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China es el próximo líder mundial

IMAGE: Robodread - 123RFEl título del liderazgo económico mundial no es precisamente honorífico. A los Estados Unidos, esa posición le ha brindado durante décadas una ventaja fundamental, y se ha convertido en uno de los factores más importantes a la hora de dar forma al mundo tal y como lo conocemos. Pero a estas alturas, todo aquel que estudie o planifique de cara al futuro debería tener cada vez más claro que esa posición está a punto de cambiar: el próximo liderazgo mundial no va a ser ejercido por los Estados Unidos, sino por otro país que lleva tiempo preparándose para ello: China.

El plan de China para convertirse en líder mundial absoluto tiene mucho sentido, y empieza por entender el factor más importante en esa transición: los datos. Olvida todo planteamiento de la privacidad como un derecho: en un país en el que el estado es el principal proveedor de datos, lo sabe absolutamente todo y lo comparte con sus compañías, cuestiones como autentificarte con tus datos biométricos, disponer de un sistema de rating crediticio universal o desarrollar el famoso Departamento de Precrimen se convierten en posibilidades reales, que no chocan con todos los obstáculos habituales que encontramos lógicos y normales en el garantista mundo occidental.

El país ha conseguido dar forma a un mercado doméstico enorme, con actores completamente diferentes a los del resto del mundo: las principales compañías tecnológicas ya no son únicamente norteamericanas, y se ven ya preparadas para tomar por asalto los mercados mundiales, mientras las empresas líderes de la etapa anterior se ven acosadas por intentos legislativos de reducir un poder considerado excesivo. En China, no es que Apple no sea un competidor importante en su segmento principal, el smartphone: es que está a punto de dejar de estar incluida entre las cinco primeras, con compañías chinas por encima como Huawei, Oppo, Vivo o Xiaomi que, además, ya conquistan los mercados internacionales. Y en tecnologías como 5G ocurre exactamente lo mismo.

El liderazgo chino comienza por un férreo control de una educación orientada al futuro, sigue con fuertes inversiones en desarrollo y en investigación, y continúa con ídolos locales con conocimiento del mercado como Andrew Ng o Kai-Fu Lee. El país ya se plantea superar a los Estados Unidos como líder en el desarrollo de inteligencia artificial en un futuro cercano, cuenta con los mejores laboratorios en automatización de la producción, está entrando con éxito en las aplicaciones más punteras del machine learning como los vehículos autónomos, y tiene compañías extraordinariamente rentables y con pulmón financiero para sostener su crecimiento. Cualquier compañía que quiera trabajar en un entorno en el que la regulación se adapte al desarrollo de tecnologías con impacto en el futuro en lugar de plantearse mil impedimentos y resistencias, se encontrará en su salsa en China. Una actitud diferente hacia el futuro, que está empezando a dar sus frutos, con fortísimas posiciones en mercados emergentes como África o América Latina, y en la que todo se pone al servicio de los planes del estado para esa dominación mundial.

¿Positivo? ¿Negativo? Da igual. China ha planteado su modelo, con elementos que resultan implanteables en el mundo occidental, y ha convertido elementos como la ausencia de una democracia o la importancia de los derechos humanos en una ventaja inalcanzable. Te gustará o no, pero China va a ser el próximo líder económico mundial, con todo lo que ello conlleva. Ve preparándote.

 

 

 

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Ideologías caducas y exclusión

IMAGE: Mary Valery - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Problemas de otros tiempos” (pdf), y vuelve al tema tratado hace dos días, la exclusión de los supremacistas blancos y neonazis de la red, en virtud de una serie de medidas acometidas por compañías referentes en ese entorno. Si hace dos días contábamos cómo el panfleto neonazi “The Daily Stormer” era expulsado de su dominio por GoDaddy y, posteriormente, por Google, y se veía obligada a refugiarse en un dominio ruso, dos días más tarde podemos comprobar cómo el dominio ruso ha sido igualmente cancelado, y cómo Cloudflare, un proveedor de servicios de DNS, de protección y de distribución de contenidos fundamental en la red, retiraba asimismo sus servicios a la página neonazi.

Es precisamente el caso de Cloudflare, magistralmente explicado por su CEO, Matthew Prince, en versión corta y de circulación supuestamente interna, o en versión más larga y depurada, el que merece una mayor reflexión. Indudablemente, la página en cuestión tiene ahora muy complicado continuar su actividad en la red: a todos los efectos, ha sido expulsada de la red. Las palabras de Kevin Prince no dejan lugar a la ambigüedad: tras la estupidez recalcitrante de los creadores de la página, que se dedicaron a atribuir que Cloudflare no les hubiese echado a unas supuestas simpatías de la compañía por la ideología neonazi, afirma que 

“I woke up in a bad mood and decided someone shouldn’t be allowed on the Internet. No one should have that power.” 

(Me desperté de mal humor y decidí que la presencia de alguien no debería estar permitida en Internet. Nadie debería tener ese poder.)

En efecto, la reflexión del fundador y CEO de Cloudflare tiene mucho de sentido común: debido a un proceso de concentración empresarial, cada vez son menos las compañías implicadas en que alguien pueda tener voz en la red. Pero por muy repugnante que nos pueda resultar una página o una ideología determinada, los que deciden si tiene cabida o no en la red no deberían ser los responsables de una serie de compañías privadas: esa decisión debería corresponder a un juez, ejercitando el debido proceso penal.

El proceso de exclusión de las ideologías neonazis y supremacistas que estamos viviendo en los últimos días no se limita a una sola página. Si de alguna manera simpatizas con esa ideología, verás cómo los grupos que interpretan música con esa tendencia desaparecen de Spotify, los enlaces a ese tipo de contenidos no tienen cabida en Facebook, no puedes hablar del tema en foros de Reddit ni en algunas plataformas de mensajería instantánea, no puedes escribir en WordPress, las campañas de recaudación de fondos para esa temática no son permitidas en ninguna plataforma de crowdfunding ni tienen acceso a medios de pago como Apple Pay o PayPal, e incluso se impide tu acceso a herramientas para buscar pareja como OKCupid.

De acuerdo: las ideologías supremacistas, neonazis y que promueven el odio o la discriminación son AS-QUE-RO-SAS, y además, absurdas. Son tan propias de otros tiempos como el yihadismo, que corresponde en realidad a una idea de cruzada religiosa propia de hace cinco o diez siglos, pero que aún provoca barbaridades incomprensibles como la de anoche en Barcelona. Totalmente de acuerdo: las ideologías que proclaman que una raza es superior a otra, que una religión debe eliminar a los infieles o que un sexo está más preparado que otro deberían ser declaradas absolutamente inaceptables, parte de problemas del pasado basados en la ignorancia más supina y más absurda, una discusión completamente superada. Algunos imbéciles devenidos en presidentes pueden, desgraciadamente, hacer que los problemas de hace décadas vuelvan a resucitar y se conviertan de nuevo en parte del escenario, como si se tratase de ideologías en discusión, cuando la realidad es que hace muchos años que fueron adecuadamente excluidas del panorama político. Pero independientemente de que nos manifestemos públicamente en contra de esas ideologías caducas, las medidas de exclusión deberían provenir no de decisiones individuales de compañías privadas, sino de un juez. En muchos países de la Europa central hace décadas que determinados contenidos están radicalmente prohibidos, y eso responde a un consenso social fruto, en gran medida, de experiencias vividas anteriormente. En otros países, como los Estados Unidos, se asegura que el gobierno nunca podrá censurar tu libertad de pensamiento, de expresión o de publicación, pero no impiden que sea una compañía privada o actores de otro tipo los que eliminen, de facto, la posibilidad de alguien de expresarse en un medio determinado.

Tomemos la decisión con una idea de absoluta tolerancia al pensamiento – que no a los hechos – o con la conocida paradoja de la tolerancia bien presente, deberíamos tener en cuenta que hablamos de los elementos que van a constituir la sociedad en la que viviremos en el futuro, en la que vivirán nuestros hijos. ¿Deberíamos aspirar a impedir, prohibir o eliminar de la sociedad toda aquella ideología que de alguna manera no aceptase determinadas reglas? ¿Qué hacer, por ejemplo, en un caso como el de AfD en Alemania, que no se definen como abiertamente neonazis o supremacistas para evitar un conflicto legal, pero abiertamente defienden en sus propuestas este tipo de ideologías sin llamarlas por su nombre? Que una ideología provenga de movimientos supuestamente desechados hace diez siglos años o hace quince décadas no implica que no haya imbéciles capaces de hacer que vuelvan a resurgir, como estamos desgraciadamente comprobando. Habra que tomar decisiones sobre el lugar que esas ideologías caducas pueden o deben tener en la sociedad y en la red.

 

 

 

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Cuando tienes que defenderte de tu propio gobierno

@realDonaldTrump status update #897763049226084352 - Twitter Un tweet del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, provocó una pérdida de valor de más de cinco mil millones de dólares en las acciones de Amazon.com, obviamente no un daño irreparable para una compañía con una marcha absolutamente insuperable en bolsa – nada menos que un 56,524% de revalorización desde su salida – pero un impacto sensible, al fin y al cabo, mucho más reseñable aún por el hecho de estar basado en una premisa falsa.

El “presidente incontinente” se despachó con una acusación de irregularidades fiscales contra una compañía que ya hace mucho tiempo que paga sus impuestos en todos los estados en los que genera sus ventas, demostrando no solo su temeridad y su total falta de criterio, sino además, su nivel de desinformación. Hace ya mucho tiempo que, como respuesta al incremento de la presión de la Unión Europea, la compañía tomó la decisión de adoptar tácticas de optimización fiscal menos agresivas, reportar las operaciones en cada estado y someterlas a los impuestos correspondientes, aunque la acusación de “no pagar impuestos” sigan apareciendo como un tópico habitual cada vez que se habla de la compañía en foros de personas desinformadas. Por otro lado, la acusación de esquivar impuestos, viniendo del único presidente que, en las últimas décadas ha rechazado hacer públicas sus declaraciones de impuestos, no deja de ser de una doble moral que asusta.

Con respecto a la acusación de provocar pérdida de puestos de trabajo, es posible que el presidente Trump no haya leído las noticias recientemente, pero Amazon se ha convertido en una de las compañías norteamericanas que más empleos genera, hasta cincuenta mil puestos en un solo día, algo que es extraño que el presidente no sepa considerando que fue recogido incluso por Fox News

¿Cuál es el problema de Donald Trump con respecto a Amazon? Por un lado, sus evidentes desavenencias con su fundador, Jeff Bezos, que en un momento dado llegó incluso a ofrecer un sitio en uno de sus cohetes para enviarlo al espacio, y que, por otro, adquirió el diario The Washington Post, combativo con las decisiones de Trump como no podría ser de otra manera en un medio de comunicación con criterio. El presidente parece tener con Jeff Bezos una de sus obsesiones seniles delirantes, y periódicamente dispara desde su cuenta de Twitter a sus iniciativas.

En esta ocasión, no obstante, es diferente. Aunque la cotización de Amazon obviamente recuperará lo perdido, estamos hablando del presidente de los Estados Unidos utilizando su cuenta de Twitter para provocar un daño a la cotización de una empresa estadounidense, haciendo pensar a los analistas y al mercado que podrían esperarse de su administración algún tipo de medidas específicas en contra de la compañía. Esto va mucho más allá del supuesto papel de un presidente que no debería interferir con el funcionamiento de los mercados de una manera tan específica salvo que se estuviese produciendo algún tipo de irregularidad, problema o emergencia nacional, pero encaja perfectamente con la forma de actuar de un irresponsable que lanza declaraciones como quien escribe mensajitos irrelevantes, y que todo indica que pretende ignorar todas las reglas de la política y gobernar a golpe de tweet, como si eso fuera de alguna manera posible.

Nada que no supiéramos cuando resultó elegido. Pero que sin duda, se convierte en más inquietante con cada día que pasa en la Casa Blanca…

 

 

 

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Discurso del odio y libertad de expresión

IMAGE: ?ukasz Stefa?ski - 123RFTras los trágicos eventos de Charlottesville, la actitud de algunas compañías en el entorno de la tecnología con respecto a la tolerancia frente al discurso del odio parece estar empezando a cambiar. En un breve espacio de tiempo, el registrador de dominios GoDaddy ha rescindido el registro de la página neo-nazi “The Daily Stormer“, que de manera inmediata la ha desplazado a Google Sites, para encontrarse con una nueva negativa de Google a hospedarla alegando la violación de sus términos de servicio, y con la cancelación del nuevo dominio. Tras esa segunda expulsión, la página ha decidido trasladar su domino a la dark web, con la promesa de volver más adelante.

Al tiempo, Facebook ha decidido eliminar todos los enlaces a un artículo publicado en la misma página en el que insultaban a la víctima del atropello de Charlottesville, Reddit ha cerrado foros en los que se hacía apología del odio y del nazismo, el sistema de mensajería instantánea para gamers Discord, aparentemente muy utilizado por este tipo de comunidades radicales, ha cerrado servidores y expulsado a usuarios que lo utilizaban para conversaciones para promover la ideología nazi, WordPress ha cerrado la página de un grupo neonazi vinculado con el asesino, y sitios de crowdfunding como GoFundMe o Kickstarter han cancelado campañas que pretendían recoger fondos para la defensa del autor del brutal atropello.

Las acciones de las compañías tecnológicas sugieren un importante cambio de actitud frente al discurso del odio y las ideologías radicales, con la aparente idea de eliminar este tipo de contenidos de las redes. Frente a este discurso, encontramos la actitud de plataformas como la American Civil Liberties Union (ACLU), que al tiempo que condenaba las demostraciones y la violencia de los supremacistas blancos en Charlottesville, dejaba claro también en un tweet y en una carta abierta el derecho de los radicales a manifestarse en virtud de la Primera Enmienda de la Constitución, en una actitud que llevó a la asociación a recibir fuertes críticas y acusaciones de ambivalencia.

La actitud de la ACLU, de Foreign Policy o de páginas como Techdirt, que afirman la necesidad de proteger la libertad de expresión incluso aunque lo que esté siendo expresado nos repugne, hacen referencia a los problemas que puede traer una actitud maximalista y de intento de eliminación del discurso del odio: en primer lugar, que esa eliminación conlleva que ese discurso pase a tener lugar en foros ocultos o más discretos como la dark web, y se radicalice más aún mientras una parte de la sociedad piensa falsamente que ha sido eliminado. Y en segundo, que la arbitrariedad al designar qué discursos deben ser excluidos termine generando ambigüedades o situaciones en las que lamentemos haber concedido esas “excepciones” a la Primera Enmienda, dando lugar a problemas más importantes que los que se pretendía originalmente resolver. Una posición de este tipo viene a solicitar que se refuercen los mecanismos con los que la sociedad ya cuenta para impedir las acciones de los radicales, pero sin impedir su libertad de expresión, marcando una separación entre discurso y acciones.

En otro plano se sitúa la idea de que, aunque exista libertad de expresión y una persona pueda decir lo que quiera aunque resulte molesto en virtud de la Primera Enmienda constitucional, eso no implica que lo que diga no vaya a tener consecuencias, y esa persona, por haber dicho algo posiblemente repugnante o que genere animadversión, no vaya a sufrir consecuencias como, por ejemplo, perder su trabajo, ser expulsado de una universidad o ser objeto de otro tipo de represalias, como discutíamos hace pocos días o como magistralmente plasma XKCD en una de sus viñetas.

Frente a estas actitudes que claman por defender el ejercicio de la libertad de expresión a toda costa, surgen otras actitudes que invocan al filósofo Karl Popper y su paradoja de la tolerancia, que afirma que si una sociedad es tolerante sin límites, su habilidad para ser tolerante será finalmente confiscada o destruida por los intolerantes, lo que implica que defender la tolerancia exija no tolerar lo intolerante.

¿Debe toda expresión estar permitida en la sociedad o en la red? Después de todo, un numero creciente de gobiernos persiguen y cierran los foros en la red del yihadismo radical por su carácter de exaltación del odio religioso, y pocos son los que se escandalizan por ello. ¿Qué tienen los neonazis o los supremacistas blancos que no tenga el yihadismo radical, aparte -desgraciadamente – de más simpatizantes en algunas sociedades occidentales? Décadas de prohibición de actitudes y memorabilia nazi en algunos países europeos no parecen haber conseguido gran cosa a la hora de hacer desaparecer ese tipo de ideologías. ¿Aciertan las compañías tecnológicas pasando a una actitud más beligerante de exclusión del discurso del odio? ¿Pueden unos simples términos de servicio competir con la Primera Enmienda? ¿Se trata de una respuesta, posiblemente peligrosa, a la falsa equidistancia y al discurso de “ellos contra nosotros” del presidente Trump? ¿Deben ponerse límites a la libertad de expresión en la red?

 

 

 

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Web scraping: ¿legal, ilegal, o depende?

LinkedIn scrapingUn juez norteamericano ha ordenado a Microsoft que elimine en un plazo de 24 horas toda tecnología destinada a impedir que una compañía, hiQ Labs, obtenga datos públicos de LinkedIn mediante web scraping. Específicamente, lo que el juez afirma al conceder el recurso interpuesto por hiQ Labs ante la afirmación de LinkedIn de que era ilegal hacer scraping de su página web sin su permiso, es que LinkedIn no puede prohibir ni bloquear el acceso selectivo de una compañía a datos que han sido hechos públicos a través de su servicio.

La compañía, hiQ Labs, se dedica a recolectar datos de diversas fuentes para, según ellos mismos, ayudar a los directivos a tomar mejores decisiones sobre las personas, básicamente atraer o retener talento. La práctica de extraer datos de diversos servicios es habitual entre startups de analítica, sobre todo en la fase en la que intentan construir su oferta de servicios y aun no cuentan con la masa crítica suficiente como para intentar obtener esos datos por sí mismas. Los servicios de analítica de ese tipo son cada vez más habituales a medida que resulta más posible obtener imágenes útiles de un usuario a partir de los datos que comparte en páginas sociales de diversos tipos.

En otras ocasiones, como en el caso de Facebook contra Power Ventures en 2009, los tribunales han decidido en favor de la página objeto del scraping: en ese caso, lo que Power Ventures intentaba era ofrecer un servicio que supuestamente consolidaba todos los contactos de un usuario en diversas redes sociales en una sola página, con lo que el scraping de los datos se llevaba a cabo con el permiso explícito de un usuario que permitía a la aplicación acceder a su Facebook. Sin embargo, el hecho de que Facebook hubiese enviado a Power Ventures un cease and desist conminándole a dejar de acceder  su servicio suponía una rescisión de ese permiso, y por tanto, daba la razón a Facebook. En el caso de LinkedIn contra hiQ Labs, en el que también medió el envío de un cease and desist, el juez ha optado, sin embargo, por dar la razón a la pequeña startup, posiblemente en parte porque la propia LinkedIn permite el scraping de los perfiles de sus usuarios por otras compañías como motores de búsqueda con el fin de mejorar su propia propuesta de valor. 

Obviamente, no parece lo mismo obtener datos de una página mediante scraping cuando lo que pretendes hacer con esos datos es sustituir el servicio que proporciona la compañía en cuestión, frente a cuando ese scraping es simplemente una manera de desarrollar un servicio completamente diferente y no esencialmente relacionado con el original. Como todo, la cuestión tiene sus matices: acciones de scraping aisladas para completar perfiles de usuario concretos, por ejemplo, no parecen tener la misma naturaleza que acciones masivas destinadas a extraer cantidades masivas de datos.

En cualquier caso, la resolución de ayer no es más que el principio de la cuestión: Microsoft ha anunciado que apelará la medida, y por el momento, todo indica que quien pretenda basarse en datos de terceros para construir su propuesta de valor debería hacerlo en virtud de un acuerdo con la compañía correspondiente, o arriesgarse a verse implicada en costosos procesos judiciales.

 

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Los límites del doxxing

@YesYoureRacist status update #896411734617075712Los recientes sucesos de Charlottesville, además de un balance trágico, y de la evidencia de que, en pleno 2017, los supremacistas blancos del KKK pueden manifestarse sin capuchas porque se sienten protegidos por su gobierno, están generando una situación interesante a la hora de definir los límites de una situación cada día más habitual en la red: el doxxing, la práctica de utilizar la red para investigar, descubrir y divulgar datos personales de un usuario.

A partir de las fotos divulgadas por los medios de la manifestación original, en la que una serie de individuos aparecían marchando en actitudes agresivas con antorchas y saludos nazis, una cuenta de Twitter con más de un cuarto de millón de seguidores, @YesYoureRacist, solicitó a quienes pudiese reconocer a alguien en esas fotografías que le enviasen sus nombres o perfiles sociales para revelar públicamente sus identidades. El tweet original, reproducido en la imagen, cuenta a estas alturas con más de sesenta mil retweets, y ha provocado ya que al menos una persona haya perdido su trabajo y otro se exponga a ser expulsado de la universidad en la que estudia

¿Es lícito utilizar esas fotografías divulgadas por los medios para identificar a los participantes en una manifestación? En principio, la actividad que estaban desarrollando estas personas tenía lugar en la vía pública, fue reportada extensamente por los medios de comunicación, y algunos de esos participantes incluso fueron entrevistados posteriormente. Las normas de Twitter definen como una violación de sus reglas la publicación de información privada o confidencial de otras personas, pero define esa información privada o confidencial expresamente como:

  • Fotos o videos íntimos tomados o distribuidos sin el consentimiento de la persona que aparece en dicho material.
  • Imágenes o videos que se consideran y se tratan como privados conforme a la legislación aplicable.
  • Información financiera o de contacto privada, por ejemplo:
    • información de tarjetas de crédito
    • número de la seguridad social o del documento nacional de identidad
    • direcciones o ubicaciones que se consideran y se tratan como privadas
    • números de teléfono personales, no públicos
    • direcciones de correo electrónico personales, no públicas

En principio, la información publicada por la cuenta en cuestión no entra dentro de esas categorías: lo que se está haciendo es identificar a personas que han participado en una demostración pública, sin revelar ningún tipo de dato personal o dato de contacto más allá de su nombre, que no aparece protegido en los términos de servicio de Twitter. La definición de información personal, sin embargo, es más amplia, y sí incluye información que puede usarse para identificar, contactar o localizar a una persona en concreto, o puede usarse, junto a otras fuentes de información para hacerlo, aunque las definiciones legales, especialmente en el contexto del derecho al honor y la intimidad o privacidad, varían en cada país.

La expectativa de privacidad de una persona que participa en una manifestación a cara descubierta y que incluso se permite dar entrevistas a los medios, lógicamente, no parece demasiado elevada ni permite claramente su protección. Sin embargo, las personas identificadas se exponen, como parece evidente, a represalias de todo tipo: a pocas compañías o instituciones les interesa vincular su nombre con la imagen de personas que se manifiestan con ese tipo de actitudes. La inmensa mayoría de las universidades que conozco, de hecho, poseen cláusulas de comportamiento que excluyen de manera inmediata a personas con actitudes racistas, supremacistas o que inciten al odio y la violencia, como de manera inequívoca demuestran estas personas con su participación en la manifestación. Sin embargo, la idea de identificar, señalar y pedir represalias contra personas que participan en una manifestación tampoco resulta muy tolerable en un país que hace constantemente gala del texto de la Primera Enmienda de su Constitución que consagra la libertad religiosa, de expresión, de prensa o de reunión pacífica; y de hecho, ha generado protestas a ambos lados del espectro político. En numerosos países de Europa, por ejemplo, la libertad de expresión o manifestación excluye específicamente símbolos como el saludo nazi, utilizado de manera aparentemente masiva en la manifestación de Charlottesville, pero ese tipo de normas no existen en los Estados Unidos.

A medida que la ubicuidad de las cámaras y la tecnología lo permite, la identificación de personas se hace más sencilla. En mayo de 2016 hablamos de una aplicación rusa, FindFace, que buscaba los rasgos de una persona dentro de la ubicua red social VK, muy popular y utilizada por una parte muy significativa de la población del país. Pronto, este tipo de identificaciones podrán llevarse a cabo de manera inmediata, tendremos aplicaciones que nos permitan enfocar la cara de una persona o introducir una fotografía y nos indiquen rápidamente su identidad en función de otras imágenes aparecidas en redes sociales, en búsquedas o en repositorios de diversos tipos, que podrían incluir las imágenes de cámaras situadas en multitud de lugares. Las posibilidades que algo así ofrece a todos los niveles y en manos de según quién no tienen límites y, por lo general, tienden a dar lugar a reacciones adversas, pero… ¿pueden evitarse? Y aunque pudiesen evitarse de alguna manera, la ideologización de la cuestión tampoco es irrelevante: ¿deberían proteger también a quienes se manifiestan incitando al odio, al racismo o a la exclusión? ¿Merece alguien que preconiza ese tipo de ideologías la protección de su privacidad, o debería más bien merecer la exclusión social? ¿Debe el doxxing tener límites ideológicos? 

Hasta hace algunos años, una persona que participase a cara descubierta en una manifestación podía arriesgarse, como mucho, a aparecer en una fotografía en medios de comunicación y, posiblemente, a ser reconocido por algunos. A partir de la popularización de las redes sociales, la posibilidad de solicitar a cualquiera que los reconozca que facilite su identidad y publicarla pidiendo represalias cuesta, simplemente, ciento cuarenta caracteres y un clic. Tecnologías como la biometría, cada día más, pueden hacer posible que esa colaboración ni siquiera fuese necesaria, y la ideologización de la cuestión complica el tema más aún. ¿Cómo deberíamos definir cuestiones como el doxxing o la privacidad en un contexto así?

 

 

 

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Disney, Netflix y la nueva era del contenido

Disney and NetflixEl anuncio de retirada de una gran parte de los contenidos de Disney de la plataforma de Netflix a partir de 2019 ha supuesto una sorpresa para muchos, y la evidencia clara de la llegada de una nueva época a la industria de los contenidos.

A Netflix, la jugada no le pilla completamente por sorpresa: a lo largo del tiempo, siempre ha sido consciente de que los creadores de contenidos querrían, a medida que las barreras de entrada disminuyesen, integrarse hacia adelante tomando el control de su propia distribución, y que los más peligrosos y más susceptibles de adelantarse en el movimiento eran precisamente los que, como Disney, poseen un inmenso inventario de contenidos con un valor elevado, hábitos de visualización recurrentes y un público fiel dispuesto a pagar por ellos, y la capacidad además de seguir produciéndolos.

Para anticipar ese tipo de movimientos, hace ya bastante tiempo que Netflix decidió convertirse en una inmensa factoría de contenidos de producción propia, contenidos que la han llevado a convertirse en una auténtica factoría de ganar premios y a atornillar a la pantalla a muchos millones de personas en todo el mundo. Sin duda, Netflix tiene claro que la producción de contenidos es la llave del futuro, y está dispuesta no solo a producir muchos más, sino también a adquirir o llegar a acuerdos con quienes sepan hacerlo.

Para Disney, la jugada parece relativamente clara: el ratón Mickey se ha hartado de ver cómo el número de suscriptores de Netflix crece sin parar a lo largo de todo el mundo y cómo se convierte en la compañía que detenta y explota la relación con un usuario final que depende cada día más de sus algoritmos de selección de contenidos, ha decidido que no necesita a Netflix, y que en el entorno actual de disponibilidad de ancho de banda – más la que puede anticiparse con la llegada de 5G – puede montarse su propia plataforma. Para ello, ha reforzado su presencia en BAMTech, la compañía de medios interactivos que trabajaba fundamentalmente para la liga norteamericana de béisbol, y ha comenzado a organizar su catálogo de contenidos para diseñar una oferta que haga que muchos se planteen pagar por una suscripción. Un movimiento indudablemente viable, pero que delinea un futuro que muchos van a encontrar incómodo, porque reconstruye el esquema de canales de las televisiones, pero esta vez sobre internet. Si quieres tener acceso a una gama amplia de contenidos, terminarás por verte obligado a mantener un cierto número de suscripciones, en lugar de tener uno o unos pocos servicios que te permiten gestionar la gran mayoría de los contenidos. Una fragmentación del mercado incómoda, molesta para el usuario, pero que permite a las compañías tener llegada al mercado final, poder exprimir los datos que generan, y no tener que compartir los ingresos con intermediarios.

El panorama tecnológico actual permite que cada vez más compañías creadoras de contenidos puedan plantearse convertirse también en distribuidoras del mismo. Las infraestructuras que antes era preciso poseer para llegar al consumidor final parecen hoy bastante más factibles, y los intvtermediarios de antes, los agregadores de oferta o las compañías de televisión por cable podrían llegar a tener problemas si no logran convertirse en dueños de sus propios contenidos.

Movimientos de este tipo no están, obviamente, al alcance de cualquiera. Pero sin duda, el panorama de contenidos audiovisuales va a experimentar una serie de cambios fuertes, que determinarán nuevos ganadores y perdedores. Una nueva época , caracterizada por mucho más ancho de banda, más cercanía entre productores y espectadores, escala necesariamente global y no local, y más intentos de exprimir el bolsillo de los que están al otro lado de la pantalla, bolsillo que, lógicamente, tendrá un límite. Ahora, muchos pagan por Netflix además de por una plataforma de televisión, e incluso añaden ofertas como la de HBO o la de Amazon, que viene empaquetada con otros servicios en su oferta premium. Veremos hasta donde llega, en el futuro, la inclinación de los usuarios a rascarse el bolsillo para acceder a un contenido determinado.

 

 

 

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Visualizando el avance del machine learning

Bonnier, G. et G. de Layens, "Flore complète portative de la France, de la Suisse et de la Belgique"En la foto, el Bonnier. Para la mayoría, simplemente un libro viejo. Pero para miles de estudiantes de Biológicas de media Europa, la tortura que simbolizaba el examen de Botánica (en el plan que yo estudié, la asignatura era Fanerogamia, separada de la Criptogamia, que se estudiaba en el año anterior) en el que tenías que identificar, utilizando las claves dicotómicas del Bonnier, un número determinado de especies vegetales, entre las que siempre había algunas gramíneas, con taxonomías particularmente enrevesadas y basadas en atributos mínimamente discernibles, para los que, en ocasiones, era preciso utilizar la lupa binocular. Una tarea ardua, pesada y que para llevar a cabo con ciertas garantías, era preciso acumular una cierta experiencia. Por lo que he podido encontrar, la determinación botánica sigue haciéndose del mismo modo, se sigue utilizando el Bonnier, aunque la edición es más moderna, e incluso sigue formando parte de los temarios de algunas oposiciones a profesorado.

En mi época, a mediados de los ’80, el Bonnier que utilizábamos era exactamente ese de la ilustración (sí, ya sé que parezco el abuelo Cebolleta, pero os prometo que en su momento ya tenía aspecto de libro viejísimo, aunque la edición era de 1972), estaba encuadernado en rústica y con un papel de malísima calidad, no estaba traducido al castellano, y a mí, que en aquel momento ya llevaba algunos años interesado por la tecnología y las bases de datos, me obsesionaba la idea de informatizarlo. Incluso llegué a preparar una estructura de una base de datos y una interfaz sencilla para ello con las herramientas que utilizaba entonces, dBASE y Clipper, todo sobre MS-DOS. De haber seguido con el tema, cosa que no hice al ver el ingente trabajo que habría supuesto digitalizar todas aquellas fichas y atributos de varios miles de especies de plantas vasculares, habría conseguido simplemente una cierta comodidad: en lugar de movernos por las páginas del libro, habríamos podido seleccionar las opciones en una pantalla… visto así, no parecía realmente un gran avance.

Ahora, más de treinta años después, me encuentro a través de Boing Boing un artículo de Nature, Artificial intelligence identifies plant species for science, en el que dan cuenta del desarrollo de un algoritmo de machine learning que va bastante más allá: tras entrenarlo con unas 260,000 imágenes digitalizadas de más de mil especies de plantas en herbarios de todo el mundo – se calcula que hay unos tres mil herbarios de cierta entidad en el mundo, con un total aproximado de unas 350 millones de muestras, de las que tan solo una pequeña parte están digitalizadas – el algoritmo es capaz de determinar la planta que se le está mostrando con unas tasas de acierto aproximadas del 80% (en un 90% de ocasiones, la especie estaba entre las cinco primeras elecciones del algoritmo). Esas tasas de acierto superan las habituales en botánicos expertos en taxonomía (en mi época, para aprobar necesitábamos identificar correctamente tres plantas de un total de cinco, y éramos simples estudiantes de tercer año). 

Cuando ves a un algoritmo capaz de llevar a cabo una tarea cuya dificultad eres capaz de valorar adecuadamente en función de tu experiencia, es cuando de verdad te das cuenta de lo que puede llegar a suponer el machine learning. En su momento, mi intento rudimentario de digitalización simplemente solucionaba un factor de comodidad, reducía una parte de la fricción implicada en la determinación. Ahora, basta con mostrar al algoritmo la imagen digitalizada de la planta, y directamente contesta con su género y especie, con un 80% de acierto.

¿Qué implicaciones tendrá algo así para el desarrollo de la Botánica? En pocos años, teniendo en cuenta el rendimiento del algoritmo y las necesarias correcciones progresivas, ya no existirán investigadores capaces de determinar la especie de una planta sin la ayuda del correspondiente algoritmo: los pocos que puedan hacerlo serán jubilados que aún guarden el Bonnier en su estantería, y recuerden cómo utilizar con un mínimo de soltura sus claves dicotómicas. Y sin embargo, esto no significará una pérdida del valor del profesional como tal, porque solo con los conocimientos de esos profesionales se habría podido llegar a adiestrar a ese algoritmo, y porque el papel de esos profesionales estará ya situado mucho más allá, en un escenario en el que ya no será necesario invertir tiempo ni esfuerzo en la determinación de una planta, porque eso se hará ya de manera automatizada. Será preciso modificar la forma de enseñar la disciplina, incluir otro tipo de ejercicios, otros materiales y otras disciplinas, ampliando así las fronteras del conocimiento. ¿Será la idea de perder la habilidad de determinar plantas a mano una gran pérdida como tal para la disciplina? La respuesta es simplemente… no. Del mismo modo que hoy prácticamente nadie sería capaz de escribir en cuneiforme sobre una tabla de arcilla.

¿Algo que ver con la idea de robots “inteligentes”? No, un algoritmo que clasifica especies vegetales lleva a cabo una tarea que hasta entonces, solo un humano podía hacer, pero está muy lejos de la inteligencia: simplemente es capaz de llevar a cabo una tarea muy definida en función de una serie de atributos de una muestra. Sácalo de ese entorno, y necesitará muchísimos ajustes para poder aplicarlo a otra tarea. La inteligencia es otra cosa. ¿Algo que ver con la idea de robots que  sustituyen a expertos en Botánica? En absoluto, y de hecho, la idea parece, vista así, de un simplismo que asusta. Hablamos de otras cosas: de aplicar la inteligencia humana a tareas de más entidad, de liberar recursos que no estaban siendo optimizados… de más progreso y más avance en la disciplina. ¿Podríamos imaginar de alguna manera a profesionales de la disciplina negándose a colaborar con el entrenamiento del algoritmo por miedo a ser eventualmente sustituidos? La sola idea resulta absurda, prácticamente ofensiva.

¿Cuántas de las cosas que hoy consideramos exclusivamente humanas acabarán haciendo algoritmos? ¿Cuántas cosas más podremos hacer cuando sea así?

 

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Cámaras por todas partes

IMAGE: Tomislav Zivkovic - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Sonríe a la cámara” (pdf) y trata de hacer un paralelismo entre lo que supuso la incorporación de la cámara al teléfono móvil en el año 2000 (primero en Japón, dos años después en el resto del mundo) y el futuro que nos espera con la fortísima proliferación de cámaras en absolutamente todas partes que estamos experimentando.

Un estudio reciente calcula que en en el año 2022, en tan solo unos cinco años, el número de cámaras en el mundo alcanzará los 44 billones. El elemento central de esa fortísima proliferación es fundamentalmente el smartphone, que pasará de las dos o tres cámaras actuales a tener unas trece y ser capaz de mostrar vídeo en 360º y en formato tridimensional, pero también una tendencia a incorporar cámaras en prácticamente todas partes, incluso en una simple bombilla

Los grandes almacenes utilizarán cámaras desplegadas en toda la tienda para analizar nuestras expresiones faciales, procesarlas e intentar que compremos más cosas. Las ciudades instalarán más cámaras de monitorización a medida que su coste se abarata y su tamaño disminuye, siguiendo una tendencia que comenzó en el Reino Unido y que nos lleva a un momento en el que todo lo que hagamos en la vía pública sea recogido por alguna cámara. Nuestras casas se llenarán de cámaras capaces de identificar a sus ocupantes y actuar de maneras diferentes según se trate de personas o animales domésticos, convertidas en un electrodoméstico más.

Si el hecho de llevar una cámara encima en todo momento en el bolsillo cambió en muchos sentidos nuestros hábitos, ¿qué ocurrirá cuando nos acostumbremos a estar permanentemente rodeados de cámaras en todo momento, y cuando una tendencia como el lifecasting se haya convertido en algo prácticamente habitual para toda una generación? ¿Qué ocurrirá con la legislación de privacidad cuando la proliferación de cámaras en todas partes la convierta en algo inútil, obsoleto y de imposible cumplimiento? Buen momento para volver a ver aquel episodio de Black Mirror

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Smile for the camera” 

 

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El empleado como beta-tester

Beta testing

Los primeros usuarios que han podido instalar las tejas solares fabricadas por Tesla en sus domicilios han sido empleados de la compañía, que durante algún tiempo estarán encargados de informar de cualquier problema o incidencia asociada con su funcionamiento. La misma práctica ha sido utilizada en el caso del nuevo Model 3: la compañía comenzó a entregar los primeros vehículos priorizando a sus empleados, con la petición de que proporcionen feedback sobre su funcionamiento, y la regla de que no pueden revenderlos para obtener un beneficio.

Y Tesla no es la única compañía que lleva a cabo estas prácticas: GM acaba de anunciar que utilizará la flota de vehículos autónomos del servicio que adquirió el pasado año, Cruise, para que un grupo de empleados pueda utilizarlo de manera gratuita en todos sus desplazamientos por San Francisco. El sistema funciona igual que servicios como Uber o Lyft: mediante una app que abres, dices a donde quieres ir, y esperas a que un vehículo llegue a donde estás y te recoja. Vehículo que, como marca la ley, llevará todavía un conductor tras el volante para posibles casos de intervención de emergencia, pero que será conducido de manera autónoma la mayor parte del tiempo, y que será utilizado en exclusiva por empleados de GM.

La idea de utilizar a tus empleados como beta-testers de un producto o servicio no es especialmente novedosa, pero se está convirtiendo en tendencia y parece cobrar mucho más sentido en el caso de productos con un componente disruptivo, en el que puede resultar interesante contar con opiniones de usuarios reales previas al despliegue definitivo. En estos casos, además, los empleados podrán, sin duda, sentirse privilegiados: hablamos de productos con un componente importante de bragging rights: instalar en tu casa un techo solar estéticamente aceptable, una batería acumuladora y disfrutar antes que nadie de los ahorros que origina, o conducir un vehículo para el que hay una lista de espera de casi medio millón de personas, o tener la experiencia de la conducción autónoma antes que otros son las típicas experiencias que gusta tener, que gusta disfrutar y que gusta contar. Pero además, en el caso de los empleados, se produce un beneficio adicional cuando “el circulo se cierra”: independientemente de lo lejos o cerca que una persona pueda estar del producto final, de que esté en una labor de diseño, de fabricación o administrativa, la idea de poder disfrutar del fruto de tu trabajo antes que otros proporciona un sentimiento de propiedad, de vínculo con la compañía, de interiorización de la estrategia. Un hecho, el de ser de los primeros que puede probar el producto, que de cierta manera da sentido a lo que haces, a lo que te lleva a levantarte temprano por las mañanas para acudir a trabajar.

Para la compañía, por otro lado, las pruebas con empleados aportan un beneficio adicional: no es sencillo hacer betas cerradas sin que la información se filtre a los medios, un factor que puede resultar mucho más sencillo de controlar cuando se utilizan empleados, fieles y comprometidos con el éxito del lanzamiento. ¿Consejos? Comunica claramente a tus empleados lo que esperas de ellos, la importancia de su papel, la necesidad de la información que proporcionen de cara al éxito del lanzamiento y a la reducción de posibles costes posteriores (imaginemos, por ejemplo, que una prueba en beta con empleados permitiese evitar una posterior retirada de producto derivada de algún problema), así como a las oportunidades de innovación que puedan surgir en el futuro. Además, maneja adecuadamente el mix: no todos los empleados involucrados en el proceso deberían pertenecer al grupo que más familiaridad tiene con el producto o servicio, porque estarán obviamente más sesgados a la hora de probarlo que aquellos que lo hagan desde una posición de menor implicación, pero deberías ser transparente a la hora de decidir quiénes tienen derecho a participar: no quieres generar malos entendidos ni privilegios que puedan ser considerados como algún tipo de discriminación, y además, te interesa recoger la mayor variabilidad posible, pero manteniéndote razonablemente cerca de las características del grupo objetivo al que el producto o servicio va dirigido.

Trata de proporcionar a esos empleados una experiencia lo más parecida posible a la que tendrían en caso de no serlo: en ocasiones eso resulta muy complejo, como cuando el producto o servicio está destinado a ser comercializado a través de un canal indirecto, pero conviene tener en la cabeza que ese tipo de factores podrían afectar a la opinión generada, y por tanto, considerarlos como una variable importante. Y finalmente, sé generoso, pero con medida: la oportunidad de participar en este tipo de pruebas debe ser vista como un privilegio, como una oportunidad de acceder al producto o servicio que de otra manera requeriría una inversión de dinero, pero no debe ser completamente gratuita, porque eso produce o bien que se vea como desprovista de valor, o que se reduzca la tendencia a plantear quejas o problemas. Un equilibrio que puede no resultar sencillo, pero que si se lleva a cabo de la manera adecuada, puede llegar a suponer importantes beneficios.

 

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