Category Archives: robots

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Robots para pescar

IMAGE: Visarute Angkatavanich - 123RF

El pez escorpión (varias especies del género Pterois, sobre todo P. volitans y P. miles), conocido en inglés como Lion fish, se ha convertido en un importantísimo problema ecológico. Originario de la zona indo-pacífica, ha conseguido gracias al hombre colonizar amplias áreas costeras del Atlántico, como buena parte de la costa este de los Estados Unidos, el Caribe y el golfo de México.

En esas aguas más cálidas, el animal crece hasta un tamaño sensiblemente más grande que en su habitat natural, da lugar a poblaciones muchísimo más densas, y se convierte en un super-predador capaz de consumir hasta veinte peces en treinta minutos. Además, tiene una enorme capacidad de reproducción, vive hasta treinta años, y carece de enemigos naturales, lo que le lleva prácticamente a aniquilar a otras especies. Dado que alguna de las especies sobre las que ejerce presión predatoria son herbívoros que se alimentan de las algas que viven sobre los arrecifes de coral, muchos de estos arrecifes terminan por morir, dando lugar a cambios en la fisonomía de las zonas costeras.

Para intentar luchar contra el problema se han emprendido iniciativas como fomentar su pesca submarina, o incluso invitar a cocineros a que inventen recetas en las que el pez escorpión, que puede consumirse sin problemas tras eliminar sus dieciocho largas espinas venenosas y que, de hecho, tiene una carne de gran calidad, sea el protagonista. Esas iniciativas tienen, sin embargo, un efecto limitado: los buceadores solo alcanzan zonas de la plataforma cercanas a la costa, capturan pocos ejemplares, y aunque el pez escorpión alcance cierta popularidad en algunos restaurantes de las zonas afectadas, estos no tienen peces suficientes como para atender la demanda, y la presión generada sobre el ecosistema no es suficiente como para reducir sus poblaciones.

Hasta aquí, un problema complejo: momento de dejar entrar a la tecnología. RISE es una iniciativa creada por iRobot, la compañía fundada en 1990 por tres ingenieros del MIT, cuyo producto más conocido es el robot aspirador Roomba, que se ha planteado financiar parcialmente mediante crowdfunding una iniciativa, The Lion fish Project, destinada a producir un robot submarino que, suspendido por un cable desde un barco y bajo el control de una persona con un interfaz similar a un joystick, es capaz de identificar peces escorpión, y generar una descarga eléctrica que los aturde lo suficiente como para succionarlos a un tanque en el que va acumulando animales, para posteriormente subir a la superficie convertidos en pesca. Posiblemente, la manera más futurista que habéis visto de pescar. Pero también, potencialmente, la más selectiva.

Un robot capaz de pescar, y no ya solo de pescar, sino de capturar una especie en concreto. El proyecto se lanza el próximo día 19 de abril en Bermuda coincidiendo con la Copa América, donde habrá además un chef conocido que se encargará de cocinar peces escorpión en variadas maneras, esperando que la solución permita dotar de escala a una actividad, la pesca, que en su concepción no robótica no estaba siendo capaz de atajar el problema. ¿Veremos en el futuro robots similares a este, o incluso con grados mayores de autonomía, convertidos en una manera de capturar de manera más controlada y selectiva poblaciones de especies sometidas a explotación pesquera? ¿Pueden la tecnología convertirse en una manera de intentar arreglar los problemas que el hombre ha generado en el ecosistema?

 

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Sobre hombres y robots

IMAGE: Buchachon Petthanya - 123RF

Los planteamientos sobre la relación entre hombres y robots, tomando la definición de robot de la manera más amplia posible, tienden a resultar en muchos sentidos tremendistas: los robots que “roban nuestros trabajos” y nos condenan supuestamente a una sociedad disfuncional con tasas de desempleo elevadas, la sustitución de trabajos manuales de escaso valor añadido o de las tres D que va dando paso a la eliminación de otros trabajos cada vez más sofisticados, y, en general, a una visión caracterizada por el temor y la negatividad.

¿Estamos realmente en un proceso de sustitución de personas por robots? Por supuesto. Cualquier planteamiento de duda al respecto resulta completamente absurda o ridículamente ingenua. En realidad, hace ya muchos años que los robots están quitando el trabajo a las personas.

Frame-breakers, or Luddites, smashing a loom (Source: Wikipedia)

El proceso comenzó seguramente, por buscarle un origen y lugar concreto, en las fábricas textiles de Nottingham en el siglo XIX, y dio origen al movimiento ludita y a los ataques a telares y a máquinas herramientas de la época que podían, con su sola instalación y uso, dejar sin trabajo a decenas de trabajadores que antes llevaban a cabo labores de tejido e hilatura de manera completamente manual, brindando a los propietarios de las fábricas la oportunidad de escalar su producción y dar origen al sistema capitalista moderno que hoy conocemos.

El recurso a los luditas y la comparación con aquella actitud de destrucción de unas máquinas que, eventualmente, terminaron por generar una era de muchísimo mayor bienestar, generación de riqueza excedente y condiciones de vida sensiblemente mejores para una amplísima mayoría de la sociedad es ya muy habitual y manida. Presentar esa comparación como prueba clave es, en realidad, poco útil, porque han sido muy pocas las ocasiones históricas en las que los trabajadores – o los economistas – han aprendido de la experiencia en cabeza ajena.

Henry Ford is killing jobs (IMAGE: Juan Carlos Arce - Twitter)

Ya en el siglo XX, la línea de montaje de Henry Ford y su capacidad de producir grandes cantidades de vehículos a velocidades inimaginables en la época fue objeto de fuertes criticas por las asociaciones de trabajadores y por los conductores de carruajes, que veían a la nueva máquina convertida ya en algo popular, al alcance de casi cualquiera, con un crecimiento espectacular que amenazaba sus puestos de trabajo. La idea de que la sustitución de personas por máquinas es mala se repite, a pesar de las evidencias que apuntan a que seguir manteniendo esquemas como la fabricación manual en modo taller o el transporte mediante carruajes, renunciando a las ventajas y a la ganancia de eficiencia que supuso el desarrollo de la línea de montaje sería profundamente anacrónico, o directamente ridículo.

Si leemos a Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en su Race against the machine, la conclusión, sin embargo, parece clara: esta vez es diferente, porque la capacidad de las máquinas va a llegar hasta el punto de sustituir ventajosamente cada vez más de las tareas que las personas pueden hacer, lo que conlleva que, de una manera u otra, terminarán eliminando más puestos de los que son capaces de crear. Los robots ya conducen camiones y sustituirán a los camioneros en los próximos diez años, los drones autónomos ya vuelan solos de manera legal en Israel y trasladan muestras de laboratorio entre hospitales en Suiza, los empleados de servicio al cliente van siendo progresivamente sustituidos por chatbots cada vez más realistas, y las pizzas y hamburguesas van a ser pronto pedidas, elaboradas y enviadas a través de robots.

Pero a medida que vamos explorando la marcha de la automatización, y constatando que unos trabajos, o incluso unos países, tienen peores perspectivas en la carrera de la sustitución que otros, otras evidencias parecen ir emergiendo: la primera, que antes de la sustitución completa, todo indica que pasaremos por una fase en la que trabajadores cada vez mas preparados y sofisticados irán aprendiendo a trabajar cada vez más con robots. ¿Cómo prepararnos para un futuro en el que el machine learning y la inteligencia artificial van a ir incorporándose de manera progresiva a cada vez más trabajos?

Todo indica que las ideas de Donald Trump, preservar a toda costa unos pocos trabajos en la extracción de carbón a cambio de la salud de todo el planeta, son profundamente absurdas y equivocadas. En su lugar, lo que parece imponerse es la idea de que determinados trabajos están mucho mejor siendo sustituidos, y que a los países les irá mucho mejor siguiendo un modelo en el que se centren en inversiones en infraestructura que permitan incorporar tecnologías como la internet de las cosas, el machine learning y la inteligencia artificial para mejorar el rendimiento de los trabajadores y mantener la competitividad. La tecnología elimina determinados trabajos, pero solo la tecnología es capaz de salvar los trabajos del futuro. Un modelo que parece interiorizar mucho más un país como China, ya claramente destinado al liderazgo mundial, que unos Estados Unidos que a todas luces caminan hacia atrás.

¿Van los robots a quitarnos el trabajo? Sí, en un número elevado de casos. Pero intentar evitarlo solo generaría situaciones anacrónicas absurdas, como lo hubiera hecho el empeñarse en mantener a toda costa a los conductores de carruajes. En realidad, lo que los robots van a hacer es hacer sitio para trabajos que realmente tengan sentido, para tareas que una máquina no haga igual de bien, para la redefinición de cosas que un hombre pueda hacer mejor gracias a la colaboración con máquinas. Nadie puede parar la automatización, porque intentar hacerlo solo incrementa el incentivo a que alguien, en otro país o en otra compañía, se aproveche de ella para ser mucho más competitivo, para fabricar mejor, con más calidad, más barato, o todo ello a la vez. No, a los trabajadores no los salvará un imbécil decidido a ignorar los cambios en el escenario y empeñado en mantener unos trabajos que ya no van a volver porque ya no existen: los salvará una reforma de la educación y de los planteamientos mas profundos de la sociedad que dote a los trabajadores del futuro de las habilidades suficientes para trabajar en ese escenario redefinido. El futuro es el que es: seguir desarrollando tecnologías cada vez mejores, más eficientes, más inteligentes y más capaces de hacer más cosas, y preparar al hombre para trabajar lo mejor posible con ellas. Y al que no lo entienda así, sin duda, le tocará ponerse en la cola del paro.

 

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Robots e impuestos: no tan sencillo

IMAGE: Pixelery - 123RFLas recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

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Los peores ciegos son los que no quieren ver

Robots come to steal our jobs!!! (IMAGE: E. Dans)Mi columna de esta semana en El Español se titula “El fin de un sistema“, y habla sobre la evolución de una sociedad en la que el concepto de trabajo se dispone a redefinirse completamente a través de la progresiva sustitución de personas por máquinas en un número cada vez más elevado de tareas de todo tipo.

Hablamos, muy posiblemente, del cambio social más importante vivido en la historia de la humanidad, con mucha mayor trascendencia que la primera revolución industrial debido, sobre todo, a la mayor velocidad con la que tiene lugar, pero a pesar de su enorme relevancia, una parte muy significativa de la sociedad prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en la arena. Hablamos de un cambio que amenaza con ir dejando sin empleo a cada vez más personas, una lista que va incluyendo progresivamente a cada vez más profesiones que van perdiendo su sentido, sustituidas por máquinas que desarrollan esas ocupaciones de manera mucho más competitiva. Cada vez que un competidor adopta esas innovaciones, cada vez que incorpora más robots y más machine learning, se convierte en el nuevo benchmark, en la nueva referencia a batir, en el incremento marginal que ningún otro competidor puede ignorar.

Ya no hablamos de sustituir empleos de escaso valor añadido: la transición ya no afecta solo a los trabajos aburridos, mecánicos, sucios o peligrosos, sino a cada vez más tareas y ocupaciones. Sin duda, aparecerán nuevas profesiones, muchas de las cuales tendrán características que nos llevarán a considerar un cambio tan radical en el concepto de trabajo que lo conviertan en irreconocible para muchos, pero también tendremos una amplia cantidad de profesiones que, simplemente, desaparecerán. Y la capacidad de reeducación o recualificación de muchas de esas profesiones será, en muchos casos, muy compleja o imposible.

El futuro, por pura lógica matemática, solo puede traer la quiebra del sistema de subsidios y coberturas que conocemos. La red de seguridad que se supone debía proteger a los excluidos se ha convertido en una trampa social, cada vez más compleja en su administración, más injusta en su funcionamiento, y además, destinada a la quiebra. Y la única manera de sustituirla es rediseñándola completamente en torno a la idea de sistemas universales e incondicionales que lo simplifiquen, que eviten tasas impositivas marginales absurdas aplicadas a quienes no lo merecen, y que aseguren que en una era de más abundancia, esta se reparte de la manera adecuada y justa. Prolongar la agonía del sistema anterior solo nos lleva a tasas de exclusión cada vez mayores, a tratar de estirar esquemas piramidales de forma insostenible y a generar una mayoría desencantada dispuesta a votar al presunto salvador – o payaso – de turno como si fuese su última esperanza.

Como hemos podido ver a lo largo del año 2016, la situación ya no admite que sigamos cerrando los ojos o enterrando la cabeza en el suelo, o nos estaremos abocando a un desastre político sin precedentes. No hay peores ciegos que aquellos que no quieren ver. Mientras, como sociedad, no abramos una reflexión seria y no simplista sobre este tema, estaremos condenados a seguir intentando exprimir un sistema deficiente y disfuncional. Estaremos intentando construir el futuro con herramientas del pasado.

 

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No robots allowed?

No robots allowedEl gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, ha dictado una ley que prohibe expresamente el uso de bots para la adquisición de entradas de espectáculos online, una práctica que amenazaba con convertirse en común: los revendedores esperaban a que las entradas de un espectáculo determinado con alta demanda prevista se pusiesen a la venta, lanzaban programas que llevaban a cabo la compra del número máximo de entradas autorizadas por persona, y repetían el proceso simulando operaciones independientes hasta acabar rápidamente con las entradas disponibles, que eran posteriormente puestas a la venta a través de otros canales y con precios superiores.

La reventa de entradas como tal estaba ya perseguida, pero con consideración de falta. Tras la aprobación de la ley, utilizar bots para hacerse con entradas para la reventa será considerado delito, y podrá conllevar multas abultadas o penas de cárcel.

Si bien resulta difícil argumentar en contra de una ley que sanciona a quienes llevan a cabo comportamientos claramente etiquetables como abusivos, la idea de legislación que prohibe el uso de robots es, como mínimo, llamativa, hasta el punto que hace no demasiado tiempo la habríamos considerado propia de los relatos de ciencia-ficción. Sin embargo, solo hace falta un mínimo análisis para darse cuenta de que en realidad, lo que se castiga no es específicamente el uso de robots para llevar a cabo una operación de compra a través de la red, sino su utilización abusiva para hacerse co un elevado número de entradas. El matiz no es despreciable: resulta muy posible que ante situaciones de este tipo, de demanda que excede ampliamente a la oferta disponible, muchas personas comiencen a utilizar asistentes de compra que hagan precisamente eso: esperar a la apertura de la ventana de adquisición, y disparar la operación tantas veces como haga falta hasta conseguir pasar a través de un servidor en muchos casos saturado, y adquirir las entradas deseadas con los criterios establecidos. Ese tipo de comportamientos, que ya se convirtieron en comunes en páginas de subastas online hace ya bastantes años o incluso en los mercados financieros, no son objeto de persecución, con lo cual hablar estrictamente de una ley que prohibe el uso de robots no sería correcto.

En el caso de la venta de entradas online, la cuestión, en cualquier caso, entraña ciertos problemas: no es lo mismo dimensionar un servidor para seres humanos que, con toda la variabilidad derivada de su comportamiento humano, entran en él a efectuar una operación, que hacerlo para un montón de bots que acuden todos a la misma hora y lanzan todos ellos sus operaciones con precisión absoluta. Si el uso de bots de este tipo llega a generalizarse, la idea de asignar entradas en modo “first come, first served”, “primero en llegar” o “póngase a la cola” podría llegar a tener relativamente poco sentido, y no sería extraño que hubiese que pensar en diseñar nuevos mecanismos, que podrían ir desde la clásica lotería mediante números aleatorios que se lleva a cabo una vez cerrada la ventana de tiempo, para poder tener así cuantificada la demanda con precisión, hasta otros muchos tipos de posibilidades.

Con la evolución de los patrones de consumo, es más que posible que terminemos teniendo a nuestra disposición un cierto número de robots que emplearemos habitualmente para todo tipo de operaciones rutinarias en la red, desde asistentes virtuales para optimizar precios, cestas de la compra o gastos de envío, hasta otros para trabajar en entornos de precios dinámicos o variables. ¿Quieres viajar a un sitio? Desarrolla un robot que lleve a cabo un muestreo de los precios del billete que has definido, que mantenga las reservas y las vaya renovando mientras no aparezca ninguna más barata, y que termine por adquirirla al menor precio que haya llegado a tener. En realidad, sería relativamente sencillo disponer de una especie de botón de Amazon que configurar en cada ocasión, y que llevase a cabo esa tarea. Y en caso de generalizarse el uso de este tipo de bots, los sistemas de ticketing podrían llegar a tener serios problemas, lo que sin duda generaría polémicas y afectaría a la manera en que hoy entendemos este tipo de transacciones – que ya de por sí, a día de hoy, sería muy difícil calificar como óptimas.

Piensa en transacciones que lleves a cabo de manera habitual, en mecanismos con los que tengas familiaridad, bien en tu industria, o que utilices en tu vida privada. Ahora, trata de imaginártelos llevados a cabo con la exactitud en la definición y la precisión que un robot permite: a medida que la idea de “ponga un robot en su vida” comienza a convertirse en más lógica y sencilla, hay muchos mecanismos transaccionales que considerábamos plenamente establecidos que, seguramente, van a tener que empezar a plantearse una redefinición. Habrá que estar atentos a esta evolución.

 

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Robots que matan

Remotec Andros robotEn la imagen, un robot Remotec de la serie Andros fabricado por Northrop Grumman, habitualmente utilizado para la desactivación remota de artefactos explosivos. Con un coste aproximado de unos $200,000, era uno de los tres que la policía de Dallas había adquirido recientemente, con el fin de incrementar su nivel de preparación ante posibles atentados terroristas con bombas.

Pero ayer viernes, el robot fue utilizado no para desactivar una bomba, sino precisamente para lo contrario: para enviar y detonar un artefacto, presumiblemente uno de los que habitualmente se utilizan para provocar la explosión controlada de otro mayor, en el lugar donde se hallaba Micah Xavier Johnson, uno de los francotiradores que acabó con la vida de varias personas durante una manifestación pacífica en Dallas.

La decisión, posiblemente acertada ante una persona con entrenamiento militar y equipamiento desconocido que era susceptible de provocar bastantes más bajas, no está exenta de polémica, y ha sido considerada por algunos como el inicio de la era de Robocop.

En realidad, el uso de robots semiautónomos para matar personas cuenta ya con una amplia tradición militar: la “guerra de los drones” desencadenada por la administración Obama en países como Pakistan, Yemen o Somalia, con los que los Estados Unidos no están oficialmente en guerra, pero que sirven de refugio a un enemigo, Al-Qaeda, que carece de un territorio como tal, ha provocado ya la muerte de varios miles de personas, incluyendo presuntamente 1,270 civiles considerados como errores y algunos casos especialmente sonados, como rehenes a los que se intentaba rescatar.

En el uso policial, sin embargo, el empleo consciente de un robot con una bomba para matar a un delincuente carece de precedentes, y permite imaginar una amplia gama de posibilidades ayer probablemente descartadas por la premura del momento, como el uso de otras técnicas: montar sobre el robot un cañón de agua, una pistola eléctrica tipo Taser o algún agente químico incapacitante. El robot utilizado ayer, como los drones militares, estaba siendo manejado por un humano mediante control remoto, pero los hechos comienzan a acercarnos bastante a la posibilidad de emplear robots autónomos y dotados de inteligencia artificial en conflictos armados, una posibilidad sobre la que ya mostraron alarma personas como Elon Musk, Steve Wozniak o Stephen Hawking y que reclama el desarrollo de unos principios éticos adecuados.

Es posible que el uso de robots por parte de las fuerzas policiales para dar salida a situaciones complicadas pueda tener sentido. Pero si ese va a ser el caso, habrá que asumir que ese tipo de situaciones pueden convertirse en relativa y tristemente habituales, y deberán no solo procedimentarse adecuadamente, sino además diseñar esas máquinas de manera que no solo se priorice evitar el posible peligro para agentes y ciudadanos, sino también el minimizar los desenlaces letales en todos los sentidos.

 

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Más sobre robots y desempleo

Foxbot (IMAGE: Foxconn)Mi columna en El Español de esta semana se titula “Robots y desempleo“, y es continuación de la de hace algunas semanas en la que revisaba los avances de la robotización en países como China (en la imagen, los ya famosos Foxbots con los que la compañía de ensamblaje y manufactura más grande del mundo, Foxconn, está sustituyendo trabajadores de línea de montaje). En esta ocasión, traté de insistir con más ejemplos de sustitución referidos a tareas diversas, e intentando que se viese de manera aún más clara la imperiosa necesidad de modificar nuestras pautas sociales de cara a un futuro que ya está aquí.

Opté por citar la polémica entrevista del headhunter español Samuel Pimentel a Bloomberg en la que viene a afirmar que el mercado de trabajo español se caracteriza por su absoluta disfuncionalidad: no es solo que haya un desempleo elevado, sino que además, los desempleados son, en gran medida, prácticamente inempleables, dado que carecen de las habilidades adecuadas para desarrollar los trabajos que la sociedad demanda.

En China, un estado no democrático y férreamente controlado, el gobierno está poniendo en marcha una transición a una escala sin precedentes que trata de hacer que millones de trabajadores manuales de cadenas de ensamblaje sean sustituidos por robots sin que ello signifique un suicidio económico y social, tratando de poner en marcha las medidas adecuadas de formación y reconversión que permitan que la economía siga creciendo. El tipo de reconversión que no estamos viendo en prácticamente ninguna de las economías occidentales – y decididamente, no en España. La reconversión implica cambios radicales en las estructuras educativas y en la propia naturaleza del trabajo difíciles de asumir, pero que de una manera u otra, van a terminar siendo necesarios. Cambios que ya asoman, y que es preciso analizar con la mentalidad adecuada. Cuando vea algún político mostrar cierto nivel de comprensión sobre estos temas, me sentiré más tranquilo. Por el momento, me temo que tengo tiempo de seguir escribiendo sobre ello…

 

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Hablando con robots

IMAGE: Kirill Makarov - 123RFMi columna de esta semana en El Español se titula “Hablando con robots“, e intenta conjugar el reciente anuncio de WhatsApp de abandonar el modelo de pago para pasar a uno de servicios de atención al cliente corporativos, con los avances de Facebook en el desarrollo e incorporación de asistentes robóticos a través de Facebook Messenger, y con la nota publicada en Medium hace unos días por Ted Livingston, fundador y CEO de Kik.

Los robots conversadores o chatbots no son una novedad: su desarrollo y el permanente desafío para lograr que pasen el test de Turing viene ya de muchos años atrás. Compañías como Ashley Madison y otros servicios de contactos los desarrollaron para lograr que miles de hombres deseosos de una aventura introdujesen… no precisamente lo que querían tan desesperadamente introducir, sino el número de su tarjeta de crédito, para activar una función que les permitía leer los mensajes supuestamente escritos por mujeres deseosas de acostarse con ellos… mensajes que en realidad estaban escritos por un robot. Servicios asistidos por chatbots para interpretar lo que un cliente dice o escribe y ofrecer una respuesta o comunicarlo con una persona de servicio al cliente llevan varios años estando disponibles. La propia Kik lleva tiempo ofreciendo a sus usuarios bots con los que hablar para cuestiones como crear vídeos, dar consejos sobre moda, etc.

Sin embargo, la visión de combinar interfaces tan conocidas y familiares como las de la mensajería instantánea con robots capaces de aceptar comandos y generar acciones para el usuario resulta más provocativa, y permite imaginar escenarios en los que el modelo de interacción cambia: el interfaz de la mensajería instantánea pasa a ser el nuevo navegador que utilizamos para acceder a una serie de servicios ejecutados por bots, que pasan a ser las nuevas páginas web. ¿Nos vemos solicitando noticias, búsquedas, servicios o productos variados mediante esta combinación de elementos? En el fondo, Siri y otros asistentes virtuales ya tienen, al menos en su diseño, mucho de este tipo de filosofía: interfaz conversacional – o, en ese caso, “interfaz sin interfaz” – y robot que te entrega lo que pides de manera directa, aunque en muchos casos el output siga siendo aún una página web.

¿Estamos preparados para ponernos a hablar con robots de manera sistemática y habitual? Seguramente, estamos incluso más preparados de lo que nosotros creemos

 

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Los robots como paradoja

Robot asomándoseSi todavía no tienes claro que estamos ya en la era de los robots y todo lo que ello supone, vete preparándote para hacer clic en unos cuantos enlaces.

La cuestión no es simplemente hablar de vehículos de conducción autónoma, un tema sobre el que ya llevamos bastante tiempo comentando y que además ya circulan tranquilamente por las calles y avenidas de Mountain View mezclados con el tráfico cotidiano por mucho que algunos conductores sigan afirmando que no los quieren… no, la cosa va ya mucho más allá de simplemente demostrar que un robot al volante ve mejor, mide y evalúa mejor, toma mejores decisiones, no se cansa, no bebe y no se pica como lo hace un conductor humano. La supremacía de la máquina sobre el hombre en un tema como la conducción de un vehículo ya es una discusión completamente superada, y si no lo crees así, lo mejor que puedes hacer es irte inmediatamente a leer esta fantástica entrada de The Oatmeal, “6 things I learned from riding in a Google self-driving car”.

Pero el tema es que hablamos ya de mucho, muchísimo más que de conducir. Hablamos, por ejemplo, de cocinar, sea una crema de cangrejo o un sandwich de huevo. O de atenderte en un hotel. Hablamos de sustituir a los trabajadores que traen y llevan productos en un almacén de Amazon, de jugar al tenis de mesa hasta el punto de vencer a un campeón del mundo, o incluso de hacer gimnasia rítmica. De cuidar de nosotros cuando nos hacemos mayores. O como el mismísimo Jesús, de caminar sobre el agua. O de jugar al fútbol, aunque para sustituir a Cristiano Ronaldo o a Messi aún les falte un poco. Pero cuidado: son mucho mejores que muchos futbolistas a la hora de trabajar en grupo, y sin duda también a la hora de interpretar y controlar sus emociones, además de muchísimo más baratos: $440 al mes en régimen de alquiler.

Casi todos esos enlaces son de las dos semanas, no he necesitado irme muy lejos para investigar. Y de verdad, si no has visto el almacén robotizado de Amazon o el robot que juega al tenis de mesa, haz clic en los enlaces correspondientes y dedica un rato a verlos antes de seguir leyendo: vale la pena. Los robots se están asomando ya a nuestras vidas sin ningún tipo de complejos, hasta el punto de suscitar ya discusiones perfectamente relevantes y adecuadas: cientos de investigadores y expertos en inteligencia artificial, con figuras como Elon Musk, Stephen Hawking o Steve Wozniak a la cabeza, han firmado una carta abierta para urgir que se prohiba la investigación y el desarrollo de tecnologías militares basadas en la robótica, por miedo a lo que podría ser un futuro en el que Terminator dejase de ser simplemente una película.

¿Están realmente justificados esos miedos? Obviamente, a nadie le apetece imaginarse siendo perseguido por el perro o el mulo robótico de Google, que además seguramente te conocerían mejor que tú mismo y podrían anticipar tus reacciones. Pero sin duda, el uso militar es una de las mejores garantías de desarrollo de cualquier tecnología – no olvidemos que la propia internet comenzó a ser lo hoy es gracias precisamente a sus posibilidades de uso militar, aunque los posibles usos no militares estuvieran desde el principio en la cabeza de sus creadores. Pero precisamente de ahí surge la interesantísima paradoja: de nuevo hablamos de una tecnología con posibles – y sin duda aterradores – usos militares, pero que, por otro lado, supone de manera cada vez más clara el siguiente estadio de la evolución de las sociedades humanas. La economía lo deja perfectamente claro: la llegada de los robots y el incremento que van a suponer en términos de productividad van a ser la única posibilidad que tendremos para financiar muchas de las cosas, como el sistema de salud universal o los esquemas de beneficios sociales.

Sí, los robots se van a quedar con tu trabajo. Pero eso no va a ser necesariamente malo, porque una economía mucho más productiva posibilitará una sociedad completamente redefinida, en base a una adaptación del concepto de capitalismo. Se trata de reconocer que nos acercamos cada vez más a una sociedad en la que el trabajo va a dejar de representar lo que hoy en día representa, porque gran parte de lo que consideramos formas de ganarse la vida dejarán de estar llevadas a cabo por personas para ser realizadas por robots. Pensar en lo que ocurre cuando los robots empiezan a enviar al paro a personas que antes de su desarrollo vivían de conducir un vehículo, de hacer hamburguesas en un McDonalds o de mover paquetes en un almacén, y tratar de imaginar la transformación social que tendrá necesariamente que tener lugar para generar una sociedad en la que el trabajo tenga un significado diferente, en donde se trabaje sin duda menos y se pase a valorar más otro tipo de ocupaciones y servicios. Un mundo donde trabaje únicamente quien quiera y sienta la necesidad de hacerlo, en tareas que realmente le motiven, y donde la identidad de la persona se desligue del tipo de trabajo que realiza. Los robots incrementan drásticamente la productividad y el empleo, pero únicamente determinados tipos de empleo. Y ya hemos vivido épocas en las que determinados estamentos sociales se preciaban precisamente de no tener que trabajar, de dedicar su vida a otro tipo de cuestiones.

¿Supone el desarrollo de las tecnologías relacionadas con la robótica una paradoja similar a la que dio en su momento origen a internet? ¿Estamos ante un nuevo cambio drástico en el concepto de sociedad, que altere muchas de las reglas que damos como esenciales en nuestra vida? Es muy posible que sí. Y que, además, lo se esté acercando a mucha más velocidad de lo que muchos creen.

 

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Singularidades, rentas básicas y otras paranoias

Moore's lawLa idea de una renta básica o ingreso ciudadano es uno de los conceptos sociopolíticos cuya evolución está resultando más interesante, particularmente cuando la acompañamos con reflexiones acerca del componente exponencial del progreso tecnológico y de una robótica cada vez más preparada para sustituir una parte cada vez más significativa del trabajo humano, una tecnología capaz de destruir muchos más puestos de trabajo de los que es capaz de generar.

Las evidencias son claras: el progreso tecnológico, que como es bien sabido, no puede “desinventarse” de ninguna manera posible, da lugar a ganancias exponenciales de productividad. Una ley de rendimientos acelerados que ya fue descrita en su momento por Ray Kurzweil en 1999, pero que parece empeñarse tozudamente en mantener su plena vigencia. Cuando vemos fábricas chinas que anuncian la sustitución del 90% de su plantilla con robots y mantienen únicamente doscientos trabajadores para desempeñar un papel que llaman “de supervisión”, pero que en realidad podríamos definir como “de servicio” a esas máquinas, la adrenalina comienza a fluir con cierta profusión: en efecto, lo más preocupante de la sustitución de personas por máquinas no es el hecho en sí mismo, sino la constancia evidente de que esas máquinas no se limitan a sustituirnos, sino que además, hacen nuestro trabajo mucho mejor que nosotros. Lo más provocativo de la conducción autónoma surge cuando vemos las estadísticas de Google y comprobamos que sus vehículos no se limitan a moverse con cierta destreza en el aparentemente impredecible tráfico de una gran ciudad, sino que además, conducen infinitamente mejor que los humanos, y que los únicos accidentes en los que se ven envueltos tienen lugar porque un torpe conductor humano los ha provocado. Torpe conductor humano que, se ponga como se ponga, no va a poder conseguir una visión periférica en 360º, una visión nocturna, unos reflejos rapidísimos, o una resistencia a la fatiga como la de la máquina, por muchas generaciones y años de evolución que transcurran – sin mencionar otros “bugs” como podrían ser lo impredecible de su temperamento o la costumbre de beber alcohol. La conciencia colectiva empieza a prender: un 27% de norteamericanos estarían  a favor de prohibir o restringir que los humanos conduzcan vehículos. Y a tenor de lo que veo habitualmente en la carretera todos los días, yo, sinceramente, también.

Un interesantísimo artículo en Venture Beat, The robots are here – and you should be worried, expone algunos de esos hechos que tantos parecen tener problemas en observar conjuntamente (“los humanos pensamos en términos lineales y tenemos dificultades en percibir o imaginar lo exponencial“), y adelanta algunas conclusiones que culminan en la necesidad de un nuevo sistema de administración social, que trate de asimilar el hecho de que el 47% de los empleos están condenados a desaparecer en las próximas una o dos décadas y que, además, esa sustitución no se limita a empleos poco especializados, peligrosos, sucios o alienantes, sino que alcanza ya muchas tareas de las que se suelen conocer como “de cuello blanco”.

Visto así, la única solución posible es una reestructuración completa del sistema social, una auténtica nueva economía: una renta básica que permita vivir, que no permita simplemente sentarse a no hacer nada, pero que sí solucione las necesidades más básicas, y lleve a aquellos que deseen un nivel de vida superior a trabajar en aquello que les permita generar esas rentas adicionales: trabajar a tiempo parcial, convertirse en emprendedores, o buscar trabajos tradicionales entre los que queden como tales, tareas para las que se interprete que una participación humana, no robótica, sigue aportando un cierto valor añadido.

Porque, en el fondo, de lo que hablamos es de una sociedad en la que la inmensa mayoría de tareas, desde cosechar el campo hasta poner copas o transportar mercancías, serán llevadas a cabo por robots de todo tipo: versátiles, hiperproductivos… e infalibles. En esa situación, la renta básica se plantea desde dos puntos de vista fundamentales: el de evitar una revolución que lleve a que la decreciente clase media trate de obtener las rentas crecientes de la clase dirigente, o el de preservar la capacidad de consumo de aquellos que, sin esa renta, se verían condenados a la pobreza.

Vayamos pensándolo: la idea de una renta básica, que paga a los ciudadanos simplemente por serlo, no en función del trabajo que hagan o el valor añadido que generan, es prácticamente impensable en el modelo social actual. Pensar que la identidad de una persona va a estar completamente disociada del trabajo que realice o de la empresa que le proporciona un empleo es una idea prácticamente anatema, difícil de imaginar. La idea de trabajo y de ingresos generados por el mismo forman parte de un todo, de un conjunto indisociable, de ahí que la idea de personas que trabajan por otros motivos – llamémosle satisfacción, contribución a un bien común, relacionarse con terceros, etc. – resulte prácticamente imposible de imaginar. Pero a medida que veo nuevas experiencias en torno a plataformas como Amazon, Airbnb o Uber – personas que simplemente obtienen suficiente renta como para vivir gracias a pasar unas horas al día conduciendo para terceros o alquilando unas propiedades a turistas – voy convenciéndome más de que ese “estilo de vida” puede llegar a marcar tendencia en el futuro.

No, la renta básica aún no está en la agenda de ningún gobierno actual. Pero, ¿y si la amplia mayoría de los trabajos llegasen a ser llevados a cabo por robots, y las personas únicamente tuviesen que pensar en trabajar como forma de acceder a unas necesidades determinadas no indispensables, sino simplemente deseables? ¿Y si elevásemos la línea base de lo que supone una vida digna? ¿Es la renta básica una paranoia, o ya una realidad cercana? ¿Qué trabajos haremos cuando una máquina sea capaz de hacer mejor que nosotros la mayoría de los trabajos que hacemos hoy en día? Vayamos echándole una pensada a este tema, porque cada día más, parece que ya está aquí…

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