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La maldita actitud anti-tecnológica del Partido Popular

Twitter bird mugshotEl Partido Popular registra una proposición no de ley en el Congreso de los diputados con el fin de reformar la protección del derecho al honor, con la idea de aplicarla en las redes sociales. De nuevo, la estúpida idea de considerar eso que llaman “las nuevas tecnologías” siempre como una “terrible amenaza”, algo para lo que es “imprescindible” crear nueva legislación.

El derecho al honor está perfectamente legislado. Para mí, que incluso llegué al punto de ser llevado ante los tribunales por haber supuestamente “ofendido el honor” de una asociación de empresas (que lejos de tener ningún problema con “su honor”, me denunciaba simplemente para intimidarme y tratar de evitar que diese mi opinión sobre sus prácticas de negocio), está muy claro que el derecho al honor está incluso excesivamente legislado, llegando casi hasta la paranoia. Pensar en proteger aún más ese derecho al honor se me antoja una manera clarísima de crear instrumentos de censura, de dotarse de herramientas siguiendo el estilo del gobierno turco de Erdoğan, que permitan judicializar la conversación o pretendan convertir la falta de educación en delito. 

Francamente, una ley que haga más fácil denunciar a los ciudadanos cuando insultan a otros en las redes sociales es algo que me preocupa. No porque me gusten los insultos ni porque considere que deba protegerse de alguna manera al que insulta, sino porque estimo que el honor está ya suficientemente protegido, y que aquel que siente que la participación de un tercero en las redes sociales insulta su honor, tiene ya más que suficientes herramientas jurídicas como para reclamar protección. Si nos fijamos en la gran mayoría de las democracias modernas, lo normal no es dedicarse a endurecer la protección al honor ante la llegada de las redes sociales. Ese tipo de tendencias legislativas son, como todos los intentos por incrementar el control de la red, típicas de países como Turquía, Irán o China. Por algo será.

La mala educación, el mal gusto, las injurias o las ofensas en las redes sociales son un problema, sí. Como ya he dicho en muchas ocasiones, los protocolos de uso tardan mucho más en desarrollarse que las propias herramientas que los soportan. Que por alguna razón, una parte de la sociedad haya decidido ignorar las normas de educación que acordamos como sociedad a lo largo del tiempo para regular nuestro comportamiento y evitar que acabemos a bofetadas es, como tal, un problema, pero no un problema que no tenga solución con las herramientas legislativas con las que ya contamos. Estamos de acuerdo: la sinceridad está sobrevalorada. Aunque pienses que alguien es un imbécil, nada te obliga a decírselo en público, y de hecho, lo normal, considerando unas normas de buena educación que no están ahí por casualidad, es que no debas decírselo, por mucho que creas que le haces un favor diciéndoselo. Lo más normal es que la persona, ademas, no quiera que se lo digas, y de hecho, le moleste, o incluso piense que ofendes a su honor. Pero un insulto es un insulto, sea en la red, en un periódico o en la calle, y pretender que “las nuevas tecnologías” (¿cuántos malditos años tiene que tener una tecnología para que el Partido Popular deje de considerarla “nueva”?) son de alguna manera “un entorno diferente” para el que es preciso crear legislación especial es un error. Y además, potencialmente muy peligroso.

El intento de endurecer la protección del derecho al honor es, simplemente, una forma de dotarse de herramientas para procesar a aquellos que digan algo que nos parece mal. Una manera mal entendida de intentar elevar las barreras de entrada, de pretender que la buena educación surja por el método del palo. No, la buena educación no se consigue con amenazas de “te meteré en la cárcel si te portas mal”. Es precisamente lo que hacía falta en España y lo que sin duda arregla nuestros problemas: una ley especial para meter en la cárcel a usuarios de redes sociales. Y más cuando ya existen suficientes leyes que permiten castigar ese tipo de delitos… cuando lo son.

Me preocupa seriamente que el partido en el gobierno en mi país muestre una actitud ante la tecnología que siempre comience con lo malo, con la preocupación, con los supuestos peligros. ¿No sería más lógico pensar en las redes sociales como una manera de captar opinión, o como una forma de comunicar con los ciudadanos, como hace el gobierno norteamericano? ¿Vemos acaso en los Estados Unidos leyes para proteger más aún el derecho al honor? ¿O más bien al revés, vemos como se obsesionan por proteger la libertad de opinión? ¿Tiene sentido que siempre que el partido en el gobierno mencione algo que tenga que ver con la tecnología lo haga para intentar “protegernos de sus supuestos peligros”? ¿No es esa una actitud cansina y profundamente reveladora? Por favor, la tecnología está cambiando el mundo tal y como lo conocemos en muchísimos sentidos, y todo lo que el Partido Popular piensa es en “cómo protegerse de todos esos cambios”!! ¿Qué diablos de actitud es esa?

Y por cierto, Partido Popular… la mejor forma de proteger el honor es comportándose sistemáticamente de manera honorable.

 

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El poder político y la web social

Social media tools in Turkish coup (IMAGE: E. Dans)Si algo ilustra las contradicciones entre una clase política mayoritariamente anclada en el pasado y el poder de la web social es el fallido golpe de estado en Turquía de la semana pasada. Recep Tayyip Erdoğan, un mandatario efectivamente elegido en unas elecciones democráticas, pero con un horrible pasado teñido de la peor censura de las redes sociales, con una actitud hacia el control de la información que lo sitúa al mismo nivel de los más feroces totalitarismos.

Hablamos de un político que en su momento, mientras gaseaba y apaleaba manifestantes en Gezi Park, consideró literalmente que “ahora existe una amenaza llamada Twitter. Allí se pueden encontrar los mejores ejemplos de mentiras. Para mí, los medios sociales son la peor amenaza para la sociedad”. La ironía de que ese mismo político sea “salvado” en último término de un golpe de estado gracias a que es capaz, en su desesperación, de recurrir a herramientas sociales como Twitter, Facebook o FaceTime para pedir a sus ciudadanos que salgan a la calle a defenderlo es algo que quedará para la historia.

El relato de aquella noche permite ver cómo los militares intentaron bloquear herramientas como Facebook, Twitter o YouTube, para encontrarse con una población que, gracias a los anteriores intentos de bloqueo llevados a cabo por Erdoğan, era ya experta en romper esos bloqueos y convertirlos en inútiles mediante procedimientos de todo tipo. El golpe de estado en Turquía es el primer evento político relevante retransmitido en vertical, a través de cientos de pantallas de smartphones con Periscope, Facebook Live y otras herramientas similares. En un momento dado, los militares trataron incluso de bloquear las emisiones de medios de comunicación convencionales como CNN Türk, para encontrarse con que los mismos periodistas cuya actividad era interrumpida por su entrada continuaban con el informativo en el mismo punto donde lo habían dejado, pero utilizando Facebook Live: toda una metáfora del poder de la web social.

La experiencia turca cambia todos los manuales anteriormente escritos sobre cómo dar un golpe de estado, sobre la necesidad de poner bajo control a los líderes de la disidencia y a los medios de comunicación, y permite que un presidente que anteriormente despotricó contra la web social sea capaz de salvar su continuidad precisamente gracias a su uso. El futuro para Turquía, en cualquier caso, parece de todo menos alentador: las primeras medidas tomadas por Erdoğan son una fortísima purga en estamentos judiciales, policiales y militares. Todo indica que al intento de golpe de estado militar le está siguiendo un nuevo golpe de estado, esta vez protagonizado por el propio Erdoğan. 

¿Puede esperarse de alguna manera que la posición de Erdoğan con respecto a la web social cambie? En modo alguno. Las relaciones entre los políticos con tendencias totalitarias y la web social no funcionan en términos de gratitud, sino del más profundo utilitarismo: si la única manera que tengo de llegar con mis mensajes al pueblo es a través de esa herramienta del demonio llamada Twitter – o Periscope, o FaceTime, o Facebook Live, o lo que me pongan en las manos en ese momento – que una vez prohibí, lo haré porque estoy en medio de una emergencia, pero eso no quiere decir que cambie mis posiciones sobre lo malo que es que los medios de comunicación carezcan de barreras de entrada. De hecho, si ahora, al ver las consecuencias del intento de golpe militar y las reacciones posteriores del régimen, algunos segmentos de la población comenzasen a utilizar las herramientas de la web social para protestar contra los abusos, a Erdoğan no le temblaría el pulso para volver a prohibirlas. De hecho, estoy seguro de que lo volverá a hacer, más pronto que tarde. Desgraciadamente, esto de Turquía no puede tener buen final. 

Lo escribí en su momento, cuando los sucesos en Gezi Park: para un político, hay cosas que son como la prueba del nueve, la confirmación de tendencias que nunca deberían estar presentes en un mandatario público, y los intentos de censura de la web social caen claramente en esa categoría. Nunca, nunca sin ninguna posibilidad de excepción,confiemos en políticos que amenacen con censurar o tratar de poner bajo control la web social.

 

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La transformación digital y las señales de alarma

Old computers Echa un ojo al artículo sobre la modernización tecnológica de la Casa Blanca, una de las cuestiones que la administración Obama espera legar al futuro tras considerar que la tarea de gobernar el país más poderoso del mundo no podía llevarse a cabo de ninguna manera con viejos monitores de tubo, teléfonos de sobremesa que ya prácticamente nadie en la casa sabía programar, redes de conexiones que se caían a cada momento o metodologías y flujos de información basadas en tecnologías del siglo pasado. Sí, cuando hablamos de transformación digital, de cambios metodológicos y de adaptación de las empresas y de sus trabajadores al entorno que les rodea, debemos tener en cuenta que la mismísima Casa Blanca, el sitio donde se toman algunas de las decisiones más importantes del mundo, estaba en ese lamentable estado. ¿Está tu compañía en una situación similar?

Después, lee las noticias sobre la filtración a la red, en abierto, de la base de datos que contiene la información personal (nombre, apellidos, número de documento nacional de identificación, domicilio completo, nombres de los padres, ciudad y fecha de nacimiento… ) de la totalidad de los cincuenta millones de ciudadanos de Turquía. Vaya, parece que la Casa Blanca no era el único gobierno del mundo en no tener sus sistemas puestos al día y en estado de revista. Y no creas lo que te dice el responsable de seguridad: las cosas no se arreglan sermoneando a tus empleados para que pongan contraseñas que contengan signos, mayúsculas, minúsculas y sonidos guturales y que cambian cada quince días… los sistemas que para aspirar a utilizarlos de manera segura nos obligan a hacer cosas rarísimas e infumables no tienen ningún sentido. A lo mejor es una cuestión menos de recetas mágicas, y más de didáctica…

Y ahora, plantéate la posible relación entre una cosa y otra, y cuándo, porque si no haces nada es simplemente una cuestión de tiempo, una cosa así va a ocurrir en tu compañía. Llevamos años posponiendo reformas absolutamente necesarias en nuestras empresas. Cada vez que me encuentro con alguien que entra en mi página con Windows XP, un sistema operativo del año 2001 que ya no recibe ni soporte, me encuentro en la tesitura que, en realidad, pedir a esos usuarios que actualicen su sistema para poder entrar en mi página es chocar con las absurdas e inconscientes políticas corporativas que los mantienen en la edad de piedra tecnológica y completamente vulnerables ante cualquier delincuente digital de medio pelo. No, lo más normal es que no sean los empleados, sino alguna absurda gestión de prioridades sin criterio decidida por algún directivo que aún cree que los ordenadores son simples máquinas de escribir sofisticadas lo que los mantiene en tan lamentable estado. Si apilas la tecnología de tu empresa en un montón… ¿te queda algo como lo de la fotografía, listo para que se lo lleven al Punto Limpio más cercano? ¿Tienen la mayoría de tus empleados mejor tecnología en sus casas y en sus bolsillos de la que tú les das para que hagan su trabajo?

Y no, transformación digital no es simplemente actualizar tus sistemas, tirar los viejos y comprarlos nuevos. Ese error ya lo hemos cometido antes. No es (solo) cuestión de hardware y software. Es repensar completamente tus flujos de información y tus dinámicas de trabajo para tratar de exprimir todo lo posible las ventajas de la digitalización. Es evitar que la información emprenda viajes sin retorno para fosilizarse sobre pedazos de árboles muertos. Es estar dispuestos a cambiar procedimientos seculares, a enfrentarse a actitudes del tipo “es que siempre se ha hecho así”, a dinámicas sociales absurdas de presentismo o a requisitos anacrónicos que nadie ha revisado desde hace décadas, y ser capaz de abrir la mente a posibilidades que, seguramente, ni se te hayan pasado por la imaginación. Es plantearte en qué lugar queda tu compañía cuando alguien con una perspectiva externa la mira desapasionadamente y dice eso de… ¿pero de verdad hacéis aún las cosas así? ¿Cómo plantearte atraer talento, o siquiera retener a los buenos, si en tu compañía os seguís dedicando a mover papeles de un sitio a otro y trabajando igual que hace diez, quince o treinta años? ¿Podrías explicarle a un adolescente cómo se trabaja en tu compañía sin que te diera vergüenza? ¿Podría ese adolescente proponer mejoras en tus metodologías y esquemas de trabajo simplemente basándose en la más pura lógica y sentido común de quien las piensa desde una mentalidad abierta? Transformación digital es replantear tu negocio con una óptica nueva y filtrarlo a través del tamiz de las posibilidades que ofrece la tecnología actual.

No es tarea sencilla, no es para explicarlo en dos tardes, y no está al alcance de cualquiera. Pero hay que ponerse con ello. Ya. No mañana, ni al otro. Ya. La brecha entre tu compañía y la realidad crece cada día. Si desoyes las señales de alarma, hazlo a tu propio riesgo…

 

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Con China como bola de cristal

IMAGE: Rudall30 - 123RFWeChat, una de las aplicaciones de mensajería instantánea más populares en China, decide eliminar las cuentas de Uber en su servicio, debido sencillamente a que Tencent, la empresa propietaria de WeChat, es uno de los principales inversores en Didi Kuaidi, empresa que surge de la fusión de otras dos, que ofrece en China un servicio idéntico al de Uber, y que afirma tener una cuota de mercado del 83%.

La medida, que había tenido un precedente con un bloqueo temporal el pasado marzo que Uber definió como un intento de distorsionar el panorama competitivo, supone el bloqueo arbitrario de las cuentas de un competidor en una guerra comercial, y tiene otros precedentes en el país: el mayor sitio de comercio electrónico, Taobao, propiedad de Alibaba, bloqueó las visitas procedentes de WeChat en el año 2013, para encontrarse posteriormente con un bloqueo de Tencent a Xiami Music, un servicio de streaming adquirido por la Alibaba hacía poco tiempo, o con su ubicuo servicio de pago Alipay también bloqueado por JD.com, una de las páginas más importantes de comercio electrónico, e igualmente propiedad de Tencent.

Medidas de este tipo, bloqueos artificiales y arbitrarios de servicios en función de posiciones o guerras comerciales, son lo más opuesto a la idea de una internet abierta que existe. Internet triunfó precisamente por su neutralidad, por su capacidad de llevar bits de un sitio a otro independientemente de su naturaleza, procedencia o significado. Obviamente, hablar de una internet abierta y libre en China, país que gestiona el mayor y más restrictivo firewall del mundo para bloquear el acceso a determinada información, resulta completamente absurdo, por mucho que a la inmensa mayoría de los ciudadanos chinos parezca no preocuparles.

Pero el problema no es el Great Firewall of China o las desmesuradas prácticas comerciales de los gigantes de la internet de ese país. El verdadero problema es la tendencia que vivimos, en la que China no se convierte en un país reaccionario, sino en uno visionario. El verdadero problema es que China está funcionando como una verdadera bola de cristal en la que aparece premonitoriamente nuestro futuro. Que evolucionamos hacia una internet cada vez menos abierta y menos libre, en la que nuestra capacidad de acceder a determinados servicios dependerá de qué empresa nos proporciona el acceso y qué acuerdos comerciales tiene.

No lo olvidemos: hace años, hablar de grandes sistemas de bloqueo de contenidos a nivel nacional era sinónimo de una barbaridad liberticida y algo que solo ocurría en países de baja o nula calidad democrática, como es el caso de China. Ahora, pocos años después, tenemos sistemas de bloqueo de contenidos de ese tipo en cada vez más países, con el fin de evitar el acceso de sus ciudadanos a determinados contenidos por cuestiones que van desde la supuesta protección de los niños hasta cuestiones comerciales relacionadas con el copyright y las restricciones territoriales. Si estás en Alemania, te encontrarás con que hay infinidad de vídeos que no podrás ver en YouTube. Si intentas entrar en determinadas páginas para adultos en el Reino Unido, o en The Pirate Bay en una amplia variedad de países, no podrás hacerlo, porque el proveedor de turno ha sido obligado por medidas gubernamentales para participar en un esquema que recuerda sospechosamente al que antes tanto criticábamos en China. Oficialmente, internet está sometida a censura en el Reino Unido. Que Turquía bloquee YouTube, Twitter u otros servicios ya es considerado algo habitual, sea porque aparecen algunos vídeos en los que supuestamente se insulta a Atatürk o porque se comentan las acusaciones al primer ministro de corrupción, y que el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos declare varios años después que esos bloqueos fueron ilegales no parece que vaya a tener absolutamente ningún efecto. Igualmente, la reciente aprobación de un paquete legislativo en el Parlamento Europeo que hace que desaparezca de facto la neutralidad de la red posibilita que, en breve, empecemos a encontrarnos cómo la empresa que nos proporciona el acceso pueda decidir que determinados servicios que compiten con los suyos se vean mal o no se vean, o que no tenemos derecho a entrar en según qué páginas.

Sea por cuestiones comerciales, por restricciones gubernamentales o por intereses de otro tipo, lo cierto es que cada vez nos alejamos más de lo que internet un día fue: una red abierta, en la que los bits circulaban libres y podíamos acceder a toda la información del mundo. Ahora, que idiotas como Donald Trump quieran “llamar a Bill Gates para que cierre internet” nos hace gracia. Pero dentro de no mucho tiempo, escenarios como el descrito en China, con bloqueos de determinadas páginas y servicios por parte de proveedores de acceso o de otros medios de comunicación entre usuarios serán normales, y empezaremos a ver cómo aquellos hogares que tienen contratado el acceso con una compañía no pueden acceder a páginas de otras. Y lo peor es que lo veremos como algo normal.

Cada día, sencillamente, nos parecemos más a China, convertida ya en un auténtico entorno visionario, en la bola de cristal en la que parece que tenemos que mirar nuestro futuro. ¿Pesimista? Sí, pero me temo que muy real. Qué triste es todo. Qué jodidamente triste. 

 

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