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La incapacidad para aceptar que la inteligencia no es exclusivamente humana

IMAGE: LucaDP - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Negaciones irracionales“, y trata – por enésima vez – de hacer que los lectores entiendan que una máquina ya no es lo que durante años entendimos por una máquina, que ya no es simplemente un autómata capaz de repetir unos pasos programados, sino que se ha convertido en mucho más, y que ya es perfectamente capaz de tomar decisiones de aprendizaje no supervisado, de escoger caminos aleatorios o de iterar diversos niveles de conocimiento para llegar a soluciones a las que un humano no había llegado previamente.

De acuerdo: nos hemos pasado décadas enseñando a las personas que un ordenador era un autómata, era una máquina que solo podía ejecutar los comandos que un programador le había introducido. La consecuencia de A siempre era B, porque así lo decía el programa, y porque así debía ser. A la hora de cuadrar la contabilidad o de hacer las nóminas, no queríamos que el ordenador fuese creativo en absoluto, solo queríamos que llevase a cabo una rutina determinada, sin errores, sin apartarse de lo que el programa establecía. Para la mayor parte de los usuarios, un ordenador sigue siendo eso, una máquina que debe hacer exactamente lo que el usuario le pide en una secuencia perfectamente previsible… y si no lo es, si hace alguna otra cosa, es un bug, un error. La idea de que el ordenador pueda tomar decisiones en función de la experiencia, pueda estimar distintas posibilidades o pueda optimizar un proceso basándose en otro que ha descubierto de manera aleatoria les resulta no solo intimidatoria, sino directamente inaceptable y peligrosa.

Todavía hay muchas personas para las que la idea de que un simple programa de GPS, alimentado con los datos de miles de usuarios, sea capaz de estimar el tiempo de desplazamiento en una ruta mejor que ellos les parece impensable, y de hecho, se dedican a llevarle la contraria con suficiencia, con aire de “qué va a saber el cacharro este”. Pero vayamos un punto más allá: la idea de que un ordenador en la nube sea capaz de consolidar el tráfico de todos los usuarios que utilizan una aplicación de GPS determinada, y decida recomendar a la mitad de ellos que vaya por una ruta y a otros que vayan por otra, con el fin de alcanzar así una solución óptima, resulta completamente inaceptable. ¿Quién es esa app para decirme a mí por donde circulo, para arrebatarme mi libertad de hacer lo que me dé la gana?

Me desespera completamente la incapacidad de muchos para aceptar que una máquina puede desarrollar un nivel de inteligencia superior a la de los hombres. En realidad, basta con leer con cierta atención el relato de la segunda partida de Alpha Go contra Lee Sedol, en la que la máquina llevó a cabo jugadas no solo impresionantes o “bellas” desde un punto de vista humano, sino que además, eran imposibles de imaginar y no habían sido realizados nunca en otras partidas en la historia.

Para muchos, la idea de inteligencia está, por alguna cuestión cuasirreligiosa, vinculada con la naturaleza humana, unida a esta de manera indisoluble. La posibilidad de aceptar que una máquina no solo gestione el conocimiento y la experiencia previa de manera infinitamente más eficiente y precisa que un humano, sino que además, sea capaz de construir sobre ese conocimiento previo iterándolo y explorando alternativas de manera no supervisada, les resulta completamente anatema. Son incapaces de aceptar que una máquina pueda hacer algo más que repetir mecánicamente comandos programados por una persona, cuando la realidad es que las máquinas ya están mucho más allá, y pueden hacer cada vez más cosas para las que antes era preciso contar con una inteligencia humana. Es, en realidad, una incapacidad para entender el concepto de machine learning e inteligencia artificial, una imposibilidad casi metafísica para aceptar que hemos sido capaces de desentrañar los algoritmos que los humanos llevamos a cabo para aprender, y hemos sido capaces de reconstruirlos sobre una máquina.

En realidad, el problema viene de considerar al hombre como una especie de centro de la creación, una absurda visión antropocéntrica del mundo. En la práctica, y reducidos a la biología, somos simples algoritmos bioquímicos, y nuestras habilidades cognitivas son perfectamente paralelizables: cómo recordamos, cómo aprendemos, cómo hacemos inferencias, cómo deducimos, cómo solucionamos problemas. En muchos de esos procesos, de hecho, la máquina ya excede claramente las capacidades del hombre. ¿Qué le ocurrirá al mercado laboral cuando la inteligencia artificial consiga mejores resultados que los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas? ¿Qué ocurrirá cuando los algoritmos sean mejores que nosotros recordando, analizando y reconociendo pautas? La idea de que los humanos siempre tendrán una capacidad única fuera del alcance de los algoritmos no conscientes es solamente una vana ilusión, no asentada en ningún tipo de conclusión seria. 

Para prepararnos para el futuro, es indispensable entenderlo. Y partir de dogmas religiosos o del desconocimiento de los procesos que permiten a las máquinas aprender y desarrollar inteligencia no es la mejor manera de hacerlo.

 

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Los peores ciegos son los que no quieren ver

Robots come to steal our jobs!!! (IMAGE: E. Dans)Mi columna de esta semana en El Español se titula “El fin de un sistema“, y habla sobre la evolución de una sociedad en la que el concepto de trabajo se dispone a redefinirse completamente a través de la progresiva sustitución de personas por máquinas en un número cada vez más elevado de tareas de todo tipo.

Hablamos, muy posiblemente, del cambio social más importante vivido en la historia de la humanidad, con mucha mayor trascendencia que la primera revolución industrial debido, sobre todo, a la mayor velocidad con la que tiene lugar, pero a pesar de su enorme relevancia, una parte muy significativa de la sociedad prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en la arena. Hablamos de un cambio que amenaza con ir dejando sin empleo a cada vez más personas, una lista que va incluyendo progresivamente a cada vez más profesiones que van perdiendo su sentido, sustituidas por máquinas que desarrollan esas ocupaciones de manera mucho más competitiva. Cada vez que un competidor adopta esas innovaciones, cada vez que incorpora más robots y más machine learning, se convierte en el nuevo benchmark, en la nueva referencia a batir, en el incremento marginal que ningún otro competidor puede ignorar.

Ya no hablamos de sustituir empleos de escaso valor añadido: la transición ya no afecta solo a los trabajos aburridos, mecánicos, sucios o peligrosos, sino a cada vez más tareas y ocupaciones. Sin duda, aparecerán nuevas profesiones, muchas de las cuales tendrán características que nos llevarán a considerar un cambio tan radical en el concepto de trabajo que lo conviertan en irreconocible para muchos, pero también tendremos una amplia cantidad de profesiones que, simplemente, desaparecerán. Y la capacidad de reeducación o recualificación de muchas de esas profesiones será, en muchos casos, muy compleja o imposible.

El futuro, por pura lógica matemática, solo puede traer la quiebra del sistema de subsidios y coberturas que conocemos. La red de seguridad que se supone debía proteger a los excluidos se ha convertido en una trampa social, cada vez más compleja en su administración, más injusta en su funcionamiento, y además, destinada a la quiebra. Y la única manera de sustituirla es rediseñándola completamente en torno a la idea de sistemas universales e incondicionales que lo simplifiquen, que eviten tasas impositivas marginales absurdas aplicadas a quienes no lo merecen, y que aseguren que en una era de más abundancia, esta se reparte de la manera adecuada y justa. Prolongar la agonía del sistema anterior solo nos lleva a tasas de exclusión cada vez mayores, a tratar de estirar esquemas piramidales de forma insostenible y a generar una mayoría desencantada dispuesta a votar al presunto salvador – o payaso – de turno como si fuese su última esperanza.

Como hemos podido ver a lo largo del año 2016, la situación ya no admite que sigamos cerrando los ojos o enterrando la cabeza en el suelo, o nos estaremos abocando a un desastre político sin precedentes. No hay peores ciegos que aquellos que no quieren ver. Mientras, como sociedad, no abramos una reflexión seria y no simplista sobre este tema, estaremos condenados a seguir intentando exprimir un sistema deficiente y disfuncional. Estaremos intentando construir el futuro con herramientas del pasado.

 

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La banca y la disrupción

IMAGE: Lorelyn Medina - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Facebook Bank“, y habla de la licencia bancaria obtenida en Irlanda por la red social a los dos años de solicitarla, y de cómo podría afectar la progresiva entrada de las compañías tecnológicas a nivel internacional en el ámbito de los servicios de banca, como ha ido ocurriendo en los Estados Unidos con ejemplos tan exitosos como Square, Venmo (perteneciente a PayPal) o Snapcash (lanzado por Snapchat en combinación con la primera), entre otros. 

¿Qué pasa cuando compañías enormes, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) comienzan a invadir tu negocio? No, mantener un sistema de pago entre particulares no es lo mismo que hacer banca, te dicen… es solo la parte sencilla del negocio, te dicen, nosotros hacemos muchas más cosas. Sí, pero esa parte sencilla del negocio acostumbra al cliente a que determinadas operaciones que hace a menudo pasan a tener como protagonista a alguien que no es un banco, y que por las razones que sea, funciona de una manera que no les resulta incómoda: mejores interfaces, mejor uso de la información, mejor atención al cliente, mejor imagen, mayor nivel de innovación… e incluso más fondos!

Los bancos juegan con un lastre: en la mayoría de los mercados, tienen una percepción mala, una imagen negativa. Pueden jugar a agruparse, ofrecer sistemas sin comisiones o tratar de ser vistos como innovadores, pero la verdad es que otras compañías juegan más fuerte que ellos en su propio terreno porque, después de todo, hablamos de un negocio ya puramente digital desde hace mucho tiempo. Los pagos son prácticamente la última frontera analógica que quedaba, y cuando esa desaparezca del todo, poco más quedará para defender. ¿Pretenden las grandes compañías tecnológicas ser los nuevos bancos? No en breve, como tampoco se han lanzado a ser las nuevas discográficas o los nuevos periódicos… pero sí se han posicionado impecablemente para ello. Los pagos, como el streaming en la música o como las plataformas de tipo AMP o Instant Articles en la prensa, son solo una cabeza de puente: lo que viene detrás, el cómo y el cuándo están aún por ver.

Para la banca vienen tiempos complicados. Y la solución, como algunos ya parecen haber visto claramente, no es considerar a esas compañías como enemigos o como simples competidores al uso. La cosa va más por otros derroteros…

 

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La peligrosa química de la web

IMAGE: Alexander Parenkin - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Mezclas peligrosas“, y hace referencia a la compleja química de la web, en la que una serie de componentes que estaban destinados a ser individualmente beneficiosos terminan generando una reacción explosiva.

¿Cuáles son los componentes que han convertido a la web en un peligroso lugar que favorece la circulación de noticias falsas, bulos virales y desinformación? En primer lugar, claramente, la caída de las barreras de entrada a la publicación. Un fenómeno que conozco como pocos, que posibilita que pueda estar aquí cada día compartiendo un texto con vosotros, cuando antes tenía que enviarlo a un medio de comunicación, confiar en que pasase un cierto filtro más o menos riguroso, esperar la confirmación de que “hubiese papel” (siempre me hizo gracia eso de “esta semana no salimos porque no hay papel”, referido al balance entre contenido y publicidad… cuando eso pasaba, me daban ganas de enviar a la redacción un poco de papel… higiénico 🙂 y finalmente, verlo salir impreso unos días después. Frente a aquello, la actual situación de “ser mi propio editor” y darle a “Publicar” cuando me da la real gana me parece indudablemente mejor. Que las barreras de entrada a la edición y publicación caigan parece en principio una buena noticia, da voz a más personas, y democratiza la sociedad… hasta que llega un espabilado y decide que, como publicar es fácil, está en su supuesto derecho de publicar cualquier cosa.

El segundo componente es el sistema de incentivos que genera la publicidad. La publicidad en internet parece, sin duda, una buena idea: el medio permite segmentaciones más precisas, permite teóricamente dar a cada uno los mensajes que más le interesan o que más probabilidades tiene de estar buscando, ofrece un feedback más rápido y permite que muchos encuentren una forma de financiar sus publicaciones. Y todos felices… si fuese simplemente así. Sin embargo, la copia de modelos de otros canales lleva al abuso, al exceso de formatos intrusivos, y sobre todo, a primar cantidad frente a calidad, lo que lleva a poner la métrica de las páginas vistas por encima de todo, incluido el sentido común. Hay medios – no pocos – que recargan automáticamente sus páginas cada pocos minutos para añadir una página vista, como los hay que harían cualquier cosa por un clic, hasta prostituir completamente sus titulares en esa aberración denominada clickbait. Cuantas más páginas vistas tienes, mejor eres y más dinero ganas.

En tercer lugar, unas redes sociales que nos permiten conectarnos con nuestros amigos y con las personas con las que compartimos ideas y aficiones. Aparentemente, un gran invento. Hasta que comprobamos que aparecen personas para las que esas redes sociales se convierten en el prisma por el que miran el mundo, que las interpretan como ese sitio en el que son tanto mejores cuantos más “me gusta” reciben y más followers tienen, en una especie de persecución de la “micro-fama” que lleva a cometer excesos, a compartir cosas que, muy posiblemente, no deberían ser compartidas.

Finalmente, el desarrollo de algoritmos de recomendación que escogen por nosotros lo que queremos ver, utilizando componentes como lo que hemos visto anteriormente, lo que han visto nuestros amigos, o lo que nos ha generado una reacción. Aparentemente, algo positivo que trabaja por nosotros y nos permite escoger lo que queremos leer, en medio de un océano inabarcable de información. Pero de nuevo, si combinamos esto con el hecho de que tendemos a tener amigos que piensan relativamente parecido a nosotros, el resultado es la famosa filter bubble de Eli Pariser, una auténtica “cámara de los espejos” en la que nuestro pensamiento se ve amplificado, corroborado y multiplicado infinitas veces por el de otros, y nos lleva a sentirnos validados, a creer que todo el mundo piensa como nosotros, a pensar que el resto no lo dice por aquello de “la corrección política”, y a que un racista, machista, ultra e impresentable tenga ganas de echarse a la calle a vapulear a la primera inmigrante con la que se cruce. O a echarse a la urna y votar por el primer candidato que cree que representa unas ideas que ni siquiera deberían estar permitidas en sociedad, porque van en contra no solo de la Constitución, sino del sentido común.

Es la “tabloidización” de la web, o según algunos, la web como reflejo de la sociedad. Y por supuesto, la solución no está en considerar culpable a la web ni en pretender absurdamente “abolirla”, sino en regular la mezcla de esos componentes, facilitar que se usen, pero evitar que se abusen. Algo para nada sencillo, un camino indudablemente tortuoso que muchos podrán pretender utilizar para convertirse en censores, donde pagarán justos por pecadores, en donde se confundirán factorías coordinadas de  fake news con sátiras o parodias perfectamente aceptables, donde habrá que tener muy en cuenta matices de todo tipo. Pero que sea complejo no quiere decir que no haya que hacerlo o que se pueda nadie escaquear de su responsabilidad. Si construyes un canal que convierte aparentemente en verdad todo aquello que tiene muchos Likes, es obvio que vas, más tarde o más temprano, a necesitar algún tipo de instrumento de control. Crearlo no será fácil, pero si no lo haces, el resultado, muy posiblemente, no te gustará, y tu contribución a la sociedad no habrá sido precisamente positiva. 

 

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Twitter y sus problemas con la naturaleza humana

Twitter harassmentMi columna de esta semana en El Español se titula “Twitter y la naturaleza humana“, y habla de cómo los problemas de la red del pájaro azul con los insultos, el bullying, la humillación, el hate speech o el acoso han conseguido que perdiese la oportunidad de ser objeto de una adquisición que podría haber significado una esperanza interesante de futuro para la compañía.

Cuando hablamos de ese tipo de cuestiones en Twitter, no hablamos de un comportamiento ocasional, de algo que sucede únicamente de forma excepcional o de un problema vinculado con circunstancias especiales: hablamos de algo que sucede todos los días, de manera constante y habitual, y contra lo que la compañía e ha manifestado completamente incapaz de tomar ninguna iniciativa mínimamente seria. A lo largo del tiempo, la actitud de Twitter hacia este tipo de comportamientos ha oscilado entre la total complacencia y la tolerancia amparada en un supuesto respeto escrupuloso a la libertad de expresión, olvidando que, en la inmensa mayoría de esos casos, lo que se conculcaba era precisamente la libertad de expresión de los que tenían la desgracia de ser objeto de acoso, abuso o insultos.

La sociedad no desarrolla unas normas de comportamiento por capricho. Las reglas y protocolos sociales, la educación, las buenas maneras y el respeto están ahí para hacer posible la convivencia humana. Cuando en una red se permite de manera completamente expresa que esas normas sean vulneradas, ocurre lo que ocurre: que la naturaleza humana prevalece, muchos disfrutan convirtiéndose en “malotes” – por prudencia me guardaré la forma en la que los adjetivaría yo – que insultan y acosan a sus anchas, y muchos más les hacen coro, los amplifican y les ríen las gracias. Que Twitter no haya, en ningún momento de su historia, emprendido una política de exclusión sin miramientos, de expulsión sumaria y sin posibilidad de recurso de todo aquel que vulnere unas normas de convivencia razonables, ha llevado a que ahora no solo tenga problemas, sino que incluso pierda muchos miles de millones de dólares por una oferta que una compañía se planteó hacerle, pero descartó porque esos comportamientos podían perjudicar a su reputación.

Tras varios años de dejación de responsabilidad y sin hacer nada al respecto, los insultados, abochornados públicamente, acosados o humillados no son uno ni dos: son legión, y entre ellos se cuentan todo tipo de perfiles, desde mujeres objeto de insultos alucinantemente sexistas o salvajemente inhumanos, hasta personas atacadas en función del color de su piel, su religión o sus creencias, pasando por toreros, artistas, y muchas, muchas personas anónimas que simplemente tuvieron la desgracia de cruzarse con quien no debían. Hoy, encontrar la propuesta de valor de Twitter, que la tiene, exige mantener un comportamiento razonablemente discreto, seguir a las personas o medios que pueden publicar información relevante para ti, alguna vez compartirla – siempre dejando claro que tus retweets no implican apoyo, no vaya a ser que alguien se mosquee – y compartir pocas cosas, bajo el permanente riesgo de que aparezca un “simpático” a sacarle punta a algo que has podido decir o a una foto que hayas podido compartir. Y cuando digo un “simpático” es precisamente eso: un mecanismo que lleva a que, por ser más cruel, más dolorosamente creativo o más irónico, te hagan muchos más los coros y la red te premie con muchos más seguidores. La historia y evolución de Twitter es tan sencilla como decir que los malos siempre ganaron.

La naturaleza humana, tristemente, no va a cambiar. La única respuesta para contenerla y vivir en sociedad razonablemente bien sin estar tirándonos los trastos a la cabeza y convirtiendo el ambiente en irrespirable es poner reglas, es hacerlas cumplir escrupulosamente, es el community management bien entendido y bien ejecutado. No, los insultos y el acoso no son el único problema de Twitter: también están los bots absurdos, el spam y algunos más. Pero si Twitter quiere tener futuro, sola o gestionada por un tercero, tiene únicamente dos opciones: corregir este problema, o corregir este problema. No hay más.

 

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La paella y los puristas

Jamie Oliver and paella Mi columna de El Español de esta semana se titula “Paella es paella“, y utiliza el ejemplo de las airadas reacciones de muchos al tweet del gran Jamie Oliver para ilustrar las reacciones a la innovación, a la variación sobre conceptos previos o a la experimentación.

Que un gran chef internacional, no solo reconocido sino además dotado de una importante conciencia social que le ha llevado a ayudar a personas sin recursos para trabajar en la hostelería, o a embarcarse en ambiciosas campañas contra la obesidad infantil en Estados Unidos o, actualmente, en Canadá, decida hacer su propio y personal homenaje a la paella, y reciba por ello todo tipo de improperios, descalificaciones y ofensas da como para elaborar unas cuantas teorías sobre el tema. The Guardian ha concluido que los españoles somos incapaces de ponernos de acuerdo hasta para formar gobierno o para parar la corrupción, pero lo hacemos para atacar a alguien por reinterpretar la paella.

¿Tiene sentido indignarse y lanzar insultos a alguien por utilizar una palabra, paella, para denominar una creación que, aunque no sea fiel a la receta original, sí la toma como base? ¿Qué temen los autodenominados “puristas” que lo hacen? ¿Acaso creen que, si no salen en defensa de su sacrosanto término, la identidad del mismo terminará por diluirse entre un maremagno de recetas – para ellos abominables simplemente por ser diferentes – y podría perderse para siempre? ¿Qué hay detrás de ese intolerante “que haga lo que quiera pero que no lo llame paella”? Le llamo lo que me da la gana, ¿o acaso la palabra es tuya? 

¿Qué hace que un país donde existen tantas interpretaciones de paella como habitantes, y que maltrata a los turistas con espantosas “paellas” (esas sí que no merecen ese nombre) recién descongeladas en las terrazas de los bares de muchas zonas, se levante en armas contra alguien por ponerle chorizo a la suya? El término no está sujeto a ningún tipo de protección, no está vinculado en exclusiva a ninguna regla ni territorio como ocurre con las denominaciones de origen, y pretender establecer algún tipo de supuesto Consejo Regulador de la Paella que dicte qué recetas pueden recibir el nombre y cuáles no me parece, lisa y llanamente, una estupidez.

Parece una tontería o un detalle sin importancia, pero ese tipo de purismo, ese “la palabra es mía y que no la utilice nadie más porque le insulto”, ese “no me toques las tradiciones” y aquel rancio “qué vas a saber tú de paella si naciste en (introdúzcase aquí cualquier lugar alejado más de cincuenta kilómetros del levante español)” podemos ver muchas de las actitudes que conocemos con respecto a otras innovaciones. No, el purismo y la defensa agresiva de la tradición nunca tiene sentido. No, lo siento, te pongas como te pongas, la tradición no es “mancillada” porque Jamie Oliver le ponga chorizo a una paella. Esa, sencillamente, no es la aproximación correcta. Si fuiste de los que se lanzó a las redes sociales a despotricar contra la paella de Jamie Oliver, creo sinceramente que deberías replantearte tus cerriles actitudes. Mi paella está riquísima según todos mis amigos (a lo mejor por eso de que son amigos, no lo sé), tiene incluso menos ingredientes que la tradicional, y yo, puristas, me desayuno un par de ellos todos los días con el café…

Si quieres hacer algo positivo, consigue invitar a Jamie Oliver a alguno de los maravillosos restaurantes al borde de la playa en El Saler, por ejemplo. Llévatelo a la cocina, explícale todos los cómo y los porqués de cada cosa, los secretos del recipiente, las distintas variedades del arroz, los ingredientes, el origen histórico que definió la paella como “plato de arroz hecho con lo que tengo a mano” (que incluía en su momento hasta la rata de agua, ahora protegida, que abundaba en los arrozales), los secretos del punto del arroz, el delicioso socarrat… y que con todo lo aprendido, vuelva a inspirarse las veces que quiera, pero desde la perspectiva del fuego amigo, sin miedo de ofender a nadie. Jamie Oliver es un tipo muy especial: sabe convertir en mediático todo lo que toca, es capaz de plantear el uso de sus habilidades para causas importantes y con sentido, y hace gala de una sensibilidad social tan impresionante como su deliciosa adicción a la capsaicina. Mucho mejor tenerlo como amigo que como enemigo. Mucho mejor que piense que en España hay personas que aprecian sus creaciones y están dispuestos a contribuir a ellas, que el que nos vea como una turba enfebrecida y vociferante contra quienes “ofenden” nuestras tradiciones. Esa segunda aproximación, de hecho, es una ESTUPIDEZ, así con mayúsculas.

Las tradiciones se engrandecen cuando permitimos que sirvan como puntos de partida, como bases de construcción, como contribución a otras creaciones. Nada se gana con el inmovilismo, el purismo y la exclusión. Ni en cocina, ni en ninguna otra disciplina.

 

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Renovables y futuro

IMAGE: Vaclav Volrab - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Renovables y visión de futuro“, y es el resultado de comprobar la tremenda paradoja entre los anuncios e inversiones llevados a cabo por empresas tecnológicas como Google, Apple, Facebook o Amazon para poner en marcha sus políticas de abastecimiento de energías renovables, y la realidad aún tristemente mayoritaria de una industria eléctrica tradicional o de países como España que se mantienen anclados en la generación sucia mediante combustibles fósiles a pesar de la progresiva ganancia en eficiencia de las renovables.

Monstruos del consumo energético que tienen que abastecer de energía de manera fiable gigantescos centros de datos consiguen asegurar que su energía proviene de fuentes renovables en porcentajes sorprendentes, y planifican un futuro en el que la totalidad de su consumo provendrá del viento o del sol. Google es ya la compañía que más energía renovable adquiere en el mundo, detalla uno a uno todos sus contratos, y apunta a que la totalidad de su consumo provenga pronto de fuentes renovables. Apple ya obtuvo un 93% de su consumo de estas fuentes en el año 2105, incluyendo la totalidad de la energía consumida por sus centros de datos. Facebook se acerca ya a la mitad de su consumo, Salesforce adquiere más energía renovable que la que consumen sus centros de datos, mientras Amazon, además de construir el parque eólico más grande del mundo, anuncia igualmente su compromiso para un abastecimiento íntegro de fuentes renovables. El empeño en construir o propiciar la construcción de granjas eólicas o solares por parte de estas compañías es tan relevante, que parece que producir energía fuese ya una parte central de su negocio, que fuesen empresas eléctricas en lugar de dedicarse a otros menesteres.

Las búsqueda de energía de fuentes renovables por parte de estas empresas es tan ávida, que las empresas eléctricas tradicionales no consiguen acceso a la producción de las granjas solares o eólicas recientemente creadas en los Estados Unidos, porque la totalidad de su producción está comprometida mediante contratos a largo plazo con empresas tecnológicas que han sabido entender el fenómeno a tiempo. Basta con que surja un número suficiente de compañías con esta actitud, para que resulte rentable construir granjas solares y eólicas en cada rincón, y mucho más si las características de determinados territorios, en función de sus condiciones naturales, lo propician. En el caso de una gran parte de España, que no haya paneles solares encima de cada tejado es un absoluto contrasentido, y que se haya intentado evitar mediante restricciones artificiales es una irresponsabilidad política de primera magnitud.

¿Qué han visto estas compañías en las energías renovables? ¿Simplemente una forma de maquillar sus memorias corporativas y “parecer buenos”? No parece muy lógico pensar que sea así, que todas estas grandes empresas hayan sido víctimas de algún tipo de epidemia de buenismo corporativo y de obsesión por la responsabilidad social. En realidad, se trata sencillamente de entender el progreso de la generación mediante métodos renovables, y cómo la progresiva ganancia en eficiencia hace ya posible imaginar un futuro en el que las energías limpias conformen un gran porcentaje de la generación total. No, no son simplemente buenos deseos: es que frente a la rancia actitud de “no puede ser y además es imposible” de muchas compañías eléctricas tradicionales, ha surgido la evidencia de que la aplicación de mejoras de eficiencia a los procesos de generación de energía eólica o solar hacen que esas perspectivas sean hoy en día muchísimo más realistas.

¿Para cuando una mentalidad en la totalidad de los ciudadanos o en los políticos mínimamente parecida a la que tienen estas compañías? ¿Cuándo dejaremos de intentar impedir el progreso mediante absurdos impuestos al sol y medidas abiertamente corruptas que plantean desincentivos a la generación limpia? ¿Cuántos años más de tópicos falsos de “es buenismo”, “no es suficiente” o “no es rentable si no se subvenciona” cuando la evidencia se acumula en las cuentas de resultados de cada vez más compañías? ¿Cuánto queda para que en lugar de empeñarnos en hacer lo más barato y rentable a corto plazo, exijamos que se haga lo más lógico y responsable?

 

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La Comisión Europea es profundamente retrógrada

Euro dislikeMi columna de esta semana en El Español se titula “El desastre europeo del copyright“, y se une a muchos análisis más que han calificado la absurda Propuesta para una directiva del Parlamento y Consejo europeo sobre el copyright en el mercado único como de auténtico disparate retrógrado, un dislate que en lugar de en lugar de ponerse como fin intentar evolucionar el concepto de propiedad intelectual, ha decidido anclarse firmemente en el pasado y tratar de defender a toda costa los intereses de determinadas industrias que se niegan a aceptar que el mundo ha cambiado.

No, tratar de controlar a toda costa las noticias para que cualquier conversación que se establezca sobre ellas devengue un pago al medio que las publicó es algo que no tiene ningún sentido. Toda la vida se han comentado las noticias, porque las noticias, de hecho, están para ser comentadas, y los medios, de hecho, buscan activamente su cuota de atención. Hacer responsables a las redes de lo que publican sus usuarios en ellas es absurdo y genera un estado policial, o peor, un estado leguleyo en el que todo lo que se publica tiene que pasar por los ojos de los abogados, una auténtica judicialización constante y agobiante de la conversación. Y ya, en el colmo del desastre, perseguir el enlace, criminalizarlo y considerarlo algo por lo que hay que pagar o que hay que controlar, una estúpida idea que ya se probó absurda, de imposible aplicación y profundamente negativa en España y Alemania, ahora traída de vuelta por la incompetencia de las autoridades europeas.

Lo único que demuestra Jean-Claude Juncker y la Comisión Europea con esta propuesta es cuánto de lejos están de entender la evolución de la sociedad, y cómo de sensibles son a las presiones de determinados lobbies. No, el copyright no puede usarse para proteger a los periódicos ni a nadie: el copyright es algo pensado para proteger la innovación y el progreso, no para restringirlo y ponerle coto. Con la aplicación de una directiva como esta, Europa se convertiría en un auténtico desierto de innovación y progreso, en el que antes de crear nada nuevo hay que pedir permiso. En lugar de comprometerse con una reforma valiente del copyright, la Comisión Europea ha decidido dedicarse únicamente a proteger los viejos modelos de negocio.

Algunos análisis y lecturas interesantes para documentarse sobre la propuesta:

 

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Replanteando la educación

IMAGE: Fabio Berti - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “El reto educativo“, e intenta reflexionar sobre la necesidad de replantear los procesos educativos a todos los niveles para adaptarlos a un entorno tecnológico en el que el acceso a la información resulta infinitamente más sencillo y prácticamente inmediato con respecto a como lo era en épocas anteriores.

La evolución del hombre está inseparablemente vinculada a la tecnología. En su momento, llegamos incluso a definir los períodos de esa evolución como la edad de piedra, del bronce o del hierro, en una clasificación ahora criticada por simplista y estar centrada en el entorno europeo, pero que asume claramente que la manera en que el hombre evoluciona está determinada por las tecnologías que tiene a su alcance.

El reto de la educación es pasar de procesos diseñados para una época en la que resultaba costoso obtener información y, por tanto, tenía lógica tratar de hipertrofiar la memorización para intentar almacenarla, a otra en la que lo que tiene sentido es centrarse en otras cuestiones, asumiendo que la información específica va a estar disponible cuando la precisemos y que aquella que utilicemos habitualmente terminará memorizándose de manera natural.

Obviamente, no se trata de “condenar la memoria” o de “olvidarlo todo porque ya está en internet”, sino de buscar procesos que fijen conocimiento en nuestro cerebro mediante métodos en los que el fin último no sea la memorización, sino la comprensión. Muchísimas cosas en nuestros sistemas educativos están centradas en la memorización, el formato de clase, la toma de apuntes, la manera en que nos enfrentamos al estudio, los exámenes para evaluarnos… todos esos elementos deberían redefinirse completamente a la luz de la tecnología existente. Por supuesto que es bueno saber historia, pero entre enseñar historia tratando de centrarse en la lógica de por qué sucedieron las cosas y hacerlo mediante la reiteración para tratar de memorizar sin más un montón de hechos y fechas va un trecho importante.

Seguir considerando la función memorística como exaltación del saber ya no tiene ningún sentido: el examen como reto a la memoria, como proceso de retención de datos para su posterior recuperación de la manera más literal posible escribiéndola sobre un papel o recitándola ante un tribunal resultan cada día más anacrónicos y absurdos, pero seguimos teniendo infinidad de pruebas de ese tipo para acceder a una amplia gama de puestos y responsabilidades, como si el hecho de haberse aprendido un temario fuese en realidad garantía de algo, y un fuerte corporativismo que pretende preservar esas metodologías “porque yo tuve que pasar por ellas”. Mientras, el desarrollo de habilidades como el pensamiento computacional (muy recomendable el artículo de Stephen Wolfram al respecto, How to teach computational thinking), cruciales en la sociedad del futuro, tienen lugar completamente al margen de los procesos educativos, como si fuesen algo completamente ajeno a ello, y algo tan crucial como el manejo del entorno tecnológico que nos rodea aparece, con suerte, en asignaturas de segundo nivel, de esas que “no entran en la media”.

El día que enfoquemos la reforma de la educación como una adaptación al entorno tecnológico actual creo que habremos avanzado mucho.

 

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