Category Archives: El Español

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Sobre la estrategia del miedo

The world is not falling apart - SlateMi columna en El Español de hoy se titula “Menos lobos“, y surge de la lectura de un artículo en Slate titulado The world is not falling apart, en el que se analiza de forma bastante rigurosa cómo, a pesar de la supuesta situación pesimista que acompaña a la coyuntura socio-política actual del momento a nivel internacional, en realidad el mundo nunca ha sido tan pacífico como lo es ahora.

¿De dónde surge, por tanto, la sensación de que prácticamente estamos en guerra y asolados por tremendas amenazas de todo tipo? Simplemente, de un entorno informativo hiperconectado e infinitamente más intenso, en el que cada noticia trasciende de manera inmediata y nos llega por infinidad de canales a la vez, con toda su crudeza y todos sus detalles.

La tecnología es lo que tiene: nos somete a situaciones a menudo sin precedentes, ante las que tardamos incluso una generación entera en alcanzar una visión equilibrada. En un mundo en el que todo lo que ocurre lo hace delante de algún atónito par de ojos equipados invariablemente con una cámara en el bolsillo y conectados a redes como Twitter, la sensación que tenemos es prácticamente la de si estuviésemos ahí, en el lugar de los hechos, corriendo todo tipo de peligros de los que nos salvamos de milagro. Antes escuchábamos la noticia y alguna declaración de quienes estaban ahí; ahora vemos los disparos y las explosiones en riguroso directo. Pero si, como decía Bill Clinton, “nos fijamos en la tendencia y no en los titulares”, la realidad es muy diferente, y aunque no deje de ser obviamente preocupante y de demandar atención, ayuda a poner los elementos en contexto.

Me pareció interesante conectar este artículo con la tantas veces utilizada estrategia del miedo en política, con la supuesta idea de que solo políticos con experiencia pueden sacarnos de las situaciones difíciles, de cómo supuestamente un político “con experiencia” pero que no es capaz ni de plantearse un debate en condiciones con miembros de la nueva política pretende hacer creer que es que está “muy ocupado resolviendo los problemas del país” mientras dedica más de tres horas a comentar un partido de fútbol. El recurso al “yo soy lo seguro, no hagáis experimentos”, utilizado cuando la verdadera experiencia que hemos tenido con este presidente “con experiencia” ha sido… la que ha sido: corrupción, financiación ilegal, amiguetes que nos han salido carísimos, leyes a medida de los lobbies de turno, puertas giratorias, mentiras… si esa es la “experiencia” que le adorna, francamente, prefiero a casi cualquier otro, gracias.

La estrategia del miedo, aunque pueda funcionar con determinados colectivos, no resiste un mínimo análisis serio. A mí ahora el escenario que más miedo me da es que, después de las elecciones, sigamos viendo a semejante “individuo con experiencia” en el mismo sitio…

 

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Mi carta a los reyes para unas elecciones en navidad

IMAGE: José Alfonso de Tomás Gargantilla - 123RFMi columna de ayer en El Español, titulada “Elecciones navideñas y cartas a los reyes“, es un pequeño análisis de lo que suponen unas elecciones en las que, como mínimo, vemos unas ciertas posibilidades de relevo generacional (hay veinte años de diferencia entre el candidato que representa “la vieja política” y la edad media de los otros tres) que determina también un perfil de habilidades de los candidatos completamente distinto: finalmente, predominan los candidatos que hablan idiomas, saben manejar un ordenador y se encuentran cómodos en las redes sociales.

La primera petición, por tanto, es así de clara: votemos a un candidato mínimamente moderno, no a un fósil de otra época. A alguien que no haga el ridículo en el contexto internacional quedándose fuera de los corrillos porque no habla idiomas, y que sea capaz de encender un ordenador o de hacer algo más con su smartphone que enviar un SMS. Me parece de puro sentido común. Pero no se vota a un candidato únicamente en función de esas habilidades, del mismo modo que no se decide el voto tan solo en función de las posiciones de un partido con respecto a un tema tan concreto como la gestión de la tecnología y la innovación. Generalmente, cuando alguien intenta analizar los programas de las distintas opciones políticas en lo referente a sus posiciones con respecto a internet, al fomento de la innovación o de la tecnología, se encuentra con que, a pesar de que cada vez más personas consideramos la red una parte muy importante de nuestras vidas, ese aspecto es considerado “menor” dentro de otra serie de posiciones consideradas más importantes.

La gran realidad es que las posiciones que una opción política toma con respecto a internet, a la innovación o a la tecnología son mucho más importantes de lo que inicialmente podría parecer. Cuando un partido aprueba la ley Sinde, el canon AEDE o el impuesto al sol, por ejemplo, no está simplemente tomando una decisión incoherente e insostenible desde el punto de vista tecnológico: está también demostrando hasta qué punto está dispuesto a privilegiar los intereses económicos de una minoría frente a fines indudablemente mucho mayores. Está probando su nivel de corrupción, porque solo se puede calificar de corruptos a quienes eliminan a los jueces y vulneran la separación de poderes para ponerse a juzgar ellos mismos, o a quienes son capaces de criminalizar algo como el acto natural de enlazar para así privilegiar a una serie de medios y que les traten mejor. ¿Cómo de corrupto es alguien que antepone los intereses del lobby de las eléctricas al desarrollo de una generación solar distribuida que encaja con las condiciones de nuestro país como un auténtico guante, y que podría tener efectos muy positivos en términos medioambientales y de balanza comercial? Pura corrupción, de la que define a quienes la practican.

El partido que merezca mi voto tendrá que plantear opciones claras en estos temas. De entrada, sacar la basura: anunciar de manera inequívoca y sin silencios la derogación de engendros legislativos como la ley Sinde, el canon AEDE y el impuesto al sol. Además, tener una posición clara con respecto a la innovación: entender que no es algo que pueda detenerse a golpe de decreto, y ser prudente para no hiperlegislar cuando no sea necesario. Entender los nuevos modelos de negocio y lo que aportan cuando flexibilizan esquemas que se consideraban verdades escritas en piedra, pero que el avance de la tecnología ha convertido en anacrónicos. Aplicar el marco legislativo con sentido común, manteniendo la separación de poderes como elemento fundamental de la democracia. Trabajar en el desarrollo de un tejido emprendedor en tecnología, lo requiere de decisiones importantes en educación, en neutralidad de la red, y en general, en la toma de una postura vanguardista en ese sentido.

Mi carta a los reyes es que el gobierno que salga de las próximas elecciones no vea la tecnología como una amenaza, como algo de lo que hay que “proteger” a los ciudadanos, sino como lo que realmente es: el gran aliado para el progreso. Un gobierno que se asesore de verdad de manera equilibrada, y no se ponga siempre del lado del lobby de turno, de las industrias establecidas que defienden el inmovilismo, el que nada cambie. La tecnología es mucho, mucho más importante de lo que parece. Si también lo es para ti, utilízala para decidir tu voto. Es la única manera de que dejen de considerarla un tema menor, un simple “fleco” del programa. Quiero dejar de vivir en un país que el resto del entorno considera rancio y enemigo de la innovación. No creo que sea tanto pedir…

 

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El terrorismo como justificación para la vigilancia

Don't spy on meMi columna en El Español de hoy lunes se titula “Terroristas y consolas“, y hace referencia al hecho de que, según el ministro del Interior belga, Jan Jambon, los terroristas implicados en los recientes atentados de París se comunicaban y coordinaban aparentemente utilizando algo tan aparentemente inocuo como los foros de la PlayStation 4, cuya monitorización resulta, cuando menos, complicada.

Con cada nuevo atentado, se pretende intensificar la vigilancia sobre las actividades cotidianas y las comunicaciones de los ciudadanos, como si esos ciudadanos fueran realmente los culpables de los atentados que sufren y como si esa vigilancia irracional fuese a solucionar algo o a evitar el siguiente atentado. Es una relación completamente falsa, una falacia. Intensificar la vigilancia sobre los ciudadanos no ayuda a prevenir el terrorismo, como demuestra el hecho de que esos niveles de vigilancia se hayan intensificado de manera consistente a lo largo de la última década y, sin embargo, los atentados hayan seguido teniendo lugar. Poner bajo sospecha y vigilancia a la totalidad de la población no sirve para evitar atentados: siempre hay maneras de coordinar la acción terrorista que no pueden ser monitorizadas y que los terroristas se afanan en buscar, mientras el resto de la población, la que no es terrorista ni se plantea serlo, es la que termina siendo injusta y absurdamente sometida a una vigilancia irracional. Los atentados de Charlie Hebdo del pasado enero nos horrorizaron a todos, y ya en aquel momento escribí sobre la vulneración de la libertad ciudadana que la previsible respuesta a los mismos iba a suponer. Se siguió adelante, se intensificó la vigilancia a todos los ciudadanos franceses… y por supuesto, no sirvió para nada, ni fue capaz de prevenir en modo alguno los atentados de hace pocos días. Ni podrán prevenir el siguiente, me temo. Es tan sencillo como que ese tipo de medidas de vigilancia indiscriminada NO SIRVEN PARA NADA. Desengañémonos, y dejemos de justificar lo injustificable, por grande que nos parezca el mal a evitar. Es que, sencillamente, no se evita. El “si no tengo nada que ocultar, no tengo nada que temer” es una enorme falacia que no nos lleva a tener una sociedad más segura.

No caigamos en razonamientos erróneos: un mayor riesgo de acciones terroristas no justifica mayores niveles de vigilancia. La única vigilancia sobre los ciudadanos que debe tener lugar en un estado democrático es la que ordene y autorice un juez de acuerdo con el ordenamiento legal vigente, y en ningún caso debe ser indiscriminada. Que Francia o el Reino Unido se unan a los países que vigilan indiscriminadamente a sus ciudadanos no va a servirles para sufrir menos atentados, y sí para vulnerar de manera cada vez más patente los derechos de sus ciudadanos. Una sociedad en la que los derechos de los ciudadanos son pisoteados de esa forma no solo no reduce la amenaza terrorista, sino que se convierte además en una sociedad peor, en la que el estado es el primero que no respeta las normas.

Los atentados en París son execrables, cobardes, injustificables y asquerosos. Pero no hagamos que sus efectos sean aún peores tomando las decisiones erróneas y justificando entornos paranoicos en los que toda la población se encuentra bajo sospecha y vigilancia. Haciendo eso no solo habrán ganado ellos, sino que además, habremos perdido todos.

 

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La importancia de las notificaciones

NotificationsMi columna de hoy en El Español se titula “Notificando…“, y es una valoración del último anuncio de Facebook, el del desarrollo de notificaciones o alertas para el usuario procedentes de más de setenta medios en la pantalla de reposo de sus smartphones. Una medida que parece simplemente un punto más en su escalada de dominio de la cuota de usuario (las noticias aparecen en Facebook, te llegan mediante sus algoritmos de recomendación, las consumes ahí y te avisa cuando ocurre cualquier cosa para que estés informado), pero que en realidad esconde todo un golpe de estado sobre el ecosistema informativo de las personas.

Las cabeceras de prensa empiezan a perder no solo el hábito de lectura (cada vez leemos más directamente en redes sociales y menos en las propias páginas de los medios supuestamente diseñadas a tal efecto), sino también el valor añadido que supone el que un usuario se considere bien informado por el hecho de seguir un medio determinado. Un tema en el que el avance implicará desarrollos tecnológicos importantes en el ámbito del machine learning, y que culminará cuando un usuario pueda sentir con la suficiente confianza que si ocurre algo en su ámbito de interés o algo suficientemente importante fuera de ella como para que deba ser notificado rápidamente, lo será. Gestión de interrupciones y alertas, aprendizaje de los hábitos de uso, y un mundo muy diferente al del simple periódico de toda la vida. La duda, claro, surge a la hora de tratar de entender quiénes van a ser los protagonistas de ese desarrollo: los medios de comunicación, o las grande tecnológicas. Lo que se juega es, tanto para unos como para otras, muy importante.

 

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El clickbait como perversión del periodismo en la red

IMAGE: Mile Atanasov and Serezniy - 123RFMi columna en El Español de hoy se titula “Clickbait: amarillismo a evitar“, y trata de aproximar criterios con respecto a algo que me parece, sin lugar a dudas, una absurda lacra del periodismo online del momento: la desesperante costumbre de buscar el clic fácil mediante titulares de tipo intrigante o exagerado, cuando no ya directamente ridículo.

La adaptación del periodismo al nuevo entorno definido por la red está siendo compleja. En muchos casos, nada tiene más sentido que adaptar la forma en la que creamos información a un vehículo con menos barreras de entrada, e intrínsecamente más ágil y bidireccional. En otros, esa adaptación peca de “demasiado fácil”, de simpleza, y cae, por ejemplo, en la confección de titulares completamente enunciativos para tratar de mejorar el SEO – con la pérdida que ello conlleva de toda creatividad e imaginación – o, como en el caso del clickbait, el linkbait o los listicles, de un estilo de redacción completamente inflacionado en la búsqueda de la impresión fácil que resulta, sobre todo, completamente insostenible. Una apropiación de elementos del sensacionalismo y del amarillismo que comenzaron a practicar algunos medios y que, debido a su aparente éxito, parece estar extendiéndose como una auténtica epidemia.

Los titulares de ese tipo son, sistemáticamente, un elemento a evitar. Ha llegado a ocurrir incluso dentro de El Español, el medio en el que publico esta misma columna y de cuyo consejo de administración soy orgulloso miembro, y de hecho, ese par de tweets en mi opinión muy poco afortunados son los que me inspiraron a escribirla, en forma de ejercicio de sana autocrítica que creo muy importante en un medio de comunicación.

Evitar este tipo de cosas puede parecer difícil: muchas redacciones aún no cuentan con criterios claros marcados en este sentido en sus libros de estilo, y en ocasiones, ese tipo de elementos pueden parecer una fuente de rentabilidad a corto, de generación de más clics y de posicionamiento del contenido como aparentemente popular. Es falso. El amarillismo de este tipo se paga con lectores desencantados, con desprestigio y con pérdida de credibilidad a medio plazo. No caigamos en esas cosas. Frente a la idea de que el clic lo justifica todo, pensemos que es muy posible que haya clics que, por el bien de la imagen del medio, no queramos tener.

 

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Algunas reflexiones sobre la independencia editorial

IMAGE: Gavril Bernad - 123RFMe ha parecido muy motivadora la columna de mi compañera de proyecto y de consejo María Ramírez sobre la independencia editorial, titulada “La llamada“. Una imagen mental que me evoca numerosas escenas que he vivido a lo largo de mi vida como académico, analista, creador de contenidos o simple generador de opinión, y con la que sintonizo plenamente. Esa llamada que quiero simbolizar con un viejo teléfono de dial y baquelita, tan antiguo como la mentalidad de quienes hacen esas llamadas.

Durante toda mi vida profesional he tenido la suerte de trabajar para una institución que consagra en letras enormes en su credo la independencia y la libertad de cátedra. Para muchos podrá parecer simplemente una frase, pero va muchísimo más allá que eso – y lo digo yo, que seguramente soy de los que más oportunidades ha ofrecido para poner la frase en práctica. A lo largo de mi experiencia, me he encontrado con “llamadas” de las que describe María en su columna en innumerables ocasiones, y todas han sido absorbidas por mi compañía como debía ser: con claridad inequívoca a la hora de darme toda la libertad necesaria para que pudiese mantener mi criterio, o en algunos casos, incluso enriquecerlo. Sin ánimo de replicar la escena final de Blade Runner, “he visto cosas que vosotros no creeríais”… salvo que trabajéis en un medio de comunicación. He visto a directivos de compañías marcar el teléfono de compañeros míos, de mi decano o incluso del fundador de mi compañía para pedir desde que me reconviniesen, hasta directamente que me despidiesen, invocando todo tipo de razones. He visto idiotas de mentalidad trasnochada tratar de invocar al Consejo de Ética para expulsarme por “incitar al robo de propiedad intelectual”, y a directivos amenazar a mi institución con los males del infierno por mantener en su plantilla a una persona como yo. Ni una sola vez he sentido presiones de mi institución para que retirase o dejase de decir algo, a pesar de que en ocasiones, las presiones han sido importantes. La libertad de cátedra no es algo que se ponga en un documento: es algo que hay que defender todos los días, y no es sencillo. 

Llegué a la institución en al que trabajo tras escogerla porque me parecía la más adecuada para desarrollar un espíritu emprendedor. En aquel momento, con veintipocos años y procedente de catorce años de educación en los Jesuitas, no otorgué ningún valor especial a la independencia de la institución, al hecho de ser un proyecto emprendedor cuya viabilidad depende únicamente de sí misma, de sus resultados, de su capacidad para atraer alumnos y proporcionarles un valor por el que estén dispuestos a pagar de manera sostenible. Con el tiempo, sin embargo, esa independencia se ha convertido en el valor principal que me mantiene ahí: conozco pocas instituciones que la representen tan claramente, y me considero por ello un absoluto privilegiado. Las cosas que escribo o digo te parecerán mejores o peores, unas veces más rigurosas o inspiradas y otras menos. Pero todo lo que digo corresponde a análisis personales e independientes, nunca he vendido mi opinión a nadie, y en muy pocas ocasiones (concretamente tres, algún día las contaré con detalles, ahora ya no me duelen porque las considero simplemente “experiencias de aprendizaje”) he visto como me retiraban algo de algún medio o lo alteraban de manera significativa.

Pero esa es la cuestión: soy un privilegiado. Un auténtico “niño mimado” de la independencia editorial o de opinión. Un extraño caso de “radical libre” e independiente a las presiones. En la mayoría de los proyectos que conozco, e incluso en mi propia institución, esas presiones existen. En algunos casos son auto-impuestas, las peores que conozco: personas que se autocensuran pensando en las posibles consecuencias de lo que querían decir o escribir, creyendo que “no es conveniente”, o que les podría traer problemas. En otros casos son directrices claras, concretas, específicas: esto no se puede decir, este tema no se puede tocar, de esto no se puede hablar. Mantener la independencia editorial y la libertad de las personas para escribir sobre lo que quieren es algo mucho más complejo de lo que parece.

Eso, por un lado, me hace valorar mucho más lo que tengo en la institución para la que llevo trabajando más de un cuarto de siglo. Por otro, me prepara para entenderlo en otros proyectos en los que participo, como es el caso de El Español, y que en su por ahora corta historia, debo decir que aprueba con muy buena nota. Es ahí donde la columna de María resuena de verdad: esa independencia solo se puede mantener cuando todos, desde los trabajadores hasta los directivos, pasando por los que venden la publicidad y los que estamos en el Consejo de Administración, lo internalizan y se lo creen de verdad. Cuando la extorsión del “si no me gusta lo que dices, no me anuncio” se puede superar con un “anúnciate si quieres y estaré encantado con ello, pero no interferirás por ello en el contenido”. Cuando los suscriptores que tienes y el negocio que generas no dependen de que tal o cual anunciante entre o salga, sino del valor que se genera con la actividad.

En España, desgraciadamente, esto de la independencia es un valor en caída libre. Tenemos un gobierno que la entiende como algo que se puede comprar, amenazar, coartar y condicionar sin ningún tipo de cortapisas, como si esas acciones despreciables fuesen parte de lo que se entiende como “normalidad democrática”. Medios que venden lo que no tienen, y que pretenden ofenderse o callan cobardemente cuando se les afea su actitud. Salvo en algunos nuevos proyectos, malos tiempos para el periodismo.

La independencia editorial es un valor fundamental. Los medios no son mejores o peores en función de su maquetación, de su tecnología o de su modelo de negocio: lo son en función de su independencia, de su capacidad de decir las cosas aunque molesten a otros. Y como demuestra mi experiencia, ese valor no es únicamente importante cuando eres periodista: lo es también cuando eres profesor, cuando eres analista, cuando eres muchas cosas. En realidad, es un valor importante siempre, para todo. Es un valor que es importante cuando eres ciudadano. Madurar como sociedad democrática implica, entre otras cosas, entender precisamente eso.

 

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Sobre análisis simplistas y sostenibilidad

IMAGE: Alicina Mil-Homens - 123RFMi columna en El Español de hoy se titula “Daños colaterales“, y habla de los análisis simplistas que permiten, por ejemplo, a Volkswagen afirmar que “no pasa nada, nuestros vehículos son seguros” cuando se están dedicando a envenenar sistemáticamente a media humanidad (y no parece que esté en absoluto en su cultura el preocuparse mínimamente de ello). O a los taxistas y la patronal del bus demandar a todo aquello que les hace competencia mientras el transporte de personas se ha convertido en algo completamente insostenible en términos de comodidad, eficiencia y medio ambiente. ¿De verdad cuesta tanto hacer un análisis que tenga mínimamente en cuenta la sostenibilidad?

Dos ejemplos específicamente relacionados con la sostenibilidad, que intentan alertar sobre la simpleza de determinados análisis, sobre la temeridad de quienes, por anteponer sus fines empresariales, son capaces de poner en jaque elementos fundamentales de nuestro contrato social. Cuando los taxistas demandan a Uber y Cabify, o cuando los autobuses hacen lo mismo con BlaBlaCar, no podemos ver simplemente una demanda por competencia desleal: tenemos que ver un intento de preservar el status quo, de que las cosas sigan funcionando como hasta ahora, de que solo ellos puedan llevar a cabo su actividad y gracias a eso sigamos usando los recursos disponibles de manera completamente ineficiente, contaminándolo todo hasta el límite de la sostenibilidad, y metidos en atascos todo el día. Esos son los factores que se contraponen, no un quítame allá unos beneficios empresariales. Si alguien piensa que el futuro de la movilidad consiste en que solo los taxis y los autobuses puedan llevar pasajeros, que vaya dejando de beber. El análisis que procede en este tipo de temas es multifactorial y muchísimo más complejo. Y los argumentos simplistas nos hacen mucho daño.

La magnitud de los posibles daños colaterales, los miles de personas con enfermedades respiratorias, o las ciudades convertidas en pesadillas de ineficiencia son daños colaterales que aparentemente, a Volkswagen, a los taxistas o a Confebus les traen completamente sin cuidado. Ningún problema, mientras ellos puedan seguir fabricando y vendiendo sus vehículos o evitando la entrada de competidores en su industria. Todo les da igual. Así vamos.

 

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Evan Spiegel y Snapchat como referentes de tendencias

Evan Spiegel (IMAGE: TechCrunch)

Mi columna en El Español de hoy se titula “El mito de Evan Spiegel“, y trata de pintar un retrato rápido de un proyecto fascinante que, sin embargo, pocos consiguen analizar con cierto nivel de objetividad y pasando por encima de su aparente imagen frívola-adolescente.

He escrito sobre Snapchat en varias ocasiones, pero a medida que su historia – y su valoración – van haciéndose más grandes, me parecía interesante dedicar una columna a la verdadera dimensión de esta red social poco conocida fuera de los Estados Unidos y del público más joven, y a su fundador, Evan Spiegel, que ha sido capaz no solo de desarrollar una idea en torno a la cual había intentado emprender en más de treinta iteraciones previas, sino además, de convertirla en referente de tendencias para muchas otras compañías en su industria.

Además de ser considerada una de las herramientas fundamentales a la hora de entender la relación de los jóvenes norteamericanos con la privacidad y de haber sido considerada por Mark Zuckerberg como un auténtico privacy phenomenon, Snapchat ha sido capaz de adelantar movimientos competitivos, como la integración de las noticias y la adecuación de su formato al consumo por su público objetivo, que posteriormente han sido imitadas por competidores como Facebook, Apple o Google. Que tanto Facebook como Google hayan intentado comprarla por tres mil y cuatro mil millones de dólares respectivamente, y se hayan encontrado con la reiterada negativa de un joven que pretende a toda costa desarrollar la idea por sí mismo añade a la idea casi un punto de provocación: por muy “niños ricos” y  de “juventud escandalosa” que puedan ser los fundadores, esa persistencia y determinación tienen su mérito. Un plan de negocio así no se construye únicamente con testosterona.

La idea de las noticias como objeto social que dio lugar a Snapchat Discover y por la que la compañía está recibiendo muy sustanciosos beneficios es aparentemente tan obvia como la de tratar de convertir la publicidad en algo que no molesta y sobre lo que merece la pena incluso comentar. De acuerdo que las cosas se ven distintas cuando cuentas con unos demográficos relativamente homogéneos, pero la compañía merece crédito por su capacidad para entender esa complicada franja de edad y construir una plataforma en torno a la que transcurre una buena parte de su vida: el sitio en el que interaccionan, leen noticias, ven publicidad y hasta intercambian dinero. Y hay más cosas. Quienes vean burbuja, que se paren a echar un ojo a sus cuentas.

Las redes sociales son un panorama enormemente volátil, que en poco tiempo ha visto elevarse grandes imperios que desaparecían rápidamente en cuestión de pocos meses. Decididamente, no son una industria sencilla. Pero con sus 23 añitos, y si no se tuercen las cosas, Evan Spiegel va camino de convertirse en mito.

 

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Neutralidad de la red: en El Español y en RTVE

Network NeutralityMi columna de hoy en El Español se titula “Las operadoras y su peaje“, y es una reflexión más sobre el que es para mí el tema de la semana, la decisión del parlamento europeo de poner la red en bandeja de plata a las operadoras para que la gestionen como buenamente quieran, comentada al hilo de la que es precisamente una de las 30 obsesiones de El Español.

Como tal, y a pesar de su enorme importancia y evidente consecuencias de cara al futuro, es un tema que está pasando relativamente de puntillas por los medios, que tienden a verlo como algo relativamente “técnico” o “complejo” cuando realmente no lo es en absoluto.

Además, dediqué también a ese mismo tema la barra tecnológica de La Noche en 24 horas. El vídeo está disponible en la página del programa, la barra tecnológica empieza a partir del minuto 1:32:48.

 

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El Parlamento Europeo mata la neutralidad de la red

Keep calm and kiss Net Neutrality good byeLa propuesta sobre redes de comunicaciones electrónicas aprobada ayer por el Parlamento Europeo es una de las peores noticia que los ciudadanos europeos podríamos tener. Significa, en primer lugar, que nuestro parlamento no legisla a favor de los ciudadanos que lo eligen y de sus intereses, sino en función de lo que le dice o escribe directamente un lobby empresarial, el de las telecomunicaciones, dispuesto a maximizar sus beneficios por encima de todas las cosas. Significa que Europa va a experimentar un enorme retraso en todo lo referente a innovación y desarrollo en el futuro, porque jamás va a tener sentido para ningún emprendedor tecnológico lanzarse a desarrollar una idea en un entorno en el que todas sus posibilidades están lastradas por un campo de juego completamente inclinado a favor de las operadoras, que podrán tranquilamente ralentizar el tráfico que genere, privilegiar alternativas competidoras, crear sus propios servicios con extra de velocidad o incluso ofrecer servicios como el suyo pero cuya conectividad no cueste nada. Un entorno competitivo absurdo, que coarta las posibilidades de desarrollo de toda aquella iniciativa que dependa de las comunicaciones – lo que significa, en la práctica, toda iniciativa.

En una auténtica maniobra de partida de ajedrez, el lobby de las telecomunicaciones sacrificó el ya defenestrado y amortizado roaming para colar en la misma propuesta que le pone fin (en el 2017, no creas que va a ocurrir mañana), un texto que les permitirá en el futuro hacer lo que buenamente les venga en gana con internet: priorizar tráfico en función de su origen o de sus características, establecer servicios prioritarios, facilitar servicios con conectividad gratuita en función de acuerdos comerciales, o perjudicar intencionadamente las transmisiones de determinados servicios en función de la posibilidad de una congestión. Todo ello, sin mecanismos de control que definan o establezcan nada, dejándolo simplemente a la voluntad del regulador local o de las propias compañías. Queridos lobos, aquí tenéis el gallinero para que lo cuidéis.

La escena es de película cómica: diputados congratulándose “por haber protegido la neutralidad de la red” cuando han tumbado una por una todas las enmiendas que podían realmente haberla protegido, y lo que han hecho es condenarla, ajusticiarla en el patíbulo, y entregar a las empresas de telecomunicaciones su cabeza. Dentro de algunos años, nos sorprenderemos de que toda la innovación y todas las nuevas empresas tecnológicas nazcan al otro lado del Atlántico, y algunos aún se preguntarán el porqué… la culpa será, de manera prácticamente exclusiva, de los eurodiputados que ayer votaron esa propuesta. Mientras el gobierno norteamericano protege la neutralidad de la red con una legislación fuerte e inequívoca, en Europa preferimos favorecer al lobby de las telecomunicaciones para que puedan tener más beneficios a costa de la innovación y de hipotecar nuestro futuro. Como legislación, es de lo más irresponsable que he visto en mucho tiempo.

Ayer me pidieron desde El Español que escribiese algunos párrafos como primera reacción a la medida, que Pablo Romero ha incluido en su artículo titulado “La Eurocámara esquiva garantizar la neutralidad de la red“.

La propuesta votada hoy en el Parlamento Europeo supone una prueba palmaria de hasta qué punto Bruselas se ha convertido en una auténtica marioneta en manos del lobby de las telecomunicaciones, y en una evidencia que va a perjudicar enormemente el desarrollo de internet en el continente. Mientras los Estados Unidos deciden proteger la neutralidad de la red de manera clara y explícita, Europa prefiere “decidir no decidir”, deja todas las decisiones en manos de las empresas de telecomunicaciones, y genera un escenario completamente incierto que abre las puertas a todo tipo de abusos, a una internet a varias velocidades y a modelos basados en la escasez y la discriminación del tráfico. 

Con la anuencia del Parlamento europeo, las empresas de telecomunicaciones han maniobrado para situarse como los auténticos árbitros de la innovación, con derecho a hacer prácticamente lo que quieran sin restricción alguna. Podrán establecer “vías rápidas” privilegiadas para sus servicios, con lo que de manera efectiva podrán decidir qué servicios funcionan y cuáles no, podrán “gestionar el tráfico” a su antojo, podrán ofrecer servicios gratuitos fuera de tarificación, y podrán incluso gestionar el tráfico en función de su tipo. La auténtica “carta a los reyes” del lobby de las telecomunicaciones, graciosamente concedida por una Corte de Bruselas cada día más inútil e incompetente.

Si escucha a un político hablar de “la protección que han llevado a cabo de la neutralidad de la red en Bruselas”, no se crea absolutamente nada, y tache a ese político de la cada vez más corta lista de políticos honestos, porque solo es un hipócrita interesado y mentiroso. Dentro de algunos años, algunos se preguntarán por qué todas las empresas innovadoras están en los Estados Unidos y no en Europa: la culpa será de la decisión que el Parlamento europeo ha tomado hoy.

 

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