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Twitter y sus problemas con la naturaleza humana

Twitter harassmentMi columna de esta semana en El Español se titula “Twitter y la naturaleza humana“, y habla de cómo los problemas de la red del pájaro azul con los insultos, el bullying, la humillación, el hate speech o el acoso han conseguido que perdiese la oportunidad de ser objeto de una adquisición que podría haber significado una esperanza interesante de futuro para la compañía.

Cuando hablamos de ese tipo de cuestiones en Twitter, no hablamos de un comportamiento ocasional, de algo que sucede únicamente de forma excepcional o de un problema vinculado con circunstancias especiales: hablamos de algo que sucede todos los días, de manera constante y habitual, y contra lo que la compañía e ha manifestado completamente incapaz de tomar ninguna iniciativa mínimamente seria. A lo largo del tiempo, la actitud de Twitter hacia este tipo de comportamientos ha oscilado entre la total complacencia y la tolerancia amparada en un supuesto respeto escrupuloso a la libertad de expresión, olvidando que, en la inmensa mayoría de esos casos, lo que se conculcaba era precisamente la libertad de expresión de los que tenían la desgracia de ser objeto de acoso, abuso o insultos.

La sociedad no desarrolla unas normas de comportamiento por capricho. Las reglas y protocolos sociales, la educación, las buenas maneras y el respeto están ahí para hacer posible la convivencia humana. Cuando en una red se permite de manera completamente expresa que esas normas sean vulneradas, ocurre lo que ocurre: que la naturaleza humana prevalece, muchos disfrutan convirtiéndose en “malotes” – por prudencia me guardaré la forma en la que los adjetivaría yo – que insultan y acosan a sus anchas, y muchos más les hacen coro, los amplifican y les ríen las gracias. Que Twitter no haya, en ningún momento de su historia, emprendido una política de exclusión sin miramientos, de expulsión sumaria y sin posibilidad de recurso de todo aquel que vulnere unas normas de convivencia razonables, ha llevado a que ahora no solo tenga problemas, sino que incluso pierda muchos miles de millones de dólares por una oferta que una compañía se planteó hacerle, pero descartó porque esos comportamientos podían perjudicar a su reputación.

Tras varios años de dejación de responsabilidad y sin hacer nada al respecto, los insultados, abochornados públicamente, acosados o humillados no son uno ni dos: son legión, y entre ellos se cuentan todo tipo de perfiles, desde mujeres objeto de insultos alucinantemente sexistas o salvajemente inhumanos, hasta personas atacadas en función del color de su piel, su religión o sus creencias, pasando por toreros, artistas, y muchas, muchas personas anónimas que simplemente tuvieron la desgracia de cruzarse con quien no debían. Hoy, encontrar la propuesta de valor de Twitter, que la tiene, exige mantener un comportamiento razonablemente discreto, seguir a las personas o medios que pueden publicar información relevante para ti, alguna vez compartirla – siempre dejando claro que tus retweets no implican apoyo, no vaya a ser que alguien se mosquee – y compartir pocas cosas, bajo el permanente riesgo de que aparezca un “simpático” a sacarle punta a algo que has podido decir o a una foto que hayas podido compartir. Y cuando digo un “simpático” es precisamente eso: un mecanismo que lleva a que, por ser más cruel, más dolorosamente creativo o más irónico, te hagan muchos más los coros y la red te premie con muchos más seguidores. La historia y evolución de Twitter es tan sencilla como decir que los malos siempre ganaron.

La naturaleza humana, tristemente, no va a cambiar. La única respuesta para contenerla y vivir en sociedad razonablemente bien sin estar tirándonos los trastos a la cabeza y convirtiendo el ambiente en irrespirable es poner reglas, es hacerlas cumplir escrupulosamente, es el community management bien entendido y bien ejecutado. No, los insultos y el acoso no son el único problema de Twitter: también están los bots absurdos, el spam y algunos más. Pero si Twitter quiere tener futuro, sola o gestionada por un tercero, tiene únicamente dos opciones: corregir este problema, o corregir este problema. No hay más.

 

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La paella y los puristas

Jamie Oliver and paella Mi columna de El Español de esta semana se titula “Paella es paella“, y utiliza el ejemplo de las airadas reacciones de muchos al tweet del gran Jamie Oliver para ilustrar las reacciones a la innovación, a la variación sobre conceptos previos o a la experimentación.

Que un gran chef internacional, no solo reconocido sino además dotado de una importante conciencia social que le ha llevado a ayudar a personas sin recursos para trabajar en la hostelería, o a embarcarse en ambiciosas campañas contra la obesidad infantil en Estados Unidos o, actualmente, en Canadá, decida hacer su propio y personal homenaje a la paella, y reciba por ello todo tipo de improperios, descalificaciones y ofensas da como para elaborar unas cuantas teorías sobre el tema. The Guardian ha concluido que los españoles somos incapaces de ponernos de acuerdo hasta para formar gobierno o para parar la corrupción, pero lo hacemos para atacar a alguien por reinterpretar la paella.

¿Tiene sentido indignarse y lanzar insultos a alguien por utilizar una palabra, paella, para denominar una creación que, aunque no sea fiel a la receta original, sí la toma como base? ¿Qué temen los autodenominados “puristas” que lo hacen? ¿Acaso creen que, si no salen en defensa de su sacrosanto término, la identidad del mismo terminará por diluirse entre un maremagno de recetas – para ellos abominables simplemente por ser diferentes – y podría perderse para siempre? ¿Qué hay detrás de ese intolerante “que haga lo que quiera pero que no lo llame paella”? Le llamo lo que me da la gana, ¿o acaso la palabra es tuya? 

¿Qué hace que un país donde existen tantas interpretaciones de paella como habitantes, y que maltrata a los turistas con espantosas “paellas” (esas sí que no merecen ese nombre) recién descongeladas en las terrazas de los bares de muchas zonas, se levante en armas contra alguien por ponerle chorizo a la suya? El término no está sujeto a ningún tipo de protección, no está vinculado en exclusiva a ninguna regla ni territorio como ocurre con las denominaciones de origen, y pretender establecer algún tipo de supuesto Consejo Regulador de la Paella que dicte qué recetas pueden recibir el nombre y cuáles no me parece, lisa y llanamente, una estupidez.

Parece una tontería o un detalle sin importancia, pero ese tipo de purismo, ese “la palabra es mía y que no la utilice nadie más porque le insulto”, ese “no me toques las tradiciones” y aquel rancio “qué vas a saber tú de paella si naciste en (introdúzcase aquí cualquier lugar alejado más de cincuenta kilómetros del levante español)” podemos ver muchas de las actitudes que conocemos con respecto a otras innovaciones. No, el purismo y la defensa agresiva de la tradición nunca tiene sentido. No, lo siento, te pongas como te pongas, la tradición no es “mancillada” porque Jamie Oliver le ponga chorizo a una paella. Esa, sencillamente, no es la aproximación correcta. Si fuiste de los que se lanzó a las redes sociales a despotricar contra la paella de Jamie Oliver, creo sinceramente que deberías replantearte tus cerriles actitudes. Mi paella está riquísima según todos mis amigos (a lo mejor por eso de que son amigos, no lo sé), tiene incluso menos ingredientes que la tradicional, y yo, puristas, me desayuno un par de ellos todos los días con el café…

Si quieres hacer algo positivo, consigue invitar a Jamie Oliver a alguno de los maravillosos restaurantes al borde de la playa en El Saler, por ejemplo. Llévatelo a la cocina, explícale todos los cómo y los porqués de cada cosa, los secretos del recipiente, las distintas variedades del arroz, los ingredientes, el origen histórico que definió la paella como “plato de arroz hecho con lo que tengo a mano” (que incluía en su momento hasta la rata de agua, ahora protegida, que abundaba en los arrozales), los secretos del punto del arroz, el delicioso socarrat… y que con todo lo aprendido, vuelva a inspirarse las veces que quiera, pero desde la perspectiva del fuego amigo, sin miedo de ofender a nadie. Jamie Oliver es un tipo muy especial: sabe convertir en mediático todo lo que toca, es capaz de plantear el uso de sus habilidades para causas importantes y con sentido, y hace gala de una sensibilidad social tan impresionante como su deliciosa adicción a la capsaicina. Mucho mejor tenerlo como amigo que como enemigo. Mucho mejor que piense que en España hay personas que aprecian sus creaciones y están dispuestos a contribuir a ellas, que el que nos vea como una turba enfebrecida y vociferante contra quienes “ofenden” nuestras tradiciones. Esa segunda aproximación, de hecho, es una ESTUPIDEZ, así con mayúsculas.

Las tradiciones se engrandecen cuando permitimos que sirvan como puntos de partida, como bases de construcción, como contribución a otras creaciones. Nada se gana con el inmovilismo, el purismo y la exclusión. Ni en cocina, ni en ninguna otra disciplina.

 

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Renovables y futuro

IMAGE: Vaclav Volrab - 123RF

Mi columna de esta semana en El Español se titula “Renovables y visión de futuro“, y es el resultado de comprobar la tremenda paradoja entre los anuncios e inversiones llevados a cabo por empresas tecnológicas como Google, Apple, Facebook o Amazon para poner en marcha sus políticas de abastecimiento de energías renovables, y la realidad aún tristemente mayoritaria de una industria eléctrica tradicional o de países como España que se mantienen anclados en la generación sucia mediante combustibles fósiles a pesar de la progresiva ganancia en eficiencia de las renovables.

Monstruos del consumo energético que tienen que abastecer de energía de manera fiable gigantescos centros de datos consiguen asegurar que su energía proviene de fuentes renovables en porcentajes sorprendentes, y planifican un futuro en el que la totalidad de su consumo provendrá del viento o del sol. Google es ya la compañía que más energía renovable adquiere en el mundo, detalla uno a uno todos sus contratos, y apunta a que la totalidad de su consumo provenga pronto de fuentes renovables. Apple ya obtuvo un 93% de su consumo de estas fuentes en el año 2105, incluyendo la totalidad de la energía consumida por sus centros de datos. Facebook se acerca ya a la mitad de su consumo, Salesforce adquiere más energía renovable que la que consumen sus centros de datos, mientras Amazon, además de construir el parque eólico más grande del mundo, anuncia igualmente su compromiso para un abastecimiento íntegro de fuentes renovables. El empeño en construir o propiciar la construcción de granjas eólicas o solares por parte de estas compañías es tan relevante, que parece que producir energía fuese ya una parte central de su negocio, que fuesen empresas eléctricas en lugar de dedicarse a otros menesteres.

Las búsqueda de energía de fuentes renovables por parte de estas empresas es tan ávida, que las empresas eléctricas tradicionales no consiguen acceso a la producción de las granjas solares o eólicas recientemente creadas en los Estados Unidos, porque la totalidad de su producción está comprometida mediante contratos a largo plazo con empresas tecnológicas que han sabido entender el fenómeno a tiempo. Basta con que surja un número suficiente de compañías con esta actitud, para que resulte rentable construir granjas solares y eólicas en cada rincón, y mucho más si las características de determinados territorios, en función de sus condiciones naturales, lo propician. En el caso de una gran parte de España, que no haya paneles solares encima de cada tejado es un absoluto contrasentido, y que se haya intentado evitar mediante restricciones artificiales es una irresponsabilidad política de primera magnitud.

¿Qué han visto estas compañías en las energías renovables? ¿Simplemente una forma de maquillar sus memorias corporativas y “parecer buenos”? No parece muy lógico pensar que sea así, que todas estas grandes empresas hayan sido víctimas de algún tipo de epidemia de buenismo corporativo y de obsesión por la responsabilidad social. En realidad, se trata sencillamente de entender el progreso de la generación mediante métodos renovables, y cómo la progresiva ganancia en eficiencia hace ya posible imaginar un futuro en el que las energías limpias conformen un gran porcentaje de la generación total. No, no son simplemente buenos deseos: es que frente a la rancia actitud de “no puede ser y además es imposible” de muchas compañías eléctricas tradicionales, ha surgido la evidencia de que la aplicación de mejoras de eficiencia a los procesos de generación de energía eólica o solar hacen que esas perspectivas sean hoy en día muchísimo más realistas.

¿Para cuando una mentalidad en la totalidad de los ciudadanos o en los políticos mínimamente parecida a la que tienen estas compañías? ¿Cuándo dejaremos de intentar impedir el progreso mediante absurdos impuestos al sol y medidas abiertamente corruptas que plantean desincentivos a la generación limpia? ¿Cuántos años más de tópicos falsos de “es buenismo”, “no es suficiente” o “no es rentable si no se subvenciona” cuando la evidencia se acumula en las cuentas de resultados de cada vez más compañías? ¿Cuánto queda para que en lugar de empeñarnos en hacer lo más barato y rentable a corto plazo, exijamos que se haga lo más lógico y responsable?

 

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La Comisión Europea es profundamente retrógrada

Euro dislikeMi columna de esta semana en El Español se titula “El desastre europeo del copyright“, y se une a muchos análisis más que han calificado la absurda Propuesta para una directiva del Parlamento y Consejo europeo sobre el copyright en el mercado único como de auténtico disparate retrógrado, un dislate que en lugar de en lugar de ponerse como fin intentar evolucionar el concepto de propiedad intelectual, ha decidido anclarse firmemente en el pasado y tratar de defender a toda costa los intereses de determinadas industrias que se niegan a aceptar que el mundo ha cambiado.

No, tratar de controlar a toda costa las noticias para que cualquier conversación que se establezca sobre ellas devengue un pago al medio que las publicó es algo que no tiene ningún sentido. Toda la vida se han comentado las noticias, porque las noticias, de hecho, están para ser comentadas, y los medios, de hecho, buscan activamente su cuota de atención. Hacer responsables a las redes de lo que publican sus usuarios en ellas es absurdo y genera un estado policial, o peor, un estado leguleyo en el que todo lo que se publica tiene que pasar por los ojos de los abogados, una auténtica judicialización constante y agobiante de la conversación. Y ya, en el colmo del desastre, perseguir el enlace, criminalizarlo y considerarlo algo por lo que hay que pagar o que hay que controlar, una estúpida idea que ya se probó absurda, de imposible aplicación y profundamente negativa en España y Alemania, ahora traída de vuelta por la incompetencia de las autoridades europeas.

Lo único que demuestra Jean-Claude Juncker y la Comisión Europea con esta propuesta es cuánto de lejos están de entender la evolución de la sociedad, y cómo de sensibles son a las presiones de determinados lobbies. No, el copyright no puede usarse para proteger a los periódicos ni a nadie: el copyright es algo pensado para proteger la innovación y el progreso, no para restringirlo y ponerle coto. Con la aplicación de una directiva como esta, Europa se convertiría en un auténtico desierto de innovación y progreso, en el que antes de crear nada nuevo hay que pedir permiso. En lugar de comprometerse con una reforma valiente del copyright, la Comisión Europea ha decidido dedicarse únicamente a proteger los viejos modelos de negocio.

Algunos análisis y lecturas interesantes para documentarse sobre la propuesta:

 

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Replanteando la educación

IMAGE: Fabio Berti - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “El reto educativo“, e intenta reflexionar sobre la necesidad de replantear los procesos educativos a todos los niveles para adaptarlos a un entorno tecnológico en el que el acceso a la información resulta infinitamente más sencillo y prácticamente inmediato con respecto a como lo era en épocas anteriores.

La evolución del hombre está inseparablemente vinculada a la tecnología. En su momento, llegamos incluso a definir los períodos de esa evolución como la edad de piedra, del bronce o del hierro, en una clasificación ahora criticada por simplista y estar centrada en el entorno europeo, pero que asume claramente que la manera en que el hombre evoluciona está determinada por las tecnologías que tiene a su alcance.

El reto de la educación es pasar de procesos diseñados para una época en la que resultaba costoso obtener información y, por tanto, tenía lógica tratar de hipertrofiar la memorización para intentar almacenarla, a otra en la que lo que tiene sentido es centrarse en otras cuestiones, asumiendo que la información específica va a estar disponible cuando la precisemos y que aquella que utilicemos habitualmente terminará memorizándose de manera natural.

Obviamente, no se trata de “condenar la memoria” o de “olvidarlo todo porque ya está en internet”, sino de buscar procesos que fijen conocimiento en nuestro cerebro mediante métodos en los que el fin último no sea la memorización, sino la comprensión. Muchísimas cosas en nuestros sistemas educativos están centradas en la memorización, el formato de clase, la toma de apuntes, la manera en que nos enfrentamos al estudio, los exámenes para evaluarnos… todos esos elementos deberían redefinirse completamente a la luz de la tecnología existente. Por supuesto que es bueno saber historia, pero entre enseñar historia tratando de centrarse en la lógica de por qué sucedieron las cosas y hacerlo mediante la reiteración para tratar de memorizar sin más un montón de hechos y fechas va un trecho importante.

Seguir considerando la función memorística como exaltación del saber ya no tiene ningún sentido: el examen como reto a la memoria, como proceso de retención de datos para su posterior recuperación de la manera más literal posible escribiéndola sobre un papel o recitándola ante un tribunal resultan cada día más anacrónicos y absurdos, pero seguimos teniendo infinidad de pruebas de ese tipo para acceder a una amplia gama de puestos y responsabilidades, como si el hecho de haberse aprendido un temario fuese en realidad garantía de algo, y un fuerte corporativismo que pretende preservar esas metodologías “porque yo tuve que pasar por ellas”. Mientras, el desarrollo de habilidades como el pensamiento computacional (muy recomendable el artículo de Stephen Wolfram al respecto, How to teach computational thinking), cruciales en la sociedad del futuro, tienen lugar completamente al margen de los procesos educativos, como si fuesen algo completamente ajeno a ello, y algo tan crucial como el manejo del entorno tecnológico que nos rodea aparece, con suerte, en asignaturas de segundo nivel, de esas que “no entran en la media”.

El día que enfoquemos la reforma de la educación como una adaptación al entorno tecnológico actual creo que habremos avanzado mucho.

 

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Seguridad en evolución

IMAGE: Orson - 123RF

Mi columna en El Español de esta semana se titula “Usuario y contraseña“, y habla de la muy necesaria evolución de los sistemas de seguridad basados en usuario y contraseña, un método que ya ha demostrado claramente carecer de escalabilidad y ser una fuente de problemas de todo tipo.

La enésima noticia de publicación de un descomunal listado de nombres de usuario y contraseñas obtenidos a partir de una intrusión en un servicio nos genera, como es lógico, la misma sensación de déjà vu y de hartazgo que nos generan todas las demás: lo normal es que el usuario, como mucho, cambie la contraseña del servicio afectado, o simplemente haga caso omiso si no se lo piden específicamente.

En este caso ha sido Dropbox, un servicio utilizado por muchísimos usuarios – he visto incluso usuarios que no recuerdan serlo, porque venía pre-configurado para su activación con su smartphone para almacenar fotografías. La compañía sufrió una intrusión en el año 2012 que logró hacerse con cuatro ficheros de unos 5GB que contenían información detallada de 68,680,741 cuentas. Aunque unos 32 millones de ellas estaban cifradas con métodos aún considerados fuertes, el resto lo estaban con SHA-1, un algoritmo considerado antiguo y vulnerable. Y aunque Dropbox ha avisado a los usuarios comprometidos y les ha forzado a cambiar sus contraseñas, es muy posible que esos pares de usuario y contraseña sean utilizados en otros servicios, y que los posibles delincuentes en busca de una oportunidad puedan encontrarlos.

Ante una noticia de este tipo, lo primero que debe hacerse es acudir a un servicio del tipo Have I been pwned? y comprobar si estamos afectados. El servicio te informa si esa dirección de correo electrónico está en alguna de las bases de datos publicadas – considerando que robos como el de MySpace, LinkedIn, Adobe o Badoo afectaron a varios centenares de miles de cuentas, lo raro es casi no aparecer – y, si efectivamente es así, tratar de hacer memoria de en qué páginas hemos utilizado ese correo como login y si hemos repetido la contraseña interceptada, además, lógicamente, de no volverla a utilizar.

El problema viene de la misma esencia del sistema: plantear que nuestras contraseñas deban tener requisitos como ser complejas para evitar un ataque de diccionario, que las sustituciones habituales (un 4 por una A, un cero por una O, un 3 por una E, etc. no sirven porque ya están contempladas), que deben contener caracteres especiales, tener una longitud mínima determinada, y poco menos que ser imposibles de recordar es algo que, claramente, no funciona. La memoria de los usuarios es incapaz de recordar contraseñas así, y además, supuestamente, una para cada servicio, en un entorno en el que fácilmente podemos estar utilizando decenas de ellos. Una cosa es que utilizar password, 1234 o qwerty sea de débiles mentales, que lo es, y otra muy distinta plantear requisitos que resultan prácticamente imposibles. Entrar en algunos servicios termina por convertirse en un procedimiento tan farragoso e incómodo, que termina por darnos pereza. A partir de un punto determinado, el problema deja de estar en los usuarios y pasa a estar en otro sitio.

La seguridad basada en usuario y contraseña tiene que ser replanteada, y además, lo antes posible. El incremento en la sofisticación de las herramientas utilizadas en los ataques hace que no hacer nada ya no sea una opción. Optar por un gestor de contraseñas es una opción que no deja de tener su peligro – ¿quien asegura que el propio gestor de contraseñas no acabe teniendo una vulnerabilidad? – pero, decididamente, es un peligro muy inferior al que tenemos si no lo utilizamos. Sistemas con autenticación en dos pasos, en combinación con el lector de huella del smartphone o similares pueden plantearse para algunos servicios, pero difícilmente para todos. Y simplemente encomendarse a la suerte, santiguarse o apuntar mil contraseñas en un papelito ya no son una opción seria. Esto es cada vez más insostenible. Algo tiene que cambiar.

 

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Vehículo autónomo: el estado de la cuestión

IMAGE: John Takai - 123RFDesde El Español me pidieron una tribuna sobre el estado del vehículo autónomo y las perspectivas de futuro del sector de la automoción, sometido a tres dinámicas de cambio absolutamente radicales: la evolución desde los motores de combustión interna (ICE) hacia energías limpias como la electricidad (el vehículo con mejores prestaciones del mundo es eléctrico), el paso del automóvil como producto adquirido por los consumidores hacia un modelo de servicio utilizado cuando se precisa, y la transición desde la conducción humana hacia la conducción autónoma. En muy poco tiempo vamos a asistir a una revolución que redefine el automóvil, quién lo posee y lo paga, y cómo se utiliza.

La tribuna se titula “Vehículos autónomos y ciencia-ficción“, está intencionadamente trufada con enlaces para que puedan comprobarse los hechos que justifican los pronósticos que hago en ella, y no es el análisis de un experto en automoción, sino de un profesor de innovación que ya ha tenido ocasión de presenciar unos cuantos procesos de difusión tecnológica a lo largo de su vida – y de estudiar el desarrollo de unos cuántos más.

La experiencia de Pittsburgh de Uber con Volvo, el abaratamiento progresivo de las tarifas, el lanzamiento de NuTonomy en Singapur, los autobuses de Helsinki, los camiones de Otto y el interés de Uber por la logística de mercancías, la mejora de la tecnología de mapas y de los sensores que definen los sentidos de los vehículos, los esfuerzos de otros competidores por mantenerse a la par, el futuro definido como flotas de vehículos autónomos, las ciudades libres de vehículos particulares, las simulaciones que muestran la drástica mejora de la eficiencia… no, no son anécdotas, no es ciencia-ficción, no hablamos de futuribles ni hipótesis. Hablamos de cosas que ya están aquí, que ya circulan, que nos obligan tozudamente a plantearnos cosas que hemos considerado verdades inamovibles durante toda nuestra vida.

Mientras algunos todavía creen ver problemas supuestamente insolubles y dilemas morales sin sentido que, de manera simplista, les ayudan a refugiarse en la negación, existe toda una constelación de compañías de todo tipo que están convirtiendo esta evolución en una realidad, y que presagian un escenario infinitamente mejor que el existente hoy. Carreteras menos colapsadas, menos contaminación, menos accidentes y un modelo, en general, con muchísimo más sentido para todos. Si aún crees que es ciencia-ficción, haz clic en los enlaces y lee un poco más…

 

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El desastre fiscal europeo

IMAGE: Fredex8 - 123RFMi columna de esta semana en El Español se titula “Guerras comerciales postmodernas“, y se refiere a las protestas expresadas ayer por el Departamento del Tesoro norteamericano en un informe con respecto al tratamiento de las multinacionales de su país en el contexto fiscal europeo, anticipándose a la decisión que la Comisaria Europea de Competencia, Margrethe Vestager, anticipó que haría pública en otoño con respecto al pago de impuestos de Apple.

Antes de que nadie me acuse de defender prácticas fiscales evasoras, me parece importante hacer notar lo que ya he comentado en muchas otras ocasiones: que la obligación de las empresas es cumplir las leyes vigentes, y que Europa es un desastre tan grande e inabarcable en términos legislativos, que esas leyes permiten, de manera completa y rigurosamente legal, que se paguen cantidades ridículas en impuestos.

¿Es esto bueno? Decididamente no. Decididamente, habría que conseguir que las compañías pagasen los impuestos que deben pagar, en función de su actividad en cada territorio y de los beneficios que obtienen en él. Que Europa, durante muchos años, haya sido tan profundamente incompetente como para armonizar una política fiscal común y dotarse de un conjunto de normas que impidan este tipo de situaciones es un verdadero problema. El problema de Europa no son las empresas norteamericanas y sus prácticas, sino el hecho de que Holanda, Irlanda, Isla de Man, Jersey, Liechtenstein o Luxemburgo, entre otros países utilizados activamente como paraísos fiscales, hagan lo que les da la real gana y utilicen activamente estrategias fiscales agresivas para atraer inversión. Que Europa pretenda solucionar ese problema de radical incompetencia tomando casos aislados de empresas sistemáticamente norteamericanas y obligándolas, mediante decisiones coyunturales, a hacer determinados pagos fijados de manera completamente arbitraria, no va a arreglar la situación en absoluto, y si provoca, lógicamente, que esas empresas y que el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos terminen por protestar.

Reclamar un supuesto “buenismo” que debería llevar a las empresas a declarar más impuestos de los que las leyes a su alcance les exigen es completamente absurdo en una situación que debe ser siempre radicalmente binaria: o se cumple la ley, o no se cumple. Si la cumplo, déjame en paz. Si no la cumplo, sancióname. A las empresas hay que pedirles que maximicen el valor para sus accionistas de manera sostenible, que cumplan religiosamente la ley, y proveerlas de un marco legal inequívoco para ello. Lo demás es hipocresía y tratar de tapar la incompetencia.

Si quieres arreglar el desastre fiscal europeo, ponte a ello, toma decisiones serias, y armoniza de una maldita vez lo que tengas que armonizar, para dotar a las compañías de unas reglas de juego claras. Las protestas norteamericanas tienen todo el sentido del mundo: sus compañías cumplen las leyes vigentes, unas leyes que muchas compañías europeas de muchas industrias también utilizan para reducir sus cargas fiscales, pero son perseguidas por ello sin más criterio que por el hecho de ser norteamericanas o tecnológicas, y por ajustarse a unas leyes que están ahí para todos y que no solo ellas, sino muchos más, utilizan de manera activa. La solución no está en tomar medidas coyunturales mediáticas ante casos aislados, sino en establecer de una vez una normativa fiscal coherente. En el fondo, una evidencia más de que la actual “Europa a medias” es un maldito desastre que nadie sabe cómo solucionar.

 

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Medios de comunicación y comentarios

IMAGE: Faysal Farhan - 123RFMi columna de El Español de esta semana se titula “La importancia de los comentarios“, y trata de incidir en el importantísimo papel que tiene la bidireccionalidad en la evolución de los medios de comunicación, algo no siempre fácil de entender para una profesión durante muchas décadas acostumbrada a tener el monopolio del canal en un solo sentido y a que los únicos contenidos que venían desde el lado de los lectores eran las muy limitadas “cartas al director”.

La mayoría de los medios de comunicación ven los comentarios como un problema, una avalancha de contenidos que perciben como de escaso valor y que les obliga a destinar recursos para su gestión y moderación. En algunos casos, se declaran incapaces de gestionarlos, deciden permitir todo y generan auténticos lodazales de participación sin reglas, estercoleros en los que surge lo peor de la naturaleza humana, sobre todo cuando los contenidos se relacionan con áreas como el deporte o la política. Un problema que termina, incluso, por generar problemas de tipo legal en cuanto el nivel de la discusión escala y se generan amenazas, calumnias, difamaciones u otros delitos tipificados.

En otros casos, intentan controlar mucho más allá de lo razonable, exigiendo cuestiones como datos reales que resultan de muy difícil comprobación, y que generan que se pierdan los aportes de todos aquellos que prefieren escribir de forma anónima o bajo seudónimo, y no necesariamente porque pretendan generar un contenido censurable. El equilibrio, indudablemente, resulta complejo.

Páginas como Quora, Reddit, Slashdot, entre otras, demuestran que los comentarios pueden convertirse en una fuente fantástica de contenido: sitios en los que resulta habitual, por ejemplo, encontrarse a los protagonistas de un hilo de conversación participando con toda normalidad en él, a expertos de gran nivel comentando sobre sus áreas de conocimiento y, en general, sistemas que, gracias a la participación responsable de todos los usuarios, son capaces de hacer que los mejores contenidos afloren y los peores se entierren. Para un medio de comunicación, tratar de ver los comentarios con este enfoque proporciona una óptica mucho más positiva: tratar de convertirse en el sitio al que quiera dirigirse todo aquel que tenga algo interesante que aportar, con la tranquilidad de que sus aportes no van a convertirse en blanco de tonterías ni van a enterrarse entre aportes irrelevantes. Conseguir algo así no resulta sencillo, pero sobre todo, requiere compromiso y reglas claras. Asumir que siempre hay alguien ahí fuera que sabe más que aquel que escribió la noticia o el artículo, y que resulta fundamental ser la página que recoja esos aportes por encima de cuestiones de línea editorial o de formato. Los medios de comunicación completarán su transición a la red cuando sean capaces de entender que su papel ha cambiado, y que hoy, la forma de informar exige no solo ser los mejores creando contenidos, sino también recogiendo con el adecuado criterio los comentarios de los usuarios constituidos en comunidad de interesados en el aporte de buen contenido. Algo nada sencillo, pero que puede llevarse a cabo si se parte de las actitudes adecuadas.

 

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