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Cuando tienes que defenderte de tu propio gobierno

@realDonaldTrump status update #897763049226084352 - Twitter Un tweet del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, provocó una pérdida de valor de más de cinco mil millones de dólares en las acciones de Amazon.com, obviamente no un daño irreparable para una compañía con una marcha absolutamente insuperable en bolsa – nada menos que un 56,524% de revalorización desde su salida – pero un impacto sensible, al fin y al cabo, mucho más reseñable aún por el hecho de estar basado en una premisa falsa.

El “presidente incontinente” se despachó con una acusación de irregularidades fiscales contra una compañía que ya hace mucho tiempo que paga sus impuestos en todos los estados en los que genera sus ventas, demostrando no solo su temeridad y su total falta de criterio, sino además, su nivel de desinformación. Hace ya mucho tiempo que, como respuesta al incremento de la presión de la Unión Europea, la compañía tomó la decisión de adoptar tácticas de optimización fiscal menos agresivas, reportar las operaciones en cada estado y someterlas a los impuestos correspondientes, aunque la acusación de “no pagar impuestos” sigan apareciendo como un tópico habitual cada vez que se habla de la compañía en foros de personas desinformadas. Por otro lado, la acusación de esquivar impuestos, viniendo del único presidente que, en las últimas décadas ha rechazado hacer públicas sus declaraciones de impuestos, no deja de ser de una doble moral que asusta.

Con respecto a la acusación de provocar pérdida de puestos de trabajo, es posible que el presidente Trump no haya leído las noticias recientemente, pero Amazon se ha convertido en una de las compañías norteamericanas que más empleos genera, hasta cincuenta mil puestos en un solo día, algo que es extraño que el presidente no sepa considerando que fue recogido incluso por Fox News

¿Cuál es el problema de Donald Trump con respecto a Amazon? Por un lado, sus evidentes desavenencias con su fundador, Jeff Bezos, que en un momento dado llegó incluso a ofrecer un sitio en uno de sus cohetes para enviarlo al espacio, y que, por otro, adquirió el diario The Washington Post, combativo con las decisiones de Trump como no podría ser de otra manera en un medio de comunicación con criterio. El presidente parece tener con Jeff Bezos una de sus obsesiones seniles delirantes, y periódicamente dispara desde su cuenta de Twitter a sus iniciativas.

En esta ocasión, no obstante, es diferente. Aunque la cotización de Amazon obviamente recuperará lo perdido, estamos hablando del presidente de los Estados Unidos utilizando su cuenta de Twitter para provocar un daño a la cotización de una empresa estadounidense, haciendo pensar a los analistas y al mercado que podrían esperarse de su administración algún tipo de medidas específicas en contra de la compañía. Esto va mucho más allá del supuesto papel de un presidente que no debería interferir con el funcionamiento de los mercados de una manera tan específica salvo que se estuviese produciendo algún tipo de irregularidad, problema o emergencia nacional, pero encaja perfectamente con la forma de actuar de un irresponsable que lanza declaraciones como quien escribe mensajitos irrelevantes, y que todo indica que pretende ignorar todas las reglas de la política y gobernar a golpe de tweet, como si eso fuera de alguna manera posible.

Nada que no supiéramos cuando resultó elegido. Pero que sin duda, se convierte en más inquietante con cada día que pasa en la Casa Blanca…

 

 

 

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Tech for President…

IMAGE: Scott Van Blarcom - 123RFSon ricos, populares, con millones de seguidores, con probada capacidad de gestión, y con preocupaciones declaradas en el ámbito sociopolítico que van mucho más allá de sus negocios. ¿Podrían estar empezando a desarrollar ambiciones políticas?

Cuando empiezas a ver artículos reclamando la presencia de líderes tecnológicos o de científicos en la escena política, unidos a hipótesis sobre una posible candidatura de Mark Zuckerberg en 2020 o incluso a análisis sobre sus posiciones políticas en temas como medio ambiente, salud, inmigración, justicia e igualdad, tecnología, seguridad o economía, parece claro que se está generando un estado de opinión que reclama soluciones, como mínimo, diferentes.

Posiblemente influya el hecho de que los Estados Unidos hayan escogido sin duda al peor presidente de toda su historia, un hombre de negocios fracasado capaz de quebrar desde hoteles a casinos y tan profundamente irresponsable y populista que da miedo: decididamente, hablamos de un país en el que literalmente cualquiera puede ser presidente. Ante una evidencia así, la idea de que Trump sea sucedido, en una brutal oscilación del péndulo político, por un tecnólogo con probada capacidad de gestión con una idea mucho más ajustada de la importancia de las cosas en el mundo en que vivimos podría llegar a resonar razonablemente bien con una parte significativa de un electorado profundamente desencantado, que ya ha tenido la oportunidad de comprobar qué puede llegar a ocurrir cuando algo tan importante como la política se deja en manos de payasos.

Ver líderes políticos incapaces de entender el mundo actual se está convirtiendo en algo tristemente habitual. En el Reino Unido, ver a Theresa May o a su ministra de Interior, Amber Rudd, probando ser manifiestamente incapaces de entender con un mínimo de criterio el dilema del cifrado, o al ministro de Transporte indio, Nitin Gadkari, afirmar sin despeinarse que jamás permitirá la entrada de ningún vehículo autónomo en su país, uno de los de mayores tasas de siniestralidad vinculada con el automóvil del mundo, porque eso “elimina puestos de trabajo“, puede darnos una idea de lo bajo que está el nivel de comprensión de la tecnología entre una parte muy significativa de la clase política. Una falta de comprensión que, cada día más, terminamos por padecer todos. 

¿Llegaremos a ver a un tecnólogo al frente de la Casa Blanca?

 

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La VPN como indicador

IMAGE: Jacek Dudzinski - 123RFVladimir Putin aprueba dos leyes que prohiben el uso de servicios de proxy y de redes privadas virtuales (VPN) en Rusia, siguiendo el ejemplo de China, que ha anunciado su bloqueo a partir de febrero del año que viene, requiriendo tanto a los operadores como a las tiendas de aplicaciones que impidan su utilización.

Apple, de hecho, ha recibido fuertes críticas por capitular ante las autoridades chinas y retirar las más de sesenta herramientas que miles de usuarios particulares y negocios utilizan diariamente para acceder a páginas que el enorme dispositivo de censura chino convierte en inaccesibles, en muchas ocasiones con criterios completamente arbitrarios o por simples errores administrativos.

Este tipo de medidas restrictivas comienzan a separar claramente el mundo en dos mitades: la de los ciudadanos que viven en países que reconocen su libertad para acceder a información libremente y sin ser fiscalizados ni espiados, y el de aquellos que residen en países que cercenan esta libertad, prohiben las herramientas utilizadas para asegurar la privacidad de una conexión, y consideran que el estado debe tener derecho a espiar todo aquello que hagan en la red.

Una VPN es una herramienta multifuncional y de propósito general: muchos de sus usuarios, entre los que me incluyo, las utilizan simplemente para asegurar la seguridad de una conexión cuando se encuentran en una red de uso compartido, o con motivos plenamente justificables, como su uso académico. Obviamente, una VPN puede también ser utilizada para muchas otras cosas, pero del mismo modo que un simple cuchillo puede ser utilizado para cortar el pan o para matar a alguien. Prohibir las VPN no es una manera de proteger a la población impidiendo una supuesta actividad terrorista, sino una forma de asegurarse que resulta algo más difícil escapar a la monitorización gubernamental.

Más allá de su motivación política, el sistema de censura ha permitido a China construir una internet a su medida enormemente próspera, al eliminar la posibilidad de que sus ciudadanos accedan a numerosos servicios en otros países, que en su momento fueron imitados por competidores locales que cumplían con las normas impuestas por su gobierno y pudieron convertirse en la alternativa disponible. Una sistema de autarquía en la red que ha posibilitado que el gigante asiático sea actualmente el mayor mercado en internet del mundo, más de setecientos millones de usuarios que suponen el 21% de la población conectada mundial, y con herramientas construidas completamente a partir de los modelos que veían funcionar en otros países, siguiendo un modelo de micro-innovación.

Existen muy pocas dudas acerca del buen funcionamiento de esta estrategia: China es ahora mismo una potencia en la red, posee herramientas de desarrollo interno con enormes bases de usuarios que han evolucionado para hacerse muy competitivas, como es el caso de WeChat, y que permiten al gobierno mantener sus estándares de vigilancia de la población y llevan a algunos incluso a inventarse nuevos idiomas. Por otro lado, resulta evidente que esa supuesta ventaja se ha construido sobre unos principios de restricción de las libertades individuales completamente incompatibles con los derechos humanos o con un mínimo umbral de calidad democrática. Países con regímenes no democráticos como China o Rusia pugnan por cerrar todo posible agujero que permita a sus ciudadanos escapar a su control, con las VPN convertidas en la representación de esa penúltima vía de escape, mientras otros como Corea del Norte, por falta de dimensión, se convierten en parodias con una internet reducida a veintiocho páginas web a las que únicamente acceden unos pocos. Pero para gigantes como China o Rusia, una estrategia de censura de la red permite generar campeones locales y acceder a las comodidades de una vida razonablemente moderna, sin los inconvenientes de una población capaz de acceder a influencias que podrían debilitar sus regímenes, un modelo que ha sido denominado como splinternet.

Un mundo sujeto a unos derechos humanos y a unos estándares mínimos de calidad democrática, en el que como mucho vemos tentaciones episódicas de intentos de bloqueo de cuestiones como la pornografía, la apología del odio o elementos afines, con esos balances constantemente sometidos a discusión pública, frente a otro mundo que directa y conscientemente ignora esos derechos humanos y esa democracia, y utiliza el control de la red como estrategia para obtener unas ventajas comparativas y para perpetuarse en el poder. Si quieres saber en qué lado del mundo estás, intenta instalarte y usar una VPN. Decididamente, George Orwell era un auténtico visionario.

 

 

 

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Google: momento agridulce

Google GLos resultados que Google publicó ayer son, decididamente, motivo de celebración: a pesar de la multa récord de 2,700 millones de dólares impuesta por la Unión Europea, convertida en una nota al pie, la compañía sigue siendo una máquina de hacer dinero: un crecimiento de nada menos que el 21%, inusual en una empresa con un modelo considerado ya como razonablemente maduro, propulsado fundamentalmente por negocios como la movilidad, el vídeo y, sobre todo, la nube, que triplica el número de grandes clientes y parece empeñado en dejar claro que, aunque el dominio en publicidad en todas las plataformas digitales sea apabullante,  la clave del futuro de la compañía no está en la publicidad.

La compañía ha doblado su plantilla desde 2013 hasta alcanzar los 75,000 trabajadores, y su CEO, Sundar Pichai, ha sido recompensado con un puesto en el consejo de administración de Alphabet por los dos años de crecimiento obtenidos desde su nombramiento.

Hasta aquí, la parte dulce. En unos dieciocho años, Google se ha convertido, sin duda, una de las compañías más importantes del mundo: todos utilizamos alguno de sus productos, desde su navegador, que supera ya el 60% de cuota de mercado en ordenadores y el 47% en smartphones; su buscador, que llega hasta el 80% a nivel mundial; hasta su correo electrónico, que alcanza el 22% en un mercado de elevada fragmentación. Y el problema, precisamente, puede venir de ahí: de un posible cambio de opinión con respecto a las implicaciones de la dominación de los mercados.

Un grupo de parlamentarios demócratas estadounidenses parecen estar avanzando en el desarrollo de una idea hasta ahora considerada anatema: la posibilidad de forzar la división de los gigantes de la red como Google, Amazon y otros, como forma de señalar al electorado que están dispuestos a abogar por los intereses del usuario frente a los de las grandes corporaciones, uno de los elementos a los que parecen más sensible los electores que optaron por la candidatura de Donald Trump. Una iniciativa que perjudicaría también a las grandes compañías de televisión por cable, bestias negras del ciudadano medio por su reparto del mercado en función de criterios geográficos y por promover una situación de escasa competencia que termina por perjudicar a los usuarios.

Este tipo de medidas acercarían más la política anti-monopolio norteamericana a la de la Unión Europea, y ejercerían una acción de pinza sobre las grandes compañías tecnológicas en sus dos mercados más señalados. En realidad, se trata más bien de medidas de tipo populista: no existen pruebas de ningún tipo de que el crecimiento de las grandes compañías tecnológicas suponga un problema de cara a una competencia diversa – pocos mercados son tan vibrantes y generan tantas novedades como el de la tecnología – o sobre los intereses de los usuarios, y el criterio de la Unión Europea parece, cada día más, una serie de criterios erráticos pensados especialmente para perjudicar de todas las maneras posibles a los gigantes norteamericanos.

La última batalla en Europa parece ahora ser sobre el tema más absurdo del mundo: los términos de servicio. En efecto, esos textos que definen la mayor mentira de internet, que tiene lugar cada vez que alguien marca la casilla de “he leído y entendido los términos de servicio”, y que ahora parece que los burócratas de la Unión Europea, en ausencia de otros temas con los que meter el dedo en el ojo a las compañías tecnológicas, pretenden utilizar como pretexto para cobrarse la enésima multa.

¿Mejoraría algo el mundo si obligásemos a las grandes compañías tecnológicas a escindirse en compañías más pequeñas? Mi impresión es que no, y que, como he comentado anteriormente, se trata simplemente de una medida populista y absurda, que además dejaría aún más expedito el camino a las grandes compañías chinas, auspiciadas por un gobierno empeñado en un esfuerzo coordinado para convertirse en el gran dominador mundial en temas como la inteligencia artificial. Lo siento, pero me considero un demócrata convencido, y la idea de que países de gran tradición democrática adopten medidas que perjudiquen a sus compañías exitosas para beneficiar con ello indirectamente a empresas creadas en países abierta y orgullosamente no democráticos me resulta completamente absurda. Sinceramente, entre empresas como Google o Amazon, y sus equivalentes chinos con toda la interferencia y connivencia de su autocrático gobierno, me quedo claramente con las primeras. Pero a lo mejor es que me he perdido algo.

 

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¿Puede un presidente bloquear a sus ciudadanos en redes sociales?

realDonaldTrumpUn grupo de ciudadanos norteamericanos que habían sido bloqueados en Twitter por la cuenta personal del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, han iniciado una demanda contra él representados por el Knight First Amendment Institute, un centro de la universidad de Columbia creado para defender la libertad de expresión y de prensa en la era digital.

La demanda afirma que la cuenta de Twitter del presidente de los Estados Unidos es, como tal, un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos, y como tal, no pueden ser excluidos de él, a pesar de haber previamente expresado su desacuerdo. De hecho, el bloqueo, en este caso, es interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

El caso no es simplemente un intento de atacar a un presidente ya abundantemente criticado desde todos los ángulos, sino que tiene bastante más fondo de lo que parece: lo que se discute es el uso de redes sociales como forma de comunicación política, algo que se ha convertido en norma en un gran número de países. En este caso, además, hablamos de un presidente que, de manera consciente, ha relegado el uso de la cuenta presidencial oficial, @POTUS, en la que cuenta con 19.3 millones de seguidores, para seguir utilizando la suya personal, @realDonaldTrump, en la que le siguen 33.7 millones. No es, obviamente, la primera vez que el uso de Twitter por parte de Donald Trump genera polémica: en febrero de este año, el presidente utilizó un retweet desde la cuenta institucional para amplificar el impacto de una cuestión tan personal como el que la colección de moda de su hija hubiese sido excluida de unos grandes almacenes.

En la demanda actual, la discusión se centra en la esencia del diálogo político: bloquear a una persona en Twitter es una acción tristemente habitual, que en muchas ocasiones sucede como respuesta a una actuación previa, a un insulto o a un comentario interpretados como crítico o molesto. Muchísimos usuarios de Twitter bloquean habitualmente a todos aquellos que estiman oportuno, en función de su interpretación de lo que deben ser los límites de la relación, la educación o la sensibilidad a la crítica. Sin embargo, una cosa es que un ciudadano, una empresa o un medio de comunicación, por ejemplo, impongan un bloqueo a una cuenta de Twitter de una persona, y otra que lo haga el presidente del gobierno, por mucho que pueda argüirse que lo hae desde su cuenta personal, teniendo en cuenta que el uso que hace de esa cuenta es cualquier cosa menos personal y prácticamente marca la agenda política. La cuenta de Twitter de una persona, un medio o una compañía es, en ese sentido, un “club privado” con “derecho de admisión”. Sin embargo, podría discutirse, y en ello radica la demanda, que un presidente pueda marcar un supuesto “derecho de admisión” sobre una cuenta entendida como una comunicación pública relacionada con su gestión.

Por otro lado, el bloqueo en Twitter tiene un componente relativamente anecdótico: para poder ver los tweets escritos por el presidente en la cuenta que les ha bloqueado, lo único que tendrían que hacer los usuarios afectados es entrar en la cuenta desde un navegador en el que no se hubiesen identificado como usuarios de Twitter, lo que podría llevar a la defensa a argumentar que lo que se intenta no es impedir que puedan acceder a la información publicada en la cuenta, sino que puedan intervenir refiriéndose a ella, dado que cuentan con supuestos precedentes en los que esa participación pudo considerarse posiblemente insultante. Esta discusión, sin embargo, tampoco parece muy productiva dada la amplitud con la que se interpreta la libertad de expresión en la vida política en los Estados Unidos, y más bien podría ser un argumento en contrario: al bloquear esas cuentas, el presidente estaría, de manera efectiva, bloqueando la participación de personas que han probado ser críticas con su gestión, y que no podrían mencionar esa cuenta en sus respuestas (podrían referirse al presidente por su nombre o por otras variaciones del mismo, pero no obtendrían la difusión inherente al hecho de responder a esa cuenta). ¿Podría el presidente o su gabinete argumentar que esas cuentas dificultan, coartan o condicionan el dialogo político, y de ahí la decisión de someterlas a bloqueo? De no mediar casos de difamación, injurias, amenazas u otros delitos tipificados, parece poco probable que un tribunal se incline por dar la razón al presidente.

¿Qué puede hacer un presidente, entonces, con cuentas que utilicen Twitter, Facebook u otras redes en las que participe para atacar su gestión, que posiblemente lo hagan de manera constante, y que, de hecho, aprovechen la propia cuenta presidencial para obtener una repercusión mayor para sus comentarios? ¿Es el diálogo político un entorno en el que debe prevalecer el “vale todo” siempre que estrictamente no vulnere la ley? Estamos hablando de algo que comienza a ser habitual en todos los países: el uso de Twitter como herramienta de interacción política, las reglas que deben gobernar esa interacción, lo que debe o no estar permitido en el juego político, y las relaciones entre los ciudadanos, ahora dotados de mecanismos para expresar su opinión de manera directa, y aquellos elegidos para gobernarles. Unas reglas que se han ido desarrollando a medida que se popularizaban estas herramientas, que nadie se ha preocupado por el momento de regular de manera estricta más allá de la casuística, y que posiblemente vayan precisando de una cierta definición. O cuando menos, de una discusión formada e informada.

 

 

 

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La democracia como connotación negativa

IMAGE: Ivelin Radkov - 123RF

Mi columna en El Español de esta semana se titula “La democracia sobrevalorada“, y trata de elaborar en torno a la peligrosísima idea de que la democracia se ha convertido en una especie de handicap o de problema, en un sistema que penaliza la eficiencia de los países, y que aquellos que deciden que no es necesaria o que puede resultar prescindible pueden obtener ventajas comparativas e incluso, eventualmente, mayores niveles de bienestar económico.

¿Qué país ha sido capaz de generar un producto interior bruto mayor a valores de paridad de poder adquisitivo, o ha sido el más eficiente a la hora de elevar a millones de personas por encima del nivel de la pobreza? China, un país que en efecto, considera la democracia como algo innecesario. El país más grande del mundo en términos de población está gobernado por un partido cuyas decisiones son incontestables, que no se somete en modo alguno a la voluntad popular, y cuyo respeto a los derechos humanos ha estado siempre sometido a un fuerte cuestionamiento. Un país que somete la información a la que pueden acceder sus ciudadanos a un fortísimo nivel de control mediante el mayor sistema de censura, monitorización y vigilancia del mundo, con un ejército de censores y manipuladores mayor que sus propias fuerzas armadas, y que a pesar de todo eso, ha sido capaz de convertirse en referencia en cuestiones como el número de solicitudes de patentes o los estándares de protección de la propiedad intelectual.

China se configura como el nuevo líder mundial ante unos Estados Unidos en retroceso, una Trumpganistan que pretende volver a poner obreros en todas las cadenas de montaje y revitalizar la minería del carbón. Un líder mundial que considera la democracia un ejercicio inútil, caro y absurdo. En términos de estrategia política, un país democrático que garantice la pluralidad de fuentes de información y asegure con los medios adecuados la higiene y legitimidad de sus procesos electorales está, en un mundo hiperconectado, en desventaja frente a países en los que la dieta informativa de sus ciudadanos está severamente controlada y en la legitimidad los que los procesos electorales es un chiste. Nadie más que el gobierno ruso puede influenciar las elecciones rusas, pero es relativamente sencillo para Rusia convertirse en una fuerte influencia en las elecciones norteamericanas. La red, convertida en una herramienta de control interno en manos de autócratas, o peor aún, en un arma para influenciar procesos electorales en países democráticos.

¿A dónde se dirige el mundo cuando los países no democráticos aprenden a extraer y materializar ventajas de la red? Países capaces de justificar los mayores sistemas de control, vigilancia, monitorización y censura de su población, de alimentar las más hipertrofiadas agencias de espionaje, y de desarrollar las más demenciales técnicas de interferencia en los asuntos internos de otros países son los que parecen configurarse como próximos líderes mundiales. La democracia, como sistema discutible y prescindible, como lujo absurdo cuya perversión, convertida en populismo, alumbra criaturas como el Brexit o como Donald Trump. Tenemos un problema.

 

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La generalización de las VPN

IMAGE: lculig - 123RFLa reciente decisión de eliminar las protecciones a la privacidad de los usuarios de internet de la mayoría republicana en el congreso y el senado norteamericanos y permitir a los proveedores de acceso, auténticos ganadores de la batalla, comerciar con los datos de navegación de sus clientes, va a provocar un importante incremento del uso de una herramienta, las redes privadas virtuales o VPN, que desde hace tiempo deberían formar parte de la caja de herramientas habitual de todo usuario de internet.

La resolución gubernamental norteamericana desprotege completamente al usuario, y es una impresionante prueba de hasta qué punto el dinero juega un papel importante en la política norteamericana: hablamos de compañías que han literalmente adquirido esta ley pagando directamente a una lista de congresistas y senadores, en una auténtica normalización de una corrupción que no por constar de manera supuestamente fidedigna en un registro deja de ser menos vergonzante. Ningún ciudadano de los Estados Unidos razonablemente informado consideraría esa medida como algo bueno o positivo para sus intereses, porque únicamente sirve para legitimar un negocio de venta de sus intereses y hábitos de navegación por parte de las empresas de telecomunicaciones.

¿Es importante esto fuera de los Estados Unidos? Aparentemente, las empresas de telecomunicaciones de otros países como España parecen estar tomando decisiones sensiblemente más avanzadas en cuanto a la gestión de la privacidad de sus usuarios, aunque en este tema pueda aún quedarnos mucho por ver y por demostrar, y esa trayectoria pueda verse afectada por la deriva norteamericana de desprecio total a la privacidad. Más allá de un “cuando las barbas del vecino veas pelar…”, sin embargo, cabe pensar que nos encontramos ante una evolución que va a afectar a los principales actores de internet – dado el protagonismo en este ámbito de las compañías norteamericanas – y que, mientras no medien cambios en la manera en que los principales actores de la red protegen a sus usuarios, deberíamos ir preparándonos para un escenario sensiblemente diferente, en el que todo lo que hacemos está directamente en venta al mejor postor.

¿Puede la tecnología protegernos de un escenario así? Pese a los alarmantes titulares de alguna publicación habitualmente bien informada al respecto, parece claro que, cuando menos, puede contribuir. Comenzando por la instalación de HTTPS Everywhere, siguiendo por plantearnos el uso de Opera como navegador, y continuando con la elección de una VPN adecuada. En este sentido, ayudará el ser consciente de que una VPN va a suponer un gasto adicional que añadir a nuestra conexión a internet, pero que seguramente sea un gasto muy bien justificado. A día de hoy, el simple hecho de utilizar una WiFi pública o compartida con usuarios desconocidos nos expone a un riesgo suficientemente elevado como para que nos planteemos no salir de casa sin la VPN preparada para entrar en acción. Yo hace ya bastantes años que no lo hago, y la idea de que no somos personas especialmente importantes o sensibles para ser espiadas no debería engañarnos en ese sentido: todos, en algún momento, intercambiamos a través de nuestra conexión datos susceptibles de ser utilizados para meternos en algún lío, cuando no directamente peligrosos y codiciados.

Para escoger una VPN, recomiendo la comparativa que todos los años lleva a cabo TorrentFreak: la idea no es simplemente que la VPN cifre nuestros datos, sino que además, esté realmente dispuesta a protegernos mediante prácticas como la de no retener esos datos en un registro. Esto obliga a confiar en proveedores o bien radicados en países que no obliguen a dicha retención de datos, o bien que tengan una mentalidad y cultura empresarial inequívocamente opuesta a ello. Hay de todo: desde proveedores orientados claramente al anonimato, hasta otros especializados en proteger actividades como el intercambio de archivos en redes P2P, y por eso es importante tener en cuenta que las VPN son prácticamente siempre mejores cuando son de pago y no gratuitas – gestionar una VPN cuesta dinero, hay que mantener nodos en un número razonable de países para ofrecer una conexión con una latencia adecuada, hay que estar muy al día en seguridad, etc. – y que tampoco parece muy recomendable optar por un proveedor que parezca muy inclinado a permitir prácticas que puedan ser consideradas delictivas, dado que eso añade la posible inestabilidad de que en algún momento caiga por ser objeto de algún tipo de demanda.

Con esos pronunciamientos, creo que es importante entender que las VPN van a convertirse cada vez más en una herramienta necesaria para moverse por la red, y que si no lo habéis hecho aún, sería buena cosa que comenzaseis a estudiar el panorama y a plantearos optar por alguna en concreto, porque esto posiblemente redunde en un nuevo mapa competitivo. Dado que muchas VPN ofrecen contratos a largo plazo, en muchas ocasiones de más de un año, contar con una de confianza y con un funcionamiento ya probado puede ser una buena manera de comenzar. Como ya comentamos hace mucho tiempo, internet está evolucionando para convertirse en una red en la que la inmensa mayoría del tráfico va a circular permanentemente cifrado, en una calle por la que todos circulamos con la cara tapada, y no parece que haya ningún remedio que vaya a impedir que esto sea así. Pronto, los únicos que circularán por la red exponiendo sus datos serán aquellos suficientemente ignorantes como para no saber protegerse, que serán las víctimas de todo tipo de prácticas abusivas y, posiblemente además, los más expuestos a la delincuencia. Yo tendría cuidado y procuraría no quedarme en ese grupo…

 

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Facebook Town Hall: activando la democracia

Facebook Town Hall

Facebook pone en marcha en los Estados Unidos su anunciado Facebook Town Hall, la posibilidad de utilizar Facebook para ver quiénes son los representantes de los ciudadanos en las distintas instituciones, y conectar con ellos a través de sus páginas en Facebook con el fin de hacerles llegar sus preocupaciones, peticiones, protestas, etc.

El desarrollo de Facebook tiene muchísimo sentido en democracias en las que existe un vínculo directo entre los ciudadanos y sus representantes, frente a aquellas en las que los representantes son simplemente elegidos por el líder de un partido que los presenta a los electores en forma de listas cerradas. En democracias como la española, más calificables como de partitocracias, el vínculo entre representantes y representados se encuentra completamente diluido: el ciudadano vota a unas siglas, a un partido, no a una persona en concreto, y dado que su representante no es decidido por ellos sino por el presidente de dicho partido, comunicarse directamente con él tiene muy poco sentido. De hecho, muchos diputados o senadores españoles tienden a “protestar” cuando reciben un número que consideran excesivamente alto de correos electrónicos de los ciudadanos, que consideran imposibles de gestionar. En los casos en los que los representantes se esfuerzan por contestar, se trata de un esfuerzo voluntarista: en realidad, esos correos electrónicos no tienen por qué proceder de los ciudadanos de su circunscripción, y aunque el político podría llegar a mejorar su reputación o a generar cierta afinidad gracias a ese comportamiento, su designación para representar o no a esos ciudadanos o a los de otra circunscripción no depende de su comportamiento o acciones, sino de la voluntad o necesidades de su partido.

En países como los Estados Unidos o el Reino Unido, en los que los ciudadanos escogen directamente a su representantes en cada una de las instituciones, ofrecer a esos ciudadanos una forma de conectar con ellos tiene todo el sentido del mundo. Los representantes perciben perfectamente la importancia de ese vínculo, y se ven obligados a pensar en las consecuencias de ejercer acciones que sus votantes puedan considerar una mala representación de sus intereses. Igualmente, tienen que pensar constantemente en la atención que ofrecen a esos votantes: representantes que no contestan a los ciudadanos a los que representan o que no lo hacen adecuadamente descienden rápidamente en sus preferencias, lo que crea un incentivo a mantener el vínculo directo. De hecho, una buena parte de la oficina de un representante político suele estar dedicada al desarrollo de infraestructuras para gestionar ese diálogo con sus ciudadanos.

Los ciudadanos, en este tipo de democracias, pueden clasificarse en función de su nivel de actividad política. Aquellos que desarrollan una actividad política consciente e informada tienden no solo a votar en las elecciones, sino a hacerlo escogiendo a un representante en concreto que consideran que defenderá sus intereses adecuadamente, y valoran la posibilidad de poder mantener una comunicación con ese representante si consideran que existe una necesidad para ello. Pero incluso aquellos ciudadanos que no votan o que no mantienen un nivel de información adecuado pueden encontrar valor en una herramienta que les permite saber quiénes son realmente sus representantes, aunque no hayan sido votados por ellos, por el hecho de residir en un lugar determinado, y mantener su posibilidad de influenciarlos o de demandarles explicaciones.

¿Hasta qué punto existe una madurez en la relación entre representantes y representados que evite que ese supuesto diálogo no se desarrolle en forma de conjunto de gritos? Depende en gran medida de las acciones del representante en cuestión, tanto de su sentido, como de su capacidad de explicarlas de una manera adecuada. En cualquier caso, el desarrollo de una herramienta de este tipo solo puede contribuir de manera positiva, facilitando que dicha relación evolucione y se haga más útil con el tiempo. En el fondo, Facebook Town Hall solo refleja que en estos tiempos, Facebook se ha convertido en el canal a través del cual muchos ciudadanos participan y se informan, de manera que está en la situación de poder ofrecer tanto a los ciudadanos una herramienta cómoda, como a los representantes una manera de gestionar esa relación bidireccional. Algunos, de hecho, han calificado Facebook Town Hall como “lo mejor que ha hecho la compañía“. Y a mí, desde la distancia de una partitocracia como la española en la que Facebook Town Hall no tendría ningún sentido, decididamente me lo parece. De hecho, me genera una buena dosis de envidia.

 

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Cuando marketing y política se mezclan

Trump's tweet on SamsungMi columna en El Español de esta semana se titula “Marcas, política y cócteles peligrosos“, y hace referencia al nuevo escenario que algunos políticos como Donald Trump están definiendo, en el que rompen claramente la frontera habitualmente definida entre liderazgo político y cuestiones comerciales para pasar a emitir de manera habitual mensajes que citan marcas, que las critican o que alaban sus decisiones.

Para una marca, en el actual clima de fortísima polarización y radicalización que estamos viviendo, verse citada públicamente por un político de forma positiva o negativa supone un fuerte cambio con respecto a las situaciones habituales que conocemos en la teoría del marketing. Que Samsung anuncie la construcción de una fábrica en los Estados Unidos es seguramente bueno para la marca en ese mercado, y ese efecto positivo y marcado por la confianza en ese mercado es algo que pocos dudarían. Pero que Donald Trump los congratule públicamente por ello en un tweet con un alcance inmediato y directo a varias decenas de millones de personas, e indirecto a muchísimas más, es algo que, seguramente, puede generar más dudas. ¿Genera el tweet de Donald Trump una mejor imagen para la marca? ¿Podría tener un efecto de incremento de las ventas entre sus muchos seguidores? ¿O tal vez un abandono de la marca por parte de sus también muchos detractores? ¿Habla Donald Trump con la compañía antes de citarla, o simplemente lo hace sin preguntar ante la convicción de que puede intentar vender esa decisión como un supuesto éxito de sus políticas?

El lunes pasado, Mariano Rajoy recomendó, en uno de los tweets escritos directamente por él y firmado con sus iniciales, un libro titulado “1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español“. La recomendación fue, en este caso, completamente espontánea, no solicitada e inesperada. Las respuestas al tweet, sin embargo, muestran una fortísima polarización, y tienden a reflejar una fuerte negatividad. La editorial del libro contestó rápidamente, pero… ¿debemos seguir suponiendo, como se decía habitualmente, que “no existe la mala publicidad“, un aforismo inspirado en la frase de Oscar Wilde, “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”?

Para un directivo de marketing, reaccionar ante este tipo de menciones supone un reto. Mostrarse excesivamente empático, por ejemplo, con un político que genera una polarización fuerte, puede implicar alienar a la base de votantes que no lo soportan, a cambio de un ruido mediático que podría pasar rápidamente y que únicamente redundará en mayores ventas si la base de votantes que le da su apoyo tiene un encaje sociodemográfico razonable con el producto o servicio correspondiente. Dar una apariencia oportunista puede generar connotaciones negativas, pero también puede ser negativo dejar de aprovechar una posible oportunidad para obtener visibilidad. Para las marcas, la etapa actual en la que algunos políticos saltan barreras y pierden el miedo a interferir en el escenario empresarial supone un escenario nuevo en el que es preciso escribir nuevas reglas. Si bien algunas marcas llevan ya décadas animándose a participar de manera significativa en la escena política con su publicidad o con declaraciones de diversos tipos, y algunas lo consideran incluso una parte esencial de su responsabilidad social corporativa, hablamos de planteamientos que provienen de una estrategia analizada y meditada por la compañía, no de “fuegos” que surgen cuando un político pone de golpe a la compañía bajo los focos de la actualidad a golpe de tweet.

Cada día más, mostrar unos principios éticos claros y coherentes, o valorar con precaución la proximidad a determinados líderes políticos se convierte en una habilidad importante: no basta con tener buenos productos o servicios, sino que además, necesitas plantear un ideario determinado y cuidar tus compañías. Un fuerte giro al concepto de liderazgo: llevar a cabo ese tipo de tareas de posicionamiento o de balance sin contar con una presencia e interlocución potente a nivel de redes sociales puede resultar un verdadero problema. Todo un nuevo escenario.

 

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Repensando Facebook

IMAGE: inbj - 123RFLa carta de Mark Zuckerberg, titulada Building global communities, deja claro el proceso mental del fundador de Facebook tras lo que ha supuesto la primera toma seria de conciencia de su nivel de responsabilidad: la de haber servido como colaborador necesario para abocar a su país a cuatro años oscuros bajo el mando de un imbécil como Donald Trump. No, la idea de que Facebook contribuyó a que Trump llegase a la Casa Blanca ya no es “una locura“, sino una desgraciada evidencia.

La carta parece reescribir la misión de Facebook, “dar a la gente el poder de compartir y hacer el mundo más abierto y conectado”, tras las evidencias de que ha sido precisamente esa capacidad la que ha generado que muchos grupos en la sociedad se encerrasen en sí mismos y comenzasen a expresar en sus cámaras de eco ideas calificables como antisociales, alimentadas por torrentes cuidadosamente administrados de noticias falsas y odio. La nueva misión, (aún) extraoficialmente definida como “desarrollar la infraestructura social para dar a la gente el poder de construir una comunidad global que funcione para todos”, deja clara la necesidad de redefinir Facebook como una herramienta de cohesión, no de división.

Comunidades que sirvan como apoyo a las personas, que sean seguras, correctamente informadas , cívicamente implicadas, e inclusivas. Aquella red social que nació en un campus universitario y que creció con sus usuarios para convertirse en una herramienta de conexión para sus amigos y familias, toma ahora esa base como cimiento y pretende desarrollar la infraestructura social para el desarrollo de la comunidad. De hecho, la idea de “infraestructura social” se convierte en la más repetida de toda la carta: a lo largo de las 5,800 palabras, se repite hasta catorce veces. 

Para construir esa infraestructura social, Facebook se encomienda al gran oráculo del futuro: la inteligencia artificial. A punto de alcanzar los dos mil millones de usuarios, Facebook quiere dejar claro que si tu idea es cometer un atentado, acosar a otros, incitar al odio o suicidarte, la red se encargará de detectarlo y actuar en consecuencia. La eliminación de una frase tras la primer publicación de la carta que hacía referencia a la monitorización de mensajes privados no oculta que la intención de la compañía es aplicar la inteligencia artificial a la detección de comportamientos antisociales o peligrosos, y proceder a la monitorización personalizada de aquellas circunstancias que puedan merecerlo. Facebook va a seguir siendo una compañia y como tal tiene como fin ganar dinero, pero parece comenzar a aceptar la responsabilidad por la influencia que ejerce sobre las personas, tras constatar mediante experimentos poco éticos que podia influir en el estado mental de sus usuarios.

Una lectura crítica de la carta de Zuckerberg revela claramente una intención política, un intento de sustituir a esos periódicos a los que ya ha privado de una sustanciosa cantidad de ingresos, y una reflexión crítica sobre el papel que su red ha podido llegar a jugar en las últimas elecciones norteamericanas. Como elemento de reflexión, decididamente muy necesario: la próxima vez que, en el país que sea, un político pretenda pervertir la influencia de Facebook inyectando odio y noticias falsas, debe ser neutralizado utilizando todos los medios posibles. El efecto de Facebook está alimentando todo tipo de reflexiones, que van desde las dudas sobre el verdadero valor de las elecciones, hasta las tentaciones epistocráticas o de voto cualificado. Si algo tiene claro el fundador de la red social más exitosa de la historia es que tiene que poner determinados temas bajo control, evitar la perversión de la herramienta y sus usos malintencionados, y que eso lo va a llevar a cabo mediante la tecnología que tiene a su alcance, la inteligencia artificial. Y en ese sentido, creo sinceramente que acierta: dejemos que la inteligencia artificial suplemente la desgraciada escasez de inteligencia natural de muchos.

 

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