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Con Francia en el horizonte…

Elections pre?sidentielles 2017 FranceCon las elecciones presidenciales francesas a la vuelta de la esquina, y dados los resultados de las reciente cita electoral norteamericana, todo apunta a que el país vecino se va a convertir en un auténtico laboratorio tecnológico en el que poner a prueba la influencia de factores como la divulgación de noticias falsas y su impacto en el proceso electoral.

Facebook acaba de anunciar el lanzamiento de un filtro para noticias falsas específico para Francia, al tiempo que se une a Google y a ocho grandes medios franceses para intentar poner en marcha herramientas de verificación de noticias. La idea es que herramientas como CrossCheck, desarrollada por Google News Lab junto con First Draft dentro de la iniciativa de trabajo con medios europeos, puedan ser utilizadas en conjunción con bases de datos como las desarrolladas por Le Monde, seiscientas páginas web directamente identificadas como no fiables; por Libération, en la que se compilan noticias positivamente identificadas como falsas; o por otros medios, con el fin de combinar esa información con reportes de usuarios y otro tipo de feedback, y reducir la difusión de esas noticias en los algoritmos de redes sociales y buscadores. Según algunos de los medios implicados, fue precisamente ese compromiso de las empresas online como Facebook para reducir la circulación de noticias falsas en sus algoritmos de recomendación lo que les animó a participar en la iniciativa.

En los Estados Unidos, Facebook ha solicitado la colaboración de terceros como Snopes, PolitiFact o la herramienta de fact-checking de The Washington Post para, combinado con el feedback de los usuarios, tratar de limitar la difusión de ese tipo de noticias falsas y etiquetarlas como tales.

El problema de las noticias falsas en los entornos en red es, por un lado, la ausencia de referencias válidas para juzgar su credibilidad. Con el valor de las cabeceras periodísticas en plena crisis, muchos medios online han pasado a ocupar un lugar creciente en la dieta informativa de los ciudadanos, pero junto con medios que lo hacen muy bien y desarrollan un periodismo de nivel, surgen otros que se aprovechan de las escasas barreras de entrada del canal online para intoxicar, inventar o difundir noticias falsas vinculadas a agendas políticas concretas, con el agravante, además, de contar con incentivos generados por la propia difusión de esas noticias en redes sociales y buscadores. La exclusión de las páginas identificadas como de noticias falsas de los mecanismos de publicidad de Google y Facebook es un primer paso importante porque reduce el incentivo económico de generarlas, pero es tan solo un primer paso de muchos más que hay que dar. El estudio de los patrones d difusión de las noticias falsas, por ejemplo, es otra herramienta importante de cara a prevenir su circulación, y presumiblemente fue una de las razones principales que llevó a Facebook a adquirir CrowdTangle, una herramienta de analítica social, el pasado noviembre.

Por otro lado, las redes sociales juegan un papel de “cámara de eco” en las que los ciudadanos, llevados por los mecanismos sociales que les llevan a reunirse preferentemente con otras personas que piensan como ellos, sienten que todo su entorno refuerza sus creencias y las priva de los habituales frenos sociales, generando una radicalización que tiende a favorecer a opciones que, sin esos mecanismos, serían meramente marginales. El problema, lógicamente, es cómo frenar las noticias falsas sin convertirse en una especie de “árbitro de la verdad” que decide lo que es cierto y lo que es falso, una cuestión que ya le costó a Facebook múltiples críticas en ese sentido y una reunión de urgencia con políticos conservadores cuando algunos de sus editores afirmaron aplicar criterios con sesgo político a la hora de decidir qué noticias se convertían en trending y cuales no. Según muchos, fue precisamente el miedo a que se relacionase a Facebook con una red hostil a las ideas conservadoras lo que hizo que la compañía no hiciese suficiente a la hora de detener la difusión de noticias falsas en las pasadas elecciones norteamericanas.

¿Son realmente las redes sociales total o parcialmente responsables del resultado de las últimas elecciones norteamericanas? ¿Son los lectores que solo leen lo que quieren leer, lo que les hace sentir bien o lo que coincide con su visión del mundo? ¿Un efecto combinado de ambas cosas? Mientras algunas noticias son claramente falsas desde un punto de vista puramente factual, en muchos otros casos, los matices no son tan sencillos, además de mezclarse con recursos como la sátira o el humor que no deben ser, en principio, objeto de censura, pero que dificultan la tarea de identificación. Si los mecanismos basados en la actuación de editores humanos tienen el problema de la arbitrariedad, y los desarrollados a partir de algoritmos de inteligencia artificial son complejos y con posibilidades de fallar, la alternativa parece ser combinar varios mecanismos a modo de indicadores y optar por metodologías mixtas en las que se añadan al feedback y al etiquetado por los usuarios, y a los patrones de difusión que pongan bajo sospecha todo aquello que experimente una difusión especialmente rápida. Para nada un problema trivial. Y todo indica que las próximas elecciones francesas se disponen a ser, en muchos sentidos, un escenario para muchas pruebas relacionadas con este tema.

 

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Redes sociales y reacciones de amplificación

Catraca Livre: caída de la popularidad de la página de Facebook

Catraca Livre es una página brasileña de gran popularidad, creada por el prestigioso periodista Gilberto Dimenstein y definida como una forma de utilizar la comunicación y la red para el empoderamiento ciudadano. En portugués, una catraca es un torniquete o molinete de acceso de personas a un recinto. En su página de Facebook contaba, ayer día 30 de noviembre por la mañana, con más de 8.3 millones de Likes. En el momento de escribir esta nota, unas doce horas después, ese número ha descendido por debajo de los 7.8 millones, casi medio millón menos.

¿Qué lleva a que una página como esta comience a perder nada menos que entre 10,000 y 50,000 Likes por hora? Con motivo del accidente en Colombia del avión que transportaba al equipo, cuerpo técnico y directivos de la Associação Chapecoense de Futebol, la página decidió recuperar algunas publicaciones antiguas, tales como una historia publicada el pasado agosto con consejos para personas con miedo a volar, y otra sobre los mitos de los viajes aéreos, en las que mencionaba directamente la tragedia y utilizaba el hashtag #acidentenaColombia. La decisión de la publicación, considerada por algunos lectores como de mal gusto y oportunista, provocó un elevado número de quejas de lectores en la página, que se hizo eco de las quejas y se defendió diciendo que solo pretendía mostrar otros aspectos periodísticamente relevantes de la tragedia. La reacción de los lectores ante la respuesta fue iniciar una campaña de bajas, que ha provocado la citada caída y cuyo impacto sobre el número de seguidores de la página podía ser seguido en vivo mediante Facebook Live. A las 14 horas, la página, viendo la fortísima evolución de esa caída, publicó un par de notas de disculpa tituladas “Desculpas” y “Erramos”, que no convencieron a los lectores ni interrumpieron la progresión. A las 16:30, el mismísimo fundador de la página publicó en Facebook una petición personal de disculpas titulada “Meu erro” en la que se atribuía toda la responsabilidad sobre la decisión, pero que tampoco funcionó a la hora de detener la imparable pérdida de seguidores. 

Otra página, Netshoes, dedicada al comercio electrónico de artículos deportivos y que elevó el precio de la camiseta oficial del Chapecoense desde los 159 reales hasta los 249, también fue objeto de una fuerte polémica, a pesar de los intentos de explicar, incluso con un mensaje en vídeo de su fundador, que el precio original era resultado de las fuertes rebajas llevadas a cabo por el llamado Black Friday, y que la subida de precio se debía sencillamente a un sistema automático que recuperaba el precio original al agotarse las camisetas incluidas en la promoción. La decisión de la página de devolver manualmente las camisetas a su precio rebajado no sirvió tampoco para aplacar la furia de los usuarios.

Cuando las emociones se desatan al hilo de un suceso determinado, las redes sociales pueden actuar como un peligrosísimo amplificador del sentir colectivo, con resultados que pueden ser completamente impredecibles. En este caso, basta con que un grupo de personas manifieste su disgusto ante su interpretación de las acciones de un tercero, para que ese tercero se vea de repente afectado por una fortísima e imparable reacción en cadena, una especie de expresión de rabia colectiva que lo sitúa en el auténtico ojo del huracán y que puede suponer una verdadera crisis reputacional. ¿Son realmente tan graves las acciones cometidas por Catraca Livre o por Netshoes como para merecer una multitud de reproches en las redes sociales y un fuerte castigo en términos de popularidad? Según quien lo interprete, las acciones pueden ser simplemente un exceso de celo informativo o un intento de complementar una noticia – tratar de utilizar un accidente aéreo para hablar sobre mitos sobre los peligros de la aviación o sobre consejos para personas con miedo a volar – o un intento de aprovechar una tragedia para obtener más páginas vistas… pero en el medio de reacciones colectivas como estas, todo se amplifica, todo se convierte en punible, y fácilmente puedes terminar con una multitud buscando un árbol del que colgar una soga. ¿Son creíbles las explicaciones de los implicados? Poco importa una vez que la historia se ha instalado en el imaginario colectivo y lo que circula es únicamente la “versión abreviada y simplificada”, que unos intentaron aprovechar la tragedia para obtener más tráfico y otros para vender camisetas más caras. Que sea cierto o no, que esa idea pasase en algún momento o de algún modo por la cabeza de los profesionales que tomaron esas decisiones a gran velocidad, o incluso que posiblemente ni las tomaron sino que simplemente no se dieron cuenta, pasa en un instante a ser completamente secundario. Y todo ello en un marco en el que todo tiene lugar a velocidades vertiginosas, y en el que si parpadeas, te lo pierdes. Decididamente, no es un entorno sencillo.

Mi agradecimiento a Sabrina Passos, alumna del Master in Visual and Digital Media de la IE School of Human Sciences and Technology, periodista brasileña, nacida en el mismo estado de Santa Catarina del que es original el Chapecoense, que ha perdido amigos y conocidos en la tragedia, y que ayer en clase me llamó la atención sobre este tema.

 

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La peligrosa química de la web

IMAGE: Alexander Parenkin - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Mezclas peligrosas“, y hace referencia a la compleja química de la web, en la que una serie de componentes que estaban destinados a ser individualmente beneficiosos terminan generando una reacción explosiva.

¿Cuáles son los componentes que han convertido a la web en un peligroso lugar que favorece la circulación de noticias falsas, bulos virales y desinformación? En primer lugar, claramente, la caída de las barreras de entrada a la publicación. Un fenómeno que conozco como pocos, que posibilita que pueda estar aquí cada día compartiendo un texto con vosotros, cuando antes tenía que enviarlo a un medio de comunicación, confiar en que pasase un cierto filtro más o menos riguroso, esperar la confirmación de que “hubiese papel” (siempre me hizo gracia eso de “esta semana no salimos porque no hay papel”, referido al balance entre contenido y publicidad… cuando eso pasaba, me daban ganas de enviar a la redacción un poco de papel… higiénico 🙂 y finalmente, verlo salir impreso unos días después. Frente a aquello, la actual situación de “ser mi propio editor” y darle a “Publicar” cuando me da la real gana me parece indudablemente mejor. Que las barreras de entrada a la edición y publicación caigan parece en principio una buena noticia, da voz a más personas, y democratiza la sociedad… hasta que llega un espabilado y decide que, como publicar es fácil, está en su supuesto derecho de publicar cualquier cosa.

El segundo componente es el sistema de incentivos que genera la publicidad. La publicidad en internet parece, sin duda, una buena idea: el medio permite segmentaciones más precisas, permite teóricamente dar a cada uno los mensajes que más le interesan o que más probabilidades tiene de estar buscando, ofrece un feedback más rápido y permite que muchos encuentren una forma de financiar sus publicaciones. Y todos felices… si fuese simplemente así. Sin embargo, la copia de modelos de otros canales lleva al abuso, al exceso de formatos intrusivos, y sobre todo, a primar cantidad frente a calidad, lo que lleva a poner la métrica de las páginas vistas por encima de todo, incluido el sentido común. Hay medios – no pocos – que recargan automáticamente sus páginas cada pocos minutos para añadir una página vista, como los hay que harían cualquier cosa por un clic, hasta prostituir completamente sus titulares en esa aberración denominada clickbait. Cuantas más páginas vistas tienes, mejor eres y más dinero ganas.

En tercer lugar, unas redes sociales que nos permiten conectarnos con nuestros amigos y con las personas con las que compartimos ideas y aficiones. Aparentemente, un gran invento. Hasta que comprobamos que aparecen personas para las que esas redes sociales se convierten en el prisma por el que miran el mundo, que las interpretan como ese sitio en el que son tanto mejores cuantos más “me gusta” reciben y más followers tienen, en una especie de persecución de la “micro-fama” que lleva a cometer excesos, a compartir cosas que, muy posiblemente, no deberían ser compartidas.

Finalmente, el desarrollo de algoritmos de recomendación que escogen por nosotros lo que queremos ver, utilizando componentes como lo que hemos visto anteriormente, lo que han visto nuestros amigos, o lo que nos ha generado una reacción. Aparentemente, algo positivo que trabaja por nosotros y nos permite escoger lo que queremos leer, en medio de un océano inabarcable de información. Pero de nuevo, si combinamos esto con el hecho de que tendemos a tener amigos que piensan relativamente parecido a nosotros, el resultado es la famosa filter bubble de Eli Pariser, una auténtica “cámara de los espejos” en la que nuestro pensamiento se ve amplificado, corroborado y multiplicado infinitas veces por el de otros, y nos lleva a sentirnos validados, a creer que todo el mundo piensa como nosotros, a pensar que el resto no lo dice por aquello de “la corrección política”, y a que un racista, machista, ultra e impresentable tenga ganas de echarse a la calle a vapulear a la primera inmigrante con la que se cruce. O a echarse a la urna y votar por el primer candidato que cree que representa unas ideas que ni siquiera deberían estar permitidas en sociedad, porque van en contra no solo de la Constitución, sino del sentido común.

Es la “tabloidización” de la web, o según algunos, la web como reflejo de la sociedad. Y por supuesto, la solución no está en considerar culpable a la web ni en pretender absurdamente “abolirla”, sino en regular la mezcla de esos componentes, facilitar que se usen, pero evitar que se abusen. Algo para nada sencillo, un camino indudablemente tortuoso que muchos podrán pretender utilizar para convertirse en censores, donde pagarán justos por pecadores, en donde se confundirán factorías coordinadas de  fake news con sátiras o parodias perfectamente aceptables, donde habrá que tener muy en cuenta matices de todo tipo. Pero que sea complejo no quiere decir que no haya que hacerlo o que se pueda nadie escaquear de su responsabilidad. Si construyes un canal que convierte aparentemente en verdad todo aquello que tiene muchos Likes, es obvio que vas, más tarde o más temprano, a necesitar algún tipo de instrumento de control. Crearlo no será fácil, pero si no lo haces, el resultado, muy posiblemente, no te gustará, y tu contribución a la sociedad no habrá sido precisamente positiva. 

 

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El problema de la tecnología

Caïn (by Henri Vidal, Jardin des Tuileries, Paris) La tecnología define contextos. El contexto en que vivimos está, desde todos los puntos de vista, afectado y condicionado de una manera fundamental por la tecnología que nos rodea, y así ha sido desde los orígenes: el desarrollo de la tecnología que permitió dominar el fuego modificó el contexto en que vivían los hombres de su tiempo y afectó poderosamente a su civilización.

El hecho de ser capaces de gestionar algo que hasta ese momento se consideraba simplemente un fenómeno natural, que surgía espontáneamente y sin control alguno – supuestamente por algún tipo de “intervención divina” utilizada para explicar lo inexplicable –  posibilitó infinidad de usos importantísimos y beneficiosos, como la capacidad de calentarse o de cocinar los alimentos, que afectaron de manera radical y enormemente positiva a las condiciones de vida. Pero obviamente, surgieron rápidamente quienes vieron la posibilidad de utilizar la tecnología como un instrumento para el mal, para aprovecharse de ella, para obtener beneficios personales o para imponerse a otros. A lo largo de la Historia, ambos usos convivieron, aunque algunos fueron, progresivamente, objeto de control: en las sociedades modernas, utilizar el fuego para determinados usos no está permitido, y la ley castiga esos usos entendiendo que aquellos que recurren a ellos no pueden vivir libremente en sociedad. Los incendiarios, los que usan el fuego como arma o los que destruyen propiedades con él son detenidos y pagan sus penas recluidos en la cárcel o, si su trastorno es mental, en las instituciones adecuadas.

Para llegar a ese consenso social, han tenido que pasar muchos años desde que la tecnología fue desarrollada. Largos años en los que la sociedad fue interiorizando el uso de esa tecnología, alcanzando a comprender sus posibilidades, en los que esa tecnología fue probándose valiosa para dar origen a nuevos usos, a nuevos negocios, y también, por supuesto, acabando con algunos otros. De ser algo restringido prácticamente al control del brujo de la tribu, el fuego se simplificó hasta el punto de obtenerse simplemente deslizando un dedo sobre la ruedecilla de un mechero, y a lo largo de ese continuo, también fue normativizándose cada vez más, poniéndose bajo control a medida que la sociedad consensuaba sus usos y los ponía bajo el prisma de la convivencia.

Ese mismo camino, de una manera o de otra, es recorrido por todas las tecnologías. Con mayor o menor velocidad, en función de la importancia de la tecnología, de lo radical de sus efectos, del grado de consenso que genere su aceptación. La tecnología que en su momento se inventó para que los participantes en un entorno determinado compartiesen su comunicación y sus relaciones, aquellas redes sociales que se iniciaron con apariencia superficial en campuses universitarios o que se dedicaban simplemente a compartir información personal, hoy son enormes plataformas que acomodan toda la comunicación humana, en donde miles de millones de personas se relacionan y informan, y todo ello cuando hace tan solo unos pocos años las veían como algo completamente prescindible, cuyo uso debía prohibirse en entornos profesionales, o como un entorno sencillamente frívolo. La tecnología ha avanzado hasta extremos increíbles, pero la interiorización de su uso y sus posibilidades a nivel de consenso social aún dista mucho de haber alcanzado la madurez. De hecho, hoy conviven en la misma sociedad personas que ni se acercan a una red social y la consideran algo completamente prescindible, con otras que las ven casi como la razón de muchos de sus comportamientos, junto con un amplio continuo que ven a unos o a otros como trogloditas o como completa e irremisiblemente alienados.

Las redes sociales poseen muchos aspectos positivos. Su capacidad de democratizar las herramientas de publicación ha cambiado la sociedad en la que vivimos en un tiempo récord, ha permitido que determinados países acabasen con regímenes tiránicos que tenían a los medios de comunicación bajo control – no entro en la evolución posterior de esos eventos – y ha posibilitado que los mapas mediáticos que conocimos durante décadas se hayan redefinido dramáticamente. Pero a medida que ese tipo de usos se han desarrollado, también han aparecido otros usos. A medida que las cabeceras convencionales dejaban de servir como garantía, algunos aprovecharon la difusión que las plataformas sociales podían ofrecerles para difundir noticias falsas, para fines que van desde lo económico hasta lo político, o combinaciones lineales de ambos.

Mark Zuckerberg's death (Ned Newhouse, ‏@Ned_Newhouse, on Twitter)Si interrumpimos la redacción de esta entrada para lamentarnos por la prematura muerte, a los treinta y dos años, del creador de Facebook, Mark Zuckerberg, debido a complicaciones cardiovasculares, seguramente todos sabremos ya a qué nos referimos. Después de todo, devorar kilos y kilos de carne de delfines aún vivos no podía ser una práctica saludable. El hecho de que la propia entrada en la que Mark Zuckerberg anuncia el pronto desarrollo de medidas para luchar contra la desinformación y la circulación de noticias falsas en Facebook apareciese, para muchos usuarios, flanqueada por una noticia falsa que anunciaba la supuesta muerte de Hugh Hefner para tratar de vender productos para la disfunción eréctil proporciona una clara medida de cómo de serio se ha vuelto el problema.

El estudio de BuzzFeed que demuestra que la circulación de noticias falsas en Facebook contra la campaña de Hillary Clinton supero por mucho a la circulación de noticias genuinas no resulta sorprendente: hemos visto cosas similares en elecciones en otros países anteriormente, y si no se hace nada por evitarlo, las seguiremos viendo, con cada vez más profusión. La pérdida de las referencias de fiabilidad – en parte por la inadaptación de los medios convencionales y en parte por su propia caída en desgracia y su venta a intereses de todo tipo – se ha visto acompañada de la aparición de un nuevo medio, las redes sociales, con un supuesto espíritu de “plataforma neutral”, con un ambiguo sistema de valores, amorfo y vagamente definido, que no ofrece garantía alguna y que, en ausencia de otros controles, alimenta a cada uno con aquello que quiere creer, con la creencia que quiere reforzar, con la cámara de resonancia social que necesitaba para justificar sus ideas – por absurdas o salvajes que puedan ser.

Luchar contra la difusión de noticias falsas como si no lo fueran – no contra la sátira, el humor del color que sea o contra la libertad de expresión – empieza, en primer lugar, por entender que es algo necesario. Mientras un porcentaje significativo de la población vea Facebook como una plataforma en la que debe vale todo y en la que eliminar cualquier cosa sea sinónimo de censura, será muy difícil hacer nada que obtenga un cierto consenso social. Además, será preciso combinar medios y sistemas que van desde lo social – peer-review, reporting, métricas sociales de prestigio, etc. – hasta lo tecnológico – machine learning para el reconocimiento de patrones de difusión viral, comprobación contra bases de datos, procesamiento de lenguaje natural, etc. – y que tendrá necesariamente, al menos por el momento, que llegar a la supervisión final de las personas.

No va a ser fácil, y sabemos perfectamente que los que explotan ese tipo de debilidades de la tecnología tienen incentivos sobrados para intentar moverse más rápido que las medidas adoptadas. Pero es preciso hacer algo, porque nos enfrentamos a eso, a un mal uso de la tecnología diseñado para atentar contra la sociedad, para corromper la democracia o para manipular con fines que rara vez podrán ser considerados lícitos. Si las redes sociales se convierten en el nuevo canal de distribución de noticias, habrá que conseguir dotarlas de mecanismos de control similares – o preferentemente, incluso mejores, que para eso le llamamos “avance tecnológico” – a los que teníamos con los canales anteriores. Y ojo: la prensa nunca fue capaz de evitar la creación y difusión de noticias falsas, pero sí las confinó a ámbitos, como los tabloides sensacionalistas, en los que su naturaleza aparecía razonablemente clara. Seguramente, la solución vaya por ahí, por etiquetar las noticias con indicaciones claras que indican su nivel de credibilidad, en castigar a las publicaciones reincidentes con clasificaciones bajas que impidan una difusión masiva, o con crear sistemas de karma que dejen claro la naturaleza de lo que nos encontramos en nuestros muros. En este momento, no lo olvidemos, las noticias falsas no solo no son castigadas, sino que son de hecho premiadas con más seguidores, más likes y más viralidad. Cambiar eso depende no solo de las redes sociales y de sus gestores: depende de todos. Pero al final, las redes tendrán que seguir dando basura al que realmente quiera consumir basura, pero al menos tendrán cierta obligación de indicarle la naturaleza de aquello que consume.

El anuncio filo-nazi aparecido en Twitter o las noticias falsas en Facebook son simplemente un síntoma de algo más amplio: la aparición de personas dispuestas a aprovechar las debilidades de canales prácticamente recién creados, y cuyos sistemas de defensa ante determinadas actuaciones no estaban desarrollados aún. Es el momento de empezar a desarrollarlos.

 

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La maldita actitud anti-tecnológica del Partido Popular

Twitter bird mugshotEl Partido Popular registra una proposición no de ley en el Congreso de los diputados con el fin de reformar la protección del derecho al honor, con la idea de aplicarla en las redes sociales. De nuevo, la estúpida idea de considerar eso que llaman “las nuevas tecnologías” siempre como una “terrible amenaza”, algo para lo que es “imprescindible” crear nueva legislación.

El derecho al honor está perfectamente legislado. Para mí, que incluso llegué al punto de ser llevado ante los tribunales por haber supuestamente “ofendido el honor” de una asociación de empresas (que lejos de tener ningún problema con “su honor”, me denunciaba simplemente para intimidarme y tratar de evitar que diese mi opinión sobre sus prácticas de negocio), está muy claro que el derecho al honor está incluso excesivamente legislado, llegando casi hasta la paranoia. Pensar en proteger aún más ese derecho al honor se me antoja una manera clarísima de crear instrumentos de censura, de dotarse de herramientas siguiendo el estilo del gobierno turco de Erdoğan, que permitan judicializar la conversación o pretendan convertir la falta de educación en delito. 

Francamente, una ley que haga más fácil denunciar a los ciudadanos cuando insultan a otros en las redes sociales es algo que me preocupa. No porque me gusten los insultos ni porque considere que deba protegerse de alguna manera al que insulta, sino porque estimo que el honor está ya suficientemente protegido, y que aquel que siente que la participación de un tercero en las redes sociales insulta su honor, tiene ya más que suficientes herramientas jurídicas como para reclamar protección. Si nos fijamos en la gran mayoría de las democracias modernas, lo normal no es dedicarse a endurecer la protección al honor ante la llegada de las redes sociales. Ese tipo de tendencias legislativas son, como todos los intentos por incrementar el control de la red, típicas de países como Turquía, Irán o China. Por algo será.

La mala educación, el mal gusto, las injurias o las ofensas en las redes sociales son un problema, sí. Como ya he dicho en muchas ocasiones, los protocolos de uso tardan mucho más en desarrollarse que las propias herramientas que los soportan. Que por alguna razón, una parte de la sociedad haya decidido ignorar las normas de educación que acordamos como sociedad a lo largo del tiempo para regular nuestro comportamiento y evitar que acabemos a bofetadas es, como tal, un problema, pero no un problema que no tenga solución con las herramientas legislativas con las que ya contamos. Estamos de acuerdo: la sinceridad está sobrevalorada. Aunque pienses que alguien es un imbécil, nada te obliga a decírselo en público, y de hecho, lo normal, considerando unas normas de buena educación que no están ahí por casualidad, es que no debas decírselo, por mucho que creas que le haces un favor diciéndoselo. Lo más normal es que la persona, ademas, no quiera que se lo digas, y de hecho, le moleste, o incluso piense que ofendes a su honor. Pero un insulto es un insulto, sea en la red, en un periódico o en la calle, y pretender que “las nuevas tecnologías” (¿cuántos malditos años tiene que tener una tecnología para que el Partido Popular deje de considerarla “nueva”?) son de alguna manera “un entorno diferente” para el que es preciso crear legislación especial es un error. Y además, potencialmente muy peligroso.

El intento de endurecer la protección del derecho al honor es, simplemente, una forma de dotarse de herramientas para procesar a aquellos que digan algo que nos parece mal. Una manera mal entendida de intentar elevar las barreras de entrada, de pretender que la buena educación surja por el método del palo. No, la buena educación no se consigue con amenazas de “te meteré en la cárcel si te portas mal”. Es precisamente lo que hacía falta en España y lo que sin duda arregla nuestros problemas: una ley especial para meter en la cárcel a usuarios de redes sociales. Y más cuando ya existen suficientes leyes que permiten castigar ese tipo de delitos… cuando lo son.

Me preocupa seriamente que el partido en el gobierno en mi país muestre una actitud ante la tecnología que siempre comience con lo malo, con la preocupación, con los supuestos peligros. ¿No sería más lógico pensar en las redes sociales como una manera de captar opinión, o como una forma de comunicar con los ciudadanos, como hace el gobierno norteamericano? ¿Vemos acaso en los Estados Unidos leyes para proteger más aún el derecho al honor? ¿O más bien al revés, vemos como se obsesionan por proteger la libertad de opinión? ¿Tiene sentido que siempre que el partido en el gobierno mencione algo que tenga que ver con la tecnología lo haga para intentar “protegernos de sus supuestos peligros”? ¿No es esa una actitud cansina y profundamente reveladora? Por favor, la tecnología está cambiando el mundo tal y como lo conocemos en muchísimos sentidos, y todo lo que el Partido Popular piensa es en “cómo protegerse de todos esos cambios”!! ¿Qué diablos de actitud es esa?

Y por cierto, Partido Popular… la mejor forma de proteger el honor es comportándose sistemáticamente de manera honorable.

 

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Liderazgo, redes sociales e innovación: entrevista en el Diario de Navarra

La idea de que "si tuiteas mucho, no vives" es un mito - Diario de Navarra Iñigo Sota, de Diario de Navarra, me entrevistó en mi hotel de Pamplona antes de mi conferencia en la sede del diario, y la publica hoy bajo el título “La idea de que ‘si tuiteas mucho, no vives’ es un mito” (pdf).

Hablamos de muchos temas, pero el de las redes sociales y su uso como herramienta directiva fue uno de ellos. El mito citado en el titular, esa idea de que una persona activa en las redes sociales es algún tipo de zombie que se lo pierde todo y no disfruta de nada “porque está subiendo cosas a la red”, es algo que habitualmente proviene de quienes no han participado en redes sociales en su vida, y piensan que escribir un tuit, hacer una actualización en Facebook o subir una foto a Instagram es una tarea que se les antoja tan complicada y que exige tanta concentración, que tiene forzosamente que llevar “alrededor de media hora”, o algo así.

Nunca he considerado que por escribir un tuit durante una conferencia, un espectáculo, una cena o una conversación me pierda nada de lo que sucede en ellas, y aunque lógicamente, pueden existir comportamientos compulsivos – si en una cena te dedicas a escribir un tuit cada diez minutos, terminará, lógicamente, resultando insoportable para los que te rodean – lo normal es que se puedan compaginar perfectamente ambas actividades. Con el escaso tiempo que consume subir una fotografía o una frase de 140 caracteres, resulta completamente absurdo refugiarse en la idea de “me pierdo lo que pasa” o el “no me concentro”, como si para escribir una simple frase hubiese que esperar a que viniesen las musas. Lo siento, pero lo de “no disfruto porque me estoy haciendo un selfie” es ni más ni menos que un mito.

Las redes sociales son uno de los elementos que, en muchas de sus vertientes, contribuyen al desarrollo del liderazgo. Utilizarlas en su vertiente externa permiten expresar elementos de la vida de una persona – qué lee, a qué conferencias o eventos acude, con quién habla, etc. – que pueden convertirse en elementos de referencia bien a nivel externo, o como parte de modelos de comunicación interna. Conseguir desarrollar un ámbito de influencia en redes sociales, sean una serie de cuentas con las que mantenerse informado o con las que intercambiar referencias en Twitter, un grupo de LinkedIn o un canal de Slack, son algunas de las tareas que, cada vez más, permiten a un directivo generar valor.

Además, hablamos de cómo utilizar el hiperactivo entorno tecnológico actual para salir de nuestra zona de confort, para disciplinarnos para probar nuevas cosas, nuevas formas de hacer las cosas, y entender qué consecuencias y qué significado pueden llegar a tener en nuestra actividad. Nuestro cerebro cambia y mejora cuando intentamos disciplinarnos para no hacer siempre las mismas cosas, cuando tratamos de cambiar nuestros hábitos solo por el interés en probar cosas nuevas. Del mismo modo que no es bueno acostumbrarse a hacer siempre el mismo camino en el coche cuando vamos de casa al trabajo, y no me refiero a cuestiones de seguridad, sino a otras más relacionadas con los flujos de atención, tampoco es bueno, en el entorno empresarial, hacer siempre las cosas siempre de la misma manera. Y menos cuando el entorno introduce cambios constantes y a gran velocidad.

Hablar con directivos de una compañía y encontrarte un grupo de personas que manifiestan tranquilamente una ignorancia total sobre fenómenos tecnológicos que hace tiempo que conforman una parte perfectamente consolidada de nuestro entorno es algo sencillamente patético, como lo es esa frase tan habitual de “no, yo en las nuevas tecnologías no me entero de nada”, que por un lado olvida que, en el 99% de los casos, se habla de tecnologías no precisamente nuevas sino con varios años de antigüedad y, por otro, se esgrime como un “es que tengo tanto trabajo, que no puedo prestar atención a frivolidades”. Ese modelo de directivo que no tiene en cuenta los cambios en el entorno, que cree que el cambio tecnológico no le va a afectar y que sigue confiando en que lo que aprendió una vez hace muchos años le va a servir hasta el final de su carrera es el que, sencillamente, está en vías de extinción.

 

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Desafíos, trastornos y redes sociales

Ab-crack example on InstagramHace algunos días, me pidieron desde Informativos Telecinco (mi participación es un breve en el min. 24:30) que comentase brevemente acerca de los casos de supuestas obsesiones estéticas, como el ab crack, el thigh gap, el collar bone, el desafío A4, el belly button challenge o el diastema, cuya popularidad crece debido a su circulación a través de las redes sociales, y que marcan cánones estéticos que suelen coincidir con prácticas poco saludables – cuando no abiertamente aberrantes.

Mi intención, como prácticamente siempre en estos casos, fue la de tratar de situar la responsabilidad en el lugar adecuado y evitar demonizaciones gratuitas: las redes sociales no son buenas ni malas, obviamente. Los fenómenos de imitación y gregarismo en torno a cánones estéticos han sucedido siempre a lo largo de la historia de la humanidad por todos los medios posibles en menor o mayor escala, y por mucho que el uso de las redes sociales pueda intensificar su circulación, hablamos de un problema vinculado a la naturaleza humana. Entre otras variables, debido a cuestiones relacionadas con la comunicación y la educación.

Tratar de borrar las redes sociales de la ecuación no es una solución. Ni es ni realista, ni lógico, ni recomendable, ni siquiera posible, y seguramente, intentarlo provocaría efectos aún más peligrosos. Las redes sociales son solo un ámbito más de las complejas relaciones entre los adolescentes y sus padres, y la paternidad no funciona como “estar ahí salvo cuando se meten en la red”. Pensar en las redes sociales o en internet como en un lugar donde resulta imposible plantearse estar con nuestros hijos es sencillamente absurdo, una dejación de responsabilidad.

Por supuesto, esto no es sencillo. Si intentamos convertirnos en controladores de la actividad de nuestros hijos, nuestra actitud generará rechazo, y terminará convirtiéndose en una invitación a mantener algún tipo de doble vida, de perfiles “para mis padres” y “para mis amigos”. Si pretendemos “ser colegas” y estar presentes haciendo Likes y comentando, puede llegar a ser aún peor. Como todo, es una cuestión de equilibrio: estar por genuino interés, como parte lógica de una relación, dejando el debido espacio, pero no estando ausentes. Estar porque realmente es algo que nos interesa entender, sin convertirnos en una presencia agobiante, pero sí intentando educar en el sentido común. No es fácil obtener frente a nuestros hijos una postura de autoridad moral en este ámbito basada en el conocimiento, pero sin duda se convierte en imposible si desde el primer momento renunciamos a ello y nos reconocemos como completos ignorantes. Desde una posición de conocimiento e interés en el fenómeno podemos aspirar a convencer a nuestros hijos de que “ser youtuber o instagrammer” no es un plan de vida muy razonable o muy realista, o inculcarles qué cosas corresponden al ámbito de lo público y cuáles al de lo privado. Pero si tener esa conversación y ser convincente resulta complicado desde una base de entendimiento, intentar tenerla desde posiciones de ridiculización y tremendismo resulta imposible, y solo desencadena un patético “mis padres no se enteran de nada”. No, no es fácil, pero pocas cosas en este ámbito lo son.

Hoy mismo, un estudio de ANAR trataba de perfilar el ciberacoso, un problema en el que de nuevo, en muchos casos, sorprende una actitud ausente de los padres, una dejación de responsabilidad, un “¿cómo íbamos a suponer…” No, ni el acoso es algo nuevo, ni las redes sociales no son distintas de otros ámbitos: del mismo modo que intentamos – o deberíamos – saber con quién y por dónde andan nuestros hijos cuando salen, deberíamos igualmente saber qué hacen en la red, qué fenómenos les llaman la atención, a quiénes siguen o idolatran, y cómo les influye. Si unos padres no intuyen que su hijo o hija tiene un problema de acoso, los que tienen un problema – de relación – son ellos. No hay ninguna ley escrita que impida la comunicación en torno a estos temas, y de hecho, una relación natural entre padres e hijos debe contener una dosis lógica y razonable de información bidireccional sobre las cosas que se hacen en la red, las aplicaciones y redes que se usan, las personas con las que se comunican o los temas que se tratan. Entre planteárselo, intentarlo y conseguirlo, por supuesto, hay un trecho. Y se recorre con paciencia, conocimientos y comunicación.

 

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Entre personas y algoritmos, gana el algoritmo

Facebook TrendingFacebook decide resolver la controversia en torno a la posible editorialización de sus trending topics surgida el pasado mayo mediante la sustitución del equipo completo de personas que llevaban a cabo esta tarea por un algoritmo que lo hará de manera automática, supervisado por ingenieros de la compañía.

Un equipo de entre 15 y 18 personas subcontratadas que se dedicaban a seleccionar las noticias y temáticas que generaban mayor atención en la red – o, más propiamente, aquellas en las que la atención generada se incrementaba de una manera más rápida – que recibieron la noticia de su despido a las cuatro de la tarde, en la que se les decía que tenían que abandonar el edificio a las cinco, tras cobrar el sueldo completo hasta el día 1 de septiembre más dos semanas adicionales como compensación. Debido a la rotación practicada por la empresa que suministraba estos trabajadores, ninguno llevaba en su puesto más de año y medio.

En su lugar, Facebook empleará a un grupo de ingenieros de la compañía encargados de supervisar el aprendizaje del algoritmo que seleccionará las noticias, con el fin de asegurarse de que los temas seleccionados sean genuinamente dignos de atención, se eviten repeticiones de titulares que reflejen los mismos temas, o se impida que temas antiguos puedan surgir con la apariencia de nuevos. En la mejor de las teorías, el papel de estos ingenieros debería ir reduciéndose con el tiempo a medida que el algoritmo de aprendizaje automático vaya haciendo cada vez mejor su trabajo. El cambio se acompaña también de un nuevo formato de presentación, en el que los temas se reflejarán de una forma más aséptica en la lista mediante una simple etiqueta, aunque se desplegarán con titulares completos cuando el usuario pase el ratón sobre ellos.

Facebook sabe perfectamente que el sesgo no es una característica intrínseca de los editores humanos, y que el uso de un algoritmo automatizado no librará a sus trending topics de contenerlo. Desde el artículo de Gizmodo que entrevistaba a ex-empleados encargados de confeccionar los trending topics, la compañía ha sido investigada por el Senado norteamericano, ha rediseñado en varias ocasiones el proceso, ha proporcionado formación a sus empleados sobre cómo reconocer y evitar el sesgo político, y se ha reunido con políticos conservadores para tranquilizarlos sobre las alegaciones de sesgo: eliminar al equipo de editores humanos es tan solo el último paso de todo un proceso frenético en el que la compañía intenta por todos los medios no ser etiquetada políticamente y no perder el favor de todo un hemisferio del pensamiento político.

¿Es la decisión de eliminar al equipo de editores una forma real de luchar contra el sesgo, o simplemente una acción simbólica, una forma de tener una excusa ante posibles acusaciones posteriores? La eliminación de un equipo de personas que desarrollaban una tarea y su sustitución por un algoritmo y unos ingenieros que lo supervisan es un proceso al que, sin duda, tendremos que acostumbrarnos a partir de ahora, pero en este caso, aparte de esa curiosa consideración de “el humano como el débil” o “el prescindible”, nos encontramos, en el contexto de una compañía no especialmente presionada por la reducción de costes que conlleva eliminar los sueldos de personas, con la cuestión de que resulta muy posible que el problema real no desaparezca tras la sustitución. En la práctica, todo indica que se hace simplemente como forma de justificar algo desde un punto de vista estético, por tener un chivo expiatorio sin rostro al que señalar en caso de problemas, considerando que para el conjunto de la sociedad, la atribución del sesgo a las personas frente a unos algoritmos supuestamente neutrales es una creencia que, aunque errónea, aún se encuentra suficientemente arraigada. En reputación con respecto al sesgo, entre personas y algoritmos, gana el algoritmo, aunque sea por penalty injusto…

 

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Facebook y la recuperación del segmento más joven

Lifestage

Facebook lanza una aplicación exclusiva para usuarios menores de 21 años, Lifestage, diseñada por Michael Sayman, un product manager de la compañía de tan solo 19 años, con la idea de tratar de recuperar ese segmento más joven de usuarios que afirmaban que Facebook era “de viejos”, aunque las estadísticas afirmasen que, en realidad, seguían utilizándolo.

La red es una app, como no podía ser de otra manera para apelar a una generación que pone el smartphone en el centro de su vida, en la que los perfiles tienen formato de vídeo y la funcionalidad viene a ser como si alguien tratase de diseñar Facebook de nuevo desde una óptica completamente basada en las tendencias actuales. Las actualizaciones se generan mediante vídeos, se suplementan con herramientas de edición sencillas, y se agrupan en perfiles de vídeo que otros pueden ver. La idea de Lifestage es precisamente esa, “your life in a stage”.

La app puede ser descargada por cualquiera, pero aquellos que tengan 22 años o más solo pueden ver su perfil, y no el de otros. No precisa un perfil en Facebook para su descarga, y sigue una metodología similar a la original de Facebook en su lanzamiento: hay que vincular el perfil con un colegio o instituto, y solo empieza a mostrarte perfiles de otros usuarios cuando hay veinte o más personas en el mismo colegio con perfiles en la aplicación, lo que trata de generar, por un lado, una idea de popularidad y, por otro, que los usuarios traten de conseguir que otros se apunten para alcanzar ese umbral. Una vez superada esa frontera, puedes ver usuarios de tu colegio y de otros cercanos, y dispones de herramientas sencillas de bloqueo y reporte de perfiles que te resulten molestos.

Una red exclusiva para usuarios de ese segmento de edad no es sencilla de administrar. Por un lado, tienes que mantener fuera de ella a quienes superen esa edad, en un intento de evitar que personas mayores arruinen la experiencia de uso sea con perversiones variadas, o con intentos de supervisión. Por otro, tienes que conseguir herramientas eficientes que eviten episodios de acoso, bullying, abuso y demás situaciones con connotaciones negativas dentro de las complejas relaciones sociales de los jóvenes y adolescentes.

La combinación de este lanzamiento con el de Instagram Stories prueba el ávido interés de Facebook por recuperar el segmento más joven de usuarios, por evitar el llamado “efecto Woolworth”, el envejecimiento progresivo de la base de usuarios. Poner a un auténtico “niño prodigio” como Sayman al frente del producto es una clara demostración de saber hacer, de dejar claro que el producto es “para jóvenes, y diseñado por jóvenes”, de entender que solo desde la perspectiva de usuarios de esa edad pueden entenderse bien las necesidades, las afinidades y los gustos de los usuarios de esa edad. El éxito no está garantizado, queda mucho por hacer en términos de diversidad cultural, pero es sin duda un muy buen comienzo.

 

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Los límites de la censura

IMAGE: Vladimir Ochakovsky - 123RFRafa Martí, de Playground Magazine, me llamó para tratar de delimitar el uso del término “censura“, a raíz de la exclusión de una campaña de financiación de un documental en Verkami derivada de una serie de protestas sobre su contenido, tema sobre el que ha escrito bajo el título “¿Estamos abusando de la palabra ‘censura’?”

El tema conecta muy directamente con algunas de las cuestiones que comenté en junio de 2012 en el epílogo de “No sin nuestro consentimiento“, el fantástico libro de Rebecca MacKinnon: ¿qué pasa cuando las normas, en lugar de proceder de un consenso social que termina cristalizando en un proceso legislativo, se originan en empresas privadas o en movimientos no necesariamente representativos? ¿Qué perdemos cuando Facebook, por ejemplo, toma decisiones unilaterales sobre qué imágenes pueden aparecer en su ubicua red y cuáles no? ¿Hasta qué punto provienen ese tipo de medidas de un supuesto consenso, de una posición ideológica o personal de la compañía, o de una prudencia por evitar ofender a determinados colectivos? ¿Qué ocurre cuando mezclamos ese tipo de cuestiones con legislaciones de países individuales, con contenidos que puedan considerarse ofensivos para determinadas religiones o grupos, etc.?

Que una red determinada, ante el miedo de ofender a un colectivo que expresa su protesta ante lo que entiende como una agresión, decida retirar un contenido, entra dentro de la libertad y del juicio de esa red, como lo es el delimitar su actividad a un campo determinado y no a otro. Que Goteo.org decida que su ámbito es la financiación de proyectos de código abierto, o que Kickstarter delimite su actividad al emprendimiento y excluya explícitamente la financiación de campañas benéficas, por ejemplo, es algo que cae obviamente dentro de su libertad para definir su negocio como ellos quieran, algo que siempre que no suponga un conflicto con la ley, está completamente fuera de la definición de censura.

Decidir, por ejemplo, que en un club determinado solo pueden entrar hombres de más de 30 años, pero mujeres por encima de 25, como ocurre en una polémica desatada en Long Island, o que sigan existiendo bares definidos como all-male, son cuestiones que entran ya en reflexiones más complejas y en una discriminación no solo contemplada ya como obsoleta, sino expresamente prohibida en las constituciones de muchos países. Otros temas, como la prohibición de editar o vender determinados libros porque su contenido es ilegal – o dejar de hacerlo en función de determinadas protestas – ya son más resbaladizos: la ficción no tiene límites, y la opinión, posiblemente, tampoco debería tenerlos. He mantenido discusiones con amigos defendiendo el derecho de una editorial o de una biblioteca a publicar o tener libros que defendían algo que suscitaba un rechazo tan generalizado como la pederastia, sin que ni obviamente pretenda defender esos argumentos o a sus autores en modo alguno. Del mismo modo, defiendo el derecho a editar, distribuir, vender o leer libros como Mein kampf, aunque los considere una exposición de ideologías completa y radicalmente inaceptables, porque creo que no es bueno que esos planteamientos sean excluidos de ningún ámbito – es más, considero que excluirlos ayuda a que puedan volver a repetirse. En general, como punto de vista personal, todo lo que suponga restringir el derecho a acceder a información tiende a darme alergia, como me la dan las turbas enfebrecidas que reclaman la quema de libros o la exclusión de contenidos. Que una compañía decida no forzar esas discusiones o no mantener una posición radical en ese sentido porque considera que daña a su imagen, sin embargo, me parece una decisión libre orientada por un criterio empresarial.

Decididamente, un tema complejo.

 

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