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La peligrosa química de la web

IMAGE: Alexander Parenkin - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Mezclas peligrosas“, y hace referencia a la compleja química de la web, en la que una serie de componentes que estaban destinados a ser individualmente beneficiosos terminan generando una reacción explosiva.

¿Cuáles son los componentes que han convertido a la web en un peligroso lugar que favorece la circulación de noticias falsas, bulos virales y desinformación? En primer lugar, claramente, la caída de las barreras de entrada a la publicación. Un fenómeno que conozco como pocos, que posibilita que pueda estar aquí cada día compartiendo un texto con vosotros, cuando antes tenía que enviarlo a un medio de comunicación, confiar en que pasase un cierto filtro más o menos riguroso, esperar la confirmación de que “hubiese papel” (siempre me hizo gracia eso de “esta semana no salimos porque no hay papel”, referido al balance entre contenido y publicidad… cuando eso pasaba, me daban ganas de enviar a la redacción un poco de papel… higiénico 🙂 y finalmente, verlo salir impreso unos días después. Frente a aquello, la actual situación de “ser mi propio editor” y darle a “Publicar” cuando me da la real gana me parece indudablemente mejor. Que las barreras de entrada a la edición y publicación caigan parece en principio una buena noticia, da voz a más personas, y democratiza la sociedad… hasta que llega un espabilado y decide que, como publicar es fácil, está en su supuesto derecho de publicar cualquier cosa.

El segundo componente es el sistema de incentivos que genera la publicidad. La publicidad en internet parece, sin duda, una buena idea: el medio permite segmentaciones más precisas, permite teóricamente dar a cada uno los mensajes que más le interesan o que más probabilidades tiene de estar buscando, ofrece un feedback más rápido y permite que muchos encuentren una forma de financiar sus publicaciones. Y todos felices… si fuese simplemente así. Sin embargo, la copia de modelos de otros canales lleva al abuso, al exceso de formatos intrusivos, y sobre todo, a primar cantidad frente a calidad, lo que lleva a poner la métrica de las páginas vistas por encima de todo, incluido el sentido común. Hay medios – no pocos – que recargan automáticamente sus páginas cada pocos minutos para añadir una página vista, como los hay que harían cualquier cosa por un clic, hasta prostituir completamente sus titulares en esa aberración denominada clickbait. Cuantas más páginas vistas tienes, mejor eres y más dinero ganas.

En tercer lugar, unas redes sociales que nos permiten conectarnos con nuestros amigos y con las personas con las que compartimos ideas y aficiones. Aparentemente, un gran invento. Hasta que comprobamos que aparecen personas para las que esas redes sociales se convierten en el prisma por el que miran el mundo, que las interpretan como ese sitio en el que son tanto mejores cuantos más “me gusta” reciben y más followers tienen, en una especie de persecución de la “micro-fama” que lleva a cometer excesos, a compartir cosas que, muy posiblemente, no deberían ser compartidas.

Finalmente, el desarrollo de algoritmos de recomendación que escogen por nosotros lo que queremos ver, utilizando componentes como lo que hemos visto anteriormente, lo que han visto nuestros amigos, o lo que nos ha generado una reacción. Aparentemente, algo positivo que trabaja por nosotros y nos permite escoger lo que queremos leer, en medio de un océano inabarcable de información. Pero de nuevo, si combinamos esto con el hecho de que tendemos a tener amigos que piensan relativamente parecido a nosotros, el resultado es la famosa filter bubble de Eli Pariser, una auténtica “cámara de los espejos” en la que nuestro pensamiento se ve amplificado, corroborado y multiplicado infinitas veces por el de otros, y nos lleva a sentirnos validados, a creer que todo el mundo piensa como nosotros, a pensar que el resto no lo dice por aquello de “la corrección política”, y a que un racista, machista, ultra e impresentable tenga ganas de echarse a la calle a vapulear a la primera inmigrante con la que se cruce. O a echarse a la urna y votar por el primer candidato que cree que representa unas ideas que ni siquiera deberían estar permitidas en sociedad, porque van en contra no solo de la Constitución, sino del sentido común.

Es la “tabloidización” de la web, o según algunos, la web como reflejo de la sociedad. Y por supuesto, la solución no está en considerar culpable a la web ni en pretender absurdamente “abolirla”, sino en regular la mezcla de esos componentes, facilitar que se usen, pero evitar que se abusen. Algo para nada sencillo, un camino indudablemente tortuoso que muchos podrán pretender utilizar para convertirse en censores, donde pagarán justos por pecadores, en donde se confundirán factorías coordinadas de  fake news con sátiras o parodias perfectamente aceptables, donde habrá que tener muy en cuenta matices de todo tipo. Pero que sea complejo no quiere decir que no haya que hacerlo o que se pueda nadie escaquear de su responsabilidad. Si construyes un canal que convierte aparentemente en verdad todo aquello que tiene muchos Likes, es obvio que vas, más tarde o más temprano, a necesitar algún tipo de instrumento de control. Crearlo no será fácil, pero si no lo haces, el resultado, muy posiblemente, no te gustará, y tu contribución a la sociedad no habrá sido precisamente positiva. 

 

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El nuevo reto: la relevancia de las noticias

RelevantPodríamos afirmar seguramente que en un mundo dominado por los motores de búsqueda, que definen las opciones que encontramos o dejamos de encontrar a la hora de acceder a información o consumir, la relevancia es el mayor reto de nuestros tiempos. Lo que no está en la primera página de Google no existe, se dice. Pero además del SEO y de los algoritmos de búsqueda, estamos a punto de caer en la importancia de otra dimensión del término relevancia: el que se aplica a las noticias.

Empresas como Facebook, Google, Apple, Snapchat y algunas otras trabajan sin descanso en lo que posiblemente llegue a ser el mayor cambio en los hábitos informativos que nuestra sociedad ha vivido en muchísimo tiempo: el momento en que la mayoría de las noticias que consuman las personas no estén situadas en las páginas de un medio, sino en las de una red social.

La apuesta puede parecer ambiciosa, pero lleva tiempo en marcha: es más que posible que si revisas tu dieta informativa, te encuentres cada vez más casos en los que tuviste acceso a una noticia a través de alguien que la compartía en Facebook o Twitter, que de una fuente tradicional como un periódico o un informativo en la televisión o radio. Un cambio que ahora emprende su gran batalla: de ser un fenómeno con un arranque prácticamente espontáneo, simplemente derivado del hecho natural de tener inclinación a compartir noticias, y de que las personas vayamos seleccionando a aquellos que comparten noticias más próximas a nuestras áreas de interés, pasamos ahora a un esquema mucho más organizado, más empresarial y más ingenierizado encarnado en propuestas como Snapchat DiscoverFacebook Instant Articles,  Apple News o la última iniciativa conjunta de Google y Twitter. Básicamente, propuestas difíciles de rechazar para unos medios que ven cómo las redes sociales pueden ofrecerles una llegada a más usuarios, aderezada con filtros de recomendación que incrementen su alcance y difusión, y mecanismos no solo para integrarlos en sus analíticas, sino también para ganar dinero con su publicidad (o eventualmente, con la que la propia red social le suministre a cambio de una comisión).

Ahora, cuando esta batalla está aún comenzando, vienen ya las noticias de la siguiente: el reto de la relevancia en las noticias. Todo indica que lo siguiente que viviremos será una fuerte competencia por obtener nuestra atención mediante sistemas de alertas que pongan ante nuestros ojos aquellas noticias que, por la razón que sea, un algoritmo estime que debemos consumir. Facebook trabaja en su app de alerta de noticias en tiempo real, aparentemente pensada para recuperar un terreno que Twitter le había conquistado de manera natural, mientras Snapchat  – que sería un grave error confundir con aquella simple app frívola para que adolescentes se enviasen fotos picantes que se autodestruían en pocos segundos – desarrolla también la suya. La idea es clara: alimentarse de las preferencias manifestadas por el usuario, de sus actualizaciones, de los intereses que manifiesta, de los intereses de su red de contactos y de elementos como el FOMO, ese “miedo a perderme algo”, para tratar de ser útil enviando alertas de noticias.

La tarea no es tan sencilla como parece: la relevancia de una noticia proviene de muy diversos elementos, desde temporales hasta temáticos. La misma noticia que me resulta muy interesante hoy, me ha cansado mañana y ya no quiero saber más del tema. La temática por la que no expresé interés pasa a tenerlo dado un nivel de alcance determinado. La noticia que posiblemente no me interesase nada, puede pasar a ser crucial si todos mis amigos o colegas están hablando sobre ella. Y así, infinitas circunstancias más que, obviamente, van a requerir complejos sistemas de filtrado colaborativo, big data y machine learning.

El cambio no es necesariamente bueno: para un medio, ceder el protagonismo de su cabecera a una red social que agrupe sus noticias con las de infinitos medios más supone una apuesta delicada. Por mucho que se pueda intentar mantener la identidad del medio mediante el recurso a la maquetación, los formatos y los elementos característicos de estilo, hablamos de una dilución de la marca y de una disminución sensible del efecto paraguas: donde antes la unidad de análisis era la publicación o la edición, ahora lo es la noticia, un flujo informativo procedente de fuentes diversas que las redes se encargarán de ponernos delante de los ojos en función de variados criterios (nuestras preferencias anteriores, las de nuestros amigos, etc.) Un problema que puede llegar a ser grave si esas redes llegasen a plantearse superponer sus propios intereses a esos algoritmos de selección: ¿podrían Facebook o Google llegar a desarrollar un interés en filtrar de una manera determinada las noticias que leo? Me consta que un medio tiene ese interés y lo expresa en lo que se llama la “línea editorial”, y estamos preparados para entenderlo, para descontarlo, para compensarlo o incluso como criterio de selección. Sin embargo, cuando el elemento cabecera se pierde, puede llegar a ser mucho más difícil reconocer esos sesgos o gestionarlos de una manera consciente, lo que nos llevaría a convertir a una red social, por ejemplo, en un medio perfecto para gestionar un estado de opinión o para ganar unas elecciones.

Por otro lado, e independientemente de la viabilidad de ese tipo de maniobras, está nuestro propio sesgo: la conocida “burbuja” descrita inicialmente por Eli Pariser en su libro The filter bubble y bien explicada en este diagrama de Duck Duck Go, que nos lleva a autosegmentar la red para ir ingiriendo cada vez más información acorde con nuestros propios sesgos, dejando de ver aquello que no coincide con nuestras opiniones y visiones personales, y relegándonos progresivamente a nuestra propia burbuja.

Sea cual sea el efecto del cambio, lo que parece claro es que la tecnología nos lo trae, el hábito nos empuja a él de manera consciente e inconsciente, y va a tener un efecto profundo en cómo nos informamos, en cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Un cambio de mapa que para las redes sociales representa el auténtico nirvana, la verdadera realización de su centralidad, de la progresiva dependencia de los usuarios de sus esquemas de funcionamiento. Y sin duda, lo podemos ir anticipando ya: en ese mapa… a algunos les va a costar encontrar su sitio.

 

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