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Leña del árbol caído…

Volkswagen evilComo parte de las compensaciones por el escándalo de las emisiones de sus vehículos diesel, Volkswagen ha pactado con el estado de California una inversión de 1,200 millones de dólares, en dos programas medioambientales: uno dotado con $381 millones destinado a reducir la contaminación, y otro, de $800 millones, que constituirá un fondo para la construcción de infraestructuras de carga.

Dentro de ese segundo plan se incluye una primera fase en la que se destinarán $120 millones para la construcción de una red de 400 estaciones de carga para vehículos eléctricos, que ofrecerán un total de entre 2,000 y 3,000 cargadores universales. En una segunda fase, se dedicarán $75 millones a la construcción de una red de cargadores rápidos de 150 kW, así como $45 millones para una red de seis estaciones de carga comunitarias en barrios de renta baja en las áreas metropolitanas de San Jose, San Francisco, Sacramento, Fresno, Los Angeles y San Diego, que se estima que pueden tener más dificultades para incorporarse a la electrificación. Otros $44 millones se destinarán a la construcción de una Green City en la capital del estado, Sacramento, que proporcionará vehículos de cero emisiones igualmente a residentes con rentas bajas a través de programas de ride-sharing, car-sharing y programas similares. Finalmente, un plan a diez años llevado a cabo por una subsidiaria de la compañía, Electrify America, construirá una red de cargadores rápidos con tecnología universal a nivel nacional.

Que la compañía obró mal y diseñó una estrategia para que sus vehículos mostrasen niveles de emisiones razonables en las pruebas, mientras durante la conducción multiplicaban por cuarenta los límites legales es algo que ya, a estas alturas, nadie pone en duda. De hecho, tiene ya hasta un completísimo artículo dedicado en Wikipedia. Que la cuestión no era grave, sino gravísima es algo ya también totalmente evidente: hablamos de unos once millones de vehículos en todo el mundo, unos 600,000 solo en los Estados Unidos. Que lo hiciesen ellos solos por iniciativa propia o como parte de un cártel de empresas alemanas con estrategias similares es algo que aún está por dilucidar. Pero lo que parece evidente es que, una vez descubierta la jugada, se puede forzar a esas marcas a compensar parcialmente sus faltas dedicando recursos a la construcción de infraestructuras que faciliten la creciente popularización del vehículo eléctrico, en una forma interesante de extraer leña del árbol caído que, en este contexto, pasa a tener todo el sentido del mundo. Entre otras cosas, porque una marca obligada a invertir ese dinero en infraestructura de carga eléctrica no tiene otro remedio que entender que, de una manera u otra, el futuro ya no está en los vehículos que fabrica, sino en tratar de rediseñarse para la producción de vehículos eléctricos lo antes posible.

La cuestión, ahora, es a quién llegan esas compensaciones. Si comparamos las medidas tomadas contra la compañía en los Estados Unidos con las emprendidas en otros países del resto del mundo, o con las prácticamente inexistentes iniciativas en ese sentido en mi país, España, parece evidente que en este tipo de temas, los distintos países no son todos iguales, sino que, como diría George Orwell, “unos son más iguales que otros”. Mientras los ciudadanos californianos se beneficiarán de una amplia iniciativa de construcción de infraestructuras de carga eléctrica, los de otros países se conformarán, en la mayoría de los casos, con actuaciones sobre los vehículos vendidos para adaptarlos a unas emisiones situadas dentro de los límites legales, que afectarán como mucho a los propietarios engañados por la marca, pero no a los que no poseíamos esos vehículos y tuvimos que respirar la basura que emitían.

Claramente, la justicia norteamericana, que fue además la que descubrió el escándalo a través de una investigación de la EPA, ha sabido extraer mucho más partido a las compensaciones de la marca, aunque no fuese ni mucho menos el país más afectado. Una cuestión de poder e influencia, sí, pero sobre todo, de visión de futuro.

 

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Ayer, El Corte Inglés me entregó un pedido en menos de dos horas. Dios bendiga a Amazon…

SMS de El Corte InglésAyer, un sábado tranquilo, nos dimos cuenta a media tarde de que una amiga venía a comer al día siguiente y no habíamos comprado un regalo que le queríamos hacer. Sabíamos que estaba disponible en El Corte Inglés, así que probamos en su página web. Encontramos el artículo, y la página afirmaba que lo podía entregar en menos de dos horas. Ante mi absoluta incredulidad, a pesar del tradicional retraso histórico de los grandes almacenes líderes en España con respecto al comercio electrónico y de algunas malas experiencias anteriores con ellos, decidimos darle otra oportunidad.

La secuencia de SMS capturada en la ilustración muestra el resultado: pedido hecho a las 15:56, y recibido en casa a las 17:38. Menos de dos horas. Sin incidencias ni problemas de ningún tipo.

Para los que tenemos ya una cierta edad, este tipo de cosas dejan de entrar dentro de la categoría “comercio electrónico”, “e-commerce” o “logística”, y pasan a estar incluidas dentro del epígrafe “magia”. Por supuesto, lo primero es felicitar a El Corte Inglés, una organización con casi ochenta años de antigüedad, porque parece que va siendo capaz de adaptarse a los tiempos, y a hacer frente a las impresionantes demandas impuestas por el actual panorama competitivo. Hasta hace no mucho, El Corte Inglés parecía un ejemplo claro de “efecto Woolworth“, la cadena norteamericana que fue incapaz de modernizarse, envejeció con sus clientes y terminó cerrando.

Con la llegada de Amazon a España en septiembre de 2011, el sector de la distribución se ha puesto completamente patas arriba. La presión a la que Amazon ha sometido a esa industria, con logística cada vez más rápida y ventanas de reparto cada vez más precisas, llegó a un límite insostenible con el lanzamiento de Amazon Prime Now en Madrid y Barcelona: un número creciente de personas empezaron a darse cuenta de que resultaba perfectamente posible hacer un pedido, y tenerlo en casa en menos de dos horas.

La logística en dos horas se está convirtiendo rápidamente en el nuevo estándar, en lo que el consumidor espera encontrar: hacer clic en una página, y abrir la puerta al repartidor al cabo de un ratito, con todo lo que ello conlleva en términos de presión para unos operadores logísticos que se encuentran en la tesitura de afrontar una revolución en su cadena de valor, o arriesgarse a una serie de posibles integraciones verticales. Y el escenario que viene, con el reparto mediante dronesla revolución que supondrán los vehículos autónomos, promete cambios aún más agresivos que forzarán a la industria a competir de manera todavía más agresiva. La logística de nueva generación es el nuevo estándar competitivo, y si tu compañía no es capaz de ponerla en marcha, es posible que termines quedándote fuera del mercado. Queremos lo que queremos, y lo queremos ya.

En su momento, cuando Amazon llegó a España en septiembre de 2011, lo dije bien claro: “¡bendita competencia!” Hace no mucho tiempo, la posibilidad de que una compañía tradicional como El Corte Inglés avanzase en comercio electrónico y logística hasta el punto de conseguir un reparto en dos horas se antojaba completamente inalcanzable. Ayer sábado, comprobé directamente que ya es capaz de conseguirlo. Dios bendiga a Amazon y a la competencia…

 

 

 

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El predecible éxito de Netflix

IMAGE: Kaspars Grinvalds - 123RFHace algún tiempo, me pidieron que elaborase un position paper sobre las perspectivas de la entrada de Netflix en España, en el que ofrecía un panorama sensiblemente más optimista que el habitual en el momento entre los analistas de mercado. Esta semana, la compañía ha presentado unos resultados financieros espectaculares, cimentados sobre todo en un incremento de más de 5.2 millones de suscriptores, con un crecimiento obtenido sobre todo a nivel internacional: los suscriptores que ven contenidos en Netflix fuera de los Estados Unidos ya superan a los domésticos. En España, Netflix ya alcanza el 3.4% de los hogares, dobla su cifra de suscriptores durante el último año, y es el único jugador en ese mercado que sale en la foto con un crecimiento significativo.

El crecimiento de Netflix está asentado sobre una orientación con una marcadísima vocación de largo plazo. Construir la primera cadena de televisión verdaderamente global no es algo que pueda hacerse en un balance previsional a cinco años: las expectativas de la compañía para 2017 eran unos resultados negativos de 2,000 millones, los últimos resultados las incrementan hasta los 2,500 millones, y la idea no solo es que continúe generando flujos de caja negativos durante muchos años, sino que ese sea el indicador de su enorme éxito. Las evidencias son claras: en la construcción de los nuevos mercados globalizados, quien quiera peces tiene que mojarse…

A cambio, la compañía se ha convertido en todo un fenómeno cultural mundial: su escalada en términos de la popularidad de sus contenidos de producción propia, reflejada en la progresiva relevancia de los mismos en indicadores como las nominaciones a los premios Emmy, tema sobre el que ya escribí el pasado año, continúa claramente este 2017: las compañías tecnológicas acaparan ya un tercio del total, con 91 para Netflix, 18 para Hulu y 16 para Amazon, y tan solo Netflix, que se acerca a duplicar las 54 nominaciones del año anterior, obtiene más nominaciones que la combinación de las cadenas clásicas norteamericanas ABC, CBS y Fox.

¿Qué convierte el éxito de Netflix, cuyas acciones crecieron ayer más de un 10% para alcanzar su máximo histórico y ofrecerían un rendimiento de más de un 15,000% a un inversor que las hubiera adquirido en su salida a bolsa en mayo de 2002, en algo predecible? Simplemente, la evidencia de que la compañía entiende bien lo que implica la construcción del mercado global que proporciona internet. Cuando Netflix comienza, en el año 1997, como compañía dedicada al envío de DVDs a través del correo ordinario, era simplemente una historia interesante cimentada en una tecnología, la del DVD, que permitía enviarlos de manera razonablemente eficiente en un sobre. Cuando sus fundadores entienden que internet cambia el mundo y ofrece un canal infinitamente más eficiente en términos de velocidad y ancho de banda, la compañía sale a bolsa, capta los ingresos necesarios para su expansión, y se lanza a un canal que, en aquel momento, suponía una amplia gama de dificultades: el ancho de banda requerido para una transmisión con una adecuada calidad aún estaba lejos de estar garantizado, la tecnología utilizada para salvar esas limitaciones era compleja y con un desarrollo impredecible jalonado por numerosas polémicas, y la industria era un auténtico galimatías de acuerdos de distribución, exclusivas y ventanas de explotación absurdas.

Ahora, Netflix es la novena de las compañías mundiales de internet por ingresos, está valorada en unos 42,000 millones de dólares, es una potencia en términos de una producción propia que desarrolla con un adecuado balance entre lo local y lo global, y cuenta con un sistema de recomendación puntero que le permite inspirar la forma en la que genera y distribuye contenido. Claramente, es la compañía que ha sabido entender lo que supone la producción y distribución de contenidos de entretenimiento en el siglo XXI, y lo que hay que invertir para construir una posición sólida en ese mercado completamente redefinido. Los competidores locales o que abarcan unos pocos países ya no cuentan de cara al futuro porque carecerán de las economías de escala suficientes para capitalizar una posición suficientemente sólida en el mercado, y los clásicos de toda la vida, con la posible excepción de una HBO que al menos lo intenta con cierta dignidad, no están siendo suficientemente ágiles como para obtener una posición suficientemente consolidada. El negocio de los contenidos del futuro pertenece a compañías como Netflix, Amazon, Hulu y unas pocas más que entiendan ese modelo global y sepan explotarlo con la dimensión que precisa.

¿Predecible? No lo sé… a mí, en su momento, sí me lo pareció. Y definitivamente, un caso digno de estudio.

 

 

 

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Huelga del taxi: cuando el “afectado” se convierte en “mafia”

Huelga del taxi (IMÁGENES: El Español)Ayer, una vez más, el sector del taxi decidió tomar como rehén de sus protestas a todos los habitantes de una ciudad, y colapsaron los transportes, protagonizaron disturbios, cortaron calles y agredieron a conductores y vehículos legalmente autorizados para prestar sus servicios. Ignoro en qué momento el derecho a la huelga y a la manifestación se ha convertido en “derecho a agredir, a intimidar y a colapsar una ciudad”, pero es una tendencia verdaderamente preocupante: cualquier político que defienda esta “moderna” interpretación de los derechos de los trabajadores no cae para mí dentro de la categoría de político, sino de la de imbécil populista de la peor clase. Esta idea de “me vas a escuchar porque puedo colapsarte una ciudad entera” tiene que acabar, porque no tiene nada que ver con la defensa de los derechos de los trabajadores: se ha convertido en otra cosa totalmente distinta. E injustificable.

El taxi tiene un problema muy claro y concreto: muchas décadas de servicios de taxi regulados mediante licencias presentes en las ciudades han demostrado fehacientemente y sin lugar a duda que los taxis por sí mismos no constituyen una solución válida al problema del transporte urbano, un poblema cada vez más reciente y acuciante que demanda medidas urgentes. El sistema de licencias, creado en su momento para evitar la llamada “tragedia de los comunes“, se probó como la única manera de ofrecer servicios de transporte en automóvil que permitía que los que lo ofrecían obtuviesen unos ingresos razonables, y los que lo demandaban, tuviese un adecuado nivel de seguridad y calidad. Las ciudades que decidieron regular los taxis mediante licencias se convirtieron en mayoría, y las que no lo hicieron – el caso más comentado habitualmente es Lima – se quedaron como ejemplo de servicios subóptimos, inseguros, imprevisibles y en muchos casos, peligrosos.

Sin embargo, la tecnología vino a cambiar esto: desde la llegada de Uber, una app se encarga de regular lo que antes regulaba una licencia, y además, lo hace infinitamente mejor. Digan lo que digan los taxistas, un desplazamiento en Uber o Cabify ofrece siempre una calidad más elevada que uno en un taxi estándar: el vehículo está más limpio y el conductor se esfuerza más por agradar. ¿La razón? Tan sencilla como el sistema de rating. Al terminar la carrera, el conductor de Uber, Cabify y servicios similares sabe que será puntuado, y que bajar de cuatro estrellitas puede suponer su eliminación de la plataforma. Llamémosle como queramos, pero funciona. Si un taxi te da un mal servicio, nadie se queja, porque el sistema no está pensado para recoger las quejas (sí, puedes hacerlo, teóricamente… pero nadie lo hace salvo que sea verdaderamente grave). Si te quejas en Uber o Cabify, se tiene en cuenta, y generalmente, además, te devuelven el dinero.

Las apps han demostrado ser infinitamente más eficientes que el taxi de toda la vida, y en consecuencia, crecen más. Y eso, económicamente, significa que por primera vez, un sistema basado en la abundancia de oferta funciona mejor y soluciona mejor los problemas del transporte en las ciudades que uno basado en la escasez. Porque el sistema de licencias, no lo olvidemos, se basa en una escasez de las mismas, lo que ha conllevado barbaridades como que cada licencia llegue a tener precios exorbitantes, que en el caso de Madrid llegaron a ser de más de un cuarto de millón de euros, y en el de Nueva York, de un millón de dólares. Sencillamente demencial. La experiencia nos demuestra que la solución temporal a ese problema no es preservar el sistema de licencias, sino abrirlo. Las restricciones en las licencias VTC generan que esas licencias VTC, por simple ley de oferta y demanda, se disparen en precio como se dispararon antes las de taxi: repetir los mismos errores del pasado. La única solución es eliminar las restricciones, y que quien quiera, pueda obtener una con un sencillo trámite administrativo. Pasar de economía de la escasez, a economía de la abundancia. Lo demás, es puro populismo. Que eso pueda hacerse gradualmente o que se arbitren soluciones de reconversión para los afectados es una posibilidad, pero que choca con otro tema: yo, como contribuyente, no tengo por qué pagar con mis impuestos ese rescate de quienes decidieron libremente invertir su dinero en una carísima licencia. La protección social tiene sus límites.

Los taxistas se declaran en huelga simplemente porque se niegan a perder los privilegios y el supuesto monopolio que su licencia les otorga, o que creen que les otorga. Los taxistas creen que su licencia es un derecho exclusivo para transportar personas en las ciudades, y no es así. Y el grave problema surge cuando los derechos que los taxistas creen tener se convierten en una amenaza para los derechos que los ciudadanos sí tienen de manera innegable: el acceso a un transporte digno en las ciudades. De ahí que la solución no sea en ningún caso seguir protegiendo los supuestos derechos que un colectivo cree tener, sino posibilitar la llegada de nueva oferta que permita sistemas de transporte más modernos, de más calidad, más variados y más versátiles. La solución al transporte en las ciudades no es ni será nunca proteger al taxi, sino posibilitar que exista cuanta más oferta, mejor. Oferta de todo tipo: vehículos particulares, conductores con licencia VTC, furgonetas y SUVs con rutas compartidas, sistemas de car-sharing o en car-pooling… todo.

A partir de ahí, la huelga ya no tiene sentido más que como protesta de un colectivo que reclama que su supuesto derecho a mantener su supuesta exclusividad está por encima del derecho de todos los ciudadanos a moverse por una ciudad, y es peor aún si toma como rehén a toda esa ciudad y dificulta la movilidad en la misma durante doce horas. Aquí, los ciudadanos deberíamos dejar de manifestar “simpatía”, y reclamar que se protegiesen nuestros derechos contra una mafia que se pasea por la ciudad cortando calles, tirando petardos, agrediendo a personas y propiedades e intimidando a conductores para que no puedan hacer su trabajo. Esa es la gran verdad: que los taxistas han pasado de “afectados por el avance de la tecnología”, a simplemente “mafia”. De la peor clase. Y lo siento muchísimo, porque no se puede juzgar a todo un colectivo de trabajadores honrados por las acciones de unos pocos, pero es lo que hay.

El problema del taxi no se llama Uber ni Cabify: se llama conducción autónoma, algo que va a estar aquí en un plazo de unos tres años, y que conlleva que ya nadie va a vivir de conducir un vehículo. Creen que es ciencia-ficción, pero ya está aquí, y no va a detenerse para que algunos sigan preservando su supuesta (e inexistente) exclusividad. Cuando los vehículos sean autónomos, y la tecnología ya ha llegado prácticamente a la posibilidad de que así sea, el transporte sera mucho más barato, más eficiente, y será ofrecido por plataformas reguladas mediante apps. El taxi como lo conocemos hoy será una reliquia del pasado, un recuerdo de otros tiempos, de cuando eran personas las que conducían los vehículos. Que para proteger los escasos años que quedan antes de que eso sea una realidad vengan unos energúmenos y colapsen toda una ciudad es algo sencillamente inaceptable.

No tengo nada que ver con ninguna de estas compañías, más allá de estudiarlas como caso de disrupción tecnológica e innovación. Soy simplemente un profesor, no me pagan por escribir sobre ellos, ni por publicar esto, ni por opinar de una manera determinada. Soy un profesor que ayer quiso desplazarse a las 17:00 a un sitio fuera de la almendra de Madrid, y que no pudo hacerlo porque no solo no había taxis, que están en su derecho de hacer huelga si quieren, sino que no había ningún otro servicio, porque estaban siendo objeto de agresiones e intimidaciones. Alguien que ayer se quedó sin acudir a una reunión, alguien cuyos derechos fueron claramente vulnerados por un colectivo con un comportamiento abiertamente mafioso. Urge que alguien con dos dedos de frente y sin recursos al populismo evite que un colectivo siga tomando como rehén a toda una ciudad, colapsándola completamente, para defender un monopolio que no debería existir y unos derechos que no existen y que, además, van en contra del interés de toda la sociedad en su conjunto. El problema del transporte en las ciudades no lo vamos a arreglar preservando lo que hay: hacen falta soluciones nuevas. Muchas. Cuantas más mejor. Y si eso supone la desaparición de un monopolio, ese monopolio tendrá que desaparecer, aunque a muchos no les guste y aunque tengan la posibilidad de colapsar las ciudades. Es lo que hay.

 

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Project Sunroof y las magnitudes en energía

Project Sunroof - GoogleMi columna de esta semana en El Español se titula “Lo que nos estamos perdiendo“, y vuelve al tema de la energía solar y la generación distribuida, al hilo de la primera expansión del Project Sunroof de Google fuera de los Estados Unidos, a Alemania, en asociación con una compañía eléctrica clásica, E.ON. Habría mucho que decir sobre la relación entre esa compañía y nuestro país, pero tendríamos que bajar hasta lo más hondo de las catacumbas de la corrupción institucionalizada en España, y no es un tema en el que toque entrar en este lugar y momento.

El Project Sunroof de Google es una manera de hacer tangible la generación de energía solar utilizando Google Earth y Google Maps para, a partir de la dirección de una casa, ser capaz de calcular la insolación que recibe y la superficie de su tejado, lo que permite, trabajando con compañías eléctricas, establecer un marco de los ahorros que podría generar en su factura. Obviamente, la propuesta de valor más clara es para quienes viven en viviendas unifamiliares, pero puede utilizarse también en comunidades para tener una idea de lo que estamos hablando.

En un país como España, con un nivel generalmente elevado de insolación y una anomalía fruto de un nivel de corrupción generalizado como el “impuesto al sol”, que pretende desincentivar la autogeneración a nivel doméstico, herramientas como Project Sunroof resultarían importantísimas para que los usuarios tuviesen una idea real de lo que se están perdiendo al no aprovechar una fuente de energía como el sol. Frente a escépticos trasnochados que siguen aún afirmando que “la energía solar no es rentable si no se subvenciona” – algo que dejó de ser verdad hace mucho tiempo en virtud de la evolución del precio de las placas solares gracias a la ley de Swanson – y que aún toman como norma de fe generalizada aquellos escasísimos casos de fraude en los que los propietarios de granjas solares utilizaban generadores diesel para generar energía por las noches (que en realidad ni siquiera se trataba de un fraude como tal, sino de una reserva de la capacidad de generación provocada por un plazo establecido artificialmente a los propietarios) , la gran verdad es que no aprovechar esa capacidad de generación es completamente absurdo, y que los costes, aparte de lo que la fría cifra que la calculadora de Project Sunroof sea capaz de arrojar, van mucho más allá en términos medioambientales.

En cuestión de expectativas, es fundamental ser realista. Es muy posible que en muchos casos, las posibilidades de la generación solar doméstica no sean suficientes para cubrir todas las necesidades de una casa. En invierno, con menos horas de sol y con una demanda más elevada de electricidad, es muy posible que sea necesario recurrir a una compañía eléctrica para cubrir determinados momentos. Es muy razonable pensar en escenarios de generación distribuida en los que las compañías eléctricas sigan siendo quienes poseen y operan las instalaciones sobre los tejados de muchos hogares, pero incluso en ese caso, habremos ganado mucho en términos medioambientales.

Proyectos como este son muy necesarios en España para entender lo que nos estamos perdiendo. En Alemania necesitan Project Sunroof para calcular lo que se ahorrarían: en España, lo necesitamos para entender cuánto nos están robando unos políticos corruptos y unos impuestos completamente fuera de lugar. Lo necesitamos para evidenciar lo que hay, para generar presión sobre la retirada del impuesto al sol. Lo necesitamos para sacar la basura. Si Google quiere generar una diferencia con su proyecto, España es un buen sitio para lograrlo. Para evidenciar el nivel de cerrazón intelectual y de corrupción al que muchos políticos pueden llegar. A ver si alguna de las compañías eléctricas en nuestro país se decide a recoger el guante de Google y se convierte en socia de este gran proyecto.

 

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El futuro de la energía es la generación distribuida

IMAGE: Stanis?aw Tokarski - 123RFMi columna de esta semana en El Español se titula “Autoconsumo y prevaricación“, y hace referencia a la dura carta enviada por la Comisión Europea al ministerio de energía español, exigiendo explicaciones por las múltiples trabas, barreras e impuestos establecidos a nivel legislativo para desincentivar el autoconsumo eléctrico, que no solo son completamente contrarios al derecho europeo, sino que además, suponen un absoluto contrasentido en un país con un nivel de insolación tan elevado como España.

El desincentivo a la autogeneración de electricidad en España es un clarísimo caso de prevaricación, en su definición mas canónica: dictar una resolución arbitraria en un asunto administrativo o judicial a sabiendas de que dicha resolución es injusta. Cuando el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, afirma que no elimina el impuesto al sol porque si lo hiciese “se dejarían de recaudar 162 millones de euros anuales vía impuestos” está, en realidad, admitiendo que implantó un impuesto contrario a la legislación europea, que tasa de manera injusta y arbitraria una actividad tan beneficiosa para el medio ambiente y para el bolsillo del ciudadano como la autogeneración y autoconsumo de energía eléctrica, y que además, se niega a dejar de hacerlo porque no quiere renunciar a esos ingresos. 

Que países europeos con tasas de insolación much menores que España estén plagados de placas solares mientras en nuestro país, instalar un tejado solar y un acumulador suponga enfrentarse a un calvario legislativo, regulatorio y fiscal supone un contrasentido tan grande, tan absurdo, que reclama una investigación sobre los motivos que en su momento llevaron a los políticos implicados a legislar de esa manera. Pero sobre todo, urge eliminar ese entramado destinado únicamente a desincentivar un fenómeno, el de la autogeneración y el autoconsumo, que se ha desarrollado de manera impresionante en muchos países y que está sujeto a enormes economías de escala.

En los Estados Unidos, el Project Sunroof de Google, pronto disponible para España, ha determinado analizando sesenta millones de edificios en cincuenta estados que 4 de cada 5 hogares tienen potencial para la generación de energía solar. Es posible que en nuestro país, con una tasa de concentración de la población en núcleos urbanos relativamente elevada, esa tasa sea algo menor, pero en cualquier caso, es fundamental ponerla en valor lo antes posible. La ley de Swanson hace que los paneles solares sean cada vez más baratos, los acumuladores mejoran también su rendimiento, y el desarrollo de nuevos materiales como las tejas solares creadas por Tesla, disponibles en el mercado a partir de abril, lleva a modelos cada vez más eficientes y menos intrusivos. ¿Qué sentido tiene seguir oponiéndose por principio a una generación distribuida que se revela de una forma cada vez más clara como el futuro de la energía?

 

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Electricidad y abundancia

IMAGE: Gina Sanders - 123RFCon el precio de la electricidad en máximos históricos en España por culpa de un esquema de profunda ineficiencia, cuesta pensar en una revolución que se lleve por delante una gran parte de los esquemas que hemos conocido durante nuestra vida y que nos aboque a un auténtico cambio de modelo, a la llegada de la energía barata o gratuita, a la era de la abundancia energética.

Y sin embargo, son cada vez más las señales que indican que la energía va a protagonizar la siguiente gran revolución: la llegada de lo que algunos empiezan a denominar enernet, una red de energía dinámica, distribuida, redundante y multi-participativa construida alrededor de la generación, almacenamiento y entrega de energía limpia. Una idea de la que se lleva hablando ya bastantes años, que viene a suponer la aplicación del modelo de internet a la generación de energía eléctrica, y que se asienta, como no podía ser de otra manera, en el avance de la tecnología y en la evolución de una ley de Swanson que ya no puede seguir ignorándose.

La revolución de los materiales implica ya que podemos cubrir el tejado de una casa con tejas que en muchos casos son más baratas y resistentes que las convencionales, con un aspecto perfectamente normal, y que permiten generar energía solar con un rendimiento impensable hace muy pocos años. Cuando el material que escoges para cubrir tu casa puede generar energía y durar más que una cubierta tradicional en una expectativa de desarrollo tecnológico sujeta a la ley de Swanson, hablamos de un escenario en el este tipo de inversiones tendrán sentido para los particulares, pero en el también surgirán compañías dispuestas a tratar la inversión como un producto financiero, a costear la instalación a cambio de administrar la energía producida y tomar la decisión de cuándo interesa sustituir las tejas con nuevos materiales más eficientes.

Con cada vez más compañías construyendo sus propias instalaciones de generación de energía para asegurarse un abastecimiento limpio y barato, y con una energía solar ya más barata que el carbón, las medidas planteadas por políticos abiertamente corruptos como los de Wyoming o los de España van a resultar cada día más anacrónicas e indefendibles: lo que puede plantearse como una defensa de la rentabilidad de las compañías tradicionales y de su inversión en infraestructuras, dará paso cada vez más a instalaciones distribuidas, en las que comunidades de vecinos y urbanizaciones comenzarán a plantearse sustituir las cubiertas de sus viviendas, llevar a cabo una contabilidad de la energía consumida mediante sistemas basados en blockchain, y protegerse del posible desabastecimiento en caso de climatología adversa mediante baterías cada vez más eficientes y mediante redes cada vez más amplias. Una sola vivienda puede tener problemas a la hora de plantearse la desconexión de la red principal, pero una comunidad entera genera un efecto de compensación que puede aportar mucha más estabilidad al sistema, y que crea espacios para compañías más innovadoras que vean oportunidades en explotar esas células de generación distribuida. El mercado de la energía está a punto de experimentar la mayor disrupción de su historia, y las compañías tradicionales que no quieran explorarlo y posicionarse en ese entorno se arriesgan a sufrir enormemente en términos de competitividad.

No prestar atención a esos cambios y perpetuar los esquemas ineficientes que nos han traído hasta aquí es cada día más insostenible y, sobre todo, más irresponsable. La revolución de la energía está siendo contemplada ya por muchos como la próxima gran frontera, y está, desde un punto de vista tecnológico, ya a la vuelta de la esquina. Con el precio de la energía por las nubes en España en estas fechas, es el momento de traer este tema a la mesa de discusión.

 

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El tráfico, las ciudades y la inevitabilidad

Plano medidas navidad - Ayuntamiento de MadridLas polémicas medidas de control de tráfico en Madrid, con el corte de arterias tan importantes en la circulación de la ciudad como la Gran Vía, Atocha o la calle Mayor, puestas en marcha por el equipo municipal de Manuela Carmena, están generando una importante polémica y un gran número de críticas, rápidamente minimizadas por el equipo municipal.

Que medidas de este tipo generen polémica entra dentro de la lógica: sin duda, generan incomodidades, cambios en nuestras rutinas y problemas a la hora de planificar nuestros desplazamientos. Todos, desde los que vivimos en la ciudad o en su extrarradio, hasta los que simplemente pasan unos días en ella como turistas, consideramos la ciudad como algo nuestro, un recurso común que podemos utilizar a nuestra conveniencia, y cualquier restricción en ese sentido genera inconveniencias. Todos preferimos no estar sujetos a más restricciones que aquellas que marca la lógica o las necesidades de la convivencia.

Esto, en el seno de una gran ciudad de un país desarrollado, tiene un problema: ha generado un modelo completamente absurdo. Nos pongamos como nos pongamos, la ciudad de Madrid, como muchas otras de su tamaño, es completamente insostenible. Gestionar una ciudad de más de tres millones de habitantes, con un extrarradio de más de 6.4 millones, y que concentra varios de los municipios del país con un ratio más elevado de vehículos por familia, de los cuales en torno a un 98% de ellos son propulsados por combustibles fósiles, genera una situación completamente inmanejable. En el momento en que las condiciones climatológicas no acompañan, y no me refiero precisamente a que haga buen tiempo sino más bien a lo contrario, a que escaseen las lluvias o los vientos fuertes, Madrid se recubre de una enorme capa de contaminación visible desde cualquier punto de la periferia, y los indicadores de la red de estaciones de medición se disparan por encima de lo permitido.

En su momento, elogié a Manuela Carmena por ser la primera alcaldesa de Madrid que se planteaba de verdad tomar medidas en este sentido. Venimos de muchos años en los que la práctica habitual fue ignorar estas mediciones, esconder las estaciones de medición en lugares menos expuestos a la contaminación o simplemente falsear los datos. Durante un largo tiempo, millones de madrileños han respirado lo irrespirable, tasas de contaminantes muy superiores a lo recomendado y a lo permitido. Madrid ya era una de las ciudades más contaminadas de Europa en los años ’70, y esta situación no ha dejado de empeorar a medida que la renta per capita ha ido elevándose y los ciudadanos han ido adquiriendo más vehículos, instalado más calefacciones y aires acondicionados, etc. No hacer nada supone prolongar una situación absurda que nadie quiere. Pero por alguna razón, cuando se plantean medidas, todos preferimos ser intensamente cortoplacistas, y rechazamos las medidas en función de las incomodidades que nos generan.

La situación actual no se puede seguir ignorando. Y en ese sentido, Manuela Carmena es una persona con una visión de la ciudad que, al menos, tiene esos imprescindibles elementos en cuenta. Podemos hablar de lo que queramos desde un punto de vista político, pero desde el ámbito medioambiental, el Madrid ideal de Carmena coincide con lo que muchos tenemos en la cabeza como la ciudad del futuro, muchísimo más limpia de contaminación, más agradable para moverse y desplazarse, y mucho más pensada en torno a las personas que a los vehículos. Las medidas que se van tomando en ese sentido tiene que ser necesariamente cuidadosas: no se puede decir de la noche a la mañana a una persona que tiene que vender su vehículo porque seguramente no va a poder mantenerlo ni aparcarlo en el centro de Madrid… pero hay que marcar claramente que esa es la tendencia inamovible que las cosas van a seguir.

En la ciudad del futuro, las personas, simplemente, no necesitan tener un coche. Esto coincide con las tendencias que la propia industria del automóvil tiene ya sumamente claras: en el futuro, las personas no comprarán vehículos, sino que los usarán mayoritariamente como servicio. Los vehículos pertenecerán a flotas que los explotarán, y que estarán compuestas por vehículos eléctricos o propulsados por energías limpias, y de conducción autónoma. Ese supuesto “futuro de piruleta” o “de ciencia ficción” ya no lo es más, hablamos de escenarios a muy pocos años vista, de tecnologías que ya están aquí, y que precisamente necesitan de un importante proceso de mentalización colectiva para que resulten viables. En la ciudad del futuro, no hay vehículos aparcados en las aceras. Te puede parecer exagerado, pero intenta imaginar tu calle sin ningún vehículo aparcado, con todo ese espacio aprovechado para caminar, para poner terrazas, para detener vehículos de carga y descarga, o para dejar a personas. La calle es un espacio común que ha sido privatizado por un montón de propietarios de vehículos que se consideran en su derecho de ocuparla, algo que tiene que empezar a cambiar.

Lo mismo sucede con determinados tipos de vehículos. La gran verdad, el enorme elefante en la habitación, es que los vehículos de combustión interna deberían ser prohibidos ya, o incluso haber sido prohibidos hace años. Cuando hablamos de medidas como las planeadas por ciudades como Madrid, Paría o México D.F. para prohibir la circulación de vehículos diesel a partir de 2025 o 2030, hablamos en realidad de una barbaridad, porque esos vehículos, sabiendo lo que ya sabemos, deberían haber dejado de fabricarse y de circular hace ya bastante tiempo. La tecnología de los vehículos eléctricos hace ya mucho tiempo que es suficiente para más del 90% de los usos habituales de los ciudadanos, y los mitos que afirmaban que contaminaban igual porque la generación de electricidad no era limpia o porque se fabricaban con elementos contaminantes hace ya mucho tiempo que se consideran completamente falsos. Como sociedad, hace ya mucho que deberíamos habernos planteado que la situación es completamente insostenible, que no se deberían seguir fabricando vehículos propulsados por combustibles fósiles y que es necesario y fundamental dar un fortísimo golpe de timón en ese sentido… pero en lugar de eso, preferimos seguir hablando de moratorias a diez o quince años vista. Simplemente demencial.

Las medidas de Manuela Carmena para Madrid tratan de poner a los madrileños en la tesitura de una realidad que ya no pueden seguir ignorando: aquellos que pretendan vivir en el centro de la ciudad y poseer más vehículos que los que puedan aparcar en su garaje, deberían ir pensando en deshacerse de ellos. Como ciudad, resulta fundamental trazar proyectos de movilidad que tengan en cuenta todas las opciones disponibles para acelerar la transición de la era del automóvil a la era del transporte como servicio. Llámese transporte público, buses autónomos, metro, tranvía, bicicletas, Uber, Cabify, Car2go o como se llame, resulta fundamental considerar Madrid cada día más como un auténtico laboratorio de movilidad, como un lugar donde la actitud de los poderes públicos sea facilitar la prueba de toda aquella tecnología o modelo que pueda contribuir a aliviar la penosa situación de la movilidad urbana. Algo que al principio requiere ajustes y que generará preguntas, pero que resultará cada vez más natural.

Y en ese sentido, las medidas de Manuela Carmena deben venderse ya no como extraordinarias y con motivo de la llegada de la navidad, sino como cada vez más habituales y necesarias, como una parte fundamental del paisaje urbano. Debemos acostumbrarnos a pensar que cada poco tiempo, tendremos restricciones a la circulación por contaminación, que habrá cada vez más zonas por las que no se podrá circular si no vas directamente a tu plaza de garaje, que un vehículo eléctrico tendrá cada vez más ventajas, y que aparcar debería ser cada vez más difícil, con el fin de desincentivar el uso del vehículo privado todo lo posible. Esto es como el tabaco: nadie pensó que se conseguiría reducir tanto su consumo, han sido necesarias muchísimas campañas de mentalización y concienciación, pero ahora, tras unos cuantos años, las oportunidades en las que un no fumador se ve expuesto al humo del tabaco han pasado a ser ya muy excepcionales. Y así debe ser, por muchas incomodidades que les genere eso a algunos.

Lo que más hay que valorar en un político es la visión de futuro, los planes que trascienden su mandato, las imágenes que pueden ser capaces de evocarnos. No estoy políticamente próximo a Manuela Carmena, pero valoro enormemente su compromiso por ideas como la sostenibilidad y la necesidad de cambiar el modelo de ciudad. Las medidas actuales causarán molestias, sin duda, pero contribuyen a que comencemos a ser conscientes de la necesidad de cambiar. Si estuviera en mi mano, esas medidas serían todavía más drásticas y a mucho menor plazo, aunque políticamente fuesen difíciles de ejecutar. Pero hablamos de mucho más que de unas pocas molestias a la hora de movernos por la ciudad. Hablamos de ir acostumbrándonos a pensar en un nuevo modelo, en algo que ya ha llegado, y con lo que vamos a tener forzosamente que convivir. Hablamos de algo que aunque aparentemente no nos guste porque no nos gusta el cambio, es básicamente la alternativa que hay. Hablamos de futuro.

 

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El clic que cambió el mundo

El clic que cambió el mundo - ABC (pdf)

Carlos Manso, de ABC, me llamó para hablar del aniversario del día, 12 de noviembre de 1990, en que Tim Berners-Lee y Robert Caillau desarrollaron la primera propuesta de un hipertexto global, que años más tarde evolucionaría hacia lo que conocemos como la World Wide Web, y ayer publicó su artículo titulado “El clic que cambió el mundo” (pdf), en el que cita algunos de mis comentarios.

Sobre todo, hablamos del fortísimo efecto de la web en la reducción de los costes de transacción y coordinación, lo que ha determinado la aparición de una gran cantidad de modelos de negocio que aprovechan esta circunstancia para plantear modelos que antes del desarrollo de la web, habrían resultado sencillamente imposibles.

Más allá de la idea simplista de “la tienda abierta al mundo”, que solo funciona si tu compañía, tu producto o tu servicio tiene las interfaces, el interés y la capacidad logística para dirigirse a usuarios de cualquier país con una propuesta razonablemente atractiva y competitiva, la idea de reducir los costes de coordinación me resulta mucho más potente. Yo, como ya he comentado en algunas de mis conferencias, recuerdo perfectamente cómo, cuando era un estudiante en Santiago de Compostela y volvía a casa de mis padres en La Coruña los viernes para comer comida de mamá y lavar la ropa, veía cómo varias personas, al salir de la estación de trenes, me ofrecían pensión. Aquella alternativa para rentabilizar un recurso ocioso, la de apostarse a la salida de la estación y ofrecer su producto a quienes salían de ella y tenían aspecto de querer un lugar barato donde quedarse en la ciudad, hoy ha sido prácticamente sustituida por una pujante Airbnb que ofrece simplemente una plataforma para que cualquiera que tenga una casa o habitación, pueda ofrecerla sin necesidad de pasar frío en la puerta de la estación. Lo apliquemos donde lo apliquemos, esa simple característica, la reducción de los costes de coordinación necesarios para poner de acuerdo a oferta y demanda, se ha convertido en el gran cambio que hemos experimentado con la web.

Además, hablamos de cuestiones como el especial comportamiento del consumidor español en cuanto a los procesos de adopción tecnológica, de la importancia de las políticas tecnológicas y el desastre que supone que los políticos españoles solo se refieran a internet para hablar de los supuestos “terribles peligros” que supone en lugar de pensar en las oportunidades que genera, y de la enorme importancia de las plataformas móviles en la internet de hoy.

 

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La maldita actitud anti-tecnológica del Partido Popular

Twitter bird mugshotEl Partido Popular registra una proposición no de ley en el Congreso de los diputados con el fin de reformar la protección del derecho al honor, con la idea de aplicarla en las redes sociales. De nuevo, la estúpida idea de considerar eso que llaman “las nuevas tecnologías” siempre como una “terrible amenaza”, algo para lo que es “imprescindible” crear nueva legislación.

El derecho al honor está perfectamente legislado. Para mí, que incluso llegué al punto de ser llevado ante los tribunales por haber supuestamente “ofendido el honor” de una asociación de empresas (que lejos de tener ningún problema con “su honor”, me denunciaba simplemente para intimidarme y tratar de evitar que diese mi opinión sobre sus prácticas de negocio), está muy claro que el derecho al honor está incluso excesivamente legislado, llegando casi hasta la paranoia. Pensar en proteger aún más ese derecho al honor se me antoja una manera clarísima de crear instrumentos de censura, de dotarse de herramientas siguiendo el estilo del gobierno turco de Erdoğan, que permitan judicializar la conversación o pretendan convertir la falta de educación en delito. 

Francamente, una ley que haga más fácil denunciar a los ciudadanos cuando insultan a otros en las redes sociales es algo que me preocupa. No porque me gusten los insultos ni porque considere que deba protegerse de alguna manera al que insulta, sino porque estimo que el honor está ya suficientemente protegido, y que aquel que siente que la participación de un tercero en las redes sociales insulta su honor, tiene ya más que suficientes herramientas jurídicas como para reclamar protección. Si nos fijamos en la gran mayoría de las democracias modernas, lo normal no es dedicarse a endurecer la protección al honor ante la llegada de las redes sociales. Ese tipo de tendencias legislativas son, como todos los intentos por incrementar el control de la red, típicas de países como Turquía, Irán o China. Por algo será.

La mala educación, el mal gusto, las injurias o las ofensas en las redes sociales son un problema, sí. Como ya he dicho en muchas ocasiones, los protocolos de uso tardan mucho más en desarrollarse que las propias herramientas que los soportan. Que por alguna razón, una parte de la sociedad haya decidido ignorar las normas de educación que acordamos como sociedad a lo largo del tiempo para regular nuestro comportamiento y evitar que acabemos a bofetadas es, como tal, un problema, pero no un problema que no tenga solución con las herramientas legislativas con las que ya contamos. Estamos de acuerdo: la sinceridad está sobrevalorada. Aunque pienses que alguien es un imbécil, nada te obliga a decírselo en público, y de hecho, lo normal, considerando unas normas de buena educación que no están ahí por casualidad, es que no debas decírselo, por mucho que creas que le haces un favor diciéndoselo. Lo más normal es que la persona, ademas, no quiera que se lo digas, y de hecho, le moleste, o incluso piense que ofendes a su honor. Pero un insulto es un insulto, sea en la red, en un periódico o en la calle, y pretender que “las nuevas tecnologías” (¿cuántos malditos años tiene que tener una tecnología para que el Partido Popular deje de considerarla “nueva”?) son de alguna manera “un entorno diferente” para el que es preciso crear legislación especial es un error. Y además, potencialmente muy peligroso.

El intento de endurecer la protección del derecho al honor es, simplemente, una forma de dotarse de herramientas para procesar a aquellos que digan algo que nos parece mal. Una manera mal entendida de intentar elevar las barreras de entrada, de pretender que la buena educación surja por el método del palo. No, la buena educación no se consigue con amenazas de “te meteré en la cárcel si te portas mal”. Es precisamente lo que hacía falta en España y lo que sin duda arregla nuestros problemas: una ley especial para meter en la cárcel a usuarios de redes sociales. Y más cuando ya existen suficientes leyes que permiten castigar ese tipo de delitos… cuando lo son.

Me preocupa seriamente que el partido en el gobierno en mi país muestre una actitud ante la tecnología que siempre comience con lo malo, con la preocupación, con los supuestos peligros. ¿No sería más lógico pensar en las redes sociales como una manera de captar opinión, o como una forma de comunicar con los ciudadanos, como hace el gobierno norteamericano? ¿Vemos acaso en los Estados Unidos leyes para proteger más aún el derecho al honor? ¿O más bien al revés, vemos como se obsesionan por proteger la libertad de opinión? ¿Tiene sentido que siempre que el partido en el gobierno mencione algo que tenga que ver con la tecnología lo haga para intentar “protegernos de sus supuestos peligros”? ¿No es esa una actitud cansina y profundamente reveladora? Por favor, la tecnología está cambiando el mundo tal y como lo conocemos en muchísimos sentidos, y todo lo que el Partido Popular piensa es en “cómo protegerse de todos esos cambios”!! ¿Qué diablos de actitud es esa?

Y por cierto, Partido Popular… la mejor forma de proteger el honor es comportándose sistemáticamente de manera honorable.

 

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