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Sociedad, tecnología y discriminación

IMAGE: Achim Prill - 123RFUn documento de diez páginas escrito por un ingeniero de software de Google y titulado “Google’s ideological echo chamber” que estaba circulando viralmente en foros internos de la compañía fue publicado el pasado sábado por Gizmodo, y se ha convertido en el gran tema de discusión en el ámbito tecnológico, con críticasairadas contestaciones, reacciones y peticiones de respeto a la diversidad de opinión.

La respuesta de la compañía, a través de su recientemente contratada VP de Diversidad, Integridad & Gobierno, Danielle Brown, ha sido incluida también en el mismo artículo, y afirma que las ideas de la compañía no coinciden en absoluto con las expuestas en la carta, que Google es plenamente consciente de la necesidad de construir una cultura abierta e inclusiva, y que una parte importante de esa cultura es promover que aquellos que tengan visiones diferentes se sientan seguros compartiéndolas, pero que ese discurso tiene que desarrollarse dentro de los principios de igualdad de oportunidades establecidos en el código de conducta de la compañía, que se encuentra en medio de una investigación del Department of Labor norteamericano que la acusa de desigualdades salariales en función de género

¿Qué dice el documento y qué hace que se convierta en viral? Básicamente, el autor critica las políticas activas de la compañía encaminadas a promover la diversidad y, centrándose exclusivamente en la discriminación por género, achaca las diferencias en la composición de los distintos departamentos a cuestiones biológicas y sociales, afirma que “debemos dejar de asumir que una distribución de géneros no igualitaria implica sexismo”, y lamenta que ese tipo de conversaciones sean imposibles de mantener en Google por el efecto de una cultura corporativa que, según él, las sofoca y las convierte en políticamente incorrectas.

La mayoría de las críticas recibidas – también ha recibido demostraciones de apoyo – apuntan a que las ideas expuestas en el documento son contrarias a la idea de igualdad, utilizan falsas excusas amparadas en explicaciones supuestamente “naturales” para la falta de diversidad, y forman parte de una discusión teóricamente superada hace ya muchos años. En efecto, la discusión sobre la falta de diversidad en las compañías, y especialmente en las compañías tecnológicas y en puestos relacionados con la ingeniería del software viene ya de muy largo, pero está enormemente de actualidad. Culturas basadas en actitudes machistas, en climas hostiles, en culturas de acoso, o que simplemente pretenden ignorar este tipo de cuestiones han sido puestas de manifiesto en numerosos escándalos recientes, y se revelan como uno de los principales problemas que llevan a que ese tipo de puestos y compañías no sean atractivas para las minorías. Decididamente, el problema está aún a años luz de resolverse, y discusiones como esta pueden contribuir a ello si son encauzadas correctamente. En este caso, la cuestión es clara: ¿puede avanzarse en la discusión permitiendo a alguien que exprese opiniones completamente contrarias a las que se pretende defender, o sería mejor directamente, y aunque suene contraintuitivo, mostrar el compromiso de la compañía con la defensa de la diversidad excluyendo a las personas que manifiestan ese tipo de ideas?

Trabajo en una de las escuelas de negocios que encabezan los rankings de diversidad en su industria en todos los sentidos y que más consideran ese aspecto como una parte fundamental de sus valores. Imparto cursos en materias que tienen que ver con la tecnología y la innovación, a grupos en los que existe una amplísima diversidad en términos de género, origen geográfico, culturas, religiones y de todo tipo, desde hace ya un buen número de años. Y tengo claro no solo que el problema existe, sino que es absolutamente fundamental hablar de ello, exteriorizarlo, comentarlo y ponerlo de manifiesto… en la dirección adecuada. No se puede luchar contra una cultura histórica de exclusión implantada en la sociedad permitiendo que aquellos que la defienden tengan una supuesta igualdad de oportunidades para manifestar sus ideas.

Cualquier diferencia en términos de diversidad entre la plantilla de una compañía y su entorno refleja un problema. Si una compañía, por las razones que sean, tiende a atraer a una cantidad significativamente menor de un género, una raza o un grupo determinado que la que existe en el entorno que la rodea, eso constituye automáticamente un problema que debe ser tenido en consideración y corregido. Por supuesto, eso no debe ser interpretado al pie de la letra o al decimal exacto, pero sí debe serlo como indicador. ¿Es obligación de una compañía asegurar que sus trabajadores constituyen una representación coherente de la diversidad de la sociedad? No como tal, pero sí lo es el entender que si no es así, es porque existe algún problema que lo impide, y ese problema debe ser corregido. Las compañías sanas reflejan la diversidad de su entorno, y si no es así, es porque hay razones que lo impiden que es preciso estudiar y corregir. Refugiarse en teóricas razones biológicas o culturales, en cuestiones hormonales o en supuestas afinidades del cerebro de un género o de una raza determinada con un tipo de tarea concreta es algo completamente tóxico, absurdo, trasnochado, falso, y sobre todo, injusto.

No, el que haya pocas personas de un género o de unas razas determinadas en puestos de desarrollo de software, en posiciones directivas o de otros tipos no tiene nada que ver con cuestiones codificadas en el genoma, en el cerebro o en las capacidades: son, por el contrario, señales evidentes de una discriminación que puede y debe corregirse. No con tópicos, no con gestos, no con palabras, sino con actitudes claras, decididas y específicas en el sentido correcto. Quien no haga nada y prefiera entender esas actitudes como “reflejo de una sociedad” o como supuestas “cuestiones biológicas” escoge conscientemente convertirse en cómplice de esa discriminación, con todo lo que ello conlleva. O debería conllevar.

No estamos ante una cuestión menor: estamos ante un problema fundamental, erróneamente asentado en las sociedades desde hace siglos, que todos deberíamos luchar por corregir. Sin medias tintas, sin refugiarse en tópicos. Sin excusas.

 

 

 

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AR/VR es el próximo as en la manga de Apple

ARKitUn interesante artículo en Financial Times, Apple searches for the next big thing, interpreta para el común de los mortales una serie de movimientos que hasta el momento han estado solo a la vista de la comunidad de desarrolladores, pero que muy posiblemente constituyan las claves del próximo gran movimiento de la compañía más valiosa del mundo.

Un movimiento que se asienta sobre ese logotipo que aparece en la ilustración: ARKit, un conjunto de APIs en tres capas que permiten generar de manera relativamente sencilla experiencias inmersivas en realidad aumentada, con prestaciones muy superiores a las de sus competidores a cambio de requerimientos inferiores en términos de hardware, y que ya en su presentación en el WWDC dejó claro que pretendía convertirse en alternativa para plataformas y desarrolladores.

En un plazo relativamente corto, vamos a ver cómo la realidad aumentada pasa de jueguecitos con menor o mayor trascendencia como una capa en Pokemon Go o unos filtros en Snapchat, a integrarse en prácticamente todo aquel entorno en el que surjan posibilidades de aportar algo de valor. Un movimiento en el que se encuadran acciones de Google como el lanzamiento de Tango o el relanzamiento de Google Glass con usos industriales por parte de Google, la adquisición de Oculus por Facebook y sus desarrollos posteriores, o el desarrollo de HoloLens por Microsoft, con la intención todas ellas de hacerse con una participación significativa de un mercado en el que se prevén crecimientos del 100% anual a lo largo de los próximos cuatro años.

Echa un vistazo a este vídeo: robots caminando por las calles de Londres, mezclados entre transeúntes y vehículos:

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La gracia no está en el vídeo en sí, que es un simple experimento hecho con ARKit por una compañía londinense, sino en que está creado con un simple iPhone 7, con Unity, uno de los principales motores de desarrollo de videojuegos, y en tan solo un fin de semana. En muy poco tiempo, vamos a ver cómo la realidad aumentada y virtual (AR/VR), considerada por muchos la cuarta transformación en la tecnología de consumo, desarrolla sus cuatro etapas: de software para smartphone, a hardware para smartphone, a visores y gafas con cable y, finalmente, a visores y gafas independientes, con Apple sólidamente posicionada en cada una de ellas, sea mediante productos ya lanzados y funcionando, o mediante patentes y experimentos en ese espacio que sugieren sus intenciones. De nuevo, la estrategia habitual: llegar a un terreno en el que pululan numerosos competidores, plataformas y actores, y tratar de reinventarlo.

Si quieres entender lo que viene y que será ya completamente evidente a partir de septiembre, ya tienes aquí unos cuantos enlaces por los que empezar a curiosear 😉

 

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Google: momento agridulce

Google GLos resultados que Google publicó ayer son, decididamente, motivo de celebración: a pesar de la multa récord de 2,700 millones de dólares impuesta por la Unión Europea, convertida en una nota al pie, la compañía sigue siendo una máquina de hacer dinero: un crecimiento de nada menos que el 21%, inusual en una empresa con un modelo considerado ya como razonablemente maduro, propulsado fundamentalmente por negocios como la movilidad, el vídeo y, sobre todo, la nube, que triplica el número de grandes clientes y parece empeñado en dejar claro que, aunque el dominio en publicidad en todas las plataformas digitales sea apabullante,  la clave del futuro de la compañía no está en la publicidad.

La compañía ha doblado su plantilla desde 2013 hasta alcanzar los 75,000 trabajadores, y su CEO, Sundar Pichai, ha sido recompensado con un puesto en el consejo de administración de Alphabet por los dos años de crecimiento obtenidos desde su nombramiento.

Hasta aquí, la parte dulce. En unos dieciocho años, Google se ha convertido, sin duda, una de las compañías más importantes del mundo: todos utilizamos alguno de sus productos, desde su navegador, que supera ya el 60% de cuota de mercado en ordenadores y el 47% en smartphones; su buscador, que llega hasta el 80% a nivel mundial; hasta su correo electrónico, que alcanza el 22% en un mercado de elevada fragmentación. Y el problema, precisamente, puede venir de ahí: de un posible cambio de opinión con respecto a las implicaciones de la dominación de los mercados.

Un grupo de parlamentarios demócratas estadounidenses parecen estar avanzando en el desarrollo de una idea hasta ahora considerada anatema: la posibilidad de forzar la división de los gigantes de la red como Google, Amazon y otros, como forma de señalar al electorado que están dispuestos a abogar por los intereses del usuario frente a los de las grandes corporaciones, uno de los elementos a los que parecen más sensible los electores que optaron por la candidatura de Donald Trump. Una iniciativa que perjudicaría también a las grandes compañías de televisión por cable, bestias negras del ciudadano medio por su reparto del mercado en función de criterios geográficos y por promover una situación de escasa competencia que termina por perjudicar a los usuarios.

Este tipo de medidas acercarían más la política anti-monopolio norteamericana a la de la Unión Europea, y ejercerían una acción de pinza sobre las grandes compañías tecnológicas en sus dos mercados más señalados. En realidad, se trata más bien de medidas de tipo populista: no existen pruebas de ningún tipo de que el crecimiento de las grandes compañías tecnológicas suponga un problema de cara a una competencia diversa – pocos mercados son tan vibrantes y generan tantas novedades como el de la tecnología – o sobre los intereses de los usuarios, y el criterio de la Unión Europea parece, cada día más, una serie de criterios erráticos pensados especialmente para perjudicar de todas las maneras posibles a los gigantes norteamericanos.

La última batalla en Europa parece ahora ser sobre el tema más absurdo del mundo: los términos de servicio. En efecto, esos textos que definen la mayor mentira de internet, que tiene lugar cada vez que alguien marca la casilla de “he leído y entendido los términos de servicio”, y que ahora parece que los burócratas de la Unión Europea, en ausencia de otros temas con los que meter el dedo en el ojo a las compañías tecnológicas, pretenden utilizar como pretexto para cobrarse la enésima multa.

¿Mejoraría algo el mundo si obligásemos a las grandes compañías tecnológicas a escindirse en compañías más pequeñas? Mi impresión es que no, y que, como he comentado anteriormente, se trata simplemente de una medida populista y absurda, que además dejaría aún más expedito el camino a las grandes compañías chinas, auspiciadas por un gobierno empeñado en un esfuerzo coordinado para convertirse en el gran dominador mundial en temas como la inteligencia artificial. Lo siento, pero me considero un demócrata convencido, y la idea de que países de gran tradición democrática adopten medidas que perjudiquen a sus compañías exitosas para beneficiar con ello indirectamente a empresas creadas en países abierta y orgullosamente no democráticos me resulta completamente absurda. Sinceramente, entre empresas como Google o Amazon, y sus equivalentes chinos con toda la interferencia y connivencia de su autocrático gobierno, me quedo claramente con las primeras. Pero a lo mejor es que me he perdido algo.

 

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Google, la información… y el tiempo perdido

Google what? Google lanza una actualización prácticamente sin nombre de una actualización igualmente anunciada sin nombre en diciembre del pasado año, confirmando que es, posiblemente, una de las empresa que peor entiende la comunicación del mundo, posiblemente la más torpe de su tamaño e importancia a la hora de comunicar al mundo lo que hace.

El nuevo desarrollo está basado en un feed, en una serie de contenidos que acompañan a la caja de búsqueda y que se actualizan constantemente en función de los intereses del usuario y la coyuntura en la que se encuentra, al estilo de lo que conocían los que utilizaban Google Now. Pero ahora, lo que pretende Google es que pasemos a utilizar su página o su app para informarnos de lo que nos interesa, llenar ese enorme espacio blanco característico con aquellas noticias o temas que sus algoritmos creen que queremos ver.

El problema de Google es claro: la búsqueda nos proporciona información cuando, en efecto, queremos activamente buscar algo. Pero cuando no es así, cuando lo único que queremos es enterarnos de lo que pasa en el mundo, Google se había convertido en irrelevante con la imperfecta excepción de Google News (que nos informaba de las noticias de los medios, no necesariamente de cualquier otro contenido no mediático en el que pudiésemos tener interés). Desde hace mucho tiempo, cuando queremos informarnos de según qué temas, acudimos a sitios como Twitter, Facebook, LinkedIn, Pinterest, Flipboard y muchos otros, pero decididamente no a Google. Google es para hacer una búsqueda, no para informarte de los temas que te interesan.

Ahora, Google pretende aprovechar toda la información que obtiene de nosotros para que sus algoritmos entiendan en qué cosas estamos interesados, y construyan con ello un feed en permanente cambio, un suministro permanente de información relevante sobre lo que aparentemente queremos saber. Para ello, necesita diferenciar entre lo que buscamos de manera coyuntural, para obtener un resultado rápido posiblemente importante en el momento pero no necesariamente representativo de nuestros intereses, y lo que sí nos interesa de verdad, manteniendo las primeras como simples búsquedas, pero permitiéndonos que pasemos a seguir las segundas, con un botón de Follow en los resultados que permita ajustar el feed que veremos al entrar en Google con los resultados relevantes en ese tema.

La idea, como tal, no es mala. Algunas cosas que Google ha hecho con Google Now utilizando la información de nuestros correos, por ejemplo, son casi mágicas, y decididamente útiles. Sin duda, la iniciativa refleja la obsesión de Google por apartarse de un terreno, lo social, que jamás ha logrado entender y en el que ha cosechado posiblemente sus mayores fracasos como compañía: la relevancia de nuestro feed, de los temas que queremos seguir y que aparecerán ante nuestros ojos, la marcamos nosotros, no nuestra red, ni nuestros amigos, ni la agenda mediática. Nuestro feed es nuestro, no de nuestros amigos o conocidos, una especie de anti-Facebook o de rechazo a lo social: dame lo que me interesa a mí, no me des más fotos de los bebés de mis amigos, por muy monos que sean. Habrá que ver si eso funciona adecuadamente, o si se convierte en una manera de que nos perdamos aquellas noticias que posiblemente en principio no estuviesen entre nuestros intereses pero sean verdaderamente relevantes, y por tanto pasen a interesarnos. Seguramente no marcaría a Corea del Norte como uno de mis intereses, pero si Kim Jong Un lanza un misil nuclear, me temo que, quiera o no, pasa a interesarme, y seguramente bastante. Con seguridad no marcaría determinadas cosas como un interés mío, pero si se convierte súbitamente en un interés de todos mis amigos, seguramente querré saberlo, aunque solo sea para tener tema de conversación con ellos y que no parezca que vivo aislado en una cueva.

La idea de Google parece ser evitar la construcción de esa mítica burbuja definida por Eli Pariser en su libro The filter bubble que, supuestamente, dependía de las acciones de nuestro entorno, de nuestros amigos, de nuestros Likes. De alguna manera, Google parece creer que eliminando los amigos, los Likes, la elección de fuentes concretas y toda traza de mecanismos sociales, podremos eliminar esa burbuja. La gran realidad, mucho me temo, es que esa burbuja es algo que construimos nosotros mismos, que ahora pasaremos simplemente a vivir en burbujas construidas algorítmicamente, y que lo social, al menos, nos daba cierta posibilidad, a los que tenían una mentalidad suficientemente abierta, de que entrasen otros elementos en la burbuja que no habrían seleccionado como intereses ellos mismos. Sinceramente, entiendo el interés de Google en abandonar los desarrollos sociales viendo lo espantosamente mal que lo han hecho en ellos tradicionalmente, pero tengo serias dudas de que sustituir los mecanismos sociales por otros algorítmicos sea capaz de eliminar ninguna burbuja.

Por otro lado, la idea de seguir activamente temas y marcarlos en una página genera una desagradable sensación de tiempo perdido, de déjà vu, de nostalgia del producto cuyo abandono fue posiblemente uno de los mayores errores de Google: el cierre de Google Reader. Con Reader, Google no solo tenía una imagen clarísima y no filtrada de mis intereses, sino que, además, tenía una base perfecta para que, con mis acciones, educase a sus algoritmos sobre lo que realmente me interesaba y lo que no. Desde la base de Google Reader, la compañía podía haber construido el super-producto capaz de hacer que todos sus clientes se sintiesen bien y activamente informados. A día de hoy, sería el líder en información. Y en su lugar, renunció a entenderlo, lo cerró, y envió a sus usuarios a buscarse la vida a otras compañías, despreciándolos totalmente y sin darles ninguna solución propia. Con ello renunció a toda posible aplicación de lo que en aquel momento, en 2013, ya era una creciente realidad: el machine learning. Si querías aprender de los intereses de tus usuarios y usar esa información para educar a tus algoritmos, Google Reader era el producto perfecto. Viendo lo que Google lanza ahora, a mediados de 2017, podemos ya asegurar sin miedo a equivocarnos que el cierre de Google Reader en 2013 fue un absurdo y estúpido error de primera magnitud, y que el pequeño producto que desapareció en una Spring Cleaning firmada por Urs Hölzle representaba mucho más y tenía mucha más importancia potencial de lo que algún torpe directivo nunca fue capaz de ver. Desde el cierre de Google Reader me informo en Feedly, convertido en hogar para los varios millones de “refugiados” de Reader, y resultará muy difícil sacarme de ahí, y opto por redes sociales para esa parte de la información que no proviene de los temas que activamente sigo, sino de la coyuntura exterior o de lo que leen las personas a las que decido seguir.

El espacio que ahora Google pretende reclamar está ahora ocupado por un montón de aplicaciones, la mayoría con base social, que aspiran a mantener a sus usuarios bien informados. Y es ahora cuando viene Google a decirles que si marcan determinadas búsquedas, será esa página, que identifican con “búsqueda y nada más”, la que les mantendrá informados de lo que les interese. Suerte. No digo que no vaya a funcionar, podría hacerlo porque hay muchos usuarios que se informarán simplemente con lo que les pille más a mano… pero es una espantosa forma de reconocer un error y de demostrar que se han perdido miserablemente más de cuatro años. ¿Mi experiencia por el momento? Aquello que los algoritmos de Google creen que es en lo que estoy interesado coincide más bien poco con mis verdaderos intereses. A lo mejor es que soy un raro.

Ahora, Google quiere que vayas a su página no solo a buscar cosas, sino a informarte en función de lo que sus algoritmos estiman que te interesa. Ya sabes los riesgos de eso: no le tomes mucho cariño, porque como todo servicio de Google, te lo pueden cerrar de un día para otro según les dé por ahí, de manera completamente errática y sin que exista una razón clara. Para los periódicos, una posible fuente de tráfico además de Google News (salvo que vivas en España y no tengas Google News), o una manera de depender más aún de los algoritmos de la compañía, algo que sin duda deberán tener en cuenta. Pero si aún así te gusta y eres capaz de cambiar la percepción de la página de Google para que, además de un buscador, sea una especie de periódico personal que posiblemente llegue a reflejar tus intereses, ya sabes… di adiós al icónico espacio blanco de la página de búsqueda, y ahí lo tienes.

 

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El hombre algorítmico

IMAGE: Leo Blanchette - 123RFUna noticia en el Technology Review del MIT, Your best teammate might some day be an algorithm, me lleva a pensar en ese balance entre el desarrollo de más y más capacidades en las máquinas que, sin duda, pueden llevar a que muchos trabajos dejen de tener sentido, y la visión particular que siempre he tenido de mi trabajo viéndose cada vez más potenciado por el uso de ese tipo de tecnologías.

Francamente, nunca he tenido demasiado miedo de que un algoritmo me deje sin trabajo. Será porque me dedico a algo que pocos ubican en las quinielas de trabajos a ser rápidamente sustituidos por robots o por la flexibilidad absoluta que la institución para la que trabajo me ofrece a la hora de enfocar mi actividad, pero siempre he pensado que si todo mi entorno se ve revolucionado por la tecnología, seguiré teniendo posibilidad de estudiarlo y explicárselo a alguien a quien le pueda añadir valor.

Así, el enfoque de un desarrollo de herramientas algorítmicas enfocado en la colaboración me lleva a plantearme qué cosas podré hacer cuando algunas de las partes de mi trabajo que menos me gustan y que, posiblemente, menos valor añade, puedan ser llevadas a cabo por algoritmos, cada vez más fáciles de desarrollar y educar gracias a herramientas cada vez más sencillas.

Nuestro trabajo y nuestra vida en general están cada vez más rodeados de herramientas, que aportan una eficiencia cada vez mayor. Sin embargo, fallan aún algunos elementos: el primero de todos ellos es el que afecta a la visión de automatización incompleta de muchas tareas, que no llegan a suponer automatismos exactos, sino que están sujetas a una cierta variabilidad o “toque humano”, y que precisamente por eso, las herramientas aún no aciertan a llevar a cabo con el nivel de rendimiento adecuado. Durante muchos años, las herramientas se han planteado la automatización como una manera de replicar procesos de manera idéntica y predecible, un enfoque que se ha mostrado limitado. La posibilidad de introducir en esos algoritmos pasos que repliquen en algunos puntos el juicio de un humano en función de datos generados anteriormente permitirían establecer procesos de automatización mucho más potentes, planteados en función de diversos parámetros, y con mayor posibilidad de añadir valor. Hace relativamente poco tiempo, separar el spam del correo electrónico era una tarea pesada y manual. Ahora, prácticamente nada escapa al algoritmo, y la carpeta de spam ya prácticamente no merece supervisión manual. Y como eso, mil cosas más.

Muchas de las tareas que llevo a cabo a lo largo del día precisan de atributos que aún son inequívocamente humanos. Pero muchos otros tienen un componente mucho más mecánico y repetitivo, y podrían beneficiarse claramente de un tratamiento algorítmico. Antes de ver cómo los robots roban nuestros trabajos, veremos muchos otros casos de desarrollo de algoritmos que nos permitan niveles de automatización muy superiores que los que conocemos hoy, en tareas que no son completamente repetitivas, pero que llegan a parecérnoslo, y que potenciarán nuestras capacidades al tiempo que liberan tiempo para otras tareas. En muchos casos, cuando los algoritmos y los robots ya puedan hacer nuestro trabajo, nosotros ya estaremos haciendo otros trabajos diferentes, siguiendo un enfoque que, en función de lo ocurrido en épocas anteriores que ya son historia, me parece mucho más adecuado, constructivo y lógico. Cuantos más algoritmos veo, más quiero trabajar con ellos, aplicarlos a mi día a día y sentir que potencian mis capacidades como ser humano.

 

 

 

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Machine learning y competiciones

Machine learning competitions

Mi columna de El Español de esta semana se titula “Las máquinas y los retos“, y habla sobre las distintas competiciones que algoritmos de machine learning han ido disputando contra los humanos a lo largo de la historia reciente, al hilo de la nueva partida de Go disputada entre el algoritmo de Google, AlphaGo, y el joven genio chino del Go, Ke Jie, con victoria del primero.

Las dos partidas de Go jugadas por Ke Jie contra AlphaGo se produjeron en un contexto extraño: no solo tenían lugar después de las derrotas sucesivas de Fan Hui y Lee Sedol, otros de los mejores jugadores del mundo, sino que además, su emisión fue censurada por el gobierno chino, en un extraño ejercicio de mala interpretación del orgullo nacional. Para Ke Jie, que ha reconocido que el algoritmo de Google es ya “demasiado fuerte para los humanos” y se ha convertido en una especie de “dios del Go”, la situación es tan curiosa como la de ser utilizado como prueba, como argumento final de la superioridad de la máquina en el juego, un papel experimentado anteriormente por otro escaso puñado de humanos en otros juegos.

La importancia de este tipo de desafíos es relativa. En realidad, hablamos de acciones de comunicación, destinadas a obtener repercusión pública de trabajos que, de no utilizar este tipo de competiciones, sería muy difícil que expusiesen sus avances a un nivel que llegase a todos los públicos. A lo largo del tiempo, hemos ido viendo cómo los algoritmos de machine learning se apropiaban del ajedrez, del Jeopardy, del Go y, recientemente, del póker, sin que muchos se hayan parado a pensar qué era exactamente lo que cada competición pretendía demostrar.

En el ajedrez, la cosa era relativamente sencilla: hablamos de un juego de cálculo de escenarios. Cada movimiento genera un escenario nuevo, y los buenos jugadores son capaces de proyectar mentalmente las jugadas a las que puede dar lugar varios movimientos después. Cuando Kasparov pierde contra el Deep Blue de IBM en 1996, lo único que como humanos tuvimos que reconocer fue que una máquina era ya capaz de calcular escenarios probabilísticos mejor que el cerebro de una persona. Perfecto, cuestión de fuerza bruta computacional. Nada que nos ofenda cuando ya llevamos décadas utilizando calculadoras de mano u hojas de cálculo, y considerándolas no una amenaza, sino una bendición. Hasta aquí, todo bien.

Cuando, en 2011, otro producto de IBM, Watson, gana a los mejores jugadores de la historia en Jeopardy, la cuestión ya empieza a ser distinta. Aquí, una máquina está probando ser capaz de entender las muchas veces retóricas preguntas del Jeopardy expresadas en lenguaje natural, buscar sus posibles respuestas, escoger una de ellas, darle a un botón… y ganar. Después de Jeopardy, sabemos ya que un algoritmo va a ser mejor que las personas entendiendo el lenguaje que las propias personas han inventado, lo que abre paso a todo tipo de innovación en robots conversacionales, chatbots, abogados, médicos haciendo diagnósticos… lo que queramos.

En 2015, un algoritmo ya no de IBM, sino de Google, venció a dos de los mejores jugadores del mundo de Go, desafío que en estos días se acaba de completar con la tercera victoria. ¿De qué hablamos aquí? Este es el desafío que corona la importancia del deep learning. Tras mucho entrenamiento del algoritmo suministrándole todas las partidas de Go jugadas y registradas a lo lago de la historia, Google fue capaz de obtener un jugador muy bueno, pero que unas veces ganaba y otras no. Hasta ahí, había llegado a educar un algoritmo para jugar como los grandes maestros de Go, ni más, ni menos. Fue cuando pasó al deep learning cuando se produjo el diferencial: pusieron a la máquina a inventarse partidas que no se había jugado, a jugar contra sí misma, a explorar escenarios improbables. El resultado fue que en algunas de las partidas, AlphaGo empleó movimientos que jamás un humano había llevado a cabo en partida alguna, que tenían una probabilidad de uno entre diez mil, y logró vencer. Ahora, tenemos que vivir sabiendo que un algoritmo puede desarrollar su inteligencia para una tarea más allá de donde el ser humano ha sido capaz de hacerlo.

Finalmente, llegó 2017, y un algoritmo creado en la universidad de Carnegie Mellon, Libratus, fue capaz de vencer a algunos de los mejores jugadores del mundo de póker. El póker, un juego intrínsecamente humano, en el que varias cartas permanecen boca abajo y solo se puede especular sobre ellas, mientras tenemos como entradas de información el resto de cartas en la mesa y la información que los otros jugadores nos dan con sus apuestas, sean o no faroles. Tras 120,000 manos de póker jugadas a lo largo de veinte días, la victoria de Libratus fue absoluta e incondicional: los humanos no tuvieron ninguna posibilidad. ¿Qué significa esto? Sencillamente, que una máquina ya es capaz de analizar una situación de información imperfecta, sometida a incertidumbre, y puede tomar decisiones en ella con mejores resultados que los que podría obtener un humano. Eso mismo, tomar decisiones en entornos de información incompleta o imperfecta, incluida posiblemente información falsa, es lo que hace un directivo en una compañía, lo que yo llevo veintisiete años intentando que mis alumnos aprendan a hacer. Y el enfoque dado por Tuomas Sandholm, creador de Libratus, es precisamente ese: crear un algoritmo de propósito amplio. No está interesado en un algoritmo para jugar al póker, sino en uno capaz de llevar a cabo cuestiones como análisis de ciberseguridad, diagnósticos médicos o negociación empresarial.

Las competiciones y retos empresariales no hay que analizarlas simplemente como la estrategia de comunicación que representan para quien las hace, sino como lo que realmente significan en términos de logros, de demostración de posibilidades, de aplicaciones posibles. Si alguien aún duda de las posibilidades del machine learning, que venga y plantee el siguiente reto.

 

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Google y las adquisiciones

Google: la voracidad de un gigante insaciable - ForbesLucía Caballero, de la edición española de Forbes, me llamó por teléfono para hablar de Google y de sus adquisiciones, de la idea de una compañía que supuestamente adquiere sin parar todo aquello que se le pone por delante, y me cita en su reciente artículo, titulado, “Google: la voracidad de un gigante insaciable” (pdf).

En mi conversación con Lucía comencé intentando poner las cosas en contexto: Google adquiere muchas compañías de muy diversos tipos, sí, pero sigue una pauta que no resulta especialmente llamativa con respecto a otras compañías de su entorno. Las estrategias basadas en la adquisición son muy habituales en escenarios de dinamismo elevado, y la tecnología, indudablemente, lo es. Desde su primera adquisición en febrero de 2001, Google, ahora Alphabet, ha adquirido un total de 207 compañías, y desde el año 2010 ha llegado a adquirir más de una compañía por semana. Pero sus magnitudes resultan razonablemente comparables con las de otras compañías de su ámbito: Facebook ha adquirido 62 compañías tan solo desde el año 2007, Microsoft ha adquirido 202 desde 1987, Amazon, 72 desde 1998, y Twitter, a pesar de no haber generado nunca beneficios, nada menos que 54 desde 2008.

En efecto, Alphabet adquiere más y más rápidamente, con una filosofía de hacerse con aquello que necesita y que o bien no encuentra en un desarrollo de código abierto, o le podría llevar un tiempo diferencialmente más largo desarrollar internamente. Alphabet es fundamentalmente una compañía de ingeniería, con un potencial de desarrollo brutal, y como tal, enormemente pragmática: si adquirir una funcionalidad o un know how determinado va a ser más rápido que desarrollarlo, saca la chequera y lleva a cabo la operación. Pero como tal, lo que posee es una clarísima orientación al resultado: necesito esto, lo adquiero, sin que parezca existir después una estrategia clara de integración de esas adquisiciones o, en muchos casos, siquiera una preocupación por lo que queda de la compañía adquirida o de sus integrantes. Así, es muy habitual escuchar casos de compañías adquiridas por Alphabet que, al cabo de poco tiempo, ven cómo sus fundadores simplemente “toman el dinero y corren”, y en general, las historias de fundadores de compañías adquiridas por Alphabet que hayan desarrollado una carrera directiva en la empresa de Mountain View son más bien escasas.

La estrategia de otras compañías, como Facebook o Twitter, es completamente diferente. Operaciones centradas en hacerse con lo que necesitan, sí, pero destinadas en muchísimos casos a la incorporación de talento, de equipos capaces de seguir con sus planes tras materializar sinergias dentro de la compañía, de dotar a esos fundadores de muchos más medios y potencia de desarrollo para que persigan sus fines, y sobre todo, de integrarlos muy cuidadosamente y motivarlos para evitar un drenaje de talento. Frente al pragmatismo de Google, por acción o por omisión, este tipo de compañías ofrecen una imagen muy diferente, y posiblemente más sostenible en el tiempo.

Sobre el tema, sobre lo que intentamos obtener en las adquisiciones corporativas, sobre las adquisiciones como ciencia o sobre la idea de saber comprar he escrito en numerosas ocasiones, generalmente al hilo de alguna operación de adquisición, y es un tema que considero fundamental en la estrategia corporativa. ¿Es Google, como afirma el artículo de Forbes, “voraz”? Sin duda lo es, y los datos lo avalan de forma concluyente. Pero ¿obtiene la compañía todo el jugo y el provecho que podría obtener de sus adquisiciones? Desde mi punto de vista no es así, y encuentro filosofías de adquisición en otras compañías de la industria que, por planteamiento, me resultan mucho más atractivas, y parecen generar entornos de trabajo y culturas más inclusivas, más enriquecedoras y con más posibilidades de cimentar una ventaja sostenible.

En una compañía como Alphabet, con reputación de cool e innovadora, y con un enfoque enorme a las personas, un planteamiento así de las operaciones de adquisición resulta llamativo, como una cierta mancha en el expediente. Pero también es cierto que a lo largo de los últimos años, hemos ido también pasando de ver a la compañía como un objeto de deseo para cualquiera y un lugar increíble para trabajar, a verla como un sitio que, aunque indudablemente mantenga su atractivo, sí pierde a trabajadores valiosos con cierta regularidad: una compañía que podría llegar a tener problemas, si no para atraer talento, sí para retenerlo. Pero como todos los elementos culturales, hablamos de cuestiones sutiles, subjetivas, difíciles de determinar de manera concluyente, de percepciones que muchas veces responden a situaciones de mercado o a la visibilidad de quienes son adquiridos por la compañía o la abandonan. Es difícil, incluso hablando con trabajadores o ex-trabajadores de la compañía, saber si esos elementos son un fruto del crecimiento y la evolución, si son algo que siempre ha estado ahí, o incluso si realmente existen como tales. Pero, en cualquier caso, pueden alimentar reflexiones muy interesantes sobre la evolución de las compañías en el tiempo.

 

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¿La lenta muerte de Google?

This is how Google will collapse - Startup Grind

El mejor artículo que seguramente leerás hoy es este This is how Google will collapse, publicado por Daniel Colin James en Startup Grind: dentro de lo absurdo que puede resultar hablar de “la muerte” de una de las compañías más valiosas del NASDAQ en un momento en el que el precio de sus acciones está en sus máximos históricos desde que salió al mercado en agosto de 2004, y recordando siempre aquella frase de Ruiz de Alarcón, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, no cabe duda que los argumentos empleados están razonablemente bien ponderados y que lleva a unas ciertas reflexiones indudablemente interesantes.

El primer argumento parece claro: en la web actual, todos tenemos cada vez más destinos que consideramos directos, a los que acudimos de manera sistemática para cubrir ciertas necesidades. Para las noticias, muchos recurren directamente a unas pocas páginas con las que tienen familiaridad, con cuya estructura y sesgo se encuentran cómodos. Para las compras, además de la omnipresencia de monstruos como Amazon, existen muchos otros sitios a los que acudimos directamente, que consideramos referencia o con cuya logística nos encontramos cómodos. Y así, en muchas categorías más: cada vez parecemos necesitar menos un mapa, y la principal actividad de Google es la de ser el gran vendedor de mapas de la web.

Pero, ¿realmente no necesitamos un mapa? No, en realidad lo seguimos necesitando, porque la web se expande constantemente y a gran velocidad como si fuera el big bang. Pero por otro lado, también es cierto que las ocasiones en las que necesitamos ese mapa, el porcentaje de uso que se refiere a lo que conocemos como tráfico de descubrimiento, se reduce a medida que el uso de la web se hace más habitual, y pasa a predominar un acceso más directo a muchas páginas que consideramos parte de nuestro conjunto de recursos, de nuestra caja de herramientas habitual. Que Google “se haga trampas al solitario” y quiera apuntarse como propios los accesos a los que un día, allá en la noche de los tiempos, llegamos mediante su buscador; o peor aún, los accesos de millones de usuarios inexpertos que teclean direcciones web en la barra de búsqueda, no cambia la cosa. En cada vez más páginas, el tráfico evoluciona hacia un predominio de lo directo o lo social, mientras el tráfico de búsqueda tiende a evolucionar a la baja o como mucho a mantenerse estable. Es más: una de las mejores medidas de la calidad de un sitio, cada vez más, es su porcentaje de tráfico directo y social, no el que obtiene a través del buscador, que suelen ser visitas efímeras y poco interesantes. ¿Es esto preocupante para Google? No lo sé, pero sin duda, es una tendencia que indica algo que ya comentamos anteriormente: el negocio transaccional, el cerrar las ventas, es mucho mejor, más sólido y más sostenible que el intangible negocio publicitario de tratar de convencer a alguien para que compre algo.

El segundo elemento es igualmente evidente, y también lo acabamos de comentar hace muy poco: el auge de los bloqueadores publicitarios. Los usuarios hemos hablado, y lo hemos hecho de la manera más clara posible, instalándonos en masa extensiones para bloquear una publicidad que consideramos mayoritariamente basura. Que ahora Google pretenda “salvar la web” convirtiéndose en el adalid que preinstala un bloqueador publicitario en su navegador no oculta la gran verdad: que su negocio es fundamental y mayoritariamente publicidad, y que ayudar a que los usuarios nos libremos de lo que ellos consideran “la mala publicidad” no va a significar necesariamente que aceptemos la suya, la que ellos consideran “buena publicidad”, supuestamente respetuosa con el usuario. Eso es un “veremos” muy grande, un gran “si” condicional, que podría chocar con elementos de alienación, con un más que posible rechazo sistemático a toda la publicidad, sea del tipo que sea. Después de todo, la conciencia de los usuarios con respecto a la sostenibilidad de los negocios, en la web o fuera de ella, es próxima a cero. Y lo que sí es evidente es que los bloqueadores publicitarios han crecido, se han hecho cada vez más importantes sobre todo en los demográficos más jóvenes y con más educación, y que han pasado de ser un fenómeno “de geeks” a algo cada vez más generalizado, tanto en ordenadores como, cada vez más, en smartphones.

En muchos sentidos, la batalla de la publicidad está resultando mucho más compleja para Google de lo que parecía: Facebook ha conseguido configurarse como el francotirador con la mira más precisa y certera, que mejor y más íntimamente conoce a sus usuarios, y que además, merced al control férreo que mantiene sobre su plataforma, puede resistir un poco más el asalto de los bloqueadores de publicidad – aunque no indefinidamente. Con el formato vídeo, Google parece estar teniendo problemas derivados de anunciantes que vetan su plataforma para evitar que sus anuncios aparezcan al lado de contenidos que consideran censurables, algo que Facebook parece gestionar mejor gracias a un modelo de ubicación de la publicidad sensiblemente diferente. No es lo mismo ver la publicidad de tu compañía al lado de un vídeo de contenido cuestionable, que verla en tu timeline porque algún amigo o alguien de tu red la recomendó, por mucho que ese alguien pueda tener una ideología igualmente cuestionable. A los amigos les disculpamos cosas que en otros podemos considerar inaceptables.

El tercer elemento es menos claro, pero igualmente interesante: cuando Google decide pivotar su modelo de negocio desde aquel simple mobile-first centrado en el canal, hacia el machine learning, a pesar de tener muchísimo sentido, llega tarde. Cuando Google se plantea rediseñarlo todo hacia asistentes cada vez más inteligentes que sepan más de nosotros y nos ayuden mejor en nuestro día a día a través de todo tipo de interfaces, se encuentra con que otro gigante, Amazon, no solo lo hizo antes, sino que además, ha conseguido situarse con su Echo como la estrella que marca la tendencia a seguir, la que tiene el mayor parque instalado, y la que evoluciona más rápidamente, ahora ya incluso incluyendo vídeo. Hemos dedicado un buen montón de entradas a Amazon Echo y a la importancia de la voz como interfaz del futuro, y en este tema, Google no marca el paso, sino que es un simple seguidor que lucha desesperadamente por poder estar a la altura de la empresa de Jeff Bezos. Que, además, como se dedica a vender cosas y no simplemente a publicitarlas, encaja mucho mejor con el nuevo modelo y es capaz de financiarlo de manera más sólida. Y todo ello, manteniendo la vista en otros posibles entrantes, como Microsoft, que parece apuntar a prescindir del dispositivo específico y utilizar el PC doméstico para el mismo fin (una estrategia cuestionable, en cualquier caso… un Echo tiene nada menos que siete micrófonos para escucharte perfectamente bien desde cualquier lugar de la habitación aunque haya música sonando, me parece muy difícil suponer que mi PC pueda llegar a funcionar de una manera mínimamente parecida).

¿Significa todo esto que Google vaya a caer, a desaparecer, a morir, o a ser protagonista de cualquier otro escenario apocalíptico? ¿Que debamos plantearnos, como afirma el artículo, un próximo futuro post-Google? Seguramente no. No acabo de ver a una compañía con los recursos de Google dejándose morir o posponiendo una posiblemente necesaria reinterpretación de su hoja de ruta. Pero sin duda, significa que a pesar de sus resultados financieros y de su impresionante imagen, Google tiene problemas de muy diversos tipos en muy diversos frentes, que tiene que plantearse afrontarlos de manera solvente, y que no parece ser capaz de hacerlo mediante adquisiciones, toda vez que su estrategia a la hora de adquirir, como comentaré mañana al hilo de un artículo de Forbes que me cita al respecto, parece mucho más orientada a “rellenar huecos” que a crear y desarrollar ventajas sostenibles en el tiempo.

No, ser grande y exitoso no libra a nadie, ni siquiera a Google, de tener problemas. Y eso da para una muy interesante discusión.

 

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Publicidad y apocalipsis

Devices using adblock software on the open web - PageFair (Feb. 2017)

Un artículo de Guillermo Vega en El País titulado “Bloqueadores de anuncios: ¿el fin de internet?” (pdf), en el que me cita, confronta las perspectivas sobre la evolución de la publicidad en internet y el fenómeno del bloqueo por parte de los usuarios, lo que el gran Doc Searls ha llamado con razón “el mayor boicot en la historia de la humanidad“, con algunas perspectivas apocalíticas de varios de los actores implicados – y desde mi punto de vista parcialmente responsables – en la cuestión. La frase entrecomillada de la división española de la Interactive Advertising Bureau (IAB), que califica a los bloqueadores de publicidad como de “robo: simple y llanamente” es el más claro y cristalino exponente de la mentalidad y actitud equivocada, del tremendo error de percepción y ceguera que dan lugar al problema.

Según la mentalidad simplista de la IAB, se supone que todo usuario de internet está obligado, por el hecho de entrar en una página web, a aceptar los términos de un supuesto contrato draconiano en el que debe pagar por unos contenidos, y para ello tendrá que someterse a cualquier tipo de torturas decididas por el dueño de dicha página. Si no acepta someterse a esas torturas, está, según ellos, “robando”, lo que lo convierte en un “ladrón”. Es la misma mentalidad absurda que condenó a las discográficas a enfrentarse a varios años de crisis: nosotros contra los usuarios. El usuario “malvado”, responsable de todos los males y culpable hasta “de la desaparición de internet”. Ya solo falta la mención al “gratis total” y la petición de leyes sancionadoras.

Querida IAB: utilizo bloqueadores de anuncios desde hace mucho tiempo. No solo eso, sino que además, lo cuento en mis clases y conferencias, y animo a otros usuarios a que lo hagan. Los bloqueadores de anuncios son la única manera de evitar que una industria cortoplacista y estúpida arruine internet y lo convierta en un canal completamente insostenible. Es lo que pasa siempre: las industrias descubren un nuevo canal, y la tragedia de los comunes hace el resto. Comienzana  explotarlo como si no hubiera un mañana, desvinculadas de cualquier pensamiento mínimamente referido a la sostenibilidad, y al final, lo destrozan y lo convierten en un lugar maldito. La industria de la publicidad ha hecho lo mismo con todos los canales que ha ido descubriendo, y ha sido preciso ir creando normas para todos ellos: hubo una época en la que la venta a domicilio era algo normal y natural, parte de la rutina habitual de un hogar. Hoy, si alguien llama a tu puerta para intentar venderte algo, no abras bajo ningún concepto: puede ser desde un psicópata asesino, hasta un timador profesional. Hace años, el teléfono era una herramienta útil: hoy, si la llamada empieza preguntando tu nombre y apellidos, cuelga inmediatamente: no solo te consumirá tiempo absurdamente, sino que además te venderá algo que no necesitas, en ocasiones incluso confundiéndote para que lo compres y pagues aunque no lo quisieses. Lo mismo ocurrió con el correo electrónico: hace más de veinte años, el correo era una herramienta útil para comunicarse con otras personas; ahora es un montón de spam y basura variada. ¿La web? Lo mismo: la industria de la publicidad mantiene la misma mentalidad: vamos a explotar un recurso hasta convertirlo en completamente insostenible, y si alguien intenta evitarlo, decimos que “está robando”. El patrón es tan absolutamente repetitivo, que uno pensaría que nadie puede ser tan profundamente retardado como para no verlo. Pero ahí siguen, protestando e insultando a todo aquel que ose tener una mentalidad diferente a la suya, a todo aquel que pretenda oponerse a su idea de exprimir el recurso un poco más allá.

Por culpa de la mentalidad absurda de la IAB, de algunos anunciantes y de muchas agencias, me muevo por la red con una VPN, un bloqueador de anuncios y un software anti-trackers. Comparado con cuando empecé a utilizar internet, hoy me siento como moviéndome por una zona de guerra, y la principal responsable de ello es la industria de la publicidad y su mentalidad equivocada de que el usuario carece completamente de derechos y tiene que aceptar todo lo que le digan. “Como yo trabajo mucho para crear estos contenidos, tú tienes que aceptar mis términos si quieres leerlos”. Posiblemente, la mentalidad más estúpida del mundo después de la de “no te doy mis productos de ninguna forma lógica ni razonable, pero si los quieres conseguir tú por tu cuenta utilizando las herramientas que la tecnología te da, estás robando”.

Dentro de poco, los bloqueadores de publicidad no vendrán únicamente de compañías como la alemana Eye/O y similares: será incluso la propia Google la que los incorpore por defecto en sus herramientas. Una jugada que por un lado es profundamente conflictiva – te bloqueo la publicidad mala, pero la mía no porque es de la buena y eso lo decido yo – pero por otro, tampoco es nueva: fue esa misma Google la que, hace algunos años, tuvo que entrar igualmente como elefante en cacharrería para acabar con el fenómeno de los espantosos pop-up, que la industria y la IAB consideraba en su momento como algo “normal y aceptable”, simplemente “un formato más”. Que sea una empresa que vive en un porcentaje elevadísimo de la publicidad la que constituya una asociación para intentar lidiar con el problema y la que tenga que dar el paso de instalar un bloqueador de publicidad en los navegadores de sus usuarios prueba, una vez más, mi punto: muchos anunciantes, soportes, agencias, y sobre todo, la IAB, han perdido completamente el norte.

Relájese y tranquilícese todo el mundo: internet no va a morir porque los usuarios se instalen extensiones para bloquear la publicidad. Las compañías inteligentes, buscarán maneras de financiar su actividad que tengan sentido y que no conlleven supuestos contratos insostenibles. Los anunciantes que entiendan internet, dejarán de obsesionarse con las métricas erróneas, abandonarán la estúpida idea de que “la publicidad, si no molesta, no vende”, y optarán, aunque sea obligados, por una actitud lógica de respeto y no agresión. Los soportes entenderán que su valor no solo está en la información, sino en cuidar al usuario, mimarlo, respetarlo y trabajar con él, no contra él. No, los malos y los culpables de todo no somos los usuarios por instalarnos un bloqueador de publicidad, son ellos por no ver más allá de su ombligo y por olvidar toda concepción de sostenibilidad en su industria. Los anunciantes, las agencias y los soportes no son los dueños de internet. Internet es mucho más que idiotas ombliguistas empeñados en que el usuario tiene que soportarlo todo para acceder a sus contenidos. Esos idiotas, sencillamente, tienen dos opciones: cambiar su mentalidad y optar por contratos psicológicos con el usuario que tengan sentido, o morir. Y si no van a cambiar, por favor, que mueran lo antes posible.

 

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Project Sunroof y las magnitudes en energía

Project Sunroof - GoogleMi columna de esta semana en El Español se titula “Lo que nos estamos perdiendo“, y vuelve al tema de la energía solar y la generación distribuida, al hilo de la primera expansión del Project Sunroof de Google fuera de los Estados Unidos, a Alemania, en asociación con una compañía eléctrica clásica, E.ON. Habría mucho que decir sobre la relación entre esa compañía y nuestro país, pero tendríamos que bajar hasta lo más hondo de las catacumbas de la corrupción institucionalizada en España, y no es un tema en el que toque entrar en este lugar y momento.

El Project Sunroof de Google es una manera de hacer tangible la generación de energía solar utilizando Google Earth y Google Maps para, a partir de la dirección de una casa, ser capaz de calcular la insolación que recibe y la superficie de su tejado, lo que permite, trabajando con compañías eléctricas, establecer un marco de los ahorros que podría generar en su factura. Obviamente, la propuesta de valor más clara es para quienes viven en viviendas unifamiliares, pero puede utilizarse también en comunidades para tener una idea de lo que estamos hablando.

En un país como España, con un nivel generalmente elevado de insolación y una anomalía fruto de un nivel de corrupción generalizado como el “impuesto al sol”, que pretende desincentivar la autogeneración a nivel doméstico, herramientas como Project Sunroof resultarían importantísimas para que los usuarios tuviesen una idea real de lo que se están perdiendo al no aprovechar una fuente de energía como el sol. Frente a escépticos trasnochados que siguen aún afirmando que “la energía solar no es rentable si no se subvenciona” – algo que dejó de ser verdad hace mucho tiempo en virtud de la evolución del precio de las placas solares gracias a la ley de Swanson – y que aún toman como norma de fe generalizada aquellos escasísimos casos de fraude en los que los propietarios de granjas solares utilizaban generadores diesel para generar energía por las noches (que en realidad ni siquiera se trataba de un fraude como tal, sino de una reserva de la capacidad de generación provocada por un plazo establecido artificialmente a los propietarios) , la gran verdad es que no aprovechar esa capacidad de generación es completamente absurdo, y que los costes, aparte de lo que la fría cifra que la calculadora de Project Sunroof sea capaz de arrojar, van mucho más allá en términos medioambientales.

En cuestión de expectativas, es fundamental ser realista. Es muy posible que en muchos casos, las posibilidades de la generación solar doméstica no sean suficientes para cubrir todas las necesidades de una casa. En invierno, con menos horas de sol y con una demanda más elevada de electricidad, es muy posible que sea necesario recurrir a una compañía eléctrica para cubrir determinados momentos. Es muy razonable pensar en escenarios de generación distribuida en los que las compañías eléctricas sigan siendo quienes poseen y operan las instalaciones sobre los tejados de muchos hogares, pero incluso en ese caso, habremos ganado mucho en términos medioambientales.

Proyectos como este son muy necesarios en España para entender lo que nos estamos perdiendo. En Alemania necesitan Project Sunroof para calcular lo que se ahorrarían: en España, lo necesitamos para entender cuánto nos están robando unos políticos corruptos y unos impuestos completamente fuera de lugar. Lo necesitamos para evidenciar lo que hay, para generar presión sobre la retirada del impuesto al sol. Lo necesitamos para sacar la basura. Si Google quiere generar una diferencia con su proyecto, España es un buen sitio para lograrlo. Para evidenciar el nivel de cerrazón intelectual y de corrupción al que muchos políticos pueden llegar. A ver si alguna de las compañías eléctricas en nuestro país se decide a recoger el guante de Google y se convierte en socia de este gran proyecto.

 

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