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Política, noticias y redes sociales

How the new digital grassroots is reshaping politics - The EconomistJames Badcock me cita hablando sobre la interacción entre redes sociales, noticias y política en su artículo en The Economist titulado How the new digital grassroots is reshaping politics, en el que se plantea las posibles formas de lidiar con las noticias falsas en un escenario en el que un porcentaje cada vez mayor de ciudadanos se informa en las redes sociales, lee noticias, las comparte y, en cierta medida, cambia de opinión sobre diversos temas en función de lo que lee.

En palabras de Tim Cook, CEO de Apple, fake news is killing people’s minds, y son precisas respuestas que vayan desde la tecnología y la ley, hasta campañas educacionales masivas que puedan concienciar a los ciudadanos de todos los segmentos sociodemográficos sobre la importancia del problema de las fake news.

Facebook, la misma compañía que se preciaba de haber influenciado la primavera árabe, no puede ya seguir negando su responsabilidad. Un número creciente de norteamericanos la consideran el medio de comunicación en el que se informan de cada vez más cosas a pesar de los esfuerzos de la compañía por negarlo, y ven cómo esos nuevos hábitos de adquisición de información, que podrían servir para dar acceso a noticias más plurales y variadas, para enriquecer puntos de vista y ayudar al desarrollo del pensamiento crítico, se convierten en realidad en campañas planificadas de intoxicación colectiva apoyadas en las características del medio.

No, la respuesta no es simplemente esperar a que las compañías tecnológicas aparezcan con una varita mágica que elimine el problema, porque para solucionar ese problema van a hacer falta muchas cosas más. No es tan sencillo como decir “prohibimos las noticias falsas y echamos a los que las publican”, porque el problema tiene demasiados matices importantes que no pueden ser simplemente ignorados o minusvalorados. Va a ser necesario que desarrollemos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en fact checkers a tiempo parcial, al tiempo que nos preparamos para una era en la que el activismo será más necesario que nunca.

 

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Las noticias falsas como reto tecnológico

Pope endorses Trump (FAKE)Mi columna en El Español de esta semana se titula “Noticias y redes sociales“, y vuelve a incidir sobre el tema de las noticias falsas diseminadas a través de redes sociales, tratando de plasmarlo como un reto que la tecnología tiene que solucionar, fundamentalmente tratando de reconstruir los mismos sistemas que existen en el mundo tradicional.

Las soluciones a problemas complejos no suelen ser sencillas. Pretender luchar contra las noticias falsas simplemente censurando su circulación choca con el hecho de que, a lo largo de muchas décadas de existencia de los medios de comunicación, las noticias falsas y sensacionalistas no han desaparecido, y confirman una industria que factura millones y tiene un público fiel. Sin embargo, en el mundo de la comunicación tradicional, a pesar de que existen decenas de medios sensacionalistas dedicados a inventarse conspiraciones, noticias falsas y rumores absurdos de todo tipo, la influencia de las noticias sensacionalistas no suele trasladarse a los medios considerados serios: las dos órbitas se encuentran razonablemente compartimentadas, lo que lleva a que quien consume basura, en general, sabe que lo está haciendo, y la información que aparece en ese circuito, por l general, no sale de él y limita así su influencia.

Ese es el sistema que, en la reinvención de las noticias a la luz de las redes sociales, falta por desarrollar: no se trata de intentar impedir la circulación de noticias falsas, porque tienen su público y ese público tiene derecho a consumirlas, pero sí de detectarlas, identificarlas y etiquetarlas como lo que son, de restringir su circulación por vías algorítmicas, y de evitar que tengan un incentivo económico directo excluyéndolas de los mecanismos de publicidad.

Prohibir que un tabloide sensacionalista como Daily Mail sea utilizado como fuente de referencia en Wikipedia es razonable dada la naturaleza de la publicación, una enciclopedia, y sin duda, no será el último medio que recibe tal “distinción”. Que Wikipedia, hace años denostada por algunos como una enciclopedia supuestamente no fiable, se haya consolidado como la mejor, más completa y más actualizada enciclopedia de todos los tiempos y pueda ahora convertirse en juez que toma decisiones y sanciona qué publicaciones pueden o no pueden utilizarse en sus referencias es un caso claro que demuestra que, sobre las bases de la red y los procesos sociales, pueden construirse mecanismos que superen claramente en generación de valor a los existentes en el mundo tradicional.

A la hora de reconstruir esos sistemas de referencia en las redes sociales, la tecnología va a resultar fundamental: pretender recurrir a editores humanos para etiquetar las noticias falsas y excluirlas no solo es imposible, sino que aporta potencialmente peligrosos elementos de relatividad. La idea parece tender hacia la combinación de sistemas que examinen los patrones de difusión de las noticias, con otros que incorporen el etiquetado de los usuarios, y con bases de datos que incorporen fuentes y noticias calificadas como no fiables. A partir de ahí, limitar la circulación de las noticias etiquetadas como falsas privándolas de acceso a algoritmos de recomendación automatizados, a sistemas de publicidad y a trending topics. Que leas una noticia falsa porque la hayan compartido contigo seguirá siendo perfectamente posible y formando parte de tu libertad individual, pero al menos debería ir convenientemente caracterizada como lo que es, como ocurre en el quiosco cuando vemos determinados medios.

El problema, de nuevo, no es sencillo. En el mundo tradicional, un medio alcanza la reputación de sensacionalista a lo largo de un tiempo de comportarse como tal. En la red, podemos crear un medio cada mañana, darle una apariencia convincente, y publicar lo que queramos inventarnos y convenga a nuestra agenda en tan solo unos pocos clics. En la red, el desarrollo de sistemas de fact-checking capaces de dar respuesta a este tipo de retos va a exigir la coordinación de abundantes recursos, y no va a ser sencillo, pero eso no quiere decir que no deba plantearse: para las redes sociales y buscadores, de hecho, se conforma como el próximo gran desafío. Ejercicios de colaboración como el que se está desarrollando en Francia sobre el que escribí hace unos días pueden aportar marcos interesantes y laboratorios sobre los que tratar de aislar y evaluar este tipo de cuestiones.

Sigue quedando mucho por hacer. Pero al menos, vamos centrando el problema.

 

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Con Francia en el horizonte…

Elections pre?sidentielles 2017 FranceCon las elecciones presidenciales francesas a la vuelta de la esquina, y dados los resultados de las reciente cita electoral norteamericana, todo apunta a que el país vecino se va a convertir en un auténtico laboratorio tecnológico en el que poner a prueba la influencia de factores como la divulgación de noticias falsas y su impacto en el proceso electoral.

Facebook acaba de anunciar el lanzamiento de un filtro para noticias falsas específico para Francia, al tiempo que se une a Google y a ocho grandes medios franceses para intentar poner en marcha herramientas de verificación de noticias. La idea es que herramientas como CrossCheck, desarrollada por Google News Lab junto con First Draft dentro de la iniciativa de trabajo con medios europeos, puedan ser utilizadas en conjunción con bases de datos como las desarrolladas por Le Monde, seiscientas páginas web directamente identificadas como no fiables; por Libération, en la que se compilan noticias positivamente identificadas como falsas; o por otros medios, con el fin de combinar esa información con reportes de usuarios y otro tipo de feedback, y reducir la difusión de esas noticias en los algoritmos de redes sociales y buscadores. Según algunos de los medios implicados, fue precisamente ese compromiso de las empresas online como Facebook para reducir la circulación de noticias falsas en sus algoritmos de recomendación lo que les animó a participar en la iniciativa.

En los Estados Unidos, Facebook ha solicitado la colaboración de terceros como Snopes, PolitiFact o la herramienta de fact-checking de The Washington Post para, combinado con el feedback de los usuarios, tratar de limitar la difusión de ese tipo de noticias falsas y etiquetarlas como tales.

El problema de las noticias falsas en los entornos en red es, por un lado, la ausencia de referencias válidas para juzgar su credibilidad. Con el valor de las cabeceras periodísticas en plena crisis, muchos medios online han pasado a ocupar un lugar creciente en la dieta informativa de los ciudadanos, pero junto con medios que lo hacen muy bien y desarrollan un periodismo de nivel, surgen otros que se aprovechan de las escasas barreras de entrada del canal online para intoxicar, inventar o difundir noticias falsas vinculadas a agendas políticas concretas, con el agravante, además, de contar con incentivos generados por la propia difusión de esas noticias en redes sociales y buscadores. La exclusión de las páginas identificadas como de noticias falsas de los mecanismos de publicidad de Google y Facebook es un primer paso importante porque reduce el incentivo económico de generarlas, pero es tan solo un primer paso de muchos más que hay que dar. El estudio de los patrones d difusión de las noticias falsas, por ejemplo, es otra herramienta importante de cara a prevenir su circulación, y presumiblemente fue una de las razones principales que llevó a Facebook a adquirir CrowdTangle, una herramienta de analítica social, el pasado noviembre.

Por otro lado, las redes sociales juegan un papel de “cámara de eco” en las que los ciudadanos, llevados por los mecanismos sociales que les llevan a reunirse preferentemente con otras personas que piensan como ellos, sienten que todo su entorno refuerza sus creencias y las priva de los habituales frenos sociales, generando una radicalización que tiende a favorecer a opciones que, sin esos mecanismos, serían meramente marginales. El problema, lógicamente, es cómo frenar las noticias falsas sin convertirse en una especie de “árbitro de la verdad” que decide lo que es cierto y lo que es falso, una cuestión que ya le costó a Facebook múltiples críticas en ese sentido y una reunión de urgencia con políticos conservadores cuando algunos de sus editores afirmaron aplicar criterios con sesgo político a la hora de decidir qué noticias se convertían en trending y cuales no. Según muchos, fue precisamente el miedo a que se relacionase a Facebook con una red hostil a las ideas conservadoras lo que hizo que la compañía no hiciese suficiente a la hora de detener la difusión de noticias falsas en las pasadas elecciones norteamericanas.

¿Son realmente las redes sociales total o parcialmente responsables del resultado de las últimas elecciones norteamericanas? ¿Son los lectores que solo leen lo que quieren leer, lo que les hace sentir bien o lo que coincide con su visión del mundo? ¿Un efecto combinado de ambas cosas? Mientras algunas noticias son claramente falsas desde un punto de vista puramente factual, en muchos otros casos, los matices no son tan sencillos, además de mezclarse con recursos como la sátira o el humor que no deben ser, en principio, objeto de censura, pero que dificultan la tarea de identificación. Si los mecanismos basados en la actuación de editores humanos tienen el problema de la arbitrariedad, y los desarrollados a partir de algoritmos de inteligencia artificial son complejos y con posibilidades de fallar, la alternativa parece ser combinar varios mecanismos a modo de indicadores y optar por metodologías mixtas en las que se añadan al feedback y al etiquetado por los usuarios, y a los patrones de difusión que pongan bajo sospecha todo aquello que experimente una difusión especialmente rápida. Para nada un problema trivial. Y todo indica que las próximas elecciones francesas se disponen a ser, en muchos sentidos, un escenario para muchas pruebas relacionadas con este tema.

 

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Noticias falsas: aún queda mucho por hacer

IMAGE: cbies - 123RFLa lucha contra las noticias falsas, considerada ya una cuestión estratégica y fundamental por compañías como Google o Facebook, continúa con recientes anuncios como la eliminación de más de 200 publicaciones de su sistema de publicidad por parte del primero, o los cambios en el algoritmo de los trending topics por el segundo.

Mientras Google se afana en detectar publicaciones que habitualmente crean noticias falsas o bulos y cortarles las fuentes de financiación, un trabajo en el que ambas compañías llevan inmersos ya desde el pasado noviembre, Facebook, en pleno ojo del huracán por su supuesto papel decisivo en las últimas elecciones presidenciales, trata además de redefinir sus trending topics añadiéndoles la fuente, mejorando el sistema de determinación de tendencias, y homogeneizándolos por regiones en lugar de personalizarlos como hacía hasta el momento. Las medidas forman parte de una batería de ideas que la compañía evalúa tras facilitar el acceso de expertos a sus datos para que desarrollen sistemas de control – algunos ya objeto de patente – y recibir ideas de estudiantes en los hackathones organizados en universidades.

El problema es indudablemente grave: según un reciente estudio de Stanford, la gran mayoría de los estudiantes no saben discernir cuando una noticia es falsa o esponsorizada: la absurda idea de que eran “nativos digitales” y que tenían de alguna manera internet metido en su pool genético ha llevado a muchos padres y educadores a una dejación de responsabilidad en este tipo de cuestiones, convirtiéndolos en una generación que carece de referencias válidas y de sentido crítico. La tardanza de Facebook en hacer frente a este problema, debida fundamentalmente al miedo a que se relacionase con un sesgo en contra de ideologías conservadoras, llevó a que el ahora presidente Donald Trump pusiese en marcha una auténtica maquinaria de fabricación y dispersión de noticias falsas a varios de cuyos actores principales ha recompensado después con puestos en su gabinete, en una maniobra que según muchos observadores, pudo condicionar en gran medida el resultado de las elecciones y que, en caso de no tomar medidas, podría empeorar en el futuro tras el acceso a las urnas de una generación todavía más ingenua y confiada que las anteriores.

Los creadores de noticias falsas, por otro lado, también utilizan la tecnología para mejorar su producto: una aplicación basada en inteligencia artificial es capaz de recrear gestos y vocalizaciones sobre el vídeo de una persona, generando falsificaciones capaces de poner cualquier cosa en boca de cualquier personaje con resultados entre aterradoramente buenos o sencillamente mediocres, pero indudablemente capaces de llevar a engaño a muchos usuarios. Mientras compañías como Apple o Snapchat afirman no tener problemas con las noticias falsas debido a un control mucho mayor sobre las publicaciones que admiten en su red, ecosistemas más abiertos como Google o Facebook se ven obligados a trabajar con una amplia gama de señales que incluyen desde los patrones de popularización de las noticias hasta los reportes de los propios usuarios, en un esfuerzo por aislar ese tipo de noticias y castigar a sus autores mientras tratan de no poner en riesgo la pluralidad o de cerrar el paso a quienes cuestionen el pensamiento mayoritario.

El problema es indudablemente complejo. Si tras la primera campaña de Barack Obama vimos una proliferación de supuestos expertos en social media afirmando que podían ayudar a cualquier político a mejorar sus resultados, tras la campaña de Trump nos arriesgamos a ver aprendices de Steve Bannon, editor del panfleto ultraderechista Breitbart News, aspirando a puestos de asesoría estratégica en gabinetes de medio mundo. Nada que pueda o deba ser tomado a la ligera… y ahora, menos que nunca. Estamos indudablemente ante uno de los problemas más preocupantes y complejos de nuestros tiempos, y todavía queda mucho por hacer.

 

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Noticias falsas, redes sociales y censura

Facebook censoredEn las últimas semanas, fundamentalmente al hilo del resultado de las recientes elecciones norteamericanas, se ha escrito bastante sobre la cuestión de las noticias falsas, su divulgación masiva en redes como Facebook, y la necesidad de desarrollar sistemas de control. En mi caso, dediqué más o menos directamente al tema entradas como “Facebook en su momento de la verdad“, “El problema de la tecnología“, “Analizando la campaña de Trump y el efecto Facebook“, “El pensamiento crítico y su desarrollo” y “La peligrosa química de la web“, algunas de las cuales fueron recogidas o citadas en diversos medios.

Hoy, una columna de J. L. García Guerrero en La Información, titulada “¿Censura? ¿Quién decide si una noticia es falsa o no?“, me cita de una manera que me ha parecido que no deja completamente clara mi postura al respecto, y que de hecho, podría llevar a pensar que abogo porque las redes sociales lleven a cabo, de manera directa o indirecta, algún tipo de censura.

No es el caso. Siempre, de manera sistemática y categórica, he estado en contra de cualquier tipo de censura entendida como tal. Mis comentarios sobre la difusión de las noticias falsas y su posible influencia en las personas no pretendían abogar por una censura de contenidos en Facebook, sino por el desarrollo de sistemas de cualificación del contenido muy similares a los que motores de búsqueda como Google llevan años desarrollando. La censura de determinadas noticias o publicaciones por parte de Facebook haría entre poco y nada por la salud de la web: toda acción conlleva una reacción, y si las publicaciones dedicadas al sensacionalismo y a la creación sistemática de noticias falsas fuesen censuradas, es muy posible que su popularidad y difusión, en lugar de resentirse, pudiese incluso llegar a crecer a través de otros canales. Pocas cosas excitan más la conspiranoia y el deseo de acceder a información que el hecho de censurarla.

Lo que hay que intentar, como ya comenté en un artículo anterior, es intentar promover el desarrollo del pensamiento crítico, dotando a aquellos que pretendan analizar y cualificar la información que consumen de cuantas más herramientas, mejor. Conviene leer, en ese sentido, el fantástico artículo que Hossein Derakhshan, blogger iraní que paso seis años en la cárcel en Teherán, publica hoy en MIT Tech Review, titulado Social media is killing discourse because it’s too much like TV: la evolución de la web, vista por una persona que sufrió un aislamiento total de la misma durante seis años, ha sido la de pasar de ser un medio fundamentalmente descentralizado, basado en el texto y en el consumo consciente, analítico y con tendencia a suministrar abundantes enlaces en los que profundizar en lo leído, a convertirse en un medio centralizado en unos pocos canales, y con abundancia de imágenes o vídeos que no facilitan información adicional, que son consumidos mucho más como la televisión, sin posibilidad inmediata o sencilla de cualificación o verificación.

El fenómeno como tal no es parte de ningún tipo de conspiración, y puede que represente incluso una evolución natural debida a las características de las sociedades humanas, que tienden a la economía de los recursos y a centrarse en aquellas soluciones que ven más sencillas. El paso de la simplificación al simplismo es enormemente sencillo y resbaladizo, y eso es algo que hemos visto en muchos medios anteriormente: la existencia y relativa popularidad de publicaciones sensacionalistas y tabloides en todos los formatos es buena prueba de ello. Y por supuesto, no se trata de censurar y prohibir a la gente que lea The Sun, Bild o medios similares si desean hacerlo. Se trata, simplemente, de que sepan lo que leen.

En la web de hoy, Google es capaz de eliminar todos los años nada menos que mil millones de enlaces por peticiones de titulares de derechos de autor. La tecnología para llevar a cabo ese proceso existe, y es indudablemente eficiente, hasta el punto que diseñar un sistema que hiciese algo similar con las fake news sería, si bien no trivial, no completamente descabellado o imposible. Sin embargo, como el propio ejemplo evidencia, es bien sabido que el consumo de contenidos considerados irregulares no ha descendido por el hecho de que Google los haya hecho desaparecer de su índice, sino por la aparición de ofertas regulares – llámense Netflix, Spotify, Apple Music o como se quiera – de acceso sencillo, relativamente barato y atractivo, que han llevado al mercado a situarlas entre sus preferencias. Hoy, un usuario que pretende consumir contenido audiovisual descargado irregularmente puede hacerlo con prácticamente la misma sencillez que podía hacerlo en 2005, pero tiende a dejar de hacerlo, y no porque lo amenacen con la cárcel o con la ira de los dioses, sino simplemente porque dispone de formas más sencillas, atractivas y convincentes de obtener ese contenido.

Del mismo modo, deberíamos pensar en sistemas que no se dediquen a eliminar las noticias falsas en modo censura, pero sí que las etiqueten y las traten adecuadamente, con todos los matices que diferencian a quienes utilizan el humor en todas sus vertientes, a quienes recurren a la sátira o a quienes simplemente difaman o se inventan y divulgan hechos que no responden a la realidad. Si un medio o una persona se dedica a producir sistemáticamente noticias falsas, debería ver sus noticias etiquetadas como tal mediante sistemas que combinen lo social, el machine learning y la supervisión humana, debería no tener acceso a los mecanismos publicitarios que funcionan como incentivo de la actividad (del mismo modo que impedimos el acceso a la publicidad a otro tipo de contenidos considerados nocivos, como los productos milagro, la pornografía, etc.) y debería ser penalizada en los algoritmos de recomendación, para evitar el efecto “cámara de espejos” que refuerza su posible influencia. ¿Es eso censura? Obviamente, no es un sistema ecuánime que trata a todas las noticias por igual, pero… ¿debemos realmente tratar a todas las noticias por igual?

 

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La peligrosa química de la web

IMAGE: Alexander Parenkin - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Mezclas peligrosas“, y hace referencia a la compleja química de la web, en la que una serie de componentes que estaban destinados a ser individualmente beneficiosos terminan generando una reacción explosiva.

¿Cuáles son los componentes que han convertido a la web en un peligroso lugar que favorece la circulación de noticias falsas, bulos virales y desinformación? En primer lugar, claramente, la caída de las barreras de entrada a la publicación. Un fenómeno que conozco como pocos, que posibilita que pueda estar aquí cada día compartiendo un texto con vosotros, cuando antes tenía que enviarlo a un medio de comunicación, confiar en que pasase un cierto filtro más o menos riguroso, esperar la confirmación de que “hubiese papel” (siempre me hizo gracia eso de “esta semana no salimos porque no hay papel”, referido al balance entre contenido y publicidad… cuando eso pasaba, me daban ganas de enviar a la redacción un poco de papel… higiénico 🙂 y finalmente, verlo salir impreso unos días después. Frente a aquello, la actual situación de “ser mi propio editor” y darle a “Publicar” cuando me da la real gana me parece indudablemente mejor. Que las barreras de entrada a la edición y publicación caigan parece en principio una buena noticia, da voz a más personas, y democratiza la sociedad… hasta que llega un espabilado y decide que, como publicar es fácil, está en su supuesto derecho de publicar cualquier cosa.

El segundo componente es el sistema de incentivos que genera la publicidad. La publicidad en internet parece, sin duda, una buena idea: el medio permite segmentaciones más precisas, permite teóricamente dar a cada uno los mensajes que más le interesan o que más probabilidades tiene de estar buscando, ofrece un feedback más rápido y permite que muchos encuentren una forma de financiar sus publicaciones. Y todos felices… si fuese simplemente así. Sin embargo, la copia de modelos de otros canales lleva al abuso, al exceso de formatos intrusivos, y sobre todo, a primar cantidad frente a calidad, lo que lleva a poner la métrica de las páginas vistas por encima de todo, incluido el sentido común. Hay medios – no pocos – que recargan automáticamente sus páginas cada pocos minutos para añadir una página vista, como los hay que harían cualquier cosa por un clic, hasta prostituir completamente sus titulares en esa aberración denominada clickbait. Cuantas más páginas vistas tienes, mejor eres y más dinero ganas.

En tercer lugar, unas redes sociales que nos permiten conectarnos con nuestros amigos y con las personas con las que compartimos ideas y aficiones. Aparentemente, un gran invento. Hasta que comprobamos que aparecen personas para las que esas redes sociales se convierten en el prisma por el que miran el mundo, que las interpretan como ese sitio en el que son tanto mejores cuantos más “me gusta” reciben y más followers tienen, en una especie de persecución de la “micro-fama” que lleva a cometer excesos, a compartir cosas que, muy posiblemente, no deberían ser compartidas.

Finalmente, el desarrollo de algoritmos de recomendación que escogen por nosotros lo que queremos ver, utilizando componentes como lo que hemos visto anteriormente, lo que han visto nuestros amigos, o lo que nos ha generado una reacción. Aparentemente, algo positivo que trabaja por nosotros y nos permite escoger lo que queremos leer, en medio de un océano inabarcable de información. Pero de nuevo, si combinamos esto con el hecho de que tendemos a tener amigos que piensan relativamente parecido a nosotros, el resultado es la famosa filter bubble de Eli Pariser, una auténtica “cámara de los espejos” en la que nuestro pensamiento se ve amplificado, corroborado y multiplicado infinitas veces por el de otros, y nos lleva a sentirnos validados, a creer que todo el mundo piensa como nosotros, a pensar que el resto no lo dice por aquello de “la corrección política”, y a que un racista, machista, ultra e impresentable tenga ganas de echarse a la calle a vapulear a la primera inmigrante con la que se cruce. O a echarse a la urna y votar por el primer candidato que cree que representa unas ideas que ni siquiera deberían estar permitidas en sociedad, porque van en contra no solo de la Constitución, sino del sentido común.

Es la “tabloidización” de la web, o según algunos, la web como reflejo de la sociedad. Y por supuesto, la solución no está en considerar culpable a la web ni en pretender absurdamente “abolirla”, sino en regular la mezcla de esos componentes, facilitar que se usen, pero evitar que se abusen. Algo para nada sencillo, un camino indudablemente tortuoso que muchos podrán pretender utilizar para convertirse en censores, donde pagarán justos por pecadores, en donde se confundirán factorías coordinadas de  fake news con sátiras o parodias perfectamente aceptables, donde habrá que tener muy en cuenta matices de todo tipo. Pero que sea complejo no quiere decir que no haya que hacerlo o que se pueda nadie escaquear de su responsabilidad. Si construyes un canal que convierte aparentemente en verdad todo aquello que tiene muchos Likes, es obvio que vas, más tarde o más temprano, a necesitar algún tipo de instrumento de control. Crearlo no será fácil, pero si no lo haces, el resultado, muy posiblemente, no te gustará, y tu contribución a la sociedad no habrá sido precisamente positiva. 

 

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El pensamiento crítico y su desarrollo

IMAGE: Tang90246 - 123RF

Al hilo de toda la polémica sobre el peso que la difusión de las fake news o noticias falsas han tenido sobre el resultado de las últimas elecciones norteamericanas, el Wall Street Journal apunta a uno de los principales problemas de la educación actual: un estudio de la Universidad de Stanford que viene a demostrar sobre una amplia base estadística que la mayoría de los jóvenes no son capaces de diferenciar noticias claramente falsas de otras verdaderas, y ni siquiera son capaces de discernir cuando un artículo corresponde a contenido esponsorizado, ni siquiera cuando está etiquetado como tal.

Una de las grandes propiedades de la red es, indudablemente, facilitar el acceso a la información. Precisamente por ello, el pensamiento y el juicio crítico adquieren una importancia cada vez mayor, y se constituyen como una parte fundamental de la competencia digital de las personas en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, esta necesidad de desarrollo del pensamiento crítico se encuentra, de manera notoria, ausente en nuestros esquemas y modelos educativos. Entender lo que la red nos devuelve, ser capaz de adscribir credibilidad en función de la fuente o de las características de la información, tener el escepticismo suficiente como para entender que “grandes conclusiones demandan grandes pruebas” o para tener capacidad de llevar a cabo una mínima comprobación o fact checking son habilidades que antes parecían pertenecer al ámbito de un periodismo en el que la sociedad, de manera justificada o no, depositaba su confianza, pero que cada día más resultan fundamentales en la formación de la persona y en la adquisición de cultura.

Los resultados del estudio son descorazonadores, y lo son a todos los niveles: cualquier esperanza de que los más jóvenes fuesen mínimamente más avispados a la hora de no quedarse sistemáticamente con el primer resultado de una búsqueda o no compartir algo sin tener ciertas garantías de su veracidad es totalmente vana, y demuestra, como ya hemos comentado en numerosas ocasiones, que aquellos supuestos “nativos digitales” no existen en modo alguno. Si cabe, los jóvenes son incluso más confiados y más fáciles de engañar que sus padres, a los que supuestamente correspondía educarlos en la importancia del pensamiento crítico. El colegio, por su parte, ha hecho dejación absoluta de responsabilidad en este tema, como podía esperarse de una institución que, salvo honrosas excepciones, ha preferido blindarse ante el avance tecnológico y prohibir a los niños que lleven su smartphone a clase, un dispositivo que representa una auténtica oportunidad por lo que tiene de ubicuo, pero que se excluye conscientemente “por si acaso los niños se distraen”. En plena era internet, seguimos educando a los niños con el erróneo concepto de que “la verdad es lo que dice el libro”, en lugar de aprovechar la oportunidad para desarrollar el escepticismo y el pensamiento crítico sobre la herramienta de acceso a la información más importante que hemos desarrollado en toda la historia de la humanidad.

Una sociedad que fabrica idiotas que se creen todo lo que leen en internet, que son incapaces de “sospechar” o de plantearse que un artículo es contenido esponsorizado y responde a unos intereses determinados, o que creen a pies juntillas titulares sensacionalistas que no resistirían una simple búsqueda y contraste. Pedir a las redes sociales que traten de desarrollar métricas algorítmicas para informar sobre la credibilidad de las noticias puede tener mucho sentido, pero en realidad, el verdadero problema está siendo la incapacidad de muchos para adaptarse a la enorme disponibilidad de información en la red y para gestionarla con un mínimo sentido crítico de la responsabilidad.

Cuando pienses en educación, piensa en la importancia de esa variable. Piensa en la necesidad de educar a tus hijos para el contexto en el que van a vivir, un contexto de hiperabundancia en la que el acceso a la información tiene necesariamente que responder a patrones de buen uso. Piensa cómo explicarles qué páginas son buenas y cuáles son malas, cómo diferenciar las fake news de las sátiras o parodias o simplemente del humor, cómo contrastar información, por qué es necesario hacerlo antes de compartir algo, cómo adquirir una disciplina de gestión de la información que evite que nos pasen como ciertas noticias completamente falsas, sensacionalistas o sesgadas. La red, con su hiperabundancia de información, podría ser una herramienta fundamental para el desarrollo del sentido crítico en la educación: basta con enseñar a los niños que la información no está en un libro de texto, sino ahí afuera, y corregirles en función del tipo de información a la que deciden recurrir, mediante ensayo y error, generando metodologías. El pensamiento crítico debe ser un elemento fundamental en la educación si no queremos terminar teniendo una sociedad de idiotas.

 

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Analizando la campaña de Trump y el “efecto Facebook”

IMAGE: Doddis - 123RF

Varios medios me llamaron para preguntarme sobre la campaña de Donald Trump y el llamado “efecto Facebook”, la manera en que la estrategia de publicar noticias falsas, incendiarias y sensacionalistas consiguió convertir la red social en una cámara de los espejos que no solo amplificó enormemente el mensaje de una manera completamente distinta a como lo hicieron los medios tradicionales, sino que además, generaron una “normalización” que permitió a personas que antes no habrían expresado sus opiniones debido al miedo a ser criticados o a la corrección política, lo hicieran sin reservas ante la apariencia de que todo su entorno en la red pensaba de la misma manera.

Puedes leer algunas de mis opiniones en este artículo de Javier Ricou en La Vanguardia, titulado “La tormenta perfecta de las mentiras” (pdf), o en este otro de Germán Aranda en Playground Magazine con el inverosímil título de “Trump violó a una yegua becaria“. Además, me cita también al hilo de otro tema Inés Gallastegui en los regionales de Vocento, en un artículo titulado “Doctor Facebook” (jpg).

Insisto en el mismo tema comentado en entradas anteriores: el problema de la campaña de Trump no es recurrir a Facebook, que no deja de ser una estrategia lógica dado el tratamiento que recibía en los medios tradicionales, sino hacerlo con una estrategia clara y marcada  de “envenenamiento” de la red: utilizar una dialéctica completamente anti-democrática (insultos, descalificaciones y barbaridades altisonantes) y la publicación de noticias completamente falsas y sensacionalistas para obtener un efecto burbuja que se desarrolla al margen de todo mecanismo de control. El análisis de la difusión de noticias completamente falsas, como esta que trataba de demostrar que las protestas contra Trump eran fruto de una organización que desplazaba a personas en flotas de autobuses (los autobuses eran de otro evento completamente al margen y sin relación alguna), y de cómo esas noticias calumniosas y sin fundamento alguno circularon por Facebook en los días anteriores a las elecciones demuestra que hubo una explotación consciente de las debilidades de Facebook – debilidades ampliamente conocidas por la compañía, pero gracias a las cuales consigue mejorar su cuenta de resultados – con el fin claro e inequívoco de distorsionar la campaña.

No, en la democracia no cabe ni debe caber todo. Nos hemos acostumbrado a que el insulto, la descalificación, el trazo grueso y la difamación se conviertan tristemente en armas habituales del debate político, y la campaña de Donald Trump es la hipérbole absoluta de todas esas técnicas, cuidadosamente ejecutadas. ¿Somos democráticos hasta que no nos gusta el resultado? No, somos democráticos hasta que alguien incumple claramente las reglas del juego democrático. A lo mejor, la respuesta a que los medios tradicionales o la prensa en internet estuviesen en contra de Trump no hay que buscarla en que forman todos sin excepción parte de un lobby encarnizado y empeñado en llevar a Hillary a la Casa Blanca, sino en que la candidatura de Trump era tan demencial, que prácticamente cualquiera mínimamente demócrata y con dos dedos de frente sabe que donde ese hombre tendría que estar no es en la Casa Blanca, sino en otro sitio mucho más sombrío. Nunca me gustó Hillary como candidata, mi candidato ideal de haber votado en los Estados Unidos habría sido Bernie Sanders, del que Hillary aparentemente se libró con jugadas subterráneas poco edificantes, pero la llegada al poder de Donald Trump puede ser lo peor que le ha ocurrido no a los Estados Unidos, sino al mundo, desde hace mucho, muchísimo tiempo.

 

 

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El problema de la tecnología

Caïn (by Henri Vidal, Jardin des Tuileries, Paris) La tecnología define contextos. El contexto en que vivimos está, desde todos los puntos de vista, afectado y condicionado de una manera fundamental por la tecnología que nos rodea, y así ha sido desde los orígenes: el desarrollo de la tecnología que permitió dominar el fuego modificó el contexto en que vivían los hombres de su tiempo y afectó poderosamente a su civilización.

El hecho de ser capaces de gestionar algo que hasta ese momento se consideraba simplemente un fenómeno natural, que surgía espontáneamente y sin control alguno – supuestamente por algún tipo de “intervención divina” utilizada para explicar lo inexplicable –  posibilitó infinidad de usos importantísimos y beneficiosos, como la capacidad de calentarse o de cocinar los alimentos, que afectaron de manera radical y enormemente positiva a las condiciones de vida. Pero obviamente, surgieron rápidamente quienes vieron la posibilidad de utilizar la tecnología como un instrumento para el mal, para aprovecharse de ella, para obtener beneficios personales o para imponerse a otros. A lo largo de la Historia, ambos usos convivieron, aunque algunos fueron, progresivamente, objeto de control: en las sociedades modernas, utilizar el fuego para determinados usos no está permitido, y la ley castiga esos usos entendiendo que aquellos que recurren a ellos no pueden vivir libremente en sociedad. Los incendiarios, los que usan el fuego como arma o los que destruyen propiedades con él son detenidos y pagan sus penas recluidos en la cárcel o, si su trastorno es mental, en las instituciones adecuadas.

Para llegar a ese consenso social, han tenido que pasar muchos años desde que la tecnología fue desarrollada. Largos años en los que la sociedad fue interiorizando el uso de esa tecnología, alcanzando a comprender sus posibilidades, en los que esa tecnología fue probándose valiosa para dar origen a nuevos usos, a nuevos negocios, y también, por supuesto, acabando con algunos otros. De ser algo restringido prácticamente al control del brujo de la tribu, el fuego se simplificó hasta el punto de obtenerse simplemente deslizando un dedo sobre la ruedecilla de un mechero, y a lo largo de ese continuo, también fue normativizándose cada vez más, poniéndose bajo control a medida que la sociedad consensuaba sus usos y los ponía bajo el prisma de la convivencia.

Ese mismo camino, de una manera o de otra, es recorrido por todas las tecnologías. Con mayor o menor velocidad, en función de la importancia de la tecnología, de lo radical de sus efectos, del grado de consenso que genere su aceptación. La tecnología que en su momento se inventó para que los participantes en un entorno determinado compartiesen su comunicación y sus relaciones, aquellas redes sociales que se iniciaron con apariencia superficial en campuses universitarios o que se dedicaban simplemente a compartir información personal, hoy son enormes plataformas que acomodan toda la comunicación humana, en donde miles de millones de personas se relacionan y informan, y todo ello cuando hace tan solo unos pocos años las veían como algo completamente prescindible, cuyo uso debía prohibirse en entornos profesionales, o como un entorno sencillamente frívolo. La tecnología ha avanzado hasta extremos increíbles, pero la interiorización de su uso y sus posibilidades a nivel de consenso social aún dista mucho de haber alcanzado la madurez. De hecho, hoy conviven en la misma sociedad personas que ni se acercan a una red social y la consideran algo completamente prescindible, con otras que las ven casi como la razón de muchos de sus comportamientos, junto con un amplio continuo que ven a unos o a otros como trogloditas o como completa e irremisiblemente alienados.

Las redes sociales poseen muchos aspectos positivos. Su capacidad de democratizar las herramientas de publicación ha cambiado la sociedad en la que vivimos en un tiempo récord, ha permitido que determinados países acabasen con regímenes tiránicos que tenían a los medios de comunicación bajo control – no entro en la evolución posterior de esos eventos – y ha posibilitado que los mapas mediáticos que conocimos durante décadas se hayan redefinido dramáticamente. Pero a medida que ese tipo de usos se han desarrollado, también han aparecido otros usos. A medida que las cabeceras convencionales dejaban de servir como garantía, algunos aprovecharon la difusión que las plataformas sociales podían ofrecerles para difundir noticias falsas, para fines que van desde lo económico hasta lo político, o combinaciones lineales de ambos.

Mark Zuckerberg's death (Ned Newhouse, ‏@Ned_Newhouse, on Twitter)Si interrumpimos la redacción de esta entrada para lamentarnos por la prematura muerte, a los treinta y dos años, del creador de Facebook, Mark Zuckerberg, debido a complicaciones cardiovasculares, seguramente todos sabremos ya a qué nos referimos. Después de todo, devorar kilos y kilos de carne de delfines aún vivos no podía ser una práctica saludable. El hecho de que la propia entrada en la que Mark Zuckerberg anuncia el pronto desarrollo de medidas para luchar contra la desinformación y la circulación de noticias falsas en Facebook apareciese, para muchos usuarios, flanqueada por una noticia falsa que anunciaba la supuesta muerte de Hugh Hefner para tratar de vender productos para la disfunción eréctil proporciona una clara medida de cómo de serio se ha vuelto el problema.

El estudio de BuzzFeed que demuestra que la circulación de noticias falsas en Facebook contra la campaña de Hillary Clinton supero por mucho a la circulación de noticias genuinas no resulta sorprendente: hemos visto cosas similares en elecciones en otros países anteriormente, y si no se hace nada por evitarlo, las seguiremos viendo, con cada vez más profusión. La pérdida de las referencias de fiabilidad – en parte por la inadaptación de los medios convencionales y en parte por su propia caída en desgracia y su venta a intereses de todo tipo – se ha visto acompañada de la aparición de un nuevo medio, las redes sociales, con un supuesto espíritu de “plataforma neutral”, con un ambiguo sistema de valores, amorfo y vagamente definido, que no ofrece garantía alguna y que, en ausencia de otros controles, alimenta a cada uno con aquello que quiere creer, con la creencia que quiere reforzar, con la cámara de resonancia social que necesitaba para justificar sus ideas – por absurdas o salvajes que puedan ser.

Luchar contra la difusión de noticias falsas como si no lo fueran – no contra la sátira, el humor del color que sea o contra la libertad de expresión – empieza, en primer lugar, por entender que es algo necesario. Mientras un porcentaje significativo de la población vea Facebook como una plataforma en la que debe vale todo y en la que eliminar cualquier cosa sea sinónimo de censura, será muy difícil hacer nada que obtenga un cierto consenso social. Además, será preciso combinar medios y sistemas que van desde lo social – peer-review, reporting, métricas sociales de prestigio, etc. – hasta lo tecnológico – machine learning para el reconocimiento de patrones de difusión viral, comprobación contra bases de datos, procesamiento de lenguaje natural, etc. – y que tendrá necesariamente, al menos por el momento, que llegar a la supervisión final de las personas.

No va a ser fácil, y sabemos perfectamente que los que explotan ese tipo de debilidades de la tecnología tienen incentivos sobrados para intentar moverse más rápido que las medidas adoptadas. Pero es preciso hacer algo, porque nos enfrentamos a eso, a un mal uso de la tecnología diseñado para atentar contra la sociedad, para corromper la democracia o para manipular con fines que rara vez podrán ser considerados lícitos. Si las redes sociales se convierten en el nuevo canal de distribución de noticias, habrá que conseguir dotarlas de mecanismos de control similares – o preferentemente, incluso mejores, que para eso le llamamos “avance tecnológico” – a los que teníamos con los canales anteriores. Y ojo: la prensa nunca fue capaz de evitar la creación y difusión de noticias falsas, pero sí las confinó a ámbitos, como los tabloides sensacionalistas, en los que su naturaleza aparecía razonablemente clara. Seguramente, la solución vaya por ahí, por etiquetar las noticias con indicaciones claras que indican su nivel de credibilidad, en castigar a las publicaciones reincidentes con clasificaciones bajas que impidan una difusión masiva, o con crear sistemas de karma que dejen claro la naturaleza de lo que nos encontramos en nuestros muros. En este momento, no lo olvidemos, las noticias falsas no solo no son castigadas, sino que son de hecho premiadas con más seguidores, más likes y más viralidad. Cambiar eso depende no solo de las redes sociales y de sus gestores: depende de todos. Pero al final, las redes tendrán que seguir dando basura al que realmente quiera consumir basura, pero al menos tendrán cierta obligación de indicarle la naturaleza de aquello que consume.

El anuncio filo-nazi aparecido en Twitter o las noticias falsas en Facebook son simplemente un síntoma de algo más amplio: la aparición de personas dispuestas a aprovechar las debilidades de canales prácticamente recién creados, y cuyos sistemas de defensa ante determinadas actuaciones no estaban desarrollados aún. Es el momento de empezar a desarrollarlos.

 

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La evolución de Facebook

Napalm girl censorshipLos hechos tuvieron lugar, en rapidísima sucesión, entre el miércoles 7 y el viernes 9 de septiembre: el escritor noruego Tom Egeland publica, en el curso de una discusión en Facebook sobre fotografías que habían cambiado la historia de la guerra, la icónica imagen de Kim Phuc, la niña del napalm, tomada en 1972 en plena guerra del Vietnam por el fotógrafo Nick Ut y premiada con el premio Pulitzer. La fotografía era una entre siete, y pocos negarían su relevancia en el contexto señalado.

Relevante o no, Facebook decide eliminar la imagen alegando que infringe sus políticas: “any photographs of people displaying fully nude genitalia or buttocks, or fully nude female breast, will be removed”. Cuando el autor noruego protesta la decisión publicando de nuevo la imagen y acusando a Mark Zuckerberg de abuso de poder y de atacar la democracia, ve cómo su cuenta es suspendida. El diario noruego Aftenposten, el mayor del país, entra en la discusión apoyando a Egeland, publica igualmente la fotografía junto con una carta de protesta del escritor, e igualmente ve su publicación eliminada de Facebook. Y a la primera ministra noruega, Erna Solberg, que publica igualmente la imagen. El diario noruego decide llevar el asunto a su portada y publica un editorial en el que su editor, Espen Egil Hansen, escribe:

“Even though I am editor-in-chief of Norway’s largest newspaper, I have to realize that you are restricting my room for exercising my editorial responsibility. I think you are abusing your power, and I find it hard to believe that you have thought it through thoroughly.”

(“A pesar de ser editor en jefe del periódico más grande de Noruega, está usted restringiendo mi espacio para el ejercicio de mi responsabilidad editorial. Creo que está usted abusando de su poder, y me resulta difícil creer que haya meditado su decisión en profundidad.”)

Finalmente, Facebook decide dar marcha atrás, y restaura la fotografía y la cuenta de Egeland afirmando que están “ajustando sus políticas de revisión”, no sin haber visto una fortísima escalada de críticas y cómo la fotografía era publicada y comentada por infinidad de cuentas en todo el mundo.

El asunto, recurrente ya para la compañía, muestra en qué se ha convertido Facebook: sencillamente, en el mayor editor de noticias del mundo, en el sitio en el que se informa una mayor cantidad de personas, y en el que puede generar más polémica en casos así. Lo que originalmente era una simple red social en la que mantenerte informado de lo que habían hecho o dicho tus amigos o tu familia, ahora es el mayor medio de comunicación del mundo. La métrica de impacto de cualquier noticia ya no es que la publique tal o cual periódico o revista, sino que circule abundantemente en Facebook. Se ponga como se ponga, Mark Zuckerberg es ahora el director del mayor medio de comunicación del mundo: no una “simple plataforma”, ni una “red social”. Para cualquier medio, desde esta modesta página que tienes delante hasta los mayores periódicos del mundo, Facebook se está convirtiendo en la mayor fuente de tráfico, en el ser o no ser – y si no lo es, es seguramente porque estén haciendo algo mal.

En el haber de Facebook, su capacidad para tomar este tipo de decisiones de manera rápida y ágil: si una compañía con una estructura directiva muy plana y que tiene la posibilidad de monitorizar lo que hacen, dicen y piensan en tiempo real 1,700 millones de personas en todo el mundo no fuese capaz de ver una bola de nieve bajando por una ladera y haciéndose cada vez más grande y poderosa, tendría realmente un serio problema. Pero en su debe, la aparente incapacidad para darse cuenta de su evolución, en lo que se ha convertido, y lo que ello requiere. El número de veces en que Facebook se ha visto implicada en cuestiones de este tipo a lo largo del último año ha ido creciendo progresivamente, sea por asuntos relacionados con la política, con la elección de sus trending topics o con su nivel de automatización, y dadas las circunstancias, el problema no puede hacer más que seguir creciendo. Tres o cuatro normas con supuestas pretensiones de aplicabilidad universal no van a servir a Facebook para nada. Un algoritmo, por el momento, tampoco. Hablamos de decisiones enormemente delicadas, complejas, con muchísimos matices y elementos implicados, y en un entorno completamente multicultural. O la compañía comienza a ser consciente de lo que es y se dota de estructuras similares a las que tienen los medios de comunicación serios – algún tipo de consejo editorial o de organismo rápidamente operativo que cuente con un respeto global y generalizado en la comunidad para tomar este tipo de decisiones – o podrá encontrarse con serios daños en su imagen y reputación, o con acusaciones constantes de parcialidad.

Un problema sin duda complejo: administrar no lo que creías o pretendías ser, sino aquello en lo que te has convertido. Te guste o no.

 

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