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Por qué las elecciones al Parlamento de los Estados Unidos de 2018 van a ser muy importantes

US midterm elections 2018El próximo día 6 de noviembre de 2018 tendrán lugar la mayoría de las elecciones al Parlamento de los Estados Unidos 2018, de cuyo resultado dependerán los 435 escaños de la Cámara de Representantes o Congreso, 35 de los 100 escaños del Senado, 39 gobiernos estatales y territoriales y numerosas elecciones estatales y locales más. Generalmente, la trascendencia de las elecciones parlamentarias norteamericanas es bastante relativa a nivel internacional, contrariamente a lo que ocurre con sus presidenciales. Sin embargo, en esta ocasión confluyen una serie de circunstancias que las convierten en enormemente importantes a todos los niveles, en un evento muy digno de ser seguido con gran interés.

Resulta evidente que el título de esta entrada es una obviedad: prácticamente cualquier proceso electoral en los Estados Unidos tiene un nivel de influencia que es susceptible de afectar a todo el mundo, pero en este caso, la cuestión va bastante más allá. El refuerzo del sistema de contrapoderes es necesario más que nunca para poder frenar las iniciativas del presidente más peligroso, más dañino y más mentiroso de la historia, del que hasta el momento representa seguramente el ejemplo más elevado de manipulación colectiva de un resultado electoral. Decisiones como la política medioambiental o la guerra comercial, que afectan a todo el mundo, podrían tener que replantearse o ver disminuida su virulencia si Donald Trump pasase, como resultado de estas elecciones, a estar en una situación de minoría parlamentaria.

El proceso por el cual aquellas mismas redes sociales que posibilitaron revoluciones como la primavera árabe se convirtieron en algo capaz de hacer posible el triunfo de Donald Trump en 2016 está cada vez más siendo objeto de un estudio pormenorizado y exhaustivo, al tiempo que esas mismas redes sociales que fueron tan fuertemente instrumentalizadas tratan de evitar que procesos de ese tipo puedan llegar a repetirse. La interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 llegó hasta el punto de analizar quiénes podían ser los cinco tipos de votantes de Trump, y a diseñar cuidadosamente estrategias para llegar a ellos con la colaboración de un equipo de la propia Facebook que, en estas próximas elecciones pretende ofrecer un nivel de soporte directo muy inferior.

La campaña electoral y la llegada de Donald Trump a la presidencia ha tenido un efecto en cómo los jóvenes ven las noticias, y ha dado lugar a una crisis de confianza que, sin duda, afectará a una generación que parece rechazar cada vez más las redes sociales y los efectos derivados de haber aprendido a utilizarlas sin ningún tipo de educación al respecto. Es muy posible que muchos votantes de Trump hayan, en un clima de crítica constante a su presidente, radicalizado más aún si cabe sus posiciones, pero también lo es que muchos se hayan dado cuenta, a pesar de la bonanza económica por la que pasa actualmente el país, de los posibles efectos de tener a un sujeto así en la Casa Blanca.

Unas elecciones que pueden marcar un hito en lo político – ver a Donald Trump tratar de gobernar con un Parlamento mayoritariamente en contra puede ser digno de una serie de televisión – pero, sin duda, lo van a marcar de de cara a la ciencia del marketing electoral. Los resultados de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, la profusión de análisis periodísticos al respecto, la detención de cada vez más colaboradores cercanos del presidente y de todo tipo de implicados en el asunto y la divulgación pública de muchos de los anuncios que la inteligencia rusa utilizó para influenciar a los votantes norteamericanos han dado lugar a un clima electoral enrarecido, en el que muchos votantes empiezan a plantearse cada cosa que leen, cada mensaje que reciben, en busca de posibles estrategias de segmentación. Lo que antes eran anuncios simplemente incómodos o machacones en período electoral, ahora son vistos por muchos como parte de posibles conspiraciones destinadas a radicalizar sus ideas o influenciar sus votos.

El análisis del resultado de estas elecciones, que se juegan con campañas a nivel estatal o local, puede llegar a dejar muchas claves de cómo va a evolucionar la comunicación política en el futuro, no ya en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Habrá que estar atentos.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Why the US mid-term elections are so important” 

 

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Tecnología y habilidades humanas: una conversación interesante en el Hay Festival

IMAGE: Roberto ArribasDentro de la programación del Hay Festival que está teniendo lugar en Segovia, esta mañana tuve la oportunidad de mantener una interesante conversación con Marta García Aller, periodista, profesora y autora del muy inspirador libro “El fin del mundo tal y como lo conocemos” y con Scott Hartley, ex-Google, capitalista de riesgo, profesor en el Harvard’s Berkman Center for Internet & Society y autor de otro libro también interesantísimo, The fuzzy and the techie. Una de esas oportunidades en las que, de verdad que no es por ser tópico, se termina el tiempo y te parece que llevas cinco minutos y que seguirías hablando horas con esas personas y sobre ese tema. Si consigo localizar alguna grabación de la sesión, la enlazaré aquí. 

Marta abrió con dos preguntas provocativas, sobre noticias de ayer de El Mundo y El País: la primera, sobre el sexo con robots y su posible regulación (un tema sobre el que hemos hablado en algunas ocasiones y al que, de hecho, suelo recurrir cuando me parece que una clase no tiene una dinámica suficientemente participativa). La segunda, sobre el fútbol, y concretamente sobre la posibilidad de que un algoritmo sea capaz de predecir lesiones o, especulando, que pueda llegar a tomar decisiones sobre los sueldos que deberían cobrar. Indudablemente, una manera de entrar en el debate por la puerta grande con temas populares como el sexo y el fútbol, pero que rápidamente dio paso a cuestiones mucho más centradas en el tema central de la sesión: hasta qué punto son importantes las habilidades humanas y los conocimientos no intrínsecamente tecnológicos en un futuro aparentemente cada vez más dominado por las maquinas.

Mi intento de aporta cuestiones interesantes al debate se centró en el hecho de que cada día más, lo importante no es la tecnología, sino los procesos de adopción de esa tecnología. Cada día tengo menos dudas acerca de las posibilidades de la tecnología de estar a la altura y ofrecer soluciones a la práctica totalidad de los problemas del mundo actual: podríamos perfectamente recurrir a la tecnología para reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera hasta prácticamente la mitad, o para reducir a un porcentaje casi testimonial los muertos en carretera, por citar dos problemas importantes a muy diferentes niveles… pero sencillamente, no lo hacemos, porque los procesos de adopción están detenidos por resistencias que deberían avergonzar hasta el límite a todos los que las manifiestan, pero que siguen ahí, sólidamente cimentadas, impidiendo que resolvamos problemas importantísimos: decisiones políticas, ignorancia y tópicos, cuestiones económicas, el bienestar de los que se dedican a conducir vehículos, los beneficios de las empresas que los construyen o de las que extraen y comercializan petróleo, o las supuestas libertades individuales – algunos lo equiparan hasta con un supuesto “derecho humano a conducir vehículos con motor de explosión” – de las personas para decidir cómo, cuándo y qué conducen, como si existiese algún derecho que consagrase la libertad de alguien de ir pegando tiros por la calle y matando – en este caso de cáncer o de enfermedades respiratorias  – a los que tienen la mala suerte de pasar por ella.

No, el problema no está en la tecnología ni en los tecnólogos, que están haciendo su trabajo en general notablemente bien: está en la escasez, cuando no ausencia, de personas de otras ramas, tales como filósofos, educadores, historiadores o, en general, profesionales de las Humanidades capaces de añadir a esos procesos de adopción elementos no tecnológicos, sino de otros tipos, planteados en muchas ocasiones desde perspectivas humanísticas. Solo analizando la historia podemos entender que la revolución que trae consigo el machine learning no va a terminar con nuestros trabajos y convertirnos en inútiles, sino a potenciarnos y a proporcionarnos nuevos tipos de trabajo mucho más interesantes y vocacionales. Únicamente analizando el asunto desde un prisma filosófico o ético podemos entender y divulgar que hay determinados tipos de trabajo que no debería hacer un ser humano, y que el hecho de que haya personas viviendo de ello ahora mismo no es el problema, el problema está en el coste que eso representa para la sociedad, y por tanto, el qué ofrecer a esas personas para que dejen de hacer lo que hacen. Todo ello con el protagonismo total de un ámbito, la educación (una opinión lógica en mi caso de la que he hablado en otras ocasiones, dado que es bien sabido que para quien tiene un martillo, todo problemas es un clavo 😉 que se ha convertido en el verdadero problema: hemos renunciado a educar en tecnología, a introducirla en el proceso educativo, y por tanto, no somos más que idiotas sin idea de lo que hacen tratando de guiarnos mediante ensayo y error en un entorno desconocido, sin referencias válidas, y con el riesgo de ser influenciados y manipulados por actores perversos con fines de todo tipo.

En ese sentido, en la educación, estamos de hecho yendo hacia atrás: la decisión de Francia de prohibir los smartphones en los colegios marca un mínimo en el nivel de estupidez al que el ser humano es capaz de llegar, trata de convertir los colegios en un reducto al margen de la tecnología, impide que se desarrollen habilidades digitales y, sobre todo, reduce la capacidad de exponer a los estudiantes a más fuentes de información, vital para el desarrollo del pensamiento crítico y fundamental, por ejemplo, para evitar que sean afectados por las llamadas fake news. Pero más preocupante aún: la decisión de Macron en Francia sirve ahora para justificar a políticos idiotas de todo el mundo, como es el caso de España, que quieren imitar a Francia sin hacer ningún intento de planteamiento adicional. No, los smartphones no “distraen” a los niños, o lo hacen únicamente si renunciamos a integrarlos completamente en el proceso educativo, a utilizarlos como herramienta para acceder a información en lugar de libros de texto considerados como “la única fuente del conocimiento”, y a fomentar el desarrollo del pensamiento crítico cambiando drásticamente la metodología de las clases: eso, y no prohibir los smartphones, es lo que tendríamos que estar planteándonos hacer, porque la función de la educación, en gran medida, es la de enseñar a los niños a desenvolverse en el mundo, y el mundo actual está lleno de smartphones y de tecnologías relacionadas que resultan ya fundamentales para desenvolverse en él. En el mundo actual, el idiota no es el que no se sabe la lista de los ríos, las capitales de provincia o los reyes de su país, sino el que no es capaz de utilizar una herramienta tan potente como un smartphone para averiguarlo rápidamente y con las adecuadas garantías. Querer convertir los colegios en la aldea de Asterix, en irreductibles fortalezas al margen de la tecnología, es una de las mayores y más soberanas estupideces que hemos llegado a perpetrar como sociedad.

Scott incidió en una cuestión que me pareció también importante: el hecho de que en el desarrollo de tecnología, hablemos de algoritmos o de diseño, existen innumerables decisiones que conllevan fuertes implicaciones éticas o filosóficas, que se manifiestan en el hecho de que un smartphone no impida escribir o enviar mensajes cuando está en un vehículo y permita, por tanto, que el conductor envíe mensajes mientras conduce, o que no se introduzcan ciertas garantías que eviten que un timeline de Facebook sea tomado por actores perversos que tratan de manipular a su propietario. Por supuesto, en ese tipo de procesos que evalúan las consecuencias de las tecnologías sería interesantísimo contar con profesionales capaces de evaluarlas desde un punto de vista más humanista. Pero no olvidemos que la función de las empresas de tecnología es crear tecnología, y que no podemos jugar a intentar prevenirlo todo, porque sencillamente, no tendremos ni idea de lo que intentamos prevenir, y el exceso de precauciones terminará por impedir o dificultar enormemente el desarrollo tecnológico.

La discusión paró ahí por falta de tiempo, pero me pareció verdaderamente interesante, digna de una entrada en la que intentase dejar algunas de las ideas, algunos enlaces y algunos de los temas de discusión – o cuando menos, mi impresión personal sobre ellos – plasmadas en algún sitio.

 

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La era de la tecnología que siente

IMAGE: TheDigitalArtist - Pixabay (CC0)Dentro del despliegue de Amazon para presentar sus nuevos dispositivos, que ya habíamos anticipado en una entrada anterior, hay un tema que ha pasado relativamente desapercibido, pero que creo que tiene una importancia potencialmente radical: la idea de dotar a esos dispositivos de una inteligencia que vaya más allá de entender simplemente las palabras o frases que escucha, sino de entender matices o elementos adicionales, tales como el tono de voz, las interferencias u otros elementos que pueda llegar a escuchar y que sean susceptibles de indicar determinadas situaciones.

¿De qué hablamos realmente? Por ejemplo, de la posibilidad de susurrar algo a tu asistente, y que este entienda que no debe responder a todo volumen, porque posiblemente haya una persona durmiendo cerca o algún otro tipo de circunstancia que lo desaconseje. O que entienda por tu voz si estás enfadado o tranquilo. O incluso que sea capaz de activar determinadas funciones si detecta ruidos u otras variables que considera que pueden indicar que se está produciendo, por ejemplo, un robo o un incendio en tu casa.

¿Qué puede implicar dotar a una tecnología como la de los asistentes domésticos de una capa de inteligencia, por así decirlo, “sensible”, o capaz de adquirir un cierto nivel de empatía con su entorno? La primera capa resulta bastante sencilla de interpretar: hacer que tu asistente te entienda mejor porque sea capaz de separar, por ejemplo, los comandos que le das del sonido ambiente, del altavoz de la televisión o del ruido de una conversación es indudablemente positivo, e incide en una mayor satisfacción en el uso del producto (si cometes el error de situar tu Amazon Echo o tu Google Home cerca de la televisión sabrás a lo que me refiero). La segunda capa, a mi entender, va un poco más allá: que tu dispositivo sea capaz de escuchar, por ejemplo, un cristal roto, o un incremento de la temperatura o de la humedad poco habitual, y a partir de ahí pueda, de manera autónoma, tomar decisiones como la de activar una cámara, enviarte un mensaje o avisar a un servicio de emergencia como policía o bomberos en función de lo que ha detectado nos ofrece una gama de posibilidades mucho más amplia, al tiempo que posibilita también errores más clamorosos si lo hace mal.

Un algoritmo es perfectamente capaz, al nivel actual, de reconocer el sonido de un cristal roto. Pero a partir de ahí, tiene que seguir escuchando, y deducir si se te ha caído un vaso y no hay más problema que barrer los pedazos, o si se trata de un ladrón que ha entrado por una ventana, algo que requiere un nivel de inteligencia algo más sofisticado. Pero de nuevo, hablamos de una capa de servicios que, dentro de unos límites, podrían considerarse como “de conveniencia”, de inteligencia adicional que puede llegar a ser muy útil en determinadas casuísticas, y que posiblemente, ante la tesitura de encontrarnos mejor protegidos en caso de robo, incendio, inundación, etc., pocos optarían por desconectar. Y que, por otro lado, proporciona posibilidades ilimitadas: ¿podría una mujer que se siente amenazada por violencia doméstica, por ejemplo, introducir un algoritmo que la detecte y avise discretamente a la policía? ¿Qué connotaciones puede llegar a tener algo así?

La tercera capa me resulta un poco más compleja, y sin embargo, lo digo a sabiendas de que muy posiblemente, en poco tiempo, será una parte normal de mi día a día: que la máquina al otro lado entienda mi estado de ánimo, mi nivel de estrés o mi situación cuando le pido algo. Que entienda si estoy frustrado, si tengo prisa, si estoy siendo irónico o si busco una respuesta seria. Por el momento, las veces que la Siri de Apple cree detectar ironía en una pregunta y te responde eso de “buena pregunta” pensando que es un chiste me resultan más irritantes que otra cosa, en parte porque aún no tengo la costumbre de “hablar” o “conversar” como tal con mi asistente robótico. ¿Puede llegar un momento en el que sí lo hagamos? Confieso haber dedicado ratos de atasco o de camino del trabajo a casa a pedirle cosas a Siri e intentar entender cómo contesta, qué lógica sigue o qué capacidades inesperadas encuentro, y es bien sabido que hay una amplia gama de capacidades de este tipo de asistentes que son meramente chistes, curiosidades o detalles simpáticos introducidos por desarrolladores, aunque tiendo a pensar que son más para un tema de “mostrar a tus amigos lo que el cacharrito hace” que como forma de promover una conversación real. Pero también hay muchos casos de tecnología que usamos como simple acompañamiento, personas a las que no les gusta estar en su casa en silencia y prefieren tener la televisión puesta aunque no estén viéndola, simplemente porque hace compañía. ¿A qué podemos llegar explorando ese ámbito?

¿Hablar con tu asistente y mantener una conversación en la que te informa sobre un tema determinado, mientras detecta, por las inflexiones de tu voz, en qué situación estás? ¿Que te lea un libro con la entonación adecuada a cada situación, en lugar de con una voz plana? ¿Que te lea las noticias y te permita navegar por ellas, pidiéndole que te amplíe un tema o busque información adicional en otras fuentes? ¿Que detecte las noticias que te han interesado anteriormente y te alerte cuando surjan otras relacionadas? Si ponemos dispositivos capaces de escucharnos en cada uno de los sitios en los que pasamos algo de tiempo y en donde podemos pedirles cosas, la idea de aprovechar sus posibilidades a tope discurre entre el miedo a la pérdida de privacidad, y el potencial atractivo que esas funcionalidades puedan tener. Y al ritmo que va esto, que nuestros hogares se llenen de este tipo de dispositivos es solo cuestión de tiempo, de dinámicas de adopción y de desarrollo de más y más aplicaciones que más personas puedan considerar interesantes.

Es tiempo de dejar los tópicos a un lado y de ponerse a especular.

 

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Aseguradoras, wearables y el futuro del cuidado de la salud

John HancockJohn Hancock, una de las aseguradoras más grandes y más antiguas de los Estados Unidos, adquirida en 2004 por la canadiense Manulife, ha anunciado que dejará de vender seguros de vida tradicionales y comercializará únicamente pólizas interactivas que registren las actividades de ejercicio y los datos de salud de sus clientes mediante wearables como Fitbit o Apple Watch. La compañía pasará a vender únicamente este tipo de pólizas a través de su subsidiaria Vitality, y finalizará en 2019 la conversión de toda su cartera de pólizas a la nueva metodología.

Este tipo de pólizas están popularizándose progresivamente en mercados como Sudáfrica, Reino Unido y los Estados Unidos, y son vendidas como una ventaja tanto para los usuarios, que tienen así un incentivo adicional para llevar una vida más saludable, como para las aseguradoras, que consiguen una cartera de clientes con hábitos más saludables que tiende a vivir más tiempo y a generar menos indemnizaciones. Sus detractores alegan, en cambio, que la aseguradora puede tratar de optimizar su cartera basándose en los datos obtenidos, tratando de ofrecer condiciones menos atractivas a aquellos que presenten unas variables indicadoras de un riesgo más elevado.

A medida que la tecnología mejora la capacidad de los dispositivos para registrar datos relacionados con el ejercicio y la salud, son más las compañías que se dan cuenta de la oportunidad que este nuevo enfoque puede suponer. Como ya he comentado en entradas anteriores, centrar las críticas en la supuesta falta de precisión de estos dispositivos es absurdo: primero, porque este tipo de variables mejoran rápidamente como lo hacen prácticamente todas las relacionadas con este ámbito, y segundo, porque la ausencia de unas métricas de nivel clínico se compensa con una riqueza de datos espectacular, que llegan en el caso de un wearable incluso al registro prácticamente continuo, frente a la inconveniencia de los dispositivos dedicados. Es evidente que un electrocardiógrafo con sus doce electrodos tiene una capacidad de registro que un reloj en el que simplemente apoyamos dos dedos no tiene, pero la posibilidad de registrar el pulso durante todo el día y unido a diferentes actividades le da unas posibilidades que el electrocardiógrafo, que se limita a una medida puntual, no tiene. Ridiculizar el impacto de este tipo de dispositivos, descartarlos porque pueden dar lugar a falsas alarmas o no darse cuenta del papel que van a jugar como generadores de datos en el cuidado de la salud en el futuro es, sencillamente, no entender nada de estadística ni de hábitos de vida: la única forma de pasar de un enfoque de salud paliativo a uno preventivo es incrementando el volumen de datos generado y alimentando con ellos algoritmos capaces de interpretarlos de manera automatizada.

En ese sentido, vale la pena leer esta respuesta de un cardiólogo en Quora: lo bueno del Apple Watch, además del hecho de que tanto la American Heart Association como la FDA recomienden o aprueben el producto y su funcionalidad, es el hecho de que lo llevamos puesto todo el día, lo que permite que muchas personas que no son conscientes de posibles problemas cardíacos o que no son capaces de evaluar su sintomatología por carecer de experiencia puedan recibir alertas que les permitan llevar a cabo un control médico sobre dolencias potencialmente muy peligrosas. A medida que llegan las reviews mayoritariamente positivas del nuevo Apple Watch 4, más se refuerza la idea de un futuro en el que este tipo de dispositivos jueguen un papel importante en el futuro del cuidado de la salud, tanto a nivel clínico o de investigación, como de aseguradoras. Y Apple, obviamente, no está sola en este campo: Fitbit ha adoptado ese enfoque transformacional desde hace ya bastante tiempo, y están lanzando ya servicios relacionados con ello. Otras, como Nest, propiedad de Alphabet, han llevado recientemente a cabo adquisiciones como la de Senosis, una spinoff de la Universidad de Washington dedicada al desarrollo de sistemas de monitorización de salud mediante el smartphone, y dejan claras las intenciones de su compañía matriz y de otras de su mismo nivel en cuestiones como la custodia de los datos y registros médicos. Recientemente, Apple presentó una API para que los desarrolladores de aplicaciones puedan trabajar con los datos almacenados en su aplicación de salud, con el fin de permitir que los usuarios puedan, con el nivel de control adecuado, compartir esos datos con distintos proveedores de salud: médicos, hospitales, etc. para recibir desde recordatorios para mejorar la adherencia a tratamientos, hasta la gestión administrativa de servicios.

La evolución de la tecnología la ha llevado ya al punto de poder generar una disrupción radical en el cuidado de la salud, y esa disrupción va a generar, como todas, un escenario con vencedores y vencidos. Entender las variables de esa disrupción y no aferrarse a visiones anticuadas o a tópicos absurdos va a resultar fundamental de cara al futuro.

 

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Alexa por todas partes: el interesante segmento de los asistentes domésticos

IMAGE: AmazonEn plena guerra por la implantación y la cuota de mercado de los asistentes domésticos, Amazon anuncia planes para el lanzamiento de al menos ocho dispositivos controlados a través de Alexa, su asistente de voz, que van desde amplificadores y altavoces, hasta un microondas o un dispositivo multifunción para el coche. La idea es poner a Alexa en todos los sitios donde el usuario pasa cierto tiempo e ir añadiendo funcionalidades que puedan ser controladas mediante la voz, en un mercado en el que la compañía fue pionera, pero que ya no es tan incipiente, y que se prevé alcance un valor de alrededor de treinta mil millones de dólares en el año 2024.

La interacción mediante la voz es, indudablemente, un área en fuerte crecimiento, y en el que un gran número de compañías intentan posicionar sus dispositivos. Sonos, por ejemplo, recién salida a bolsa, ha establecido su posición gracias a convertirse en los primeros equipos de sonido domésticos fácilmente conectables al Echo de Amazon y el Home de Google, y basta echar un vistazo a las apps o skills disponibles para cada uno de estos asistentes domésticos para obtener una amplia panorámica de funciones de todo tipo, desde sistemas de riego hasta iluminación, climatización, seguridad o lo que se nos ocurra. Ni siquiera la idea de conectar el microondas con Alexa es pionera: GE tiene uno a la venta desde hace algo más de un mes.

Frente al primer empuje de Amazon con su Echo, que logró posicionarse gracias a ese efecto pionero como el líder absoluto del mercado, la reacción de Google con su Google Home no se hizo esperar, y en el primer trimestre de 2018 logró por primera vez superar a Amazon en número de unidades vendidas. En ese primer trimestre del año, Canalys calculaba un total de 4.1 millones de dispositivos en el mercado norteamericano, seguido por los 1.8 millones de China (1.1 millones son dispositivos TMall Genie de Alibaba) y los 730,000 de Corea. Google, además, está ganando a Amazon por velocidad en la expansión internacional y en la incorporación de nuevos idiomas. Actualmente, Amazon Echo está disponible o en pruebas avanzadas para seis idiomas y once mercados: en inglés en Estados Unidos, Reino Unido, India, Canadá y Australia; en francés para Francia; en alemán para Alemania; en italiano para Italia; y en español para España y México. Google Home, mientras, está disponible ya en once idiomas gracias al desarrollo llevado a cabo para Google Assistant en el smartphone, y pretende llegar a los treinta a finales de 2018. En la progresiva incorporación de dispositivos a la línea de productos, ámbito en el que Amazon también llevaba ventaja, Google está trabajando con distintos fabricantes para lograr una diversidad mayor, y en algunos casos con buenos resultados. El asistente de Apple, Siri, está disponible en una variedad de idiomas mucho más amplia, pero su dispositivo, el HomePod, dista mucho de haber alcanzado la popularidad de Amazon Echo o de Google Home.

En estos momentos, los usos más habituales para los asistentes de voz domésticos son cuestiones relativamente accesorias, desde poner música hasta escuchar las noticias, encender y apagar luces o controlar el riego o la calefacción. La instalación y configuración de este tipo de dispositivos es razonablemente sencilla para personas con cierta afinidad por la tecnología, pero aún no se considera fácilmente accesible para cualquiera, lo que lleva a que para algunos dispositivos, en el mercado norteamericano se dependa de distribuidores e instaladores autorizados. El propósito de Amazon, que actualmente considera a Alexa como una de las claves de su estrategia, es poner a Alexa en todos los sitios en los que el usuario pasa un cierto tiempo, e ir incorporando prestaciones de todo tipo gracias a la actividad de sus desarrolladores. Sin embargo, a la hora de plantear nuevas funciones y posibilidades, Google tiene una indudable ventaja: la conexión del dispositivo con la cuenta Google del usuario permite la activación de una amplia variedad de funciones altamente personalizadas (calendario, agenda, mapas, contactos, etc.), una información que a Amazon le cuesta más obtener.

Un mercado con un gran potencial, con el crecimiento más importante en este momento de todo el segmento de la electrónica de consumo, y al que, sin embargo, muchos usuarios aún no le ven una decidida utilidad o incluso manifiestan temores por lo que supone de cara a eventuales peligros para la privacidad. Sin duda, nos espera una evolución interesante.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Alexa everywhere: how will the domestic assistant market evolve?

 

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Twitter y el algoritmo que nadie quería

Twitter chronologicalTwitter anuncia a través de su cuenta de soporte que, en su última actualización, permite ya a los usuarios elegir entre visualizar su timeline en el modo algorítmico, con las actualizaciones supuestamente más relevantes primero, o volver al modo puramente cronológico original que la compañía utilizaba antes de 2016, sin sazonarlo con elementos adicionales.

A principios de 2016, la compañía decidió intentar mejorar el nivel de uso de su plataforma desarrollando un algoritmo que trataba de mostrar al usuario aquellas actualizaciones que podían haberse perdido, pero que eran susceptibles de interesarles. Al hacerlo, rompieron lo que hasta el momento había sido un principio fundamental de Twitter: el timeline discurría en orden cronológico, con las actualizaciones más recientes arriba. Tras muchas iteraciones e intentos de mejora del algoritmo en cuestión tratando de buscar más relevancia, la compañía podría ahora reconocer que el elemento cronológico es un elemento fundamental de Twitter, es lo que los usuarios esperan, y que interferir con ello podría no ser una buena idea.

Ahora, basta con ir a la configuración de la cuenta, entrar en las preferencias de contenido, y desactivar la opción que dice “Mostrar los mejores tweets primero” para recuperar las actualizaciones en modo cronológico, sin interferencias algorítmicas del tipo “Por si te lo perdiste” o “a Fulanito y Menganito les ha gustado este tweet“. En mi caso, mantengo la opción de relevancia desactivada desde el principio intentando mantener el orden cronológico, y a pesar de cerrar sin piedad siempre todas las sugerencias de ese tipo que la compañía me hacía y de ver como cada vez se me prometía que vería ese tipo de recomendaciones en menos ocasiones, la promesa se probaba falsa una y otra vez, y esas sugerencias seguían apareciendo.

Aunque Twitter afirma llevar tiempo trabajando en el desarrollo de elementos que permitan al usuario ejercer un mayor nivel de control sobre su timeline, la llegada de este cambio podría venir precipitada por un hilo creado por una usuaria en el que se especulaba con la posibilidad de que excluyendo determinadas palabras se pudiese obtener un timeline puramente cronológico, hilo que se viralizó hasta alcanzar más de 15,000 retweets y 40,000 likes. Que un elemento aparentemente anecdótico como ese recibiese tanta atención ha llevado a la compañía a pensar que podía haber un importante contingente de usuarios que preferían el orden cronológico al de un algoritmo que, además, no era en absoluto claro en su formulación, y en consecuencia, a adelantar la presentación del elemento.

La obsesión de Twitter por ganar control sobre lo que los usuarios ven o dejan de ver ha chocado con un elemento fundamental: el timeline tenía un funcionamiento perfectamente claro y sencillo, que cualquiera podía entender de manera inmediata, y añadir a él un algoritmo provoca una molesta sensación de ausencia de control. Poco importa que el algoritmo esté genuinamente diseñado para evitar que te pierdas cosas que te interesan, para hacer que te sientas mejor informado o para supuestamente mejorar la propuesta de valor del producto: los usuarios querían su timeline en orden cronológico porque es lo que aprendieron a apreciar de Twitter en su momento, y cualquier cambio en ese sentido les generaba una experiencia incómoda, una impresión de que lo que veían ya no dependía de ellos y de las cuentas a las que decidían seguir, sino de un tercero convertido en omnipotente que tomaba decisiones por ellos. El algoritmo podía estar trabajadísimo, considerar elementos de personalización verdaderamente interesantes y hacer un buen trabajo estimando las preferencias de los usuarios… pero simplemente, nadie lo quería: el usuario medio prefería la simplicidad de lo conocido y la referencia cronológica que esperaba.

Twitter seguirá ofreciendo elementos como la página de búsqueda en la que se podrán visualizar inmediatamente elementos como los trending topics o los momentos, que permiten hacerse una idea de lo que está pasando independientemente de las cuentas que uno decida seguir, pero ahora, dependerán de una acción adicional del usuario, la de acudir a la búsqueda. En el funcionamiento básico de la aplicación, sin embargo, el usuario podrá volver al modo puramente cronológico, dejar de lado al algoritmo y recuperar la sensación de control sobre su timeline sin interferencia alguna. Un buen caso sobre la necesidad de escuchar a los usuarios, entender sus preferencias y permitir que disfruten de tu producto como todo indica que quieren hacerlo, sin que seas tú el que les diga de qué manera lo tienen que hacer. Por interesantes y sofisticados que parezcan, no todos los algoritmos son buenos o resuelven un problema. Algunos, de hecho, lo crean. Algunas cosas, parece, son mejores cuanto más simples.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Twitter and the algorithm nobody wanted

 

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¿Amazon Bank?

IMAGE: AmazonUn artículo en Fintech News, ‘Bank of Amazon’ is disrupting the financial landscape, muestra hasta qué punto el gigante del comercio electrónico, paso a paso, a menudo con iniciativas regionales y sin hacer mucho ruido, ha ido construyendo una oferta de productos financieros cada vez más completa que incluye ya no solo simples medios de pago, sino incluso productos de crédito, seguros, tarjetas recargables, transferencias recurrentes o incluso herramientas para hacer depósitos.

Una muestra más de hasta qué punto el entorno de la banca debe prepararse para una disrupción inminente, que puede provenir ya no de esas habitualmente pequeñas compañías fintech que los bancos miran por encima del hombro creyendo que pueden comprarlas o detenerlas mediante el recurso al regulador si creen que se convierten en una amenaza, sino de la segunda compañía cotizada más grande del mundo en función de su valoración bursátil. Ya que hablamos de reguladores, hace pocos días, el regulador del estado de Nueva York denunció al gobierno federal por las licencias y permisos que estaba concediendo a compañías fintech de todo tipo, en un movimiento que podría ser susceptible de poner en riesgo a sus usuarios y que podría poner en riesgo las posibilidades de competir de los bancos locales… ¿se atrevería ese regulador a denunciar el supuesto riesgo que supone para los consumidores una compañía como Amazon, con muchos más recursos que cualquier banco? ¿Qué opinará ese regulador de la actitud tomada por la Unión Europea desde PSD2, que facilita enormemente la actuación de las compañías fintech impidiendo a los bancos que recurran a una buena parte de las herramientas obstruccionistas que tenían para impedir la operativa de estas?

¿Hay alguien, en algún banco, que esté estudiando con el adecuado rigor los productos financieros que una compañía como Amazon está poniendo en el mercado? ¿Los resultados obtenidos en todos sus experimentos – Amazon es fundamentalmente una compañía experimental, con continuos ensayos y una probada metodología para hacerlos – y en todos los países en los que opera? ¿O que tenga informes detallados acerca de las actividades de otro gigante descomunal como Ant Financial, por poner otro ejemplo? ¿O están “muy ocupados” haciendo cosas que les parecen “mucho más importantes”?

¿Qué reacciones podría generar en el mercado, por ejemplo, el lanzamiento de una cuenta corriente por parte de una compañía como Amazon? Intentemos imaginarlo: ¿sería realmente muy complicado para una compañía como Amazon obtener una licencia bancaria en un país? ¿O inspirar la confianza suficiente en los usuarios como para que les encomendasen la gestión de su dinero? ¿Podemos imaginar de alguna manera un sistema de login o de seguridad tan engorroso e incómodo como el que tienen la mayoría de los bancos españoles, si fuese Amazon quien lo gestionase? ¿Qué tal sería la experiencia de revisar movimientos, comprobar recibos, hacer transferencias o pedir un crédito al consumo si fuese Amazon quien estuviese detrás? ¿Nos imaginamos a Amazon haciendo ese tipo de cosas mejor o peor que los bancos que conocemos?

Independientemente de lo que podamos pensar de una compañía como Amazon, que no deja de ser, según algunos estudios, la compañía que más miedo provoca en el panorama empresarial, tengo la impresión de que una oferta de productos bancarios creada por ella podría llegar a resultar bastante atractiva para un segmento representativo de usuarios. ¿Están los bancos simplemente esperando a que Jeff Bezos tenga un día inspirado y tome la decisión de hacerlo, o están de alguna manera tratando de imaginarse ese escenario y tomando en función del mismo algún tipo de medidas? Francamente, no oigo a demasiados directivos de banca hablar sobre Amazon, y cuando lo hacen, no parece que lo consideren como un posible competidor. ¿Acaso piensan que su negocio es demasiado complejo y está demasiado regulado como para que Amazon quiera entrar en él? 

¿Es la banca la próxima gran industria destinada a experimentar la disrupción? Por el momento, lo único que podemos decir con seguridad es que, decididamente, tiene todos los síntomas para serlo.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “What next for Amazon: a bank?” 

 

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El leapfrogging y las condiciones adecuadas para la innovación

IMAGE: Getdrawings.com - CC BY NC

Una interesante noticia en TechCrunch, African experiments with drone technologies could leapfrog decades of infrastructure neglect, pone de manifiesto cómo, en muchas ocasiones, lo importante en innovación no es contar con todos los recursos adecuados para poner una idea en marcha, sino más bien el tener una necesidad importante que satisfacer. En el caso del África subsahariana, la necesidad proviene de muchas décadas de falta de atención al desarrollo y mantenimiento de infraestructuras de transporte, lo que da origen a que, en una amplia variedad de casos, la mejor manera de llevar algo a algún sitio de manera mínimamente eficiente sea por aire.

El ejemplo de Zipline, una compañía fundada originalmente en California, resulta particularmente interesante: hace algunos años, vio la oportunidad de establecerse en Ruanda con el fin de desarrollar sus productos y servicios en un entorno en el que pudiesen cumplir funciones percibidas como verdaderamente críticas o importantes, no simplemente enviar una pizza o un paquete cualquiera, y ser capaces de obtener así una regulación más adecuada que tuviese en cuenta el interés en su desarrollo. Así, en octubre de 2016 llegó a un acuerdo con el gobierno del país africano para desarrollar un “Uber para la sangre“, un servicio capaz de poner una bolsa de sangre en prácticamente cualquier lugar en un tiempo récord, lo que le ha servido, entre otras cosas, para obtener financiación de varias compañías interesadas, y para desarrollar y poner a punto el dron comercial considerado más rápido del mundo, con mucho más aspecto de avión que de cuadricóptero capaz de volar a 128 kmh, que podría pasar a ser utilizado en muchos otros países del mundo para servicios de todo tipo. Hasta el momento, Zipline ha efectuado más de seis mil envíos con un total de medio millón de kilómetros de vuelo, una experiencia que habría resultado mucho más difícil de obtener en otros entornos. Asimismo, el gobierno de Ruanda participa en una iniciativa con el World Economic Forum destinada a derivar mejores prácticas para el uso de drones, que podría llegar a servir de ejemplo para gobiernos de otros países del mundo en este mismo tema.

Un ejemplo de libro del llamado leapfrogging, innovaciones radicales que aprovechan un contexto determinado y que pueden dar lugar a incrementos de eficiencia muy superiores a las innovaciones pequeñas e incrementales. La búsqueda de los contextos que permitan el desarrollo y aplicación de estas innovaciones radicales es especialmente interesante: el éxito obtenido por Zipline en Ruanda ha llevado a que muchas otras compañías consideren el África subsahariana como un área de interés para este tipo de temas, lo que ha permitido el desarrollo de un entorno legislativo mucho más proactivo que el de otros países, a la apertura de pasillos pan-africanos humanitarios en Malawi que pueden ser ofrecidos a compañías para que hagan pruebas en un entorno controlado, y también a la aparición de compañías locales. Siguiendo el ejemplo de Ruanda y de Malawi, otros gobiernos como Sudáfrica, Kenya, Ghana y Tanzania han actualizado su legislación referente a drones, y han lanzado también diversas iniciativas destinadas a su explotación.

En el caso de los drones, África ha mostrado estar dispuesta a dar pasos más audaces y más rápidos que el resto del mundo, debidos a la promesa de unos beneficios tangibles que habría resultado mucho más complicado, si no imposible, obtener de otra manera, lo que ha llevado a que los distintos países hayan estado dispuestos a moverse más ágilmente en el desarrollo de sus entornos de regulación. Un hecho que podría situar a esos países en una posición susceptible de atraer a compañías interesadas en ese ámbito, de situarse en el frente de la innovación, y de capitalizar las ventajas y la inversión requeridas para ello, así como la generación de riqueza resultante. Muy posiblemente no mantengan esa posición en solitario, otros países que han visto ya el potencial de los drones están avanzando también muy rápidamente en ese sentido, pero sin duda, es una posición, la de meca tecnológica, no especialmente habitual en la zona, aunque haya habido otros casos de éxito anteriores que también dejaron importantes lecciones de innovación. Si estás interesado en los drones y en sus posibilidades, la meca de su desarrollo podría no estar en Silicon Valley ni en otros sospechosos habituales, sino en el África subsahariana.

 

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Reacciones a la innovación: Apple Watch y los especialistas

Heart rate in Apple WatchComo profesor de innovación, las reacciones a la presentación de nuevos productos me han fascinado desde hace muchísimo tiempo. En esta ocasión, la presentación del Apple Watch 4 y sus funciones de monitorización cardíaca y las reacciones que están generando entre la comunidad de especialistas sirven como un ejemplo interesantísimo sobre cómo esas reacciones pueden no solo predecirse y modelizarse, sino también sobre su valor a medio y largo plazo. Una prueba de cómo trabajar intensamente en un tema durante mucho tiempo puede llegar a distorsionar la  perspectiva de lo que es positivo o negativo, o de lo que puede suponer una innovación puesta en contexto y sometida a procesos de adopción social.

¿Cómo podríamos llegar a una clasificación o tipología de este tipo de reacciones? En primer lugar, está el planteamiento de dudas en un formato abierto. Es el caso de Ethan Weiss que comenté en mi entrada anterior sobre el tema, que durante la misma presentación del producto y de sus funciones se plantea en su Twitter que “no es capaz de discernir si estamos ante el mejor o el peor día de la historia de la cardiología”. La duda está perfectamente bien expresada y plantea en términos neutros un escepticismo razonable que responde a posibles escenarios perfectamente imaginables por un cardiólogo con experiencia: por un lado, lo positivo de una monitorización no intrusiva capaz de identificar problemas antes de que se conviertan en críticos y su potencial para, en último término, salvar vidas y, por otro, el escenario de salas de espera en las consultas de los cardiólogos completamente llenas de personas atacadas de los nervios debido a un incremento sustantivo en el número de falsas alarmas.

Esa misma incertidumbre se plantea en un artículo de The Washington Post publicado al día siguiente de la presentación, tras contrastar opiniones con varios cardiólogos, titulado What cardiologists think about the Apple Watch’s heart-tracking feature: incluir este tipo de mediciones en un producto de consumo de tan elevada popularidad podría generar en muchos usuarios ansiedad injustificada y visitas al médico innecesarias. La interpretación de un electrocardiograma requiere un cierto grado de familiaridad con la técnica y con las métricas empleadas, lo que podría llevar a que una persona no entrenada, ante las variaciones naturales de su ritmo cardíaco, se alarmase o llegase a manifestar síntomas de hipocondría. E indudablemente, un problema menor si lo comparamos con los potenciales beneficios de una tecnología que podría llegar a alertar a muchas personas sobre posibles problemas cardíacos en fases que aún pueden posibilitar su tratamiento o la adopción de medidas de precaución. Es posible que la perspectiva de que personas sin el nivel de preparación adecuada accedan rutinariamente a una herramienta diagnóstica como el electrocardiograma de manera rutinaria pueda suponer un motivo de cierta alarma para los profesionales encargados de tomar decisiones con esas mismas herramientas, pero de nuevo, también parece más que razonable considerar el problema – relativo – de un número mayor de consultas o de visitas al cardiólogo como un problema menor en comparación con su contrapartida en términos de posibles complicaciones de salud potencialmente evitadas.

Otra objeción diferente proviene de la fiabilidad del mecanismo utilizado para la toma y procesamiento de los datos. En ese sentido se pronuncia un artículo en Quartz, The new heart-monitoring capabilities on the Apple Watch aren’t all that impressive, que apunta a que el electrocardiograma obtenido por el Apple Watch proporciona necesariamente un resultado mucho más imperfecto y rudimentario que los que puede proporcionar cualquier aparato de nivel clínico, en el que se utilizan rutinariamente doce electrodos adheridos a la piel en diferentes zonas del tórax y ciertos puntos en brazos y piernas. Indudablemente, hablamos de una comparación completamente absurda entre un dispositivo de consumo y uno clínico: por supuesto que el dispositivo clínico ofrece una precisión muy superior, pero a cambio de un nivel de conveniencia mucho menor. Incluso ante la posibilidad de que un producto de nivel clínico llegase a convertirse en un producto de consumo, la idea de que un número elevado de personas lo utilizase de manera rutinaria o diaria resulta prácticamente ridícula, y mucho más si pensamos en la práctica imposibilidad que alguien lo llevase puesto durante su vida cotidiana. En este caso, el dispositivo clínico tiene un propósito diferente al de consumo: mientras el primero proporciona medidas muy fiables y rigurosas en unas condiciones determinadas, el segundo busca el compromiso de proporcionar únicamente algunas medidas y con un nivel de precisión muy inferior, pero ser capaz de obtenerlas en todo momento y en cualquier circunstancia. ¿Pueden aportar ese tipo de medidas algo a la salud de unos pacientes con, por ejemplo, condiciones que no manifiestan cuando están en unas condiciones determinadas en la consulta de su médico? Indudablemente, y en el futuro estoy seguro de que veremos cardiólogos explorando, en determinados casos, los registros obtenidos por los Apple Watch de algunos de sus pacientes. Lo que no quiere decir, por supuesto, ni que esto sea necesario o esté justificado en todos los casos, ni que debamos intentar presionar a ningún médico para que lo haga.

En el mismo sentido se manifiestan los fabricantes de otros dispositivos de consumo, como WIWE, que también mencioné en mi anterior artículo al respecto: si trabajas durante años para producir un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito en el que apoyas los dos pulgares, y con la simple precaución de que tus manos no se toquen, te proporciona un electrocardiograma con datos completos y gráficas de arritmia, fibrilación auricular, heterogeneidad ventricular y saturación de oxígeno en sangre, el que Apple llegue y pretenda proporcionar datos parecidos mediante un dispositivo tan generalista como un reloj es algo que, indudablemente, genera inquietud. Así, la reacción del equipo de desarrolladores de la compañía es, dentro de unos adecuados parámetros de respeto, de un relativo escepticismo:

“Aunque no lo hemos probado a fondo todavía, surgen algunas dudas al observar la configuración de hardware del reloj, que puede afectar significativamente la calidad de la señal cuando se graba el ECG. El diseño común en dispositivos de este tipo es permitir que los usuarios coloquen sus dedos sobre los sensores para lograr un contacto completo y una señal fuerte, y obviamente el reloj no proporciona dicha configuración. 

Un problema común podría surgir de algo tan simple como la pilosidad en la muñeca del usuario, que puede ser un obstáculo para el sensor que se supone que capta las señales de ese canal, por lo que se vuelve limitado en su capacidad para reunir información confiable para su evaluación. El otro canal, el dedo índice derecho del usuario, debe mantenerse en su posición el tiempo suficiente, con riesgo de temblores, sentir tensión, etc. Si se mueve, es difícil lograr un contacto estable y sostenido. WIWE, en cambio, puede ser colocado sobre una superficie plana y apoyar los dedos constantemente en los sensores durante la medición.

Con respecto a la detección de fibrilación auricular, no hemos visto información sobre su precisión (WIWE logró 98.7% de precisión cuando se probó con 10000 muestras clínicas, nuestro certificado está disponible bajo pedido) y desconocemos si examinan la activación auricular examinando la onda P como hace WIWE, o hacen la evaluación basada únicamente en la frecuencia cardíaca (distancia RR). Por lo que sabemos a partir de la información publicada, no realizan análisis de onda, por lo que no pueden proporcionar información específica del electrocardiograma como QRS, QTc o PQ, mientras que WIWE sí ofrece todo esto a los médicos. Si solo dependen de la frecuencia cardíaca, el resultado de la evaluación puede ser confuso al detectar la fibrilación auricular, algo confirmado por lo que la FDA señala en su documento de resumen: “la aplicación ECG no está destinada a ser utilizada en personas menores de 22 años, ni se recomienda para personas con otras afecciones cardíacas conocidas que puedan alterar el ritmo cardíaco “.

Habiendo dicho todo eso, obtener el apoyo de la AHA y la aprobación de la FDA supone un gran logro y no podemos afirmar que el reloj no sea capaz de detectar la fibrilación auricular, pero hay preocupación en ese sentido.”

De nuevo: parece evidente que, dentro de la categoría de productos de consumo, la precisión de un dispositivo diseñado específicamente para la obtención de un electrocardiograma, con dos sensores y una configuración razonablemente ergonómica que permite mantener los pulgares en ellos durante un minuto sin problemas obtendrá resultados más fiables que un dispositivo generalista como un reloj diseñado para una amplia variedad de funciones  – y fundamentalmente, ver la hora. Pero la contrapartida, de nuevo, es evidente: con ese dispositivo me monitorizo cuando me acuerdo y, por lo general, menos de una vez al día. Con el reloj, me monitorizo en todo momento y en circunstancias de todo tipo.

¿Están justificadas las reacciones a la innovación planteadas por facultativos y diseñadores de productos competidores? Sin duda, tienen una base razonable. Sin embargo, obvian en su análisis otra cuestión: lo que puede aportar el hecho de que las mediciones, aunque menos rigurosas, se produzcan en cualquier momento del día. Asimismo, debemos esperar a conocer lo que Apple u otros desarrolladores puede llegar a hacer con los algoritmos adecuados cuando dispongan de medidas obtenidas de manera regular o en contextos variados – no olvidemos que el Apple Watch también es utilizado, por ejemplo, para la monitorización regular del ejercicio físico. ¿Pueden este tipo de cuestiones llegar a suponer una mejora tangible a medio plazo para la investigación o para la práctica de la cardiología? Sinceramente, estoy convencido de que así será.

 

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La creciente importancia del lado verde de la responsabilidad social corporativa

IMAGE: Triplebotline (CC BY SA)Desde la definición de las actividades englobadas dentro de la llamada Responsabilidad Social Corporativa (RSC), se ha hablado siempre de las tres líneas principales de actuación que la gobiernan, conocidas por el término acuñado por John Elkington en 1994 de triple bottom line o “triple cuenta de resultados”: las tres “P” de “People, Planet and Profit“, traducido habitualmente como “Social, Económico y Ambiental”. 

Ahora, a medida que va quedando cada vez más claro el impacto del cambio climático, la parte medioambiental de la RSC está tomando, como debe ser, una importancia cada vez más radical. Cada día que pasa está más claro que simplemente reducir las emisiones ya no es suficiente: necesitamos medidas de emergencia que vayan mucho más allá. El gobernador de California, Jerry Brown, de quien hablábamos hace algunos días al hilo de la decisión de obligar a que el 100% de la energía generada y consumida en su estado sea limpia en el año 2045, ha añadido a esa medida una orden ejecutiva que, además, aspirará en el mismo plazo a convertir la totalidad de la economía del estado en carbono-neutral, es decir, capaz de reducir el dióxido de carbono al menos en la misma medida en la que lo emite mediante mecanismos que eliminan dióxido de carbono de la atmósfera.

La idea, cada vez más, es contribuir a la construcción de una nueva economía del carbono, que sea capaz de eliminar más dióxido de carbono del que es emitido. Una economía que, según algunos cálculos y teniendo en cuenta todos los elementos implicados, podría llegar a tener una contribución positiva a la economía global calculada en 26 billones de dólares.

Siguiendo este principio, algunas compañías han comenzado a redefinir sus políticas de RSC potenciando de manera muy marcada el elemento verde, que hasta hace algunos años era considerado simplemente por muchos como un “nice to have”, casi un maquillaje de la memoria corporativa anual. Así, Lyft ha anunciado inversiones de millones de dólares para conseguir la meta de la neutralidad, que dada su actividad, significa compensar en torno a un millón de toneladas métricas de dióxido de carbono. Medidas que van desde la adquisición de créditos compensatorios supervisados (inversiones en actividades que compensen las emisiones de la compañía), hasta inversiones en la electrificación de la flota, en la incorporación a su flota de vehículos sin emisiones como bicicletas o patinetes eléctricos, o en la promoción del uso del transporte público.

Ikea anuncia que llevará a cabo una transición progresiva de su flota de vehículos de reparto para convertirlos en eléctricos, transición que establecen en el año 2020 para ciudades como Amsterdam, Los Angeles, Nueva York, Paris y Shanghai, y en 2025 para el resto de las ciudades del mundo. La compañía sueca sigue el precedente marcado por empresas de mensajería como DHL, que lleva desde 2016 incorporando un vehículo eléctrico de desarrollo propio a sus flotas de reparto en Alemania con el objetivo de alcanzar el 70% de la logística de última milla con vehículos libres de emisiones en 2025, o a UPS, que anunció el pasado marzo el comienzo de la transición a una flota eléctrica en Londres (la ciudad ya exige desde el pasado enero a todos los taxis nuevos que sean de cero emisiones) con un vehículo cuyo diseño, según algunos, parece tomado de una película de Pixar

Las medidas de este tipo no se quedan simplemente en la economía, sino que alcanzan también a la política: C40 es una red de ciudades que colabora compartiendo experiencias destinadas a la reducción de las emisiones, que mide elementos como el nivel de competencias de cada ayuntamiento y su progreso de cara a la reducción de las emisiones. Lógicamente, como en el caso de la RSC, a la preocupación más o menos genuina por la salud del planeta se une la posibilidad de construir una dialéctica atractiva para el ciudadano o el cliente, que podría llegar a redundar en una toma de conciencia colectiva que sesgase el voto o el consumo hacia aquellas opciones que demostrasen tomarse más en serio este tipo de iniciativas.

La RSC, cada día más, se está pintando de verde, y eso es algo muy bueno. Ahora solo falta seguir hablando del tema para que esa toma de conciencia no se quede en las compañías o en los políticos, sino que alcance a cada ciudadano, a cada consumidor, a cada habitante del planeta. Pasar de una mentalidad de mirar el cambio climático irresponsablemente como algo que “no me tocará a mí, ni a mis hijos, ni a mis nietos”, y pasar a estimar la verdadera importancia de la situación, que se ha convertido en el problema más importante que tenemos y que requiere cada vez más medidas de emergencia. Medidas de emergencia que empiezan por todos y dependen, cada día más, de todos.

 

 

 

This article was also published in English on Forbes, “Corporate Social Responsibility is turning green, and that’s a good thing” 

 

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