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La cultura corporativa como fuente de problemas

Uber accident (IMAGE: Fresco News)La lista de problemas recientes de Uber ya no se limitan a – por si fuera poco – denuncias por una cultura sexista que permitía abiertamente el acoso, o al presunto robo de información confidencial de Waymo para su proyecto de vehículo autónomo.

Ahora, además, añaden el accidente en el que uno de sus vehículos en pruebas se vio implicado hoy en Tempe, Arizona, que aparentemente viene a reflejar otra serie de problemas de los que se comenzó a hablar cuando otro de sus automóviles se saltó un semáforo en rojo en San Francisco y se evidenció no solo que circulaba en modo autónomo, sino que era un problema recurrente que había ocurrido en otras cinco ocasiones.

Obviamente, Uber tiene un importante problema de liderazgo, ya reconocido por su fundador, Travis Kalanick. Su personalidad marcadamente agresiva ha dado lugar a una cultura corporativa en la que prácticamente “vale todo”, en la que prácticamente todas las reglas pueden romperse cuando las circunstancias parecen exigirlo. Cuando tu compañía plantea soluciones que evidencian la necesidad de adecuar el marco legislativo al nuevo entorno, y se encuentra una fuerte resistencia en las administraciones de diferentes niveles, la agresividad y la disposición para retorcer las reglas es un valor muy interesante, porque permite que los usuarios se identifiquen con una compañía dispuesta a arriesgarse a sanciones o incluso a que sus directivos sean arrestados para poder ofrecer soluciones de transporte que se perciben como lógicas y razonables. Durante bastante tiempo, esa disposición de Uber para romper unas reglas percibidas como injustas y como una herencia de otros tiempos han sido vistas como algo positivo, como la evidencia de que la compañía estaba dispuesta a litigar hasta la extenuación y a insistir incansablemente en sus propuestas. El planteamiento era que existía un enemigo común, un sistema de licencias que únicamente interesaba a unos taxistas que pretendían mantener su monopolio contra un bien común que demandaba soluciones de transporte más versátiles y más variadas para así lograr el objetivo de desincentivar el vehículo privado. Ese enemigo común, esos taxis a los que Kalanick se refería como

“We’re in a political campaign, and the candidate is Uber and the opponent is an asshole named Taxi. Nobody likes him, he’s not a nice character, but he’s so woven into the political machinery and fabric that a lot of people owe him favors (…) We have to bring out the truth about how dark and dangerous and evil the taxi side is.”

(“Estamos en una campaña política, el candidato es Uber, y el oponente es un gilipollas llamado taxi. A nadie le gusta, es un personaje desagradable, pero está tan imbricado en la maquinaria y el tejido político que mucha gente le debe favores (…) Tenemos que poner de manifiesto la verdad sobre lo oscuro, peligroso y malvado que es el taxi”)

Esa fortísima agresividad, a la hora de luchar contra lo establecido ha sido percibida durante bastante tiempo como una característica positiva de Kalanick y de su compañía, como un elemento fundamental para buscar la disrupción. Sin embargo, las alarmas comenzaron a saltar cuando se evidenció que esa cultura de agresividad que permitía ignorar o romper las reglas no solo se aplicaba a “los malos”, sino también a competidores: en agosto de 2014, se evidenció que una serie de los llamados brand ambassadors de la compañía, equipados con teléfonos prepago se dedicaban a solicitar viajes a Lyft para cancelarlos posteriormente, además de otras acciones como tratar de reclutar a sus conductores con ofertas más agresivas, acciones que constituían todo un plan de sabotaje organizado. Las pruebas que demostraron que Lyft había entrado en la misma dinámica de guerra sucia y que también llevaba a cabo acciones similares contra Uber no lograron ocultar que la cultura de la compañía permitía desarrollar unas actitudes y tácticas brutalmente agresivas. Escándalos derivados del uso de técnicas para impedir que los reguladores y autoridades pudiesen investigar la actividad de la compañía en las ciudades, seguimiento a periodistas mediante una “God view” de la aplicación que permitía abiertamente invadir la privacidad de los usuarios, y finalmente, la llegada de la demanda de Waymo están configurando una tormenta perfecta para una compañía en la que todo indica que existe una cada vez más acuciante necesidad de ser salvada de sí misma.

Uber es una compañía edificada sobre un modelo indudablemente agresivo: lanzar un producto, captar cuantos más usuarios sea posible con un nivel de satisfacción alto, y esperar la llegada de una rentabilidad que tiene lugar cuando el elemento clave que presta el servicio, el conductor, es eliminado de la ecuación de coste. Cuanto antes tenga lugar ese “momento de la verdad”, esa eliminación del conductor mediante la tecnología de conducción autónoma, antes se puede empezar a salir de unos resultados negativos de varios miles de millones anuales que se van cubriendo mediante las aportaciones de los inversores. Es esa carrera por obtener la tecnología de conducción autónoma ha llevado a la búsqueda de atajos que supone montar un plan para que un directivo salga de Waymo cargado de información robada y listo para ponerla en práctica en su nuevo destino.

El problema está en que la agresividad, que puede ser un valor muy interesante a la hora de luchar contra la regulación, pasa a ser más discutible cuando se trata de cuestiones como batallar contra competidores, un escenario en el que deberían aplicarse estándares éticos razonables, y mucho más discutible aún cuando se intenta aplicar a la investigación y desarrollo o a los estándares de seguridad. Las pruebas son claras: incluso con la ventaja que supone disponer ilícitamente de la tecnología de Waymo, los vehículos autónomos de Uber están muy por debajo de los de Waymo en prestaciones, y su operación podría estar introduciendo riesgos muy posiblemente inaceptables. En un amplísimo reportaje de Recode, titulado Inside Uber’s self-driving car mess, se prueba que el clima de guerra civil dentro de la compañía está provocando que los progresos sean mucho más lentos, que los vehículos aún precisen de la actuación del conductor cada muy poco tiempo, que los incidentes con comportamientos erráticos de los automóviles son muy comunes y, en general, que el proyecto no solo está muy retrasado con respecto a los de otros competidores, sino que además, se lleva a cabo de una manera profundamente imprudente. El accidente de hoy, del que aún se sabe obviamente muy poco, podría ser una nueva prueba de ello.

Uber es una compañía valorada en torno a los 70,000 millones de dólares. Eso equivale, aproximadamente, a unos treinta y cinco camiones largos cargados de pallets de la altura de una persona y llenos de fajos de billetes de cien euros. Es mucho, muchísimo dinero. Pero ese dinero no está en ningún sitio, sino que responde a una cuenta muy sencilla, a una proporcionalidad directa entre los fondos que aportan sus inversores y el porcentaje de propiedad que obtienen con ello. Para sostener su actividad deficitaria, la compañía necesita que esas aportaciones de inversores no se detengan, y le permitan llegar hasta ese momento dulce en el que en conductor es sustituido por la conducción autónoma. Si la compañía es castigada por los tribunales y eso supone un retraso de ese momento, podría tener importantes problemas. Si una oleada de escándalos genera un clima de mala reputación, atraer inversores le resultará mucho más caro y difícil. No, el avance de la tecnología de conducción autónoma no parece estar en peligro a día de hoy, y todo indica que los plazos estimados para su madurez podrían estar cumpliéndose y progresando adecuadamente. No, no es la conducción autónoma la que tiene problemas… la que tiene problemas, y cada vez más, es Uber.

Y todo ello, por primar el exceso de agresividad, el “vale todo”, y por proyectar sobre toda la compañía ese aspecto de la personalidad de su fundador. La agresividad que fue un activo fundamental para la compañía a la hora de situarse en un mercado fuertemente regulado, convertida ahora en una terrible fuente de problemas de todos los colores. Y todo, por una cuestión de cultura corporativa.

 

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Taxistas y futuro

¿Tienen razón los taxistas que van a la huelga? - La Ventana (SER)El pasado jueves estuve en La Ventana, el programa de Carles Francino en la SER, hablando sobre el conflicto de los taxis, al hilo de la enésima huelga protagonizada por este colectivo, que volvió a generar, como todas las anteriores, récords en las descargas de aplicaciones como Uber o Cabify. La conversación con Carles Francino y con Daniel Díaz fue agradable, tuvo el detalle de no asumir, como erróneamente hacen algunos, que yo de alguna manera “represento” a compañías como Uber o Cabify (cuando la realidad es que simplemente me dedico a estudiarlas en mi papel de profesor de innovación), y tuvo el único problema de la falta de tiempo.

Para el colectivo del taxi, tradicionalmente mal informado y, sobre todo, muy mal representado, la huelga es una extraña manera de intentar defenderse como colectivo: ante una huelga de taxis, una persona que necesite desplazarse es probable que decida instalarse y probar Uber o Cabify, ante lo que se encontrará con un vehículo negro de alta gama, un conductor profesional, un desplazamiento agradable, una botellita de agua y un precio en torno a un 30% menor del de un taxi. Considerando que el crecimiento de ese tipo de servicios dependen fundamentalmente del factor prueba, cada huelga no es más que una manera de poner de manifiesto la incapacidad del sector del taxi para competir con ese tipo de iniciativas, lo que genera una cada vez más generalizada sensación de que los servicios de taxi, limitados por un sistema de licencias que pretenden explotar una economía de la escasez, están condenados al pasado.

Hasta ahí fue la parte que, en el limitado tiempo de antena del programa, me dio tiempo a cubrir: los sistemas basados en licencias municipales tuvieron sentido cuando su ausencia suponía una condena a la llamada “tragedia de los comunes“: ante la explotación no regulada de un recurso común, el resultado final era que nadie podía llevar a cabo esa tarea y obtener un beneficio. Todos conocemos ya hasta la saciedad los casos de Nueva York, que impuso las licencias de taxi en 1929 para evitar la alocada aparición de taxis como resultado de la crisis de 1929, y el de Lima, que decidió desregularlo completamente: en el primer caso, llegamos a un sistema completamente absurdo en el que una licencia de taxi llegó a costar un millón de dólares, debido a la resistencia de los taxistas a incrementar el número de licencias en una ciudad sometida a un crecimiento desmesurado. El segundo, igualmente subóptimo, dio lugar a un sistema en el que cualquiera podía dedicarse al transporte de viajeros, lo que generó inseguridad, picaresca, desprotección del usuario y precios completamente variables y arbitrarios.

Esos sistemas se diseñaron para un mundo en el que las únicas formas de obtener un taxi eran saliendo a la calle y alzando la mano, acudiendo a una parada o llamando por teléfono. El mundo actual el completamente diferente: todos llevamos un ordenador en el bolsillo permanentemente conectado que ons geolocaliza, y un gestor de flota como Uber o Cabify es perfectamente capaz, en cada momento, de tener en la calle el número de vehículos necesarios para abastecer la demanda, garantizando además que esos vehículos van a mantenerse activos de forma prácticamente permanente. Cuando un vehículo se mantiene activo y facturando la práctica totalidad del tiempo, en lugar de esperar en una parada durante horas, como es el caso de aeropuerto o la estación de tren, o de circular desocupado por las calles en busca de clientes gastando combustible inútilmente y entorpeciendo el tráfico, puede aplicar al transporte como tal precios sensiblemente menores, manteniendo su rentabilidad.

La peregrina protesta de los taxis en Madrid proviene de la creencia incorrecta de que tienen derecho a explotar el transporte de viajeros de manera exclusiva. Eso no es así. No lo fue nunca, no lo es ahora, y lo va a ser menos aún en el futuro. Vehículos con licencia VTC han existido siempre. Sometidos a una absurdo límite y posicionados como servicio de lujo, pero existían. Si ahora la tecnología permite que esos servicios de lujo se conviertan en servicios de precio asequible, la vida es dura, pero es lo que hay. Si además, dado su bien funcionamiento, se decide ampliar el número de licencias por demanda generalizada de los usuarios que desean ese tipo de servicios, tenemos que plantearnos una pregunta muy simple: ¿qué es lo mejor para el bien común? Las pruebas son claras: si te parece que en Nueva York hay muchos taxis, piénsalo de nuevo: las 13,237 licencias de taxi existentes, número que se ha mantenido constante desde los años ’30, están acompañadas de otros 40,000 vehículos de compañías privadas que llevan a cabo transporte de viajeros. Si después de eso aún quieres protestar porque en Madrid o en Barcelona se están concediendo demasiadas licencias VTC, mejor háztelo mirar.

En realidad, la respuesta a esa pregunta del bien común es clarísima y tajante: lo mejor para el bien común es que exista una abundancia de alternativas de transporte. Décadas de servicio de taxi jamás han sido capaces de conseguir el objetivo más importante ahora mismo en las grandes ciudades: desincentivar el uso del vehículo privado. La existencia de un servicio de taxi sometido a un sistema de licencias y con precios regulados no funciona a la hora de convencer a un ciudadano para dejar su coche en casa. Para que el ciudadano se decida a ello, no basta, como históricamente ya sabemos, con ofrecerle metro, bus y taxi, aunque sean de alta calidad: hay necesariamente que posibilitar que además tenga a su disposición servicios de carsharing como Emov, Car2go, Respiro, Bluemove, iniciativas como Cabify o Uber, bicicletas, y una pléyade de posibilidades más, que cada uno considerará adecuadas para cada momento y circunstancia. Para desincentivar el uso del vehículo privado, convertido en gran enemigo por lo que supone de atascos y contaminación, es absolutamente necesario pasar de la anticuada economía de la escasez – pocas licencias para que podamos ganar dinero unos pocos – a una economía de la abundancia.

Pero vayamos más allá: en realidad, los servicios como Cabify o Uber responden a un planteamiento a largo plazo, a varios años vista. Los precios que hoy en día disfrutamos cuando utilizamos sus servicios configuran una actividad claramente deficitaria, que se sustenta gracias a la participación de inversores privados dispuestos a aportar los fondos necesarios para sufragarla. Pero la intención de esos servicios, contrariamente a lo que algunos ingenuos piensan, no es “quedarse con el mercado para subir después los precios”, porque ese esquema, sencillamente, no funcionaría y traería como consecuencia la aparición de nuevos competidores dispuestos a explotar ese segmento de precios bajos. La intención es llegar lo antes posible, en un plazo de menos de tres años, a explotar una nueva tecnología profundamente disruptiva: la del vehículo autónomo.

El vehículo autónomo supone, obviamente, la eliminación del conductor, el factor más importante en el coste de explotación del servicio. La llegada del vehículo autónomo lleva a compañías como Uber o Cabify a pasar de ser deficitarias, a ser muy rentables, porque seguirán siendo plataformas que no poseerán vehículos – los vehículos los aportarán compañías de automoción, inversores dispuestos a explotarlos, etc. De ahí la importancia de la demanda presentada por Google contra Uber por apropiación indebida de su tecnología: si la demanda termina imponiendo a Uber la paralización de su actividad en el ámbito del vehículo autónomo, en la que progresa lenta pero decididamente, la compañía podría tener un serio problema en sus planteamientos de rentabilidad futura. Pero incluso en ese caso, en la hipótesis de una Uber en problemas, habría numerosas compañías dispuestas a cubrir ese hueco. No, el enemigo de los taxistas no es Uber ni Cabify: es el avance de la tecnología, algo contra lo que de ninguna manera se puede luchar.

La triste realidad del taxi es que hablamos de un colectivo que de manera inevitable se está peleando por las migajas de rentabilidad que quedan entre hoy y el momento en que sea completamente imposible ganarse la vida conduciendo. El momento en que conducir profesionalmente ya no será una actividad llevada a cabo por personas, sino por máquinas. Y ese momento, por mucho que todo taxista se niegue a aceptarlo y entierre la cabeza en la arena como no hacen ni los avestruces, está a unos tres años vista. Pero si tú le cuentas a un taxista que los coches conducirán solos, en lugar de salir corriendo para tratar de deshacerse de su licencia como lógicamente debería hacer, lo que hace es mirarte con ojos desafiante y decirte eso de “ya, y los coches volarán”. Y si le dices que este mes de julio ya puede viajar a Dubai y subirse a un taxi que vuela, te dirá sencillamente “el mío aún no vuela, y para eso le queda mucho”. Esa tozuda negación de la realidad tecnológica es lo que de verdad resulta ingenuo y, en muchos sentidos, triste.

El futuro es el que es: ciudades en las que convivirán multitud de servicios de transporte, algunos de titularidad pública, otros que responderán a iniciativas privadas, y todos ellos configurando una economía de la abundancia en la que los sistemas de licencias no tienen ya ningún sentido. Los tiempos en los que una licencia que garantizaba la explotación en exclusiva de un recurso escaso podía llegar a valer, en un mercado paralelo, cientos de miles de euros, han terminado, y los que queden sujetos a ese esquema harían muy bien en salirse de él lo antes posible sin pretender que las inversiones que libremente decidieron hacer sean compensadas con dinero público. Al taxi como lo conocemos le quedan tres o cuatro años, y en ese plazo las cosas se van a poner feas, muy feas. Pero no porque nadie les tenga manía ni les odie, sino porque los tiempos han cambiado.

 

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¿Coches que vuelan?

IMAGE: Cheskyw - 123RFLa idea del automóvil volador lleva en las fantasías populares muchas décadas, se ha querido pintar como el paradigma de la decepción tecnológica (aquel “queríamos coches voladores y en su lugar nos dieron 140 caracteres” de Peter Thiel) y lentamente, ha ido pasando de la fantasía al terreno de la inversión por parte de idealistas o millonarios empeñados en verlo convertido en realidad, con un éxito en términos de madurez tecnológica más bien escaso. Sin embargo, algunos indicios apuntan a la posibilidad de un cambio en lo que tradicionalmente ha sido un ámbito de desarrollo muy lento, y a mí en esos casos me parece interesante escribir una entrada que me permita agrupar algunos enlaces interesantes sobre el tema.

Aprovecho para ello un artículo largo de Bloomberg Business Week, titulado Welcome to Larry Page’s secret flying-car factories en el que se detalla una historia de los llamados VTOL (Vertical Take Off and Landing) de uso civil que incluye desde aquel Moller Skycar sobre el que llegué a escribir en el año 2005, los prototipos de Terrafugia de los que llevo oyendo hablar desde 2007, y de ahí, hasta el reciente anuncio de Airbus de que lanzará un taxi volador autónomo a finales de este año 2017. El artículo, como indica en su título, tiene como tema principal las aventuras del cofundador de Google, Larry Page, en este ámbito, llevadas a cabo con su patrimonio personal y en naves próximas a las instalaciones de Google mediante compañías prácticamente secretas o cuando menos, verdaderamente discretas como Zee.Aero o Kitty Hawk, que tenderíamos a interpretar como la enésima locura de otro millonario dispuesto a arruinarse, de no ser porque quien está detrás de las iniciativas es precisamente Larry Page. 

Pero además de iniciativas de este tipo, hay algunas cuestiones que parecen apuntar a un desarrollo adicional. Según un amplio informe de 97 páginas desarrollado por Uber a cuenta del anuncio de su iniciativa Uber Elevate, el desarrollo futuro de los VTOL está en gran medida condicionado a varias circunstancias: el avance de los sistemas de certificación y sistemas de control para artefactos voladores, el desarrollo del motor eléctrico y la tecnología de baterías como opción preferente para obtener bajas emisiones, el avance en variables como la eficiencia, el rendimiento y la fiabilidad, el despliegue de infraestructura para aterrizajes y despegues, la reducción en las necesidades de entrenamiento para los pilotos derivada del desarrollo de sistemas autónomos o de asistencia al vuelo avanzados, y por supuesto, cuestiones centrales como el coste o la seguridad. Según el informe, la idea de Uber podría apuntar a la oferta de servicios de transporte aéreo en las ciudades en torno al año 2026.

Hasta aquí, poco más que un avance especulativo de lo que podría ser una plataforma – no olvidemos esa palabra, porque podría ser clave y obviamente es el modelo en el que Uber ha basado desde sus inicios su modelo – para un sistema de transporte aéreo bajo demanda y con un coste contenido, o al menos, muy por debajo de lo que hoy puede suponer el uso de un avión o helicóptero en régimen de vuelo privado. Pero de nuevo, la perspectiva cambia cuando la compañía anuncia el fichaje de Mark Moore, un ingeniero aeronáutico de la NASA autor de un informe que, en el año 2015, especulaba con las posibilidades de la adopción de VTOL para uso civil en Silicon Valley, y se planteaba los requerimientos que tendrían que tener los vehículos de este tipo para hacer viable servicios basados en su uso.

La idea de una plataforma resulta importante, porque es la que traslada la idea de los VTOL desde el uso relativamente anecdótico como transporte para multimillonarios dispuestos a adquirir su vehículo, hasta la posibilidad de plantear servicios de transporte urbano con tiempos imbatibles y a precios que puedan tener sentido para una demanda más amplia, basados en una ocupación elevada del tiempo de uso de esos vehículos.  Obviamente, como ocurre con el futuro previsto para los coches autónomos, nada impide que una persona con recursos elevados decida adquirir su propio vehículo como hoy sucede con los aviones privados, pero los costes de explotación y un nivel de uso claramente subóptimo actuarían como desincentivos para ello, y lo llevarían más hacia modelos de plataforma en los que se paga como servicio de taxi.

Visto así, contaríamos en este panorama con una gran compañía aeronáutica como Airbus, con algunas startups con vocación disruptiva para animar el panorama, y con una plataforma para plantear modelos de uso con precios razonables. ¿Está el coche volador empezando a plantearse como una alternativa de transporte realista?

 

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Más avances hacia la implantación del vehículo autónomo

Daimler and UberDaimler y Uber anuncian un acuerdo de colaboración no exclusiva por el que la compañía automovilística alemana añadirá sus vehículos autónomos a la flota de la norteamericana, convirtiéndose en la primera marca que aprovecha la apertura de Uber como plataforma.

El anuncio es sumamente importante para ambas compañías y para el futuro de la implantación del vehículo autónomo: aunque Uber lleva tiempo invirtiendo fuertemente en el desarrollo de la tecnología de conducción autónoma, no tiene el menor interés en dedicarse a la construcción de automóviles y sí en funcionar como plataforma para el uso de terceros. Para Daimler, que también desarrolla desde hace tiempo su propia tecnología de conducción autónoma, la posibilidad de suministrar vehículos a Uber, implantada ya como la principal compañía de transporte urbano del mundo y que el año pasado representó la principal cuenta de gastos de viaje corporativos, supone una salida para unos vehículos cuya principal salida serán precisamente las flotas, y no tanto las ventas a particulares.

Conozco bien a ambas compañías: en mis conversaciones con Daimler, Uber era vista habitualmente como un frenemy, una compañía con la que competían a través de servicios como MyTaxi o Car2go, pero cuya oferta, a su vez tenían que intentar integrar en Moovel, al tiempo que no dejaban de plantearse su fuerte crecimiento y la necesidad de considerarla como un actor relevante en el futuro. Para Uber, las marcas de automoción son actores fundamentales a la hora de operar su plataforma: por el momento, únicamente Tesla parece haber cerrado la puerta a la colaboración con compañías como Uber o Lyft anunciando que intentará ser la que opere la flota constituida por los vehículos de sus clientes. Todas las demás son, en principio, candidatos a integrarse en la plataforma de Uber.

La apuesta de Uber por la conducción autónoma comenzó con una alianza con la universidad de Carnegie Mellon, ampliamente destacada en este ámbito, y con cuya colaboración consiguió convencer al ayuntamiento de Pittsburgh para que facilitase la construcción de un gran campo de pruebas en la ciudad, el primero de la actual lista de diez que existen en los Estados Unidos. La alianza con la universidad norteamericana pasó por momentos complicados cuando Uber decidió hacer ofertas y llevarse a nada menos que cincuenta de sus especialistas en robótica, lo que generó un malestar que hizo que el acuerdo se diese prácticamente por muerto, hasta que la compañía decidió compensar a la universidad con 5.5 millones de dólares.

Las pruebas de conducción autónoma en Uber comenzaron con la adaptación de vehículos Ford Fusion adquiridos por Uber sin que mediase ningún acuerdo de colaboración con Ford, pero continuaron con Volvo XC90 tras un acuerdo con la compañía para desarrollar y adaptar esos vehículos conjuntamente con la marca sueca. Esos vehículos fueron desplegados en Pittsburgh y en Phoenix, tras un fallido intento de llevarlos a San Francisco que se interrumpió tras desavenencias regulatorias con las autoridades californianas que el gobernador de Arizona vio como una oportunidad para atraer a la compañía con una calurosa bienvenida.

Sin embargo, la idea de que Uber, la compañía que explotó la estrategia de plataforma para convertirse en la mayor empresa de transporte de personas del mundo sin poseer ningún vehículo, diese la vuelta completamente a esa estrategia y se convirtiese en dueña de una enorme flota de coches autónomos, parecía una auténtica locura. Las posibles complicaciones de gestionar y mantener una flota de ese tipo, alimentadas en su momento por falsos rumores sobre supuestos acuerdos de compra de enormes cantidades de vehículos a Daimler o a Tesla, se unían a las dudas sobre lo que semejante movimiento podría representar para la estrategia de la compañía, que además parece inclinarse por retrasar su salida a bolsa todo lo posible. La compañía, sin embargo, no parece que vaya a optar ni por construir sus propios vehículos, lo que sería a todas luces una locura, ni tampoco por poseer más allá de unos cuántos automóviles mientras se encuentren en pruebas. En su lugar, la idea parece ser continuar explotando la estrategia de plataforma, pero contando con unas compañías automovilísticas que podrían convertirse en proveedoras y explotarlos en régimen conjunto, una vez que el componente más significativo del coste de operar el servicio, los conductores, son eliminados de la ecuación.

Eso, ni más ni menos, es lo que representa el acuerdo presentado ayer entre Daimler y Uber: la compañía que en su momento fabricó el primer motor de explosión comercial, apuntándose a un futuro en el que la inmensa mayoría de los vehículos serán vendidos a flotas como la de Uber, para ser operados conjuntamente entre la marca y la plataforma. Autónomos, sin conductor. Una tecnología en la que ya la mayoría de las marcas están trabajando, pero cuyos planes no apuntan tanto a la adquisición por parte del usuario final como a la de su integración en flotas, evitando así los problemas que muchos prevén en caso de que proliferase su uso individual. ¿Podrás adquirir un vehículo autónomo como usuario individual? Sin duda, pero esa opción tendrá seguramente muy poco sentido económico frente a la de utilizarlo como servicio cuando lo necesites.

Eso, que para muchos aún suena completamente futurista, es lo que subyace tras el acuerdo formado ayer. Un acuerdo al que, sin duda, se unirán más marcas, y al que seguirán otros con otros protagonistas: GM, que intentó adquirir Lyft y lanzó Maven, BMW con DriveNow, la propia Daimler con Car2goCitröen con emovTesla… todos posicionándose para un futuro, el de los vehículos autónomos y el transporte como servicio, que ya prácticamente está aquí.

 

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Las ciudades son datos

IMAGE: Everythingpossible - 123RFUna iniciativa de Uber, Uber Movement, ofrece a los ayuntamientos y gestores de las ciudades acceso agregado a todos los datos de desplazamiento de sus vehículos en el entorno urbano, con el fin de ayudar a entender los flujos de tráfico y a planificar acciones que permitan su optimización.

El movimiento, entendido como un intento de la compañía de buscar una relación más intensa y bidireccional con unas autoridades de las ciudades que, en muchos casos, han jugado un papel fundamental a la hora de condicionar el desarrollo de la compañía y con las que las relaciones no siempre han sido especialmente fáciles, pone de manifiesto una verdad evidente: las ciudades se han convertido en ecosistemas de gran complejidad, cuya gestión eficiente presenta cada vez más necesidades en términos de procesamiento de información.

Lo estamos viendo cada día más: medidas como la restricción total o parcial del tráfico, por ejemplo, como las vigentes actualmente en varias ciudades francesas debidas a la contaminación, dependen de las lecturas en tiempo real de sensores de contaminación y de un cuidadoso estudio de la evolución de la temperie. El control del espacio de aparcamiento mediante los datos de las aplicaciones utilizadas para su gestión, o la evolución de la ocupación del transporte urbano también generan datos que son utilizados por cada vez más equipos municipales para intentar entender el funcionamiento de las ciudades, y planificar en entornos más ricos en información.

La complejidad de las grandes ciudades es cada día más difícil de gestionar, y requiere un desarrollo más importante en términos de inteligencia y de datos. El proyecto de cartografía de los desplazamientos en la ciudad de Barcelona llevado a cabo por Bestiario utilizando los datos anonimizados y agregados de trescientos mil usuarios de telefonía móvil, el estudio de los desplazamientos en transporte urbano en varias ciudades latinoamericanas o el proyecto Smart Steps de Telefonica son ejemplos claros de cómo estudiar la movilidad urbana desde un punto de vista moderno, que requieren no únicamente el acceso a los datos, sino también el desarrollo de sistemas adecuados de representación, visualización y gestión para hacerlos completamente accionables y útiles.

Cada día más, el concepto de smart city tiene más que ver con la generación eficiente de datos para su gestión. En muchos sentidos, los equipos municipales están empezando a ver la necesidad de transformar su perfil para incorporar habilidades que antes eran más propias de otro tipo de entornos: ¿cómo plantear si las restricciones de tráfico en función de la contaminación es más adecuado plantearlas mediante el esquema más simple, reducir los vehículos a la mitad en función del número de matrícula y el día del mes, o por el contrario, optar por la restricción de vehículos clasificados como más contaminantes? Una decisión compleja, en la que entran factores de todo tipo, y que se beneficia claramente de la posibilidad de monitorizar adecuadamente cuantos más datos, mejor. ¿Cómo monitorizar con eficiencia el efecto disuasorio de una restricción de aparcamiento o del establecimiento de un sistema de peaje urbano? ¿Debemos invertir en un sistema de transporte con autobuses autónomos que cubra determinadas rutas, como en Helsinki o en Las Vegas? Pronto, cada vez más ciudades serán ecosistemas en los que prácticamente haremos log in, en los que nuestros desplazamientos y los de nuestros vehículos pasarán a formar parte de bases de datos convenientemente tratadas para mitigar problemas derivados de la privacidad, pero fundamentales en la gestión del entorno urbano: en Singapur o en Londres, la información sobre desplazamientos de vehículos puede ser monitorizada en tiempo real mediante cámaras, que además son utilizadas para cobrar por el acceso a determinadas partes de la ciudad. En Amsterdam, tienes que fichar en los tranvías tanto al entrar como al salir, con el fin de generar así la información adecuada.

Uno de los factores que determinará decisiones como la de aprobar el funcionamiento de un servicio determinado en una ciudad podría empezar a ser su capacidad de aportar datos a una API municipal que proporcione información a sus gestores, y que permita, bajo un modelo de open data adecuado y bien planteado, el uso de esos datos a aquellos desarrolladores que quieran plantear aplicaciones de todo tipo como propuesta de valor para los ciudadanos bajo todo tipo de desarrollos, comerciales o no. Apps como CitymapperMoovelWaze y otras monitorizan y asisten en sus desplazamientos a cada vez más usuarios, y conforman mapas en tiempo real que, además de servir para la prestación del servicio, pueden tener un interesante valor en manos de un gestor integrado a nivel municipal. Cuando hablamos de smart cities, tenemos que, cada día más, plantearnos las posibilidades que la gestión de los datos proporcionados por los diversos agentes que operan en ella y los sensores desplegados en sus infraestructuras pueden llegar a ofrecernos. En muchos sentidos, la mesa redonda a la que tuve la oportunidad de asistir en Detroit con los alcaldes de de Atlanta, Chicago, Columbus y Detroit me dejó claro precisamente eso: la profesionalización de una función de gestión municipal que se orienta a los datos de una manera cada día más clara, y que afecta a cada una de las decisiones en el ámbito municipal, desde el planteamiento de restricciones hasta la construcción de viviendas o de aparcamientos. Una visión del ayuntamiento como gestor de información en tiempo real que, en muchos casos, no coincide especialmente con el perfil que solemos atribuir a las corporaciones municipales ¿Están los ayuntamientos de las grandes ciudades preparados para incorporarse a esa transición?

 

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La destrucción de puestos de trabajo por la automatización: no tan rápido…

Amazon robot

En la foto, un robot de Amazon. Originalmente creado por Kiva Systems tras la mala experiencia de su creador, Mick Mountz, con los costes de logística de Webvan, que terminaron llevándola a la quiebra, la compañía fue adquirida por Amazon en marzo de 2012 por 775 millones de dólares, que dejó expirar los contratos que tenía con grandes compañías de distribución como The Gap, Walgreens, Staples, Office Depot, Crate & Barrel o Saks 5th Avenue, la puso a trabajar exclusivamente para sus almacenes y la rebautizó como Amazon Robotics.

El diseño del robot, de unos 40 centímetros de alto y apoyado en un conjunto motriz de seis ruedas, esta pensado para moverse con soltura bajo las estanterías de los almacenes y desenroscarse, elevándola unos pocos centímetros del suelo, cuando está bajo la estantería que necesita transportar. Cada robot pesa unos 145 kilos, y puede desplazar sobre él estanterías cargadas con hasta 315 kilos. Cuando su batería desciende de un determinado nivel, simplemente van y se enchufan ellos solos a su estación de carga.

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Recientemente, Amazon anunció que había incrementado su ejército de robots en un 50%: en diciembre de 2014, la compañía tenía 15,000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30,000 en diciembre de 2015, y 45,000 en 20 almacenes en diciembre de 2016.

Además, Amazon anunció recientemente el lanzamiento de su tienda Amazon Go en la que desaparecen los cajeros, sustituidos por una app que permite la identificación del cliente, y por un conjunto de cámaras y sensores en un sistema que utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo para identificar cuando este toma cualquier producto de una estantería o lo devuelve a ella. Los cajeros de tiendas y supermercados, según las últimas encuestas de población activa norteamericanas (2014), proporcionaban empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

¿Qué cabe esperar de una compañía que incrementa a un fuerte ritmo la cantidad de robots que trabajan en sus almacenes, que elimina a los cajeros de las tiendas o que envía algunos de sus paquetes mediante drones autónomos en lugar de hacerlo mediante un repartidor tradicional? Cualquiera a quien se le haga esta pregunta esperaría, probablemente, una reducción del número de personas empleadas por la compañía. Sin embargo, sorpresa: Amazon acaba de anunciar su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología, uniéndose a la oleada de compañías que anuncian masivos planes de expansión de puestos de trabajo para evitar, entre otras cosas, el acoso de la administración Trump. La compañía incrementará su plantilla desde los 180,000  a los 280,000 trabajadores en los Estados Unidos. En el año 2011, Amazon empleaba a unas 30,000 personas. Y para el contraste, otro dato: los que sí han disminuido el número de trabajadores de manera consistente a lo largo de los últimos años han sido las empresas de distribución tradicional.

El proceso tiene lugar no solo a ese nivel, sino en otros: en la zona de la bahía de San Francisco, un cierto número de taxistas han ido perdiendo sus puestos de trabajo a medida que compañías como Uber o Lyft se han convertido en la alternativa de transporte preferida por más y más usuarios. Sin embargo, esas compañías se encuentran actualmente entre los mayores generadores de empleo de la zona – solo Uber da trabajo a más de veinte mil conductores en el área, un número muy por encima de los taxistas que existían antes de su llegada, y eso sin tener en cuenta el empleo adicional generado por estas compañías en puestos de gestión o de tecnología. Eventualmente, los taxis dejarán de emplear conductor y se convertirán en vehículos autónomos, pero actualmente, poco se podría decir en términos de destrucción neta de puestos de trabajo.

¿Cómo se explica que una compañía absolutamente emblemática en su proceso de robotización como Amazon genere empleo a esos niveles? No, no hablamos de una paradoja, sino más bien de un efecto que algunos investigadores como Jeremy Rifkin, a quien recientemente tuve la oportunidad de ver en Detroit, mencionan en sus predicciones: que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos.

Un elemento más a considerar cuando calculamos los efectos a nivel macro de la tecnología: eventualmente, es posible que muchas cosas que a lo largo de nuestra vida siempre hemos visto hacer una persona pase a hacerlas un robot, pero eso no impide que el despliegue de esa tecnología requiera de una gran cantidad de puestos de trabajo humanos, en tareas que difícilmente serán automatizadas. El efecto de destrucción de empleo, por tanto, no es tan inmediato ni tan evidente, y mucho menos justifica el desarrollo de políticas que defiendan actitudes tecnófobas o luditas que, de ser adoptadas por determinados territorios o administraciones, únicamente terminarían generando desventajas comparativas al ser adoptadas por otras. Una cuestión más que incorporar a los miedos irracionales de determinados políticos y gestores públicos, horrorizados ante la idea de manifestaciones de trabajadores que se quedan sin trabajo sustituidos por el robot de turno. Sí, el proceso tendrá lugar a determinados niveles, pero la idea de mantener a esos trabajadores en sus puestos simplemente porque “algo tienen que hacer” cuando existe tecnología para llevar a cabo esas tareas mejor y más económicamente se convierte en cada día más absurda.

No, las cuentas no son tan sencillas y evidentes como algunos parecen creer. Antes de extraer conclusiones fáciles, va a haber que leer y estudiar mucho más…

 

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Replanteando el papel del transporte

US Department of Transportation (DOT)El Departamento de Transporte de los Estados Unidos crea un comité al máximo nivel dedicado al estudio de los posibles impactos de la automatización del transporte en la sociedad, que incluye a máximos directivos de empresas de automoción, a académicos y estudiosos del ámbito del transporte, políticos y gestores públicos, y otras compañías interesadas en el tema y que juegan un papel destacado en el desarrollo de la cuestión, tales como Waymo, Uber, Lyft, Delphi o Apple.

El comité está dirigido por Mary Barra, la CEO de GM que recientemente expresó muchas de sus revolucionarias visiones de futuro sobre la automoción en esta recomendable entrevista, y por el alcalde de Los Angeles, Eric Garcetti, un convencido defensor de la movilidad eléctrica.

La iniciativa, que muestra las inquietudes e interés de la administración norteamericana en un desarrollo tecnológico que sin duda tendrá un fuerte impacto en los usos y costumbres sociales y en cómo vivimos a un relativo corto plazo calculado ya en torno a los tres años, refleja bastante bien el estado de las cosas que pude pulsar en mi reciente visita al NAIAS de Detroit: una industria que vive un momento de auténtico juego de las sillas musicales, en la que las alianzas entre fabricantes, gestores de flotas, socios tecnológicos y demás implicados están jugando un papel fundamental. Mientras algunas compañías como Tesla, Ford o GM parecen estar apostando fundamentalmente por desarrollos de vehículos autónomos fundamentalmente propios e independientes, otras como Toyota, Audi o BMW parecen jugar más la baza de la colaboración con proveedores tecnológicos como Mobileye, Intel, Nvidia u otros, otras como Daimler desarrollan sus propios gestores de flota con Car2go o MyTaxi, o desarrollan productos con gestores de flotas, como Volvo con Uber, y otras como Waymo parecen optar por la integración y fabricación de cada vez más de sus sensores y componentes y por ofrecer sus servicios a compañías como Fiat Chrysler.

Mientras algunos siguen simplemente insistiendo en modelos en el que se sustituyen vehículos de gasoil y gasolina por eléctricos en torno a un esquema de propiedad individual, escenario en el que la mayoría de los problemas persisten o incluso se empeoran, otros ya parecen darse cuenta de que nos dirigimos, si todo va bien, a planteamientos completamente distintos, en los que la movilidad se plantea como servicio, los vehículos pertenecen a flotas que los explotan con niveles de racionalidad muy superiores a lo que podemos esperar en una persona o familia, que únicamente puede aspirar a usos de en torno a un 3% del tiempo. La idea de una explotación individual del vehículo autónomo, sencillamente, no tiene ningún sentido desde el punto de vista económico, y generaría escenarios en los que el volumen circulatorio, por culpa de desplazamientos de vehículos vacíos en determinados trayectos o en busca de espacio de aparcamiento, podría llegar a elevarse en lugar de disminuir.

Mientras, la vieja industria sigue dando sus últimos coletazos: Volkswagen se reconoce culpable ante la justicia norteamericana y se compromete al pago de una multa de 4,300 millones de dólares al gobierno federal, sanción a la que habrá que sumar el resultado de las demandas de los consumidores, que discurren de manera independiente. Dos directivos de la compañía, el director de ingeniería y el de cumplimiento normativo, acusados de cargos criminales, reflejan lo que ocurre cuando la industria decide ignorar su papel en el problema más importante al que nos enfrentamos actualmente, el cambio climático, e insiste en seguir fabricando motores sucios.

A este tipo de temas tema dediqué esta semana mi columna en El Español, que titulé “Automóviles y ética empresarial“: una industria que se resiste al cambio y que supuestamente pretende seguir manteniendo sus líneas de producto inalteradas, retrasando una transición fundamental hacia tecnologías limpias que ya están disponibles, y que solo precisan de la inversión en escala necesaria para convertirlas en realidad a nivel masivo. Si la industria se descuida y no se reinventa a tiempo, se encontrará ante la peor situación imaginable: ser considerados como los auténticos sucesores de la industria tabaquera. Mientras las cosas sigan así, y el principal producto de la industria del automóvil sigan siendo motores con emisiones que nos envenenan, que no me vengan a hablar ni de ética, ni de responsabilidad social corporativa, por favor…

 

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Regulación y sobrerregulación

Uber self-driving car transportation (IMAGE: Uber)El affaire entre el Department of Motor Vehicles (DMV) de California y Uber a cuenta de la necesidad o no de una licencia para operar vehículos autónomos termina con la revocación de la licencia de circulación de los automóviles de la compañía, y con la decisión de trasladar sus dieciséis vehículos Volvo XC90 para continuar con su operación en la contigua Arizona, donde el Gobernador del Estado, el republicano Doug Ducey, les da una calurosa bienvenida con un comunicado oficial y tacha el caso californiano de “un ejemplo de sobrerregulación“.

La cuestión de la regulación y, sobre todo, de la forma de aplicarla, parece estar convirtiéndose en un asunta cada vez más estratégico. Los argumentos de ambas partes parecen sumamente claros: por un lado, el estado de California y su DMV, que afirman que todas las compañías que han operado vehículos autónomos en pruebas en su jurisdicción han solicitado la correspondiente licencia, y que, por tanto, Uber tiene que hacer lo mismo. Por otro, la compañía, que afirma que sus vehículos, por mucho que los anuncie como autónomos, no lo son, que simplemente plantean ayudas a la conducción y operan siempre con un conductor tras el volante, y que por tanto, su actuación es exactamente la misma que cualquier vehículo similar a los Model S de Tesla, que no requieren ningún tipo de licencia especial. Mientras el DMV afirma que Uber ofrece un servicio en pruebas, y que la licencia es por tanto necesaria para su operación, Uber afirma que la licencia no es necesaria, porque sus conductores son iguales a los que conducen un Tesla o cualquier otro vehículo con ayudas a la conducción más o menos sofisticadas.

El resultado de esta discusión es claro: el DMV tiene la potestad de ejecutar la legislación, no admite interpretaciones, y cancela la licencia de circulación de los vehículos, lo que obliga a Uber a detener el servicio. Esto es lo que dice la ley, y la ley está para cumplirse, no se negocia ni se interpreta, como si fuese la sharia. Uber podría aceptarlo, simplemente solicitar la licencia en cuestión, que le sería concedida con total seguridad, y continuar con su servicio, pero en su lugar, decide plantarse y trasladar vehículos y servicio a Arizona. ¿Resultado? Ahora, los beneficios derivados del desarrollo de la tecnología se materializarán allí, y no en California. Explicar de qué hablamos exactamente es sencillo: puestos de trabajo sofisticados y con futuro asociados al desarrollo tecnológico, imagen de innovación, investigación y desarrollo en las universidades de la zona, más opciones de transporte para los residentes del estado y, a medida que la tecnología va mejorando progresivamente, mayor seguridad. La cuestión es clara: si pudiesen elegir, todos los países o estados del mundo escogerían sin duda ser la sede de cuantas más compañías tecnológicas, mejor. Algunos países, de hecho, han convertido la idea de atraer a compañías tecnológicas y fomentar su crecimiento local en una auténtica estrategia de desarrollo, como es el caso, con muy distintos matices, de Corea del Sur (mediante desarrollo doméstico) o de Irlanda (mediante incentivos fiscales al asentamiento).

En otro caso relacionado, tenemos el de Otto, la compañía de camiones autónomos fundada por antiguos responsables del proyecto de conducción autónoma de Google, recientemente adquirida por Uber: sus responsables tomaron la decisión de hacer todas sus pruebas en el estado de Nevada sin solicitar ningún tipo de permiso y sin encomendarse ni a dios ni al diablo, y eso les permitió ser mucho más ágiles, avanzar mucho en sus desarrollos, y terminar siendo adquiridos por $680 millones de dólares.

La discusión, por tanto, parece clara: no cabe ninguna duda que si interpretamos la regulación al pie de la letra, podemos paralizar la actividad de una compañía. Pero si la compañía, en respuesta, traslada sus actividades a otro estado… ¿quién ha salido ganando? ¿De verdad piensa el DMV que la situación que ha provocado es mejor para los californianos? ¿Que los ha protegido? ¿O simplemente ha mantenido una posición inmovilista y ha provocado que los empleos, la investigación, la imagen de progreso y los beneficios que iba a traer consigo la actividad de la compañía se materialicen en otro sitio? ¿Vale de verdad la pena ser tan rígido en la aplicación de la regulación como para convertirla en un desincentivo a la radicación de compañías que, por la naturaleza de su actividad, demandan una mayor flexibilidad?

Partamos de nuevo de la base adecuada: obviamente, quien piense que las compañías tecnológicas son poco menos que “el eje del mal”, que eliminan puestos de trabajo o que amenazan nuestro modo de vida y nuestras costumbres, estará encantado de que la regulación se aplique hasta sus últimas consecuencias, y no derramarán ninguna lágrima cuando esas compañías se vayan a otro sitio. Pero… ¿es esa actitud sostenible? Generacionalmente, los que sostienen ese tipo de actitudes están siendo progresiva y rápidamente sustituidos por jóvenes que demandan más tecnología, más avances, más conveniencia y más desarrollo, e indudablemente, la naturaleza del crecimiento económico que genera un territorio “tradicionalista”, que terminaría por parecerse a algún tipo de teocracia o dictadura que no restringe la libertad de las compañías para innovar, no se parece en nada al que puede obtener un territorio progresista, que apoya la tecnología y que hace lo que puede para atraer a las compañías que la desarrollan. Es, básicamente, comprometerse con las tradiciones y el pasado, frente a comprometerse con el futuro.

A medida que la tecnología avanza, los territorios deben adaptar sus prioridades, sus políticas y su regulación para tratar de mantener su competitividad, Si frente a esto contestamos con una actitud del tipo “la ley es igual para todos, son lentejas y o las comes, o las dejas”, anularemos con ello la posibilidad de que la regulación cambie, avance, y se vaya adaptando, gracias a compañías que empujan los límites de su actuación. Hay territorios que usan la regulación como un freno, y otros que la usan como un arma, flexibilizándola o adaptándola como mejor creen que conviene a cada situación. Y si los gobiernos eligen aplicar la regulación de manera rígida hasta sus últimas consecuencias y no lo explican muy bien, tal vez se encuentren con sorpresas o consecuencias derivadas de su elección… en las próximas elecciones. Vivir en un territorio que no se adapta a los tiempos y al contexto tecnológico es algo que cada vez le gusta a menos gente.

Al final, el resultado neto de toda esta historia es malo para todos, y solo beneficia a quien sabe aprovechar sus oportunidades. California pierde porque ve huir a una compañía innovadora que generaba abundantes recursos, Uber pierde porque ya no tiene la posibilidad de probar su tecnología en un escaparate como San Francisco, y los ciudadanos en su conjunto pierden porque pierden la posibilidad de trabajar en esa compañía, investigar para ella o convertirse en usuarios de sus productos futuristas. La comparación entre las reacciones del gobierno de California y de Arizona en este caso se parecen mucho a lo que ocurre desde hace muchos años entre los Estados Unidos y Europa, o entre países que atraen inversión y tecnología frente a países que la hacen huir. Aquellos que ofrecen sus territorios como laboratorios de pruebas, como sitios propicios para la innovación y el desarrollo, terminan obteniendo beneficios de todo tipo, desde imagen de compromiso con el futuro, hasta inversión, puestos de trabajo sostenibles o calidad de vida.

 

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¿Cuándo es autónomo un vehículo autónomo?

IMAGE: John Takai - 123RFInteresantísimo conflicto entre el Department of Motor Vehicles (DMV) de California y Uber al hilo de la presentación del servicio de la compañía con Volvo XC90 autónomos en San Francisco: a las pocas horas del anuncio, el DMV emitió una nota en la que conminaba a la compañía a interrumpir de manera inmediata el servicio por no haber solicitado los permisos necesarios para operar vehículos autónomos en el estado.

La compañía, por el momento, ha hecho caso omiso de tal prohibición: el servicio continúa operando, y la postura parece ser afirmar que, dado que los vehículos circulan con un conductor al volante en todo momento, no precisan de permiso alguno. El permiso es relativamente sencillo de obtener, el propio DMV afirma que “resulta esperable que Uber lo obtenga sin problemas”, que solicitarlo supone únicamente $150, y que si la compañía no lo solicita, se expone a acciones legales si no lo obtiene de manera inmediata. Lo que ocurre es que Uber, sencillamente, afirma no necesitar tal permiso.

¿Dónde está el origen del malentendido? Nada tiene que ver, por supuesto, con el famoso semáforo en rojo que un vehículo de la marca se pasó en presencia de una dashcam, sino más bien con una diferencia de criterio entre Uber y el DMV con respecto a lo que es o no es un vehículo autónomo, un desacuerdo en la definición de la cobertura de la licencia necesaria para operarlo. Ese tipo de licencia ha sido solicitada por todas las compañías que desean hacer pruebas de conducción autónoma en el estado de California, desde Google hasta Tesla pasando por unas veinte empresas más. Sin embargo, aunque Tesla precise de una licencia para hacer las pruebas, la licencia no es necesaria para que un usuario opere un vehículo de la marca, lo que sirve a Uber para afirmar que lo que ellos están haciendo es exactamente lo mismo que lo que hace un propietario de un vehículo de ese tipo: operar con un conductor al volante un vehículo que, por el momento, no se plantea en ningún momento que opere de manera completamente autónoma, es decir, sin intervención del conductor.

En efecto, en este momento, los Volvo XC90 que Uber utiliza en San Francisco no están pensados para operar en modo completamente autónomo, y no se diferencian demasiado de lo que Tesla ofrece a sus usuarios: un vehículo con prestaciones que asisten a la conducción en determinadas circunstancias, y cuyo uso no requiere ningún permiso especial. Obviamente, es una cuestión de tiempo: sabemos que el aprendizaje, en este tipo de ámbitos, no funciona como en las flotas de conductores humanos, sino que tiene lugar consolidando las experiencias a lo largo de todos los integrantes de la red, pero el hecho es que, en este momento, Uber podría, al menos teóricamente, operar sus vehículos como si fuesen de conducción tradicional. Como tales, los Volvo XC90 operados por Uber suponen el primer modelo diseñado íntegramente por la compañía en el marco de un acuerdo amplio con la marca sueca, que aporta una imagen de marca vinculada a la seguridad y una gran cantidad de tecnología propia: con respecto a los Ford Fusion utilizados en las pruebas en Pittsburgh, los Volvo XC90 están sensiblemente más optimizados, con la tecnología mucho mejor integrada en el vehículo, y con una sustantiva mejora en eficiencia. Aunque el sensor del LiDAR sigue girando llamativamente encima del techo del vehículo, las veintidós cámaras de los Ford Fusion se han reducido a 7 en los Volvo XC90, y los sensores de los radares están integrados en los parachoques en lugar de sobresalir incómodamente en los laterales.

¿A qué se debe, por tanto, la insistencia del DMV en exigir esa licencia especial para vehículos autónomos? Obviamente, no es una cuestión económica dado que el importe de la licencia correspondiente es muy pequeño, y podría tratarse más bien de un error por parte del DMV al ver la magnitud de la campaña lanzada por la compañía haciendo énfasis especialmente en el hecho de que sus vehículos sí son, al menos según su argumentario comercial, autónomos. Por otro lado, los vehículos no disponen, aparentemente, de ninguna prestación que obligue al conductor a prestar atención o a llevar las manos en el volante, lo que podría incumplir algunas regulaciones de creación reciente: desde el accidente de un vehículo Tesla, la función Autopilot desarrollada por la compañía de Elon Musk obliga al conductor a llevar las manos en el volante, emite una alerta acústica si el conductor las retira, y detiene el coche al tiempo que pone en marcha las luces de avería si persiste en no hacerlo. En el caso de Uber, todo indica que este aspecto no se tiene en cuenta, lo que podría, según en qué estados, llegar a suponer un problema.

Otra posibilidad sería que el DMV pretendiese exigir la correspondiente licencia a Uber con el fin de estar completamente informada de las posibles incidencias de sus vehículos cuando circulan en modo autónomo o semiautónomo, con el fin de recopilar una bases de datos que permita tomar, por ejemplo, decisiones legislativas en el futuro, en lugar de simplemente tener una serie de posibles accidentes que podrían ser reportados como incidencias normales en el modo de conducción tradicional. Por qué la compañía se niega aparentemente a obtener la correspondiente licencia, de tramitación relativamente sencilla y económica, e insiste en su actitud desafiante ante el DMV arriesgándose a posibles sanciones es algo que, posiblemente, podría responder a sus intenciones de mantener los resultados de sus pruebas en privado, o bien, simplemente, al interés por generar polémica o atención en torno al tema, en el contexto de una compañía con cierta costumbre ya de litigar con las autoridades.

¿Cuándo debe considerarse autónomo un vehículo? ¿Simplemente cuando posee la tecnología para serlo? ¿Cuando puede operar íntegramente sin intervención humana? ¿O, sin más complicaciones… cuando el regulador dice que lo es? El desenlace, en los próximos días…

 

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Conducción autónoma: cambio de época

Waymo logoTal y como habían anunciado sus movimientos en el mercado de trabajo, Google cierra la fase en la que su división dedicada a la conducción autónoma fue considerada una tecnología experimental dentro de Google X, y hace un spin-off de la misma como nueva compañía bajo el paraguas de Alphabet: la nueva compañía se llama Waymo, y se encargará de comercializar la extensísima experiencia acumulada en conducción autónoma y de acelerar la llegada de ese tipo de vehículos al mercado, desde el punto de vista que siempre mantuvo: que no está en el negocio de construir coches, sino de construir mejores conductores para ellos, que releven completamente a las personas de la tarea de conducir.

Me parece completamente justo atribuir a Google el derecho de marcar este cambio de época: el anuncio del trabajo de la compañía en este ámbito en el año 2010 puede, a todos los efectos, considerarse como el momento histórico de toma de conciencia de muchos con la realidad de este tema, que seis años después está ya prácticamente preparado, desde el punto de vista de la tecnología, para tomar las carreteras, como más de tres millones de kilómetros conducidos atestiguan.

Pero para hablar de un cambio de época, no basta con que Google anuncie el spin-off de su división: hay que aportar más pruebas. Y esas pruebas vienen de múltiples sitios: por un lado, de nuevos entrantes como NuTonomy, que tras entrar en el mercado de Singapur, comienza sus pruebas en los Estados Unidos en un estado, Boston, que vio nacer a la compañía desde su incubadora en el MIT. O de la nueva compañía creada por Chris Urmson, el anterior director de la iniciativa de Google. O de compañías tradicionales de la industria del automóvil como GM, que va revelando detalles de su estrategia con respecto a los vehículos autónomos mientras su CEO, Mary Barra, en una larga y recomendable entrevista, habla de un futuro a “cinco años en los que veremos más cambios que en los anteriores cincuenta” en esta industria, y en el que el modelo de negocio de la compañía cambiará drásticamente para pasar a ofrecer servicios y abastecer flotas de vehículos que tendrán que actualizarse con más frecuencia, porque estarán en uso compartido prácticamente todo el tiempo. Ford, por su parte, no se queda atrás, y anuncia que empezará sus pruebas con vehículos autónomos en Europa a principios de este próximo 2017.

Hablamos de estados, territorios y ciudades que pugnan por convertirse en laboratorios de pruebas, como Ontario, en Canadá, o Michigan, en los Estados Unidos, aunque en realidad sabemos por el caso de Otto que estos permisos, en realidad, importan entre poco y nada, porque las compañías tecnológicas se los saltan alegremente para probar su tecnología. O de una Apple que, manteniendo su habitual estrategia de secretismo, sigue sin desvelar nada sobre sus intenciones, pero pide al gobierno norteamericano que le otorgue los mismos derechos para hacer pruebas y ensayos en este ámbito que tienen las compañías consolidadas de la industria.

Estamos entrando en una nueva época. Ya no hablamos de hipótesis y pruebas, sino de realidades tangibles. De la incredulidad, el “eso no puede ser y además es imposible”, el “seguro que eso solo funciona en algunos sitios muy concretos” y el “oh, dios mío, qué vamos a hacer si un algoritmo decide matarme“, pasamos a otra en la que el transporte se redefine completamente y algunas opciones como el compartir desplazamiento se vuelven, en algunos mercados, tan naturales, que las compañías tienen que pedir que no se utilicen sus vehículos para intentar ligar 🙂 En los mercados que lo vean venir, en los que las instituciones tengan una visión abierta y que propicie el cambio, esta fase de adopción será más rápida, y veremos usos mucho más eficientes de la vía pública y de los vehículos, menos atascos, menos accidentes y menos contaminación. En los que no quieran verlo o se aferren a la defensa de las opciones tradicionales “de toda la vida”… seguirán en el siglo pasado, utilizando sus vehículos un 3% escaso del tiempo, quemando gasoil como si no hubiera un mañana, metidos en atascos interminables, respiran y teniendo que imponer restricciones cada vez que la contaminación se dispara.

 

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