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Trump, tecnología y medio ambiente

IMAGE: Isaincuz - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Otra de Trump“, como esas sagas eternas de chistes que siempre tienen el mismo protagonista. Pero desgraciadamente, no se trata de un chiste, sino de algo muy serio.

En su reciente visita a Detroit para reunirse con la industria del automóvil, a Donald Trump no se le ha ocurrido otra cosa que anunciar la eliminación de las medidas de control de emisiones instauradas por Barack Obama para combatir el cambio climático. Según su lógica, se trata de una medida para “beneficiar a la industria” para que pueda ser más competitiva y genere más puestos de trabajo, unos puestos de trabajo que sabemos perfectamente que no van a volver jamás, porque simplemente ya no existen nada mas que en su cabeza. Para una persona que no solo niega el mayor problema actual de la humanidad, el cambio climático, sino que además cree que es simplemente “un invento de los chinos“, la cuestión suena a lógica aplastante: elimino restricciones, y la industria será más competitiva. 

Las medidas de control de emisiones impuestas por Barack Obama se habían convertido en el mayor incentivo para la mejora de la industria automovilística estadounidense. Las restricciones obligaban a la industria a invertir en motores necesariamente más eficientes y, sobre todo, en alternativas al motor de explosión, lo que en su momento significó el auge primero de los vehículos híbridos y, posteriormente, del interés por lograr ser competitivo en el segmento de los eléctricos puros. Eliminar las restricciones no supone hacer a la industria del automóvil más competitiva, sino precisamente todo lo contrario: permitir la complacencia, reducir la necesidad de cambio y relajar la agenda de las compañías para que puedan seguir fabricando y vendiendo vehículos menos eficientes y más dañinos para el medio ambiente. Ahora, el progreso en el vehículo eléctrico y el incremento progresivo de su eficiencia y rango ya no tendrá que venir de la industria automovilística norteamericana, sino de compañías como Tesla y similares, o de competidores en Asia o Europa, de países dirigidos por gobernantes que no son estúpidamente negacionistas del cambio climático. Genial movimiento.

Trump es un absoluto ignorante en temas tecnológicos y científicos en general. Esas cuestiones, simplemente, le exceden, y tampoco le generan interés alguno en asesorarse convenientemente. Si tus referencias intelectuales son las noticias de determinadas televisiones y de publicaciones como Breitbart News, la posibilidad de que tu país se quede fuera de la próxima gran revolución industrial propulsada por la robótica o de que condenes a la producción científica a décadas de oscuridad se convierte, tristemente, en muy real. Mientras otros países invierten en nuevos esquemas productivos, tú te dedicas a apostar por el fin de la neutralidad de la red y por la vuelta del carbón, como si eso fuese posible y como si realmente fuese a crear tantos puestos de trabajo, cuando está demostrado que la mayoría de los nuevos empleos ya proviene, precisamente, de la generación de energías renovables. Aquello de “America first” será pronto visto como un auténtico chiste.

 

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El precio del activismo

Trump cover - Der SpiegelLas absolutamente desmedidas actuaciones del presidente de los Estados Unidos en sus primeras semanas de mandato están dando lugar a problemas y protestas de todo tipo y condición, como los que cabía esperar cuando se pone al frente del país más poderoso del mundo a un payaso grandilocuente carente de cualquier habilidad política, capaz de cuestionar a los juecesobsesionado con las audiencias e incapaz de formular frases de manera coherente.

Ahora, el problema está en cómo reaccionar ante lo que posiblemente sea la mayor sarta de barbaridades, sinsentidos y estupideces políticas jamás cometidas en los Estados Unidos. Y si algo parece claro es que tratar de mantener una actitud colaborativa para al menos intentar influir en los foros de decisión cuando se tomen determinadas medidas es algo sumamente peligroso: lo sabe perfectamente Travis Kalanick, que acaba de renunciar a su puesto en el consejo asesor del presidente tras ser objeto de una campaña de protesta por ese supuesto colaboracionismo, campaña que parece haber llevado a unos 200,000 usuarios a eliminar la app de sus smartphones y ha elevado a su competidor, Lyft, al Top 10 de la App Store.

Lo sabe también Elon Musk, presente en el mismo consejo y que ha defendido su decisión de permanecer en él, pero que ha recibido todo tipo de críticas a través de Twitter por legitimar la política antimigratoria dictada por el presidente tras intentar inútilmente mediar para rebajar sus términos. Decididamente, intentar colaborar con el inquilino de la Casa Blanca, por mucho que se pueda plantear con las mejores intenciones, no es algo que vaya a salir gratis.

Los grandes almacenes Nordstrom anuncian que no venderán la línea de ropa de la hija del presidente, Ivanka, culpando por ello a sus escasas ventas. En realidad, se trata de una reacción a la campaña “Grab your wallet“, que anima a los ciudadanos a boicotear todas las compañías de Trump, las que vendan productos de la familia Trump o incluso las que se anuncien en The Apprentice, el programa de televisión que protagonizaba Donald Trump.

Harley-Davidson canceló el pasado jueves una visita del recién nombrado presidente, afirmando no sentirse cómoda con las protestas que podría generar, y anticipando posibles daños a su imagen. La idea de recibir a un personaje tan sumamente tóxico y de encabezar los telediarios de medio mundo con manifestaciones de ciudadanos en la puerta de su fábrica no parece una perspectiva que anime demasiado a ningún directivo.

Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft están circulando un borrador de carta abierta en protesta contra las políticas del presidente. Para las compañías tecnológicas, protestar es algo que está, en general, completamente dentro de la lógica: no solamente emplean en muchos casos talento aportado por inmigrantes de todo el mundo, sino que incluso están, en muchos casos, fundadas por inmigrantes. Más de dos mil empleados de Google, incluyendo a su fundador, Sergey Brin, participaron en una protesta contra las medidas del presidente. Las compañías tecnológicas no solo se ven amenazadas en sus posibilidades de atraer talento debido a las restricciones a la entrada y a las esperadas modificaciones en el programa de visados tecnológicos H-1B, sino que además, ven cómo las propias herramientas que crean son utilizadas en los aeropuertos como una forma de control de los inmigrantes.

Pero las protestas tampoco salen gratis. Cualquier acción radical, como el blackout de enero de 2012 contra SOPA y PIPAcontra las políticas del presidente choca con el hecho de que hay una cierta cantidad de norteamericanos que, aunque no sean mayoría, votaron a su favor, y podrían reaccionar en contra de las compañías que expresen su disconformidad con sus políticas. Y por mucho que presuntamente, los votantes de Trump no sean ni los que tienen mayor nivel cultural ni los más usuarios de los servicios de las compañías tecnológicas, y que tiendan a ser más bien burdos, ramplones y primarios cuando se expresan a través de las redes sociales – vale la pena ver la magistral respuesta de J. K. Rowling a trolls pro-Trump en Twitter – no dejan de ser parte importante de la sociedad. Una parte que, a pesar del dilema de las dos Américas que Trump ha evidenciado y explotado, pocos quieren plantearse abiertamente excluir.

La posibilidad de reacciones de los votantes pro-Trump lleva a que las acciones que se planteen deban ser necesariamente coordinadas para evitar un perjuicio directo a una sola compañía, y parece estar alentando la opción de protestas a través de los tribunales, donde las compañías pueden plantear sus protestas en un foro más controlado, menos directo y cuyas decisiones tienden a ser acatadas por la mayoría de los ciudadanos. La otra posibilidad, dado que el propio presidente utiliza las herramientas de las compañías tecnológicas para hacer llegar sus opiniones al gran público, es plantearse impedirlo: Twitter podría cerrar la cuenta del presidente con muchísimas excusas que van desde la exaltación del odio hasta el patente racismo, y eso privaría al presidente de su canal de comunicación más querido, pero a riesgo de iniciar un abandono de Twitter entre los que lo votaron. Facebook podría plantearse excluir determinadas noticias de sus trending topics, pero de nuevo, a riesgo de ser acusado de censura y de ver cómo los usuarios conservadores dejan de sentirse cómodos en la plataforma o se plantean acciones contra ella. Otra posibilidad, por supuesto, es tratar de combatir a Trump en su terreno, en Washington, a través de acciones de lobbying, un ámbito en el que las compañías tecnológicas se han destacado notablemente a lo largo de los últimos años.

En realidad, las compañías tecnológicas saben que estas primeras batallas forman parte de una guerra mucho más larga, en la que tendrán a Trump enfrente en bastantes más cuestiones, como la de la neutralidad de la red. Y en toda guerra larga, como bien sabe el siniestro Steve Bannon o la socióloga Zeynep Tufekci, es fundamental administrar las fuerzas, porque las protestas reiteradas, por abundantes que sean al principio, terminan por generar una sensación de desaliento o de hartazgo que lleva a la victoria del oponente. En este caso, el oponente no solo es el más poderoso del mundo, sino que tiene a su favor toda la maquinaria del Estado.

El activismo tiene un precio. Yo tengo muy claro que en ningún momento voy a plantearme si escribir determinadas cosas puede hacer que no me sea posible viajar a Estados Unidos, país en el que viví cuatro años, en el que estudié y al que vuelvo con cierta frecuencia por razones profesionales: primero, porque me parecería profundamente ridículo, y segundo, porque simplemente no puedo hacerlo, no soy así y no me sale lo de nadar y guardar la ropa – seguramente no sea suficientemente inteligente como para hacerlo. Pero yo soy simplemente una persona, no una compañía con la obligación legal de defender el valor que entrega a sus accionistas por encima de otras cuestiones. Cuando las compañías entienden que tienen que maximizar el valor para sus accionistas por encima de todo, incluso de la ética, ocurren barbaridades como las de Volkswagen. Pero en los tiempos que vivimos, ya sabemos que una compañía puede hacer auténticas salvajadas, envenenar a medio mundo, y en lugar de ser penalizada por el mercado, verse elevada al trono de las ventas mundiales.

No, esta guerra no va a ser fácil. Pero las compañías tecnológicas saben que van a tener que estar en ella.

 

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La industria tecnológica frente a la sinrazón

Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States - The White HouseEl decreto presidencial firmado por Donald Trump el pasado 25 de enero titulado Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States ha provocado la detención de personas de toda condición en aeropuertos de todo el país, y ha dado lugar a fuertes reacciones de oposición, entre las que destaca especialmente la de la industria tecnológica.

En este momento, la medida se encuentra paralizada por la acción de un tribuna federal, pero esto únicamente impide las deportaciones, no la posibilidad de que los afectados puedan permanecer detenidos. La situación es completamente caótica: un auténtico asalto a las libertades civiles aprovechando el estatus de limbo legal de las instalaciones de aduanas y protección de fronteras, cientos de personas con sus papeles perfectamente en regla, con permisos de residencia válidos o incluso con visados o permisos de trabajo permanentes (green card) han sido detenidos, aislados de sus familias o compañeros de viaje durante 16 horas, sin acceso a abogados y sin poder utilizar sus dispositivos electrónicos, que fueron además inspeccionados en busca de evidencias de actividades o actitudes sospechosas en redes sociales.

El decreto firmado por Donald Trump impide la entrada a personas con pasaportes iraníes, iraquíes, libios, sirios, somalíes, sudaneses o yemeníes durante 90 días, suspende la entrada de refugiados por 120 días y de refugiados sirios indefinidamente, y elimina la protección de la Privacy Act para extranjeros. Por intervención de los asesores presidenciales Stephen Miller y Steve Bannon, la decisión también afecta a personas en posesión de green cards

Mientras, en el exterior de las terminales internacionales de los aeropuertos, manifestaciones de protesta contra la medida, incluyendo una huelga de taxistas que provocó malentendidos cuando Uber anunció la eliminación de su surge pricing en el aeropuerto y se interpretó como una manera de aprovecharse del conflicto. En realidad, Uber es una de las compañías que ha anunciado medidas especiales para proteger a los afectados: los conductores afectados que no puedan entrar en el país continuarán percibiendo ingresos de la compañía durante tres meses para que puedan seguir sosteniendo a sus familias. Airbnb ha ofrecido alojamiento gratis en las propiedades que administra para afectados por el decreto, y hay peticiones a Jack Dorsey para que, dado que Trump impide que varios de sus empleados entren en el país, la compañía responda eliminando de Twitter la cuenta personal de Donald Trump.

Google afirma tener más de cien empleados afectados a los que ha pedido que vuelvan inmediatamente al país, y su cofundador, Sergey Brin, ha participado personalmente en las manifestaciones. La Game Developers Conference, que estaba teniendo lugar durante estos días, ha convocado a los asistentes a las manifestaciones en los aeropuertos. El fundador y CEO de Netflix, Reed Hastings, ha afirmado que “las acciones de Trump perjudican a los empleados de Netflix en todo el mundo, y son tan contrarias a todo lo americano que nos duele a todos. Peor aún, esas acciones harán a América menos segura (generan odio y pérdida de aliados) en lugar de más segura”. Elon Musk denuncia que “esta orden no es la mejor manera de afrontar los desafíos del país”, y que “muchas personas afectadas por esta política son fuertes partidarios de los Estados Unidos que han hecho el bien, no el mal, y no merecen ser rechazados”. Amazon, en la que ha sido calificada como de “respuesta débil“, ha emitido un comunicado con recomendaciones a sus empleados, en el que afirma que “desde sus orígenes, Amazon ha estado comprometida con la igualdad de derechos, tolerancia y diversidad, y siempre lo estaremos”. El CEO de Microsoft, Satya Nadella, y otros directivos de la compañía también han emitido comunicados condenando la medida, como han hecho también Sundar Pichai, de Google; o Facebook a través de su fundador, Mark Zuckerberg.

A nivel internacional, Justin Trudeau, presidente de Canadá, ha publicado una bienvenida a los refugiados que deseen acudir a Canadá, un país en el que “la diversidad es nuestra fuerza”, y se ha fotografiado en un aeropuerto dando personalmente la bienvenida a una familia siria, mientras la británica Theresa May, de visita en los Estados Unidos, ha recibido fuertes críticas en su país por su débil respuesta a las políticas de Trump.

Nada es suficiente ante tanta sinrazón. Cuando, en enero de 2012, el gobierno norteamericano amenazó con promulgar leyes como SOPA o PIPA, fuertemente restrictivas de la actividad en la red, la respuesta fue el boicot más importante en la historia de internet. Lo que está ocurriendo ahora en los Estados Unidos es mucho, muchísimo más grave que aquello: hablamos de las vidas de personas que no han hecho absolutamente nada malo, que no son terroristas ni nada que se le parezca, y que están siendo objeto de una persecución por razones que van más allá de lo religioso – muchos de ellos no son siquiera musulmanes o no practican su religión – y tienen que ver más con el hecho de tener un pasaporte de un país determinado. Los países condenados por Trump no son siquiera aquellos de los que han partido los terroristas anteriormente, sino que excluyen específicamente los países en los que el presidente tiene intereses económicos. En tan solo una semana, Trump ha dejado claro el tipo de gestor que es: un patético showman grandilocuente que lejos de arreglar los problemas, los empeora mucho más.

La industria tecnológica está respondiendo a las medidas de Trump como es lógico cuando muchos de los fundadores de las compañías más importantes son inmigrantes o descienden de ellos, pero no es suficiente. Hay que ser más contundente, hay que ir más allá de los comunicados y de las palabras. Es preciso que se tomen medidas verdaderamente comprometidas, que dejen claro que la oposición a la barbarie debe ir más allá de la simple indignación o de los tweets. Las redes sociales están bien para exteriorizar reacciones, pero es fundamental ir más allá.

Las acciones de Trump son tan graves, que merecerían una reprobación expresa de Naciones Unidas que incluyese sanciones diplomáticas internacionales. Las acciones de Trump vulneran abiertamente los derechos y la dignidad humana inútilmente, a cambio de nadie sabe exactamente qué, simplemente para mayor gloria de un personaje patético y peligroso. En Europa ya vimos una vez una deriva similar a esta, y nos costó muy, muy caro. Es importantísimo parar esto.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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Replanteando el papel del transporte

US Department of Transportation (DOT)El Departamento de Transporte de los Estados Unidos crea un comité al máximo nivel dedicado al estudio de los posibles impactos de la automatización del transporte en la sociedad, que incluye a máximos directivos de empresas de automoción, a académicos y estudiosos del ámbito del transporte, políticos y gestores públicos, y otras compañías interesadas en el tema y que juegan un papel destacado en el desarrollo de la cuestión, tales como Waymo, Uber, Lyft, Delphi o Apple.

El comité está dirigido por Mary Barra, la CEO de GM que recientemente expresó muchas de sus revolucionarias visiones de futuro sobre la automoción en esta recomendable entrevista, y por el alcalde de Los Angeles, Eric Garcetti, un convencido defensor de la movilidad eléctrica.

La iniciativa, que muestra las inquietudes e interés de la administración norteamericana en un desarrollo tecnológico que sin duda tendrá un fuerte impacto en los usos y costumbres sociales y en cómo vivimos a un relativo corto plazo calculado ya en torno a los tres años, refleja bastante bien el estado de las cosas que pude pulsar en mi reciente visita al NAIAS de Detroit: una industria que vive un momento de auténtico juego de las sillas musicales, en la que las alianzas entre fabricantes, gestores de flotas, socios tecnológicos y demás implicados están jugando un papel fundamental. Mientras algunas compañías como Tesla, Ford o GM parecen estar apostando fundamentalmente por desarrollos de vehículos autónomos fundamentalmente propios e independientes, otras como Toyota, Audi o BMW parecen jugar más la baza de la colaboración con proveedores tecnológicos como Mobileye, Intel, Nvidia u otros, otras como Daimler desarrollan sus propios gestores de flota con Car2go o MyTaxi, o desarrollan productos con gestores de flotas, como Volvo con Uber, y otras como Waymo parecen optar por la integración y fabricación de cada vez más de sus sensores y componentes y por ofrecer sus servicios a compañías como Fiat Chrysler.

Mientras algunos siguen simplemente insistiendo en modelos en el que se sustituyen vehículos de gasoil y gasolina por eléctricos en torno a un esquema de propiedad individual, escenario en el que la mayoría de los problemas persisten o incluso se empeoran, otros ya parecen darse cuenta de que nos dirigimos, si todo va bien, a planteamientos completamente distintos, en los que la movilidad se plantea como servicio, los vehículos pertenecen a flotas que los explotan con niveles de racionalidad muy superiores a lo que podemos esperar en una persona o familia, que únicamente puede aspirar a usos de en torno a un 3% del tiempo. La idea de una explotación individual del vehículo autónomo, sencillamente, no tiene ningún sentido desde el punto de vista económico, y generaría escenarios en los que el volumen circulatorio, por culpa de desplazamientos de vehículos vacíos en determinados trayectos o en busca de espacio de aparcamiento, podría llegar a elevarse en lugar de disminuir.

Mientras, la vieja industria sigue dando sus últimos coletazos: Volkswagen se reconoce culpable ante la justicia norteamericana y se compromete al pago de una multa de 4,300 millones de dólares al gobierno federal, sanción a la que habrá que sumar el resultado de las demandas de los consumidores, que discurren de manera independiente. Dos directivos de la compañía, el director de ingeniería y el de cumplimiento normativo, acusados de cargos criminales, reflejan lo que ocurre cuando la industria decide ignorar su papel en el problema más importante al que nos enfrentamos actualmente, el cambio climático, e insiste en seguir fabricando motores sucios.

A este tipo de temas tema dediqué esta semana mi columna en El Español, que titulé “Automóviles y ética empresarial“: una industria que se resiste al cambio y que supuestamente pretende seguir manteniendo sus líneas de producto inalteradas, retrasando una transición fundamental hacia tecnologías limpias que ya están disponibles, y que solo precisan de la inversión en escala necesaria para convertirlas en realidad a nivel masivo. Si la industria se descuida y no se reinventa a tiempo, se encontrará ante la peor situación imaginable: ser considerados como los auténticos sucesores de la industria tabaquera. Mientras las cosas sigan así, y el principal producto de la industria del automóvil sigan siendo motores con emisiones que nos envenenan, que no me vengan a hablar ni de ética, ni de responsabilidad social corporativa, por favor…

 

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Trump y los tiempos oscuros

Donald Trump's world - Cartoon by Patrick ChapatteMi columna en El Español de esta semana se titula “Tiempos oscuros“, y habla, como no podía ser de otro modo, de la elección de Donald Trump como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos y de lo que esto puede suponer para el país norteamericano, para los derechos civiles, para la industria tecnológica o para la innovación en su conjunto.

Si la victoria de Donald Trump fue una sorpresa para muchos, los efectos secundarios inmediatos de la misma no lo son en absoluto: brotes epidémicos de ataques racistas en todo el país por parte de votantes que ahora se sienten plenamente legitimados, protestas de los que sienten que “ese no es su presidente” o incluso que sienten la jornada electoral como “un robo y una violación“, e incluso la propuesta de una alternativa secesionista que pretende la independencia de California, un CalExit que daría lugar a la sexta economía más importante del mundo.

Semejantes reacciones no son especialmente sorprendentes si consideramos el perfil del que, si nada ni nadie lo impide, será proclamado nuevo presidente el próximo enero. La industria tecnológica en su conjunto, con la excepción de Peter Thiel, dejó perfectamente claro su rechazo a Trump durante la campaña electoral, y se encuentra ahora con una victoria que glorifica la economía “tradicional”, que desprecia abiertamente la contribución de unas compañías tecnológicas que con la administración Obama se convirtieron en el auténtico orgullo del país, y que promete desde sanciones aplicando la legislación antimonopolio hasta boicots por no abrir el iPhone al FBI (él mismo utiliza un terminal Samsung desde aquel evento), pasando por la eliminación del programa de visado para inmigrantes con perfil tecnológico, la imposición de barreras arancelarias a la importación de productos fabricados en el sudeste asiático o la eliminación de la neutralidad de la red. La única excepción a la catástrofe viene de la prometida rebaja de impuestos a la repatriación de beneficios, que podría llevar a que muchas compañías aprovechasen para llevar ventajosamente al país las cuantiosas sumas generadas por sus operaciones en mercados exteriores.

El panorama es pavoroso para Silicon Valley, como refleja el tono de la carta dirigida por Tim Cook a sus empleados tras el resultado electoral. Un presidente que odia declaradamente el clima inclusivo y abierto de las compañías tecnológicas, que es visto como un auténtico fósil de otros tiempos, que desprecia sin reparos todo lo que no sea masculino, blanco y norteamericano, y que resulta completamente insensible a problemas tan importantes como el cambio climático es como para echarse a temblar. Que no sepa manejar un ordenador o carezca completamente de cultura tecnológica es ya lo de menos: con la excepción de Barack Obama, auténtico geek de honor al que echaremos muchísimo de menos, es tristemente habitual, aunque no debería considerarse disculpa, que la mayoría de los políticos sean completos ignorantes en ese sentido. Pero más allá de los lamentos, la industria debería hacer algo de autocrítica: ¿hasta qué punto la victoria de semejante majadero no es el resultado de una brecha social cada vez mayor provocada precisamente por el éxito de la industria tecnológica?

Muchas voces apuntan que en gran medida, la victoria de Trump se debe a Facebook. Por mucho que Mark Zuckerberg lo niegue, la evidencia es que la ausencia de mecanismos de control en la red social llevó a que miles de páginas se dedicasen a esparcir constantemente información tendenciosa y completamente falsa con supuestos escándalos y mentiras de todo tipo que aprovecharon esa característica de la red para difundirse con total eficiencia: en Facebook no puedes publicar una fotografía en la que salga un pezón, pero sí puedes difamar, insultar, mentir y difundir información completamente falsa sin que pase absolutamente nada. Y si bien la idea de un control editorial en una red social puede resultar compleja, la idea de que esa misma red se haya convertido en el lugar en el que millones de votantes hayan visto reafirmadas sus creencias absurdas gracias a la construcción de infinitas cámaras de espejos en las que veían sus fantasmas reflejados en edición corregida y aumentada resulta, cuando menos, pavorosa… y mucho más, si vemos sus resultados.

Pero además del efecto de esas redes sociales en el resultado electoral, debemos plantearnos hasta qué punto la tecnología no se ha convertido en una barrera que lleva a que millones de ciudadanos se sientan excluidos, marginados o frustrados. Para una gran cantidad de ciudadanos, la tecnología se ha convertido en un símbolo de empresas multimillonarias que producen productos caros, que cobran sueldos millonarios y realizan transacciones por mareantes importes de muchos miles de millones, y que les lleva a pensar que sus únicas alternativas de futuro son aprender a programar o endeudarse hasta las cejas para entrar en una universidad puntera, so pena de que llegue un robot y les deje sin trabajo. En realidad, todo esto es mentira y responde a los malditos clichés de siempre: los que estamos de este lado sabemos – o creemos saber – que la tecnología es cada vez más sencilla, más barata, más accesible, más inclusiva, y que el mundo que viene con su desarrollo es mejor que el que había antes… pero ni nosotros mismos estamos seguros de ello, ni mucho menos ellos lo saben, lo creen, lo entienden o lo quieren entender.

Hablamos de un digital divide invisible, que ya no responde tanto al factor económico de tener o no tener dinero para comprarse un smartphone o pagar una conexión, sino a una ausencia de interés, a una inercia que lleva a tener miedo a imaginar un mundo en el que las cosas se hagan de manera diferente. Cuando el Homo technologicus se compara con el ciudadano de a pie, se ve muy diferente, y proyecta una imagen de superioridad, de capacidades mejoradas y de mejor adaptación al entorno que puede llegar a generar rechazo, y que dura… hasta que esos “marginados”, en muchos casos “auto-marginados”, van, votan y elevan al puesto de máxima responsabilidad del país a un impresentable como Trump, que aplica al pie de la letra la definición de populismo y les promete resolver todos sus problemas. En el fragor de la batalla, el descontento con el capitalismo, el hartazgo de los políticos, el odio a las élites y la supremacía de la tecnología acaban en el mismo saco. La industria tecnológica no ha conseguido proyectar una imagen de inclusión y positivismo, sino más bien de todo lo contrario: si no usas nuestros productos, eres un apestado que, además, se quedará pronto sin trabajo.

La victoria de Trump trae, en efecto, tiempos oscuros. Y lo peor es que no es solo culpa de sus votantes.

 

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You’ve. Got. To. Be. Kidding.

I don't think you understand the gravity of this situation - Donald TrumpEsta mañana he reinterpretado el viejo meme por intentar poner algo de humor en la situación, pero la verdad es que, por más humor que le intentes poner, son terribles noticias. El país más importante del mundo ha puesto al mando a un auténtico psicópata, a la persona que debería salir en las enciclopedias cuando buscas la definición de “populismo“, a alguien que muchos pensamos que sería un mal chiste que olvidaríamos en poco tiempo.

Y además, le ha conferido un poder prácticamente omnímodo: no solo es el presidente, sino que además, tiene al Partido Republicano, que si no es su partido, sí ha funcionado como su “partner in crime” y ha mostrado un utilitarismo verdaderamente preocupante, con mayoría tanto en el Congreso como en el Senado. Poca broma: este psicópata populista, machista, homófobo, racista, chulesco e inmoral tiene ahora, entre otras muchas cosas, el control del botón nuclear. Y no solo lo tiene: es que ya se ha interesado por él.

Dear Americans (anti-Trump German ad) Hace pocos días, hablaba con un amigo español y estadounidense, plenamente integrado en la industria tecnológica, que me decía que lo único que podía truncar la vertiginosa marcha del avance tecnológico era… una posible victoria de Donald Trump. Ahora, ha ocurrido.

Esto no es un cisne negro de los de Nassim Taleb, es un cielo entero ennegrecido por ellos y acompañado de todo tipo de pájaros de mal agüero. De verdad, muy malo. De hecho, se me ocurren muy pocas cosas buenas que puedan salir de esto. Es muy triste caer en la ley de Godwin, también conocida como el reductio ad Hitlerum, pero este anuncio alemán se ha convertido posiblemente en uno de los mejores de todos los tiempos. Esto es como cuando ves a alguien que se equivoca terriblemente, lo sabes, estás plenamente seguro de ello, lo has visto antes… y ahora vas, y lo multiplicas por 324 millones. Hillary Clinton, la que descabalgó a un Bernie Sanders que posiblemente podría haber tenido muchas mejores posibilidades de ganar, solo ganó en voto popular: gran consolación, como cuando un equipo pierde un partido de fútbol, pero ganó en posesión de balón…

En muy poco tiempo, el mundo anglosajón ha cometido dos enormes errores, uno a cada lado del charco: el Brexit y la elección de Donald Trump. Ambos van a tener consecuencias muy importantes sobre el mundo que conocemos, ambos cuestionan el funcionamiento de la democracia y demuestran que el populismo es su auténtico cáncer, y ambos pueden ser considerados auténticos pasos atrás en el progreso, síntomas preocupantes del mundo que se nos viene encima. De verdad… no es para tomárselo a la ligera.

Si Elon Musk termina a tiempo ese cohete para ir a Marte… me apunto!

 

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Redes sociales y transición política en los Estados Unidos

@POTUS Twitter accountCon ocho años de legislatura de Barack Obama tocando a su fin, y con sus niveles de popularidad en máximos históricos, me ha resultado muy interesante esta entrada en el blog de la Casa Blanca sobre cómo se plantea llevar a cabo la transición presidencial en la era del social media, un asunto que pasa a tener una gran importancia considerando los desarrollos en este sentido y la producción del que se ha convertido claramente en el primer social media President de la historia del país.

En primer lugar, pongamos las cosas en su sitio: hablar de social media ya no tiene nada que ver con frivolidades o con preciosismos en la comunicación: hablamos de herramientas que se han convertido en fundamentales, de canales de comunicación importantes que han permitido al pueblo expresar sus opiniones, y de esquemas innovadores que posibilitan una interacción entre los ciudadanos y la presidencia del país mucho más adaptada a los tiempos que vivimos.

Si pensamos en los ocho años de comunicaciones, declaraciones y primicias expresadas en canales como Twitter, Facebook, Medium o Snapchat, en las decenas de horas de vídeo publicadas en YouTube y abiertas a comentarios, en los más de treinta mil tweets o en el casi medio millón de peticiones registradas en We The People, resulta evidente que hablamos no solo de una contribución importante a la labor de gobierno, sino también de registros históricos que deben ser almacenados, como se ha hecho anteriormente con los documentos, las cartas o las notas de prensa de otros presidentes. Para ello, la National Archives and Records Administration (NARA) ha desarrollado un área de almacenamiento electrónico que preservará los documentos producidos en sus formatos originales, aunque también, en la medida de lo posible, se mantendrán en sus canales originales. Los procedimientos diseñados para la transición presidencial tienen que tener en cuenta que la administración Obama ha sido, en prácticamente todos los casos, la creadora de estos canales, y que en muchos casos, se mezclan cuentas registradas a nombre del propio Presidente pero utilizadas de manera oficial, con otras generadas directamente a nombre de la Casa Blanca o de la presidencia como tal.

En el caso de Twitter, la administración creará una nueva cuenta, @POTUS44, en la que se almacenarán los tweets creados durante la administración del presidente nº 44, con el fin de que la cuenta @POTUS sea traspasada al nuevo inquilino de la Casa Blanca con sus más de once millones de followers, pero sin ningún tweet en ella, completamente en blanco. Si las encuestas se cumplen, en estas próximas elecciones se produciría además una simpática paradoja, porque Hillary Clinton pasaría a controlar esa cuenta @POTUS, y por tanto su esposo, Bill Clinton, pasaría a tener el control de @FLOTUS, la cuenta teóricamente reservada… para la Primera Dama del país 🙂

En otras redes sociales, comoFacebook, Instagram, Flickr, Medium, Tumblr, Vimeo, iTunes o YouTube, se seguirá el mismo procedimiento: el contenido se transferirá a cuentas específicas de la Presidencia Obama, y las cuentas pasarán a ser controladas por el nuevo gabinete, que las recibirán con sus seguidores, vacías de contenido y preparadas para su uso. La página web de la Casa Blanca, WhiteHouse.gov, pasará a ser preservada en un dominio propio como ya se hizo en el caso de los presidentes Bill Clinton y George W. Bush, y el dominio y las herramientas, como la lista de correo o el RSS, se pondrán a disposición de la nueva administración. Todos los vídeos e imágenes producidos estarán accesibles para su utilización, ya que por definición, todos los materiales audiovisuales generados por la presidencia de los Estados Unidos están en el dominio público. Finalmente, la administración de la página We The People será traspasada a la nueva administración, y se tratará de preservar la tradición de dedicar recursos a contestar las peticiones recibidas. El código de la API de la página ha sido liberado en open source, y todos los recursos están abiertos a peticiones de uso para quienes puedan querer construir algo para su uso y consulta por el público, de las que es posible prever que, dado su valor como demostración, puedan surgir algunas posibilidades dignas de mención.

En plena era del social media, resulta muy interesante ver el planteamiento que una de las administraciones más avanzadas del mundo en ese sentido se plantea de cara a su relevo, sobre todo considerando precedentes impresentables en países como Argentina. De nuevo: no hablamos de herramientas frívolas o de cuestiones propagandísticas, sino de la generación de canales de comunicación potentes que mejoran la relación con el ciudadano, y cuyo uso debe plantearse de la manera adecuada. A ver cuándo comenzamos a ver planteamientos similares con ese nivel de consideración, planificación y seriedad en nuestro país…

 

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Los bancos y la innovación en los pagos

IMAGE: Gmast3r - 123RFLa reacción de los bancos ante la pujanza de las aplicaciones de pago móvil parece estar siguiendo un patrón de consolidación: tanto en los Estados Unidos como en España, sendas agrupaciones de bancos se han lanzado a la tarea de desarrollar y lanzar plataformas comunes, Zelle y Bizum, respectivamente, con la que intentar hacer frente al incremento de popularidad de otras opciones.

En el entorno de los pagos entre particulares, aplicaciones como Venmo (propiedad de PayPal), Snapcash (propiedad de Snapchat) o Square Cash en los Estados Unidos, o como Twyp (propiedad de ING) en España están aumentando rápidamente su popularidad. Si bien la mayoría de estas opciones comenzaron su actividad en el ámbito de los pagos entre particulares, muchas de ellas se han extendido ya para permitir opciones como el pago móvil en establecimientos comerciales o incluso el cashback, la obtención de dinero en metálico en comercios, una opción muy popular desde hace muchos años en los Estados Unidos, pero hasta el momento prácticamente inexistente en España. Lógicamente, en ese ámbito se encuentran con otras opciones con popularidad igualmente creciente, tales como Google Wallet + Android Pay, Apple Pay o Samsung Pay.

En los Estados Unidos, unos veinte bancos comenzarán a principios del próximo año a utilizar Zelle, una plataforma que tiene su origen en la asociación, hace cinco años, de tres bancos importantes, JPMorgan Chase, Bank of America y Wells Fargo. Tras largas negociaciones, la primera plataforma, conocida como clearXchange, que tras ser adquirida por Early Warning, ha terminado por evolucionar hasta la actual Zelle, que tan solo el pasado mes de septiembre ha obtenido el beneplácito de competidores como Citigroup. En España, veinticuatro bancos han logrado ponerse de acuerdo para lanzar Bizum, una plataforma con marca común pero que funciona como plataforma, de manera que cada banco podrá poner en ella los servicios que comercialmente estime oportunos. 

La forma de competir, mediante la consolidación de intereses de una plataforma de bancos diferentes, plantea un nivel elevado de escepticismo. Por lo general, este tipo de asociaciones suelen tener una gestión muy compleja y una notable lentitud de ejecución con respecto a soluciones gestionadas por una sola compañía que no necesita alcanzar ningún tipo de consenso complejo entre competidores. En el tiempo que los bancos norteamericanos se tomaron para llegar a lanzar Zelle, Venmo creció hasta llegar a mover $7,500 millones en transacciones en 2015 y $3,200 millones tan solo en el primer trimestre de 2016. En España, el lanzamiento de Bizum está aún en sus inicios, pero por el momento, no parece que esté despertando un interés demasiado significativo, posiblemente a la espera de que los distintos bancos comiencen a darle visibilidad.

¿Pueden los conglomerados formados por diferentes bancos conformar alternativas que planten cara a servicios planteados por compañías aparentemente más ágiles y con procesos de toma de decisiones más rápidos? ¿Funcionará el modelo de plataforma común con servicios desarrollados y ofrecidos de manera independiente que plantean los bancos, o terminará por desencadenar un caos difícil de gestionar y que llevará a situaciones de frustración al cliente? ¿Qué ocurre cuando un solo banco te plantea que uses Bizum, pero al tiempo apoya la implantación de otras alternativas como Apple Pay o Samsung Pay, o incluso tenía ya su propia alternativa desarrollada individualmente? ¿Deben los bancos apostar por ofrecer todas las opciones disponibles? ¿Qué lleva a los bancos, en países como Australia, a protestar contra los modos “intransigentes, cerrados y obsesivamente controladores” de Apple, frente a la apertura a la negociación de compañías como Google o Samsung en el mismo ámbito? ¿Cómo plantearnos el futuro de los bancos si les cuesta defender uno de los segmentos más sencillos y atractivos, el de los pagos, ante la pujanza de empresas del ámbito tecnológico?

Los casos de los Estados Unidos y España, con patentes similitudes en su planteamiento, ofrecen la posibilidad de analizarlo en dos mercados con un estado de desarrollo muy diferente: uno relativamente maduro y con alternativas ya razonablemente implantadas, y otro completamente incipiente y aún con escasa implantación y pocas opciones disponibles. Nos queda mucho por ver…

 

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Las herramientas de la web y la calidad democrática de los países

Voter registration campaign - FacebookDos noticias recientes me llevan a pensar en la interacción entre las herramientas de la web y la democracia: por un lado, la campaña llevada a cabo por Facebook para recordar a sus usuarios norteamericanos la posibilidad de registrarse para votar en las próximas elecciones presidenciales, que en numerosos estados ha sido capaz de generar importantes incrementos en el volumen de ciudadanos registrados.

Por otro, el lanzamiento por parte de Google de una herramienta para hacer fact-checking de noticias en Google News, una forma de, mediante una etiqueta, intentar proporcionar un mayor nivel de contraste, de veracidad, o al contrario, de poder poner de manifiesto posibles mentiras en las noticias facilitando que aquellas páginas dedicadas a la comprobación de noticias puedan incluir los resultados de sus análisis al lado de la propia noticia analizada.

En el primer caso, me parece muy interesante entender el potencial de las redes sociales a la hora de proporcionar no solo recordatorios, sino también caminos que facilitan las cosas a los ciudadanos. El sistema electoral norteamericano exige que los votantes se registren para poder ejercer su derecho al voto, y el porcentaje de votantes registrados ha ido aumentando a lo largo de la historia del país desde los momentos iniciales en los que solo los hombres, propietarios de tierras y blancos podían votar, hasta el momento actual, en el que a pesar de la universalidad del derecho para todos los ciudadanos, menos de un 45% se registra para ello. Que una simple campaña llevada a cabo por una red social como Facebook contribuya significativamente a incrementar el porcentaje de votantes registrados en muchos estados es algo que, sea por la razón que sea, mejora la calidad de la democracia en su conjunto.

Claramente, en la simplicidad está la clave. Antes de este tipo de iniciativas, un ciudadano debía acordarse de su intención de registrarse para votar, encontrar un momento adecuado para ello, e informarse sobre dónde y cómo hacerlo. Con la campaña, una persona recibe el recordatorio en un soporte, la red social, que habitualmente le recuerda muchas otras cosas – desde cumpleaños de amigos o familiares hasta eventos o aniversarios de cualquier cosa – y que además de facilitarle el enlace adecuado y directo para ello (en función del estado en el que reside), le proporciona una retroalimentación positiva mostrándole quiénes de sus amigos se han registrado ya para votar. A veces, mejorar la calidad democrática de un país – entendida como el número de participantes en una toma de decisiones colectiva – es tan simple como utilizar las herramientas adecuadas.

La iniciativa de fact-checking de Google incide, sin duda, en otra manera de mejorar la calidad democrática: a través de medios que llevan a cabo su trabajo de informar de manera responsable. En la sociedad actual estamos viviendo un proceso de gradual abandono de los principios más básico de la ética: si una compañía miente y pone en el mercado vehículos que contaminan cuarenta veces más de lo que decía en su publicidad, la convertimos en líder de mercado. Si un político miente o roba, nos parece “lo normal” y tendemos a olvidarlo en seguida. En este contexto, que surjan cada vez más organizaciones dedicadas al fact checking, que analizan las noticias y las contrastan con hechos y datos fehacientes y comprobables a golpe de clic, es algo indudablemente positivo. Que el Washington Post mantenga desde 2013 un fact checker que en sus últimas ediciones ha otorgado su máxima calificación, cuatro pinochos, a discursos de Donald Trump es algo que puede llevar a muchos a plantearse la línea editorial de periódico, pero que sin duda aporta mucho aunque solo sea por hacer públicas sus herramientas de análisis y las fuentes de los datos utilizadas en el proceso. Podemos alegar que la elección de los elementos sobre los que levar a cabo comprobaciones sea arbitraria o no lo sea, pero indudablemente, hablamos de un mayor nivel de análisis, y por tanto, de más elementos en manos del ciudadano a la hora de estableces qué es verdad y qué no lo es. Contribuir a facilitar el fact checking, incluso contando con que ello desemboque en que algunos pretendan pasar por fact checks análisis en realidad falseados o tendenciosos, es una manera de elevar el precio de la mentira y, por tanto, de mejorar la calidad de la democracia.

¿No resulta curioso que en España, donde numerosos medios demuestran todos los días una necesidad acuciante y desesperante de fact checking, seamos uno de los pocos países del mundo que no tengamos Google News? ¿Alguien recuerda por qué lo cerraron?

 

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