Category Archives: iPhone

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Opinion: WWDC2018 de Apple

Ayer empezó la WWDC2018 de Apple, es la conferencia de desarrolladores de Apple donde presentaron las principales novedades de sus sistemas operativos para las diferentes plataformas;

  • Mac : Su próxima version se llamara Mojave.
  • iOS para iPhone e iPads
  • watchOS para el iWatch
  • AppleTV OS para el Apple TV

Como vemos un ecosistema muy completo y un mensaje, NO va a ver fusion de Mac con iOS.

De las funcionalidades mas llamativas es la evolución del ARKit y la demo que hicieron con Lego.

La salud, la seguridad, la educacion y refinar lo ya existente, según mi opinion fue lo mas relevante del evento, siempre muy cuidado y que se pudo seguir via streaming a través de la web de Apple.

Para el sector mas profesional otra de las partes que me llamo la atención, aunque ya lo conocía, es la incorporación de GPU´s externas y como Apple lo incorpora de manera “oficial”.

Para mi los productos Apple tienen un “problema”, el precio. Aunque el nuevo iPad de 2018 se ha situado en un punto alcanzable, los Mac se disparan, sobre todo teniendo equipos con Windows10 a precios muy competitivos y cuya brecha en rendimiento y fiabilidad con Mac se ha reducido.  Aun así es uno de los fabricantes con mas innovación y por eso siempre hay que estar pendiente de lo que presentan.

Antonio Sanchez

 

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Diez años usando smartphones

Diez an?os usando smartphones: así nos ha cambiado la vida en esta década - La VanguardiaCarlos Otto me envió algunas preguntas por correo electrónico para documentar un artículo en La Vanguardia, que salió este pasado domingo y que tituló “Diez años usando smartphones: así nos ha cambiado la vida en esta década” (pdf), publicado con motivo de la apertura del Mobile World Congress 2017 en Barcelona.

Desde el ya mítico momento en que Steve Jobs presentó el iPhone en el escenario del Moscone Center en San Francisco el 9 de enero de 2007, pasamos de entender ese objeto que ahora todos llevamos en el bolsillo o en el bolso como un teléfono, y pasamos a verlo como un ordenador. Antes del iPhone, aún había muchas personas que sencillamente decidían de manera consciente “no tener teléfono móvil”, porque no sentían la necesidad de estar localizables o de llamar desde más sitios que no fueran su casa o su despacho. La llamada telefónica era la función principal e inseparable del dispositivo. El entonces llamado “teléfono móvil” era eso, un teléfono, con todo lo que ello conllevaba, y se trataba como tal: si lo sacabas del bolsillo, era porque te llamaba alguien o querías llamar a alguien.

Desde el iPhone, todo cambió. Las funciones se multiplicaron, las razones para llevarlo encima se convirtieron en aplastantes – el que conscientemente decidiese no llevarlo pasó a ser prácticamente extravagante – y su presencia creció hasta convertirse en la principal interfaz de la web. Visto con un poco de perspectiva, la transformación a nivel social es rapidísima y brutal. Un camino impresionante, recorrido en tan solo una década, la que va desde 2007 hasta 2017, en la que nuestros hábitos, usos y costumbres han cambiado de maneras absolutamente inverosímiles, que nos ha convertido en radicalmente dependientes del smartphone, el aparato sin el que literalmente no podemos salir de casa ni ir a ningún sitio, sin el que nos sentiríamos prácticamente perdidos, y con el que llevamos a cabo una gama cada vez más amplia de funciones.

A continuación, el texto completo de las preguntas que intercambié con Carlos:

 

P. En líneas generales: ¿de qué manera nos ha cambiado la vida el smartphone?

R. El smartphone nos ha cambiado la vida al añadir todas las posibilidades que supone llevar de manera permanente un ordenador potente en el bolsillo. Ha alterado drásticamente la idea de “teléfono móvil” dedicado supuestamente como primer fin a la comunicación, y la ha convertido en la de “ventana permanentemente abierta para acceder a cualquier información del mundo”, con todo lo que ello conlleva. Las personas que siguen utilizando principalmente el smartphone como teléfono puesto en su oreja en lugar de como ordenador puesto en su mano simplemente no han entendido nada, y a esos efectos, permanecen en el siglo pasado. El smartphone se ha convertido en la primera plataforma a la hora de acceder a información, y eso trasciende los límites de la comunicación y lo convierte en otra cosa, que recoge infinidad de usos para los que antes utilizábamos otros dispositivos, como una cámara, un GPS, una cartera, un ordenador, un reloj, un periódico, un bloc de notas…

P. ¿Qué dirías que ha ‘explotado’ más gracias al smartphone? ¿La mensajería instantánea, las fotos, las redes sociales…?

R. La lista de aplicaciones que han explotado gracias al smartphone es inmensa, y está en permanente expansión gracias a la idea de there’s an app for that. Ver el smartphone simplemente como dispositivo supone una visión incompleta, porque obvia su valor como plataforma y la posibilidad de utilizar sus sensores y componentes como elementos en una aplicación de cualquier cosa. Las tiendas de apps se han convertido en uno de los ecosistemas más vibrantes de los últimos tiempos, y han dado lugar a tal cantidad de usos, que hoy ya no nos extrañan usos que hace muy poco tiempo nos habrían resultado completamente extravagantes.
P. A día de hoy, que el móvil vaya más allá de ser una segunda pantalla y gane realmente a la TV parece más una quimera. Pero, ¿crees que en algún momento podrá poner en serios aprietos a la TV tradicional?

R. Las características del smartphone no favorecen la idea de “ver la tele” como tal, debido a su tamaño relativamente pequeño. Sin embargo, sí funcionan para el acceso asíncrono a contenidos, para el consumo de juegos interactivos – como sustitución de la consola – o para el consumo ocasional vinculado a una disponibilidad menor de otra pantalla, como ocurre ahora en las líneas del tren de alta velocidad en las que Telefonica ya ha desplegado su solución de conectividad: muchos usuarios van en el tren viendo una serie, una película o un partido en directo. Muy posiblemente, seguiremos prefiriendo ver determinados contenidos en una pantalla grande y desde el sofá, pero el smartphone ofrece alternativas que muchos consideran muy interesantes para este consumo.

P. ¿Qué pasará con los ordenadores? ¿Quedarán reducidos al ámbito laboral y ya?

R. Los ordenadores continúan teniendo un valor importante cuando predomina el componente de generación de contenido textual, porque el teclado de un smarpthone sigue teniendo algunas limitaciones de usabilidad, por mucho que seamos capaces de teclear relativamente rápido en él. Yo he llegado a escribir entradas en mi página íntegramente desde un smartphone, pero aunque como tal sea posible, no es algo que me resulte especialmente atractivo hacer. Por otro lado, el ecosistema definido por el ordenador carece del dinamismo brutal que posee el ecosistema smartphone, en el que la renovación del parque tiene lugar con una rotación mucho más elevada y las prestaciones evolucionan de manera mucho más rápida.

P. ¿Podemos estar volviéndonos adictos a los smartphones? ¿O hay un puntito tecnófobo en esas sospechas?

R. La idea de la adicción es profundamente absurda y retrógrada. Por supuesto que si reunimos el tiempo que alguien empleaba leyendo el periódico, mirando un mapa, haciendo y editando fotografías, tomando apuntes, jugando a videojuegos o mirando la hora y lo concentramos en un solo dispositivo, el uso total que se obtiene va a ser elevado, pero no recuerdo que considerásemos nunca a nadie adicto a su reloj, a los periódicos o a su cámara de fotos, y la idea me resulta fundamentalmente absurda y primaria. Las adicciones existen, por supuesto, afectan generalmente a un porcentaje relativamente pequeño de la población, y deben ser idealmente puestas bajo un cierto nivel de control, pero de ahí a llamar adicto a todo aquel que mira la pantalla de su smartphone para hacer todo tipo de cosas en un dispositivo enormemente versátil va un trecho enorme. Hay muchísima desinformación, exageración y tontería con este tema.

 

 

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La actualización tecnológica y el dilema de la propiedad

IMAGE: Maridav - 123RFUna contestación de Elon Musk a través de Twitter al propietario de un Tesla que pedía opciones para modernizar su vehículo con el fin de poder incorporar al mismo algunos de los nuevos desarrollos pone de manifiesto el cada vez más acuciante dilema entre adquirir productos basados en tecnología – cada vez más, la práctica totalidad de los productos – frente a alquilarlos, a pagar una cuota por disponer del derecho a utilizarlos.

La contestación de Musk es absolutamente clara y categórica: la velocidad de innovación es absolutamente clave para la compañía, sus vehículos van a ofrecer actualizaciones importantes cada 12 ó 18 meses, y aplicar los recursos necesarios para poder ofrecer opciones de actualización a vehículos vendidos anteriormente implicaría que el ritmo de innovación cayese drásticamente. Por tanto, según Musk, un Tesla, a pesar de su elevado precio, es un vehículo que está destinado a quedarse obsoleto – o al menos, a no poder incorporar los últimos desarrollos creados por la compañía – en cuestión de un año o año y medio desde la fecha de su adquisición, y si alguien no lo ve así y esa situación le va a suponer algún tipo de frustración, es posiblemente mejor que adquiera un vehículo de otra marca. Muchos opinan que el futuro consiste en que los automóviles terminen siendo vendidos a operadores de flotas capaces de amortizarlos con un uso continuo, en lugar de ser adquiridos por usuarios finales cuyas necesidades de transporte ocupan generalmente menos del 5% del tiempo de uso del vehículo y tan solo una fracción de su capacidad: si la evolución tecnológica nos lleva a plantearnos el transporte como un servicio en lugar de como un producto, las decisiones de renovación del parque pasarían a ser una variable financiera en manos del operador, que puede plantearse otros canales para dar salida a los vehículos parcialmente amortizados, o simplemente proceder a su reciclado.

El planteamiento es aparentemente similar al de los productos ofrecidos por otra de las compañías de Musk, Solar City: las instalaciones de generación de energía solar. Cambiar el tejado de una vivienda es una opción que supone una inversión relativamente elevada que debe amortizarse mediante el ahorro generado por la propia instalación a lo largo del tiempo. Pero los equipos de generación de energía solar están sujetos a una ley de Swanson que implica que su precio disminuye aproximadamente a la mitad cada diez años al tiempo que se incrementa su eficiencia, lo que implica que quien invierte en una instalación de este tipo podría encontrarse con un nivel de obsolescencia que recomendase su reemplazo al cabo de los años. Con las baterías y acumuladores ocurre un problema similar: su vida útil se mide en ciclos de carga, lo que la convierte en limitada. Algunas compañías, con el fin de reducir el impacto inicial del coste de los materiales y de la instalación, ofrecen alternativas como la de que sea la compañía la que alquila el espacio en el tejado de la casa o las baterías y explota la electricidad producida, de manera que el propietario del inmueble paga únicamente una cuota en la que se incorpora su ahorro energético. En esas condiciones, es la compañía la que decide en qué momento el diferencial de eficiencia recomienda proceder al reemplazo de las instalaciones, al tiempo que plantea otras opciones para cuando las condiciones climáticas no permiten generar suficiente energía. Un negocio fundamentalmente financiero, que trata de hacer accesible la energía solar a más usuarios.

¿Veremos ese tipo de fórmulas y opciones en gamas de productos cada vez más amplias? Llevándolo a otro nivel de gasto inferior, resulta interesante ver como Apple, por ejemplo, dispone en algunos países de un iPhone Upgrade Program en el que ofrece a los usuarios convertir la posesión de un iPhone en un leasing en el que pagan una cantidad mensual, pero reciben un terminal nuevo cada vez que la marca lo pone en el mercado. ¿Nos aboca el rápido progreso tecnológico a un futuro en el que, con el fin de protegernos de la obsolescencia, tenderemos a alquilar en lugar de comprar?

 

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Recordando el primer iPhone

iPhone transparent screen - Enrique DansEn el décimo aniversario del lanzamiento del primer iPhone, Jose Manuel Sánchez me envió dos preguntas para un artículo que estaba preparando para ABC. El título final, “Apple, el gigante que se tambalea y echa de menos el talento de Steve Jobs” (pdf), no refleja especialmente mi opinión al respecto, pero incluye algunos de mis comentarios, y me ha hecho recordar aquella época.

Viví la presentación del iPhone el 9 de enero de 2007 desde el CES de Las Vegas, comprobando cómo el lanzamiento de un solo dispositivo por parte de una compañía que ni siquiera estaba allí era capaz de robar completamente el protagonismo a todo el resto de la poderosa industria de la electrónica de consumo. Ya en aquel momento, la sensación de que Apple tenía la capacidad de marcar la agenda de toda la industria era clara y evidente.

Poco tiempo después, tuve la oportunidad de probar mi primer iPhone, al que hice la fotografía que aparece sobre estas líneas (que terminó incluida en un artículo de Wired). En aquellos tiempos yo era un devoto de BlackBerry, un dispositivo cuyo teclado echaré de menos toda la vida. Mis primeras impresiones sobre el iPhone no fueron especialmente buenas: el uso que hacía de la BlackBerry entonces ya se acercaba mucho a la idea de smartphone, de aparato en el que hablar por teléfono era lo menos importante y lo interesante era la capacidad de conexión y de correr aplicaciones, y aunque el planteamiento del iPhone me pareció profundamente disruptivo – y así lo dije en una sesión de formación a la propia RIM en junio del 2007 – seguí utilizando BlackBerry hasta 2010, año en el que comencé a utilizar terminales Android.

No volví a iPhone hasta mediados de 2015, y sin considerarme un fanboy de la compañía, sigo pensando que aunque cubrir el hueco que dejó Jobs es un reto difícil, la compañía no está pasando por ningún mal momento derivado de ello – o si lo está, espero que mis peores momentos sean como el que actualmente está pasando Apple. Estratégicamente, la compañía sigue marcando muchas de las tendencias en electrónica de consumo, sigue manteniendo un liderazgo importante en muchos aspectos, sigue manteniendo su capacidad de reinvención de categorías, y sigue vendiendo productos con una calidad que sigo considerando diferencialmente superior.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Jose Manuel:

P. ¿Qué crees que ha aportado el iPhone?

R. El iPhone aportó prácticamente todo lo que hoy entendemos como smartphone, que no es poco: con el iPhone pasamos de considerar los terminales como teléfonos, como aparatos cuya funcionalidad principal era hablar, a considerarlos como ordenadores de bolsillo, cuya función era correr apps que proporcionaban todo tipo de funciones y que, eventualmente, podía servir también para hablar por teléfono. El planteamiento era tan radical, que muchos tardaron años en darse cuenta, y cuando lo hicieron, ya todas las marcas lo habían copiado y teníamos toda una generación de usuarios que utilizaban sus terminales de una manera completamente distinta. Pocos productos han generado un cambio de consideración tan fuerte y han conseguido instalarse de tal manera en nuestras vidas como el smartphone, y todo proviene del cambio que supuso el lanzamiento del iPhone. 

P. ¿Crees que, desde la muerte del fundador de Apple, Steve Jobs, la compañía no ha sido protagonista de los grandes cambios tecnológicos, ha perdido capacidad de innovar y no ha presentado ningún producto considerado como revolucionario?

R. La capacidad de Apple para innovar depende de las categorías en las que es capaz de plantear reinvenciones. Lo hizo con el ordenador personal (había muchos ordenadores, pero el Mac reinventó la idea de ordenador personal), lo repitió con el iPod (que lideró la categoría “reproductor MP3” antes de que desapareciese), lo volvió a hacer con el iPad, que revitalizó y reinventó completamente la categoría tablet, y lo ha vuelto a hacer, aunque aún de manera tímida, con el smartwatch. A mí, una compañía que es capaz de, en un solo evento, replantear cómo pagamos, como accedemos a la música y cómo utilizamos un reloj me parece que tiene aún mucho músculo innovador, y eso lo hizo Apple en un evento hace tan solo dos años. Por otro lado, el ciclo entre la reinvención y la imitación se ha acortado mucho, lo que hace que cada vez más, Apple tenga menos tiempo para explotar las categorías que reinventa antes de que surjan competidores con planteamientos similares, y eso lleva a que se refugie en la creación ya no tanto de productos, sino de ecosistemas. En cualquier caso, y aunque Steve Jobs fuese un genio cuyo espacio es difícil de llenar, no me parece en modo alguno que Apple esté pasando por ningún tipo de sequía innovadora.  

 

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¿Un iPhone made in America?

Adrián CamposiPhone made in America, de Merca2.es, me envió algunas preguntas para hablar, al hilo de la victoria de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas, de las implicaciones que tendría que el nuevo presidente intentase forzar a Apple para que fabricase sus productos íntegramente en los Estados Unidos, una de esas ideas que con tanta vehemencia expresaba en algunos de los mítines de su campaña, con frases como “les voy a obligar a fabricar sus malditos ordenadores en Estados Unidos” y amenazas de imponer aranceles de hasta el 45% a quienes fabricasen en México o China. Adrián publicó ayer su artículo, titulado “El iPhone ‘made in USA’ costaría 40 dólares más“.

La posibilidad de un re-sourcing en la industria de la electrónica de consumo ha sido comentada previamente con diferentes conclusiones por publicaciones como MIT Tech Review (The all-American iPhone), Wired (Trump’s plan for American-made iPhones would be disastrous), The Washington Post (Trump’s demand that Apple must make iPhones in the U.S. actually isn’t that crazy) o Business Insider (Sorry Donald Trump — the American-manufactured iPhone isn’t going to happen), todos ellos escritos cuando prácticamente nadie contaba con que la expectativa de que Trump alcanzase la Casa Blanca fuese siquiera mínimamente creíble.

La idea de fabricar en los Estados Unidos productos de electrónica de consumo choca, por un lado, con un problema claro: la gran mayoría de los componentes no son fabricados o extraídos en el país, y la mayoría de los suministradores se encuentran en el sudeste asiático, con todo lo que ello conlleva a la hora de destacar técnicos de cada componente en caso de problemas o incidencias en la cadena de fabricación. Por otro lado, ensamblar y montar es un trabajo cada vez menos manual y más fuertemente robotizado, lo que reduciría grandemente la incidencia de los costes de mano de obra directa. Además, los productos made in America podrían tener un plus de prestigio que posiblemente llevaría aparejada una mayor popularidad, que podría incluso extenderse más allá del mercado doméstico.

A continuación, el texto completo que intercambié con Adríán:

P. ¿Existe alguna posibilidad, aunque sea remota, de que Apple fabrique en Estados Unidos?

R. Apple ya fabrica algunos de sus productos en los Estados Unidos, aunque sean productos de importancia cuantitativa relativamente baja como es el caso del Mac Pro. La gran verdad es que el impacto del coste de mano de obra directa es cada vez menor sobre el total del proceso de fabricación, lo que lleva a que este tipo de “relocalizaciones tras la deslocalización” se hayan convertido de alguna manera en tendencia, y a que incluso muchas compañías lo utilicen como un elemento de marketing positivo vinculado con la responsabilidad social corporativa.

P. ¿ Qué ventajas competitivas ofrece producir en China?

R. China fue el “fabricante del mundo” por sus bajos costes laborales unitarios durante muchos años, y ahora, se está adaptando fantásticamente bien a la robotización. Hemos pasado de aquel “made in China” que en realidad quería decir “Assembled in China” a un “Engineered in China” que refleja un desplazamiento muy fuerte del gigante asiático en términos de valor añadido, y ahora vemos cómo muchas de las populosas fabricas del país, en las que proliferaban problemas laborales, abusos y condiciona insalubres, reducen ahora plantilla en un 85% al tiempo que incrementan su producción y su calidad gracias a la robotización, y dejan al 15% restante encargados del mantenimiento de los robots. Las ventajas de producir en China ahora, además de contar con un enorme expertise en ensamblaje y fabricación y con una creciente mano de obra especializada en procesos robotizados, es el hecho de que los fabricantes de la mayoría de los componentes electrónicos está también en China o en el sudeste asiático, lo que implica que en caso de haber algún problema o de necesitarse asistencia, ésta puede llegar más rápidamente. Es difícil plantearse hoy fabricar en un país si ello supone que te tienes que alejar mucho de la inmensa mayoría de tus suministradores.

P. ¿ Cree que se espera desde Apple una subida de los tipos impositivos si no cumple con la exigencia de Trump?

R. Trump podría plantear aranceles a las importaciones chinas, pero ese movimiento, desde un punto de vista macroecononómico, resulta más complejo de lo que parece. Vamos a ver qué pasa cuando esas ideas de Trump en campaña que parecen más que ideas, ocurrencias, se encuentran con el duro tamiz de la realidad. Por otro lado, el descenso que Trump parece tener en mente de los impuestos a la repatriación de capital podría beneficiar enormemente a las compañías tecnológicas, que llevan años acumulando en el extranjero capital procedente de sus operaciones fuera de los Estados Unidos.

P. ¿Fabricar en Estados Unidos sería caro por la mano de obra, pero qué otros factores son los que echan para atrás a la compañía de Cupertino?

R. Básicamente, el problema que supone alejarte de los suministradores de otros componentes empleados en los dispositivos, tales como procesadores, memoria, baterías, etc. Quitando el conocido caso del Gorilla Glass, fabricado por Corning en los Estados Unidos, la gran mayoría de los componentes de un iPhone provienen del sudeste asiático.

P. ¿Ha intentado algún otro presidente norteamericano que Apple volviera a producir en su país natal?

R. La idea de la relocalización, por el momento, ha respondido más al deseo de las compañías de probar estrategias de responsabilidad social corporativa – generar empleo y valor añadido en su propio país – que a una imposición política. Si Trump intenta cambiar eso, se verá como una injerencia muy poco habitual en un país en el que el gobierno tiende a ser marcadamente liberal y a ofrecer una gran libertad a sus compañías. Veremos en qué se concretan este tipo de ideas que en campaña parecieron resonar muy bien con unos electores que nunca parecieron demasiado analíticos…

P. ¿Cuánto se encarecería la producción?

R. Es difícil hacer un estimado, pero Apple es una de las compañías que más ha avanzado en la automatización de su cadena de producción, lo que supuestamente llevaría a que ese posible encarecimiento no fuese tan elevado.

P. ¿Cuál podría ser el precio de mercado en este hipotético caso? (teniendo en cuenta los márgenes de beneficios actuales)

R. Si el proceso de fabricación no está determinado por una carga importante de mano de obra, como todo parece indicar, el incremento no tendría por qué ser muy significativo. Y hablamos de Apple, que es sin ninguna duda la compañía con mejores márgenes operativos en toda la industria.

P. ¿Qué consecuencias tendría para Apple fabricar en Estados Unidos a nivel de marca? ¿Podría ser el fin de la compañía?

R. Fabricar en los Estados Unidos podría tener un posible impacto en costes, pero podría igualmente aportar mucho en términos de imagen de marca, reputación y reconocimiento. Para una compañía como Apple, que hizo enormes esfuerzos por explicar que su decisión de no abrir el iPhone al FBI no era en absoluto una decisión anti-patriótica y que aún así, no consiguió que muchos norteamericanos lo viesen así, fabricar en los Estados Unidos podría representar una oportunidad para mejorar su imagen a nivel popular. Pero de nuevo, existen numerosas complicaciones más allá del coste de una mano de obra cada vez menos importante, que convierten esta decisión en sumamente compleja.

 

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Los problemas de Samsung

Samsung y su olla a presión - Cinco Días

Marimar Jiménez, de Cinco Días, citó mi artículo sobre las presiones competitivas que habían llevado a Samsung a lanzar un modelo que torturaba en exceso las especificaciones de la batería, en el suyo titulado “Samsung se la juega esta navidad al parar de nuevo la fabricación del Note 7” (pdf), y al día siguiente me pidió una columna de opinión sobre el tema en la que volví a incidir en la imagen de la olla a presión, de lo difícil que resulta competir con una compañía que lleva a cabo una gestión de las especificaciones tan bien optimizada como la que desarrolla Apple. La titulé “Samsung y su olla a presión” (pdf).

La decisión de Samsung de retirar definitivamente su buque insignia en el mercado de smartphones de alta gama es sin duda compleja y dolorosa. En realidad, las presiones del regulador y de las empresas de telecomunicaciones no le dejaban otra opción. Los terminales que sufren problemas son un porcentaje minúsculo, no llegó a aparecer en los durísimos tests de estrés que se llevan a cabo en fábrica, pero son obviamente suficientes para que el riesgo exista y tenga que ser eliminado. Cuando tus clientes reciben advertencias en los aviones que tratan a tu producto como si fuera una auténtica bomba, cuando las unidades que envías como reemplazo tampoco están exentas de problemas, y cuando se genera ya una auténtica campaña que atenta gravemente contra tu reputación, lo único que puedes hacer es plegar velas, indemnizar todo lo indemnizable, evitar cualquier posibilidad de problemas posteriores – llegando incluso a la desconexión remota de los terminales que no hayan sido devueltos – y enfocarte en tu próximo producto, que muy posiblemente responda a una nueva nomenclatura y ni siquiera lleve nombres como Galaxy o Note. Financieramente, la bofetada es espectacular: nada que el gigante coreano no pueda superar, pero sin duda, un castigo durísimo.

Samsung es una compañía enorme, sólida, potente y diversificada. Es el orgullo nacional de un país que, hace ya algunos años, decidió apostar por la tecnología como base de su economía, y que lo hizo fantásticamente bien en ese sentido. Sus terminales son muy buenos, hasta el punto de que la propia Apple ha intentado detener su progresión mediante el uso de non-market strategies como el litigio en los juzgados.

El caso Galaxy Note 7 es, simplemente, una prueba de hasta qué punto el mercado de la electrónica de consumo no admite atajos de ningún tipo: la duración de la batería, la calidad de la pantalla, la velocidad del procesador, la resistencia del cristal o prácticamente cualquier otra especificación están torturadas hasta el límite. Presentar un modelo “revolucionario” en el que el rendimiento de alguno de estos parámetros se dispara diferencialmente solo puede responder o bien al uso de una nueva tecnología, o a un riesgo, a algo que, dada la variabilidad y la extensión de los casos de uso, solo puede acabar mal. Entre ser un competidor brillante y un competidor explosivo existe una distancia minima, y superarla puede producir un auténtico desastre… Q. E. D.

 

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Samsung y la presión competitiva

IMAGE: Franck Boston - 123RF

Un interesante informe de Bloomberg, Rush to take advantage of a dull iPhone started Samsung’s battery crisis, revela cómo las noticias acerca del lanzamiento del iPhone 7 y sobre todo, los rumores sobre la posibilidad de que fuese considerado un producto con mejoras únicamente incrementales y con poco atractivo, fueron capaces de generar en Samsung un ambiente de fortísima presión sobre cada una de las especificaciones del Galaxy Note 7, que culminaron con el lanzamiento de un producto defectuoso. La necesidad de aprovechar el supuesto momento de debilidad de Apple para superarla llevó a la marca coreana a decidirse por una batería tan grande que no cabía en su compartimento, y en la que la presión ejercida por la carcasa podía llegar a generar cortocircuitos.

La retirada global del Galaxy Note 7 está suponiendo un coste descomunal para una marca que, además de afrontar denuncias por las explosiones de su producto y ver cómo se prohibía su entrada a bordo de aviones, ha tenido que crear una página para que los usuarios comprueben si su terminal está afectado, cambiar el icono de la batería de gris a verde para diferenciar los modelos seguros, e incluso anunciar la posibilidad de desactivar remotamente los terminales que no sean devueltos a la marca.

El episodio muestra hasta qué punto la competencia entre marcas en el mundo de la electrónica de consumo tiene lugar especificación por especificación y componente por componente, una auténtica olla a presión competitiva al límite de su resistencia, y cómo de difícil resulta competir contra las especificaciones de una Apple que si bien es criticada por no ser completamente puntera en cada uno de sus componentes, sí lleva cada uno hasta el límite de lo que considera que vale la pena.

Resulta muy interesante combinar la lectura de cómo Samsung vio la oportunidad de batir al terminal de Apple en función de las bajas expectativas que generaba, con este artículo de Jean-Louis Gassée en Medium, iPhone nonsensus: Apple’s debt to bloggers, en el que describe cómo Apple debería estar enormemente agradecida precisamente a todos esos analistas que, en los meses y semanas previos al lanzamiento del iPhone 7, se dedicaron a describirlo como un producto aburrido, carente de creatividad y decepcionante que hacía que valiese la pena esperar al iPhone 8, lo que permitió a la marca partir de una situación de muy bajas expectativas que resultaba intrínsecamente mucho más fácil de superar en su presentación. Y que además, como ahora sabemos, tuvo el efecto colateral de poner a sus competidores al borde del ataque de nervios pensando que podían superarlos…

 

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¿Debe el smartwatch ser independiente del smartphone?

Apple Watch and iPhoneSegún la mayoría de los analistas, el desarrollo del Apple Watch 2.0 parece encontrarse con una serie de limitaciones importantes relacionadas con la supuesta necesidad de independizar al smartwatch del smartphone que, por el momento, le proporciona conectividad y algunas otras funciones.

Situar la conectividad celular en un aparato con un tamaño razonable para llevarlo en la muñeca, con las limitaciones que ello conlleva sobre todo en términos de espacio para la batería, es un reto importante y complejo desde el punto de vista de la ingeniería: los chipset actuales de conectividad celular consumen demasiada energía, lo que llevaría a relojes con una autonomía muy escasa que reduciría, lógicamente, su atractivo comercial. Esto ha hecho que Apple se centre en el desarrollo de chipset celulares con un consumo más bajo, una ruta de investigación en cualquier caso interesante, además de en situar el GPS en el propio reloj, algo técnicamente más factible. La idea parece ser, según Apple, ser capaces de eliminar la necesidad de conectar los dos dispositivos, que puedan tener una existencia independiente.

Dejemos al margen la discusión sobre si un smartwatch aporta mucho o poco: si estás convencido de que el smartwatch no es un dispositivo útil, no pretendo discutirlo, allá cada uno con sus ideas de conectividad personal y de acceso a la información. Yo no lo tenía claro hasta que probé uno: lo hice convencido de que sería un reloj que usaría tan solo en algunas ocasiones, y que rotaría con otros relojes de mi colección en función de las preferencias de cada momento, y desde hace tiempo me encuentro con que estoy tan incómodo sin él, que todo el resto de relojes languidecen en un cajón… Recibir alertas de correos electrónicos o mensajes y verlas con un simple giro de muñeca, decidir si saco el smartphone o no cuando me llaman, ver alertas de noticias y algunas funciones más me han convertido en un usuario fiel. Pero allá cada uno con sus ideas y preferencias.

Lo que no tengo claro es si realmente un smartwatch independiente del smartphone es algo que me aporte demasiado. Mi principal problema con el Apple Watch no es que dependa del iPhone, porque pase lo que pase, mi iPhone está conmigo en todo momento, como mucho separado unos pocos metros. En general, la resistencia a que el Apple Watch dependa del iPhone proviene de quienes practican deportes, que querrían poder salir a correr tan solo con el reloj, sin cargar con el smartphone: como no soy un corredor, mi ejercicio se limita a caminar rápido, no tengo esa necesidad. Mi momento de aislamiento, el único momento en el que prescindo no solo de mi Apple Watch sino también de mi iPhone, es cuando buceo. Y eso me lleva a plantear qué queremos en cada momento: ¿realmente son las necesidades de un corredor o de un buceador coherentes con la idea de separar un dispositivo del otro?

Cuando buceo, aparte de la obvia cuestión de la resistencia al agua, lo que quiero es ver una serie de parámetros muy claros y de un solo vistazo, y para ello utilizo un dispositivo especializado. Cuando salgo a caminar, lo que realmente me ayuda no es la conectividad celular, sino la posibilidad, por ejemplo, de ver mi frecuencia cardíaca en tiempo real de un solo vistazo. ¿Quiero esas funciones en el reloj que uso habitualmente? La verdad es que me aportarían entre poco y nada. Mi idea es que situaciones especiales demandan dispositivos especiales, y que tratar de crear el “uberdispositivo” que funciona en todas las situaciones es una idea destinada al fracaso. Preferiría un smartwatch con mucha más duración de batería, que me permitiese llevarlo durante la noche y se cargase rápidamente, por ejemplo, mientras me ducho o estoy en el baño, que uno que tenga conectividad celular: las veces que he contestado una llamada desde el smartwatch en plan Dick Tracy me ha parecido ridículo y profundamente incómodo.

Apple es una empresa convencida de que el usuario no sabe en realidad lo que quiere, y que es su obligación enseñárselo mediante los diseños adecuados. ¿Tiene en este caso razón, y terminaremos utilizando un smartwatch en todo momento y situación? ¿O más bien optaremos, como anticipo, por dispositivos especializados para corredores, para buceadores o para practicantes de otras actividades, y dejando el reloj normal en casa cuando las practiquemos? ¿Vale realmente la pena embarcarse en una cruzada por separar smartwatch de smartphone, cuando lo habitual es que los usuarios lleven el smartphone consigo prácticamente en todo momento?

 

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Más que un simple agujero de 3.5 mm

Cable audio mini-jack 3'5mmTodas y cada una de las decisiones que se toman en Apple están rodeadas de polémica, aunque siguiendo el tradicional secretismo de la compañía, aún no hayan sido siquiera anunciadas.

En esta ocasión, la polémica surge a raíz de un artículo publicado en WSJ sobre el próximo modelo de iPhone se diferenciaría poco del anterior (un cambio con respecto a la política tradicional de la compañía, que suele plantear modificaciones importantes en el diseño de sus smartphones cada dos años) y en el que se indica como uno de los cambios más notorios la desaparición del conector de audio estándar de 3.5mm, el tradicional mini-jack de los auriculares. Tras la hipotética eliminación, las opciones para audio, de nuevo según los rumores, pasarían a ser o bien dispositivos inalámbricos, o bien conectados a través del conector propietario Lightning o del USB-C que la compañía ha utilizado en sus MacBook.

Nilay Patel califica la posible eliminación del mini-jack de audio como “decisión estúpida y hostil de cara al usuario“. Según el editor en jefe de The Verge, eliminar el conector de audio es una muy mala decisión, y aporta seis razones para ello: porque posibilita la llegada de sistemas de restricción de derechos (DRM) asociados con la salida de audio, porque los auriculares y altavoces inalámbricos no son gran cosa, porque los dongles o conectores múltiples que habría que usar en determinadas situaciones (como cuando quieres cargar el teléfono mientras escuchas música o hablas usando un dispositivo no inalámbrico, por ejemplo) son incómodos y habrá que llevarlos siempre encima, porque eliminar un estándar tan arraigado tiene un coste en términos de accesibilidad, porque convertir los auriculares en algo incompatible entre terminales iPhone y Android es arrogante y estúpido, y porque nadie pide esta eliminación.

La opinión contraria la expone John Gruber, sin duda una opinión autorizada desde su Daring Fireball, en una entrada en la que compara el mini-jack con los diskettes de 3½ que Apple eliminó en su iMac en 1998 (y que analistas importantes como Walt Mossberg calificaron entonces como “un flagrante error de diseño“), y se plantea si realmente ese conector analógico tendría que permanecer en nuestros dispositivos toda la vida, y si Apple acierta con el momento de su eliminación, sustituyéndolo según algunos rumores con un puerto Lightning y por unos auriculares que vendrían incluidos con ese conector, lo que conllevaría que únicamente Apple o los fabricantes que Apple autorizase podrían fabricar dispositivos para él.

Según Gruber, la eliminación del conector, en términos de diseño, no es tanto un problema de anchura del dispositivo (el iPhone 6s mide 6.9mm, pero el iPod Touch mide 6.1mm y tiene el mismo conector) como lo es de longitud, obligando a reducir el espacio disponible para un componente que parece cada día más crítico: la batería. Según el planteamiento de Gruber, es posible que nadie esté pidiendo la eliminación del conector de audio, pero muchos estarían dispuestos a cambiarlo por una mayor duración de su batería.

Apple es una compañía que, a lo largo de su historia, se ha caracterizado en numerosas ocasiones por introducir novedades “que nadie les estaba pidiendo”, un hecho que suele resumirse con aquella frase de Henry Ford que Steve Jobs solía citar, “si hubiera preguntado a la gente lo que querían, me habrían dicho que querían caballos más rápidos”. Que Apple no tiene ningún problema en ser incompatible con Android está claro a partir del momento en que lleva años negándose a introducir un puerto micro-USB, y que no tiene miedo a la polémica ha quedado también patentemente claro cada vez que ha eliminado o cambiado algún otro conector: ya nadie echa de menos el antiguo y espantoso conector de treinta pines que llevaban sus dispositivos anteriores y a cuya eliminación se opusieron tantos usuarios en su momento, y resulta perfectamente posible que en pocos años veamos el agujero del conector de audio analógico del mismo modo que hoy vemos la ranura de una disquetera.

Tres lecturas interesantes – los rumores del WSJ, la crítica de Patel y la respuesta de Gruber – para reflexionar sobre los compromisos que las compañías adquieren en torno a cuestiones tan aparentemente simples como eliminar o no un agujero en un dispositivo. Posiblemente haya otros factores en juego, como facilitar la impermeabilización del dispositivo (aunque hay numerosos dispositivos resistentes al agua en el mercado que poseen conector de audio) o de otro tipo, y sin duda, leeremos bastantes más opiniones sobre el tema a pesar de que todo se inicia con un simple rumor. Como ambos analistas dicen, los usuarios terminarán votando con su cartera. Pero por el momento, parece claro que la mayoría de los usuarios de iPhone no van a cambiar de opinión por el hecho de que el conector de audio de 3.5 mm esté o no esté, y que, como mucho, podría ser una crítica añadida a otros factores considerados más importantes.

Como siempre ocurre con Apple… todo por confirmar.

 

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La división digital en función de la privacidad

IMAGE: gl0ck33 - 123RFLas divisiones sociales en el pasado se establecían en función de parámetros como la pertenencia a una determinada familia, el dinero y las posesiones, o el acceso a recursos como la información. El escenario del futuro – o para muchos, ya el del presente – se caracterizará por la posibilidad de entender y utilizar herramientas que salvaguarden la privacidad.

Un reciente paper de Ian Clark desarrolla precisamente esa interesante cuestión: la división de la sociedad entre personas completa y permanentemente monitorizadas, sin capacidad para llevar a cabo – escribir, leer, comentar, reunirse, visitar, etc. – nada sin que sea automáticamente conocido por las autoridades competentes, y aquellos con suficientes conocimientos o habilidades para mantener un cierto nivel de libertad y privacidad.

El impresionante desarrollo en China de una plataforma contextual de evaluación permanente de la seguridad pública, una auténtica herramienta de pre-crimen o policía del pensamiento, unida a las presiones del FBI norteamericano sobre Apple para el desbloqueo de sus dispositivos y a las iniciativas legislativas tanto del Reino Unido como de Francia en materia de acceso a las actividades de los ciudadanos, pintan un futuro verdaderamente inquietante. Una sociedad en la que una amplia mayoría de los ciudadanos utilizan herramientas que ofrecen la capacidad de monitorización permanente de todos sus actos e intereses, mientras una “minoría ilustrada” es capaz de utilizar otras que sí le permiten un cierto nivel de privacidad. La privacidad digital, establecida como nueva frontera de los derechos humanos.

La evolución del escenario tecnológico parece indicar precisamente esa tendencia: únicamente un escaso 10% de los terminales Android en el mundo están cifrados, frente a un 95% de los iPhones. Smartphones sin cifrar para la mayoría, frente a terminales cifrados y considerados razonablemente seguros para un porcentaje más pequeño y exclusivo. Herramientas de cifrado o de intercambio de información para el día a día dotadas de ciertas barreras a la adopción en función de una relativa complejidad técnica que no todos son capaces de utilizar – o algunos ni siquiera ven interesante utilizar – frente a minorías que cifran sus correos, su navegación y su vida digital mediante VPNs, proxies y correos seguros. La privacidad, como lujo al alcance de unos pocos, frente a una mayoría que, sencillamente, no la entiende o no la aprecia como tal. Herramientas gratuitas con desarrollos brillantes relegadas a la incomprensión o a una adopción meramente marginal. Tópicos como el “si no tengo nada que ocultar, no tengo nada que temer” convertidos en mantra para una mayoría ignorante o desinteresada, mientras una minoría se afana en defender a ultranza su privacidad no porque tengan realmente nada que ocultar o porque pretendan luchar o atentar contra el sistema, sino fundamentalmente como principio ideológico.

Ha bastado con un grupo terrorista, unos pocos atentados, un iPhone y un escenario susceptible de generar miedo para traernos hasta aquí, para engañar a la población hasta el punto de que crean que si permiten la monitorización de cada paso que den, estarán más seguros. Cuando escribí el prólogo para la edición española de “Cypherpunks”, el libro coral y conversacional de Julian Assange, nunca pensé que este escenario tardaría tan poco en llegar.

 

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