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El precio del activismo

Trump cover - Der SpiegelLas absolutamente desmedidas actuaciones del presidente de los Estados Unidos en sus primeras semanas de mandato están dando lugar a problemas y protestas de todo tipo y condición, como los que cabía esperar cuando se pone al frente del país más poderoso del mundo a un payaso grandilocuente carente de cualquier habilidad política, capaz de cuestionar a los juecesobsesionado con las audiencias e incapaz de formular frases de manera coherente.

Ahora, el problema está en cómo reaccionar ante lo que posiblemente sea la mayor sarta de barbaridades, sinsentidos y estupideces políticas jamás cometidas en los Estados Unidos. Y si algo parece claro es que tratar de mantener una actitud colaborativa para al menos intentar influir en los foros de decisión cuando se tomen determinadas medidas es algo sumamente peligroso: lo sabe perfectamente Travis Kalanick, que acaba de renunciar a su puesto en el consejo asesor del presidente tras ser objeto de una campaña de protesta por ese supuesto colaboracionismo, campaña que parece haber llevado a unos 200,000 usuarios a eliminar la app de sus smartphones y ha elevado a su competidor, Lyft, al Top 10 de la App Store.

Lo sabe también Elon Musk, presente en el mismo consejo y que ha defendido su decisión de permanecer en él, pero que ha recibido todo tipo de críticas a través de Twitter por legitimar la política antimigratoria dictada por el presidente tras intentar inútilmente mediar para rebajar sus términos. Decididamente, intentar colaborar con el inquilino de la Casa Blanca, por mucho que se pueda plantear con las mejores intenciones, no es algo que vaya a salir gratis.

Los grandes almacenes Nordstrom anuncian que no venderán la línea de ropa de la hija del presidente, Ivanka, culpando por ello a sus escasas ventas. En realidad, se trata de una reacción a la campaña “Grab your wallet“, que anima a los ciudadanos a boicotear todas las compañías de Trump, las que vendan productos de la familia Trump o incluso las que se anuncien en The Apprentice, el programa de televisión que protagonizaba Donald Trump.

Harley-Davidson canceló el pasado jueves una visita del recién nombrado presidente, afirmando no sentirse cómoda con las protestas que podría generar, y anticipando posibles daños a su imagen. La idea de recibir a un personaje tan sumamente tóxico y de encabezar los telediarios de medio mundo con manifestaciones de ciudadanos en la puerta de su fábrica no parece una perspectiva que anime demasiado a ningún directivo.

Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft están circulando un borrador de carta abierta en protesta contra las políticas del presidente. Para las compañías tecnológicas, protestar es algo que está, en general, completamente dentro de la lógica: no solamente emplean en muchos casos talento aportado por inmigrantes de todo el mundo, sino que incluso están, en muchos casos, fundadas por inmigrantes. Más de dos mil empleados de Google, incluyendo a su fundador, Sergey Brin, participaron en una protesta contra las medidas del presidente. Las compañías tecnológicas no solo se ven amenazadas en sus posibilidades de atraer talento debido a las restricciones a la entrada y a las esperadas modificaciones en el programa de visados tecnológicos H-1B, sino que además, ven cómo las propias herramientas que crean son utilizadas en los aeropuertos como una forma de control de los inmigrantes.

Pero las protestas tampoco salen gratis. Cualquier acción radical, como el blackout de enero de 2012 contra SOPA y PIPAcontra las políticas del presidente choca con el hecho de que hay una cierta cantidad de norteamericanos que, aunque no sean mayoría, votaron a su favor, y podrían reaccionar en contra de las compañías que expresen su disconformidad con sus políticas. Y por mucho que presuntamente, los votantes de Trump no sean ni los que tienen mayor nivel cultural ni los más usuarios de los servicios de las compañías tecnológicas, y que tiendan a ser más bien burdos, ramplones y primarios cuando se expresan a través de las redes sociales – vale la pena ver la magistral respuesta de J. K. Rowling a trolls pro-Trump en Twitter – no dejan de ser parte importante de la sociedad. Una parte que, a pesar del dilema de las dos Américas que Trump ha evidenciado y explotado, pocos quieren plantearse abiertamente excluir.

La posibilidad de reacciones de los votantes pro-Trump lleva a que las acciones que se planteen deban ser necesariamente coordinadas para evitar un perjuicio directo a una sola compañía, y parece estar alentando la opción de protestas a través de los tribunales, donde las compañías pueden plantear sus protestas en un foro más controlado, menos directo y cuyas decisiones tienden a ser acatadas por la mayoría de los ciudadanos. La otra posibilidad, dado que el propio presidente utiliza las herramientas de las compañías tecnológicas para hacer llegar sus opiniones al gran público, es plantearse impedirlo: Twitter podría cerrar la cuenta del presidente con muchísimas excusas que van desde la exaltación del odio hasta el patente racismo, y eso privaría al presidente de su canal de comunicación más querido, pero a riesgo de iniciar un abandono de Twitter entre los que lo votaron. Facebook podría plantearse excluir determinadas noticias de sus trending topics, pero de nuevo, a riesgo de ser acusado de censura y de ver cómo los usuarios conservadores dejan de sentirse cómodos en la plataforma o se plantean acciones contra ella. Otra posibilidad, por supuesto, es tratar de combatir a Trump en su terreno, en Washington, a través de acciones de lobbying, un ámbito en el que las compañías tecnológicas se han destacado notablemente a lo largo de los últimos años.

En realidad, las compañías tecnológicas saben que estas primeras batallas forman parte de una guerra mucho más larga, en la que tendrán a Trump enfrente en bastantes más cuestiones, como la de la neutralidad de la red. Y en toda guerra larga, como bien sabe el siniestro Steve Bannon o la socióloga Zeynep Tufekci, es fundamental administrar las fuerzas, porque las protestas reiteradas, por abundantes que sean al principio, terminan por generar una sensación de desaliento o de hartazgo que lleva a la victoria del oponente. En este caso, el oponente no solo es el más poderoso del mundo, sino que tiene a su favor toda la maquinaria del Estado.

El activismo tiene un precio. Yo tengo muy claro que en ningún momento voy a plantearme si escribir determinadas cosas puede hacer que no me sea posible viajar a Estados Unidos, país en el que viví cuatro años, en el que estudié y al que vuelvo con cierta frecuencia por razones profesionales: primero, porque me parecería profundamente ridículo, y segundo, porque simplemente no puedo hacerlo, no soy así y no me sale lo de nadar y guardar la ropa – seguramente no sea suficientemente inteligente como para hacerlo. Pero yo soy simplemente una persona, no una compañía con la obligación legal de defender el valor que entrega a sus accionistas por encima de otras cuestiones. Cuando las compañías entienden que tienen que maximizar el valor para sus accionistas por encima de todo, incluso de la ética, ocurren barbaridades como las de Volkswagen. Pero en los tiempos que vivimos, ya sabemos que una compañía puede hacer auténticas salvajadas, envenenar a medio mundo, y en lugar de ser penalizada por el mercado, verse elevada al trono de las ventas mundiales.

No, esta guerra no va a ser fácil. Pero las compañías tecnológicas saben que van a tener que estar en ella.

 

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La industria tecnológica frente a la sinrazón

Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States - The White HouseEl decreto presidencial firmado por Donald Trump el pasado 25 de enero titulado Protecting the nation from foreign terrorist entry into the United States ha provocado la detención de personas de toda condición en aeropuertos de todo el país, y ha dado lugar a fuertes reacciones de oposición, entre las que destaca especialmente la de la industria tecnológica.

En este momento, la medida se encuentra paralizada por la acción de un tribuna federal, pero esto únicamente impide las deportaciones, no la posibilidad de que los afectados puedan permanecer detenidos. La situación es completamente caótica: un auténtico asalto a las libertades civiles aprovechando el estatus de limbo legal de las instalaciones de aduanas y protección de fronteras, cientos de personas con sus papeles perfectamente en regla, con permisos de residencia válidos o incluso con visados o permisos de trabajo permanentes (green card) han sido detenidos, aislados de sus familias o compañeros de viaje durante 16 horas, sin acceso a abogados y sin poder utilizar sus dispositivos electrónicos, que fueron además inspeccionados en busca de evidencias de actividades o actitudes sospechosas en redes sociales.

El decreto firmado por Donald Trump impide la entrada a personas con pasaportes iraníes, iraquíes, libios, sirios, somalíes, sudaneses o yemeníes durante 90 días, suspende la entrada de refugiados por 120 días y de refugiados sirios indefinidamente, y elimina la protección de la Privacy Act para extranjeros. Por intervención de los asesores presidenciales Stephen Miller y Steve Bannon, la decisión también afecta a personas en posesión de green cards

Mientras, en el exterior de las terminales internacionales de los aeropuertos, manifestaciones de protesta contra la medida, incluyendo una huelga de taxistas que provocó malentendidos cuando Uber anunció la eliminación de su surge pricing en el aeropuerto y se interpretó como una manera de aprovecharse del conflicto. En realidad, Uber es una de las compañías que ha anunciado medidas especiales para proteger a los afectados: los conductores afectados que no puedan entrar en el país continuarán percibiendo ingresos de la compañía durante tres meses para que puedan seguir sosteniendo a sus familias. Airbnb ha ofrecido alojamiento gratis en las propiedades que administra para afectados por el decreto, y hay peticiones a Jack Dorsey para que, dado que Trump impide que varios de sus empleados entren en el país, la compañía responda eliminando de Twitter la cuenta personal de Donald Trump.

Google afirma tener más de cien empleados afectados a los que ha pedido que vuelvan inmediatamente al país, y su cofundador, Sergey Brin, ha participado personalmente en las manifestaciones. La Game Developers Conference, que estaba teniendo lugar durante estos días, ha convocado a los asistentes a las manifestaciones en los aeropuertos. El fundador y CEO de Netflix, Reed Hastings, ha afirmado que “las acciones de Trump perjudican a los empleados de Netflix en todo el mundo, y son tan contrarias a todo lo americano que nos duele a todos. Peor aún, esas acciones harán a América menos segura (generan odio y pérdida de aliados) en lugar de más segura”. Elon Musk denuncia que “esta orden no es la mejor manera de afrontar los desafíos del país”, y que “muchas personas afectadas por esta política son fuertes partidarios de los Estados Unidos que han hecho el bien, no el mal, y no merecen ser rechazados”. Amazon, en la que ha sido calificada como de “respuesta débil“, ha emitido un comunicado con recomendaciones a sus empleados, en el que afirma que “desde sus orígenes, Amazon ha estado comprometida con la igualdad de derechos, tolerancia y diversidad, y siempre lo estaremos”. El CEO de Microsoft, Satya Nadella, y otros directivos de la compañía también han emitido comunicados condenando la medida, como han hecho también Sundar Pichai, de Google; o Facebook a través de su fundador, Mark Zuckerberg.

A nivel internacional, Justin Trudeau, presidente de Canadá, ha publicado una bienvenida a los refugiados que deseen acudir a Canadá, un país en el que “la diversidad es nuestra fuerza”, y se ha fotografiado en un aeropuerto dando personalmente la bienvenida a una familia siria, mientras la británica Theresa May, de visita en los Estados Unidos, ha recibido fuertes críticas en su país por su débil respuesta a las políticas de Trump.

Nada es suficiente ante tanta sinrazón. Cuando, en enero de 2012, el gobierno norteamericano amenazó con promulgar leyes como SOPA o PIPA, fuertemente restrictivas de la actividad en la red, la respuesta fue el boicot más importante en la historia de internet. Lo que está ocurriendo ahora en los Estados Unidos es mucho, muchísimo más grave que aquello: hablamos de las vidas de personas que no han hecho absolutamente nada malo, que no son terroristas ni nada que se le parezca, y que están siendo objeto de una persecución por razones que van más allá de lo religioso – muchos de ellos no son siquiera musulmanes o no practican su religión – y tienen que ver más con el hecho de tener un pasaporte de un país determinado. Los países condenados por Trump no son siquiera aquellos de los que han partido los terroristas anteriormente, sino que excluyen específicamente los países en los que el presidente tiene intereses económicos. En tan solo una semana, Trump ha dejado claro el tipo de gestor que es: un patético showman grandilocuente que lejos de arreglar los problemas, los empeora mucho más.

La industria tecnológica está respondiendo a las medidas de Trump como es lógico cuando muchos de los fundadores de las compañías más importantes son inmigrantes o descienden de ellos, pero no es suficiente. Hay que ser más contundente, hay que ir más allá de los comunicados y de las palabras. Es preciso que se tomen medidas verdaderamente comprometidas, que dejen claro que la oposición a la barbarie debe ir más allá de la simple indignación o de los tweets. Las redes sociales están bien para exteriorizar reacciones, pero es fundamental ir más allá.

Las acciones de Trump son tan graves, que merecerían una reprobación expresa de Naciones Unidas que incluyese sanciones diplomáticas internacionales. Las acciones de Trump vulneran abiertamente los derechos y la dignidad humana inútilmente, a cambio de nadie sabe exactamente qué, simplemente para mayor gloria de un personaje patético y peligroso. En Europa ya vimos una vez una deriva similar a esta, y nos costó muy, muy caro. Es importantísimo parar esto.

 

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Pasaporte y cuentas en redes sociales, por favor…

DHS logoEl Department of Homeland Security (DHS) de los Estados Unidos, equivalente aproximado del Ministerio del Interior y responsable, entre otras muchas cuestiones, del tránsito a través de las fronteras del país, se plantea exigir a los millones de visitantes que cada año intentan entrar en el país como turistas que proporcionen información sobre sus identidades en la red: páginas web de las que son editores o autores, cuentas en redes sociales, etc.

El documento, abierto a comentarios públicos hasta el próximo día 22 de agosto, pretende que tanto en el Sistema Electrónico para la Autorización de Viajes (ESTA) como en el famoso formulario I-94W que es rellenado a bordo de los aviones (sí, ese que nos pregunta, entre otras cosas, si estamos entrando en el país con el propósito de llevar a cabo actividades ilegales o inmorales), se soliciten datos opcionales acerca de la presencia en la red de los solicitantes de entrada, con el fin de que permita llevar a cabo un estudio más detallado del proceso de admisión en el país y añada más posibilidades de contacto. La idea se plasmaría con una pregunta adicional voluntaria,

“Please enter information associated with your online presence—Provider/Platform—Social media identifier.”

pregunta que pretende que los datos de presencia en redes sociales ofrezcan una mayor claridad y visibilidad sobre posibles actividades sospechosas o delictivas que conduzcan o bien a la admisión en el país, o a la denegación de la entrada.

La idea es tan brillante como la que pretende identificar delincuentes en el citado formulario I-94W mediante el sagaz procedimiento de… preguntarles si lo son. ¿Es usted un delincuente? Venga, confiese y firme que lo que ha dicho es rigurosamente cierto, porque como me diga usted que no es un delincuente y después resulte serlo, se va a enterar!

Es decir, que si en tu cuenta de Twitter, por la razón que sea, sigues a alguna cuenta que ellos tengan identificada como perteneciente a Daesh o simpatizante de alguna de sus tesis, buena suerte la próxima vez que intentes entrar en los Estados Unidos. Que seas periodista, antropólogo, investigador o estudioso del fenómeno islamista, en este tipo de cuestiones caracterizadas siempre por estar dibujadas con trazo muy, muy grueso, no te va a servir de nada. Que decidas no declarar tus redes sociales, dada la voluntariedad de la pregunta (aunque algunos congresistas se plantean seriamente convertirla en obligatoria), te convertirá con total seguridad en sospechoso sujeto a un mayor nivel de inspección. Y en esos casos, si resulta que por la razón que sea, alguien se llama igual que tú o ha creado en tu nombre una cuenta parodia en la que se dedica a seguir a terroristas o delincuentes… de nuevo, buena suerte, porque es más que posible que pases un rato muy entretenido hablando con unos señores muy simpáticos en la frontera.

La medida no es que sea absurda, sino que retuerce directamente la definición de absurdo: por un lado, obliga a los oficiales de inmigración a invertir horas y horas inspeccionando las cuentas en Facebook, Twitter, Instagram o los blogs personales de millones de personas, que sin duda serán “fascinantes” (por decir algo), pero en las que pretender encontrar el más mínimo rastro de terrorismo o delincuencia será sencillamente cómico. Por otro, se aseguran que todo aquel que tenga algo que esconder en las redes sociales se guardará muy mucho de confesarlo, y llevará a cabo sus actividades con todo tipo de precauciones, seudónimos, VPNs y demás posibilidades que existen para mantener una actividad como esa en un contexto razonablemente discreto. Al final algo que no solo no sirve para nada, sino que genera millones de datos inútiles y sin sentido.

Se mire por donde se mire, utilizar la actividad en redes sociales como indicador de posible terrorismo o delincuencia es, además de absurdamente intrusivo, una de las ideas más absurdas e inútiles que hemos podido ver en mucho tiempo.

 

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