Category Archives: technology

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Tech for President…

IMAGE: Scott Van Blarcom - 123RFSon ricos, populares, con millones de seguidores, con probada capacidad de gestión, y con preocupaciones declaradas en el ámbito sociopolítico que van mucho más allá de sus negocios. ¿Podrían estar empezando a desarrollar ambiciones políticas?

Cuando empiezas a ver artículos reclamando la presencia de líderes tecnológicos o de científicos en la escena política, unidos a hipótesis sobre una posible candidatura de Mark Zuckerberg en 2020 o incluso a análisis sobre sus posiciones políticas en temas como medio ambiente, salud, inmigración, justicia e igualdad, tecnología, seguridad o economía, parece claro que se está generando un estado de opinión que reclama soluciones, como mínimo, diferentes.

Posiblemente influya el hecho de que los Estados Unidos hayan escogido sin duda al peor presidente de toda su historia, un hombre de negocios fracasado capaz de quebrar desde hoteles a casinos y tan profundamente irresponsable y populista que da miedo: decididamente, hablamos de un país en el que literalmente cualquiera puede ser presidente. Ante una evidencia así, la idea de que Trump sea sucedido, en una brutal oscilación del péndulo político, por un tecnólogo con probada capacidad de gestión con una idea mucho más ajustada de la importancia de las cosas en el mundo en que vivimos podría llegar a resonar razonablemente bien con una parte significativa de un electorado profundamente desencantado, que ya ha tenido la oportunidad de comprobar qué puede llegar a ocurrir cuando algo tan importante como la política se deja en manos de payasos.

Ver líderes políticos incapaces de entender el mundo actual se está convirtiendo en algo tristemente habitual. En el Reino Unido, ver a Theresa May o a su ministra de Interior, Amber Rudd, probando ser manifiestamente incapaces de entender con un mínimo de criterio el dilema del cifrado, o al ministro de Transporte indio, Nitin Gadkari, afirmar sin despeinarse que jamás permitirá la entrada de ningún vehículo autónomo en su país, uno de los de mayores tasas de siniestralidad vinculada con el automóvil del mundo, porque eso “elimina puestos de trabajo“, puede darnos una idea de lo bajo que está el nivel de comprensión de la tecnología entre una parte muy significativa de la clase política. Una falta de comprensión que, cada día más, terminamos por padecer todos. 

¿Llegaremos a ver a un tecnólogo al frente de la Casa Blanca?

 

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Más sobre esos nativos digitales que no existen

IMAGE: Atomicbhb - 123RF

Adrián Cordellat me entrevistó por teléfono para Madresfera sobre el mito de los nativos digitales y los problemas derivados del mismo en la educación, tanto en las familias como en los colegios, al hilo de la publicación del libro “Los nativos digitales no existen“, para el que escribí el prólogo. La publicó ayer bajo el título “Enrique Dans y los nativos digitales“.

Hablamos, sobre todo, del tremendo error de partida que supone pensar que nuestros hijos están de alguna manera mejor preparados para la tecnología por el hecho de haber nacido en una época en la que esa tecnología forma parte habitual de su entorno. Esa omnipresencia consigue que no les parezca un elemento extraño, pero en modo alguno los prepara para su uso: creer que van a ser más hábiles y tener más facilidad por el simple hecho de haber nacido en un año determinado implica no entender nada bien los mecanismos de la evolución de las especies.

No, nuestro hijos no tienen ningún tipo de modificación genética que los prepare mejor para el uso de la tecnología. Ninguno. Si te parece que son muy hábiles, eso se debe fundamentalmente a tres cuestiones: una, que no ven los dispositivos como un elemento extraño porque viven rodeados de ellos. Dos, que esos dispositivos están muy bien fabricados y programados, y su uso resulta cada día más intuitivo para cualquiera, sobre todo si no tienes que “desaprender” con respecto a tecnologías anteriores. Y tres, que muy posiblemente, tú mismo te ves tan torpe en su manejo, que cualquier cosa que tus hijos hagan con un dispositivo te parece que los cualifica poco menos que para ser seleccionados por la NASA.

Por mucho que nos satisfaga en nuestro ego pensar que nuestros hijos son unos superdotados tecnológicos y podrían casi graduarse ya como ingenieros de cohetes, no es así. El problema del mito de los nativos digitales es que nos resulta enormemente cómodo: por un lado nos hace sentir bien porque a cualquier padre o madre le encanta sentir que sus hijos son maravillosos y listísimos, y por otro, nos hace pensar que finalmente, tras muchas generaciones buscándolo, hemos conseguido encontrar el “botón apaganiños”: basta con darle al niño un dispositivo con una app determinada cuando está dando la lata en un restaurante, para que automáticamente se quede sentadito en su silla o en un rincón y no lo volvamos a oír. No, perdona: si tus hijos son completamente incompatibles con la vida civilizada en cuanto los sacas de casa y los llevas a un restaurante, lo que tienes que hacer no es intentar apagarlos con un dispositivo, sino lisa y llanamente, educarlos. La tecnología nunca debe ser un sustitutivo de la educación.

¿Hay riesgos en la tecnología? Sí, por supuesto. Como en todo. Como en salir a la calle, como en hablar con desconocidos o como en ver la televisión. ¿Hay un pederasta colgado en cada poste, acechando a nuestros hijos? No, pero hay que explicarles que existen pederastas, y que en cuanto tengan la más mínima sospecha, tienen que contárselo inmediatamente a sus padres. ¿Existe el cyberbullying? Por supuesto, como existía el bullying antes de que hubiese internet, aunque le diésemos un nombre diferente… pero cuando veo problemas con adolescentes sometidos a cyberbullying, no puedo evitar pensar siempre lo mismo: ¿dónde diablos estaban esos padres que ni fueron capaces ni de estar ahí disponibles para comentar los problemas de sus hijos, y que ni siquiera se dieron cuenta por las señales externas de que los estaban sufriendo? No, educar a un hijo no es darle un ordenador y dejarlo que aprenda a usarlo sin supervisión “porque es un nativo digital”. Educar a un hijo es otra cosa, y tiene poco que ver con la tecnología o con instalar un maldito filtro parental. Es una actitud.

Utilizar los dispositivos como apaganiños o como baby-sitter es una completa irresponsabilidad. Pero peor aún es considerar que “la tecnología es peligrosa” y tratar de mantenerlos lejos de ella. Eso sí resulta profundamente irresponsable y absurdo. Nuestra comprensión de la tecnología tiene que comenzar por pensar que es un elemento permanente de nuestra sociedad actual y futura, y que lo que tenemos que hacer con ella es aceptarla y preparar a nuestros hijos para ella. La primera regla básica es entender que el mayor riesgo de la tecnología para nuestros hijos es que se mantengan alejados de ella.

A partir de ahí, planteémonos que la tecnología, como cualquier otro entorno, precisa de un acompañamiento responsable, de una dedicación de tiempo y recursos, de una didáctica y de una serie de reglas. Si alguna de esas cosas no te parece importante, lo que deberías revisar no es la tecnología, sino tu carnet de progenitor, que desafortunadamente es expedido sin ningún tipo de requerimiento previo. En octubre de 2015, antes de que el libro estuviese siquiera en fase de idea, escribí un pequeño decálogo sobre niños y tecnología al hilo de una conferencia que estaba preparando, en el que avanzaba muchas de las ideas que comento en el prólogo del libro, y que anteriormente había reflejado también en una entrevista con Marcos López, de Adolescentes y más, titulada “Los nativos digitales no existen, son puro mito y su educación no es más sólida“.

Las ideas son las mismas: no existe ninguna “codificación genética” en nuestros hijos que los prepare especialmente para la tecnología, y hacer dejación de nuestras funciones de supervisión y educación en este aspecto es irresponsable y absurdo como padres, como profesores y como país. Según mi experiencia en universidades españolas, en muchos casos el daño ya está hecho: muchos jóvenes son tan ignorantes y están tan poco preparados para desarrollarse en entornos tecnológicos como lo están sus padres, con un agravante: ahora, además, se creen “expertos” porque saben hacer cuatro tonterías en WhatsApp y en Snapchat. Jóvenes que desprecian las redes sociales, que desconocen o ningunean el potencial de determinadas herramientas, y que pretenden “estar de vuelta de todo” cuando ni saben hacer la O con un canuto. De querer tener “la generación mejor preparada de la historia”, a criar, salvo excepciones, una panda de ignorantes que encima se creen ingenieros de cohetes, y que resultan si cabe más fáciles de manipular que sus padres porque no son capaces de diferenciar una noticia falsa o una esponsorizada, desconocen la importancia del fact-checking o de la validación de fuentes, y se creen a pies juntillas el primer resultado de cualquier búsqueda.

Es el momento de concienciar a quien pueda ser concienciado: padres, educadores, profesores a todos los niveles, legisladores buscando la enésima modificación de las políticas educativas… no, los nativos digitales no existen. La tecnología, como la física o las matemáticas, hay que explicarla, hay que entrenarla y hay que convertirla en materia fundamental, troncal y evaluada, porque vivimos en un mundo gobernado en gran medida por nuestra interacción con ella, y porque son muchas las claves de futuro que dependen de ella. No es simplemente “poner dispositivos y ya está”. Veremos si hay alguien con altura de miras al otro lado…

 

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La actualización tecnológica y el dilema de la propiedad

IMAGE: Maridav - 123RFUna contestación de Elon Musk a través de Twitter al propietario de un Tesla que pedía opciones para modernizar su vehículo con el fin de poder incorporar al mismo algunos de los nuevos desarrollos pone de manifiesto el cada vez más acuciante dilema entre adquirir productos basados en tecnología – cada vez más, la práctica totalidad de los productos – frente a alquilarlos, a pagar una cuota por disponer del derecho a utilizarlos.

La contestación de Musk es absolutamente clara y categórica: la velocidad de innovación es absolutamente clave para la compañía, sus vehículos van a ofrecer actualizaciones importantes cada 12 ó 18 meses, y aplicar los recursos necesarios para poder ofrecer opciones de actualización a vehículos vendidos anteriormente implicaría que el ritmo de innovación cayese drásticamente. Por tanto, según Musk, un Tesla, a pesar de su elevado precio, es un vehículo que está destinado a quedarse obsoleto – o al menos, a no poder incorporar los últimos desarrollos creados por la compañía – en cuestión de un año o año y medio desde la fecha de su adquisición, y si alguien no lo ve así y esa situación le va a suponer algún tipo de frustración, es posiblemente mejor que adquiera un vehículo de otra marca. Muchos opinan que el futuro consiste en que los automóviles terminen siendo vendidos a operadores de flotas capaces de amortizarlos con un uso continuo, en lugar de ser adquiridos por usuarios finales cuyas necesidades de transporte ocupan generalmente menos del 5% del tiempo de uso del vehículo y tan solo una fracción de su capacidad: si la evolución tecnológica nos lleva a plantearnos el transporte como un servicio en lugar de como un producto, las decisiones de renovación del parque pasarían a ser una variable financiera en manos del operador, que puede plantearse otros canales para dar salida a los vehículos parcialmente amortizados, o simplemente proceder a su reciclado.

El planteamiento es aparentemente similar al de los productos ofrecidos por otra de las compañías de Musk, Solar City: las instalaciones de generación de energía solar. Cambiar el tejado de una vivienda es una opción que supone una inversión relativamente elevada que debe amortizarse mediante el ahorro generado por la propia instalación a lo largo del tiempo. Pero los equipos de generación de energía solar están sujetos a una ley de Swanson que implica que su precio disminuye aproximadamente a la mitad cada diez años al tiempo que se incrementa su eficiencia, lo que implica que quien invierte en una instalación de este tipo podría encontrarse con un nivel de obsolescencia que recomendase su reemplazo al cabo de los años. Con las baterías y acumuladores ocurre un problema similar: su vida útil se mide en ciclos de carga, lo que la convierte en limitada. Algunas compañías, con el fin de reducir el impacto inicial del coste de los materiales y de la instalación, ofrecen alternativas como la de que sea la compañía la que alquila el espacio en el tejado de la casa o las baterías y explota la electricidad producida, de manera que el propietario del inmueble paga únicamente una cuota en la que se incorpora su ahorro energético. En esas condiciones, es la compañía la que decide en qué momento el diferencial de eficiencia recomienda proceder al reemplazo de las instalaciones, al tiempo que plantea otras opciones para cuando las condiciones climáticas no permiten generar suficiente energía. Un negocio fundamentalmente financiero, que trata de hacer accesible la energía solar a más usuarios.

¿Veremos ese tipo de fórmulas y opciones en gamas de productos cada vez más amplias? Llevándolo a otro nivel de gasto inferior, resulta interesante ver como Apple, por ejemplo, dispone en algunos países de un iPhone Upgrade Program en el que ofrece a los usuarios convertir la posesión de un iPhone en un leasing en el que pagan una cantidad mensual, pero reciben un terminal nuevo cada vez que la marca lo pone en el mercado. ¿Nos aboca el rápido progreso tecnológico a un futuro en el que, con el fin de protegernos de la obsolescencia, tenderemos a alquilar en lugar de comprar?

 

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El problema de la tecnología

Caïn (by Henri Vidal, Jardin des Tuileries, Paris) La tecnología define contextos. El contexto en que vivimos está, desde todos los puntos de vista, afectado y condicionado de una manera fundamental por la tecnología que nos rodea, y así ha sido desde los orígenes: el desarrollo de la tecnología que permitió dominar el fuego modificó el contexto en que vivían los hombres de su tiempo y afectó poderosamente a su civilización.

El hecho de ser capaces de gestionar algo que hasta ese momento se consideraba simplemente un fenómeno natural, que surgía espontáneamente y sin control alguno – supuestamente por algún tipo de “intervención divina” utilizada para explicar lo inexplicable –  posibilitó infinidad de usos importantísimos y beneficiosos, como la capacidad de calentarse o de cocinar los alimentos, que afectaron de manera radical y enormemente positiva a las condiciones de vida. Pero obviamente, surgieron rápidamente quienes vieron la posibilidad de utilizar la tecnología como un instrumento para el mal, para aprovecharse de ella, para obtener beneficios personales o para imponerse a otros. A lo largo de la Historia, ambos usos convivieron, aunque algunos fueron, progresivamente, objeto de control: en las sociedades modernas, utilizar el fuego para determinados usos no está permitido, y la ley castiga esos usos entendiendo que aquellos que recurren a ellos no pueden vivir libremente en sociedad. Los incendiarios, los que usan el fuego como arma o los que destruyen propiedades con él son detenidos y pagan sus penas recluidos en la cárcel o, si su trastorno es mental, en las instituciones adecuadas.

Para llegar a ese consenso social, han tenido que pasar muchos años desde que la tecnología fue desarrollada. Largos años en los que la sociedad fue interiorizando el uso de esa tecnología, alcanzando a comprender sus posibilidades, en los que esa tecnología fue probándose valiosa para dar origen a nuevos usos, a nuevos negocios, y también, por supuesto, acabando con algunos otros. De ser algo restringido prácticamente al control del brujo de la tribu, el fuego se simplificó hasta el punto de obtenerse simplemente deslizando un dedo sobre la ruedecilla de un mechero, y a lo largo de ese continuo, también fue normativizándose cada vez más, poniéndose bajo control a medida que la sociedad consensuaba sus usos y los ponía bajo el prisma de la convivencia.

Ese mismo camino, de una manera o de otra, es recorrido por todas las tecnologías. Con mayor o menor velocidad, en función de la importancia de la tecnología, de lo radical de sus efectos, del grado de consenso que genere su aceptación. La tecnología que en su momento se inventó para que los participantes en un entorno determinado compartiesen su comunicación y sus relaciones, aquellas redes sociales que se iniciaron con apariencia superficial en campuses universitarios o que se dedicaban simplemente a compartir información personal, hoy son enormes plataformas que acomodan toda la comunicación humana, en donde miles de millones de personas se relacionan y informan, y todo ello cuando hace tan solo unos pocos años las veían como algo completamente prescindible, cuyo uso debía prohibirse en entornos profesionales, o como un entorno sencillamente frívolo. La tecnología ha avanzado hasta extremos increíbles, pero la interiorización de su uso y sus posibilidades a nivel de consenso social aún dista mucho de haber alcanzado la madurez. De hecho, hoy conviven en la misma sociedad personas que ni se acercan a una red social y la consideran algo completamente prescindible, con otras que las ven casi como la razón de muchos de sus comportamientos, junto con un amplio continuo que ven a unos o a otros como trogloditas o como completa e irremisiblemente alienados.

Las redes sociales poseen muchos aspectos positivos. Su capacidad de democratizar las herramientas de publicación ha cambiado la sociedad en la que vivimos en un tiempo récord, ha permitido que determinados países acabasen con regímenes tiránicos que tenían a los medios de comunicación bajo control – no entro en la evolución posterior de esos eventos – y ha posibilitado que los mapas mediáticos que conocimos durante décadas se hayan redefinido dramáticamente. Pero a medida que ese tipo de usos se han desarrollado, también han aparecido otros usos. A medida que las cabeceras convencionales dejaban de servir como garantía, algunos aprovecharon la difusión que las plataformas sociales podían ofrecerles para difundir noticias falsas, para fines que van desde lo económico hasta lo político, o combinaciones lineales de ambos.

Mark Zuckerberg's death (Ned Newhouse, ‏@Ned_Newhouse, on Twitter)Si interrumpimos la redacción de esta entrada para lamentarnos por la prematura muerte, a los treinta y dos años, del creador de Facebook, Mark Zuckerberg, debido a complicaciones cardiovasculares, seguramente todos sabremos ya a qué nos referimos. Después de todo, devorar kilos y kilos de carne de delfines aún vivos no podía ser una práctica saludable. El hecho de que la propia entrada en la que Mark Zuckerberg anuncia el pronto desarrollo de medidas para luchar contra la desinformación y la circulación de noticias falsas en Facebook apareciese, para muchos usuarios, flanqueada por una noticia falsa que anunciaba la supuesta muerte de Hugh Hefner para tratar de vender productos para la disfunción eréctil proporciona una clara medida de cómo de serio se ha vuelto el problema.

El estudio de BuzzFeed que demuestra que la circulación de noticias falsas en Facebook contra la campaña de Hillary Clinton supero por mucho a la circulación de noticias genuinas no resulta sorprendente: hemos visto cosas similares en elecciones en otros países anteriormente, y si no se hace nada por evitarlo, las seguiremos viendo, con cada vez más profusión. La pérdida de las referencias de fiabilidad – en parte por la inadaptación de los medios convencionales y en parte por su propia caída en desgracia y su venta a intereses de todo tipo – se ha visto acompañada de la aparición de un nuevo medio, las redes sociales, con un supuesto espíritu de “plataforma neutral”, con un ambiguo sistema de valores, amorfo y vagamente definido, que no ofrece garantía alguna y que, en ausencia de otros controles, alimenta a cada uno con aquello que quiere creer, con la creencia que quiere reforzar, con la cámara de resonancia social que necesitaba para justificar sus ideas – por absurdas o salvajes que puedan ser.

Luchar contra la difusión de noticias falsas como si no lo fueran – no contra la sátira, el humor del color que sea o contra la libertad de expresión – empieza, en primer lugar, por entender que es algo necesario. Mientras un porcentaje significativo de la población vea Facebook como una plataforma en la que debe vale todo y en la que eliminar cualquier cosa sea sinónimo de censura, será muy difícil hacer nada que obtenga un cierto consenso social. Además, será preciso combinar medios y sistemas que van desde lo social – peer-review, reporting, métricas sociales de prestigio, etc. – hasta lo tecnológico – machine learning para el reconocimiento de patrones de difusión viral, comprobación contra bases de datos, procesamiento de lenguaje natural, etc. – y que tendrá necesariamente, al menos por el momento, que llegar a la supervisión final de las personas.

No va a ser fácil, y sabemos perfectamente que los que explotan ese tipo de debilidades de la tecnología tienen incentivos sobrados para intentar moverse más rápido que las medidas adoptadas. Pero es preciso hacer algo, porque nos enfrentamos a eso, a un mal uso de la tecnología diseñado para atentar contra la sociedad, para corromper la democracia o para manipular con fines que rara vez podrán ser considerados lícitos. Si las redes sociales se convierten en el nuevo canal de distribución de noticias, habrá que conseguir dotarlas de mecanismos de control similares – o preferentemente, incluso mejores, que para eso le llamamos “avance tecnológico” – a los que teníamos con los canales anteriores. Y ojo: la prensa nunca fue capaz de evitar la creación y difusión de noticias falsas, pero sí las confinó a ámbitos, como los tabloides sensacionalistas, en los que su naturaleza aparecía razonablemente clara. Seguramente, la solución vaya por ahí, por etiquetar las noticias con indicaciones claras que indican su nivel de credibilidad, en castigar a las publicaciones reincidentes con clasificaciones bajas que impidan una difusión masiva, o con crear sistemas de karma que dejen claro la naturaleza de lo que nos encontramos en nuestros muros. En este momento, no lo olvidemos, las noticias falsas no solo no son castigadas, sino que son de hecho premiadas con más seguidores, más likes y más viralidad. Cambiar eso depende no solo de las redes sociales y de sus gestores: depende de todos. Pero al final, las redes tendrán que seguir dando basura al que realmente quiera consumir basura, pero al menos tendrán cierta obligación de indicarle la naturaleza de aquello que consume.

El anuncio filo-nazi aparecido en Twitter o las noticias falsas en Facebook son simplemente un síntoma de algo más amplio: la aparición de personas dispuestas a aprovechar las debilidades de canales prácticamente recién creados, y cuyos sistemas de defensa ante determinadas actuaciones no estaban desarrollados aún. Es el momento de empezar a desarrollarlos.

 

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Trump y los tiempos oscuros

Donald Trump's world - Cartoon by Patrick ChapatteMi columna en El Español de esta semana se titula “Tiempos oscuros“, y habla, como no podía ser de otro modo, de la elección de Donald Trump como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos y de lo que esto puede suponer para el país norteamericano, para los derechos civiles, para la industria tecnológica o para la innovación en su conjunto.

Si la victoria de Donald Trump fue una sorpresa para muchos, los efectos secundarios inmediatos de la misma no lo son en absoluto: brotes epidémicos de ataques racistas en todo el país por parte de votantes que ahora se sienten plenamente legitimados, protestas de los que sienten que “ese no es su presidente” o incluso que sienten la jornada electoral como “un robo y una violación“, e incluso la propuesta de una alternativa secesionista que pretende la independencia de California, un CalExit que daría lugar a la sexta economía más importante del mundo.

Semejantes reacciones no son especialmente sorprendentes si consideramos el perfil del que, si nada ni nadie lo impide, será proclamado nuevo presidente el próximo enero. La industria tecnológica en su conjunto, con la excepción de Peter Thiel, dejó perfectamente claro su rechazo a Trump durante la campaña electoral, y se encuentra ahora con una victoria que glorifica la economía “tradicional”, que desprecia abiertamente la contribución de unas compañías tecnológicas que con la administración Obama se convirtieron en el auténtico orgullo del país, y que promete desde sanciones aplicando la legislación antimonopolio hasta boicots por no abrir el iPhone al FBI (él mismo utiliza un terminal Samsung desde aquel evento), pasando por la eliminación del programa de visado para inmigrantes con perfil tecnológico, la imposición de barreras arancelarias a la importación de productos fabricados en el sudeste asiático o la eliminación de la neutralidad de la red. La única excepción a la catástrofe viene de la prometida rebaja de impuestos a la repatriación de beneficios, que podría llevar a que muchas compañías aprovechasen para llevar ventajosamente al país las cuantiosas sumas generadas por sus operaciones en mercados exteriores.

El panorama es pavoroso para Silicon Valley, como refleja el tono de la carta dirigida por Tim Cook a sus empleados tras el resultado electoral. Un presidente que odia declaradamente el clima inclusivo y abierto de las compañías tecnológicas, que es visto como un auténtico fósil de otros tiempos, que desprecia sin reparos todo lo que no sea masculino, blanco y norteamericano, y que resulta completamente insensible a problemas tan importantes como el cambio climático es como para echarse a temblar. Que no sepa manejar un ordenador o carezca completamente de cultura tecnológica es ya lo de menos: con la excepción de Barack Obama, auténtico geek de honor al que echaremos muchísimo de menos, es tristemente habitual, aunque no debería considerarse disculpa, que la mayoría de los políticos sean completos ignorantes en ese sentido. Pero más allá de los lamentos, la industria debería hacer algo de autocrítica: ¿hasta qué punto la victoria de semejante majadero no es el resultado de una brecha social cada vez mayor provocada precisamente por el éxito de la industria tecnológica?

Muchas voces apuntan que en gran medida, la victoria de Trump se debe a Facebook. Por mucho que Mark Zuckerberg lo niegue, la evidencia es que la ausencia de mecanismos de control en la red social llevó a que miles de páginas se dedicasen a esparcir constantemente información tendenciosa y completamente falsa con supuestos escándalos y mentiras de todo tipo que aprovecharon esa característica de la red para difundirse con total eficiencia: en Facebook no puedes publicar una fotografía en la que salga un pezón, pero sí puedes difamar, insultar, mentir y difundir información completamente falsa sin que pase absolutamente nada. Y si bien la idea de un control editorial en una red social puede resultar compleja, la idea de que esa misma red se haya convertido en el lugar en el que millones de votantes hayan visto reafirmadas sus creencias absurdas gracias a la construcción de infinitas cámaras de espejos en las que veían sus fantasmas reflejados en edición corregida y aumentada resulta, cuando menos, pavorosa… y mucho más, si vemos sus resultados.

Pero además del efecto de esas redes sociales en el resultado electoral, debemos plantearnos hasta qué punto la tecnología no se ha convertido en una barrera que lleva a que millones de ciudadanos se sientan excluidos, marginados o frustrados. Para una gran cantidad de ciudadanos, la tecnología se ha convertido en un símbolo de empresas multimillonarias que producen productos caros, que cobran sueldos millonarios y realizan transacciones por mareantes importes de muchos miles de millones, y que les lleva a pensar que sus únicas alternativas de futuro son aprender a programar o endeudarse hasta las cejas para entrar en una universidad puntera, so pena de que llegue un robot y les deje sin trabajo. En realidad, todo esto es mentira y responde a los malditos clichés de siempre: los que estamos de este lado sabemos – o creemos saber – que la tecnología es cada vez más sencilla, más barata, más accesible, más inclusiva, y que el mundo que viene con su desarrollo es mejor que el que había antes… pero ni nosotros mismos estamos seguros de ello, ni mucho menos ellos lo saben, lo creen, lo entienden o lo quieren entender.

Hablamos de un digital divide invisible, que ya no responde tanto al factor económico de tener o no tener dinero para comprarse un smartphone o pagar una conexión, sino a una ausencia de interés, a una inercia que lleva a tener miedo a imaginar un mundo en el que las cosas se hagan de manera diferente. Cuando el Homo technologicus se compara con el ciudadano de a pie, se ve muy diferente, y proyecta una imagen de superioridad, de capacidades mejoradas y de mejor adaptación al entorno que puede llegar a generar rechazo, y que dura… hasta que esos “marginados”, en muchos casos “auto-marginados”, van, votan y elevan al puesto de máxima responsabilidad del país a un impresentable como Trump, que aplica al pie de la letra la definición de populismo y les promete resolver todos sus problemas. En el fragor de la batalla, el descontento con el capitalismo, el hartazgo de los políticos, el odio a las élites y la supremacía de la tecnología acaban en el mismo saco. La industria tecnológica no ha conseguido proyectar una imagen de inclusión y positivismo, sino más bien de todo lo contrario: si no usas nuestros productos, eres un apestado que, además, se quedará pronto sin trabajo.

La victoria de Trump trae, en efecto, tiempos oscuros. Y lo peor es que no es solo culpa de sus votantes.

 

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Replanteando la educación

IMAGE: Fabio Berti - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “El reto educativo“, e intenta reflexionar sobre la necesidad de replantear los procesos educativos a todos los niveles para adaptarlos a un entorno tecnológico en el que el acceso a la información resulta infinitamente más sencillo y prácticamente inmediato con respecto a como lo era en épocas anteriores.

La evolución del hombre está inseparablemente vinculada a la tecnología. En su momento, llegamos incluso a definir los períodos de esa evolución como la edad de piedra, del bronce o del hierro, en una clasificación ahora criticada por simplista y estar centrada en el entorno europeo, pero que asume claramente que la manera en que el hombre evoluciona está determinada por las tecnologías que tiene a su alcance.

El reto de la educación es pasar de procesos diseñados para una época en la que resultaba costoso obtener información y, por tanto, tenía lógica tratar de hipertrofiar la memorización para intentar almacenarla, a otra en la que lo que tiene sentido es centrarse en otras cuestiones, asumiendo que la información específica va a estar disponible cuando la precisemos y que aquella que utilicemos habitualmente terminará memorizándose de manera natural.

Obviamente, no se trata de “condenar la memoria” o de “olvidarlo todo porque ya está en internet”, sino de buscar procesos que fijen conocimiento en nuestro cerebro mediante métodos en los que el fin último no sea la memorización, sino la comprensión. Muchísimas cosas en nuestros sistemas educativos están centradas en la memorización, el formato de clase, la toma de apuntes, la manera en que nos enfrentamos al estudio, los exámenes para evaluarnos… todos esos elementos deberían redefinirse completamente a la luz de la tecnología existente. Por supuesto que es bueno saber historia, pero entre enseñar historia tratando de centrarse en la lógica de por qué sucedieron las cosas y hacerlo mediante la reiteración para tratar de memorizar sin más un montón de hechos y fechas va un trecho importante.

Seguir considerando la función memorística como exaltación del saber ya no tiene ningún sentido: el examen como reto a la memoria, como proceso de retención de datos para su posterior recuperación de la manera más literal posible escribiéndola sobre un papel o recitándola ante un tribunal resultan cada día más anacrónicos y absurdos, pero seguimos teniendo infinidad de pruebas de ese tipo para acceder a una amplia gama de puestos y responsabilidades, como si el hecho de haberse aprendido un temario fuese en realidad garantía de algo, y un fuerte corporativismo que pretende preservar esas metodologías “porque yo tuve que pasar por ellas”. Mientras, el desarrollo de habilidades como el pensamiento computacional (muy recomendable el artículo de Stephen Wolfram al respecto, How to teach computational thinking), cruciales en la sociedad del futuro, tienen lugar completamente al margen de los procesos educativos, como si fuesen algo completamente ajeno a ello, y algo tan crucial como el manejo del entorno tecnológico que nos rodea aparece, con suerte, en asignaturas de segundo nivel, de esas que “no entran en la media”.

El día que enfoquemos la reforma de la educación como una adaptación al entorno tecnológico actual creo que habremos avanzado mucho.

 

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Ocho señales de alarma en proyectos emprendedores

Alarm bell

Desde hace muchos años, una de mis actividades habituales es el estudio y evaluación de proyectos emprendedores en el ámbito tecnológico. Empezó con mis alumnos y ex-alumnos: si eres el que discute con ellos en clase el impacto de la innovación tecnológica, la generación de oportunidades que plantea o sus mecanismos de difusión y adopción, parecía razonablemente normal que pensasen en ti y te consultasen a la hora de pensar en sus propios proyectos relacionados con la tecnología. Después, a medida que la visibilidad de algunas de mis actividades relacionadas con los medios fue creciendo, se extendió a otras personas: lees un artículo o ves una entrevista en el que se habla de temas relacionados, te encuentras con que su autor es fácil de contactar, le escribes para preguntarle si le puedes contar tu proyecto.

Dado que hoy, casi todo proyecto tiene una parte tecnológica razonablemente importante, la verdad es que no me falta actividad, y considero, por otro lado, que es una buena manera de mantenerme al día. No siempre digo que sí. claro: el día tiene las horas que tiene, y uno no abarca todo lo que le gustaría, pero sí es una de las temáticas habituales de muchas de mis reuniones.

Son, por tanto, muchos proyectos y muchos emprendedores a lo largo de ya bastantes años. Proyectos en diferentes fases, desde simples “ideas felices” hasta equipos bien organizados y con proyecciones en negro sobre blanco. Conversaciones casuales, o interminables presentaciones con cien diapositivas. Personas que me mandan algo para que lo lea y lo discutamos posteriormente, frente a otros que prefieren sorprenderme y ver mi reacción espontánea. He tenido hasta “performances”. He visto mucho, y espero que me quede mucho por ver.

Y a lo largo del tiempo, he ido encontrándome con algunos elementos en los proyectos que me presentan que, de manera invariable, hacen saltar mis alarmas, y que creo que puede ser interesante enumerar y comentar:

 

  • El NDA: por alguna razón, personas que pretenden beneficiarse de una valoración razonablemente seria de su proyecto por parte de un profesional cuyo tiempo vale dinero, pretenden que ese profesional firme antes un documento en el que se compromete a no revelar absolutamente nada de lo que le cuenten. Pocas cosas me irritan más. A ver: si crees que tengo tan poca integridad profesional como para que, nada más contarme tu idea, salga corriendo a contársela a otro o a montar algo similar… ¿qué diablos haces hablando conmigo? Y si en efecto tuviese tan poca integridad profesional, ¿crees seriamente que el haber firmado ese papelito me detendría? Documento absurdo, habitualmente tan genérico que pretende impedir que hables de “nada que se parezca a lo que te han contado” (que no tiene por qué ser, y de hecho no suele ser, especialmente “original”), que en la mayoría de los casos está ahí para simplemente “parecer serios” o creerse ellos mismos más de lo que son, cuando no por algún trasnochado requerimiento de alguno de los socios o inversores. Lo siento, si no confías en mí como para contarme tu proyecto, no me lo cuentes. Paso. Ver tu proyecto no es un privilegio a cambio del cual esté dispuesto a firmar nada: el favor te lo hago yo a ti dedicándote mi tiempo, no tú a mí enseñándome tu proyecto. Que vengas con un NDA por delante implica que careces de sensibilidad para entender lo que estás pidiendo, que no confías en el sentido común o en la honestidad de tu interlocutor, y que no has entendido lo que es importante hoy en un proyecto. Si pretendes que te dé mi opinión, no me traigas un NDA, porque no lo voy a firmar, y seguramente me hará pensar que eres muy malo.
  • Que no resistas una búsqueda: veo tu proyecto, empiezo a intentar documentarme sobre el tema, y no apareces por ningún sitio. Nada. Ni una sola mención a tu proyecto, ni a ti, ni a nada que tenga que ver con ello. Si además, al buscar tu nombre, solo aparece alguna multa de tráfico impagada en el BOE, olvídate. No has hecho tus deberes. Hacer los deberes hoy como emprendedor implica buscar información hasta debajo de las alfombras, recopilarla, publicarla, compartir tu proyecto y tus intenciones, hacerte conocido por ser el que está detrás de esa idea, adquirir reputación vinculada a esa industria o campo… cuando te plantees salir al mercado, una buena cantidad de personas tienen que haber estado siguiendo el desarrollo de tu idea, leyendo tu “querido diario” como emprendedor, entendiendo perfectamente por qué estás haciendo lo que haces, quién eres, qué experiencia o preparación te avala, y por qué te vas a salir cuando lances tu producto o servicio. Si no estás dispuesto a invertir en eso, o si crees que si lo haces “te van a copiar la idea”, es o bien que tu idea y tu ejecución no valen nada (y por eso crees que la puede copiar cualquiera), o que no has entendido nada de como funciona todo esto.
  • No tenemos competencia: odio esa frase. Todo proyecto tiene competencia. Los competidores siempre existen, y si no existen, es porque la idea no valía la pena. Siempre hay alguien que tiene mejores cualificaciones, mejor infraestructura, mejor preparación, más experiencia, más marca o más recursos como para plantearse hacer lo que tú pretendes hacer. Si no has estudiado suficientemente la competencia actual o potencial y crees de verdad que tu proyecto es único y sin competencia, es que por un lado no has hecho los deberes, y por otro eres tan ingenuo como un niño pequeño. Y en un emprendedor no me gustan ninguna de esas dos cosas. Si tu proyecto es bueno y permite generar unos recursos, habrá otras personas, equipos o compañías que, si no lo estaban haciendo ya, se plantearán inmediatamente hacerlo en cuanto vean tu caso. Si no te has parado siquiera a pensar cómo vas a reaccionar ante esa competencia, es que falta seriedad en tus planteamientos.
  • No hemos hecho números: ¿qué quiere decir exactamente “no hemos hecho números”? ¿Estás de verdad planteándote dejarlo todo para dedicarte a un proyecto, y no has introducido todos los números en una hoja de cálculo y los has combinado entre sí de todas las maneras posibles como para tener en la cabeza todos los posibles escenarios económicos de viabilidad que puedan surgir en tu proyecto? No, no hablo de balances previsionales a cinco años, que yo también los sé hacer y es muy sencillo copiar y estirar con algunos porcentajes de incremento anual… hablo de análisis de sensibilidad, de supuestos en función de la variación de algunos de los costes clave, del impacto de una adopción más rápida o más lenta, de lo que supondría un retraso en los plazos de desarrollo, de un mínimo cálculo de burn rate, de cuánto necesitáis para simplemente pagar los sueldos y mantener la puerta abierta… algo! Si no has dedicado el tiempo necesario a ese análisis, ¿qué hago dedicándotelo yo?
  • Se vende solo: lo siento, pero se me ocurren poquísimas cosas que se vendan solas, y he visto fracasar demasiados proyectos porque nadie se planteaba la comercialización de una manera mínimamente seria. Puedes tener un buen proyecto, pero si no te planteas cómo vas a poner en marcha su comercialización, qué recursos va a precisar y cómo van a estar estructurados operativamente los acuerdos que firmes, no me vale. Si no eres capaz de imaginarte y visualizar cómo va a ser tu día a día en la función comercial y tus acuerdos con tus primeros clientes, o cómo vas a estructurar el modelo de ingresos con el primero que utilice tu producto o servicio, te falta madurez. Si eres un genio pero careces completamente de sensibilidad comercial, y no te planteas tener en el equipo a alguien que la tenga, tienes un problema, o lo vas a tener.
  • La tecnología se compra fuera: si tu empresa tiene una ventaja competitiva basada en la tecnología (y si no es así, seguramente ni te plantearás hablar conmigo), el desarrollo tecnológico tiene que ser tuyo. Que tengas un socio no me vale, y es algo sobre lo que he discutido un montón con gente muy bien informada. Y tras todas esas discusiones, sigo creyendo que ningún socio tecnológico te dará la flexibilidad que necesitas, te permitirá pivotar cuando haga falta, te ofrecerá hacer todas las modificaciones que la experiencia del lanzamiento te demuestre que son necesarias, o posibilitará que mejores con la progresión que sin duda vas a precisar para crecer. Si la tecnología no es tuya, si sois simplemente “gente de negocio” pero carecéis de talento desarrollador – y peor aún, si creéis que va a ser fácil conseguirlo o que va a trabajar por dos duros o por cuatro papelitos – lo siento, pero no me va a interesar. Las ideas con base tecnológica tienen que poner en valor la tecnología y otorgarle la importancia que realmente tiene.
  • Los “tres amigos con un 33% cada uno”: las estructuras accionariales son un tema complejo, que hay que planificar con muchísimo cuidado, y que tienen que ser fruto de una reflexión muy profunda, que provenga de conversaciones en las que no se deje nada en el tintero. Las ideas de “tres amiguetes que se reparten la propiedad a partes iguales” son una clara muestra de tema poco discutido o discutido de manera poco seria, y de problemas que sin duda aparecerán más adelante y en mal momento. Cuestiones como el origen de la idea, lo que aporta cada uno, la visión que tienen de la propiedad y los planes o ambiciones que tienen, lo que están dispuestos a sacrificar, etc. son muy importantes, y yo no soy un consultorio psicológico. Tiene que estar muy hablado, muy discutido… muy claro. Si no, se terminará convirtiendo en un problema… que no tengo especial interés en ver.
  • Gestión de influencia: será fruto de tener algo de visibilidad, pero es otra de mis señales de alarma. Si detecto que vienes a verme interesado no tanto en mi visión del tema o en mi opinión sincera, sino pretendiendo “salir en la foto”, que te dedique una entrada, un tweet o que hable de ti de alguna manera, lo interpreto muy mal. Llámalo como quieras, rareza o lo que sea, pero no me parece adecuado venir únicamente a buscar visibilidad y que el presentarme tu proyecto sea simplemente un pretexto para ello. Me siento utilizado, y no me gusta.

 

Seguramente haya más, y aunque empecé numerándolas, he terminado quitando los números y dejándolas simplemente en menciones, porque realmente no sabría priorizarlas adecuadamente. En la lista hay cosas que directamente me enfrían y me hacen perder todo interés, cosas que me fastidian, y cosas que considero mala señal. Pero con el tiempo, se han convertido en eso, en señales de alarma. Si a alguien le resultan de utilidad para pensar en la forma en que presenta su proyecto o habla de él con terceros, me alegro un montón. Creo sinceramente que son cuestiones que reflejan más que simples gestos. Y por supuesto, podríamos pensar que un proyecto que no incurra en ninguno de estos puntos es sin duda un proyecto ganador, ha alcanzado el nirvana y no necesita asesoría de ningún tipo… pero me temo que no es así. En proyectos emprendedores, este tipo de cosas son solo lo que está en la línea de salida!

¿Falta alguna? ¿Sobra alguna? ¿Opiniones?

 

This article is also available in English in my Medium page, “My top eight warning signs with tech entrepreneurs

 

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Psicosis tecnológicas made in Spain

PsychoMi columna de hoy en El Español se titula “Psicosis tecnológicas“, y trata de explicar qué diablos puede hacer que una cantidad más que razonable de personas de razonable nivel cultural den credibilidad a una noticia surgida de la nada que afirma que la Agencia Española de Protección de Datos perseguirá y multará a las empresas que utilicen herramientas tecnológicas tan populares como Dropbox, Google Apps y muchas otras.

La respuesta, desgraciadamente, es sencilla: semejante estado de psicosis made in Spain se alcanza tras varios años viviendo bajo gobiernos irresponsables y escasamente preparados que no solo desprecian la tecnología, sino que además, la consideran relacionada con todos los males de Averno. Cuando no son “los niños”, es “la piratería”, y cuando no, “el odio”, “las injurias”, “las licencias”, “las descargas”, “los periódicos” o “la red eléctrica”. Al final, para cualquier ciudadano, creerse que el gobierno trate de restringir o detener el avance de la tecnología en cualquier cosa es prácticamente “lo normal”. Frente a países que ven en el desarrollo tecnológico una oportunidad, la España de los último gobiernos ha querido ver siempre una amenaza. Es la España rancia de quienes gobiernan para proteger lo que hay, pero nunca pensando en las posibilidades de lo que viene: toda una generación de políticos carentes de experiencia empresarial, incapaces de valorar el impacto tecnológico, y que más que tratar de incorporarlo y beneficiarse de él convirtiéndolo en un elemento de progreso, se defienden de él intentando mantenerlo lo más lejos posible.

¿Cuánto queda para que veamos en un gobierno a alguien tecnológicamente competente, que no alimente psicosis colectivas cada vez que se menciona cualquier cosa que por ser avanzada tecnológicamente le parezca indistinguible de la magia, que no proteja de manera sistemática al incumbente frente al emergente, y que no lleve a que se nos perciba internacionalmente como “España contra internet“?

 

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Niños y tecnología: un pequeño decálogo

IMAGEN: Andrés Rodríguez - 123RF¿Hasta qué punto debe evolucionar la educación de los niños a medida que evoluciona el entorno que la rodea? ¿No es una pregunta completamente obvia? Simplemente extrayendo elementos de la página de Wikipedia correspondiente, podemos ver cómo la genuina educación es un aprendizaje abierto que va más allá de esquemas preconcebidos y que tiende a favorecer el desarrollo de la conciencia, la razón e inteligencia, y con éstas cualidades el mejor desempeño de cada persona educada para llevar a cabo en lo posible su óptima forma de vivir (la cual, se sobreentiende, es una vida culta en sociedad). ¿Para qué educamos a nuestros hijos? Sencillamente, para que sean capaces de desarrollar una vida óptima en un contexto determinado. ¿Debe, por tanto, evolucionar la forma de educar a medida que cambia el contexto? Si alguien no lo piensa así, si alguien cree que es mejor mantener a sus hijos en una burbuja aislada de ese contexto social, es que tiene un problema. Problema que, además, está dispuesto a transmitir a sus hijos.

¿Qué elementos debemos, por tanto, tener en cuenta a la hora de educar a nuestros hijos en relación con el desarrollo tecnológico? De cara a estructurar mis ideas para una charla que tengo esta tarde en la Cidade da Cultura de Galicia, he intentado organizarlas en un pequeño decálogo:

  1. La incorporación de las tecnologías a la vida cotidiana es imparable, responde a una aceleración constante del propio progreso y desarrollo tecnológico, y no responde a ningún tipo de moda o de fenómeno pasajero. Declararse de alguna manera “objetor” a la tecnología es un acto banal, absurdo y sin sentido, que supone una renuncia a disfrutar de ese progreso. Como opción personal, discutible, aunque obviamente incluida dentro del libre albedrío. Como opción en la educación de los hijos, completamente irresponsable. Tan irresponsable es criar a tus hijos en una “burbuja sin tecnología” como pretender renunciar a su escolarización.
  2. No existe una supuesta “edad adecuada” para acceder a la tecnología. El acceso a la tecnología debe ser algo natural, una simple interacción progresiva con un elemento presente en el entorno. ¿Cuándo debe tener acceso el niño a un smartphone? En cuanto sea capaz de no llevárselo a la boca. Toda familiarización del niño con las interfaces de los elementos tecnológicos presentes en su entorno es positiva.
  3. La idea de que los niños está más preparados para el uso de la tecnología por haber nacido en un año determinado o pertenecer a una generación determinada es completamente absurda. Los nativos digitales no existen. Lo único que existe es la capacidad para incorporar mejor los elementos tecnológicos si (y solo si) se ha llevado a cabo un proceso natural de inmersión en esos elementos tecnológicos. Los niños no manejan la tecnología ni saben más de tecnología que sus padres, salvo que estén más expuestos naturalmente a ellas mientras sus padres llevan a cabo un proceso voluntario de exclusión. El sentido común necesario para manejarse en un entorno determinado por elementos tecnológicos se desarrolla con la experiencia, y por tanto, los padres están mucho más preparados para desarrollarlo y transmitirlo. La idea de que los niños son de alguna manera nativos digitales y de que los padres, por saber supuestamente menos, deben inhibirse en su educación, es completamente irresponsable, y lleva a la aparición de huérfanos digitales.
  4. Los niños, sin supervisión en el uso de la tecnología, la utilizan simplemente para unos pocos usos, determinados generalmente por la interacción social, pero no profundizan en su entendimiento. La curiosidad, el interés, el razonamiento, la deducción, la conciencia, la razón y, en último término, la inteligencia, deben ser necesariamente estimuladas. La idea del “buen salvaje” que aprende todo por sí mismo es completamente absurda e irresponsable. Los padres deben estar ahí en esa labor educativa de estimulación, y no llevar a cabo una dejación de su responsabilidad bajo ningún concepto. El ordenador o el smartphone no son un baby-sitter ni un apaga-niños: los padres deben necesariamente interesarse por lo que sus hijos hacen en la red, del mismo modo que se interesan por lo que hacen cuando están en el colegio, en casa de un amigo o en la calle, y proveer las adecuadas normas que regulen la conducta en cada uno de esos entornos.
  5. Los filtros parentales son una mala idea. Su uso crea una burbuja supuestamente exenta de peligro en el entorno de la red. Eso genera dos efectos: por un lado,una inhibición de los padres, que creen “haber cumplido” con la instalación del filtro, y que tienden a renunciar a una ulterior supervisión. Por otro, una falta de preparación en el niño, que se evidencia en el inevitable momento en que tiene la oportunidad de acceder a una pantalla sin ese filtro parental, y afronta de repente una serie de contenidos para los que no está preparado, que ejercen un potente efecto llamada, y que además, han pasado a tener el atractivo de lo desconocido o incluso de lo prohibido. No, no todos los contenidos en la red son obviamente adecuados para los niños de cualquier edad, y no tiene sentido buscar esos contenidos o renunciar a su control. Pero ese control no debe ser llevado a cabo mediante un elemento tecnológico, sino mediante una supervisión consciente, atenta y preparada para proporcionar explicaciones. Si de verdad crees que es adecuado explicar y alimentar durante algunos años en tus hijos en la creencia de que vinieron de debajo de una col o que los trajo una cigüeña desde París, de verdad… tienes un problema.
  6. Lo más importante de la tecnología no es su uso, sino el entendimiento de lo que tiene detrás. Usar un ordenador o una app es sencillo y las barreras de entrada al aprendizaje no han hecho más que disminuir a lo largo del tiempo. Entender por qué el ordenador funciona no lo es tanto. Es exactamente igual que la Física: entender que u objeto cae cuando lo soltamos es fácil, pero entender por qué cae no lo es tanto. La tecnología y las ciencias de la computación son ya una ciencia al mismo nivel que la Física, la Biología o las Matemáticas. No enseñamos Física a un niño para que se convierta en físico, sino para que entienda que vive en un mundo gobernado por las leyes de la Física. Del mismo modo, debemos enseñar Ciencias de la Computación a niños que están necesariamente destinados a vivir rodeados de objetos programables. La tecnología no puede ser una asignatura accesoria, extraescolar o “que no entra en la media”. Tratar de elegir, en la medida de lo posible, colegios en los que el desarrollo de esas habilidades sea considerado importante es una buena métrica de tu responsabilidad. La educación ha cambiado una barbaridad, la memorización y los libros de texto dejan paso a metodologías apoyadas en la cualificación de la información, en la comprensión activa, en el contraste de fuentes, en los proyectos y en la interacción con el entorno. Si el colegio de tus hijos no va por ese camino, es muy posible que tengas a tus hijos en el colegio equivocado.
  7. La incorporación de juegos que potencian el aprendizaje de la tecnología es fundamental para que los niños desarrollen habilidades en ese sentido, del mismo modo que lo son el mecano, los bloques, o los puzzles. Jugar con tus hijos a iluminar LEDs, a hacer un robot o a programarlo es una tarea que potencia los vínculos familiares y contribuye en gran medida al desarrollo de esas habilidades. Pensar que ese tipo de contenidos o esa parte fundamental de su educación se desarrolla únicamente en el colegio es absurdo e irresponsable.
  8. El control es fundamental. Del mismo modo que nunca se permitió a los niños jugar durante todo el día, no se les puede permitir que no se desconecten a ninguna hora, o que renuncien a otros modos de interacción por estar frente al smartphone o la pantalla. La imagen del niño usando su smartphone sentado a la mesa durante la comida o la cena es aberrante, del mismo modo que la idea de que “no se le puede controlar o reprimir en su uso porque se le puede provocar algún tipo de trauma” es completamente absurda (y obviamente implica que los padres deben ejercer un efecto de demostración y de responsabilidad en ese mismo sentido). La tecnología genera estímulos potentes y gratificaciones instantáneas, y necesita de un cierto nivel de control – como lo necesita prácticamente cualquier otra actividad. Existen juegos muy adecuados para desarrollar numerosas habilidades, pero eso no quiere decir que los niños deban pasar horas sin salir de ellos. El sentido común es fundamental.
  9. Todo cambia. La labor de vigilancia y monitorización tecnológica de los padres debe adecuarse a la evolución de los usos y costumbres de la sociedad, de manera que se vaya exponiendo a los niños a aquellos desarrollos que van surgiendo y van siendo adoptados por ella. No, haber comprado un juego no debería llevarte a pensar que “ya has cumplido”. La educación es un proceso largo, con requerimientos importantes en términos de atención, que no puede ser subcontratado en su integridad, y que debe ser llevado a cabo con responsabilidad. Todo tiene peligros, desde salir a la calle hasta usar un bolígrafo, pero caer en la paranoia y en la idea de que debemos alejar a nuestros hijos de todo posible peligro es una barbaridad. Si haces caso de todo lo que te dicen que es peligroso en la red, te dedicarás a alejar a tus hijos sistemáticamente de ella… y eso es un grave error. No, la Wikipedia no es una fuente de mentiras, no hay un hacker colgado de cada poste de teléfonos, y la red no nos está volviendo idiotas ni atrofiando nuestros cerebros. No te preocupes. Todo va a ir bien.
  10. Una persona que voluntariamente se excluye del progreso tecnológico está renunciando a transmitir a sus hijos una educación que los prepare para un futuro adecuado en una sociedad cada vez más determinada por el desarrollo tecnológico. La educación de los hijos comienza por nuestra propia educación, el desarrollo de habilidades importante para su futuro desarrollo empieza por nuestro propio desarrollo. No, no puedes decir eso de “mis hijos saben más que yo”, por mucho que te enorgullezca ver lo que saben hacer en tal o cual juego.  Su cerebro es más plástico que el tuyo y la incorporación de determinadas habilidades se puede desarrollar más rápido o de manera más natural, pero en sentido común y en desarrollo de experiencia deberías llevarles ventaja – o eso se supone, salvo que hayas renunciado expresamente a ello. Algunas habilidades, como la gestión de información, el filtrado y acceso a fuentes, la verificación, la búsqueda, etc. son FUNDAMENTALES para el futuro de tus hijos. Si eres de los que creen que algo “es verdad porque lo vi en internet” o que “se queda con el primer resultado de Google”, no estás preparado para transmitir a tus hijos valores fundamentales de cara a su desarrollo futuro. Ponte las pilas. Aprende.

Y eso es lo que voy a intentar transmitir hoy, la necesidad de enfocar con la adecuada responsabilidad la educación de los niños en un mundo en el que cada vez están más rodeados de tecnología. La imprescindible reforma de la educación para adaptarla a los tiempos que vivimos es algo que solo va a tener lugar si se logra un amplísimo e inequívoco consenso entre familias, profesores y legisladores. Si las familias no lo tienen extraordinariamente claro y no se percibe una amplia demanda social, si los profesores no ven estímulos en la superación del isormofismo y la inercia que supone la renuncia a metodologías que llevaban siglos implantadas, o si seguimos manteniendo gobiernos incapaces de usar un ordenador o de entender la importancia de la tecnología, tendremos un problema como país. La tecnología no es un “accidente” ni una “moda”, está aquí para quedarse y forma parte del entorno como lo forman muchas otras cosas. Preparar a nuestros hijos para ese entorno es simplemente una cuestión de responsabilidad.

 

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Ni un solo español en el Wired 100 europeo

THE 2015 WIRED 100La edición europea de Wired publica sus 2015 Wired 100, la lista de las cien personas que consideran influyentes en el entorno tecnológico en Europa, y no incluyen ni un solo español en ella. Ni uno. No hay empleados españoles en multinacionales, ni españoles expatriados, ningún emprendedor radicado en España, ni nada, absolutamente nada que tenga que ver con nuestro país.

En las ediciones anteriores del ranking que he podido encontrar (2014, 2012, 2011, 2010), la situación, salvando excepciones muy puntuales como Martín Varsavsky, Zaryn DentzelDídac Lee o Gonzalo Martín-Villa, era prácticamente la misma: podemos dedicarnos a matar al mensajero, hablar de que Wired no se fija en nuestro país, criticar este tipo de rankings desde muchos puntos de vista o utilizar mil excusas más de malos perdedores, pero esto es lo que hay: España no cuenta absolutamente NADA en el escenario tecnológico europeo. No está en los mapas.

Que una revista tecnológica como Wired, con la tradición, la experiencia y el prestigio que acumula, no sea capaz de encontrar ni un solo español que situar en un ranking tecnológico debería parecernos, como país, enormemente preocupante. Refleja no una, sino muchísimas carencias: desprecio hacia lo innovador, falta de modelos emprendedores o tecnológicos en los que mirarse, demonización absurda del triunfo individual o del emprendimiento, visión absurdamente pudorosa del enriquecimiento, falta de enfoque en el desarrollo de nuevas ideas, desprecio a la ciencia y la tecnología, miedo a la disrupción, clara tendencia a pensar en escala reducida, y por supuesto, carencias clarísimas en la formación y la educación. Mientras en media Europa los niños tienen asignaturas que ponen la computación en su lugar como ciencia, y modifican metodologías y temarios para aprovechar la tecnología como recurso educativo de primer nivel, en España seguimos planteando una reforma tras otra que o bien ignoran completamente la tecnología, o la tratan únicamente de manera tangencial.

En una era en la que la tecnología tiene cada vez una importancia mayor, en la que es la tecnología, por encima de otros factores como los recursos naturales, la que define la riqueza, el protagonismo o la pujanza económica de los países, España no solo no está, sino que ni siquiera se la espera. Nuestro país, carente de una estrategia en este tipo de cuestiones y dirigido por personas con visiones completamente anticuadas en todo lo referente al papel de la tecnología, se encamina hacia modelos que hipotecan no solo su futuro, sino también el de muchos de sus ciudadanos, todos aquellos que no tengan la capacidad de mirar más allá de sus fronteras.

La ausencia de españoles en el Wired 100 es tan solo un síntoma. El “que inventen ellos“, trágicamente actualizado al siglo XXI. El panorama no es triste: es directamente desolador.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Not a Spaniard in sight in the 2015 Wired 100

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