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La red, los modelos freemium y los planteamientos imposibles

IMAGE: lculig - 123RFMi columna de El Español de esta semana se titula “Entender la red“, y vuelve al tema que toqué hace un par de días, el acuerdo al que una compañía discográfica ha obligado a someterse a Spotify, en virtud del cual los más de cincuenta millones de usuarios de la compañía que no pagan una suscripción y que escuchan (o mejor, soportan) publicidad (que no quieren escuchar) intercalada con la música (que sí quieren escuchar) y que reportan a la compañía unos ingresos de alrededor de $220 millones de dólares dejarán de tener acceso a las novedades del catálogo de sus artistas preferidos hasta que hayan pasado dos semanas de su salida. 

Pongamos las cosas en su sitio: la música vale dinero, y las empresas deben tratar de ser rentables. De acuerdo. Que cincuenta millones de usuarios pretendan escuchar música, es decir, obtener un producto que vale dinero, sin pagar nada por ello, es algo que en principio, suena difícil de sostener. ¿Cuál es la razón, entonces, que sustenta el hecho de que una empresa nativa de internet, fundada en 2006 por dos personas jóvenes que claramente entendían cómo funcionaba la red, trate de acomodar a esos usuarios no dispuestos a pagar en un tramo gratuito financiado con publicidad? Obviamente, la idea no era simplemente “tenerlos contentos” ni “ser generosos”, sino tratar de que un cierto porcentaje de esos usuarios terminase por valorar el servicio lo suficiente como para tomar la decisión de comenzar a pagar por él. He visto ese proceso en numerosas ocasiones: en amigos, en familiares, en conocidos… y sí, existe, no es mitología. Sucede de verdad.

Para obtener algo así, que se llama tasa de conversión y que viene a ser el verdadero sancta sanctorum de muchísimos negocios en la red, el balance es sumamente delicado. Comienza por ofrecer a esos usuarios una oferta de contenido que verdaderamente valga la pena, a cambio de algo que si bien puede resultar relativamente molesto o incómodo (en este caso, los anuncios publicitarios), no suponga para esos usuarios un desprecio o algún tipo de agravio. Según lo que Spotify lleva tiempo investigando activamente (no, esto no es un negocio de “pongo una base de datos con mucha música y espero”… aquí hay una importantísima cantidad de investigación, de estudio y comprensión de patrones y modelos de uso, de propensión al pago, etc.), un usuario puede aceptar escuchar una cierta cantidad de anuncios intercalados con su música, puede entender que esos anuncios provienen del hecho de que no paga una suscripción, y puede valorar ese servicio que le permite acceder cómodamente a la música a pesar de que le someta a un cierto… “martirio”. Si el martirio se vuelve excesivo (es decir, si el número de anuncios crece demasiado), el usuario se irá con la música a otra parte, nunca mejor dicho. Pero si en un momento dado, llevado por sus circunstancias personales, por el hartazgo de la publicidad, por una oferta o por una combinación de los astros, decide probar el modelo de pago… entonces se produce la magia.

Hasta el momento, Spotify ha sido extraordinariamente buena a la hora de generar esa magia. Nada menos que cincuenta millones de personas en todo el mundo han decidido pagar por su servicio sobre un total de cien millones de usuarios totales, lo que la lleva a plantearse que podría llegar a tener resultados positivos por primera vez en este año 2017, once años después de su fundación. Ese tipo de ciclos largos, en los que se pasa mucho tiempo creciendo en facturación pero incurriendo en pérdidas, en los que el negocio se sustenta en un porcentaje relativamente pequeño de usuarios de pago, son habituales en quienes entienden la red: se puede ser rentable, pero hay que aceptar unas ciertas reglas y estructuras de coste que en la red son marcadamente diferentes. Hay que entender la red.

Si los usuarios de Spotify empiezan a ver que la compañía les da muestras de que no son bienvenidos, les hurta determinadas canciones que querían escuchar – de hecho, siendo novedades, no solo querrán escucharlas, sino que muy posiblemente sean el objeto por el cual entraron en Spotify ese día – y de alguna manera, les estropea la experiencia de uso, lo que harán esos usuarios será irse. Empezarán a escuchar música en otros sitios, o la obtendrán a través de descargas irregulares, que por mucho que algunos piensen que pueden erradicarse, está más que demostrado que es completamente imposible. La propensión de esos usuarios “fastidiados” a convertirse a usuarios de pago no crecerá como resultado del “fastidio adicional”, sino que decrecerá, de manera inversamente proporcional al crecimiento del odio hacia la compañía que consideran que les maltrata. Una cosa es ponerte anuncios fastidiosos, algo que ya en cierto sentido forma parte del contrato psicológico con el servicio… pero otra es tratarte como un apestado al que se niega el acceso a las novedades, una parte importante de la propuesta de valor de un sitio de música.

Si Spotify, que entiende la red pero tiene incrustado en su accionariado a una serie de dinosaurios del pasado que no la entienden ni de lejos, tiene problemas con su modelo freemium, ¿qué no tendrán otras compañías que, simplemente, no entienden la red desde el principio? ¿Por qué tantos periódicos, por ejemplo, tienen tantos problemas para convertirse en rentables? Sencillamente, porque tratan a los usuarios como basura. Y resulta enormemente difícil que un usuario al que tratas como basura termine por decidirse a darte un dinero determinado a cambio de nada. Si te dedicas a literalmente martirizar a tus usuarios con formatos de publicidad que no administrarías ni a tu peor enemigo, con trampas demenciales en las que escondes el botón de cerrar, con sonido preactivado, con vídeos que se lanzan solos, con desplegables que te hacen sentir como pisando un campo de minas o con anuncios que tapan las noticias, lo siguiente que puedes esperar es que aquellos usuarios que sepan hacerlo y tengan dos dedos de frente se instalen un bloqueador de publicidad. Simple y llanamente, es una respuesta a una agresión. Si una vez que se lo han instalado, les niegas la entrada, estás añadiendo el insulto al agravio, los estás fastidiando aún más, y es mas que probable que te enseñen un dedo, y no precisamente el dedo de hacer clic en ningún botón, sino otro diferente. Y si aún te extrañas de eso… es que no solo no has entendido nada, sino que además, eres tonto. Así de sencillo. Y aunque no os lo creáis, os aseguro que de esos, hay unos cuantos, y los he visto con estos ojitos a poca distancia en alguna sala de conferencias.

Los modelos freemium son enormemente interesantes. Yo llevo mucho tiempo estudiándolos y analizándolos, y desde hace algo más de un año, soy además miembro del consejo de administración de una compañía que trata de ponerlo en práctica, por el momento con gran éxito. Pero lo fundamental para esos modelos es entender que para triunfar en la red hay que ENTENDER LA RED. Así, con mayúsculas. Si crees que en la red puedes, por ejemplo, obligar a que quien enlaza a tus contenidos – y por tanto te aporta tráfico – te pague por ello, es que no has entendido nada. El enlace es una pieza clave en la red, y atacar la naturaleza del enlace supone ir en contra de la red. Incluso en el caso de que pudieras, recurriendo a políticos ignorantes o corruptos, conseguir que la ley estuviese de tu parte, algo así nunca funcionaría. Si crees que puedes presentar a los usuarios un producto basura, lleno de molestias e incomodidades, y que aún así te apoyen y te soporten estoicamente porque eres “un bastión de la democracia”, deja de beber. Para que una idea funcione en la red, considerando la cantidad de opciones que un usuario tiene al alcance de un clic, tienes que cuidar a tus usuarios, mimarlos, hacerles sentir que forman parte del servicio, ofrecerles una parte razonable de prestaciones cuando no pagan, y darles oportunidades para convertirse al pago cuando lo estimen oportuno o adecuado. Si en lugar de hacer eso te refugias en esa estupidez del “lo quieren todo gratis”, nunca triunfarás.

¿Todo gratis? Yo ya ni sé por cuántas cosas pago en la red, pero son muchas. Mi filosofía es que si algo me ofrece un servicio que de verdad valoro y aprecio, prefiero pagar por él, porque con eso contribuyo a hacerlo sostenible. ¿Es esa la filosofía de todos los usuarios? No, por supuesto que no. Esa filosofía hay que desarrollarla con el tiempo y con la experiencia, a base de consistencia, de buen trato y de propuestas razonables. Para quienes entienden la red, es cuestión de tiempo y de planes de negocio pacientes. Para quienes no la entienden, supongo que será algún tipo de cruzada contra unos usuarios malvados que les odian, que lo quieren “todo gratis” y contra los que luchan encarnizadamente. No, mira, lo siento: con ese tipo de filosofías no se va a ningún sitio. Ni en la red, ni en la vida.

 

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Política, noticias y redes sociales

How the new digital grassroots is reshaping politics - The EconomistJames Badcock me cita hablando sobre la interacción entre redes sociales, noticias y política en su artículo en The Economist titulado How the new digital grassroots is reshaping politics, en el que se plantea las posibles formas de lidiar con las noticias falsas en un escenario en el que un porcentaje cada vez mayor de ciudadanos se informa en las redes sociales, lee noticias, las comparte y, en cierta medida, cambia de opinión sobre diversos temas en función de lo que lee.

En palabras de Tim Cook, CEO de Apple, fake news is killing people’s minds, y son precisas respuestas que vayan desde la tecnología y la ley, hasta campañas educacionales masivas que puedan concienciar a los ciudadanos de todos los segmentos sociodemográficos sobre la importancia del problema de las fake news.

Facebook, la misma compañía que se preciaba de haber influenciado la primavera árabe, no puede ya seguir negando su responsabilidad. Un número creciente de norteamericanos la consideran el medio de comunicación en el que se informan de cada vez más cosas a pesar de los esfuerzos de la compañía por negarlo, y ven cómo esos nuevos hábitos de adquisición de información, que podrían servir para dar acceso a noticias más plurales y variadas, para enriquecer puntos de vista y ayudar al desarrollo del pensamiento crítico, se convierten en realidad en campañas planificadas de intoxicación colectiva apoyadas en las características del medio.

No, la respuesta no es simplemente esperar a que las compañías tecnológicas aparezcan con una varita mágica que elimine el problema, porque para solucionar ese problema van a hacer falta muchas cosas más. No es tan sencillo como decir “prohibimos las noticias falsas y echamos a los que las publican”, porque el problema tiene demasiados matices importantes que no pueden ser simplemente ignorados o minusvalorados. Va a ser necesario que desarrollemos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en fact checkers a tiempo parcial, al tiempo que nos preparamos para una era en la que el activismo será más necesario que nunca.

 

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Las noticias falsas como reto tecnológico

Pope endorses Trump (FAKE)Mi columna en El Español de esta semana se titula “Noticias y redes sociales“, y vuelve a incidir sobre el tema de las noticias falsas diseminadas a través de redes sociales, tratando de plasmarlo como un reto que la tecnología tiene que solucionar, fundamentalmente tratando de reconstruir los mismos sistemas que existen en el mundo tradicional.

Las soluciones a problemas complejos no suelen ser sencillas. Pretender luchar contra las noticias falsas simplemente censurando su circulación choca con el hecho de que, a lo largo de muchas décadas de existencia de los medios de comunicación, las noticias falsas y sensacionalistas no han desaparecido, y confirman una industria que factura millones y tiene un público fiel. Sin embargo, en el mundo de la comunicación tradicional, a pesar de que existen decenas de medios sensacionalistas dedicados a inventarse conspiraciones, noticias falsas y rumores absurdos de todo tipo, la influencia de las noticias sensacionalistas no suele trasladarse a los medios considerados serios: las dos órbitas se encuentran razonablemente compartimentadas, lo que lleva a que quien consume basura, en general, sabe que lo está haciendo, y la información que aparece en ese circuito, por l general, no sale de él y limita así su influencia.

Ese es el sistema que, en la reinvención de las noticias a la luz de las redes sociales, falta por desarrollar: no se trata de intentar impedir la circulación de noticias falsas, porque tienen su público y ese público tiene derecho a consumirlas, pero sí de detectarlas, identificarlas y etiquetarlas como lo que son, de restringir su circulación por vías algorítmicas, y de evitar que tengan un incentivo económico directo excluyéndolas de los mecanismos de publicidad.

Prohibir que un tabloide sensacionalista como Daily Mail sea utilizado como fuente de referencia en Wikipedia es razonable dada la naturaleza de la publicación, una enciclopedia, y sin duda, no será el último medio que recibe tal “distinción”. Que Wikipedia, hace años denostada por algunos como una enciclopedia supuestamente no fiable, se haya consolidado como la mejor, más completa y más actualizada enciclopedia de todos los tiempos y pueda ahora convertirse en juez que toma decisiones y sanciona qué publicaciones pueden o no pueden utilizarse en sus referencias es un caso claro que demuestra que, sobre las bases de la red y los procesos sociales, pueden construirse mecanismos que superen claramente en generación de valor a los existentes en el mundo tradicional.

A la hora de reconstruir esos sistemas de referencia en las redes sociales, la tecnología va a resultar fundamental: pretender recurrir a editores humanos para etiquetar las noticias falsas y excluirlas no solo es imposible, sino que aporta potencialmente peligrosos elementos de relatividad. La idea parece tender hacia la combinación de sistemas que examinen los patrones de difusión de las noticias, con otros que incorporen el etiquetado de los usuarios, y con bases de datos que incorporen fuentes y noticias calificadas como no fiables. A partir de ahí, limitar la circulación de las noticias etiquetadas como falsas privándolas de acceso a algoritmos de recomendación automatizados, a sistemas de publicidad y a trending topics. Que leas una noticia falsa porque la hayan compartido contigo seguirá siendo perfectamente posible y formando parte de tu libertad individual, pero al menos debería ir convenientemente caracterizada como lo que es, como ocurre en el quiosco cuando vemos determinados medios.

El problema, de nuevo, no es sencillo. En el mundo tradicional, un medio alcanza la reputación de sensacionalista a lo largo de un tiempo de comportarse como tal. En la red, podemos crear un medio cada mañana, darle una apariencia convincente, y publicar lo que queramos inventarnos y convenga a nuestra agenda en tan solo unos pocos clics. En la red, el desarrollo de sistemas de fact-checking capaces de dar respuesta a este tipo de retos va a exigir la coordinación de abundantes recursos, y no va a ser sencillo, pero eso no quiere decir que no deba plantearse: para las redes sociales y buscadores, de hecho, se conforma como el próximo gran desafío. Ejercicios de colaboración como el que se está desarrollando en Francia sobre el que escribí hace unos días pueden aportar marcos interesantes y laboratorios sobre los que tratar de aislar y evaluar este tipo de cuestiones.

Sigue quedando mucho por hacer. Pero al menos, vamos centrando el problema.

 

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Facebook: ni contigo, ni sin ti…

Baby don't herd me Lo comentamos en su momento, hace alrededor de año y medio: Instant Articles era la forma que Facebook tenía de demostrar que sabía cómo competir en la web de hoy. Ahora, algunos medios empiezan a caer en la cuenta de que esa forma de competir implica obtener una posición de tal supremacía, que la convierta en completamente imprescindible.

Un artículo en Venture Beat titulado For publishers, Facebook is the devil incide precisamente en ese tipo de problemas. La red social, con su llegada a más de 1,800 millones de personas en todo el mundo, ha conseguido convertirse en el lugar imprescindible para llegar a una cantidad de usuarios cada vez más amplia, que han ido pasando casi sin darse cuenta de acudir a Facebook para cuestiones frívolas, como saber qué hacían sus amigos o ver fotografías de sus vacaciones, a pasar más tiempo leyendo las noticias y sometidos a los algoritmos de recomendación de contenidos que les permiten sentirse que se mantienen informados y al día, en la misma sintonía que el resto de las personas a las que siguen.

En ese proceso, y utilizando Instant Articles como arma de seducción masiva, Facebook disparó su propuesta: dame tus contenidos, déjame que los ponga en mis servidores para que se visualicen mucho más rápido y más bonitos en dispositivos móviles – más de mil millones de usuarios en todo el mundo acceden a Facebook únicamente desde su smartphone – y así podrás incrementar tu alcance, con la posibilidad incluso de integrar tus trackers para no perder control de tu audiencia, e incluso tu publicidad. Si como resultado de la jugada, más usuarios ven tu publicidad y facturas más dinero, enhorabuena: Facebook no pide ninguna comisión a cambio. De hecho, solo lo hace si le pides específicamente que sirva publicidad de su repositorio para rellenar tu inventario, en cuyo caso, lo hace con un porcentaje que se ha convertido en prácticamente estándar en la industria: 30% para Facebook, 70% para la publicación. En el colmo de la generosidad, podrás incluso integrar tu maquetación, tus logotipos, tu estilo y otros elementos de tu estética dentro de Instant Articles, para que no pierdas tu personalidad. La reducción del poder de la cabecera a su mínima expresión: en realidad, lo que el usuario sabe es que lee las noticias “en Facebook”, y lo demás tiende a pasar a un segundo plano.

Con ese suculento esquema, Facebook es, para los medios de comunicación, una oferta que no se puede rechazar. Si quieres más lectores, ven conmigo y acepta mis reglas. ¿Dónde está el problema? En que las reglas, para Facebook, son un esquema que no tiene por qué permanecer igual toda la vida. Del mismo modo que todos hemos ido viendo cómo el alcance orgánico de una publicación en el muro de una página iba reduciéndose hasta prácticamente hacer necesario que la página invirtiese en publicidad, ahora Facebook comienza a modificar sus algoritmos para modificar el mix entre noticias de los medios y publicaciones de amigos, lo que lleva a los medios a que las visitas que obtienen dependan enormemente de ese algoritmo.

La técnica ha sido utilizada por Facebook en ocasiones anteriores: primero, te dejo ver cómo podría funcionar el sistema si lo dejásemos libre, y te dejo comprobar cómo las visitas desde Facebook van incrementando su cuota en las estadísticas de tu página. Después, cuando ya te has acostumbrado a ese alcance, lo recorto mediante un cambio en mi algoritmo – en este caso, poniendo como excusa las quejas de los usuarios que supuestamente pedían más contenido de sus amigos y menos noticias – y paso al plan B: si quieres mantener el alcance que tenías antes del cambio de algoritmo, solo podrás hacerlo si inviertes en publicidad.

Como suelo comentar en mis clases, el negocio de Facebook es el pastoreo. Podemos imaginarnos a Mark Zuckerberg en lo alto de una colina, viendo lo que hace un rebaño de nada menos que 1,800 millones de ovejas, y tomando decisiones sobre qué quiere que hagan en cada momento, manejando algoritmos como los buenos pastores (supuestamente) manejan a sus perros. Lo que Facebook ha conseguido es dominar el tráfico en su red, llevarnos a leer unos u otros contenidos en función de su situación en nuestros muros generando una ilusión de libre albedrío, y después modificar eso flujos de tráfico a su antojo llevando a quienes generan esos contenidos a pagar publicidad para alcanzar los resultados deseados. Es, en realidad, un esquema diabólico que lleva a los medios a plantearse que si quieren una circulación determinada, no pueden hacerlo sin Facebook… pero tampoco pueden hacerlo sin pasar por su caja. El mayor medio de comunicación del mundo no genera contenidos, es simplemente una plataforma que usa el contenido de los demás para mantener a los usuarios en ella. Un negocio perfecto, creado con auténtica maestría por alguien que entiende muy bien el funcionamiento de la web.

Facebook se ha convertido por derecho propio en la llave de las audiencias en la web. Mantenerse al margen de Facebook es implanteable, pero permitir que sea Facebook quien prácticamente decida con sus algoritmos el alcance que tienes en cada momento tampoco parece la mejor opción. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio…

 

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Facebook en su momento de la verdad

IMAGE: Modified from Alan Cotton - 123RF

La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones norteamericanas está teniendo unas inesperadas consecuencias sobre Facebook, una compañía que se ha convertido, gracias a su ambiciosísima estrategia, en el mayor medio de comunicación del mundo, el único que puede presumir de alcanzar a casi 1,800 millones de personas en todo el mundo.

Las primeras respuestas de la compañía ante las acusaciones de haber sido un elemento fundamental en la victoria de Donald Trump no han dejado a nadie satisfecho: escurrir el bulto y decir que en realidad, las noticias falsas son muy pocas e influyen muy poquito es simplemente tratar de negar la mayor, además de cuestionar tu propio negocio. En realidad, la posición de Zuckerberg es tan débil que no convence ni a sus propios empleados, que han llegado incluso a montar una task force para luchar contra las noticias falsas y sensacionalistas, en contra de la opinión del fundador.

Que Facebook influye en sus usuarios resulta completamente innegable: lo demostró en 2012 con su polémico e inmoral experimento de modificación del estado de ánimo, y lo saben todos los anunciantes que gastan dinero en su plataforma. y hasta el propio Donald Trump ha dejado meridianamente claro no solo que Facebook y Twitter fueron elementos fundamentales que le ayudaron a ganar difundiendo sus mensajes, sino que además, las campañas en Facebook se convirtieron en su principal fuente de financiación directa.

No, Mark Zuckerberg ya no puede seguir jugando al “yo no fui”: si sacas pecho afirmando que has cambiado el mundo por tu papel durante la primavera árabe, no puedes después dedicarte a negar tu influencia en unas elecciones. Simplemente no es coherente. La gran realidad es que Facebook se ha convertido en una gran maquinaria fundamental en las campañas políticas, un lugar en el que el uso de noticias falsas, tendenciosas y sensacionalistas no solo se ha convertido en habitual, sino que incluso se ve incentivado. Cortar el acceso a los ingresos publicitarios de aquellas páginas que se dedican a fabricar y circular ese tipo de noticias, siguiendo los pasos de Google, supone un intento de desincentivar este tipo de comportamiento, pero tampoco es una acción inocua: ¿qué es verdad y qué es falso? ¿Quién lo va a decidir? No es lo mismo informar de adelantos de la ciencia, que aún así también pueden comunicarse de manera sensacionalista o tendenciosa, que hacerlo sobre política, ¿no? El gran peligro de pedir a las redes sociales y motores de búsqueda que eliminen las noticias falsas y sensacionalistas es precisamente ese: qué ocurrirá si efectivamente se ponen en esa posición, y cuáles serán los criterios para hacerlo. De hecho, si nos fijamos en el criterio de Snopes, sin duda los mayores expertos en noticias falsas de toda la web, el problema no está en las noticias, sino en los medios.

En este sentido, Google parece caminar unos cuantos metros por delante. La preocupación por los efectos de sus algoritmo sobre las características de la web y su impresión de que el excesivo peso de los elementos sociales estaban convirtiéndose en un incentivo al sensacionalismo llevó a la compañía a replantearse muchas cosas, y a iniciar toda una línea de desarrollo en torno al concepto del Knowledge-Based Trust, o KBT, la más ambiciosa modificación del PageRank desde sus inicios. Todo indica que Facebook está aún my lejos de este tipo de razonamientos: por el momento, sus intentos de detener la polémica en torno a la manipulación de sus trending topics se vieron detenidos por la posibilidad de que sus acciones resultasen ofensivas para los más conservadores.

Donald Trump, con sus ideas del siglo XIX, es un político del siglo XXI. Su campaña grandilocuente y exagerada que desprecia los hechos y resalta el sensacionalismo de las grandes afirmaciones destinadas a ser compartidas en las redes sociales es, en realidad, la responsable de que el término post-truth se haya convertido en la palabra del año para el diccionario Oxford. Ha sabido interpretar las debilidades de un ecosistema a medio hacer como el de las redes sociales, lleno de contradicciones y de protocolos a medio desarrollar, y lo ha convertido en una poderosísima arma electoral. Millones de personas se han adoctrinado voluntaria o involuntariamente en páginas repletas de noticias falsas que no resistirían una simple búsqueda, pero que han leído en un entorno, en una auténtica cámara de los espejos, que les hacía pensar que todos los que les rodeaban, los que les importan y los que siguen o les siguen pensaban igual. Un auténtico amplificador del sensacionalismo. Facebook tuvo su momento de la verdad, y no estuvo a la altura. Prefirió decidir que su verdad era que no había verdad, que cada uno debía tener la suya, o que la verdad era verdad por consenso. Quiso convertirse en el gran editor de noticias del mundo, pero es un editor con un inclasificable sistema de valores vago y amorfo, que responde únicamente a la idea de proporcionar a cada uno aquello con lo que se quiere identificar, con lo que quiere reforzar sus creencias. Una burbuja personalizada, a la medida de nuestras amistades, nuestro entorno y nuestras creencias que algunos han sabido explotar muy bien. Y el resultado de todo esto lo tendremos ahora durante cuatro años en la Casa Blanca.

 

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Entrevista en Media-tics y presentación de la app de El Español

“El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor” - Media-tics

Miguel Ángel Ossorio se vino a verme a una de mis conferencias, y unos días después me entrevistó en mi despacho, en modo conversación larga sobre temas variados, en la que hablamos sobre el futuro del periodismo y la adaptación de su modelo de negocio a la era internet, la publicidad online y sus problemas, la combinación con los modelos de content discovery de compañías como Facebook, Google, Twitter y otras, la situación de la tecnología en España, el futuro y los planteamientos de la era del machine learning, y bastantes temas más.

Relacionado sobre todo con la primera parte de la entrevista, con mi faceta de investigación sobre la evolución de los medios de comunicación, estuve ayer en la presentación de la nueva app de El Español, rediseñada tras acumular la experiencia de un año, donde hablé también sobre los modelos de consumo de información en una era en la que la lectura desde dispositivos como smartphones o tablets ya supera a los ordenadores convencionales: la lectura desde smartphone se consolida ya no como un fenómeno de sustitución, sino con pautas y hábitos estabilizados de consumo sostenible, y las apps se convierten en el canal con mayor profundidad por visita, mayor consumo de páginas vistas y mayor tiempo de permanencia. Mientras el navegador evoluciona para convertirse en un entorno en el que pagan justos por pecadores – el usuario que tiene malas experiencias en un medio, pasa por lo general a bloquearlos a todos – y en el que el control es escaso, las apps pasan a ser un medio más controlado, en el que la publicidad se consume sin bloqueos, pero en el que, lógicamente, no funciona el “vale todo”, porque jugar a martirizar al usuario solo consigue que este termine desinstalando su aplicación.

Presentación de la app de El Español (IMAGE: Jorge Barreno)En el caso de los medios generalistas, la app se convierte en un elemento fundamental en el balance entre push y pull: el usuario sigue obteniendo muchas noticias a través de sus canales y redes sociales preferidas para el content discovery – esa Facebook que evoluciona, con serios problemas, para convertirse en el mayor medio de comunicación del mundo, Google, Twitter, o incluso Snapchat con su fuerte llegada a algunos segmentos demográficos – pero además, otorga al medio cuya aplicación decide instalar un valor referencial, y le concede el acceso a uno de los recursos más importantes de su smartphone, las alertas, que bien administradas – de nuevo, no vale todo y hay que hacer las cosas bien – le llevan a sentirse mejor informado. Si combinamos el modelo de prensa generalista con el de los medios que basan una parte de su modelo de negocio en la suscripción, como es el caso de El Español, la app se consolida como el canal ideal para entregar esa parte de experiencias exclusivas a aquellos que se identifican como tales, y por tanto, pasa a ser un elemento fundamental en la estrategia del medio. ¿La conclusión? Seguramente las apps no vayan a convertirse en el canal mayoritario para el consumo de información generalista, pero tener una buena app no es ya un simple capricho o una manera de “parecer modernos”, sino un elemento con muchas posibilidades y con un potencial importante sobre el modelo de negocio de ese tipo de medios.

 

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La evolución de Facebook

Napalm girl censorshipLos hechos tuvieron lugar, en rapidísima sucesión, entre el miércoles 7 y el viernes 9 de septiembre: el escritor noruego Tom Egeland publica, en el curso de una discusión en Facebook sobre fotografías que habían cambiado la historia de la guerra, la icónica imagen de Kim Phuc, la niña del napalm, tomada en 1972 en plena guerra del Vietnam por el fotógrafo Nick Ut y premiada con el premio Pulitzer. La fotografía era una entre siete, y pocos negarían su relevancia en el contexto señalado.

Relevante o no, Facebook decide eliminar la imagen alegando que infringe sus políticas: “any photographs of people displaying fully nude genitalia or buttocks, or fully nude female breast, will be removed”. Cuando el autor noruego protesta la decisión publicando de nuevo la imagen y acusando a Mark Zuckerberg de abuso de poder y de atacar la democracia, ve cómo su cuenta es suspendida. El diario noruego Aftenposten, el mayor del país, entra en la discusión apoyando a Egeland, publica igualmente la fotografía junto con una carta de protesta del escritor, e igualmente ve su publicación eliminada de Facebook. Y a la primera ministra noruega, Erna Solberg, que publica igualmente la imagen. El diario noruego decide llevar el asunto a su portada y publica un editorial en el que su editor, Espen Egil Hansen, escribe:

“Even though I am editor-in-chief of Norway’s largest newspaper, I have to realize that you are restricting my room for exercising my editorial responsibility. I think you are abusing your power, and I find it hard to believe that you have thought it through thoroughly.”

(“A pesar de ser editor en jefe del periódico más grande de Noruega, está usted restringiendo mi espacio para el ejercicio de mi responsabilidad editorial. Creo que está usted abusando de su poder, y me resulta difícil creer que haya meditado su decisión en profundidad.”)

Finalmente, Facebook decide dar marcha atrás, y restaura la fotografía y la cuenta de Egeland afirmando que están “ajustando sus políticas de revisión”, no sin haber visto una fortísima escalada de críticas y cómo la fotografía era publicada y comentada por infinidad de cuentas en todo el mundo.

El asunto, recurrente ya para la compañía, muestra en qué se ha convertido Facebook: sencillamente, en el mayor editor de noticias del mundo, en el sitio en el que se informa una mayor cantidad de personas, y en el que puede generar más polémica en casos así. Lo que originalmente era una simple red social en la que mantenerte informado de lo que habían hecho o dicho tus amigos o tu familia, ahora es el mayor medio de comunicación del mundo. La métrica de impacto de cualquier noticia ya no es que la publique tal o cual periódico o revista, sino que circule abundantemente en Facebook. Se ponga como se ponga, Mark Zuckerberg es ahora el director del mayor medio de comunicación del mundo: no una “simple plataforma”, ni una “red social”. Para cualquier medio, desde esta modesta página que tienes delante hasta los mayores periódicos del mundo, Facebook se está convirtiendo en la mayor fuente de tráfico, en el ser o no ser – y si no lo es, es seguramente porque estén haciendo algo mal.

En el haber de Facebook, su capacidad para tomar este tipo de decisiones de manera rápida y ágil: si una compañía con una estructura directiva muy plana y que tiene la posibilidad de monitorizar lo que hacen, dicen y piensan en tiempo real 1,700 millones de personas en todo el mundo no fuese capaz de ver una bola de nieve bajando por una ladera y haciéndose cada vez más grande y poderosa, tendría realmente un serio problema. Pero en su debe, la aparente incapacidad para darse cuenta de su evolución, en lo que se ha convertido, y lo que ello requiere. El número de veces en que Facebook se ha visto implicada en cuestiones de este tipo a lo largo del último año ha ido creciendo progresivamente, sea por asuntos relacionados con la política, con la elección de sus trending topics o con su nivel de automatización, y dadas las circunstancias, el problema no puede hacer más que seguir creciendo. Tres o cuatro normas con supuestas pretensiones de aplicabilidad universal no van a servir a Facebook para nada. Un algoritmo, por el momento, tampoco. Hablamos de decisiones enormemente delicadas, complejas, con muchísimos matices y elementos implicados, y en un entorno completamente multicultural. O la compañía comienza a ser consciente de lo que es y se dota de estructuras similares a las que tienen los medios de comunicación serios – algún tipo de consejo editorial o de organismo rápidamente operativo que cuente con un respeto global y generalizado en la comunidad para tomar este tipo de decisiones – o podrá encontrarse con serios daños en su imagen y reputación, o con acusaciones constantes de parcialidad.

Un problema sin duda complejo: administrar no lo que creías o pretendías ser, sino aquello en lo que te has convertido. Te guste o no.

 

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Hablando sobre internet y periodismo en El Correo Gallego

El periodismo ciudadano como tal no existe - El Correo Gallego (pdf)Xavier Cea, de El Correo Gallego, me llamó por teléfono para hablar sobre la evolución de internet y su impacto sobre el periodismo, y el pasado día 1 publicó la entrevista a doble página bajo el título “El periodismo ciudadano como tal no existe” (pdf), una idea en la que llevo insistiendo durante mucho tiempo.

A la hora de generar información, no todos somos iguales. Cualquiera puede, con mayor o menor corrección, escribir sobre algo que ha pasado. Si además estaba cerca cuando pasó, podrá hacerlo teniendo el conocimiento directo de lo que vieron sus ojos o de lo que interpretó que estaba ocurriendo, pero eso no lo convierte en periodista, sino simplemente en testigo presencial que cuenta lo que ha visto.

El periodismo, como tal, debe ser capaz de tomar esa serie de elementos que vieron e interpretaron los que estaban en el lugar de los hechos, y, utilizándolos como fuentes, verificando los hechos, aplicando principios que permitan mantener una confianza y una credibilidad, y posiblemente complementándolos con información adicional, convertirlos en una noticia con sentido. El llamado periodismo ciudadano no es más que la posibilidad que la tecnología nos ofrece de que las personas que ven algo, puedan contarla con pocas barreras de entrada a través de medios dotados de una gran sencillez e inmediatez, pero el hecho de que utilicemos esos medios para dar una noticia no nos convierte en periodistas. El periodismo es otra cosa, y pretender que cualquiera con un smartphone en la mano es un periodista es como pensar que cualquiera con un bisturí es un cirujano. Hay habilidades inherentes al periodismo que es preciso aprender y entrenar, sea a través de la formación, de la experiencia o de otros métodos, y que tienen más importancia de la que el término “periodismo ciudadano” en principio les otorga.

Negar el término, en cualquier caso, no implica negar la función. Ciudadanos en principio anónimos y no sujetos a la disciplina periodística formal de un medio han tenido una enorme importancia, por ejemplo, a la hora de informar sobre los abusos que tenían lugar en países en los que los periodistas tradicionales estaban sujetos a medidas de censura, y han logrado convertirse en fuentes que se ganaban su credibilidad y su confianza noticia a noticia informando a través de blogs y redes sociales como Twitter o Facebook. Algunos han llegado al punto de perder la vida o ser torturados por informar de esa manera, burlando la censura ejercida sobre medios tradicionales a través de las herramientas que el avance de la tecnología ponía en sus manos. En la inacabable lista de periodistas fallecidos en zonas de conflictos recientes como Siria, el número de periodistas etiquetados como “ciudadanos” supera con mucho a los pertenecientes a medios tradicionales. Pero del mismo modo que debemos reconocer la importancia de esa función, debe señalarse también el hecho de que esas figuras tiendan a combinar la función de informar y dar noticias con la del activismo, lo que de manera estricta podría llegar a situarlos en un plano diferente al de un periodismo tradicional que se supone comprometido con la objetividad (aunque esa supuesta “búsqueda de la objetividad” se comprometa en numerosas ocasiones en el periodismo tradicional con la existencia de líneas editoriales muy marcadas que llegan a negar todo vestigio de la misma).

Por otro lado, aunque la importancia de ser un buen “contador de historias” indudablemente se mantenga, la profesión periodística se está dotando cada vez más de una caja de herramientas progresivamente más sofisticada, capaz de añadir aún más valor sobre la mera transmisión de información. Pensar que de alguna manera “internet mató al periodismo” es no entender el valor que como herramienta y como canal puede llegar a proporcionar, que es mucho. Internet pone a prueba los modelos de negocio, proporciona más poder al lector y evidencia el absurdo de pretender someterle a auténticas torturas absurdas para acceder a la información que quiere leer. Pero en ningún caso quiere decir ni que haya que trabajar gratis, ni que sea imprescindible tener un muro de pago – como tal, es únicamente una de las opciones, y no siempre la mejor – ni nada por el estilo. Cuando los editores de periódicos dejen de luchar contra la lógica y contra sí mismos, el periodismo bien entendido y fortalecido con las ventajas de la red habrá ganado muchísimo.

 

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Analizando los Panama papers como proyecto tecnológico

Panama papers scale (Source: Süddeutsche Zeitung)La mayor parte de los análisis que hemos visto estos días sobre los Panama papers, la filtración de información confidencial más importante de la historia tanto desde el punto de vista de su relevancia como de su magnitud (2.6 Terabytes, 11.5 millones de documentos) hacen referencia a la naturaleza de la información revelada, a los implicados en las presuntas actividades de evasión de impuestos mediante el uso de paraísos fiscales o a las consecuencias de las revelaciones.

A mí, sin embargo, lo que de verdad me llamó la atención fue la dimensión y la complejidad del proyecto tecnológico que supone el análisis y la explotación de una cantidad de información tan masiva, un reto tanto desde el punto de vista de arquitectura de sistemas, como de organización o herramientas. A este tema, y a lo que supone de evolución del periodismo para adaptarse a lo que se le demanda en el siglo XXI, dediqué tanto mi participación en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas, en RTVE (en su página, a partir del minuto 2:07:26) como mi columna en El Español de hoy, titulada “Los Panama Papers y el periodismo del siglo XXI“.

La recepción de los archivos por parte del periódico alemán más importante, la Süddeutsche Zeitung, y la comprobación de su impresionante magnitud y posibilidades desencadenó el contacto con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), una organización sin ánimo de lucro mantenida mediante donaciones de empresas y particulares, con una infraestructura de unas catorce personas de las que seis forman parte del equipo de datos e investigación, dirigido por la española Mar Cabra. La ICIJ ha logrado convertirse en referencia gracias a su trabajo en varios proyectos previos en el ámbito de la evasión de impuestos y los paraísos fiscales, tales como los Offshore Leaks, los Luxembourg Leaks o los Swiss Leaks, de magnitudes muy inferiores a esta. Trabaja habitualmente o bien mediante software de código abierto, o mediante su adaptación o desarrollo, o en ocasiones como este caso, mediante el uso de herramientas con licencia que les permiten utilizar de manera gratuita dado el interés.

En proyectos de este tipo, lo prioritario es tratar de cualificar rápidamente los documentos recibidos, prepararlos para su manejo, e identificar a los socios adecuados en cada país, que no siempre son necesariamente los medios más grandes o importantes, sino los que más entusiasmo o posibilidades de colaboración plantean. No hay un pago en función del acceso a la información – como tampoco lo hay por parte de la Süddeutsche Zeitung a la fuente ni al ICIJ – sino simplemente un compromiso de los medios a dedicar recursos a la investigación, que pueden ir desde el tiempo de los periodistas implicados, hasta viajes, formación, etc.

El papel de los medios colaboradores es, como veremos, fundamental: resultaría imposible llevar a cabo una investigación sin contar con un conocimiento directo del contexto de cada país o sin acceso a otras fuentes de investigación ajenas a la base de datos, que pueden ir desde archivos previos existentes en los medios hasta consultas a fuentes públicas o a repositorios públicos de transparencia creados por cada gobierno. Cualquiera que piense que el papel de los medios que reciben la exclusiva es simplemente el de consultar la base de datos y publicar no está teniendo en cuenta lo que supone investigar en semejante océano inabarcable de información.

A la recepción de documentos sigue su preparación: en un caso como este, tenemos desde documentos de texto, procesables directamente como tales tras una mera comprobación de relevancia – tengamos en cuenta que hablamos de un leak, un data dump, que puede contener grandes cantidades de documentos sencillamente irrelevantes o peligrosos en función de las posibilidades que ofrecen de desprotección de la fuente – hasta otros archivos como .pst de correo electrónico, que hay que descomprimir y de nuevo cualificar, o la gran pesadilla, las imágenes y los .pdf, que deben ser pasados por un proceso de reconocimiento de caracteres para poder convertirlos en información procesable. Para llevar a cabo este proceso a una velocidad razonable se dedicaron unos treinta servidores en paralelo, además de procesos de comprobación posteriores. Tras ese paso de consolidación de la base de datos comienza el trabajo de los periodistas: si en proyectos anteriores habían dado acceso a los datos mediante el envío de un disco duro, como en el caso del último proyecto de Wikileaks, o mediante un software de tipo foro que únicamente permitía conversaciones estructuradas en forma de hilo, en este caso se optó por la modificación de una red social (originalmente centrada en los contactos y que preguntaba en la pantalla de login si eras hombre o mujer 🙂 que posibilitaba interacciones más sofisticadas y potentes.

Para el proceso de autenticación y login se optó por Google Authenticator con verificación en dos pasos. Una vez dentro, la navegación en la base de datos se desarrolló mediante Nuix, un software de gestión documental habitualmente utilizado por despachos de abogados para el procesamiento de sumarios complejos o muy extensos, una herramienta con licencia y cara que, sin embargo, cedió un cierto número de licencias para el proyecto dado el interés que podía tener la propia mejora del programa ante un reto como este (hay una referencia al tema en el blog de la propia Nuix). Para crear relaciones y conexiones entre documentos que permitiesen estudiar flujos de datos, y para su visualización posterior se utilizó Linkurious, otra herramienta bajo licencia que colaboró voluntariamente y de manera gratuita, y que también ha escrito una interesante entrada en su blog sobre el tema.

Toda una arquitectura de servidores en la nube, con cifrado, seguridad con doble factor y herramientas analíticas sofisticadas para poder analizar una cantidad de información masiva y convertirla, por cada uno de los medios asociados, en noticias de interés referenciadas con las circunstancias de cada uno de los implicados. Periodistas convertidos en expertos gestores de información, con cursos y tutoriales en vídeo creados o impartidos por ICIJ, y trabajando con herramientas muy alejadas de las que habitualmente componen la equipación de un periodista. Decididamente, periodismo del siglo XXI. En este siglo vamos a ver dos tipos de prensa: la que intenta investigar y generar noticias mediante análisis de datos y tratando de publicar aquello que alguien no quiere que se publique – porque, como bien dice la frase habitualmente atribuída a George Orwell, lo demás son relaciones públicas – y los que se dediquen al entretenimiento, al sensacionalismo, a los titulares intrigantes y al spam. Un periodista tendrá que formarse en herramientas que, a día de hoy, quedan bastante lejos de los temarios de la gran mayoría de las Facultades de Periodismo. Y sin duda, deberá crearse todo un marco que, en aras de la transparencia, proteja todo lo relacionado con el periodismo de investigación y lo separe de lo que pueda constituirse en otro tipo de cuestiones. 

El caso Panama papers es todo un signo de los tiempos: cambian los negocios, porque lo que no sea razonablemente transparente será cada vez más obligado a serlo, cambia la investigación periodística, y terminará cambiando hasta los marcos legislativos que la regulan. Pero sobre todo, es un esfuerzo brutal y un proyecto de sistemas y tecnologías de información que debería estudiarse en las universidades.

 

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La importancia de las notificaciones

NotificationsMi columna de hoy en El Español se titula “Notificando…“, y es una valoración del último anuncio de Facebook, el del desarrollo de notificaciones o alertas para el usuario procedentes de más de setenta medios en la pantalla de reposo de sus smartphones. Una medida que parece simplemente un punto más en su escalada de dominio de la cuota de usuario (las noticias aparecen en Facebook, te llegan mediante sus algoritmos de recomendación, las consumes ahí y te avisa cuando ocurre cualquier cosa para que estés informado), pero que en realidad esconde todo un golpe de estado sobre el ecosistema informativo de las personas.

Las cabeceras de prensa empiezan a perder no solo el hábito de lectura (cada vez leemos más directamente en redes sociales y menos en las propias páginas de los medios supuestamente diseñadas a tal efecto), sino también el valor añadido que supone el que un usuario se considere bien informado por el hecho de seguir un medio determinado. Un tema en el que el avance implicará desarrollos tecnológicos importantes en el ámbito del machine learning, y que culminará cuando un usuario pueda sentir con la suficiente confianza que si ocurre algo en su ámbito de interés o algo suficientemente importante fuera de ella como para que deba ser notificado rápidamente, lo será. Gestión de interrupciones y alertas, aprendizaje de los hábitos de uso, y un mundo muy diferente al del simple periódico de toda la vida. La duda, claro, surge a la hora de tratar de entender quiénes van a ser los protagonistas de ese desarrollo: los medios de comunicación, o las grande tecnológicas. Lo que se juega es, tanto para unos como para otras, muy importante.

 

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