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Gestión de comunidades: la experiencia de Wikipedia

IMAGE: Phillip John Mearman - 123RFMe ha resultado muy interesante el estudio publicado utilizando datos de la gestión de comunidades de Wikipedia, Ex Machina: personal attacks seen at scale, en el que se estudió un conjunto muy elevado de comentarios etiquetados manual o automáticamente con el fin de determinar patrones habituales en el fenómeno del abuso. Wikipedia no solo es una de las mayores comunidades online del mundo, sino que además, el buen funcionamiento del sitio depende en gran medida de una comunidad sana y equilibrada. Del funcionamiento de la comunidad de Wikipedia y, sobre todo, de sus dinámicas de abuso, pueden surgir conclusiones sumamente interesantes para gestores de comunidad de todo tipo.

La primera conclusión parece clara, y es la que se destaca en titulares: un pequeño número de usuarios altamente tóxicos son responsables de un porcentaje elevado del abuso en la página. Algo que coincide claramente con mi experiencia en esta página, en la que en varias ocasiones he podido presenciar en primera fila cómo un comentarista pasaba de algún comentario tóxico o insultante ocasional, a una dinámica en la que pasaba a intervenir en absolutamente todas las conversaciones, y siempre con una dinámica insultante, fuese el que fuese el tema tratado. Lógicamente, cuando todo lo que dices sobre cualquier tema es recibido con hostilidad e insultos, la barrera de la tolerancia y de la supuesta libertad de expresión salta por los aires, la persona está simplemente convirtiéndose en un obstáculo al buen funcionamiento de la comunidad, una especie de “ruido de fondo” molesto, y debe ser expulsada.

En el caso de Wikipedia, 34 usuarios calificados como “altamente tóxicos” eran responsables de un 9% de los ataques personales en la página, lo que implica que puede obtenerse un resultado muy bueno simplemente aislando a esos usuarios y expulsándolos de la comunidad. En cambio, el 80% restante de ataques personales eran llevados a cabo por un grupo de unos 9,000 usuarios que habían realizado menos de cinco comentarios insultantes cada uno, algo que puede perfectamente responder al hecho de que “todos nos enfadamos en algún momento” y que no necesariamente debería resultar en una descalificación para la participación, sino ser considerado una dinámica de participación, dentro de un orden, razonablemente normal.

Desde mi experiencia, la clave está en el balance personal, en algo similar a lo que en las primitivas BBS conocíamos como el ratio de un usuario: aunque generalmente se aplicaba a la cantidad de bits aportados frente a bits descargados, parece claro que podríamos hablar de ratio como del porcentaje de comentarios aportados por un usuario que resultan insultantes, y utilizarlo como elemento de cualificación – o eventualmente, descalificación – a partir de un umbral determinado. Alguien que aporta habitualmente comentarios de calidad, pero que en ocasiones se irrita con determinadas actitudes o temas e incurre en el insulto, es completamente diferente de un usuario que únicamente participa insultando, que entra en una dinámica personal de insulto sistemático, de “misión en la vida” o de “terapia personal”, como he conocido unos cuantos a lo largo de ya catorce años de gestión de esta página. En esos casos, es claramente mejor expulsar al usuario, y poner todos los medios posibles para evitar que vuelva a entrar. Esos comportamientos rayanos en lo obsesivo, además, pueden ser identificados relativamente rápido, y deben ser detenidos rápidamente porque suelen mostrar elementos de escalada con escasas vueltas atrás.

Otro problema evidente en la gestión de comunidades está en el anonimato. En el caso de Wikipedia, el 43% de todos los comentarios proviene de usuarios anónimos, aunque muchos de ellos habían comentado tan solo una vez y el número total de comentarios era veinte veces menor que los aportados por usuarios registrados. Los usuarios anónimos terminaban siendo seis veces más activos a la hora de insultar que los registrados, pero dada la diferencia de volumen, contribuían en conjunto a menos de la mitad de los ataques, lo que conlleva que la mayoría de los ataques provenían de usuarios con un perfil registrado en la página. Acabar con el anonimato, por tanto, puede poner fin a cierta cantidad de comentarios insultantes, pero no es la razón fundamental de que estos existan, y siempre cabe la posibilidad de que alguien que puntualmente quiere insultar, se abra un perfil en el sitio (en el caso de Wikipedia es importante destacar que se considera anónimo a todo aquel que carece de perfil, pero que se puede abrir un perfil perfectamente sin aportar nada más que un seudónimo). Existe una correlación clarísima entre participación habitual y creación de perfil, lo que desde mi punto de vista apoya el uso de mecanismos basados en la lista blanca: el comentarista habitual merece mejor tratamiento que el simplemente aparece un día y deja caer un comentario. Mientras la gestión de los primeros puede hacerse prácticamente por excepción, la de los segundos puede plantearse en modo manual o dejarla en manos de sistemas parcialmente automatizados, en función del volumen.

En el estudio se diseña una metodología para evitar ataques personales y escaladas dialécticas mediante el uso de crowdsourcing (alertas de los propios usuarios mediante mecanismos de evaluación) por un lado, y de sistemas de machine learning por el otro entrenados con comentarios para ser capaces de reconocer insultos o spam, sistemas que pueden dar paso a la acción puntual de moderadores en los casos en que se estime necesario. Sin duda, un área prometedora de estudio: si bien en mi caso hace ya mucho tiempo que consideré este tema prácticamente resuelto mediante una combinación de listas negras y blancas, y manteniendo el derecho al anonimato porque me parecía que aportaba más de lo que podía perjudicar, el buen funcionamiento de la comunidad de esta página se debe fundamentalmente a su tamaño relativamente pequeño, y al hecho de que reviso todos los comentarios personalmente en el momento en que se producen. A partir del momento en que esa tarea excede la dedicación de una persona, como de hecho ocurre en la mayor parte de los medios de comunicación, el desarrollo de metodologías basadas en crowdsourcing o machine learning puede ofrecer muy buenas posibilidades a los gestores de comunidad.

La posibilidad de generar comunidades en torno a un tema es uno de los mejores aportes de internet. Conseguir que esas comunidades funcionen adecuadamente, en lugar de convertirse en nidos de trolls que campan a sus anchas, insultan, acosan y dificultan la comunicación es algo fundamental para el buen funcionamiento de una página, como de hecho demuestran los problemas experimentados por redes como Twitter, incapaces de controlar este tipo de dinámicas, a lo largo de su historia. Y en ese sentido, este estudio sobre la comunidad de Wikipedia es de lo mejor que he visto en ese sentido: conclusiones, en realidad, muy de sentido común, pero que siempre es bueno ver reflejadas en un análisis cuantitativamente serio y significativo. Veremos si sirve de inspiración a algunos…

 

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Robots e impuestos: no tan sencillo

IMAGE: Pixelery - 123RFLas recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

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Repensando Facebook

IMAGE: inbj - 123RFLa carta de Mark Zuckerberg, titulada Building global communities, deja claro el proceso mental del fundador de Facebook tras lo que ha supuesto la primera toma seria de conciencia de su nivel de responsabilidad: la de haber servido como colaborador necesario para abocar a su país a cuatro años oscuros bajo el mando de un imbécil como Donald Trump. No, la idea de que Facebook contribuyó a que Trump llegase a la Casa Blanca ya no es “una locura“, sino una desgraciada evidencia.

La carta parece reescribir la misión de Facebook, “dar a la gente el poder de compartir y hacer el mundo más abierto y conectado”, tras las evidencias de que ha sido precisamente esa capacidad la que ha generado que muchos grupos en la sociedad se encerrasen en sí mismos y comenzasen a expresar en sus cámaras de eco ideas calificables como antisociales, alimentadas por torrentes cuidadosamente administrados de noticias falsas y odio. La nueva misión, (aún) extraoficialmente definida como “desarrollar la infraestructura social para dar a la gente el poder de construir una comunidad global que funcione para todos”, deja clara la necesidad de redefinir Facebook como una herramienta de cohesión, no de división.

Comunidades que sirvan como apoyo a las personas, que sean seguras, correctamente informadas , cívicamente implicadas, e inclusivas. Aquella red social que nació en un campus universitario y que creció con sus usuarios para convertirse en una herramienta de conexión para sus amigos y familias, toma ahora esa base como cimiento y pretende desarrollar la infraestructura social para el desarrollo de la comunidad. De hecho, la idea de “infraestructura social” se convierte en la más repetida de toda la carta: a lo largo de las 5,800 palabras, se repite hasta catorce veces. 

Para construir esa infraestructura social, Facebook se encomienda al gran oráculo del futuro: la inteligencia artificial. A punto de alcanzar los dos mil millones de usuarios, Facebook quiere dejar claro que si tu idea es cometer un atentado, acosar a otros, incitar al odio o suicidarte, la red se encargará de detectarlo y actuar en consecuencia. La eliminación de una frase tras la primer publicación de la carta que hacía referencia a la monitorización de mensajes privados no oculta que la intención de la compañía es aplicar la inteligencia artificial a la detección de comportamientos antisociales o peligrosos, y proceder a la monitorización personalizada de aquellas circunstancias que puedan merecerlo. Facebook va a seguir siendo una compañia y como tal tiene como fin ganar dinero, pero parece comenzar a aceptar la responsabilidad por la influencia que ejerce sobre las personas, tras constatar mediante experimentos poco éticos que podia influir en el estado mental de sus usuarios.

Una lectura crítica de la carta de Zuckerberg revela claramente una intención política, un intento de sustituir a esos periódicos a los que ya ha privado de una sustanciosa cantidad de ingresos, y una reflexión crítica sobre el papel que su red ha podido llegar a jugar en las últimas elecciones norteamericanas. Como elemento de reflexión, decididamente muy necesario: la próxima vez que, en el país que sea, un político pretenda pervertir la influencia de Facebook inyectando odio y noticias falsas, debe ser neutralizado utilizando todos los medios posibles. El efecto de Facebook está alimentando todo tipo de reflexiones, que van desde las dudas sobre el verdadero valor de las elecciones, hasta las tentaciones epistocráticas o de voto cualificado. Si algo tiene claro el fundador de la red social más exitosa de la historia es que tiene que poner determinados temas bajo control, evitar la perversión de la herramienta y sus usos malintencionados, y que eso lo va a llevar a cabo mediante la tecnología que tiene a su alcance, la inteligencia artificial. Y en ese sentido, creo sinceramente que acierta: dejemos que la inteligencia artificial suplemente la desgraciada escasez de inteligencia natural de muchos.

 

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Entornos digitales y legislación

IMAGEN: Thomas Reichhart - 123RFMi columna de El Español de esta semana se titula “Convenio de Ginebra digital“, y reflexiona sobre la idea introducida por el presidente de Microsoft, Brad Smith, de crear una nueva versión del conocido Convenio de Ginebra para el derecho internacional humanitario, revisado y ampliado ya en tres ocasiones tras su primera versión, para intentar detener la escalada en el creciente uso del state-sponsored hacking, el uso de la red para tratar de espiar a las administraciones de otros países o de atacar y dañar sus infraestructuras críticas

Siempre he sido muy crítico con la tendencia a la hiperlegislación, el intento de reescribir las leyes para supuestamente adaptarlas al nuevo contexto que supone internet. Internet no requiere nuevas leyes ni leyes especiales, requiere simplemente que los jueces tengan la flexibilidad suficiente como para interpretar lo que es delito o no lo es en un entorno diferente. La mejor manera de analizar cualquier acción presuntamente punible en internet es retirar internet del escenario y plantearse cómo la juzgaríamos si se hubiese producido fuera de internet. Un robo es un robo, sea en internet o fuera de él, una difamación es una difamación en la red o en la calle, y un ataque a un país lo es independientemente de que se produzca a través de internet o mediante un espía con gabardina y gafas oscuras. Por eso, la idea de no promover leyes como tales, sino foros de discusión en los que se llame a las cosas por su nombre y se aíslen los problemas me resulta sensiblemente más atractiva que la idea de dictar nuevas leyes a diestro y siniestro cuando las que existían ya eran claramente suficientes y respondían a un consenso social obtenido a lo largo de mucho tiempo.

Uno de los principales problemas de internet es el hecho de que en toda innovación surgen, de manera generalmente muy rápida, un conjunto de aprovechados, malintencionados o directamente delincuentes que intentan extraer un provecho ilícito de las características del nuevo entorno. Habitualmente, la respuesta de la ley en este sentido es lenta e ineficiente, y suele serlo mucho más en los países que provienen de la civil law frente a las que tienen su base en la common law, que se apoya en los casos precedentes y que, por tanto, tiende a tener una flexibilidad y adaptabilidad muy superior. Cuando la actuación de personas que retuercen el nuevo entorno para obtener un beneficio ilícito, llámense dialers, spammers, scammers, phishersladrones de identidad, domainers o lo que sea, se convierte en un desincentivo a la difusión de la innovación, la ley tiene que actuar de manera rápida y decisiva, y poner coto a esos abusos de manera inmediata sin que el hecho de que el delito se produzca en internet tenga ningún tipo de influencia sobre su condición de delito. El hecho de que estemos viviendo auténticos episodios de guerra entre países por el espionaje y los ciberataques a través de la red y la comunidad internacional no esté haciendo nada por tipificar y definir este tipo de cuestiones, deslindando claramente lo que son y separándolos de las posibles zonas grises, tiene mucho que ver con lo que ocurre en ese otro ámbito, en el de la definición de los delitos de otros tipos.

¿Necesitamos reeditar el Convenio de Ginebra para adaptarlo al entorno digital? No lo sé. El contexto de las relaciones internacionales tiene una regulación muy compleja e indudablemente enrevesada, pero tener determinadas definiciones por escrito en un documento que provenga de un consenso general y que pueda ser invocado, o utilizado eventualmente como herramienta sancionadora, posiblemente no viniese nada mal. Y de paso, repensar la lentitud con la que la justicia, en general, tiende a adaptarse a los nuevos entornos definidos por la tecnología, y lo que nos termina costando que eso sea así.

 

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Más sobre esos nativos digitales que no existen

IMAGE: Atomicbhb - 123RF

Adrián Cordellat me entrevistó por teléfono para Madresfera sobre el mito de los nativos digitales y los problemas derivados del mismo en la educación, tanto en las familias como en los colegios, al hilo de la publicación del libro “Los nativos digitales no existen“, para el que escribí el prólogo. La publicó ayer bajo el título “Enrique Dans y los nativos digitales“.

Hablamos, sobre todo, del tremendo error de partida que supone pensar que nuestros hijos están de alguna manera mejor preparados para la tecnología por el hecho de haber nacido en una época en la que esa tecnología forma parte habitual de su entorno. Esa omnipresencia consigue que no les parezca un elemento extraño, pero en modo alguno los prepara para su uso: creer que van a ser más hábiles y tener más facilidad por el simple hecho de haber nacido en un año determinado implica no entender nada bien los mecanismos de la evolución de las especies.

No, nuestro hijos no tienen ningún tipo de modificación genética que los prepare mejor para el uso de la tecnología. Ninguno. Si te parece que son muy hábiles, eso se debe fundamentalmente a tres cuestiones: una, que no ven los dispositivos como un elemento extraño porque viven rodeados de ellos. Dos, que esos dispositivos están muy bien fabricados y programados, y su uso resulta cada día más intuitivo para cualquiera, sobre todo si no tienes que “desaprender” con respecto a tecnologías anteriores. Y tres, que muy posiblemente, tú mismo te ves tan torpe en su manejo, que cualquier cosa que tus hijos hagan con un dispositivo te parece que los cualifica poco menos que para ser seleccionados por la NASA.

Por mucho que nos satisfaga en nuestro ego pensar que nuestros hijos son unos superdotados tecnológicos y podrían casi graduarse ya como ingenieros de cohetes, no es así. El problema del mito de los nativos digitales es que nos resulta enormemente cómodo: por un lado nos hace sentir bien porque a cualquier padre o madre le encanta sentir que sus hijos son maravillosos y listísimos, y por otro, nos hace pensar que finalmente, tras muchas generaciones buscándolo, hemos conseguido encontrar el “botón apaganiños”: basta con darle al niño un dispositivo con una app determinada cuando está dando la lata en un restaurante, para que automáticamente se quede sentadito en su silla o en un rincón y no lo volvamos a oír. No, perdona: si tus hijos son completamente incompatibles con la vida civilizada en cuanto los sacas de casa y los llevas a un restaurante, lo que tienes que hacer no es intentar apagarlos con un dispositivo, sino lisa y llanamente, educarlos. La tecnología nunca debe ser un sustitutivo de la educación.

¿Hay riesgos en la tecnología? Sí, por supuesto. Como en todo. Como en salir a la calle, como en hablar con desconocidos o como en ver la televisión. ¿Hay un pederasta colgado en cada poste, acechando a nuestros hijos? No, pero hay que explicarles que existen pederastas, y que en cuanto tengan la más mínima sospecha, tienen que contárselo inmediatamente a sus padres. ¿Existe el cyberbullying? Por supuesto, como existía el bullying antes de que hubiese internet, aunque le diésemos un nombre diferente… pero cuando veo problemas con adolescentes sometidos a cyberbullying, no puedo evitar pensar siempre lo mismo: ¿dónde diablos estaban esos padres que ni fueron capaces ni de estar ahí disponibles para comentar los problemas de sus hijos, y que ni siquiera se dieron cuenta por las señales externas de que los estaban sufriendo? No, educar a un hijo no es darle un ordenador y dejarlo que aprenda a usarlo sin supervisión “porque es un nativo digital”. Educar a un hijo es otra cosa, y tiene poco que ver con la tecnología o con instalar un maldito filtro parental. Es una actitud.

Utilizar los dispositivos como apaganiños o como baby-sitter es una completa irresponsabilidad. Pero peor aún es considerar que “la tecnología es peligrosa” y tratar de mantenerlos lejos de ella. Eso sí resulta profundamente irresponsable y absurdo. Nuestra comprensión de la tecnología tiene que comenzar por pensar que es un elemento permanente de nuestra sociedad actual y futura, y que lo que tenemos que hacer con ella es aceptarla y preparar a nuestros hijos para ella. La primera regla básica es entender que el mayor riesgo de la tecnología para nuestros hijos es que se mantengan alejados de ella.

A partir de ahí, planteémonos que la tecnología, como cualquier otro entorno, precisa de un acompañamiento responsable, de una dedicación de tiempo y recursos, de una didáctica y de una serie de reglas. Si alguna de esas cosas no te parece importante, lo que deberías revisar no es la tecnología, sino tu carnet de progenitor, que desafortunadamente es expedido sin ningún tipo de requerimiento previo. En octubre de 2015, antes de que el libro estuviese siquiera en fase de idea, escribí un pequeño decálogo sobre niños y tecnología al hilo de una conferencia que estaba preparando, en el que avanzaba muchas de las ideas que comento en el prólogo del libro, y que anteriormente había reflejado también en una entrevista con Marcos López, de Adolescentes y más, titulada “Los nativos digitales no existen, son puro mito y su educación no es más sólida“.

Las ideas son las mismas: no existe ninguna “codificación genética” en nuestros hijos que los prepare especialmente para la tecnología, y hacer dejación de nuestras funciones de supervisión y educación en este aspecto es irresponsable y absurdo como padres, como profesores y como país. Según mi experiencia en universidades españolas, en muchos casos el daño ya está hecho: muchos jóvenes son tan ignorantes y están tan poco preparados para desarrollarse en entornos tecnológicos como lo están sus padres, con un agravante: ahora, además, se creen “expertos” porque saben hacer cuatro tonterías en WhatsApp y en Snapchat. Jóvenes que desprecian las redes sociales, que desconocen o ningunean el potencial de determinadas herramientas, y que pretenden “estar de vuelta de todo” cuando ni saben hacer la O con un canuto. De querer tener “la generación mejor preparada de la historia”, a criar, salvo excepciones, una panda de ignorantes que encima se creen ingenieros de cohetes, y que resultan si cabe más fáciles de manipular que sus padres porque no son capaces de diferenciar una noticia falsa o una esponsorizada, desconocen la importancia del fact-checking o de la validación de fuentes, y se creen a pies juntillas el primer resultado de cualquier búsqueda.

Es el momento de concienciar a quien pueda ser concienciado: padres, educadores, profesores a todos los niveles, legisladores buscando la enésima modificación de las políticas educativas… no, los nativos digitales no existen. La tecnología, como la física o las matemáticas, hay que explicarla, hay que entrenarla y hay que convertirla en materia fundamental, troncal y evaluada, porque vivimos en un mundo gobernado en gran medida por nuestra interacción con ella, y porque son muchas las claves de futuro que dependen de ella. No es simplemente “poner dispositivos y ya está”. Veremos si hay alguien con altura de miras al otro lado…

 

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Prólogo de “La revolución blockchain”, de Don y Alex Tapscott

La revolución blockchain - Don and Alex TapscottDesde Editorial Deusto me pidieron que escribiese el prólogo para la edición española de “La revolución blockchain“, el libro escrito por Don Tapscott y su hijo Alex sobre la que es indudablemente una de las tecnologías más interesantes surgidas recientemente, una solución perfecta para la trazabilidad de las transacciones que nos vamos a encontrar cada vez más en más aspectos de nuestra realidad cotidiana, siendo conscientes de ello o no.

Dada la admiración que profeso desde hace mucho tiempo por Don Tapscott, para cuyo “Wikinomics” escribí una reseña hace ya algún tiempo en Manager Focus, la petición me pareció todo un honor. Mi opinión sobre blockchain, además, es enormemente entusiasta: una tecnología que muchos vinculan únicamente con la llegada de las criptomonedas y el boom mediático protagonizado por bitcoin, pero que supone una solución ideal para cualquier evento transaccional, y que veremos en todas partes, hasta el punto de conformar el mayor superordenador del mundo y de poder dar origen incluso a una nueva internet. Industrias como la energía, la música, la gran distribución y la cadena de suministro, la ciberseguridad y la internet de las cosas, el sector inmobiliario, la banca, los pagos, los seguros y mil cosas más a medida que a los emprendedores se les vayan ocurriendo ideas para aplicarlo, se verán afectadas por la llegada del sistema de gestión de base de datos distribuida que convierte los sistemas transaccionales en perfectamente trazables y a prueba de la práctica totalidad de los problemas que sufrían habitualmente.

El año pasado ya me encontré revisando una gran cantidad de proyectos basados en blockchain para la reunión de Netexplo en París en la que terminé entrevistando en el escenario al fundador de Colu, una startup israelí que trabajaba entonces en aplicaciones de blockchain a todo tipo de entornos y recientemente parece enfocarse más en sistemas de pago, pero la evolución del tema desde entonces no deja lugar a ninguna duda: blockchain va a estar en prácticamente todas partes, en todos los sistemas transaccionales, en todas las industrias. Y en ese sentido, el libro de los Tapscott me pareció un tratado fácil de leer, sencillo de entender, plagado de ejemplos, y una de las mejores maneras de adentrarse en la comprensión del tema.

A continuación, el texto completo de mi prólogo:

 

Prólogo

Todo es blockchain. O al menos, todo lo será. Resulta relativamente sencillo llegar a esa conclusión a partir de una sencilla revisión de las noticias: a lo largo de los últimos meses, sin ir más lejos, podemos encontrar menciones sobre el papel fundamental y crucial de esta tecnología en las empresas de generación de energía, en la redefinición de la industria de la música, en la seguridad de la cadena de conservación de alimentos en distribución, en el futuro de la industria aseguradora, en el sector inmobiliario, en la eliminación de la corrupción en la política o, por supuesto, en la banca, entre muchas otras. Blockchain se ha convertido en la tecnología de infinitos usos, en el elemento a incorporar a todos los procesos, y en el cimiento sobre el que se edificará todo nuestro futuro. No importa a qué se dedique, su nivel de responsabilidad o la compañía para la que trabaje: de una manera u otra, puede estar seguro de que muchos de los elementos que manejará en su relación con el mundo estarán construidos sobre la base de la tecnología blockchain.

Para una tecnología conceptualizada por primera vez en el año 2008 y vinculada originalmente a una aplicación tan difícil de aprehender como una criptomoneda digital, el bitcoin, el nivel de atención y de relevancia resulta completamente inusitado. En cierto sentido, la tarea más compleja que blockchain como tecnología ha tenido que superar es la de ser capaz de desprenderse de la complicada herencia que la vincula con bitcoin y ver cómo era rápidamente adoptada para aplicaciones de todo tipo. Y es que la idea de una criptomoneda no es simplemente compleja en apariencia, sino que además, cuestiona como tal la esencia de algo tan central en nuestras vidas como el dinero y los elementos que hacen que un billete de cien euros valga eso, cien euros, y no sea simplemente un pedazo de papel sin ninguna importancia. Tratar de explicar bitcoin a una audiencia, independientemente de su nivel intelectual, es en realidad muchísimo más difícil que explicarles el funcionamiento de una base de datos conectada, distribuida y descentralizada en miles o millones de ordenadores personales. 

Blockchain es un cambio perfectamente comparable a la aparición del ordenador personal, o al desarrollo y popularización de internet. Es, posiblemente, uno de los cambios más importantes y fundamentales que vayamos a ver en nuestras vidas, con el potencial de cambiarlo todo. Uno de esos cambios que otorgan innumerables ventajas a aquellos capaces de entenderlo, de hacerse a la idea de sus implicaciones. En muy poco tiempo, he tenido la oportunidad de conocer a emprendedores y de evaluar ideas que aplican blockchain a temas tan absoluta y radicalmente variados como un registro de tierras en Ghana, un protocolo de seguridad para los dispositivos conectados a la internet de las cosas, o un sistema que convierte en obsoleto el sistema de patentes tal y como lo conocemos. Con un detalle adicional: esta tecnología une a su capacidad disruptiva, unas barreras de entrada sumamente bajas, que permiten que prácticamente cualquier compañía, independientemente de su tamaño o sus recursos, pueda plantearse construir sobre ella. A estas alturas, con más de veintiséis años trabajando en innovación, creo que sé reconocer una disrupción cuando la veo. Y si blockchain no es una revolución, es que nunca hemos visto ninguna. 

En muy poco tiempo, blockchain ha pasado de recibir la etiqueta de disruptiva, a pasar a considerarse la semilla fundamental para una nueva internet más segura, a ser capaz de crear el mayor superordenador jamás construido en la historia, o directamente, a cambiar el mundo tal y como lo conocemos. En un futuro no muy lejano, utilizaremos bases de datos descentralizadas y basadas en blockchain para cuestiones que irán desde decidir la hora a la que nos levantamos de la cama, pagar por el agua caliente que consumimos en la ducha, garantizar la seguridad de todos los aparatos conectados en nuestro hogar a la internet de las cosas, negociar con el robot que nos corta el césped del jardín, identificarnos en un vehículo autónomo que nos lleve a trabajar, hacer transacciones económicas de todo tipo con total seguridad y trazabilidad, enviar dinero a un amigo… la centralidad de blockchain en el mundo transaccional va a ser absoluta, hasta el punto de que no seremos capaces de plantearnos cómo de imperfecta, insegura e incómoda era nuestra vida antes de que esta tecnología viese la luz. De hecho, no sería de extrañar que, a medida que este papel central se va consolidando con mayor claridad, el desarrollo de blockchain como tecnología se hiciese acreedor de alguno de los grandes reconocimientos que identifican los elementos verdaderamente importantes que cambian el mundo, como un premio Nobel. 

¿Le parece futurista? El mejor consejo que puedo darle es que no se quede con esa idea. Cada día más, los cambios más fundamentales e insospechados se incorporan a nuestras vidas con una velocidad vertiginosa, y se asimilan como si hubiesen estado siempre ahí, como si formasen parte del paisaje. La exclusión digital es ya mucho peor que el ostracismo. Pero es que además, en este caso, ni siquiera existe la posibilidad de considerarse excluido: en este caso, hablamos de una tecnología que formará parte de nuestras vidas lo queramos o no. En el futuro, no importará si estamos almacenando información en la red, firmando un contrato de cualquier tipo, asegurándonos la propiedad de una tecnología o votando en unas elecciones… en todos los casos, estaremos utilizando blockchain

¿Cómo asimilar una tecnología con un potencial tan brutal como para afectar a directivos de cualquier industria, políticos o a todos los seres humanos sin excepción? ¿Qué resulta tan importante entender sobre ella, y cómo es posible que en tan poco tiempo se le atribuya el potencial de convertirse en la base de toda la economía digital, con elementos tan importantes como el incremento de la transparencia y el respeto a la privacidad? ¿Cómo enfrentarse a ideas que cuestionan y redefinen algunos de los que consideramos elementos básicos y fundacionales en los negocios, en las transacciones o en la confianza? ¿Cómo entender que una tecnología ha sido capaz de resolver todos los problemas inherentes a cualquier transacción, y ha conseguido que cualquiera pueda crear confianza gracias a un proceso de autenticación garantizado por la colaboración de muchos? 

La primera cuestión es fundamental: entienda de qué estamos hablando. En ese sentido, el libro que tiene entre manos es, muy posiblemente, el mejor tratado escrito hasta el momento sobre blockchain a un nivel de comprensión razonablemente accesible. Pero no se limite a leerlo: además, trate de proyectar su actividad, su experiencia y sus conocimientos sobre lo que va leyendo y asimilando. Se encontrará un texto didáctico plagado de ejemplos, que explora no solo los hechos y sus consecuencias, sino también los problemas existentes, cómo se pueden resolver y las implicaciones de cada caso, de cada aplicación. Es, en realidad, un auténtico tratado, en toda la extensión de la palabra, un mapa para orientarse en la que es, sin duda, la tecnología emergente más relevante desde la aparición de internet.  

Mire a su alrededor. A poco que consulte las fuentes adecuadas, se dará cuenta de que no es necesario que un profesor de innovación venga a contarle la relevancia de blockchain y las implicaciones que tendrá en el futuro: basta con que lea las noticias, con que hable con emprendedores o con que haga una simple búsqueda en internet. Sin embargo, pasar de la constatación de que algo es importante a entenderlo, a ver algo más que una nebulosa que envuelve todos los conceptos conocidos requiere algo más, un esfuerzo intelectual consciente. Para entender algo es fundamental querer entenderlo, partir de una voluntad sólida y de una disposición que permita enfrentarse sin desmayo a cuestiones que ha considerado prácticamente invariables desde las etapas más tempranas de su educación, desde el mismísimo parvulario. Y además, hace falta un mapa, una guía bien escrita y accesible que, partiendo de los elementos conocidos, le permita adentrarse en aquellos que no lo son tanto. 

Considere este libro una especie de viaje iniciático cuyos frutos en términos de aprendizaje, va a valorar mucho en el futuro. Enfoque su lectura con rigor, con voluntad, con la decisión necesaria de quien acepta que le van a mover el suelo bajo sus pies. Cuanto antes sea consciente de ello, menos desprevenido se encontrará, más preparado estará, y más confianza tendrá en lo que se nos avecina. El futuro, más que nunca, es de los que invierten en comprenderlo. 

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El año de la división digital

El año de la división digital - Capital (pdf)

Desde la revista Capital, Jordi Benítez me pidió una columna sobre la que pensaba sería la característica principal del 2017 en cuanto a la evolución tecnológica, que titulé “El año de la división digital” (pdf). Fue publicada con el primer número del año, pero se me había pasado reseñarla hasta ahora.

En mi opinión, el año 2017 será el año en el que las señales del llamado digital divide se intensifiquen para hacerse cada vez más insoportables o más evidentes para muchos. A medida que la tecnología ofrece más y mejores posibilidades, metodologías más productivas, sistemas de interacción más ágiles, o modelos de negocio que dan lugar a una mayor eficiencia, la sociedad va escindiéndose entre aquellos que los abrazan y los usan con actitudes que van desde el tecno-fanatismo hasta el pragmatismo, mientras otros segmentos de la sociedad los ven como algo aparentemente incomprensible o implanteable.

La división, obviamente, no se queda en las personas. Alcanza a las empresas, y genera una frontera entre aquellas que son capaces de transformarse para extraer ventajas competitivas de las características del entorno y la progresiva ubicuidad de la tecnología, y aquellas que simplemente, siguen haciendo lo mismo que hacían, con leves variaciones cosméticas, y van cayendo progresivamente en la ineficiencia. Hoy precisamente estaré hablando de ese tema en The Data Day 2017: cómo las compañías que no son capaces de entender la necesidad de plantear su negocio en torno a la importancia del dato, de su procesamiento, de la obtención de los mejores algoritmos y de la mejora continua de sus sistemas de machine learning están destinadas a ser cada vez menos competitivas y desaparecer. Y no es una cuestión de complejidad: las barreras de entrada han caído hasta límites insospechados. Es una cuestión de mentalidad.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

El año de la división digital

Todas las señales lo indican: el 2017 será el año en el que se consolide la gran división digital. El llamado “digital divide” que hace algún tiempo se utilizó para referirse a la brecha entre conectados y desconectados, utilizado, ahora que prácticamente todos estamos conectados y llevamos un ordenador en todo momento en el bolsillo, para distinguir a los que son capaces de entender y acostumbrarse a un mundo cada vez más sometido al dominio de lo digital, frente a los que utilizan su smartphone… para poco más que hablar por teléfono. 

Lo digital ha pasado a dominar nuestras vidas de manera insospechadas. Para mis padres, que acaban de pasar unos días en mi casa por navidad, la idea de que los contenidos se visualizan a demanda en nuestro televisor, que se puede llegar a casa a las ocho de la tarde y pedir a Amazon lo que te falta para desayunar y que te lo traiga en menos de dos horas, o que se pueden soltar las manos del volante del coche porque él se encarga de mantener la distancia de seguridad y de permanecer entre las líneas de la calzada son cuestiones que resultan obviamente atractivas e incluso inteligibles… pero inalcanzables. 

Pero la división digital no se refiere únicamente a mis padres o a su segmento sociodemográfico. Afecta también a los entornos corporativos. En 2017, empezaremos a ver cómo las compañías que de verdad abrazan los entornos digitales para permitir que sus empleados redefinan lo que sus antepasados entendían por trabajo se convierten en enormes imanes capaces de atraer talento, mientras las que siguen exigiendo ocho horas de culo pegado a una silla pierden progresivamente a sus empleados de valor. Veremos cómo una serie de compañías privilegiadas comienzan a introducir inteligencia artificial y machine learning en cada vez más procesos, mientras que las que siguen utilizando a imperfectos humanos ven caer progresivamente su competitividad. Veremos cómo algunas compañías se afanan por eliminar los trabajos aburridos, sucios, peligrosos o deshumanizantes sustituyéndolos por procesos robóticos en los que los robots ya no son meros autómatas, sino entes capaces de tomar decisiones en contextos cada vez más complejos. Y sobre todo, veremos cómo ese tipo de proyectos están cada vez más dentro de las posibilidades de cualquier compañía que haya entendido sus posibilidades, gracias a herramientas cada vez más sencillas, provistas como servicios en la nube a las que las empresas conectan sus datos. 

La tecnología es muy paradójica: a medida que se sofistica y es capaz de hacer más y mejores cosas, sus barreras de entrada no se elevan, sino que disminuyen. La tecnología de 2017, infinitamente más potente que la que podíamos pensar en disfrutar a principios de este siglo, no tiene una complejidad mayor vinculada a su uso, sino todo lo contrario. A principios de siglo, cualquier cambio de programa implicaba acciones de formación. Ahora, la mayoría de las herramientas que utilizamos en nuestro día a día digital las hemos aprendido a utilizar nosotros mismos, tras descargarlas en un minuto de una app store

La división digital no es, contrariamente a lo que muchos piensan o a lo que podría indicar el ejemplo de mis padres, una cuestión de edad. Es una cuestión de voluntad, de encontrar una propuesta de valor adecuada, de verse uno mismo haciendo determinadas cosas aunque cueste, aunque obligue a abandonar zonas de confort que hemos definido a lo largo de una vida. La tecnología es cada vez más barata, más accesible y más inclusiva, pero no hace milagros. En 2017 veremos quiénes son capaces de entenderlo así, y quiénes se quedan fuera. 

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Política, noticias y redes sociales

How the new digital grassroots is reshaping politics - The EconomistJames Badcock me cita hablando sobre la interacción entre redes sociales, noticias y política en su artículo en The Economist titulado How the new digital grassroots is reshaping politics, en el que se plantea las posibles formas de lidiar con las noticias falsas en un escenario en el que un porcentaje cada vez mayor de ciudadanos se informa en las redes sociales, lee noticias, las comparte y, en cierta medida, cambia de opinión sobre diversos temas en función de lo que lee.

En palabras de Tim Cook, CEO de Apple, fake news is killing people’s minds, y son precisas respuestas que vayan desde la tecnología y la ley, hasta campañas educacionales masivas que puedan concienciar a los ciudadanos de todos los segmentos sociodemográficos sobre la importancia del problema de las fake news.

Facebook, la misma compañía que se preciaba de haber influenciado la primavera árabe, no puede ya seguir negando su responsabilidad. Un número creciente de norteamericanos la consideran el medio de comunicación en el que se informan de cada vez más cosas a pesar de los esfuerzos de la compañía por negarlo, y ven cómo esos nuevos hábitos de adquisición de información, que podrían servir para dar acceso a noticias más plurales y variadas, para enriquecer puntos de vista y ayudar al desarrollo del pensamiento crítico, se convierten en realidad en campañas planificadas de intoxicación colectiva apoyadas en las características del medio.

No, la respuesta no es simplemente esperar a que las compañías tecnológicas aparezcan con una varita mágica que elimine el problema, porque para solucionar ese problema van a hacer falta muchas cosas más. No es tan sencillo como decir “prohibimos las noticias falsas y echamos a los que las publican”, porque el problema tiene demasiados matices importantes que no pueden ser simplemente ignorados o minusvalorados. Va a ser necesario que desarrollemos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en fact checkers a tiempo parcial, al tiempo que nos preparamos para una era en la que el activismo será más necesario que nunca.

 

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Los algoritmos como religión

The algorithmic age - Pew Research CenterLa publicación de un informe de Pew Research Center titulado Code-dependent: pros and cons of the algorithm age (pdf), en el que incluye la opinión de 1,300 expertos en tecnología, académicos, directivos y líderes políticos sobre el futuro de los algoritmos y su impacto en la sociedad me da oportunidad de volver a comentar un tema al que vuelvo de manera recurrente: la creciente importancia de los algoritmos y la necesidad de entender su diseño, su funcionamiento y sus implicaciones de todo tipo.

Cada vez más, es un algoritmo en permanente evolución el que decide los resultados que vemos cuando buscamos, las noticias que aparecen ante nuestros ojos cuando nos informamos en unas redes sociales convertidas en medios de comunicación, los productos que nos son ofrecidos en un supermercado virtual, y con quién podemos acostarnos en una página de contactos.

El informe, de 85 páginas y plagado de citas, ofrece puntos de vista verdaderamente interesantes para cualquiera: los algoritmos no solo van a extenderse a cada vez más ámbitos y regular cada vez más acciones que hacemos todos los días, sino que tienen la capacidad de hacer que nos relajemos en cada vez más de esas tareas, que las confiemos cada vez más a unos sistemas cuyos resultados mejoran a medida que los alimentamos con más datos. Algoritmos capaces de adquirir sesgos, de generar divisiones o de incrementar las existentes en función de criterios que deben ser supervisados éticamente, y que incrementan la necesidad de desarrollos transparentes y de desarrollar una cultura y una formación que lleve a una mayor comprensión de su funcionamiento.

Algoritmos originalmente diseñados con las ideas de personas que simplemente pretendían llevar a cabo alguna tarea de manera eficiente y que generase una ventaja competitiva sobre la manera tradicional de llevarla a cabo, crear un motor de búsqueda, una red social, una tienda o un servicio de contactos mejor que los que había, pero que progresivamente pasan a responder al procesamiento masivo de acciones de los usuarios en formas que, cada día más, responden a un mecanismo de caja negra, que afectan a nuestra s acciones de maneras insospechadas. Pásate una temporada haciendo clic en resultados de búsqueda que reflejen una inclinación política determinada, y pueden encontrarte con que el buscador te construye una burbuja a tu medida que condiciona tu visión del mundo y reduce tu exposición a ideas plurales… en una manera similar, pero en absoluto idéntica, a lo que ocurría cuando tomabas la decisión de leer tal periódico o ver tal cadena de televisión.

En el fondo, siempre hemos estado dominados por algoritmos: las religiones, que forman una parte inseparable de la historia de la humanidad y que aún gobiernan porciones significativas de los hábitos y la existencia de millones de personas, no son más que un conjunto de algoritmos diseñados para regular unas conductas determinadas. Ahora, muchas de esas conductas, en lugar de regularse por lo que supuestamente alguien escribió hace muchos años en un libro sagrado, se regulan por los cálculos de una máquina en función de nuestras acciones y las de otros. Cuando hablamos de los algoritmos como los nuevos dioses, no vamos tan desencaminados.

Estamos en un momento interesantísimo, en el que reuniones de expertos dan lugar a declaraciones de principios éticos, a presentación de informes de situación y a alimentar ideas sobre lo que nos puede traer el futuro si proyectamos lo que esté surgiendo hacia el infinito y más allá. Un momento fundacional, con infinidad de actores y barreras de entrada cada vez más bajas, preparadas para que aquellos con ideas interesantes puedan elaborar sobre nuevas herramientas. Pero también un momento que evidencia la necesidad de prepararse, de aprender, de entender las implicaciones de lo que viene. O programas, o serás programado. O intentas entender los algoritmos y sus consecuencias, o renunciarás a una parte importante del libre albedrío, a una parte consustancial de la naturaleza humana.

No, no se trata de aprender a programar. O mejor dicho, no se trata solo de aprender a programar. Se trata de algo que va mucho más allá. De implicaciones éticas fundamentales, de fundamentos y cimientos asentados en las humanidades, en la filosofía, en la experiencia de miles de años de civilización humana y en la perspectiva suficiente para entender hacia donde nos estamos dirigiendo. Sin eso, nos limitaremos a dejarnos llevar.

 

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La amenaza no son las máquinas

IMAGE: Christos Georghiou - 123RFMuy buena crónica en Wired sobre la conferencia recientemente celebrada en Asilomar sobre el futuro del trabajo y los efectos de tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, con un titular que para mí representa claramente el aspecto más importante de la cuestión: The AI threat isn’t Skynet: It’s the end of the middle class.

Efectivamente, mientras el imaginario popular se obsesiona con la singularidad y con máquinas que supuestamente adquieren consciencia y se rebelan contra el hombre, una idea que no alcanza a distinguir entre inteligencia y conciencia y que pertenece aún claramente al ámbito de la ciencia-ficción, el verdadero peligro para la civilización y la sociedad humana proviene de la evolución de la propia sociedad humana desde una óptica social, y concretamente de la progresiva erosión de las clases medias.

Un problema real, tangible y posiblemente inmediato, cuyas consecuencias estamos ya comenzando a ver en la política de un país tan poco sospechoso de revolucionario como los Estados Unidos, frente a otro problema aún hipotético y teórico para el que seguramente faltan aún varias generaciones tecnológicas. El auge de los populismos no es más que la búsqueda inútil de sentido recurriendo a los esquemas del pasado, la idea de que se puede volver a generar la riqueza perdida volviendo a hacer lo mismo que hacíamos antes, y encarnando al enemigo imaginario en figuras como la inmigración o la tecnología.

Cada vez más factores indican que la erosión de puestos de trabajo debido a los progresos de la inteligencia artificial y la robótica está evolucionando más rápido de lo que se esperaba: cada vez son más y de más tipos los puestos amenazados por procesos de sustitución, y la esperanza de reconquistar esos puestos es absolutamente absurda. Ya no hablamos de trabajos manuales o repetitivos, sino de prácticamente cualquier actividad humana. Cuando la tecnología convierte en obsoleta una actividad como conducir, trabajar en una fábrica o ser operador en bolsa, la posibilidad de una vuelta atrás se convierte en absurda: si una compañía decidiese no adoptar esa tecnología para intentar preservar así los puestos de trabajo, otras lo harían en otros sitios, y condenarían a esa compañía a no ser competitiva. Esa deriva hace que las políticas reactivas centradas en la no adopción se conviertan en el peor enemigo de sí mismas: si una fabrica china sustituye al 90% de sus trabajadores con robots y consigue gracias a eso elevar su producción un 250% y reducir los defectos en un 80%, la idea de competir con ella manteniéndose al margen de esa tecnología se convierte en algo que desafía a cualquier tipo de sentido común.

Mantener a personas trabajando en trabajos que una máquina es capaz de hacer mejor y más rápido es completamente absurdo, y desafía las leyes del sistema económico que hemos generado. La evolución de la tecnología se ha convertido en el mayor factor de deflación económica que hemos conocido a lo largo de toda la historia: mientras los bancos centrales intentan inyectar dinero en la economía para mantener su dinamismo, la tecnología nos da mejores productos cada vez que convierte en obsoletos y sin valor los productos que habíamos adquirido anteriormente, y que a su vez, se deprecian completamente en plazos cada vez más cortos. El smartphone que llevamos en el bolsillo ha hecho que una gran mayoría de la sociedad haya dejado de adquirir cámaras de fotos y de vídeo, agendas, relojes, ordenadores, aparatos de GPS, reproductores de música e infinidad de cosas más que antes costaban en conjunto varios miles de euros, pero un par de años después de su adquisición, el valor de ese mismo smartphone se ha depreciado hasta el límite. Una tendencia deflacionaria absolutamente imparable, generada por el avance tecnológico, que no puede ser detenida, y cuyos efectos nadie tiene experiencia gestionando.

Los efectos de esa deflación han sido, hasta el momento, una polarización de la sociedad y una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos. La clase media va viendo como sus puestos de trabajo van siendo sustituidos por máquinas y privados de su sentido en cada vez más industrias y ocupaciones, y la amenaza de perder el trabajo se convierte en una preocupación cada vez más seria. Como bien dice Andrew McAfee, codirector de la MIT Initiative on the Digital Economy,

“If current trends continue, people are going to rise up well before the machines do”

(Si la tendencia actual continúa, las personas se levantaran bastante antes de que las máquinas lo hagan)

La causa de la revolución podrá ser originalmente tecnológica, pero la revolución en sí misma va a ser puramente económica: personas incapaces de encontrar su sitio en una sociedad sujeta a una deflación cada vez más acelerada y en la que los trabajos van siendo progresivamente ocupados por máquinas, dando lugar a una redefinición de la idea de trabajo culturalmente imposible de aceptar para muchos. Sí, es posible que los cambios también generen otros tipos de trabajo, pero por el momento, ese proceso no parece estar dándose a la velocidad adecuada, y no parece demasiado viable para las personas concretas que pierden sus trabajos. El minero que ya no es necesario en una mina ahora operada por robots autónomos en modo 24×7 no parece demasiado fácil que se pueda reconvertir en desarrollador de software. El cambio no mira hacia atrás, no parece preocuparse por aquellos cuyos puestos son convertidos en obsoletos, y solo propone soluciones parciales basadas en subsidios insuficientes, mientras la discusión sobre la necesidad, la viabilidad o los efectos de una renta básica universal o incondicional sigue generando una fuerte polarización en los economistas y limitada a pequeños experimentos puntuales.

No, la amenaza actual para la civilización humana no son las máquinas. Son las personas.

 

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