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El predecible éxito de Netflix

IMAGE: Kaspars Grinvalds - 123RFHace algún tiempo, me pidieron que elaborase un position paper sobre las perspectivas de la entrada de Netflix en España, en el que ofrecía un panorama sensiblemente más optimista que el habitual en el momento entre los analistas de mercado. Esta semana, la compañía ha presentado unos resultados financieros espectaculares, cimentados sobre todo en un incremento de más de 5.2 millones de suscriptores, con un crecimiento obtenido sobre todo a nivel internacional: los suscriptores que ven contenidos en Netflix fuera de los Estados Unidos ya superan a los domésticos. En España, Netflix ya alcanza el 3.4% de los hogares, dobla su cifra de suscriptores durante el último año, y es el único jugador en ese mercado que sale en la foto con un crecimiento significativo.

El crecimiento de Netflix está asentado sobre una orientación con una marcadísima vocación de largo plazo. Construir la primera cadena de televisión verdaderamente global no es algo que pueda hacerse en un balance previsional a cinco años: las expectativas de la compañía para 2017 eran unos resultados negativos de 2,000 millones, los últimos resultados las incrementan hasta los 2,500 millones, y la idea no solo es que continúe generando flujos de caja negativos durante muchos años, sino que ese sea el indicador de su enorme éxito. Las evidencias son claras: en la construcción de los nuevos mercados globalizados, quien quiera peces tiene que mojarse…

A cambio, la compañía se ha convertido en todo un fenómeno cultural mundial: su escalada en términos de la popularidad de sus contenidos de producción propia, reflejada en la progresiva relevancia de los mismos en indicadores como las nominaciones a los premios Emmy, tema sobre el que ya escribí el pasado año, continúa claramente este 2017: las compañías tecnológicas acaparan ya un tercio del total, con 91 para Netflix, 18 para Hulu y 16 para Amazon, y tan solo Netflix, que se acerca a duplicar las 54 nominaciones del año anterior, obtiene más nominaciones que la combinación de las cadenas clásicas norteamericanas ABC, CBS y Fox.

¿Qué convierte el éxito de Netflix, cuyas acciones crecieron ayer más de un 10% para alcanzar su máximo histórico y ofrecerían un rendimiento de más de un 15,000% a un inversor que las hubiera adquirido en su salida a bolsa en mayo de 2002, en algo predecible? Simplemente, la evidencia de que la compañía entiende bien lo que implica la construcción del mercado global que proporciona internet. Cuando Netflix comienza, en el año 1997, como compañía dedicada al envío de DVDs a través del correo ordinario, era simplemente una historia interesante cimentada en una tecnología, la del DVD, que permitía enviarlos de manera razonablemente eficiente en un sobre. Cuando sus fundadores entienden que internet cambia el mundo y ofrece un canal infinitamente más eficiente en términos de velocidad y ancho de banda, la compañía sale a bolsa, capta los ingresos necesarios para su expansión, y se lanza a un canal que, en aquel momento, suponía una amplia gama de dificultades: el ancho de banda requerido para una transmisión con una adecuada calidad aún estaba lejos de estar garantizado, la tecnología utilizada para salvar esas limitaciones era compleja y con un desarrollo impredecible jalonado por numerosas polémicas, y la industria era un auténtico galimatías de acuerdos de distribución, exclusivas y ventanas de explotación absurdas.

Ahora, Netflix es la novena de las compañías mundiales de internet por ingresos, está valorada en unos 42,000 millones de dólares, es una potencia en términos de una producción propia que desarrolla con un adecuado balance entre lo local y lo global, y cuenta con un sistema de recomendación puntero que le permite inspirar la forma en la que genera y distribuye contenido. Claramente, es la compañía que ha sabido entender lo que supone la producción y distribución de contenidos de entretenimiento en el siglo XXI, y lo que hay que invertir para construir una posición sólida en ese mercado completamente redefinido. Los competidores locales o que abarcan unos pocos países ya no cuentan de cara al futuro porque carecerán de las economías de escala suficientes para capitalizar una posición suficientemente sólida en el mercado, y los clásicos de toda la vida, con la posible excepción de una HBO que al menos lo intenta con cierta dignidad, no están siendo suficientemente ágiles como para obtener una posición suficientemente consolidada. El negocio de los contenidos del futuro pertenece a compañías como Netflix, Amazon, Hulu y unas pocas más que entiendan ese modelo global y sepan explotarlo con la dimensión que precisa.

¿Predecible? No lo sé… a mí, en su momento, sí me lo pareció. Y definitivamente, un caso digno de estudio.

 

 

 

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Innovación y restricción

IMAGE: Anton Sokolov - 123RFUna regulación estatal convierte el estado norteamericano de Idaho, famoso por sus patatas pero no especialmente por su nivel de innovación, en el sitio donde resulta más difícil para un trabajador abandonar su compañía cuando recibe una oferta mejor. La ley invierte la carga de la prueba en las cláusulas de no-competencia, convirtiéndolas en un sinsentido en el que, supuestamente, es el propio empleado que deja la compañía el que tiene que demostrar que carece de “habilidades que puedan afectar adversamente los legítimos intereses empresariales del empleador”, algo muy difícil o prácticamente imposible de hacer si la compañía decide que no es así.

El cambio legislativo marca el extremo de un continuo que tiene en el lado contrario a California, un estado en el que las cláusulas de no-competencia no solo son ilegales, sino que además, ni siquiera reconoce su existencia ni permite su aplicación cuando el trabajador las firmó en otro lugar. Algunos estudios consideran que este factor es precisamente el que subyace detrás de la gran ventaja de Silicon Valley a la hora de atraer talento: la región se considera un imán capaz de atraer a personas brillantes de otros sitios, hasta el punto de que hay en ella más trabajadores tecnológicos procedentes de fuera de los Estados Unidos que nacidos en el país. Ante una oferta para trabajar en California, una persona siente que el riesgo de cambiar de vida y de trabajo compensa porque, incluso en caso de que su nuevo trabajo no respondiese a sus expectativas, podría simplemente cruzar la calle y buscar trabajo en otra compañía en la región al no existir contratos con cláusula de no-competencia.

En el caso de otros estados, el efecto también parece claro: en 1985, Michigan, tras un fuerte proceso de lobbying de varias compañías locales, cambió sus leyes referentes a la invalidez de las cláusulas de no-competencia. El resultado fue una creciente emigración de personas consideradas con talento para la invención (que hubiesen registrado al menos dos patentes entre 1975 y 2005) hacia otros estados en los que estas cláusulas seguían siendo ilegales, con el interesante detalle de que fueron precisamente las personas consideradas más brillantes las que tuvieron más facilidades para irse, al haber más compañías de fuera del estado dispuestas a compensar más generosamente sus gastos de relocalización.

En el caso del estado de Massachusetts aparece un factor adicional: las cláusulas de no-competencia son consideradas válidas, pero se ha discutido en varias ocasiones la posibilidad de que la compañía que elija hacerlas efectivas deba compensar a la persona a la que impide trabajar en un competidor con al menos la mitad del sueldo que percibía anteriormente. El llamado garden leave pretende encarecer ese tipo de cláusulas para tratar de impedir que las compañías hagan un uso abusivo de ellas, y ha estado sujeto a fuertes discusiones durante años porque las compañías tienden a oponerse a pagar a alguien a cambio de que no trabaje. En una encuesta reciente, se reveló que uno de cada cinco trabajadores norteamericanos estaban sujetos a algún tipo de cláusula de no-competencia, y que en muchos casos, estas cláusulas no se empleaban para restringir la movilidad de empleados realmente claves o decisivos en procesos de innovación o considerados estratégicos, sino a trabajadores de toda condición, incluyendo casos como, por ejemplo, peluqueros. Ese tipo de cláusulas, además, no solían ser negociadas ni ser objeto de atención en la firma de los contratos, y se convertían en una forma de retención que trataba de desincentivar la salida de trabajadores, y que terminaba por resultar en menores oportunidades de mejora profesional.

La conclusión parece clara: como ya escribí en alguna otra ocasión, al talento le gusta la libertad, tratar de retenerlo contractualmente no supone una ventaja a largo plazo, sino todo lo contrario. En muchas ocasiones, ese tipo de cláusulas de no competencia no son, en realidad, una forma de proteger a la compañía, sino una herramienta que le permite llevar a cabo una especie de “venganza” sobre un trabajador, tratando de restringir sus movimientos o condenándolo a costosos procesos judiciales para poder dejar la compañía o empezar a trabajar en otra. En último término, ese tipo de circunstancias pueden terminar por convertirse en un problema para todo un país o región a la hora de atraer talento.

 

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Medicina: ¿sustituyendo o asistiendo?

IMAGE: Natalia Merzlyakova - 123RFUn artículo de CNN titulado What happens when automation comes for highly paid doctors comenta el reciente crecimiento de la tendencia hacia el desarrollo y utilización de sistemas de diagnóstico de imagen – radiografías, tomografías, resonancias magnéticas, ultrasonidos, etc. tradicionalmente interpretados por un médico, un especialista o un radiólogo – para su interpretación mediante sistemas que procesan el diagnóstico mediante visión computerizada y algoritmos de machine learning, entrenados a partir del extenso archivo recopilado a lo largo de muchos años de práctica.

El uso de herramientas de diagnóstico mediante imagen ha ido creciendo a lo largo del tiempo, y además de ser profusamente utilizado, supone un elemento muy importante del coste: donde antes un médico tenía que procesar manualmente unas pocas imágenes, ahora es perfectamente habitual que en una sola prueba se obtengan cientos o incluso miles de imágenes en finas capas, en procesos que pueden llegar a ser profundamente aburridos y que incrementan la probabilidad de error debido al cansancio o la pérdida de atención.

¿Puede un algoritmo ser capaz de reconocer en una imagen elementos de diagnóstico? Sin duda. ¿Puede, además, llegar a hacerlo mejor que un profesional especialmente entrenado para ello? Todo indica que, a medida que esos algoritmos son entrenados con más y más imágenes y sus posteriores resultados diagnósticos, esa posibilidad se convierte en una realidad, y que muy probablemente estemos ante mecanismos en los que la probabilidad de pasar por alto un indicio con trascendencia diagnóstica en una imagen sea significativamente menor que en el caso de que ese diagnóstico sea llevado a cabo por un humano.

Precisamente sobre este tema estuve hablando en el pasado Netexplo con Pooja Rao, co-fundadora de la startup india Qure.ai, que fue una de las compañías que obtuvieron galardón y la que me pidieron que entrevistase en el escenario. Pooja contaba con la experiencia perfecta para comentar el tema: además de ser médico de formación, había co-fundado una compañía dedicada al diagnóstico de imagen mediante machine learning, y trabajaba precisamente con médicos a los que trataba de convencer para que contribuyesen al entrenamiento de los algoritmos ofrecidos por su compañía, con un argumento claro: la posibilidad de poder obtener mejores diagnósticos, más seguros, más consistentes y con menos posibilidades de pasar por alto elementos clave.

Una imagen de diagnóstico médico es un fichero digitalizable o, cada vez más, directamente digital. Convertir esas secuencias de píxeles en elementos capaces de ser procesados algorítmicamente es algo que cae perfectamente dentro de las posibilidades del machine learning, en un ámbito, el de la imagen, en el que ya se han obtenido numerosos progresos. Que lleguemos a un momento en el que el análisis de una imagen se lleve a cabo directamente tras su obtención, o incluso durante la misma – para permitir un muestreo más exhaustivo de determinadas áreas – o, incluso, a un momento en el que los médicos directamente pierdan la capacidad de utilizar ese método diagnóstico por falta de práctica es algo que, a día de hoy, cabe perfectamente dentro de los escenarios posibles. En este momento, un algoritmo es capaz de procesar e interpretar una resonancia magnética de corazón, por ejemplo, en unos quince segundos, un examen que puede necesitar unos 45 minutos cuando lo lleva a cabo un cardiólogo o radiólogo.

En ese caso, ¿qué papel pasa a tener el médico especialista? Sencillamente, el de encargar la prueba diagnóstica e interpretar el análisis de la misma llevado a cabo no por sí mismo o por un radiólogo, sino por un algoritmo. El propio radiólogo pasaría a ser un interpretador avanzado de esos diagnósticos, un gestor de un instrumento que sigue los indicios marcados por un algoritmo y trata de ofrecerle elementos adicionales de diagnóstico, o tal vez, el que lleva a cabo un segundo análisis manual basado en los indicios encontrados por el algoritmo. ¿Realmente vemos ese proceso como una sustitución, o más bien como una asistencia especializada que mejora las capacidades del facultativo? ¿Perderían los radiólogos su trabajo, o simplemente deberían reciclarse para aprender a aprovechar una herramienta diagnóstica mucho más potente, capaz de ver lo que un ojo clínico bien entrenado anteriormente no veía? ¿Llegaremos a un momento en el que el diagnóstico mediante imagen sea algo que debe necesariamente ser llevado a cabo por un algoritmo, porque mejore sensiblemente el número de ocasiones en las que un indicio se pasa por alto o se dé lugar a un número menor de falsos positivos? ¿Llevará el hecho de que sea un algoritmo el que procesa las imágenes a que se puedan obtener muchas más, dada la mayor facilidad de procesamiento derivada de que que no sea un médico quien deba revisarlas todas una por una, y por tanto, termine redundando en mejores diagnósticos? ¿Alguien podría llegar a ver un proceso así como negativo?

 

 

 

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Cartografías, sensores y algoritmos: entendiendo los mecanismos que dan soporte al vehículo autónomo

IMAGE: Maxim Kazmin - 123RFNoemí Navas, de Cinco Días, me llamó la semana pasada para hablar sobre la importancia de los sistemas de cartografía en el futuro del vehículo autónomo, y hoy utiliza algunos de mis comentarios en su artículo en El País titulado “Sensores: los ‘sherpas’ del coche autónomo” (pdf).

Mi conversación con Noemí giró en torno a la importancia de las compañías dedicadas al desarrollo de cartografías digitales, y hasta qué punto podíamos encontrarnos en un panorama interesante o cada vez más comoditizado, al hilo de operaciones como la venta de Nokia Here en el año 2015 a un consorcio de fabricantes de automóviles alemanes compuesto por Daimler, Audi y BMW, o de la reciente desinversión de Google en satélites de alta definición. Los mapas confeccionados mediante satélite, en los que ya hemos alcanzado resoluciones inferiores al metro, suponen, cada vez más, un esfuerzo relativamente rutinario de mantenimiento, no tanto un componente estratégico, al menos de cara a la conducción autónoma.

Es importante entender que un vehículo autónomo no depende exclusivamente de los mapas de satélite para su navegación. De hecho, ese tipo de herramientas supone un elemento fundamental en la elección de la ruta y en su adaptación dinámica puntual a medida que transcurre la conducción en función de variables como el tráfico, pero no son estrictamente determinantes de cara a la navegación en sí, a decisiones como el frenar, acelerar o girar. Este tipo de decisiones se toman mayoritariamente en función de la lectura en tiempo real de los sensores del propio vehículo, el conjunto de cámaras, radares y LiDAR que componen herramientas como el control dinámico del entorno o surround view, la detección de puntos ciegos, la asistencia de aparcamiento o de mantenimiento en el carril, la alerta de tráfico en cruces, el reconocimiento de señales de tráfico, el frenado de emergencia, la detección de obstáculos o el control de velocidad adaptativo. Para todos esos sistemas, el conjunto de inputs definidos por la sensorización del vehículo resulta mucho más importante que el procedente de la cartografía, y se encuentra aún en un nivel de comoditización muy inferior, en el que las decisiones de adopción o abandono de los sensores de un proveedor determinado aún tiene un peso muy importante en las posibilidades que cada compañía tiene de alcanzar el liderazgo tecnológico.

Del mismo modo, los datos procedentes de la navegación en tiempo real de la flota de vehículos controlados por una compañía y su uso para alimentar a los algoritmos de machine learning suponen también un elemento fundamental, que otorga ventaja a aquellas empresas capaces de mantener una flota en un territorio determinado. El tamaño de la flota y su capacidad para mantener un sistema actualizado pasa a ser fundamental, como lo es en la confección de mapas de tráfico en tiempo real. La comunicación entre vehículos, entre esos vehículos y las infraestructuras, y entre los vehículos y el sistema en el que esos datos son procesados en tiempo real se convierte en clave, de ahí la importancia de elementos como el 5G y la orientación al tratamiento de datos. La actividad de una compañía automovilística en el futuro tendrá mucho menos que ver con el diseño y fabricación de automóviles, y mucho más con el tratamiento en tiempo real de los datos generados por estos, lo que supone un cambio en la naturaleza del negocio y un paso desde orientación a producto hasta orientación a servicio que no todas serán capaces de llevar a cabo.

 

 

 

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El hombre algorítmico

IMAGE: Leo Blanchette - 123RFUna noticia en el Technology Review del MIT, Your best teammate might some day be an algorithm, me lleva a pensar en ese balance entre el desarrollo de más y más capacidades en las máquinas que, sin duda, pueden llevar a que muchos trabajos dejen de tener sentido, y la visión particular que siempre he tenido de mi trabajo viéndose cada vez más potenciado por el uso de ese tipo de tecnologías.

Francamente, nunca he tenido demasiado miedo de que un algoritmo me deje sin trabajo. Será porque me dedico a algo que pocos ubican en las quinielas de trabajos a ser rápidamente sustituidos por robots o por la flexibilidad absoluta que la institución para la que trabajo me ofrece a la hora de enfocar mi actividad, pero siempre he pensado que si todo mi entorno se ve revolucionado por la tecnología, seguiré teniendo posibilidad de estudiarlo y explicárselo a alguien a quien le pueda añadir valor.

Así, el enfoque de un desarrollo de herramientas algorítmicas enfocado en la colaboración me lleva a plantearme qué cosas podré hacer cuando algunas de las partes de mi trabajo que menos me gustan y que, posiblemente, menos valor añade, puedan ser llevadas a cabo por algoritmos, cada vez más fáciles de desarrollar y educar gracias a herramientas cada vez más sencillas.

Nuestro trabajo y nuestra vida en general están cada vez más rodeados de herramientas, que aportan una eficiencia cada vez mayor. Sin embargo, fallan aún algunos elementos: el primero de todos ellos es el que afecta a la visión de automatización incompleta de muchas tareas, que no llegan a suponer automatismos exactos, sino que están sujetas a una cierta variabilidad o “toque humano”, y que precisamente por eso, las herramientas aún no aciertan a llevar a cabo con el nivel de rendimiento adecuado. Durante muchos años, las herramientas se han planteado la automatización como una manera de replicar procesos de manera idéntica y predecible, un enfoque que se ha mostrado limitado. La posibilidad de introducir en esos algoritmos pasos que repliquen en algunos puntos el juicio de un humano en función de datos generados anteriormente permitirían establecer procesos de automatización mucho más potentes, planteados en función de diversos parámetros, y con mayor posibilidad de añadir valor. Hace relativamente poco tiempo, separar el spam del correo electrónico era una tarea pesada y manual. Ahora, prácticamente nada escapa al algoritmo, y la carpeta de spam ya prácticamente no merece supervisión manual. Y como eso, mil cosas más.

Muchas de las tareas que llevo a cabo a lo largo del día precisan de atributos que aún son inequívocamente humanos. Pero muchos otros tienen un componente mucho más mecánico y repetitivo, y podrían beneficiarse claramente de un tratamiento algorítmico. Antes de ver cómo los robots roban nuestros trabajos, veremos muchos otros casos de desarrollo de algoritmos que nos permitan niveles de automatización muy superiores que los que conocemos hoy, en tareas que no son completamente repetitivas, pero que llegan a parecérnoslo, y que potenciarán nuestras capacidades al tiempo que liberan tiempo para otras tareas. En muchos casos, cuando los algoritmos y los robots ya puedan hacer nuestro trabajo, nosotros ya estaremos haciendo otros trabajos diferentes, siguiendo un enfoque que, en función de lo ocurrido en épocas anteriores que ya son historia, me parece mucho más adecuado, constructivo y lógico. Cuantos más algoritmos veo, más quiero trabajar con ellos, aplicarlos a mi día a día y sentir que potencian mis capacidades como ser humano.

 

 

 

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El necesario replanteamiento de las ciudades

IMAGE: RonfromYork - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Replanteando la ciudad” (pdf), y hace referencia a los cambios que empiezan a verse en cada vez más ciudades – de manera tímida por su relativa impopularidad entre los residentes – dentro del llamado “urbanismo táctico“, un término paraguas que hace referencia a acciones de rápida intervención, tales como el replanteamiento de espacios públicos, la introducción de elementos que desincentiven el uso del vehículo o las restricciones en determinadas zonas.

Un número cada vez mayor de ciudades empiezan a interpretar que diseñar sus espacios en torno al automóvil fue un error, que genera situaciones completamente insostenibles, y lo que es peor, que impide el desarrollo de soluciones de transporte que podrían ser muy adecuadas y pone en peligro a los ciudadanos. La reciente muerte de un ciclista en Madrid arrollado por una furgoneta es tan solo un caso, pero prueba que desplazarse por las ciudades actuales en bicicleta supone un auténtico peligro para la integridad física. Elementos que durante generaciones hemos considerado una parte fundamental de la ciudad, como la posibilidad de aparcar ocupando espacio en la vía pública, o la de repartir mercancías a cualquier hora simplemente deteniéndose delante de un establecimiento, precisan una completa remodelación para adecuar las ciudades a una nueva filosofía, a un diseño persona-céntrico, no automóvil-céntrico.

Calles colapsadas por vehículos aparcados en ambos lados, convertidas en garajes a cielo abierto, con una dedicación del espacio que carece de ningún sentido, circulación detenida o dificultada por vehículos de reparto o reducción efectiva del espacio destinado a las personas para privilegiar el espacio destinado al aparcamiento son situaciones que, desgraciadamente, todos nos encontramos en nuestro día a día en el entorno urbano. Poner las ciudades al servicio de las personas exige tomar decisiones complejas, con explicaciones que no gustarán a muchos. Restringir zonas completas al tráfico rodado, por ejemplo, prohibir el aparcamiento en superficie o designar ventanas de reparto logístico fuera de las horas diurnas son acciones que se encuentran con una contestación inmediata por parte de los vecinos afectados, pero parten de una cuestión fundamental: pagar unos impuestos no habilita a quien lo hace para apropiarse de un espacio público en una acera que podría ser dedicado a usos mucho más razonables, del mismo modo que favorecer el comercio local no pasa necesariamente por colapsar las calles con vehículos de reparto aparcados en doble fila, una función necesaria pero que debe desarrollarse necesariamente en horas valle, donde no comprometa otras actividades.

Ese tipo de acciones responden a una nueva realidad: las ciudades y los automóviles se han convertido en una mala combinación, en una trampa mortal e insostenible de congestión, polución y accidentes, y es preciso adecuarlas para que respondan a ello. Las acciones que habrá que tomar tendrán que ser valientes, decididas e inequívocas, desincentivando el uso del vehículo privado, recuperando el espacio destinado a aparcamiento en todas las calles para destinarlo a otros usos, replanteando zonas enteras para evitar que sean utilizadas como garajes, y favoreciendo medios alternativos de transporte que permitan prescindir del vehículo privado en un número cada vez mayor de ocasiones. ¿Puede una ciudad funcionar sin coches? No de manera radical, pero sí puede aproximarse progresivamente a un futuro en el que vivir en ella suponga que prescindir del vehículo privado no sea un castigo, sino una cuestión de lógica económica, en la que tener más automóviles que plazas de garaje en las que aparcarlos no sea posible, en la que el desplazamiento por la ciudad pueda llevarse a cabo con medios más razonables, económicos, versátiles y eficientes, y en la que los espacios urbanos pasen a funcionar de una manera mucho más lógica y orientada a las personas.

Pasar de esas iniciativas tímidas a acciones más decididas exige un cambio de mentalidad, y sin duda, va a costar, posiblemente toda una generación. Pero es fundamental empezar, superar esas primeras reacciones de impopularidad, y explicar las medidas adecuadamente. Las ciudades del futuro serán muy distintas a las que hoy conocemos. Y tendrán, sin duda, mucho más sentido.

 

 

 

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Los jóvenes y el cambio en las preferencias de comunicación

Las generaciones más jóvenes perciben como molestas las llamadas - Faro de VigoHelena Ocampo, de Faro de Vigo, me llamó hace unos días para hablar sobre la evolución de las preferencias comunicativas, y cómo no solo están ya aquí, sino que afectan no solo a las generaciones más jóvenes. Ayer incluyó algunos de mis comentarios en un destacado de su artículo titulado “Seis de cada diez jóvenes de 18 a 24 años solo se comunican por apps y redes sociales” (pdf)

El cambio en las preferencias comunicativas es, a estas alturas, un hecho fehaciente. Las llamadas telefónicas se han convertido cada vez más en algo a evitar, con una parte creciente de la población que afirma sentirse incómoda cuando la llaman por teléfono, y que habitualmente recurre a otros métodos ya prácticamente universalizados, como WhatsApp y otros programas de mensajería instantánea en los que el balance síncrono-asíncrono se gestiona de maneras percibidas como menos intrusivas.

El cambio en las preferencias comunicativas tiene múltiples elementos: por un lado, hablamos de un canal, las llamadas telefónicas, que muchos interpretan como una molestia porque está vinculado a una práctica, el telemarketing en modo outbound, que genera un creciente rechazo. Una llamada de un número no conocido o, peor, desde un número oculto es en muchos casos una llamada de un call center que pretende vendernos algo, y a pesar de la existencia de listas Robinson y de una creciente concienciación de las empresas en este sentido, es algo que suscita una gran cantidad de críticas. El esquema se sostiene porque, mal que nos pese, molestar a los clientes sigue siendo algo que, en términos de coste vs. beneficio, sigue generando campañas con índices de conversión positivas, aunque seguramente lo serían menos si las compañías que las llevan a cabo tuviesen un enfoque a largo plazo y tuvieran en consideración la erosión de su marca.

Por otro, la llegada de una nueva generación que, simplemente, no habla por teléfono. La mensajería instantánea ya estaba allí cuando empezaron a tener uso de razón, y es el canal escogido para la gran mayoría de sus necesidades comunicativas, con esquemas que aún sorprenden a muchos como el uso de mensajes de voz. Basta un mínimo de observación para darse cuenta de que el uso del smartphone por parte de los más jóvenes es sensiblemente distinto al que hacen los adultos a partir de cierta edad.

Además, la creciente generalización de las herramientas ha llevado a una sensación de que muchas necesidades comunicativas se ajustan mejor a un canal como la mensajería instantánea, que genera sensaciones más agradables al no exigir atención inmediata. Un número creciente de personas utiliza WhatsApp no solo para hablar con sus amigos, sino para hacerlo en grupo, coordinarse, hablar de temas de todo tipo, enviar chistes y enlaces, etc. En ese esquema, la llamada telefónica convencional es vista como algo más incómodo, a pesar de que muchos podrían intuitivamente pensar que es más rápida o funcional.

En las relaciones entre personas y empresas, el fenómeno es aún más llamativo: de hecho, ese es precisamente el modelo de negocio aparentemente escogido por Facebook para esa WhatsApp en la que se gastaron unos veinte miles de millones cuando era evidente que no llegaría a generarlos en un plazo razonable: muchísimas compañías acabarán pagando por el uso de WhatsApp como herramienta que estará detrás de los call-centers y contact-centers del futuro, en los que cada mensaje entrante posibilitará la conexión con las bases de datos corporativas y el CRM que permitan caracterizar a cada usuario y tratarlo en consecuencia. Una WhatsApp con prestaciones avanzadas, pensada como herramienta corporativa, que las compañías no podrán ignorar porque serán sus clientes y potenciales clientes los que se lo demanden.

Si tus acciones de marketing incluyen llamar por teléfono, no lo hagas. No llames por teléfono, porque estás molestando, y molestar a tu mercado nunca trae nada bueno a medio o largo plazo. Herramientas como WhatsApp, HouseParty y otras están convirtiéndose en nuevos canales a estudiar, que absorben nuevas funcionalidades (en el caso de WeChat y otras, funciones además cada vez más amplias que incluyen pagos, identidad, etc.) y generan fórmulas que cambian nuestras preferencias comunicativas. Si no lo estás teniendo en cuenta en tu mix de medios, atente a las consecuencias.

 

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¿Puede un presidente bloquear a sus ciudadanos en redes sociales?

realDonaldTrumpUn grupo de ciudadanos norteamericanos que habían sido bloqueados en Twitter por la cuenta personal del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, han iniciado una demanda contra él representados por el Knight First Amendment Institute, un centro de la universidad de Columbia creado para defender la libertad de expresión y de prensa en la era digital.

La demanda afirma que la cuenta de Twitter del presidente de los Estados Unidos es, como tal, un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos, y como tal, no pueden ser excluidos de él, a pesar de haber previamente expresado su desacuerdo. De hecho, el bloqueo, en este caso, es interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

El caso no es simplemente un intento de atacar a un presidente ya abundantemente criticado desde todos los ángulos, sino que tiene bastante más fondo de lo que parece: lo que se discute es el uso de redes sociales como forma de comunicación política, algo que se ha convertido en norma en un gran número de países. En este caso, además, hablamos de un presidente que, de manera consciente, ha relegado el uso de la cuenta presidencial oficial, @POTUS, en la que cuenta con 19.3 millones de seguidores, para seguir utilizando la suya personal, @realDonaldTrump, en la que le siguen 33.7 millones. No es, obviamente, la primera vez que el uso de Twitter por parte de Donald Trump genera polémica: en febrero de este año, el presidente utilizó un retweet desde la cuenta institucional para amplificar el impacto de una cuestión tan personal como el que la colección de moda de su hija hubiese sido excluida de unos grandes almacenes.

En la demanda actual, la discusión se centra en la esencia del diálogo político: bloquear a una persona en Twitter es una acción tristemente habitual, que en muchas ocasiones sucede como respuesta a una actuación previa, a un insulto o a un comentario interpretados como crítico o molesto. Muchísimos usuarios de Twitter bloquean habitualmente a todos aquellos que estiman oportuno, en función de su interpretación de lo que deben ser los límites de la relación, la educación o la sensibilidad a la crítica. Sin embargo, una cosa es que un ciudadano, una empresa o un medio de comunicación, por ejemplo, impongan un bloqueo a una cuenta de Twitter de una persona, y otra que lo haga el presidente del gobierno, por mucho que pueda argüirse que lo hae desde su cuenta personal, teniendo en cuenta que el uso que hace de esa cuenta es cualquier cosa menos personal y prácticamente marca la agenda política. La cuenta de Twitter de una persona, un medio o una compañía es, en ese sentido, un “club privado” con “derecho de admisión”. Sin embargo, podría discutirse, y en ello radica la demanda, que un presidente pueda marcar un supuesto “derecho de admisión” sobre una cuenta entendida como una comunicación pública relacionada con su gestión.

Por otro lado, el bloqueo en Twitter tiene un componente relativamente anecdótico: para poder ver los tweets escritos por el presidente en la cuenta que les ha bloqueado, lo único que tendrían que hacer los usuarios afectados es entrar en la cuenta desde un navegador en el que no se hubiesen identificado como usuarios de Twitter, lo que podría llevar a la defensa a argumentar que lo que se intenta no es impedir que puedan acceder a la información publicada en la cuenta, sino que puedan intervenir refiriéndose a ella, dado que cuentan con supuestos precedentes en los que esa participación pudo considerarse posiblemente insultante. Esta discusión, sin embargo, tampoco parece muy productiva dada la amplitud con la que se interpreta la libertad de expresión en la vida política en los Estados Unidos, y más bien podría ser un argumento en contrario: al bloquear esas cuentas, el presidente estaría, de manera efectiva, bloqueando la participación de personas que han probado ser críticas con su gestión, y que no podrían mencionar esa cuenta en sus respuestas (podrían referirse al presidente por su nombre o por otras variaciones del mismo, pero no obtendrían la difusión inherente al hecho de responder a esa cuenta). ¿Podría el presidente o su gabinete argumentar que esas cuentas dificultan, coartan o condicionan el dialogo político, y de ahí la decisión de someterlas a bloqueo? De no mediar casos de difamación, injurias, amenazas u otros delitos tipificados, parece poco probable que un tribunal se incline por dar la razón al presidente.

¿Qué puede hacer un presidente, entonces, con cuentas que utilicen Twitter, Facebook u otras redes en las que participe para atacar su gestión, que posiblemente lo hagan de manera constante, y que, de hecho, aprovechen la propia cuenta presidencial para obtener una repercusión mayor para sus comentarios? ¿Es el diálogo político un entorno en el que debe prevalecer el “vale todo” siempre que estrictamente no vulnere la ley? Estamos hablando de algo que comienza a ser habitual en todos los países: el uso de Twitter como herramienta de interacción política, las reglas que deben gobernar esa interacción, lo que debe o no estar permitido en el juego político, y las relaciones entre los ciudadanos, ahora dotados de mecanismos para expresar su opinión de manera directa, y aquellos elegidos para gobernarles. Unas reglas que se han ido desarrollando a medida que se popularizaban estas herramientas, que nadie se ha preocupado por el momento de regular de manera estricta más allá de la casuística, y que posiblemente vayan precisando de una cierta definición. O cuando menos, de una discusión formada e informada.

 

 

 

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La Reina Roja

La Reina Roja - Guillem Garcia BrustengaGuillem Garcia Brustenga me entrevistó para uno de los siete capítulos de su libro, titulado “La Reina Roja“, en referencia a aquella reina de la obra de Lewis Carroll que explicaba a Alicia que en su país, corriendo a toda velocidad, solo conseguiría seguir en el mismo sitio, y si quería llegar a otro lugar, tendría que correr el doble de rápido.

El libro, como indica su subtítulo,”Siete entrevistas a expertos sobre la función de la educación en la sociedad líquida”, intenta explorar la necesidad de adaptar los procesos educativos al entorno que actualmente vivimos, dotado de un dinamismo sin precedentes y en el que las formas que teníamos de educar y prepararnos para generar valor en nuestro entorno ya no funcionan o son desesperantemente ineficientes. 

Para ello, el autor entrevista a Xavier FerrásMiguel de la OssaTrina MilánBaptista BorrellJavi Creus y Jordi Riera Romaní, además de a mí mismo, en conversaciones largas y transcritas on gran calidad en las que explora los elementos del entorno y los posibles cambios que tiene que experimentar ese proceso educativo para seguir teniendo sentido en nuestros tiempos.

Por gentileza del autor y de editorial UOC, mi capítulo está disponible íntegramente en formato pdf.

 

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Estúpidos semáforos…

IMAGE: Lasse Kristensen - 123RFLa ciudad india de Bangalore, sometida a un nivel de atascos en su tráfico rodado que ha convertido el desplazarse por ella en un auténtico infierno, ha puesto en marcha Gridlock Hackathon, un concurso para desarrolladores y compañías tecnológicas promovido por el gigante del comercio electrónico indio, Flipkart, y destinado a la búsqueda de soluciones para el tráfico en la ciudad. Aunque el premio es equivalente a tan solo unos 5,500 dólares, la idea ha atraído a concursantes de todo tipo, desde empresas tecnológicas locales que sufren el tráfico como Ola Cabs, hasta gigantes como Microsoft, Google o Amazon.

Entre las propuestas recibidas hay de todo: coches voladores, redes de túneles… pero también hay algunas dedicadas a lo más lógico y obvio: el uso de sistemas basados en algoritmos de machine learning para llevar a cabo una regulación más eficiente de la red de semáforos.

¿Cuanto tiempo pasas, cuando te desplazas por tu ciudad, detenido ante una luz roja de un semáforo? El primer semáforo, dotado con luces de gas e instalado en el exterior del Parlamento londinense, comenzó a funcionar el 9 de diciembre de 1868, con el fin de controlar el tráfico en las vías adyacentes. Su vida fue muy limitada: el 2 de enero de 1869, menos de un mes después de su montaje, explotó a causa de una fuga de gas en el pavimento, y provocó graves quemaduras al policía que lo operaba de manera manual.

Desde esos accidentados comienzos, lo cierto es que la tecnología que hay detrás de los semáforos en la inmensa mayoría de las ciudades ha evolucionado muy poco en prácticamente siglo y medio: las luces ya no son de gas, son eléctricas y van pasando gradualmente de la incandescencia convencional al LED, y ya no las acciona un policía, sino que se encienden y se apagan en intervalos programados. Pero esencialmente, carecen de inteligencia alguna, y como mucho, poseen un par de ciclos, uno diurno y otro nocturno. El uso de “semáforos inteligentes“, en general, se limita a señales como las que evalúan mediante sensores la velocidad de los vehículos que se aproximan y les recomiendan reducirla.

La tecnología actualmente disponible permitiría perfectamente evaluar el volumen de tráfico de una vía, compararla con el de las vías con las que se cruza, y saber si hay peatones esperando pasar. Simplemente dotando de un mínimo de inteligencia a los semáforos y conectándolos entre sí podríamos hacer muchísimo más por el tráfico que con el absurdo sistema que tenemos actualmente, que se limita a encenderse y apagarse en intervalos prefijados y que, como mucho, envía a un agente de movilidad para anular manualmente las órdenes del semáforo cuando la congestión en la intersección o la zona alcanza un nivel determinado. La sensorización de las vías públicas para evaluar los niveles de tráfico no es especialmente complicada ni extremadamente cara, y los algoritmos que evalúan la intensidad circulatoria y toman decisiones con las adecuadas restricciones no parecen muy difíciles de desarrollar. De hecho, hay sistemas, como el empleado por Waze, adquirida por Google en 2013, que calcula la intensidad circulatoria simplemente en función de los datos de localización y velocidad que envían los propios usuarios de la app, y que es capaz con ello de elaborar mapas notablemente precisos y detallados. No hablamos de proyectos faraónicos ni de trufar la ciudad con carísima infraestructura… hablamos de posibilidades que, en el estado actual de la tecnología, pueden tener muchísimo sentido.

Las posibilidades de una tecnología como esa son elevadísimas, y más teniendo en cuenta que nos aproximamos a una época, la del vehículo conectado y autónomo, en la que los propios vehículos estarían dotados de las capacidades de generación de datos mediante sensores y de comunicación para interactuar con la propia red de semáforos de la ciudad utilizando sistemas V2I, Vehicle-to-Infrastructure. Podríamos privilegiar la circulación del transporte colectivo para incentivar su uso, administrar las diferentes rutas en función de su intensidad y, en general, llevar a cabo una regulación del tráfico dotada de mucho más sentido común. Y sin embargo, aquí seguimos, sentados en los asientos de nuestros automóviles, esperando a que el estúpido semáforo vuelva a cambiar siguiendo un período que, en muchos momentos del día, no tiene ningún sentido de cara a optimizar la circulación.

Se nos llena la boca hablando de las smart cities, pero uno de los elementos que más determinan la vida de una ciudad, los semáforos, siguen funcionando con prácticamente la misma tecnología que cuando se inventaron hace siglo y medio. La tecnología está ahí, pero seguimos soportando atascos que podrían, en gran medida, mejorar. ¿Hay alguien al mando de algún ayuntamiento con capacidad para hacer algo que tenga algo de sentido común?

 

 

 

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