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Con Francia en el horizonte…

Elections pre?sidentielles 2017 FranceCon las elecciones presidenciales francesas a la vuelta de la esquina, y dados los resultados de las reciente cita electoral norteamericana, todo apunta a que el país vecino se va a convertir en un auténtico laboratorio tecnológico en el que poner a prueba la influencia de factores como la divulgación de noticias falsas y su impacto en el proceso electoral.

Facebook acaba de anunciar el lanzamiento de un filtro para noticias falsas específico para Francia, al tiempo que se une a Google y a ocho grandes medios franceses para intentar poner en marcha herramientas de verificación de noticias. La idea es que herramientas como CrossCheck, desarrollada por Google News Lab junto con First Draft dentro de la iniciativa de trabajo con medios europeos, puedan ser utilizadas en conjunción con bases de datos como las desarrolladas por Le Monde, seiscientas páginas web directamente identificadas como no fiables; por Libération, en la que se compilan noticias positivamente identificadas como falsas; o por otros medios, con el fin de combinar esa información con reportes de usuarios y otro tipo de feedback, y reducir la difusión de esas noticias en los algoritmos de redes sociales y buscadores. Según algunos de los medios implicados, fue precisamente ese compromiso de las empresas online como Facebook para reducir la circulación de noticias falsas en sus algoritmos de recomendación lo que les animó a participar en la iniciativa.

En los Estados Unidos, Facebook ha solicitado la colaboración de terceros como Snopes, PolitiFact o la herramienta de fact-checking de The Washington Post para, combinado con el feedback de los usuarios, tratar de limitar la difusión de ese tipo de noticias falsas y etiquetarlas como tales.

El problema de las noticias falsas en los entornos en red es, por un lado, la ausencia de referencias válidas para juzgar su credibilidad. Con el valor de las cabeceras periodísticas en plena crisis, muchos medios online han pasado a ocupar un lugar creciente en la dieta informativa de los ciudadanos, pero junto con medios que lo hacen muy bien y desarrollan un periodismo de nivel, surgen otros que se aprovechan de las escasas barreras de entrada del canal online para intoxicar, inventar o difundir noticias falsas vinculadas a agendas políticas concretas, con el agravante, además, de contar con incentivos generados por la propia difusión de esas noticias en redes sociales y buscadores. La exclusión de las páginas identificadas como de noticias falsas de los mecanismos de publicidad de Google y Facebook es un primer paso importante porque reduce el incentivo económico de generarlas, pero es tan solo un primer paso de muchos más que hay que dar. El estudio de los patrones d difusión de las noticias falsas, por ejemplo, es otra herramienta importante de cara a prevenir su circulación, y presumiblemente fue una de las razones principales que llevó a Facebook a adquirir CrowdTangle, una herramienta de analítica social, el pasado noviembre.

Por otro lado, las redes sociales juegan un papel de “cámara de eco” en las que los ciudadanos, llevados por los mecanismos sociales que les llevan a reunirse preferentemente con otras personas que piensan como ellos, sienten que todo su entorno refuerza sus creencias y las priva de los habituales frenos sociales, generando una radicalización que tiende a favorecer a opciones que, sin esos mecanismos, serían meramente marginales. El problema, lógicamente, es cómo frenar las noticias falsas sin convertirse en una especie de “árbitro de la verdad” que decide lo que es cierto y lo que es falso, una cuestión que ya le costó a Facebook múltiples críticas en ese sentido y una reunión de urgencia con políticos conservadores cuando algunos de sus editores afirmaron aplicar criterios con sesgo político a la hora de decidir qué noticias se convertían en trending y cuales no. Según muchos, fue precisamente el miedo a que se relacionase a Facebook con una red hostil a las ideas conservadoras lo que hizo que la compañía no hiciese suficiente a la hora de detener la difusión de noticias falsas en las pasadas elecciones norteamericanas.

¿Son realmente las redes sociales total o parcialmente responsables del resultado de las últimas elecciones norteamericanas? ¿Son los lectores que solo leen lo que quieren leer, lo que les hace sentir bien o lo que coincide con su visión del mundo? ¿Un efecto combinado de ambas cosas? Mientras algunas noticias son claramente falsas desde un punto de vista puramente factual, en muchos otros casos, los matices no son tan sencillos, además de mezclarse con recursos como la sátira o el humor que no deben ser, en principio, objeto de censura, pero que dificultan la tarea de identificación. Si los mecanismos basados en la actuación de editores humanos tienen el problema de la arbitrariedad, y los desarrollados a partir de algoritmos de inteligencia artificial son complejos y con posibilidades de fallar, la alternativa parece ser combinar varios mecanismos a modo de indicadores y optar por metodologías mixtas en las que se añadan al feedback y al etiquetado por los usuarios, y a los patrones de difusión que pongan bajo sospecha todo aquello que experimente una difusión especialmente rápida. Para nada un problema trivial. Y todo indica que las próximas elecciones francesas se disponen a ser, en muchos sentidos, un escenario para muchas pruebas relacionadas con este tema.

 

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Noticias falsas: aún queda mucho por hacer

IMAGE: cbies - 123RFLa lucha contra las noticias falsas, considerada ya una cuestión estratégica y fundamental por compañías como Google o Facebook, continúa con recientes anuncios como la eliminación de más de 200 publicaciones de su sistema de publicidad por parte del primero, o los cambios en el algoritmo de los trending topics por el segundo.

Mientras Google se afana en detectar publicaciones que habitualmente crean noticias falsas o bulos y cortarles las fuentes de financiación, un trabajo en el que ambas compañías llevan inmersos ya desde el pasado noviembre, Facebook, en pleno ojo del huracán por su supuesto papel decisivo en las últimas elecciones presidenciales, trata además de redefinir sus trending topics añadiéndoles la fuente, mejorando el sistema de determinación de tendencias, y homogeneizándolos por regiones en lugar de personalizarlos como hacía hasta el momento. Las medidas forman parte de una batería de ideas que la compañía evalúa tras facilitar el acceso de expertos a sus datos para que desarrollen sistemas de control – algunos ya objeto de patente – y recibir ideas de estudiantes en los hackathones organizados en universidades.

El problema es indudablemente grave: según un reciente estudio de Stanford, la gran mayoría de los estudiantes no saben discernir cuando una noticia es falsa o esponsorizada: la absurda idea de que eran “nativos digitales” y que tenían de alguna manera internet metido en su pool genético ha llevado a muchos padres y educadores a una dejación de responsabilidad en este tipo de cuestiones, convirtiéndolos en una generación que carece de referencias válidas y de sentido crítico. La tardanza de Facebook en hacer frente a este problema, debida fundamentalmente al miedo a que se relacionase con un sesgo en contra de ideologías conservadoras, llevó a que el ahora presidente Donald Trump pusiese en marcha una auténtica maquinaria de fabricación y dispersión de noticias falsas a varios de cuyos actores principales ha recompensado después con puestos en su gabinete, en una maniobra que según muchos observadores, pudo condicionar en gran medida el resultado de las elecciones y que, en caso de no tomar medidas, podría empeorar en el futuro tras el acceso a las urnas de una generación todavía más ingenua y confiada que las anteriores.

Los creadores de noticias falsas, por otro lado, también utilizan la tecnología para mejorar su producto: una aplicación basada en inteligencia artificial es capaz de recrear gestos y vocalizaciones sobre el vídeo de una persona, generando falsificaciones capaces de poner cualquier cosa en boca de cualquier personaje con resultados entre aterradoramente buenos o sencillamente mediocres, pero indudablemente capaces de llevar a engaño a muchos usuarios. Mientras compañías como Apple o Snapchat afirman no tener problemas con las noticias falsas debido a un control mucho mayor sobre las publicaciones que admiten en su red, ecosistemas más abiertos como Google o Facebook se ven obligados a trabajar con una amplia gama de señales que incluyen desde los patrones de popularización de las noticias hasta los reportes de los propios usuarios, en un esfuerzo por aislar ese tipo de noticias y castigar a sus autores mientras tratan de no poner en riesgo la pluralidad o de cerrar el paso a quienes cuestionen el pensamiento mayoritario.

El problema es indudablemente complejo. Si tras la primera campaña de Barack Obama vimos una proliferación de supuestos expertos en social media afirmando que podían ayudar a cualquier político a mejorar sus resultados, tras la campaña de Trump nos arriesgamos a ver aprendices de Steve Bannon, editor del panfleto ultraderechista Breitbart News, aspirando a puestos de asesoría estratégica en gabinetes de medio mundo. Nada que pueda o deba ser tomado a la ligera… y ahora, menos que nunca. Estamos indudablemente ante uno de los problemas más preocupantes y complejos de nuestros tiempos, y todavía queda mucho por hacer.

 

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Disminuyendo barreras de entrada a la inteligencia artificial

Raspberry Pi 3Google anuncia sus intenciones de ofrecer herramientas de desarrollo de inteligencia artificial para la plataforma Raspberry Pi, el pequeño ordenador de treinta y tres euros creado por una institución sin ánimo de lucro británica, que ha logrado entre otras cosas popularizar el acceso a la microelectrónica vendiendo más de diez millones de unidades a lo largo de sus diferentes versiones (cuando originalmente pensaban que iban a vender unas mil), y promover el cambio en el bachillerato británico para incluir las Ciencias de la Computación.

Con el fin de delimitar y definir su oferta, Google ha lanzado una encuesta para usuarios de Raspberry Pi en la que pueden definir su nivel de experiencia, sus conocimientos de distintos lenguajes y plataformas, y sus intereses. Esto puede permitir a Google no solo orientar adecuadamente las opciones que puede ofrecer para esta comunidad, sino también una radiografía de su nivel general y de la popularidad de las diversas opciones a su alcance. Las preguntas en la encuesta se refieren, en general, al tipo de proyectos que los usuarios han hecho hasta el momento, con qué lenguajes de programación o sobre qué plataformas de hardware, de software o de cloud computing. A partir de ahí, pregunta sobre los futuros intereses, y sobre las posibilidades que creen que ofrecería el disponer, por ejemplo, de herramientas de procesamiento de lenguaje natural, de reconocimiento facial o de escritura, etc.

¿Qué ocurre cuando herramientas de inteligencia artificial relativamente avanzadas y que permiten llevar a cabo proyectos que hace muy poco tiempo habríamos considerado de cierto nivel de sofisticación, se convierten en una posibilidad en manos de una comunidad de makers aficionada no solo a retarse a sí mismos para crear proyectos, sino además, a compartirlos posteriormente en forma de instructables y vídeos sencillos que permiten repetirlos con instrucciones paso a paso? Que Google ofrezca a la comunidad de usuarios de Raspberry Pi la posibilidad de definir una oferta de productos de inteligencia artificial puede generar un movimiento de popularización y acercamiento de este tipo de herramientas a una comunidad hiperactiva, un movimiento que puede dar lugar a posibilidades muy interesantes tanto a nivel general como en estamentos académicos. No es la primera vez que Google se acerca a la Raspberry Pi Foundation para ofrecer donaciones y ayudas: para la fundación, siempre interesada en extender el ámbito de su actuación y en divulgar los proyectos que toman como base su plataforma, la colaboración con Google abre una interesantísima gama de posibilidades extraordinariamente coherente con su misión de popularización de la tecnología, un auténtico cambio de dimensión que le permite añadir un interesantísimo campo de actividad a su comunidad.

¿Cuáles son los beneficios de hacer que un cierto segmento de la población perciba algunos aspectos de la inteligencia artificial como algo accesible, asequible y cercano? ¿Qué puede hacer la comunidad maker con herramientas de inteligencia artificial? Sin duda, nos esperan cosas muy interesantes…

 

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Probando AMP

AMPSi haces clic en este enlace, estarás viendo la primera página de esta publicación generada utilizando AMP, Accelerated Mobile Pages de Google, presentadas como proyecto de código abierto en octubre de 2015, lanzadas en febrero de 2016, y que no había tenido oportunidad de probar hasta ahora.

La página, que mi amigo Fernando Serer, de Blogestudio, propuso como ejercicio práctico en un taller que impartió ayer sábado en Valencia, valida bien y carga en un instante. En realidad, podréis obtener la versión AMP de cualquiera de mis páginas con que simplemente añadáis /amp al final de cualquiera de mis URL. Con ello obtendréis una versión radicalmente minimalista de la página, que se carga de manera prácticamente instantánea, y que da acceso a texto, enlaces, botones de compartir en la línea inferior, y un pequeño menú de información en la esquina superior derecha. Para desarrollar la versión AMP en mi página, creada con WordPress, se han utilizado dos plugins, el desarrollado por Automattic, y este otro, AMP for WP.

Como en el caso de Apple News o de Facebook Instant Articles, AMP es la alternativa planteada por Google para tratar de proporcionar una experiencia de navegación más rápida a cambio de simplificar dramáticamente el formato de las páginas. Los resultados de casi un año de funcionamiento son sumamente concluyentes, con un nivel de adopción que parece evolucionar de manera muy rápida. La clave está, lógicamente, en las ventajas que Google ofrece a nivel de indexación en su buscador y de herramientas como Google News a las páginas que tienen tiempos de carga más rápidos.

El proyecto AMP no está exento de ciertas críticas, entre otras la de tener una orientación fundamentalmente pensada para optimizar el negocio publicitario de la compañía. Los comentarios por parte de grandes editores web han sido mixtos, con algunos afirmando que la tracción que AMP está obteniendo es, en realidad, una coacción basada en los problemas que aquellos que no lo adopten pueden tener para mantener su visibilidad. Por parte de los usuarios, muchos se han preguntado qué hacían esas páginas con un pequeño logo de un rayo en sus páginas de resultados de búsqueda, y cómo desactivar la opción para poder acceder a la página en su formato original no-AMP, lo que ha llevado a Google a publicar soluciones para este tema y a tratar de simplificar la forma de hacerlo. En mi caso, una página sin publicidad con un acceso de alrededor del 45% desde dispositivos móviles, en la que su única finalidad es que pueda ser leída fácil y cómodamente desde cuantos más sitios posibles, creo que proporcionar el formato AMP como una posibilidad puede tener bastante sentido, pero quedo a la espera de vuestros comentarios al respecto.

 

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Analizando Facebook como compañía de medios

Facebook TVA lo largo de sus doce años de historia, la forma en la que Facebook se ha definido a sí misma siempre ha sido la misma: una compañía de tecnología. Esa definición ha condicionado claramente su estrategia, que se ha centrado en convertirse en una potencia en términos de desarrollo, una tarea en la que su propio fundador sigue implicándose habitualmente. La mayoría de las adquisiciones de Facebook, de hecho, reflejan ese patrón: equipos de buenos desarrolladores, a los que se busca retener a toda costa y potenciar con los recursos de su nuevo hogar, integrándolos en equipos potentes y dotándolos de más medios. La evolución post-adquisición, uno de los elementos más importantes en el éxito de una compañía que utiliza esa herramienta con notable frecuencia, parece reflejarlo así.

Esta idea, la de ser una compañía tecnológica, está fuertemente imbricada en el ADN de Facebook. Sin embargo, todo indica que cada día más, comienza a consolidarse otra forma de entender la compañía, en una visión no competitiva con la anterior, pero sí fuertemente complementaria: la de ser una compañía de medios. Diferente a las tradicionales, sí, pero dedicada a una labor de plataforma cuya finalidad sería la de fomentar la producción de contenido.

Entender la compañía como un canal implica, en primer lugar, tratar de resolver lo que muchos consideran su mayor reto actual: la proliferación y difusión de noticias falsas. Frente a la idea de “yo soy solo una plataforma, y lo que se mueva a través de ella no es mi problema”, parece extenderse otra visión que llevaría a la compañía a tomar responsabilidad, a educar a los periodistas, a abrir sus datos a investigadores, y a tratar de desarrollar sistemas de fact-checking que, dentro de unos límites, permitan a los usuarios saber a qué atenerse cuando acceden a contenidos en su red.

Esta idea podría tener su continuación en el intento de fomentar el desarrollo de otro tipo de contenidos en Facebook: en lugar de poner el foco en el vídeo en vivo, pagando a personajes y celebridades de diversos tipos para que hagan livestreaming desde los eventos a los que acuden, en lo que llegó a calificarse de auténtica obsesión para el fundador, la compañía parece ahora tender a eliminar estos incentivos económicos para tratar de fomentar, aparentemente, contenidos de otro tipo, generalmente más largos y de mayor calidad por los que la compañía sí tendría interés en pagar.

Un posicionamiento de este tipo acercaría a Facebook más a la idea de una productora, de un canal de televisión que podría financiar parcialmente el desarrollo de contenidos, y que se interesaría además por ofrecerles esquemas publicitarios adicionales, como los nuevos anuncios de vídeo en Instagram Stories o los llamados mid-roll, anuncios que interrumpirían vídeos que el usuario está viendo, siguiendo el estilo habitual en la televisión tradicional. En un esquema de ese tipo, un productor con una idea para un formato audiovisual podría plantearse Facebook como actualmente se plantea un canal de televisión estándar, con unos objetivos de audiencia determinados, y la posibilidad además de actuar de manera mucho más controlada sobre los posibles destinatarios: mientras en la televisión convencional solo se dispone de herramientas como el horario de emisión o la emisión de auto-promos para tratar de posicionarse ante unos usuarios con determinados patrones sociodemográficos, Facebook ofrecería una gama de herramientas de segmentación infinitamente más precisas y potentes, suplementadas además con mecanismos sociales.

Esto podría plantear un conflicto de intereses: ¿tendría el contenido producido o parcialmente financiado por Facebook, en el que la compañía mantiene un interés para incrementar su audiencia, unas condiciones distintas a las que obtendría, por ejemplo, el contenido generado por una televisión o un periódico, a la hora de acceder a mecanismos publicitarios? El dilema es muy similar al existente en Google, cuando comenzó a editorializar los resultados de búsqueda y a introducir elementos de desarrollo propio posicionados en lugares privilegiados de la página, que competían con otros actores que buscaban un posicionamiento similar, que veían limitada su visibilidad, y que generó todo un caso anti-monopolio en la Unión Europea.

¿Estamos dirigiéndonos a un escenario similar, con una Facebook centrada en fomentar el desarrollo de contenido y compitiendo con otros actores tradicionales en ese sentido? Hace ya tiempo que tiendo a hablar de Facebook como el mayor medio de comunicación del mundo, el que tiene llegada a un mayor número de personas y el que, de hecho, se ha convertido en más estratégico en estrategias comerciales o incluso políticas. Ahora, podría ser que fuese la propia Facebook la que se plantease que no tiene forma de escapar a ese papel, y que comenzase a desarrollarlo como tal, con todo lo que ello podría conllevar.

 

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Hombre frente a máquina: el problema del handover

IMAGE: Lightwise - 123RFEl Consumer Electronics Show de 2017 que hoy termina ha sido extraordinariamente pródigo en anuncios que permiten prever una aceleración de los progresos en torno a la conducción autónoma: alianzas como la de BMW, Intel y Mobileye que informan de que tendrán flotas de vehículos autónomos en las carreteras este mismo año 2017, marcas como la coreana Hyundai que anuncia modelos autónomos en torno a los $30,000 para competir con el anunciado Tesla Model 3, o la japonesa Honda tomando posiciones en torno a la idea de ecosistemas autónomos, entre otros. Sin duda, la idea de la conducción autónoma, que muchos consideraban prácticamente ciencia-ficción hace muy poco tiempo, está tomando ya una importancia crucial en la estrategia de muchas marcas, y en el planteamiento de las ciudades tal y como las conocemos.

Pero a medida que las experiencias con vehículos autónomos van permitiendo establecer más bases solidas de trabajo, un problema parece estar configurándose como relativamente complejo: el llamado handover, o transferencia del control del vehículo desde el sistema autónomo al conductor cuando resulta necesario. El problema, de hecho, fue uno de los factores fundamentales que Google tuvo en cuenta hace algunos años cuando tomó la decisión de orientarse directamente hacia la autonomía total, saltándose los pasos previos por los que la mayoría de las compañías optaron y que consistían en ir suplementando cada vez más la conducción con ayudas automáticas hasta llegar a un punto en que el humano no tuviese que intervenir.

El problema del handover estriba en la capacidad del humano para hacer frente a una situación compleja como una circunstancia de la conducción ante la que un sistema automatizado no sabe qué hacer, con un preaviso que, por lo general, sería sumamente breve. Según investigaciones desarrolladas en Stanford, esa toma de control afecta fuertemente al comportamiento del conductor, y puede resultar sumamente problemática. Por otro lado, las circunstancias en la conducción habitual pueden alejarse en muchas ocasiones de lo previsible: obras, accidentes, bloqueos, instrucciones de policías o personal de mantenimiento, acciones de otros conductores, etc. generan situaciones que se salen de la norma, en las que es preciso en ocasiones llevar a cabo acciones no previstas, como invadir el carril contrario o hacer caso omiso de una línea continua.

Este tipo de cuestiones han llevado a Carlos Ghosn, CEO de Nissan, a estimar que la posibilidad de que un sistema autónomo sea capaz de reaccionar adecuadamente a todas estas circunstancias está aún muy lejos, y a decidir que proveerá a sus vehículos autónomos con acceso a un sistema de ayuda remota en el que habrá personas que tomarán decisiones cuando el vehículo se encuentre ante una situación en la que no sepa qué hacer. El equivalente de un call-center, preparado para asistir al vehículo en situaciones que puedan exceder las capacidades de toma de decisiones de los algoritmos. La idea, por supuesto, no es que una persona entre en acción desde un lugar remoto para reaccionar intentando mantener el coche en la carretera cuando se ha encontrado hielo de forma inesperada, porque eso sería humanamente imposible, pero sí que cuando un vehículo se encuentre en una situación poco habitual, pueda detenerse y pedir asistencia remota.

La idea se contrapone con las tesis mantenidas por quienes defienden que una inteligencia artificial, tras los adecuados procesos de machine learning, no solo podrá hacer frente a este tipo de situaciones, sino que además, lo hará previsiblemente mejor que un ser humano. Es decir, que el entrenamiento progresivo es capaz de generar algoritmos que no se limitan a cumplir las normas de la circulación de manera estricta, sino que también son capaces de entender las situaciones en las que es preciso infringirlas por alguna razón, sea una excepción, una obra, un guardia indicándonos que pasemos cuando el semáforo está en rojo, etc.  A favor de esta teoría, la demostración palpable de los progresos de los algoritmos y sensores de conducción autónoma de vehículos ya comerciales como los de Tesla, capaces ya incluso de prevenir un accidente segundos antes de que tenga lugar. Indudablemente, la idea del aprendizaje compartido por flotas enteras de vehículos que se aplica a todos ellos de manera inmediata cobra aquí un indudable valor.

¿Quién gestiona mejor las excepciones? Una persona avisada con muy pocos instantes de antelación, o un algoritmo adecuadamente entrenado para lidiar con ellas y que cuenta con la experiencia de toda una flota? La idea planteada por Nissan parece simplemente configurarse como una ayuda adicional en determinadas circunstancias puntuales en las que sea posible detenerse para tomar una decisión asistida remotamente, circunstancias que indudablemente no se darán en todos los casos, pero ¿qué hacer ante una emergencia ante la que devolver el control a un conductor distraído resulte poco menos que demencial? La respuesta a esta pregunta afecta claramente a la estrategia de las marcas: Google – ahora Waymo –  y su salto directo a la autonomía total retirando completamente al humano de la responsabilidad, frente a Tesla y otros con sus sistemas progresivos de ayuda en determinadas circunstancias. Comercialmente, el primer enfoque es mucho más radical, requiere mayores inversiones y plantea un panorama absolutamente disruptivo en el que muy pocos tendrían un vehículo propio, sino que accederían a su uso como servicio. El segundo es más gradual, más aceptable sobre todo por las compañías de automoción, y posiblemente menos brusco también para muchos usuarios, que prefieren seguir planteando la conducción autónoma como una posibilidad, no como una obligación.

Sin embargo, que Google ya considere su tecnología, a pesar de su radicalidad, tan madura como para hacer spin-off de la misma con supuesta viabilidad comercial podría alterar este panorama. Como en otras ocasiones, me inclino por pensar que esta transición se va a dar de manera bastante más rápida de lo que muchos esperan…  incluidas las compañías tradicionales de automoción.

 

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La madurez del ecosistema smartphone

Top smartphone apps 2016 - Nielsen El reciente informe publicado por Nielsen sobre el estado del ecosistema smartphone deja clara la consolidación y madurez del mismo, en torno a unas pocas compañías que han logrado situarse como auténticos líderes gracias a una estrategia consistente y a una buena elección de sus adquisiciones. Y aunque los datos corresponden al mercado norteamericano, las conclusiones son fácilmente extrapolables a la mayoría de los mercados, con algunas excepciones como China o Rusia, o la sustitución de apps como Facebook Messenger por WhatsApp.

Las ocho primeras apps más utilizadas pertenecen a dos compañías: Google y Facebook. Mientras Google consigue situar a YouTube (adquirida en 2006) en el número 3 y a Google Maps (adquirida en 2004) en el 4, además de a la propia Google Search en el 5, Google Play en el 6 y Gmail en el 7; Facebook disfruta de las privilegiadas primera y segunda posición con su propia app y con Facebook Messenger (adquirida en 2011), y sitúa a Instagram (adquirida en 2012) en el 8. Que las dos últimas posiciones de la lista sean Apple Music en el 9 y Amazon en el 10 deja claro que el ecosistema smartphone está ya completamente dominado por el llamado GAFA, demostrando la importancia de saber definir una estrategia y de saber adquirir compañías cuando es preciso hacerlo. Muchas de las adquisiciones que han llevado a esas compañías a la posición que ocupan hoy fueron calificadas en su momento como de auténticas locuras.

La consolidación, además de reflejarse en un dominio apabullante de muy pocos competidores, tiene otras consecuencias. Aunque el 88% de los norteamericanos ya tienen un smartphone, y la penetración de este tipo de dispositivos en el mundo crece sistemáticamente, la mayor parte de los usuarios han dejado de descargar apps con el furor con el que lo hacían en años anteriores, lo que lleva a que el dinamismo del ecosistema en general se haya reducido en gran medida. Donde antes había una tierra de oportunidades para cualquiera que fuese capaz de lanzar una aplicación con cierto éxito, ahora esos lanzamientos exitosos y sorprendentes se han reducido a la mínima expresión, y el panorama aparece completamente dominado por unos pocos competidores. Programar apps es ahora más sencillo que nunca, pero situarlas en un mercado como ese se convierte en un reto poco menos que imposible: la consolidación del smartphone como plataforma ha tenido lugar mucho más rápido y de forma mucho más eficiente a lo que pudimos ver en la plataforma anterior, el ordenador personal. En el mundo smartphone, algunos de los competidores más importantes, como Google o Apple, dominan también los canales de distribución a través de sus respectivas tiendas de aplicaciones. Y mientras en el mercado norteamericano reparten su participación de manera relativamente igualitaria (iOS 45% y Android 53%), en otros mercados vemos diagramas muy diferentes: en España, en julio de 2016, la participación de Android llegaba al 90%, y a nivel global, alcanza el 87%. En el ecosistema smartphone, Google es, desde hace mucho tiempo, lo que fue Microsoft en el mundo PC.

Viendo el resultado de estos últimos años, queda claro y patente que apostar por los ecosistemas móviles de manera decidida desde un primer momento fue una decisión estratégica. El escenario actual no está escrito en piedra, pero incluso competidores como Apple, que dominan una parte significativa de todo el mercado, han tenido que llevar a cabo impresionantes lanzamientos y campañas de publicidad para poder situar su Apple Music dentro del Top 10. Amazon, en este sentido, optó por trasladar una parte importante de su interacción con el usuario al smartphone de manera obligatoria: si quieres gestionar muchos de los servicios de la compañía, tienes que hacerlo a través de su aplicación, lo que desplaza una parte del uso del ordenador al smartphone. Para otros, la posibilidad de situarse de manera destacada en este ranking es sencillamente imposible, salvo que sean capaces de inventar toda una categoría. Que no es completamente imposible, pero sí mucho más complicado que antes.

Ahora, llevamos siempre encima un dispositivo, volvemos a casa a por él si nos lo olvidamos, le otorgamos cada vez más funciones… y está dominado por unas pocas, muy pocas compañías. Lo demás, es historia. Y la historia, como es bien sabido, la escriben los ganadores.

 

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Conducción autónoma: cambio de época

Waymo logoTal y como habían anunciado sus movimientos en el mercado de trabajo, Google cierra la fase en la que su división dedicada a la conducción autónoma fue considerada una tecnología experimental dentro de Google X, y hace un spin-off de la misma como nueva compañía bajo el paraguas de Alphabet: la nueva compañía se llama Waymo, y se encargará de comercializar la extensísima experiencia acumulada en conducción autónoma y de acelerar la llegada de ese tipo de vehículos al mercado, desde el punto de vista que siempre mantuvo: que no está en el negocio de construir coches, sino de construir mejores conductores para ellos, que releven completamente a las personas de la tarea de conducir.

Me parece completamente justo atribuir a Google el derecho de marcar este cambio de época: el anuncio del trabajo de la compañía en este ámbito en el año 2010 puede, a todos los efectos, considerarse como el momento histórico de toma de conciencia de muchos con la realidad de este tema, que seis años después está ya prácticamente preparado, desde el punto de vista de la tecnología, para tomar las carreteras, como más de tres millones de kilómetros conducidos atestiguan.

Pero para hablar de un cambio de época, no basta con que Google anuncie el spin-off de su división: hay que aportar más pruebas. Y esas pruebas vienen de múltiples sitios: por un lado, de nuevos entrantes como NuTonomy, que tras entrar en el mercado de Singapur, comienza sus pruebas en los Estados Unidos en un estado, Boston, que vio nacer a la compañía desde su incubadora en el MIT. O de la nueva compañía creada por Chris Urmson, el anterior director de la iniciativa de Google. O de compañías tradicionales de la industria del automóvil como GM, que va revelando detalles de su estrategia con respecto a los vehículos autónomos mientras su CEO, Mary Barra, en una larga y recomendable entrevista, habla de un futuro a “cinco años en los que veremos más cambios que en los anteriores cincuenta” en esta industria, y en el que el modelo de negocio de la compañía cambiará drásticamente para pasar a ofrecer servicios y abastecer flotas de vehículos que tendrán que actualizarse con más frecuencia, porque estarán en uso compartido prácticamente todo el tiempo. Ford, por su parte, no se queda atrás, y anuncia que empezará sus pruebas con vehículos autónomos en Europa a principios de este próximo 2017.

Hablamos de estados, territorios y ciudades que pugnan por convertirse en laboratorios de pruebas, como Ontario, en Canadá, o Michigan, en los Estados Unidos, aunque en realidad sabemos por el caso de Otto que estos permisos, en realidad, importan entre poco y nada, porque las compañías tecnológicas se los saltan alegremente para probar su tecnología. O de una Apple que, manteniendo su habitual estrategia de secretismo, sigue sin desvelar nada sobre sus intenciones, pero pide al gobierno norteamericano que le otorgue los mismos derechos para hacer pruebas y ensayos en este ámbito que tienen las compañías consolidadas de la industria.

Estamos entrando en una nueva época. Ya no hablamos de hipótesis y pruebas, sino de realidades tangibles. De la incredulidad, el “eso no puede ser y además es imposible”, el “seguro que eso solo funciona en algunos sitios muy concretos” y el “oh, dios mío, qué vamos a hacer si un algoritmo decide matarme“, pasamos a otra en la que el transporte se redefine completamente y algunas opciones como el compartir desplazamiento se vuelven, en algunos mercados, tan naturales, que las compañías tienen que pedir que no se utilicen sus vehículos para intentar ligar 🙂 En los mercados que lo vean venir, en los que las instituciones tengan una visión abierta y que propicie el cambio, esta fase de adopción será más rápida, y veremos usos mucho más eficientes de la vía pública y de los vehículos, menos atascos, menos accidentes y menos contaminación. En los que no quieran verlo o se aferren a la defensa de las opciones tradicionales “de toda la vida”… seguirán en el siglo pasado, utilizando sus vehículos un 3% escaso del tiempo, quemando gasoil como si no hubiera un mañana, metidos en atascos interminables, respiran y teniendo que imponer restricciones cada vez que la contaminación se dispara.

 

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Coches autónomos y papel del conductor

IMAGE: Cheskyw - 123RF

Un estudio llevado a cabo en Stanford afirma que el momento de la transición entre conducción autónoma y la llevada a cabo por una persona plantea numerosos problemas de adaptación y que, de hecho, no debería plantearse simplemente como una alerta al conductor para que tome la responsabilidad de una tarea que hasta ese momento se había desarrollado de manera autónoma. El llamado handover, cuestionado por su seguridad y por representar una peligrosa ventana durante la que podría incrementarse la probabilidad de accidentes.

El estudio viene a cuestionar la ruta emprendida por la gran mayoría de la industria de la automoción, incluida Tesla: la idea de ir introduciendo la tecnología de conducción autónoma planteada como ayudas o asistencia a la conducción únicamente cuando esta se produce bajo determinadas circunstancias, sea en autopista, en determinadas zonas o en función de otros parámetros – incluida la atención del conductor – que pudiesen afectar al desempeño de los sistemas autónomos.

Al otro lado, la ruta seguida por Google, cuya iniciativa de conducción autónoma podría estar cerca de la graduación de Alphabet y de un posible spin-off que le aportaría seguramente una agresividad competitiva mucho mayor: la introducción de la conducción autónoma no como asistencia, sino como planteamiento radical, como retirada total de la intervención humana desde el principio hasta el fin de la actividad. La idea de que la única manera de garantizar la seguridad del transporte es retirar de la ecuación a unos humanos torpes e imprevisibles, cuya intervención es responsable de la inmensa mayoría de los accidentes, y a los que es mejor relegar al papel exclusivo de pasajeros, sin posibilidad de tocar ningún control que pueda influir en la marcha del vehículo, ni siquiera los clásicos pedales o volante. Una noción de transporte completamente desligada de las connotaciones de atención que tiene actualmente, y que liberaría ese tiempo para otras tareas, influyendo seguramente de manera radical en el planteamiento del interior de los vehículos.

Durante un tiempo, ambas concepciones han convivido en la mentalidad de los distintos participantes en este incipiente mercado. El planteamiento de la asistencia a la conducción ha dominado de manera masiva, basándose en el hecho de que, por un lado, provenía de compañías con mayor tradición y experiencia, y por otro, suponía una aproximación incremental, con muchas más posibilidades de introducción gradual y de ser aceptada por los propios conductores. Que los estudios planteen que la idea de que un vehículo alterne entre conducción autónoma y conducción manual es insegura y una fuente potencial de problemas es algo que podría plantear problemas a la introducción de estos sistemas: Tesla, por ejemplo, ya los ha tenido en algunos mercados como Alemania, en los que se le exige que no presente su sistema bajo el nombre Autopilot, incluso aunque el sistema requiera cada vez de un nivel de intervención humana más bajo. El papel de otros fabricantes procedentes no de la industria automovilística, sino de la tecnológica, como Apple, es aún una incógnita, como suele ocurrir con los planes de la marca de la manzana, pero todo parece indicar que su interés se mantiene.

Una posible victoria de los planteamientos de Google, compañía que nunca se ha planteado la fabricación de vehículos sino la licencia de su tecnología, situaría a la compañía en un posible liderazgo tecnológico que podría, hipotéticamente, garantizarle unas buenas posibilidades a la hora de ofrecer su tecnología a otras empresas, lo que podría justificar un cierto nivel de optimismo en la transición desde la fase experimental a la comercial. Por otro lado, una caída en desgracia de los sistemas basados en el handover podría significar un retraso de los planes para muchas compañías de la industria de la automoción, lo que posiblemente redundaría en un un retraso global de los planes a nivel global y una fase de adopción sensiblemente más lenta.

Sin duda, el cálculo de escenarios en este tema resulta cada día más complejo. Pero lo que cada día parece más claro es que ya no hablamos del qué, sino simplemente del cuándo. Que sean cuatro, cinco o diez años es ya simplemente un matiz.

 

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Negocio transaccional frente a negocio publicitario

Billboard and transactionUn buen artículo en Venture Beat, titulado What if Google and Facebook got it all wrong?, expone la perspectiva a la que se enfrentan dos de las compañías más exitosas del mundo ante la evidencia de que la publicidad es una fuente de ingresos notablemente menos eficiente que la transaccionalidad, que el comercio electrónico como tal.

Sin duda, hacer las cosas es mejor que contarlas. El modelo de negocio de una compañía como Google, surgido a partir de la imitación de un tercero y de su superposición a una actividad, la búsqueda, que no se sabía como convertir en negocio, ha dado lugar a un gigante que, si bien gana mucho dinero, se encuentra en la tesitura de que la mayor parte de la actividad económica que genera tiene lugar lejos de la compañía, en casa de aquellos que cierran las transacciones que se inician en sus anuncios. La transaccionalidad en el caso de Google, la venta de productos y servicios como tales, es sumamente escasa, lo que la convierte, tras un simple examen de la cuenta de resultados, en una empresa prácticamente monoproducto, en la que los ingresos derivados de la publicidad representan en torno al 90%.

El caso de Facebook, que intenta desarrollar ahora una parte transaccional que valga la pena, es muy similar al de Google: el 97% de los ingresos de la compañía provienen de la publicidad, y las incipientes ventas que comienza a generar parecen más una manera más de justificar una mayor inversión publicitaria en la plataforma por parte de las empresas vendedoras que una fuente real de ingresos para Facebook.

Frente a los gigantes de la publicidad, tenemos una serie de compañías, encabezadas por Amazon pero con un creciente protagonismo de las grandes compañías del mercado chino, en las que la transaccionalidad se convierte en el auténtico protagonista. En todos los casos hablamos de empresas que siguen una estrategia de plataforma, de construcción de un entorno en el que otros desarrollan la actividad, pero que la actividad sea transaccional en lugar de publicitaria parece entregar unos porcentajes de margen sensiblemente más jugosos. De hecho, Google se encuentra cada día más presionada: una parte significativa de las búsquedas más rentables, las que terminan con un clic comprador, tienen ya lugar en la página de Amazon, y otra parte, las de aquellos que buscan una interacción conversacional con una compañía, suceden dentro de Facebook.

Mientras, en China, vivimos un entorno de competencia imperfecta en el que los grandes gigantes occidentales no son capaces de entrar, pero donde compañías como Tencent y Alibaba se definen abiertamente como plataformas transaccionales de comercio electrónico, como canales comerciales en los que el protagonismo de las ventas es total. Todo lo que aparece en cualquiera de las páginas de Tencent o de Alibaba  puede ser adquirido en pocos clics, y cada una de esas transacciones deja ingresos en la respectiva compañía que lo muestra al usuario. WeChat es una herramienta de mensajería instantánea, pero su enfoque y compromiso con las ventas es clarísimo y contundente: puede ser utilizada para localizar cualquier cosa en los canales oficiales de prácticamente cualquier compañía y, rápidamente, pagar por ella. Un negocio claramente más sólido y con más margen que el de la publicidad, que tanto los mercados como las empresas cliente tienden a valorar mejor, y que parece, cada día más a medida que la publicidad sufre problemas derivados de tendencias como el ad-blocking, mostrar el camino a seguir.

A estas alturas de película, el desarrollo de plataformas orientadas al comercio electrónico por parte de compañías como Google o Facebook parece complicado: ambas lo intentan, pero el mercado ya tiene muchas de las cartas repartidas, y desplazar a los usuarios de comportamientos y asociaciones mentales convertidas en hábitos consolidados parece algo que requerirá mucho tiempo e inversiones importantes. La publicidad, que en su momento se configuró como el modelo de negocio ideal para toda aquella pagina que congregaba a muchos usuarios fueses un buscador o una red social, empieza a mostrar sus limitaciones. Si quieres ganar dinero y crecer, vender productos parece mucho mejor que vender anuncios.

 

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