestas de todo tipo y condición, como los que cabía esperar cuando se pone al frente del país más poderoso del mundo a un payaso grandilocuente carente de cualquier habilidad política, capaz de cuestionar a los juecesobsesionado con las audiencias e incapaz de formular frases de manera coherente.

Ahora, el problema está en cómo reaccionar ante lo que posiblemente sea la mayor sarta de barbaridades, sinsentidos y estupideces políticas jamás cometidas en los Estados Unidos. Y si algo parece claro es que tratar de mantener una actitud colaborativa para al menos intentar influir en los foros de decisión cuando se tomen determinadas medidas es algo sumamente peligroso: lo sabe perfectamente Travis Kalanick, que acaba de renunciar a su puesto en el consejo asesor del presidente tras ser objeto de una campaña de protesta por ese supuesto colaboracionismo, campaña que parece haber llevado a unos 200,000 usuarios a eliminar la app de sus smartphones y ha elevado a su competidor, Lyft, al Top 10 de la App Store.

Lo sabe también Elon Musk, presente en el mismo consejo y que ha defendido su decisión de permanecer en él, pero que ha recibido todo tipo de críticas a través de Twitter por legitimar la política antimigratoria dictada por el presidente tras intentar inútilmente mediar para rebajar sus términos. Decididamente, intentar colaborar con el inquilino de la Casa Blanca, por mucho que se pueda plantear con las mejores intenciones, no es algo que vaya a salir gratis.

Los grandes almacenes Nordstrom anuncian que no venderán la línea de ropa de la hija del presidente, Ivanka, culpando por ello a sus escasas ventas. En realidad, se trata de una reacción a la campaña “Grab your wallet“, que anima a los ciudadanos a boicotear todas las compañías de Trump, las que vendan productos de la familia Trump o incluso las que se anuncien en The Apprentice, el programa de televisión que protagonizaba Donald Trump.

Harley-Davidson canceló el pasado jueves una visita del recién nombrado presidente, afirmando no sentirse cómoda con las protestas que podría generar, y anticipando posibles daños a su imagen. La idea de recibir a un personaje tan sumamente tóxico y de encabezar los telediarios de medio mundo con manifestaciones de ciudadanos en la puerta de su fábrica no parece una perspectiva que anime demasiado a ningún directivo.

Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft están circulando un borrador de carta abierta en protesta contra las políticas del presidente. Para las compañías tecnológicas, protestar es algo que está, en general, completamente dentro de la lógica: no solamente emplean en muchos casos talento aportado por inmigrantes de todo el mundo, sino que incluso están, en muchos casos, fundadas por inmigrantes. Más de dos mil empleados de Google, incluyendo a su fundador, Sergey Brin, participaron en una protesta contra las medidas del presidente. Las compañías tecnológicas no solo se ven amenazadas en sus posibilidades de atraer talento debido a las restricciones a la entrada y a las esperadas modificaciones en el programa de visados tecnológicos H-1B, sino que además, ven cómo las propias herramientas que crean son utilizadas en los aeropuertos como una forma de control de los inmigrantes.

Pero las protestas tampoco salen gratis. Cualquier acción radical, como el blackout de enero de 2012 contra SOPA y PIPAcontra las políticas del presidente choca con el hecho de que hay una cierta cantidad de norteamericanos que, aunque no sean mayoría, votaron a su favor, y podrían reaccionar en contra de las compañías que expresen su disconformidad con sus políticas. Y por mucho que presuntamente, los votantes de Trump no sean ni los que tienen mayor nivel cultural ni los más usuarios de los servicios de las compañías tecnológicas, y que tiendan a ser más bien burdos, ramplones y primarios cuando se expresan a través de las redes sociales – vale la pena ver la magistral respuesta de J. K. Rowling a trolls pro-Trump en Twitter – no dejan de ser parte importante de la sociedad. Una parte que, a pesar del dilema de las dos Américas que Trump ha evidenciado y explotado, pocos quieren plantearse abiertamente excluir.

La posibilidad de reacciones de los votantes pro-Trump lleva a que las acciones que se planteen deban ser necesariamente coordinadas para evitar un perjuicio directo a una sola compañía, y parece estar alentando la opción de protestas a través de los tribunales, donde las compañías pueden plantear sus protestas en un foro más controlado, menos directo y cuyas decisiones tienden a ser acatadas por la mayoría de los ciudadanos. La otra posibilidad, dado que el propio presidente utiliza las herramientas de las compañías tecnológicas para hacer llegar sus opiniones al gran público, es plantearse impedirlo: Twitter podría cerrar la cuenta del presidente con muchísimas excusas que van desde la exaltación del odio hasta el patente racismo, y eso privaría al presidente de su canal de comunicación más querido, pero a riesgo de iniciar un abandono de Twitter entre los que lo votaron. Facebook podría plantearse excluir determinadas noticias de sus trending topics, pero de nuevo, a riesgo de ser acusado de censura y de ver cómo los usuarios conservadores dejan de sentirse cómodos en la plataforma o se plantean acciones contra ella. Otra posibilidad, por supuesto, es tratar de combatir a Trump en su terreno, en Washington, a través de acciones de lobbying, un ámbito en el que las compañías tecnológicas se han destacado notablemente a lo largo de los últimos años.

En realidad, las compañías tecnológicas saben que estas primeras batallas forman parte de una guerra mucho más larga, en la que tendrán a Trump enfrente en bastantes más cuestiones, como la de la neutralidad de la red. Y en toda guerra larga, como bien sabe el siniestro Steve Bannon o la socióloga Zeynep Tufekci, es fundamental administrar las fuerzas, porque las protestas reiteradas, por abundantes que sean al principio, terminan por generar una sensación de desaliento o de hartazgo que lleva a la victoria del oponente. En este caso, el oponente no solo es el más poderoso del mundo, sino que tiene a su favor toda la maquinaria del Estado.

El activismo tiene un precio. Yo tengo muy claro que en ningún momento voy a plantearme si escribir determinadas cosas puede hacer que no me sea posible viajar a Estados Unidos, país en el que viví cuatro años, en el que estudié y al que vuelvo con cierta frecuencia por razones profesionales: primero, porque me parecería profundamente ridículo, y segundo, porque simplemente no puedo hacerlo, no soy así y no me sale lo de nadar y guardar la ropa – seguramente no sea suficientemente inteligente como para hacerlo. Pero yo soy simplemente una persona, no una compañía con la obligación legal de defender el valor que entrega a sus accionistas por encima de otras cuestiones. Cuando las compañías entienden que tienen que maximizar el valor para sus accionistas por encima de todo, incluso de la ética, ocurren barbaridades como las de Volkswagen. Pero en los tiempos que vivimos, ya sabemos que una compañía puede hacer auténticas salvajadas, envenenar a medio mundo, y en lugar de ser penalizada por el mercado, verse elevada al trono de las ventas mundiales.

No, esta guerra no va a ser fácil. Pero las compañías tecnológicas saben que van a tener que estar en ella.

 

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La industria tecnológica frente a la sinrazón

Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States - The White HouseEl decreto presidencial firmado por Donald Trump el pasado 25 de enero titulado Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States ha provocado la detención de personas de toda condición en aeropuertos de todo el país, y ha dado lugar a fuertes reacciones de oposición, entre las que destaca especialmente la de la industria tecnológica.

En este momento, la medida se encuentra paralizada por la acción de un tribuna federal, pero esto únicamente impide las deportaciones, no la posibilidad de que los afectados puedan permanecer detenidos. La situación es completamente caótica: un auténtico asalto a las libertades civiles aprovechando el estatus de limbo legal de las instalaciones de aduanas y protección de fronteras, cientos de personas con sus papeles perfectamente en regla, con permisos de residencia válidos o incluso con visados o permisos de trabajo permanentes (green card) han sido detenidos, aislados de sus familias o compañeros de viaje durante 16 horas, sin acceso a abogados y sin poder utilizar sus dispositivos electrónicos, que fueron además inspeccionados en busca de evidencias de actividades o actitudes sospechosas en redes sociales.

El decreto firmado por Donald Trump impide la entrada a personas con pasaportes iraníes, iraquíes, libios, sirios, somalíes, sudaneses o yemeníes durante 90 días, suspende la entrada de refugiados por 120 días y de refugiados sirios indefinidamente, y elimina la protección de la Privacy Act para extranjeros. Por intervención de los asesores presidenciales Stephen Miller y Steve Bannon, la decisión también afecta a personas en posesión de green cards

Mientras, en el exterior de las terminales internacionales de los aeropuertos, manifestaciones de protesta contra la medida, incluyendo una huelga de taxistas que provocó malentendidos cuando Uber anunció la eliminación de su surge pricing en el aeropuerto y se interpretó como una manera de aprovecharse del conflicto. En realidad, Uber es una de las compañías que ha anunciado medidas especiales para proteger a los afectados: los conductores afectados que no puedan entrar en el país continuarán percibiendo ingresos de la compañía durante tres meses para que puedan seguir sosteniendo a sus familias. Airbnb ha ofrecido alojamiento gratis en las propiedades que administra para afectados por el decreto, y hay peticiones a Jack Dorsey para que, dado que Trump impide que varios de sus empleados entren en el país, la compañía responda eliminando de Twitter la cuenta personal de Donald Trump.

Google afirma tener más de cien empleados afectados a los que ha pedido que vuelvan inmediatamente al país, y su cofundador, Sergey Brin, ha participado personalmente en las manifestaciones. La Game Developers Conference, que estaba teniendo lugar durante estos días, ha convocado a los asistentes a las manifestaciones en los aeropuertos. El fundador y CEO de Netflix, Reed Hastings, ha afirmado que “las acciones de Trump perjudican a los empleados de Netflix en todo el mundo, y son tan contrarias a todo lo americano que nos duele a todos. Peor aún, esas acciones harán a América menos segura (generan odio y pérdida de aliados) en lugar de más segura”. Elon Musk denuncia que “esta orden no es la mejor manera de afrontar los desafíos del país”, y que “muchas personas afectadas por esta política son fuertes partidarios de los Estados Unidos que han hecho el bien, no el mal, y no merecen ser rechazados”. Amazon, en la que ha sido calificada como de “respuesta débil“, ha emitido un comunicado con recomendaciones a sus empleados, en el que afirma que “desde sus orígenes, Amazon ha estado comprometida con la igualdad de derechos, tolerancia y diversidad, y siempre lo estaremos”. El CEO de Microsoft, Satya Nadella, y otros directivos de la compañía también han emitido comunicados condenando la medida, como han hecho también Sundar Pichai, de Google; o Facebook a través de su fundador, Mark Zuckerberg.

A nivel internacional, Justin Trudeau, presidente de Canadá, ha publicado una bienvenida a los refugiados que deseen acudir a Canadá, un país en el que “la diversidad es nuestra fuerza”, y se ha fotografiado en un aeropuerto dando personalmente la bienvenida a una familia siria, mientras la británica Theresa May, de visita en los Estados Unidos, ha recibido fuertes críticas en su país por su débil respuesta a las políticas de Trump.

Nada es suficiente ante tanta sinrazón. Cuando, en enero de 2012, el gobierno norteamericano amenazó con promulgar leyes como SOPA o PIPA, fuertemente restrictivas de la actividad en la red, la respuesta fue el boicot más importante en la historia de internet. Lo que está ocurriendo ahora en los Estados Unidos es mucho, muchísimo más grave que aquello: hablamos de las vidas de personas que no han hecho absolutamente nada malo, que no son terroristas ni nada que se le parezca, y que están siendo objeto de una persecución por razones que van más allá de lo religioso – muchos de ellos no son siquiera musulmanes o no practican su religión – y tienen que ver más con el hecho de tener un pasaporte de un país determinado. Los países condenados por Trump no son siquiera aquellos de los que han partido los terroristas anteriormente, sino que excluyen específicamente los países en los que el presidente tiene intereses económicos. En tan solo una semana, Trump ha dejado claro el tipo de gestor que es: un patético showman grandilocuente que lejos de arreglar los problemas, los empeora mucho más.

La industria tecnológica está respondiendo a las medidas de Trump como es lógico cuando muchos de los fundadores de las compañías más importantes son inmigrantes o descienden de ellos, pero no es suficiente. Hay que ser más contundente, hay que ir más allá de los comunicados y de las palabras. Es preciso que se tomen medidas verdaderamente comprometidas, que dejen claro que la oposición a la barbarie debe ir más allá de la simple indignación o de los tweets. Las redes sociales están bien para exteriorizar reacciones, pero es fundamental ir más allá.

Las acciones de Trump son tan graves, que merecerían una reprobación expresa de Naciones Unidas que incluyese sanciones diplomáticas internacionales. Las acciones de Trump vulneran abiertamente los derechos y la dignidad humana inútilmente, a cambio de nadie sabe exactamente qué, simplemente para mayor gloria de un personaje patético y peligroso. En Europa ya vimos una vez una deriva similar a esta, y nos costó muy, muy caro. Es importantísimo parar esto.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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