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La logística como innovación

IMAGE: Illia Uriadnikov - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “La revolución logística“, y está dedicada al que sin duda se está configurando como uno de los grandes pilares del futuro, pero posiblemente también uno de los que menos atención recibe.

Hace muy pocos años, el estándar cuando adquirías un artículo mediante comercio electrónico era tener que esperar dos días para recibirlo. Ahora, cada día más, el estándar empieza a ser de dos horas. Y lo que algunas compañías consiguen convertir en una evolución casi natural y con costes perfectamente bajo control, para otras supone un obstáculo completamente inaccesible, implanteable, y un verdadero problema a la hora de plantearse cómo seguir siendo competitivos. El nuevo estándar solo puede ser adoptado por quienes han invertido previamente mucho para hacerlo posible, o se convierte en un sobrecoste que muy pocos productos pueden soportar y que el cliente no está dispuesto a abonar.

El papel de Amazon en esta transición es absolutamente innegable: la compañía, que ayer sufrió una caída de un 4% en su valoración bursátil tras presentar unos beneficios muy superiores a lo esperado, pero una facturación por debajo de las expectativas de los analistas, se ha convertido en cabeza visible de un movimiento de replanteamiento de la logística en el que se aglutinan desde tecnologías ya tangibles como los robots, los drones o el autoservicio, hasta apuestas impresionantes como los almacenes voladores o los túneles. Las patentes que sonarían poco menos que a fantasía en otro contexto, reciben una valoración completamente diferente cuando quien las registra es la misma compañía que ha logrado que pueda encargar artículos que no me hacía ilusión ninguna salir a comprar simplemente apretando un botón, o que pida algo que necesito y me llegue a mi casa a más de veinte kilómetros del centro de Madrid en menos de dos horas.

Ahora, la compañía anuncia la construcción de un nuevo centro de logística aérea de más de 360 hectáreas al lado de un aeropuerto de Kentucky, con 1,490 millones de dólares de inversión que generarán 2,700 puestos de trabajo a tiempo completo y parcial. Por si alguien pensaba que en estos temas todo se trataba de anuncios, demostraciones a pequeña escala y humo calentito. Lo que Amazon está liderando es toda una revolución edificada, en gran medida, en torno a la logística

Mientras, otras compañías exploran y despliegan ya alternativas como los robots de transporte terrestre para la logística de proximidad, surgen nuevos competidores con planteamiento de plataforma, y la disponibilidad de logística rápida se configura como una de las características que identifican a las zonas buenas de las ciudades.

La logística está protagonizando una auténtica revolución, que convierte en obsoletos muchos de los planteamientos que nos hacíamos hace muy poco tiempo, y que va a alterar de manera dramática los mapas competitivos de muchas industrias. Si los esquemas fundamentales de la logística de tu negocio no han cambiado demasiado en los últimos años, plantéate que puede que haya algo que no estés haciendo bien.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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Desarrollando nuestra madurez tecnológica

Terrafugia flying carMi columna en El Español de esta semana se titula “Madurez tecnológica“, y alude a una circunstancia que me tiene fascinado desde hace mucho tiempo: el hecho de que muchas personas, presumiblemente inteligentes, preparadas y acostumbradas a tomar decisiones en entornos complejos, opten en cambio por los tópicos, la desinformación y las generalizaciones burdas cuando entran en el terreno de la tecnología.

Por alguna razón, el rápido desarrollo de la tecnología nos enfrenta a miedos, a incertidumbres y a inercias que nos llevan a anclarnos en concepciones y contextos conocidos sin poner demasiado análisis en ello. La misma persona que es perfectamente capaz de aceptar que la medicina, por ejemplo, sea capaz de curar enfermedades que resultaban completamente incurables y fatales hace pocos años, tiene verdaderos problemas a la hora de aceptar que una máquina sea capaz de tomar decisiones en función de conclusiones propias elaboradas por ella misma, o que un automóvil sea capaz de conducir solo.

Da lo mismo que el número de fabricantes tradicionales de automóviles anunciando pruebas de vehículos autónomos en condiciones de tráfico real – ya no empresas tecnológicas, sino compañías automovilísticas “de las de toda la vida – se incremente de manera consistente: el escéptico te contestará que eso son pruebas limitadas, que solo se puede hacer bajo determinadas condiciones, que “no puede ser y además es imposible”, y que aunque se consiguiese, sería totalmente implanteable en los caminos de cabras de su pueblo o en las atestadas calles de su ciudad. Si le contestas que hay compañías que están haciendo esas pruebas en las calles de ciudades indias, seguramente el entorno de tráfico más desorganizado, anárquico y caótico del mundo en el que los peatones, las vacas y hasta los elefantes irrumpen en medio del tráfico rodado como si fuera una película de despropósitos, te contestarán que eso no es posible, obviando el hecho de que una máquina reacciona más rápido, mejor y con mayor conocimiento del entorno que una persona, gracias a la combinación de información almacenada previamente combinada con la que proviene de sus sensores en tiempo real.

Ya si le dices que los escenarios más plausibles prevén que en el año 2025 haya veinte millones de vehículos autónomos en las calles y carreteras del mundo, o que antes del final de este año 2017 ya tendremos prototipos viables de coches voladores autónomos, según ha anunciado una compañía tan poco sospechosa de anuncios alocados como Airbus, te tratarán directamente como si estuvieses loco y saldrán de la sala sacudiendo la cabeza y haciendo chistes sobre las sustancias que presuntamente ingieres o esnifas.

¿Por qué prescindimos de las evidencias experimentales y preferimos recurrir a los tópicos conocidos cuando hablamos de tecnología, del desarrollo de avances que pueden alterar drásticamente el contexto en que vivimos o en el que desarrollamos nuestras actividades? ¿Por qué, si tenemos la madurez suficiente para analizar contextos de diversos tipos, carecemos generalmente de la preparación necesaria para aceptar que las cosas pueden cambiar? ¿Por qué, como afirma la tercera ley del escritor británico de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, “toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” y es por tanto tratada como tal? ¿Por qué un médico hablando sobre los avances de la medicina es tratado como un genio, pero un tecnólogo hablando sobre el futuro de la tecnología es tratado como “un flipado”? ¿Cuándo me encontraré con audiencias y foros preparados para aceptar que el cambio no solo es rápido sino vertiginoso, que la disrupción es un fenómeno que se ha convertido prácticamente en parte de nuestro día a día, y sobre todo, que es posible y real? 

 

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Replanteando el papel del transporte

US Department of Transportation (DOT)El Departamento de Transporte de los Estados Unidos crea un comité al máximo nivel dedicado al estudio de los posibles impactos de la automatización del transporte en la sociedad, que incluye a máximos directivos de empresas de automoción, a académicos y estudiosos del ámbito del transporte, políticos y gestores públicos, y otras compañías interesadas en el tema y que juegan un papel destacado en el desarrollo de la cuestión, tales como Waymo, Uber, Lyft, Delphi o Apple.

El comité está dirigido por Mary Barra, la CEO de GM que recientemente expresó muchas de sus revolucionarias visiones de futuro sobre la automoción en esta recomendable entrevista, y por el alcalde de Los Angeles, Eric Garcetti, un convencido defensor de la movilidad eléctrica.

La iniciativa, que muestra las inquietudes e interés de la administración norteamericana en un desarrollo tecnológico que sin duda tendrá un fuerte impacto en los usos y costumbres sociales y en cómo vivimos a un relativo corto plazo calculado ya en torno a los tres años, refleja bastante bien el estado de las cosas que pude pulsar en mi reciente visita al NAIAS de Detroit: una industria que vive un momento de auténtico juego de las sillas musicales, en la que las alianzas entre fabricantes, gestores de flotas, socios tecnológicos y demás implicados están jugando un papel fundamental. Mientras algunas compañías como Tesla, Ford o GM parecen estar apostando fundamentalmente por desarrollos de vehículos autónomos fundamentalmente propios e independientes, otras como Toyota, Audi o BMW parecen jugar más la baza de la colaboración con proveedores tecnológicos como Mobileye, Intel, Nvidia u otros, otras como Daimler desarrollan sus propios gestores de flota con Car2go o MyTaxi, o desarrollan productos con gestores de flotas, como Volvo con Uber, y otras como Waymo parecen optar por la integración y fabricación de cada vez más de sus sensores y componentes y por ofrecer sus servicios a compañías como Fiat Chrysler.

Mientras algunos siguen simplemente insistiendo en modelos en el que se sustituyen vehículos de gasoil y gasolina por eléctricos en torno a un esquema de propiedad individual, escenario en el que la mayoría de los problemas persisten o incluso se empeoran, otros ya parecen darse cuenta de que nos dirigimos, si todo va bien, a planteamientos completamente distintos, en los que la movilidad se plantea como servicio, los vehículos pertenecen a flotas que los explotan con niveles de racionalidad muy superiores a lo que podemos esperar en una persona o familia, que únicamente puede aspirar a usos de en torno a un 3% del tiempo. La idea de una explotación individual del vehículo autónomo, sencillamente, no tiene ningún sentido desde el punto de vista económico, y generaría escenarios en los que el volumen circulatorio, por culpa de desplazamientos de vehículos vacíos en determinados trayectos o en busca de espacio de aparcamiento, podría llegar a elevarse en lugar de disminuir.

Mientras, la vieja industria sigue dando sus últimos coletazos: Volkswagen se reconoce culpable ante la justicia norteamericana y se compromete al pago de una multa de 4,300 millones de dólares al gobierno federal, sanción a la que habrá que sumar el resultado de las demandas de los consumidores, que discurren de manera independiente. Dos directivos de la compañía, el director de ingeniería y el de cumplimiento normativo, acusados de cargos criminales, reflejan lo que ocurre cuando la industria decide ignorar su papel en el problema más importante al que nos enfrentamos actualmente, el cambio climático, e insiste en seguir fabricando motores sucios.

A este tipo de temas tema dediqué esta semana mi columna en El Español, que titulé “Automóviles y ética empresarial“: una industria que se resiste al cambio y que supuestamente pretende seguir manteniendo sus líneas de producto inalteradas, retrasando una transición fundamental hacia tecnologías limpias que ya están disponibles, y que solo precisan de la inversión en escala necesaria para convertirlas en realidad a nivel masivo. Si la industria se descuida y no se reinventa a tiempo, se encontrará ante la peor situación imaginable: ser considerados como los auténticos sucesores de la industria tabaquera. Mientras las cosas sigan así, y el principal producto de la industria del automóvil sigan siendo motores con emisiones que nos envenenan, que no me vengan a hablar ni de ética, ni de responsabilidad social corporativa, por favor…

 

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La incapacidad para aceptar que la inteligencia no es exclusivamente humana

IMAGE: LucaDP - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Negaciones irracionales“, y trata – por enésima vez – de hacer que los lectores entiendan que una máquina ya no es lo que durante años entendimos por una máquina, que ya no es simplemente un autómata capaz de repetir unos pasos programados, sino que se ha convertido en mucho más, y que ya es perfectamente capaz de tomar decisiones de aprendizaje no supervisado, de escoger caminos aleatorios o de iterar diversos niveles de conocimiento para llegar a soluciones a las que un humano no había llegado previamente.

De acuerdo: nos hemos pasado décadas enseñando a las personas que un ordenador era un autómata, era una máquina que solo podía ejecutar los comandos que un programador le había introducido. La consecuencia de A siempre era B, porque así lo decía el programa, y porque así debía ser. A la hora de cuadrar la contabilidad o de hacer las nóminas, no queríamos que el ordenador fuese creativo en absoluto, solo queríamos que llevase a cabo una rutina determinada, sin errores, sin apartarse de lo que el programa establecía. Para la mayor parte de los usuarios, un ordenador sigue siendo eso, una máquina que debe hacer exactamente lo que el usuario le pide en una secuencia perfectamente previsible… y si no lo es, si hace alguna otra cosa, es un bug, un error. La idea de que el ordenador pueda tomar decisiones en función de la experiencia, pueda estimar distintas posibilidades o pueda optimizar un proceso basándose en otro que ha descubierto de manera aleatoria les resulta no solo intimidatoria, sino directamente inaceptable y peligrosa.

Todavía hay muchas personas para las que la idea de que un simple programa de GPS, alimentado con los datos de miles de usuarios, sea capaz de estimar el tiempo de desplazamiento en una ruta mejor que ellos les parece impensable, y de hecho, se dedican a llevarle la contraria con suficiencia, con aire de “qué va a saber el cacharro este”. Pero vayamos un punto más allá: la idea de que un ordenador en la nube sea capaz de consolidar el tráfico de todos los usuarios que utilizan una aplicación de GPS determinada, y decida recomendar a la mitad de ellos que vaya por una ruta y a otros que vayan por otra, con el fin de alcanzar así una solución óptima, resulta completamente inaceptable. ¿Quién es esa app para decirme a mí por donde circulo, para arrebatarme mi libertad de hacer lo que me dé la gana?

Me desespera completamente la incapacidad de muchos para aceptar que una máquina puede desarrollar un nivel de inteligencia superior a la de los hombres. En realidad, basta con leer con cierta atención el relato de la segunda partida de Alpha Go contra Lee Sedol, en la que la máquina llevó a cabo jugadas no solo impresionantes o “bellas” desde un punto de vista humano, sino que además, eran imposibles de imaginar y no habían sido realizados nunca en otras partidas en la historia.

Para muchos, la idea de inteligencia está, por alguna cuestión cuasirreligiosa, vinculada con la naturaleza humana, unida a esta de manera indisoluble. La posibilidad de aceptar que una máquina no solo gestione el conocimiento y la experiencia previa de manera infinitamente más eficiente y precisa que un humano, sino que además, sea capaz de construir sobre ese conocimiento previo iterándolo y explorando alternativas de manera no supervisada, les resulta completamente anatema. Son incapaces de aceptar que una máquina pueda hacer algo más que repetir mecánicamente comandos programados por una persona, cuando la realidad es que las máquinas ya están mucho más allá, y pueden hacer cada vez más cosas para las que antes era preciso contar con una inteligencia humana. Es, en realidad, una incapacidad para entender el concepto de machine learning e inteligencia artificial, una imposibilidad casi metafísica para aceptar que hemos sido capaces de desentrañar los algoritmos que los humanos llevamos a cabo para aprender, y hemos sido capaces de reconstruirlos sobre una máquina.

En realidad, el problema viene de considerar al hombre como una especie de centro de la creación, una absurda visión antropocéntrica del mundo. En la práctica, y reducidos a la biología, somos simples algoritmos bioquímicos, y nuestras habilidades cognitivas son perfectamente paralelizables: cómo recordamos, cómo aprendemos, cómo hacemos inferencias, cómo deducimos, cómo solucionamos problemas. En muchos de esos procesos, de hecho, la máquina ya excede claramente las capacidades del hombre. ¿Qué le ocurrirá al mercado laboral cuando la inteligencia artificial consiga mejores resultados que los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas? ¿Qué ocurrirá cuando los algoritmos sean mejores que nosotros recordando, analizando y reconociendo pautas? La idea de que los humanos siempre tendrán una capacidad única fuera del alcance de los algoritmos no conscientes es solamente una vana ilusión, no asentada en ningún tipo de conclusión seria. 

Para prepararnos para el futuro, es indispensable entenderlo. Y partir de dogmas religiosos o del desconocimiento de los procesos que permiten a las máquinas aprender y desarrollar inteligencia no es la mejor manera de hacerlo.

 

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Los peores ciegos son los que no quieren ver

Robots come to steal our jobs!!! (IMAGE: E. Dans)Mi columna de esta semana en El Español se titula “El fin de un sistema“, y habla sobre la evolución de una sociedad en la que el concepto de trabajo se dispone a redefinirse completamente a través de la progresiva sustitución de personas por máquinas en un número cada vez más elevado de tareas de todo tipo.

Hablamos, muy posiblemente, del cambio social más importante vivido en la historia de la humanidad, con mucha mayor trascendencia que la primera revolución industrial debido, sobre todo, a la mayor velocidad con la que tiene lugar, pero a pesar de su enorme relevancia, una parte muy significativa de la sociedad prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en la arena. Hablamos de un cambio que amenaza con ir dejando sin empleo a cada vez más personas, una lista que va incluyendo progresivamente a cada vez más profesiones que van perdiendo su sentido, sustituidas por máquinas que desarrollan esas ocupaciones de manera mucho más competitiva. Cada vez que un competidor adopta esas innovaciones, cada vez que incorpora más robots y más machine learning, se convierte en el nuevo benchmark, en la nueva referencia a batir, en el incremento marginal que ningún otro competidor puede ignorar.

Ya no hablamos de sustituir empleos de escaso valor añadido: la transición ya no afecta solo a los trabajos aburridos, mecánicos, sucios o peligrosos, sino a cada vez más tareas y ocupaciones. Sin duda, aparecerán nuevas profesiones, muchas de las cuales tendrán características que nos llevarán a considerar un cambio tan radical en el concepto de trabajo que lo conviertan en irreconocible para muchos, pero también tendremos una amplia cantidad de profesiones que, simplemente, desaparecerán. Y la capacidad de reeducación o recualificación de muchas de esas profesiones será, en muchos casos, muy compleja o imposible.

El futuro, por pura lógica matemática, solo puede traer la quiebra del sistema de subsidios y coberturas que conocemos. La red de seguridad que se supone debía proteger a los excluidos se ha convertido en una trampa social, cada vez más compleja en su administración, más injusta en su funcionamiento, y además, destinada a la quiebra. Y la única manera de sustituirla es rediseñándola completamente en torno a la idea de sistemas universales e incondicionales que lo simplifiquen, que eviten tasas impositivas marginales absurdas aplicadas a quienes no lo merecen, y que aseguren que en una era de más abundancia, esta se reparte de la manera adecuada y justa. Prolongar la agonía del sistema anterior solo nos lleva a tasas de exclusión cada vez mayores, a tratar de estirar esquemas piramidales de forma insostenible y a generar una mayoría desencantada dispuesta a votar al presunto salvador – o payaso – de turno como si fuese su última esperanza.

Como hemos podido ver a lo largo del año 2016, la situación ya no admite que sigamos cerrando los ojos o enterrando la cabeza en el suelo, o nos estaremos abocando a un desastre político sin precedentes. No hay peores ciegos que aquellos que no quieren ver. Mientras, como sociedad, no abramos una reflexión seria y no simplista sobre este tema, estaremos condenados a seguir intentando exprimir un sistema deficiente y disfuncional. Estaremos intentando construir el futuro con herramientas del pasado.

 

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La banca y la disrupción

IMAGE: Lorelyn Medina - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Facebook Bank“, y habla de la licencia bancaria obtenida en Irlanda por la red social a los dos años de solicitarla, y de cómo podría afectar la progresiva entrada de las compañías tecnológicas a nivel internacional en el ámbito de los servicios de banca, como ha ido ocurriendo en los Estados Unidos con ejemplos tan exitosos como Square, Venmo (perteneciente a PayPal) o Snapcash (lanzado por Snapchat en combinación con la primera), entre otros. 

¿Qué pasa cuando compañías enormes, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) comienzan a invadir tu negocio? No, mantener un sistema de pago entre particulares no es lo mismo que hacer banca, te dicen… es solo la parte sencilla del negocio, te dicen, nosotros hacemos muchas más cosas. Sí, pero esa parte sencilla del negocio acostumbra al cliente a que determinadas operaciones que hace a menudo pasan a tener como protagonista a alguien que no es un banco, y que por las razones que sea, funciona de una manera que no les resulta incómoda: mejores interfaces, mejor uso de la información, mejor atención al cliente, mejor imagen, mayor nivel de innovación… e incluso más fondos!

Los bancos juegan con un lastre: en la mayoría de los mercados, tienen una percepción mala, una imagen negativa. Pueden jugar a agruparse, ofrecer sistemas sin comisiones o tratar de ser vistos como innovadores, pero la verdad es que otras compañías juegan más fuerte que ellos en su propio terreno porque, después de todo, hablamos de un negocio ya puramente digital desde hace mucho tiempo. Los pagos son prácticamente la última frontera analógica que quedaba, y cuando esa desaparezca del todo, poco más quedará para defender. ¿Pretenden las grandes compañías tecnológicas ser los nuevos bancos? No en breve, como tampoco se han lanzado a ser las nuevas discográficas o los nuevos periódicos… pero sí se han posicionado impecablemente para ello. Los pagos, como el streaming en la música o como las plataformas de tipo AMP o Instant Articles en la prensa, son solo una cabeza de puente: lo que viene detrás, el cómo y el cuándo están aún por ver.

Para la banca vienen tiempos complicados. Y la solución, como algunos ya parecen haber visto claramente, no es considerar a esas compañías como enemigos o como simples competidores al uso. La cosa va más por otros derroteros…

 

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La peligrosa química de la web

IMAGE: Alexander Parenkin - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Mezclas peligrosas“, y hace referencia a la compleja química de la web, en la que una serie de componentes que estaban destinados a ser individualmente beneficiosos terminan generando una reacción explosiva.

¿Cuáles son los componentes que han convertido a la web en un peligroso lugar que favorece la circulación de noticias falsas, bulos virales y desinformación? En primer lugar, claramente, la caída de las barreras de entrada a la publicación. Un fenómeno que conozco como pocos, que posibilita que pueda estar aquí cada día compartiendo un texto con vosotros, cuando antes tenía que enviarlo a un medio de comunicación, confiar en que pasase un cierto filtro más o menos riguroso, esperar la confirmación de que “hubiese papel” (siempre me hizo gracia eso de “esta semana no salimos porque no hay papel”, referido al balance entre contenido y publicidad… cuando eso pasaba, me daban ganas de enviar a la redacción un poco de papel… higiénico 🙂 y finalmente, verlo salir impreso unos días después. Frente a aquello, la actual situación de “ser mi propio editor” y darle a “Publicar” cuando me da la real gana me parece indudablemente mejor. Que las barreras de entrada a la edición y publicación caigan parece en principio una buena noticia, da voz a más personas, y democratiza la sociedad… hasta que llega un espabilado y decide que, como publicar es fácil, está en su supuesto derecho de publicar cualquier cosa.

El segundo componente es el sistema de incentivos que genera la publicidad. La publicidad en internet parece, sin duda, una buena idea: el medio permite segmentaciones más precisas, permite teóricamente dar a cada uno los mensajes que más le interesan o que más probabilidades tiene de estar buscando, ofrece un feedback más rápido y permite que muchos encuentren una forma de financiar sus publicaciones. Y todos felices… si fuese simplemente así. Sin embargo, la copia de modelos de otros canales lleva al abuso, al exceso de formatos intrusivos, y sobre todo, a primar cantidad frente a calidad, lo que lleva a poner la métrica de las páginas vistas por encima de todo, incluido el sentido común. Hay medios – no pocos – que recargan automáticamente sus páginas cada pocos minutos para añadir una página vista, como los hay que harían cualquier cosa por un clic, hasta prostituir completamente sus titulares en esa aberración denominada clickbait. Cuantas más páginas vistas tienes, mejor eres y más dinero ganas.

En tercer lugar, unas redes sociales que nos permiten conectarnos con nuestros amigos y con las personas con las que compartimos ideas y aficiones. Aparentemente, un gran invento. Hasta que comprobamos que aparecen personas para las que esas redes sociales se convierten en el prisma por el que miran el mundo, que las interpretan como ese sitio en el que son tanto mejores cuantos más “me gusta” reciben y más followers tienen, en una especie de persecución de la “micro-fama” que lleva a cometer excesos, a compartir cosas que, muy posiblemente, no deberían ser compartidas.

Finalmente, el desarrollo de algoritmos de recomendación que escogen por nosotros lo que queremos ver, utilizando componentes como lo que hemos visto anteriormente, lo que han visto nuestros amigos, o lo que nos ha generado una reacción. Aparentemente, algo positivo que trabaja por nosotros y nos permite escoger lo que queremos leer, en medio de un océano inabarcable de información. Pero de nuevo, si combinamos esto con el hecho de que tendemos a tener amigos que piensan relativamente parecido a nosotros, el resultado es la famosa filter bubble de Eli Pariser, una auténtica “cámara de los espejos” en la que nuestro pensamiento se ve amplificado, corroborado y multiplicado infinitas veces por el de otros, y nos lleva a sentirnos validados, a creer que todo el mundo piensa como nosotros, a pensar que el resto no lo dice por aquello de “la corrección política”, y a que un racista, machista, ultra e impresentable tenga ganas de echarse a la calle a vapulear a la primera inmigrante con la que se cruce. O a echarse a la urna y votar por el primer candidato que cree que representa unas ideas que ni siquiera deberían estar permitidas en sociedad, porque van en contra no solo de la Constitución, sino del sentido común.

Es la “tabloidización” de la web, o según algunos, la web como reflejo de la sociedad. Y por supuesto, la solución no está en considerar culpable a la web ni en pretender absurdamente “abolirla”, sino en regular la mezcla de esos componentes, facilitar que se usen, pero evitar que se abusen. Algo para nada sencillo, un camino indudablemente tortuoso que muchos podrán pretender utilizar para convertirse en censores, donde pagarán justos por pecadores, en donde se confundirán factorías coordinadas de  fake news con sátiras o parodias perfectamente aceptables, donde habrá que tener muy en cuenta matices de todo tipo. Pero que sea complejo no quiere decir que no haya que hacerlo o que se pueda nadie escaquear de su responsabilidad. Si construyes un canal que convierte aparentemente en verdad todo aquello que tiene muchos Likes, es obvio que vas, más tarde o más temprano, a necesitar algún tipo de instrumento de control. Crearlo no será fácil, pero si no lo haces, el resultado, muy posiblemente, no te gustará, y tu contribución a la sociedad no habrá sido precisamente positiva. 

 

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Twitter y sus problemas con la naturaleza humana

Twitter harassmentMi columna de esta semana en El Español se titula “Twitter y la naturaleza humana“, y habla de cómo los problemas de la red del pájaro azul con los insultos, el bullying, la humillación, el hate speech o el acoso han conseguido que perdiese la oportunidad de ser objeto de una adquisición que podría haber significado una esperanza interesante de futuro para la compañía.

Cuando hablamos de ese tipo de cuestiones en Twitter, no hablamos de un comportamiento ocasional, de algo que sucede únicamente de forma excepcional o de un problema vinculado con circunstancias especiales: hablamos de algo que sucede todos los días, de manera constante y habitual, y contra lo que la compañía e ha manifestado completamente incapaz de tomar ninguna iniciativa mínimamente seria. A lo largo del tiempo, la actitud de Twitter hacia este tipo de comportamientos ha oscilado entre la total complacencia y la tolerancia amparada en un supuesto respeto escrupuloso a la libertad de expresión, olvidando que, en la inmensa mayoría de esos casos, lo que se conculcaba era precisamente la libertad de expresión de los que tenían la desgracia de ser objeto de acoso, abuso o insultos.

La sociedad no desarrolla unas normas de comportamiento por capricho. Las reglas y protocolos sociales, la educación, las buenas maneras y el respeto están ahí para hacer posible la convivencia humana. Cuando en una red se permite de manera completamente expresa que esas normas sean vulneradas, ocurre lo que ocurre: que la naturaleza humana prevalece, muchos disfrutan convirtiéndose en “malotes” – por prudencia me guardaré la forma en la que los adjetivaría yo – que insultan y acosan a sus anchas, y muchos más les hacen coro, los amplifican y les ríen las gracias. Que Twitter no haya, en ningún momento de su historia, emprendido una política de exclusión sin miramientos, de expulsión sumaria y sin posibilidad de recurso de todo aquel que vulnere unas normas de convivencia razonables, ha llevado a que ahora no solo tenga problemas, sino que incluso pierda muchos miles de millones de dólares por una oferta que una compañía se planteó hacerle, pero descartó porque esos comportamientos podían perjudicar a su reputación.

Tras varios años de dejación de responsabilidad y sin hacer nada al respecto, los insultados, abochornados públicamente, acosados o humillados no son uno ni dos: son legión, y entre ellos se cuentan todo tipo de perfiles, desde mujeres objeto de insultos alucinantemente sexistas o salvajemente inhumanos, hasta personas atacadas en función del color de su piel, su religión o sus creencias, pasando por toreros, artistas, y muchas, muchas personas anónimas que simplemente tuvieron la desgracia de cruzarse con quien no debían. Hoy, encontrar la propuesta de valor de Twitter, que la tiene, exige mantener un comportamiento razonablemente discreto, seguir a las personas o medios que pueden publicar información relevante para ti, alguna vez compartirla – siempre dejando claro que tus retweets no implican apoyo, no vaya a ser que alguien se mosquee – y compartir pocas cosas, bajo el permanente riesgo de que aparezca un “simpático” a sacarle punta a algo que has podido decir o a una foto que hayas podido compartir. Y cuando digo un “simpático” es precisamente eso: un mecanismo que lleva a que, por ser más cruel, más dolorosamente creativo o más irónico, te hagan muchos más los coros y la red te premie con muchos más seguidores. La historia y evolución de Twitter es tan sencilla como decir que los malos siempre ganaron.

La naturaleza humana, tristemente, no va a cambiar. La única respuesta para contenerla y vivir en sociedad razonablemente bien sin estar tirándonos los trastos a la cabeza y convirtiendo el ambiente en irrespirable es poner reglas, es hacerlas cumplir escrupulosamente, es el community management bien entendido y bien ejecutado. No, los insultos y el acoso no son el único problema de Twitter: también están los bots absurdos, el spam y algunos más. Pero si Twitter quiere tener futuro, sola o gestionada por un tercero, tiene únicamente dos opciones: corregir este problema, o corregir este problema. No hay más.

 

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