Category Archives: smartphone

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¿Llegará el smartphone a sustituir al ordenador?

Samsung DexLa presentación ayer del Samsung S8, aparte del consabido goteo de especificaciones e imágenes, dejó un detalle muy interesante: la propuesta de ubicar el smartphone en una cuna o docking station, llamada Dex, que le sirva tanto para cargarse, como para conectarse a un conjunto de pantalla, teclado y ratón y utilizarlo como ordenador de sobremesa.

En principio, nada apunta a que la idea de Samsung para convertir a su smartphone en el alma de un ordenador de sobremesa vaya a convertirse en un movimiento que tome cuerpo de adopción masiva, pero indudablemente, sí refleja una cuestión: los smartphones que utilizamos hoy en día ya no son simplemente “teléfonos móviles” sino ordenadores de bolsillo, están ganando en prestaciones y memoria hasta el punto de que son ya muchísimo más potentes que el ordenador que la NASA fabricó para comenzar a enviar hombres a la luna (y no deja de resultar curioso imaginarse a todos aquellos científicos haciendo su cuenta atrás y conectados todos ellos… al smartphone que llevamos hoy en el bolsillo 🙂 y para el uso habitual que una gran cantidad de usuarios dan a su ordenador, tal como utilizar un navegador o manejar algunos programas de ofimática, tienen prestaciones más que suficientes, incluso posiblemente holgadas.

Motorola Atrix lapdockLa propuesta no es en absoluto novedosa: hace ya algunos años, en 2011, Motorola puso en el mercado el Atrix, un smartphone de gama alta que añadía la posibilidad de engancharlo a una carcasa o lapdock y utilizarlo como un laptop completo, con su pantalla, su teclado y su trackpad, que un conocido mío llegó a utilizar sin demasiadas incidencias durante prácticamente dos cursos de su carrera de ingeniería. Ahora, tras la “muerte natural” de aquel smartphone, el lapdock en cuestión almacena polvo abandonada en un cajón de mi casa (los verdaderos geeks nunca tiramos nuestros gadgets) a la espera de que un día me levante con ganas de soldar y me ponga a conectarla a alguno de mis Raspberry Pi que vuelva a darle vida a lo que ahora es un triste e inanimado cuerpo sin cerebro.

Apple patent applicationLa misma Apple aplicó hace poco para el registro de una patente muy similar: una fina carcasa “sin cerebro” en la que se insertaría un smartphone para que funcionase como un ordenador portátil. La idea es, efectivamente, muy parecida a las anteriores, y evoca claramente la estrategia habitual de la compañía: tomar un concepto que lleva inventado varios años pero que no ha recibido especial atención, y reinventarlo para dotarlo de popularidad.

En cierto sentido, la tendencia se encuadra también en movimientos ya conocidos y probados como el del Surface de Microsoft o el iPad Pro de Apple, que tratan de construir un ordenador portátil a partir de un dispositivo como el tablet.

La posibilidad de utilizar el smartphone como dispositivo prácticamente único, capaz de servir como ordenador en el bolsillo para tareas que llevamos a cabo cuando estamos en movimiento pero que se inserta en una docking station de algún tipo para usarlo como ordenador completo podría resultar seguramente muy atractiva, si no supusiese una pérdida de prestaciones o una incomodidad significativa, dentro del mundo de la informática corporativa, que podría simplificarse y abaratarse de manera sensible y, además, encajar dentro de las modernas tendencias de desvinculación del trabajador con un espacio físico concreto en el que está su ordenador, en el que pega sus post-it y en el que pone las fotos de sus niños.

¿Tiene sentido la sustitución del ordenador con un dispositivo como el smartphone? ¿Estamos, con el incremento progresivo de las prestaciones del smartphone, ante una idea de convergencia cuyo tiempo está llegando?

 

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Diez años usando smartphones

Diez an?os usando smartphones: así nos ha cambiado la vida en esta década - La VanguardiaCarlos Otto me envió algunas preguntas por correo electrónico para documentar un artículo en La Vanguardia, que salió este pasado domingo y que tituló “Diez años usando smartphones: así nos ha cambiado la vida en esta década” (pdf), publicado con motivo de la apertura del Mobile World Congress 2017 en Barcelona.

Desde el ya mítico momento en que Steve Jobs presentó el iPhone en el escenario del Moscone Center en San Francisco el 9 de enero de 2007, pasamos de entender ese objeto que ahora todos llevamos en el bolsillo o en el bolso como un teléfono, y pasamos a verlo como un ordenador. Antes del iPhone, aún había muchas personas que sencillamente decidían de manera consciente “no tener teléfono móvil”, porque no sentían la necesidad de estar localizables o de llamar desde más sitios que no fueran su casa o su despacho. La llamada telefónica era la función principal e inseparable del dispositivo. El entonces llamado “teléfono móvil” era eso, un teléfono, con todo lo que ello conllevaba, y se trataba como tal: si lo sacabas del bolsillo, era porque te llamaba alguien o querías llamar a alguien.

Desde el iPhone, todo cambió. Las funciones se multiplicaron, las razones para llevarlo encima se convirtieron en aplastantes – el que conscientemente decidiese no llevarlo pasó a ser prácticamente extravagante – y su presencia creció hasta convertirse en la principal interfaz de la web. Visto con un poco de perspectiva, la transformación a nivel social es rapidísima y brutal. Un camino impresionante, recorrido en tan solo una década, la que va desde 2007 hasta 2017, en la que nuestros hábitos, usos y costumbres han cambiado de maneras absolutamente inverosímiles, que nos ha convertido en radicalmente dependientes del smartphone, el aparato sin el que literalmente no podemos salir de casa ni ir a ningún sitio, sin el que nos sentiríamos prácticamente perdidos, y con el que llevamos a cabo una gama cada vez más amplia de funciones.

A continuación, el texto completo de las preguntas que intercambié con Carlos:

 

P. En líneas generales: ¿de qué manera nos ha cambiado la vida el smartphone?

R. El smartphone nos ha cambiado la vida al añadir todas las posibilidades que supone llevar de manera permanente un ordenador potente en el bolsillo. Ha alterado drásticamente la idea de “teléfono móvil” dedicado supuestamente como primer fin a la comunicación, y la ha convertido en la de “ventana permanentemente abierta para acceder a cualquier información del mundo”, con todo lo que ello conlleva. Las personas que siguen utilizando principalmente el smartphone como teléfono puesto en su oreja en lugar de como ordenador puesto en su mano simplemente no han entendido nada, y a esos efectos, permanecen en el siglo pasado. El smartphone se ha convertido en la primera plataforma a la hora de acceder a información, y eso trasciende los límites de la comunicación y lo convierte en otra cosa, que recoge infinidad de usos para los que antes utilizábamos otros dispositivos, como una cámara, un GPS, una cartera, un ordenador, un reloj, un periódico, un bloc de notas…

P. ¿Qué dirías que ha ‘explotado’ más gracias al smartphone? ¿La mensajería instantánea, las fotos, las redes sociales…?

R. La lista de aplicaciones que han explotado gracias al smartphone es inmensa, y está en permanente expansión gracias a la idea de there’s an app for that. Ver el smartphone simplemente como dispositivo supone una visión incompleta, porque obvia su valor como plataforma y la posibilidad de utilizar sus sensores y componentes como elementos en una aplicación de cualquier cosa. Las tiendas de apps se han convertido en uno de los ecosistemas más vibrantes de los últimos tiempos, y han dado lugar a tal cantidad de usos, que hoy ya no nos extrañan usos que hace muy poco tiempo nos habrían resultado completamente extravagantes.
P. A día de hoy, que el móvil vaya más allá de ser una segunda pantalla y gane realmente a la TV parece más una quimera. Pero, ¿crees que en algún momento podrá poner en serios aprietos a la TV tradicional?

R. Las características del smartphone no favorecen la idea de “ver la tele” como tal, debido a su tamaño relativamente pequeño. Sin embargo, sí funcionan para el acceso asíncrono a contenidos, para el consumo de juegos interactivos – como sustitución de la consola – o para el consumo ocasional vinculado a una disponibilidad menor de otra pantalla, como ocurre ahora en las líneas del tren de alta velocidad en las que Telefonica ya ha desplegado su solución de conectividad: muchos usuarios van en el tren viendo una serie, una película o un partido en directo. Muy posiblemente, seguiremos prefiriendo ver determinados contenidos en una pantalla grande y desde el sofá, pero el smartphone ofrece alternativas que muchos consideran muy interesantes para este consumo.

P. ¿Qué pasará con los ordenadores? ¿Quedarán reducidos al ámbito laboral y ya?

R. Los ordenadores continúan teniendo un valor importante cuando predomina el componente de generación de contenido textual, porque el teclado de un smarpthone sigue teniendo algunas limitaciones de usabilidad, por mucho que seamos capaces de teclear relativamente rápido en él. Yo he llegado a escribir entradas en mi página íntegramente desde un smartphone, pero aunque como tal sea posible, no es algo que me resulte especialmente atractivo hacer. Por otro lado, el ecosistema definido por el ordenador carece del dinamismo brutal que posee el ecosistema smartphone, en el que la renovación del parque tiene lugar con una rotación mucho más elevada y las prestaciones evolucionan de manera mucho más rápida.

P. ¿Podemos estar volviéndonos adictos a los smartphones? ¿O hay un puntito tecnófobo en esas sospechas?

R. La idea de la adicción es profundamente absurda y retrógrada. Por supuesto que si reunimos el tiempo que alguien empleaba leyendo el periódico, mirando un mapa, haciendo y editando fotografías, tomando apuntes, jugando a videojuegos o mirando la hora y lo concentramos en un solo dispositivo, el uso total que se obtiene va a ser elevado, pero no recuerdo que considerásemos nunca a nadie adicto a su reloj, a los periódicos o a su cámara de fotos, y la idea me resulta fundamentalmente absurda y primaria. Las adicciones existen, por supuesto, afectan generalmente a un porcentaje relativamente pequeño de la población, y deben ser idealmente puestas bajo un cierto nivel de control, pero de ahí a llamar adicto a todo aquel que mira la pantalla de su smartphone para hacer todo tipo de cosas en un dispositivo enormemente versátil va un trecho enorme. Hay muchísima desinformación, exageración y tontería con este tema.

 

 

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La madurez del ecosistema smartphone

Top smartphone apps 2016 - Nielsen El reciente informe publicado por Nielsen sobre el estado del ecosistema smartphone deja clara la consolidación y madurez del mismo, en torno a unas pocas compañías que han logrado situarse como auténticos líderes gracias a una estrategia consistente y a una buena elección de sus adquisiciones. Y aunque los datos corresponden al mercado norteamericano, las conclusiones son fácilmente extrapolables a la mayoría de los mercados, con algunas excepciones como China o Rusia, o la sustitución de apps como Facebook Messenger por WhatsApp.

Las ocho primeras apps más utilizadas pertenecen a dos compañías: Google y Facebook. Mientras Google consigue situar a YouTube (adquirida en 2006) en el número 3 y a Google Maps (adquirida en 2004) en el 4, además de a la propia Google Search en el 5, Google Play en el 6 y Gmail en el 7; Facebook disfruta de las privilegiadas primera y segunda posición con su propia app y con Facebook Messenger (adquirida en 2011), y sitúa a Instagram (adquirida en 2012) en el 8. Que las dos últimas posiciones de la lista sean Apple Music en el 9 y Amazon en el 10 deja claro que el ecosistema smartphone está ya completamente dominado por el llamado GAFA, demostrando la importancia de saber definir una estrategia y de saber adquirir compañías cuando es preciso hacerlo. Muchas de las adquisiciones que han llevado a esas compañías a la posición que ocupan hoy fueron calificadas en su momento como de auténticas locuras.

La consolidación, además de reflejarse en un dominio apabullante de muy pocos competidores, tiene otras consecuencias. Aunque el 88% de los norteamericanos ya tienen un smartphone, y la penetración de este tipo de dispositivos en el mundo crece sistemáticamente, la mayor parte de los usuarios han dejado de descargar apps con el furor con el que lo hacían en años anteriores, lo que lleva a que el dinamismo del ecosistema en general se haya reducido en gran medida. Donde antes había una tierra de oportunidades para cualquiera que fuese capaz de lanzar una aplicación con cierto éxito, ahora esos lanzamientos exitosos y sorprendentes se han reducido a la mínima expresión, y el panorama aparece completamente dominado por unos pocos competidores. Programar apps es ahora más sencillo que nunca, pero situarlas en un mercado como ese se convierte en un reto poco menos que imposible: la consolidación del smartphone como plataforma ha tenido lugar mucho más rápido y de forma mucho más eficiente a lo que pudimos ver en la plataforma anterior, el ordenador personal. En el mundo smartphone, algunos de los competidores más importantes, como Google o Apple, dominan también los canales de distribución a través de sus respectivas tiendas de aplicaciones. Y mientras en el mercado norteamericano reparten su participación de manera relativamente igualitaria (iOS 45% y Android 53%), en otros mercados vemos diagramas muy diferentes: en España, en julio de 2016, la participación de Android llegaba al 90%, y a nivel global, alcanza el 87%. En el ecosistema smartphone, Google es, desde hace mucho tiempo, lo que fue Microsoft en el mundo PC.

Viendo el resultado de estos últimos años, queda claro y patente que apostar por los ecosistemas móviles de manera decidida desde un primer momento fue una decisión estratégica. El escenario actual no está escrito en piedra, pero incluso competidores como Apple, que dominan una parte significativa de todo el mercado, han tenido que llevar a cabo impresionantes lanzamientos y campañas de publicidad para poder situar su Apple Music dentro del Top 10. Amazon, en este sentido, optó por trasladar una parte importante de su interacción con el usuario al smartphone de manera obligatoria: si quieres gestionar muchos de los servicios de la compañía, tienes que hacerlo a través de su aplicación, lo que desplaza una parte del uso del ordenador al smartphone. Para otros, la posibilidad de situarse de manera destacada en este ranking es sencillamente imposible, salvo que sean capaces de inventar toda una categoría. Que no es completamente imposible, pero sí mucho más complicado que antes.

Ahora, llevamos siempre encima un dispositivo, volvemos a casa a por él si nos lo olvidamos, le otorgamos cada vez más funciones… y está dominado por unas pocas, muy pocas compañías. Lo demás, es historia. Y la historia, como es bien sabido, la escriben los ganadores.

 

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Espacios libres de smartphones

YondrUn número creciente de artistas y organizadores de eventos de diversos tipos empiezan a recurrir a mecanismos para crear espacios libres de smartphones que puedan ser utilizados para grabar, tomar fotografías o, sencillamente, generar distracciones en la audiencia.

Artistas como Alicia Keys comienzan a recurrir a compañías como Yondr, que fabrica una funda de neopreno para guardar el smartphone que puede ser cerrada con un sistema similar al utilizado para fijar etiquetas antirrobo en las prendas de ropa: los espectadores pueden mantener su terminal consigo, pero al estar en una funda cerrada no pueden utilizarlo para hacer fotografías, vídeos o enviar mensajes. Si necesitan utilizar su teléfono por la razón que sea, únicamente tienen que abandonar la zona definida como libre de smartphones, pasar por el dispositivo que desbloquea el cierre, y volver a activarlo si quieren volver a entrar en el recinto.

Las fundas se alquilan para cada evento por unos dos dólares al día, y son cada vez solicitadas por más artistas, que en algunas ocasiones han interrumpido sus conciertos o actuaciones para pedir a los asistentes que dejen sus dispositivos y disfruten del momento. La concepción de esos artistas que consideran que pierden algo cuando partes de sus actuaciones son retransmitidas a través de smartphones contrasta con la actitud de otros que siguen invitando a los asistentes a hacer lo contrario, a compartir cuanto más mejor, en cuantas más redes mejor, y generar una sensación de “me gustaría estar ahí”. En el caso de los humoristas, por ejemplo, parece claro que el hecho de que determinados chistes sean difundidos a personas que no están en el recinto puede dar lugar a un desincentivo, a una sensación de relativa frustración cuando alguien paga por acudir a un espectáculo de humor y se encuentra con que la mayoría de los gags y chistes ya le sonaban conocidos. El problema, en realidad, ha existido siempre: los chistes se cuentan, y lo único que puede evitar el que un chiste, una vez contado, sea difundido, es la posibilidad de inventar constantemente nuevos chistes, algo que puede llegar a ser inviable. Pero… ¿realmente es para tanto? ¿Resulta tan difícil entender que para algunas personas, la manera de disfrutar de un evento en vivo es liberarse de la angustia que les produce pensar que están perdiendo la oportunidad de volver a evocar el momento gracias a unas imágenes o un vídeo tomado en él?

Que para entrar en un concierto o actuación tengas que enclaustrar tu dispositivo en una funda cerrada, y seguramente someterte al preceptivo cacheo para evitar que lleves un segundo dispositivo, una cámara o cualquier otro objeto que se pretenda restringir empieza a resultar profundamente cargante: por mucho que quien produce el espectáculo pueda imponer sus reglas, o por mucho que podamos plantearnos si se disfruta más o menos un concierto por el hecho de centrarse en obtener buenos planos, imágenes o vídeos para compartir o para revivirlos posteriormente, no creo que sea yo el único que se negase a una cosa así. Lo siento, pero si para entrar en un espectáculo tengo que prescindir de mi smartphone, prefiero no plantearme entrar.

En plena era smartphone, intentar evitar que el dispositivo pueda ser utilizado en cualquiera de sus múltiples funciones es una tarea compleja. Para muchos, la actuaciones en vivo responden a un principio de economía de la escasez: hay que impedir de la manera que sea que aquellos que no han pagado el precio de la entrada puedan disfrutar, aunque sea tan solo parcialmente, del espectáculo. Para otros, en cambio, ese disfrute parcial a través de las redes sociales funciona como un acicate, como una manera de que terminen de convencerse de que quieren estar ahí en vivo, como un “aperitivo” que funciona más bien para incrementar el apetito.

¿Aceptaríais prescindir de vuestro dispositivo en esas condiciones como condición para entrar en un espectáculo? ¿Qué sensaciones os genera un desarrollo así?

 

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Los problemas de Samsung

Samsung y su olla a presión - Cinco Días

Marimar Jiménez, de Cinco Días, citó mi artículo sobre las presiones competitivas que habían llevado a Samsung a lanzar un modelo que torturaba en exceso las especificaciones de la batería, en el suyo titulado “Samsung se la juega esta navidad al parar de nuevo la fabricación del Note 7” (pdf), y al día siguiente me pidió una columna de opinión sobre el tema en la que volví a incidir en la imagen de la olla a presión, de lo difícil que resulta competir con una compañía que lleva a cabo una gestión de las especificaciones tan bien optimizada como la que desarrolla Apple. La titulé “Samsung y su olla a presión” (pdf).

La decisión de Samsung de retirar definitivamente su buque insignia en el mercado de smartphones de alta gama es sin duda compleja y dolorosa. En realidad, las presiones del regulador y de las empresas de telecomunicaciones no le dejaban otra opción. Los terminales que sufren problemas son un porcentaje minúsculo, no llegó a aparecer en los durísimos tests de estrés que se llevan a cabo en fábrica, pero son obviamente suficientes para que el riesgo exista y tenga que ser eliminado. Cuando tus clientes reciben advertencias en los aviones que tratan a tu producto como si fuera una auténtica bomba, cuando las unidades que envías como reemplazo tampoco están exentas de problemas, y cuando se genera ya una auténtica campaña que atenta gravemente contra tu reputación, lo único que puedes hacer es plegar velas, indemnizar todo lo indemnizable, evitar cualquier posibilidad de problemas posteriores – llegando incluso a la desconexión remota de los terminales que no hayan sido devueltos – y enfocarte en tu próximo producto, que muy posiblemente responda a una nueva nomenclatura y ni siquiera lleve nombres como Galaxy o Note. Financieramente, la bofetada es espectacular: nada que el gigante coreano no pueda superar, pero sin duda, un castigo durísimo.

Samsung es una compañía enorme, sólida, potente y diversificada. Es el orgullo nacional de un país que, hace ya algunos años, decidió apostar por la tecnología como base de su economía, y que lo hizo fantásticamente bien en ese sentido. Sus terminales son muy buenos, hasta el punto de que la propia Apple ha intentado detener su progresión mediante el uso de non-market strategies como el litigio en los juzgados.

El caso Galaxy Note 7 es, simplemente, una prueba de hasta qué punto el mercado de la electrónica de consumo no admite atajos de ningún tipo: la duración de la batería, la calidad de la pantalla, la velocidad del procesador, la resistencia del cristal o prácticamente cualquier otra especificación están torturadas hasta el límite. Presentar un modelo “revolucionario” en el que el rendimiento de alguno de estos parámetros se dispara diferencialmente solo puede responder o bien al uso de una nueva tecnología, o a un riesgo, a algo que, dada la variabilidad y la extensión de los casos de uso, solo puede acabar mal. Entre ser un competidor brillante y un competidor explosivo existe una distancia minima, y superarla puede producir un auténtico desastre… Q. E. D.

 

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Samsung y la presión competitiva

IMAGE: Franck Boston - 123RF

Un interesante informe de Bloomberg, Rush to take advantage of a dull iPhone started Samsung’s battery crisis, revela cómo las noticias acerca del lanzamiento del iPhone 7 y sobre todo, los rumores sobre la posibilidad de que fuese considerado un producto con mejoras únicamente incrementales y con poco atractivo, fueron capaces de generar en Samsung un ambiente de fortísima presión sobre cada una de las especificaciones del Galaxy Note 7, que culminaron con el lanzamiento de un producto defectuoso. La necesidad de aprovechar el supuesto momento de debilidad de Apple para superarla llevó a la marca coreana a decidirse por una batería tan grande que no cabía en su compartimento, y en la que la presión ejercida por la carcasa podía llegar a generar cortocircuitos.

La retirada global del Galaxy Note 7 está suponiendo un coste descomunal para una marca que, además de afrontar denuncias por las explosiones de su producto y ver cómo se prohibía su entrada a bordo de aviones, ha tenido que crear una página para que los usuarios comprueben si su terminal está afectado, cambiar el icono de la batería de gris a verde para diferenciar los modelos seguros, e incluso anunciar la posibilidad de desactivar remotamente los terminales que no sean devueltos a la marca.

El episodio muestra hasta qué punto la competencia entre marcas en el mundo de la electrónica de consumo tiene lugar especificación por especificación y componente por componente, una auténtica olla a presión competitiva al límite de su resistencia, y cómo de difícil resulta competir contra las especificaciones de una Apple que si bien es criticada por no ser completamente puntera en cada uno de sus componentes, sí lleva cada uno hasta el límite de lo que considera que vale la pena.

Resulta muy interesante combinar la lectura de cómo Samsung vio la oportunidad de batir al terminal de Apple en función de las bajas expectativas que generaba, con este artículo de Jean-Louis Gassée en Medium, iPhone nonsensus: Apple’s debt to bloggers, en el que describe cómo Apple debería estar enormemente agradecida precisamente a todos esos analistas que, en los meses y semanas previos al lanzamiento del iPhone 7, se dedicaron a describirlo como un producto aburrido, carente de creatividad y decepcionante que hacía que valiese la pena esperar al iPhone 8, lo que permitió a la marca partir de una situación de muy bajas expectativas que resultaba intrínsecamente mucho más fácil de superar en su presentación. Y que además, como ahora sabemos, tuvo el efecto colateral de poner a sus competidores al borde del ataque de nervios pensando que podían superarlos…

 

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¿Debe el smartwatch ser independiente del smartphone?

Apple Watch and iPhoneSegún la mayoría de los analistas, el desarrollo del Apple Watch 2.0 parece encontrarse con una serie de limitaciones importantes relacionadas con la supuesta necesidad de independizar al smartwatch del smartphone que, por el momento, le proporciona conectividad y algunas otras funciones.

Situar la conectividad celular en un aparato con un tamaño razonable para llevarlo en la muñeca, con las limitaciones que ello conlleva sobre todo en términos de espacio para la batería, es un reto importante y complejo desde el punto de vista de la ingeniería: los chipset actuales de conectividad celular consumen demasiada energía, lo que llevaría a relojes con una autonomía muy escasa que reduciría, lógicamente, su atractivo comercial. Esto ha hecho que Apple se centre en el desarrollo de chipset celulares con un consumo más bajo, una ruta de investigación en cualquier caso interesante, además de en situar el GPS en el propio reloj, algo técnicamente más factible. La idea parece ser, según Apple, ser capaces de eliminar la necesidad de conectar los dos dispositivos, que puedan tener una existencia independiente.

Dejemos al margen la discusión sobre si un smartwatch aporta mucho o poco: si estás convencido de que el smartwatch no es un dispositivo útil, no pretendo discutirlo, allá cada uno con sus ideas de conectividad personal y de acceso a la información. Yo no lo tenía claro hasta que probé uno: lo hice convencido de que sería un reloj que usaría tan solo en algunas ocasiones, y que rotaría con otros relojes de mi colección en función de las preferencias de cada momento, y desde hace tiempo me encuentro con que estoy tan incómodo sin él, que todo el resto de relojes languidecen en un cajón… Recibir alertas de correos electrónicos o mensajes y verlas con un simple giro de muñeca, decidir si saco el smartphone o no cuando me llaman, ver alertas de noticias y algunas funciones más me han convertido en un usuario fiel. Pero allá cada uno con sus ideas y preferencias.

Lo que no tengo claro es si realmente un smartwatch independiente del smartphone es algo que me aporte demasiado. Mi principal problema con el Apple Watch no es que dependa del iPhone, porque pase lo que pase, mi iPhone está conmigo en todo momento, como mucho separado unos pocos metros. En general, la resistencia a que el Apple Watch dependa del iPhone proviene de quienes practican deportes, que querrían poder salir a correr tan solo con el reloj, sin cargar con el smartphone: como no soy un corredor, mi ejercicio se limita a caminar rápido, no tengo esa necesidad. Mi momento de aislamiento, el único momento en el que prescindo no solo de mi Apple Watch sino también de mi iPhone, es cuando buceo. Y eso me lleva a plantear qué queremos en cada momento: ¿realmente son las necesidades de un corredor o de un buceador coherentes con la idea de separar un dispositivo del otro?

Cuando buceo, aparte de la obvia cuestión de la resistencia al agua, lo que quiero es ver una serie de parámetros muy claros y de un solo vistazo, y para ello utilizo un dispositivo especializado. Cuando salgo a caminar, lo que realmente me ayuda no es la conectividad celular, sino la posibilidad, por ejemplo, de ver mi frecuencia cardíaca en tiempo real de un solo vistazo. ¿Quiero esas funciones en el reloj que uso habitualmente? La verdad es que me aportarían entre poco y nada. Mi idea es que situaciones especiales demandan dispositivos especiales, y que tratar de crear el “uberdispositivo” que funciona en todas las situaciones es una idea destinada al fracaso. Preferiría un smartwatch con mucha más duración de batería, que me permitiese llevarlo durante la noche y se cargase rápidamente, por ejemplo, mientras me ducho o estoy en el baño, que uno que tenga conectividad celular: las veces que he contestado una llamada desde el smartwatch en plan Dick Tracy me ha parecido ridículo y profundamente incómodo.

Apple es una empresa convencida de que el usuario no sabe en realidad lo que quiere, y que es su obligación enseñárselo mediante los diseños adecuados. ¿Tiene en este caso razón, y terminaremos utilizando un smartwatch en todo momento y situación? ¿O más bien optaremos, como anticipo, por dispositivos especializados para corredores, para buceadores o para practicantes de otras actividades, y dejando el reloj normal en casa cuando las practiquemos? ¿Vale realmente la pena embarcarse en una cruzada por separar smartwatch de smartphone, cuando lo habitual es que los usuarios lleven el smartphone consigo prácticamente en todo momento?

 

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Apps que se convierten en imprescindibles

Las apps de los que saben - La Vanguardia (pdf)

Marta Ricart, de La Vanguardia, me contactó hace algún tiempo para preguntarme acerca de las apps preferidas o esenciales que llevo en el móvil y por qué razones lo eran. El resultado se publica hoy en el Magazine de La Vanguardia bajo el título “Las apps de los que saben” (pdf).

A continuación, el texto que intercambié con Marta:

 

Evernote: tomar apuntes de reuniones en cualquier sitio y recuperarlas desde cualquier dispositivo. Soy profundamente básico en su uso – en la práctica termino utilizando solo las listas de puntos – pero las uso para todo…

Maps: para alguien tan despistado como yo esto es lo mejorcito que se ha inventado. Hace años que no me pierdo yendo a ningún sitio y he perdido el miedo a ir en mi propio coche a lugares complicados y desconocidos… que para mí, son el 80% de Madrid 🙂

Fitbit: no soy ningún obseso de la forma física, pero sí de la cuantificación. Una de las cosas que hago casi siempre que saco el smartphone del bolsillo es aprovechar para sincronizarlo con la pulsera, y lo último que hago por la noche es programar el despertador (llevo años despertándome con la vibración de la pulsera). Entre Fitbit y Endomondo, que es la que uso para salir a caminar, me motivo lo suficiente como para mantener un peso razonable (si no fuese así, y considerando lo que me gusta comer, rodaría)

Twitter y Facebook: fundamentales para mantenerme actualizado… en distintos ámbitos, pero definitivamente parte de mi día a día

Instagram: para alguien que disfruta de la fotografía desde la era de las cámaras analógicas completamente manuales, Instagram y sus filtros son pura pornografía visual

Feedly: en cualquier rato perdido, le doy un empujoncito a mis feeds y me mantengo informado

Hangouts: la comunicación continua con mi familia y con algunos – muy pocos – elegidos funciona con Hangouts, cuando empezamos a usarlo regularmente ni existía WhatsApp

RenfeTicket, Iberia, Uber, e-Park, Telpark o car2go marcan como me desplazo. Me muevo más que los precios, con lo cual termino usándolas un montón.

 

Este tema de las apps me intriga un montón: es muy habitual que mantengamos decenas de apps instaladas en nuestros smartphones – y que cada vez más personas tengan problemas de falta de espacio en ellos – pero parece claro que, en realidad, terminamos utilizando de manera habitual y extrayendo realmente partido a unas pocas de ellas. Algunas, de hecho, nos llevan a interactuar más veces con ellas para actualizarlas que para utilizarlas (y eso suponiendo que tengamos las actualizaciones en modo manual). ¿Cuáles son esas “joyas” a las que os parece que extraéis verdadero partido y de las que no os gustaría en ningún caso prescindir?

 

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Pokémon Go: ¿simple juego o juego simple?

Pokemon GO en mi casa (IMAGE: Julio Alonso)

Pablo Romero me pidió una columna para El Español sobre el fenómeno Pokémon Go, el juego cuya popularidad está batiendo todos los records, superando en descargas y tiempo de uso a las apps más populares, y que va camino de convertirse en la sensación del verano (en la foto, el instante previo a la captura de Meowth en mi casa 🙂 Mi columna se titula “Pokémon Go: simplemente un juego“. También hablé del tema en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas, en RTVE, está disponible en la página del programa a partir del minuto 1:36:47 (y mis notas, como siempre, en Evernote).

Mi aproximación al tema es puramente pragmática: hablamos de una creación de Niantic, spin-off de Google que anteriormente, en 2012, creó Ingress, un juego que me generó una afición interesante durante un cierto tiempo. Ahora, Niantic simplifica y trivializa una parte de la mecánica de Ingress despojándola de toda la complejidad de su narrativa de ciencia-ficción y la hace más accesible al gran público mediante la licencia de los monstruitos de bolsillo de The Pokémon Company, propiedad en una tercera parte de Nintendo. La compañía japonesa ha visto elevar su capitalización bursátil en casi once mil millones de dólares gracias a la popularidad del juego, que también ha servido para que Unity, el motor utilizado en Pokémon Go, captase 181 millones en una ronda de financiación lanzada a toda velocidad que ha situado el valor de la compañía en $1,500 millones.

Como juego, Pokémon Go es una creación sumamente simple, mucho más sencilla en todos los sentidos que su predecesor, Ingress. El mérito de su creación es escaso, salvo por la habilidad de darse cuenta de que el fenómeno Pokémon conecta con aquella generación que los coleccionó cuando eran pequeños, que ahora todos tienen un smartphone en el bolsillo, y que el verano combinaba la escasez de noticias en los medios con el hecho de ser una buena época para que una generación se lanzase a la caza de aquellas criaturas que les obsesionaban hace más de una década. ¿Mejora la espectacular adopción de Pokémon Go las posibilidades de la realidad aumentada? Realmente no: prácticamente todo el mundo sabe que la tecnología existe, lleva viendo ejemplos de ella desde hace años, y prácticamente la considera una tecnología amortizada, que seguramente espera a la llegada de otros dispositivos distintos al smartphone para disfrutar de posibilidades más ambiciosas.

El juego como tal no tiene gran cosa que contar. En términos de jugabilidad intrínseca, es simple como el mecanismo de un botijo: paséate mirando el mundo a través del smartphone, y si encuentras un Pokémon, cázalo. En el juego, creas un avatar que se desplaza siguiendo las coordenadas del GPS de tu teléfono a medida que te mueves por el mundo, y te permite verte en un mapa como lo harías en Google Maps. Las indicaciones del mapa se reemplazan con Pokéstops, localizaciones que te ofrecen artículos gratis cada cinco minutos siempre que estés en sus cercanías. Puedes recibir objetos con los que cuidar a tu Pokémon tras una batalla, huevos de Pokémon que eclosionan si te mantienes a una cierta distancia, y Pokéballs para cazar nuevos Pokémon. Puedes encontrar Pokémon en todas partes (hasta en mi jardín!), pero tienden a predominar más en zonas de acceso público. Cuantos más Pokémon tengas de una especie, más fuerte consigues que sea la especie, y cuando llegas a un cierto nivel, pasas a representar al equipo rojo, azul o amarillo, que compiten en una guerra para hacerse con los Pokémon Gyms situados en lugares señalados.

No requiere ninguna habilidad especial, está al alcance de cualquiera, y es gratuito, con un modelo de negocio basado en algunas opciones de descarga freemium y en la posibilidad de situar localizaciones esponsorizadas que atraigan a los jugadores a lugares en particular. Como tal, la fiebre de Pokémon Go durará, imagino, muy poco tiempo: no alcanzo a imaginarme el incentivo para dedicarse a la tarea de cazar Pokemon más allá de una temporada, para convertirse después en algo pasado… en el invierno de algunos lugares, me cuesta bastante imaginarme a nadie paseando por la calle con el smartphone en ristre. Ofrece posibilidades interesantes en lo social, tiene capacidad de convertirse en una moda seguramente efímera, pero poco más.

Por la dinámica que es susceptible de generar su funcionamiento, encontraremos en los medios noticias de todo tipo, más relacionadas con el sentido común que con otras cosas: desde quienes aprovechan su popularidad y la desesperación de quienes no encuentran aún la app en sus países para tratar de instalar malware, hasta descerebrados que juegan mientras conducen, que cruzan calles sin mirar, que tropiezan o se pegan contra cosas, que entran en propiedades ajenas (no recomendable en ningún sitio, pero menos aún en los Estados Unidos) o que son víctimas de ladrones, todo ello mientras intentaban “capturarlos a todos”. Si tus hijos pequeños juegan, ten en cuenta que el juego podría hacer que se alejasen más de la cuenta, en busca de un Pokémon más que llevarse a la pantalla.

Por el momento, un fenómeno de popularidad desmesurada, acrecentada por un verano habitualmente parco en novedades tecnológicas que llevarse a los medios. Acertar con el momento adecuado para revivir un fenómeno cultural como los Pokémon no es poca cosa, pero en términos de innovación o de requisitos para definir alguna evolución o transformación de mayor calado, Pokémon Go, por mucho ruido que lo acompañe, no pasa de ser un jueguecito trivial.

 

 

This article is also available in English in my Medium page, “Pokémon Go: simply a game, or a simple game?”

 

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Tecnologías y adicciones

IMAGE: Jesadaphorn Chaiinkeaw - 123RFUna encuesta en los Estados Unidos afirma que el 59% de los padres están preocupados por la adicción de sus hijos adolescentes a sus smartphones, una situación que, de manera intuitiva, no se diferencia demasiado de las sensaciones que vivimos en países como España: adolescentes que no sueltan el smartphone en ningún momento, que interrumpen todo tipo de momentos cuando el dispositivo suena o vibra, sin importar que se esté en medio de una conversación, de la cena, de una película o de una clase.

El término “adicción” siempre me ha parecido, en este contexto, absurdo y denigrante. Inventarse supuestas dependencias físicas o calificar a la tecnología como droga es una manera de empezar mal la aproximación a un problema que tiene mucho más que ver con la educación y la evolución de las normas sociales que con los estupefacientes. Plantearse “curas de desintoxicación” bajo el principio de que “en China lo hacen“, como si de verdad hubiese algo que “curar” o como si fuese válida la comparación de los antiguos fumaderos de opio con los actuales cibercafés me parece simplemente demencial.

No, no hablamos de adicciones, digan lo que digan los psicólogos. Hablamos de un cambio en los hábitos sociales, de nuevas costumbres y de nuevas maneras de priorizar en un entorno redefinido por la tecnología. Mientras no entendamos eso, que la tecnología ha redefinido el entorno social, no podremos aproximarnos al tema con un mínimo de objetividad. Los adolescentes que priorizan la atención a su smartphone sobre todas las cosas no tienen un problema de adicción, sino de educación, por mucho que les duela a esos padres que se niegan a admitir que han hecho mal su trabajo a la hora de educar a sus hijos. Se puede tener hijos adolescentes que estén a la última en el uso de herramientas tecnológicas y sean, a la vez, capaces de desempeñarse en un entorno social normal: no es sencillo, porque la atracción de un dispositivo que ofrece tantas posibilidades como el smartphone es importante, pero sí es posible. Se trata, simplemente, de poner reglas que tengan sentido, como las poníamos antes en otros entornos.

Según la encuesta norteamericana, los padres catalogan a sus hijos como “adictos” cuando “comprueban sus smartphones al menos una vez cada hora y se sienten presionados para responder inmediatamente a los mensajes”. ¿Se ha parado alguien a pensar que es que a lo mejor, en una sociedad como la actual, en la que todo está hiperconectado con todo en tiempo real, lo normal ha pasado a ser chequear nuestros terminales al menos una vez cada hora y entender que hay mensajes que deben ser respondidos lo antes posible? Lo normal, no lo obligatorio: algo que haces porque quieres o porque lo prefieres, no porque nadie te obligue a ello. Algo de lo que prescindes si quieres cuando estás haciendo algo que priorizas por encima de eso, o porque simplemente hace que te olvides de ello (no, no es el mismo discurso del “puedo dejarlo cuando quiera”).

Para entender y educar a nuestros hijos, tenemos que entender muy bien el entorno en el que viven, que condiciona profundamente su educación. Alguien que mire a sus hijos con condescendencia y que no sea capaz de entender qué diablos hacen enfrascados en su smartphone no va a ser capaz de plantear normas que tengan en cuenta la diferencia entre comunicación y entretenimiento, los condicionantes de cada canal o la evolución de las normas. Nos pongamos como nos pongamos, las normas de educación cambian. La irrupción de los smartwatch hace que, aunque sea lentamente, empiece a ser perfectamente aceptable que mires el reloj cuando estás con alguien, porque pasa a entenderse que estás simplemente comprobando una notificación que has recibido, porque ya no se entiende que estás deseando irte, y porque se entiende perfectamente que puedes estar prestando atención a la persona con la que estás aunque brevemente compruebes lo que te ha llegado a la muñeca. Son normas que cambian, que evolucionan con el panorama tecnológico, como antes evolucionaron muchas otras, y como evolucionarán muchas otras después. Empeñarse en que las normas son inamovibles es una demostración clara de falta de sensibilidad, de torpeza intergeneracional. No, educar no es imponer irracionalmente y caiga quien caiga. A lo mejor, llegamos mucho más lejos intentando entender lo que nuestros hijos hacen con sus smartphones que dictando normas prohibitivas y restrictivas hasta el límite que nadie en su sano juicio sería capaz de aceptar sin lucha.

No, no son adictos. Son simplemente una generación que ha nacido y se ha criado en un entorno de conexión permanente, y que por tanto, echan de menos esa conexión cuando no está a su alcance. Es perfectamente lógico. ¿Que hay que ponerle normas? Por supuesto, como a todo. Pero no quiere decir que sean adictos o que haya que desintoxicarlos, ni mucho menos. Si creemos eso, el problema lo tenemos nosotros, no ellos. Menos condescendencia, más empatía, y más educación.

 

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