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Trump, tecnología y medio ambiente

IMAGE: Isaincuz - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Otra de Trump“, como esas sagas eternas de chistes que siempre tienen el mismo protagonista. Pero desgraciadamente, no se trata de un chiste, sino de algo muy serio.

En su reciente visita a Detroit para reunirse con la industria del automóvil, a Donald Trump no se le ha ocurrido otra cosa que anunciar la eliminación de las medidas de control de emisiones instauradas por Barack Obama para combatir el cambio climático. Según su lógica, se trata de una medida para “beneficiar a la industria” para que pueda ser más competitiva y genere más puestos de trabajo, unos puestos de trabajo que sabemos perfectamente que no van a volver jamás, porque simplemente ya no existen nada mas que en su cabeza. Para una persona que no solo niega el mayor problema actual de la humanidad, el cambio climático, sino que además cree que es simplemente “un invento de los chinos“, la cuestión suena a lógica aplastante: elimino restricciones, y la industria será más competitiva. 

Las medidas de control de emisiones impuestas por Barack Obama se habían convertido en el mayor incentivo para la mejora de la industria automovilística estadounidense. Las restricciones obligaban a la industria a invertir en motores necesariamente más eficientes y, sobre todo, en alternativas al motor de explosión, lo que en su momento significó el auge primero de los vehículos híbridos y, posteriormente, del interés por lograr ser competitivo en el segmento de los eléctricos puros. Eliminar las restricciones no supone hacer a la industria del automóvil más competitiva, sino precisamente todo lo contrario: permitir la complacencia, reducir la necesidad de cambio y relajar la agenda de las compañías para que puedan seguir fabricando y vendiendo vehículos menos eficientes y más dañinos para el medio ambiente. Ahora, el progreso en el vehículo eléctrico y el incremento progresivo de su eficiencia y rango ya no tendrá que venir de la industria automovilística norteamericana, sino de compañías como Tesla y similares, o de competidores en Asia o Europa, de países dirigidos por gobernantes que no son estúpidamente negacionistas del cambio climático. Genial movimiento.

Trump es un absoluto ignorante en temas tecnológicos y científicos en general. Esas cuestiones, simplemente, le exceden, y tampoco le generan interés alguno en asesorarse convenientemente. Si tus referencias intelectuales son las noticias de determinadas televisiones y de publicaciones como Breitbart News, la posibilidad de que tu país se quede fuera de la próxima gran revolución industrial propulsada por la robótica o de que condenes a la producción científica a décadas de oscuridad se convierte, tristemente, en muy real. Mientras otros países invierten en nuevos esquemas productivos, tú te dedicas a apostar por el fin de la neutralidad de la red y por la vuelta del carbón, como si eso fuese posible y como si realmente fuese a crear tantos puestos de trabajo, cuando está demostrado que la mayoría de los nuevos empleos ya proviene, precisamente, de la generación de energías renovables. Aquello de “America first” será pronto visto como un auténtico chiste.

 

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Noticias, algoritmos y reajustes necesarios

IMAGE: Greyjj - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Rediseñando algoritmos“, y habla de la manera en que compañías como Facebook o Google están intentando responder al problema de las noticias e informaciones ofensivas o factualmente incorrectas permite ver claramente el desarrollo de sus estrategias y la forma en que afrontan los problemas en el funcionamiento de sus algoritmos de relevancia.

En ambos casos hablamos de compañías con una necesidad evidente de plantearse soluciones: Facebook lleva ya varios meses, desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, recibiendo acusaciones con respecto a su papel como difusor de noticias falsas durante la campaña que pudieron llegar a alterar significativamente el voto de muchos norteamericanos, mientras Google se ha encontrado también últimamente en el ojo del huracán por las noticias absurdas, conspiranoicas, partidistas o procedentes de fuentes carentes de toda credibilidad que recomienda en sus snippets o a través de Google Home.

¿Cómo rediseñar un algoritmo para evitar el ascenso en popularidad o la recomendación de noticias de ese tipo, respetando el hecho de que hay personas que quieren conscientemente consumirlas (el sensacionalismo y la información sesgada tienen indudablemente su público), pero evitando la viralización de información calificable como factualmente incorrecta?

Las posibilidades que se apuntan, por el momento, son cuatro, y en ambos casos pasan por introducir nuevos datos en la ecuación. ¿De dónde extraer esos nuevos datos que pretenden cualificar las noticias?

  1. Otras fuentes consideradas autorizadas, de páginas dedicadas a esa actividad cada vez considerada más importante, el fact-checking: sitios como Snopes, Politifact u otros que cumplan unos principios básicos de funcionamiento y que dedican personas cualificadas a comprobar las noticias y emiten un veredicto sobre las mismas. Este es el camino escogido por Facebook en una iniciativa ya puesta en marcha, que adjudica a las noticias la calificación de “disputada” en función del juicio emitido por este tipo de páginas, y por Google en Francia a través de  CrossCheck, una herramienta desarrollada por Google News Lab junto con First Draft dentro de la iniciativa de trabajo con medios europeos. En esta categoría se encuadra, también en Francia y con carácter experimental, la introducción en los algoritmos de bases de datos como las desarrolladas por Le Monde, seiscientas páginas web directamente identificadas como no fiables; o por Libération, en la que se compilan noticias positivamente identificadas como falsas.
  2. Opinión de los usuarios: el uso de sistemas de peer-rating y la evaluación de patrones derivados de su uso. Ante la difusión rápida de una noticia con carácter claramente partidista, sectario u ofensivo, cabe esperar no solo una viralización rápida entre aquellos que sintonizan con el tono o el contenido de la noticia, sino también un uso de herramientas de calificación por parte de aquellos que consideren esa noticia como factualmente incorrecta o inaceptable. El estudio de los patrones de generación de esas evaluaciones negativas de los usuarios puede ser, unida al análisis de esos usuarios, un elemento más que puede introducirse en el algoritmo.
  3. Patrones de difusión: el análisis de las curvas de difusión de las noticias en sí. Curvas muy rápidas, muy bruscas o que crecen fundamentalmente a expensas de personas identificadas como de una tendencias determinada, en grupos muy homogéneos o con patrones claramente identificables y atribuibles, deberían como mínimo ser objeto de algún tipo de supervisión.
  4. Uso de evaluadores independientes: disponer de un número significativo de personas en diversos países y con un nivel de diversidad elevado dedicadas a la evaluación de esas noticias. Es el caso de la iniciativa recién presentada por Google: diez mil personas contratadas específicamente para esa tarea, que no pueden influir directamente sobre el posicionamiento de las noticias en las páginas de resultados, pero sí generan datos cualificados sobre su nivel de credibilidad y etiquetan noticias como “upsetting – offensive” en función de un exhaustivo documento directriz de 160 páginas para que esa calificación sea utilizada como una variable de entrada adicional (un documento que supone un intento de definición del problema que en muchos de sus apartados debería ser objeto de estudio, crítica y enriquecimiento por parte de muchos periodistas, o incluso llegar a ser utilizado en las facultades de Periodismo).

Es conveniente recordar que en todos los casos hablamos de variables de entrada, no de salida: es decir, no se trata de que un patrón determinado, la opinión de un evaluador o la de una fuente secundaria “descalifiquen” o “eliminen” de manera automática una noticia, sino de que esa información es utilizada para alimentar un algoritmo de machine learning que trata, a lo largo del tiempo, de desarrollar patrones derivados de esa información.

¿Por qué es preciso rediseñar los algoritmos? Sencillamente, porque el entorno al que responden también cambia. Toda herramienta es susceptible de ser pervertida a partir del momento en que los incentivos para hacerlo son suficientes, y eso genera la necesidad de esas herramientas de protegerse contra ese tipo de usos. La mayor parte de los algoritmos que conocemos son, como tales, trabajos en curso que tratan de evolucionar con las características del entorno o con los patrones de uso que generan. El caso de las noticias falsas, como el de los sucesivos intentos de corrección del peso del sensacionalismo llevados a cabo anteriormente por Google, no son más que pruebas en ese sentido.

Como tal, una evolución muy necesaria. Pero además, desde un punto de vista de investigación, completamente fascinante.

 

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Cuando marketing y política se mezclan

Trump's tweet on SamsungMi columna en El Español de esta semana se titula “Marcas, política y cócteles peligrosos“, y hace referencia al nuevo escenario que algunos políticos como Donald Trump están definiendo, en el que rompen claramente la frontera habitualmente definida entre liderazgo político y cuestiones comerciales para pasar a emitir de manera habitual mensajes que citan marcas, que las critican o que alaban sus decisiones.

Para una marca, en el actual clima de fortísima polarización y radicalización que estamos viviendo, verse citada públicamente por un político de forma positiva o negativa supone un fuerte cambio con respecto a las situaciones habituales que conocemos en la teoría del marketing. Que Samsung anuncie la construcción de una fábrica en los Estados Unidos es seguramente bueno para la marca en ese mercado, y ese efecto positivo y marcado por la confianza en ese mercado es algo que pocos dudarían. Pero que Donald Trump los congratule públicamente por ello en un tweet con un alcance inmediato y directo a varias decenas de millones de personas, e indirecto a muchísimas más, es algo que, seguramente, puede generar más dudas. ¿Genera el tweet de Donald Trump una mejor imagen para la marca? ¿Podría tener un efecto de incremento de las ventas entre sus muchos seguidores? ¿O tal vez un abandono de la marca por parte de sus también muchos detractores? ¿Habla Donald Trump con la compañía antes de citarla, o simplemente lo hace sin preguntar ante la convicción de que puede intentar vender esa decisión como un supuesto éxito de sus políticas?

El lunes pasado, Mariano Rajoy recomendó, en uno de los tweets escritos directamente por él y firmado con sus iniciales, un libro titulado “1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español“. La recomendación fue, en este caso, completamente espontánea, no solicitada e inesperada. Las respuestas al tweet, sin embargo, muestran una fortísima polarización, y tienden a reflejar una fuerte negatividad. La editorial del libro contestó rápidamente, pero… ¿debemos seguir suponiendo, como se decía habitualmente, que “no existe la mala publicidad“, un aforismo inspirado en la frase de Oscar Wilde, “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”?

Para un directivo de marketing, reaccionar ante este tipo de menciones supone un reto. Mostrarse excesivamente empático, por ejemplo, con un político que genera una polarización fuerte, puede implicar alienar a la base de votantes que no lo soportan, a cambio de un ruido mediático que podría pasar rápidamente y que únicamente redundará en mayores ventas si la base de votantes que le da su apoyo tiene un encaje sociodemográfico razonable con el producto o servicio correspondiente. Dar una apariencia oportunista puede generar connotaciones negativas, pero también puede ser negativo dejar de aprovechar una posible oportunidad para obtener visibilidad. Para las marcas, la etapa actual en la que algunos políticos saltan barreras y pierden el miedo a interferir en el escenario empresarial supone un escenario nuevo en el que es preciso escribir nuevas reglas. Si bien algunas marcas llevan ya décadas animándose a participar de manera significativa en la escena política con su publicidad o con declaraciones de diversos tipos, y algunas lo consideran incluso una parte esencial de su responsabilidad social corporativa, hablamos de planteamientos que provienen de una estrategia analizada y meditada por la compañía, no de “fuegos” que surgen cuando un político pone de golpe a la compañía bajo los focos de la actualidad a golpe de tweet.

Cada día más, mostrar unos principios éticos claros y coherentes, o valorar con precaución la proximidad a determinados líderes políticos se convierte en una habilidad importante: no basta con tener buenos productos o servicios, sino que además, necesitas plantear un ideario determinado y cuidar tus compañías. Un fuerte giro al concepto de liderazgo: llevar a cabo ese tipo de tareas de posicionamiento o de balance sin contar con una presencia e interlocución potente a nivel de redes sociales puede resultar un verdadero problema. Todo un nuevo escenario.

 

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La reimaginación del automóvil

IMAGE: Alexmit - 123RF

Mi columna en El Español de esta semana se titula “Reimaginando el automóvil“, y proviene de la experiencia de pasar por el Mobile World Congress de Barcelona y constatar que la presencia de compañías de automoción crece de manera consistente con respecto a años anteriores, y que los temas en torno a los que se posicionan ya no tienen que ver tanto con el entretenimiento al volante, como con una completa reimaginación del concepto de automóvil en torno a la idea de vehículo conectado, muy al hilo de la conferencia que tuve la oportunidad de dar en el stand de Seat el pasado miércoles.

Entender el automóvil como un producto completamente diferente a lo que representaba tradicionalmente: una plataforma de generación de datos que permite replantear totalmente la relación con el usuario, ofrecerle soluciones completas de transporte que van desde un mixto de producto y servicio que incluye conectividad, garantías, seguros de accidentes o mantenimiento o, en general, todo lo que conlleve el hecho de desplazarse de un lugar a otro, incluyendo la colaboración con plataformas que posibiliten el acceso a un vehículo en régimen de  ridesharingcarsharing carpooling. Que toda la industria en este momento parezca un auténtico juego de sillas musicales en el que todos buscan el socio adecuado para este tipo de aventuras deja claro el estado de la situación: el que se quede restringido a la visión tradicional y no explore estos nuevos elementos tiene mucho que perder.

Un conjunto de elementos que van desde la presión medioambiental y legislativa, el incremento de la oferta en múltiples formatos, las tendencias generacionales o la tecnología (electrificación, vehículo autónomo, etc.) convertidas en un marco conceptual en el que redefinir el automóvil como un dispositivo móvil más, capaz de generar datos del usuario y de ofrecer una experiencia de uso completa, a través de todas las opciones que ese usuario decida utilizar en función de sus circunstancias.

Un automóvil ya no puede seguir siendo ese producto que adquirimos, que depreciamos de golpe en un tercio de su valor al sentarnos en él, y que permanece igual, deterioro aparte, hasta que lo vendemos. En su lugar, un automóvil es ahora una plataforma cuyas prestaciones se actualizan de un modo muy similar a como lo hacen las apps en nuestro smartphone, que está siempre conectado e interactúa con el entorno y con nuestro perfil, y que traslada nuestra identidad digital de un vehículo a otro en el momento en que nos identificamos para sentarnos en él. Una industria completamente diferente, con otra mentalidad y otros perfiles profesionales. Que este cambio tenga lugar a la velocidad que algunos predecimos o lo haga con los plazos que cree manejar la industria tradicional ya es otra discusión.

 

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Entornos digitales y legislación

IMAGEN: Thomas Reichhart - 123RFMi columna de El Español de esta semana se titula “Convenio de Ginebra digital“, y reflexiona sobre la idea introducida por el presidente de Microsoft, Brad Smith, de crear una nueva versión del conocido Convenio de Ginebra para el derecho internacional humanitario, revisado y ampliado ya en tres ocasiones tras su primera versión, para intentar detener la escalada en el creciente uso del state-sponsored hacking, el uso de la red para tratar de espiar a las administraciones de otros países o de atacar y dañar sus infraestructuras críticas

Siempre he sido muy crítico con la tendencia a la hiperlegislación, el intento de reescribir las leyes para supuestamente adaptarlas al nuevo contexto que supone internet. Internet no requiere nuevas leyes ni leyes especiales, requiere simplemente que los jueces tengan la flexibilidad suficiente como para interpretar lo que es delito o no lo es en un entorno diferente. La mejor manera de analizar cualquier acción presuntamente punible en internet es retirar internet del escenario y plantearse cómo la juzgaríamos si se hubiese producido fuera de internet. Un robo es un robo, sea en internet o fuera de él, una difamación es una difamación en la red o en la calle, y un ataque a un país lo es independientemente de que se produzca a través de internet o mediante un espía con gabardina y gafas oscuras. Por eso, la idea de no promover leyes como tales, sino foros de discusión en los que se llame a las cosas por su nombre y se aíslen los problemas me resulta sensiblemente más atractiva que la idea de dictar nuevas leyes a diestro y siniestro cuando las que existían ya eran claramente suficientes y respondían a un consenso social obtenido a lo largo de mucho tiempo.

Uno de los principales problemas de internet es el hecho de que en toda innovación surgen, de manera generalmente muy rápida, un conjunto de aprovechados, malintencionados o directamente delincuentes que intentan extraer un provecho ilícito de las características del nuevo entorno. Habitualmente, la respuesta de la ley en este sentido es lenta e ineficiente, y suele serlo mucho más en los países que provienen de la civil law frente a las que tienen su base en la common law, que se apoya en los casos precedentes y que, por tanto, tiende a tener una flexibilidad y adaptabilidad muy superior. Cuando la actuación de personas que retuercen el nuevo entorno para obtener un beneficio ilícito, llámense dialers, spammers, scammers, phishersladrones de identidad, domainers o lo que sea, se convierte en un desincentivo a la difusión de la innovación, la ley tiene que actuar de manera rápida y decisiva, y poner coto a esos abusos de manera inmediata sin que el hecho de que el delito se produzca en internet tenga ningún tipo de influencia sobre su condición de delito. El hecho de que estemos viviendo auténticos episodios de guerra entre países por el espionaje y los ciberataques a través de la red y la comunidad internacional no esté haciendo nada por tipificar y definir este tipo de cuestiones, deslindando claramente lo que son y separándolos de las posibles zonas grises, tiene mucho que ver con lo que ocurre en ese otro ámbito, en el de la definición de los delitos de otros tipos.

¿Necesitamos reeditar el Convenio de Ginebra para adaptarlo al entorno digital? No lo sé. El contexto de las relaciones internacionales tiene una regulación muy compleja e indudablemente enrevesada, pero tener determinadas definiciones por escrito en un documento que provenga de un consenso general y que pueda ser invocado, o utilizado eventualmente como herramienta sancionadora, posiblemente no viniese nada mal. Y de paso, repensar la lentitud con la que la justicia, en general, tiende a adaptarse a los nuevos entornos definidos por la tecnología, y lo que nos termina costando que eso sea así.

 

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Las noticias falsas como reto tecnológico

Pope endorses Trump (FAKE)Mi columna en El Español de esta semana se titula “Noticias y redes sociales“, y vuelve a incidir sobre el tema de las noticias falsas diseminadas a través de redes sociales, tratando de plasmarlo como un reto que la tecnología tiene que solucionar, fundamentalmente tratando de reconstruir los mismos sistemas que existen en el mundo tradicional.

Las soluciones a problemas complejos no suelen ser sencillas. Pretender luchar contra las noticias falsas simplemente censurando su circulación choca con el hecho de que, a lo largo de muchas décadas de existencia de los medios de comunicación, las noticias falsas y sensacionalistas no han desaparecido, y confirman una industria que factura millones y tiene un público fiel. Sin embargo, en el mundo de la comunicación tradicional, a pesar de que existen decenas de medios sensacionalistas dedicados a inventarse conspiraciones, noticias falsas y rumores absurdos de todo tipo, la influencia de las noticias sensacionalistas no suele trasladarse a los medios considerados serios: las dos órbitas se encuentran razonablemente compartimentadas, lo que lleva a que quien consume basura, en general, sabe que lo está haciendo, y la información que aparece en ese circuito, por l general, no sale de él y limita así su influencia.

Ese es el sistema que, en la reinvención de las noticias a la luz de las redes sociales, falta por desarrollar: no se trata de intentar impedir la circulación de noticias falsas, porque tienen su público y ese público tiene derecho a consumirlas, pero sí de detectarlas, identificarlas y etiquetarlas como lo que son, de restringir su circulación por vías algorítmicas, y de evitar que tengan un incentivo económico directo excluyéndolas de los mecanismos de publicidad.

Prohibir que un tabloide sensacionalista como Daily Mail sea utilizado como fuente de referencia en Wikipedia es razonable dada la naturaleza de la publicación, una enciclopedia, y sin duda, no será el último medio que recibe tal “distinción”. Que Wikipedia, hace años denostada por algunos como una enciclopedia supuestamente no fiable, se haya consolidado como la mejor, más completa y más actualizada enciclopedia de todos los tiempos y pueda ahora convertirse en juez que toma decisiones y sanciona qué publicaciones pueden o no pueden utilizarse en sus referencias es un caso claro que demuestra que, sobre las bases de la red y los procesos sociales, pueden construirse mecanismos que superen claramente en generación de valor a los existentes en el mundo tradicional.

A la hora de reconstruir esos sistemas de referencia en las redes sociales, la tecnología va a resultar fundamental: pretender recurrir a editores humanos para etiquetar las noticias falsas y excluirlas no solo es imposible, sino que aporta potencialmente peligrosos elementos de relatividad. La idea parece tender hacia la combinación de sistemas que examinen los patrones de difusión de las noticias, con otros que incorporen el etiquetado de los usuarios, y con bases de datos que incorporen fuentes y noticias calificadas como no fiables. A partir de ahí, limitar la circulación de las noticias etiquetadas como falsas privándolas de acceso a algoritmos de recomendación automatizados, a sistemas de publicidad y a trending topics. Que leas una noticia falsa porque la hayan compartido contigo seguirá siendo perfectamente posible y formando parte de tu libertad individual, pero al menos debería ir convenientemente caracterizada como lo que es, como ocurre en el quiosco cuando vemos determinados medios.

El problema, de nuevo, no es sencillo. En el mundo tradicional, un medio alcanza la reputación de sensacionalista a lo largo de un tiempo de comportarse como tal. En la red, podemos crear un medio cada mañana, darle una apariencia convincente, y publicar lo que queramos inventarnos y convenga a nuestra agenda en tan solo unos pocos clics. En la red, el desarrollo de sistemas de fact-checking capaces de dar respuesta a este tipo de retos va a exigir la coordinación de abundantes recursos, y no va a ser sencillo, pero eso no quiere decir que no deba plantearse: para las redes sociales y buscadores, de hecho, se conforma como el próximo gran desafío. Ejercicios de colaboración como el que se está desarrollando en Francia sobre el que escribí hace unos días pueden aportar marcos interesantes y laboratorios sobre los que tratar de aislar y evaluar este tipo de cuestiones.

Sigue quedando mucho por hacer. Pero al menos, vamos centrando el problema.

 

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La logística como innovación

IMAGE: Illia Uriadnikov - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “La revolución logística“, y está dedicada al que sin duda se está configurando como uno de los grandes pilares del futuro, pero posiblemente también uno de los que menos atención recibe.

Hace muy pocos años, el estándar cuando adquirías un artículo mediante comercio electrónico era tener que esperar dos días para recibirlo. Ahora, cada día más, el estándar empieza a ser de dos horas. Y lo que algunas compañías consiguen convertir en una evolución casi natural y con costes perfectamente bajo control, para otras supone un obstáculo completamente inaccesible, implanteable, y un verdadero problema a la hora de plantearse cómo seguir siendo competitivos. El nuevo estándar solo puede ser adoptado por quienes han invertido previamente mucho para hacerlo posible, o se convierte en un sobrecoste que muy pocos productos pueden soportar y que el cliente no está dispuesto a abonar.

El papel de Amazon en esta transición es absolutamente innegable: la compañía, que ayer sufrió una caída de un 4% en su valoración bursátil tras presentar unos beneficios muy superiores a lo esperado, pero una facturación por debajo de las expectativas de los analistas, se ha convertido en cabeza visible de un movimiento de replanteamiento de la logística en el que se aglutinan desde tecnologías ya tangibles como los robots, los drones o el autoservicio, hasta apuestas impresionantes como los almacenes voladores o los túneles. Las patentes que sonarían poco menos que a fantasía en otro contexto, reciben una valoración completamente diferente cuando quien las registra es la misma compañía que ha logrado que pueda encargar artículos que no me hacía ilusión ninguna salir a comprar simplemente apretando un botón, o que pida algo que necesito y me llegue a mi casa a más de veinte kilómetros del centro de Madrid en menos de dos horas.

Ahora, la compañía anuncia la construcción de un nuevo centro de logística aérea de más de 360 hectáreas al lado de un aeropuerto de Kentucky, con 1,490 millones de dólares de inversión que generarán 2,700 puestos de trabajo a tiempo completo y parcial. Por si alguien pensaba que en estos temas todo se trataba de anuncios, demostraciones a pequeña escala y humo calentito. Lo que Amazon está liderando es toda una revolución edificada, en gran medida, en torno a la logística

Mientras, otras compañías exploran y despliegan ya alternativas como los robots de transporte terrestre para la logística de proximidad, surgen nuevos competidores con planteamiento de plataforma, y la disponibilidad de logística rápida se configura como una de las características que identifican a las zonas buenas de las ciudades.

La logística está protagonizando una auténtica revolución, que convierte en obsoletos muchos de los planteamientos que nos hacíamos hace muy poco tiempo, y que va a alterar de manera dramática los mapas competitivos de muchas industrias. Si los esquemas fundamentales de la logística de tu negocio no han cambiado demasiado en los últimos años, plantéate que puede que haya algo que no estés haciendo bien.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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Desarrollando nuestra madurez tecnológica

Terrafugia flying carMi columna en El Español de esta semana se titula “Madurez tecnológica“, y alude a una circunstancia que me tiene fascinado desde hace mucho tiempo: el hecho de que muchas personas, presumiblemente inteligentes, preparadas y acostumbradas a tomar decisiones en entornos complejos, opten en cambio por los tópicos, la desinformación y las generalizaciones burdas cuando entran en el terreno de la tecnología.

Por alguna razón, el rápido desarrollo de la tecnología nos enfrenta a miedos, a incertidumbres y a inercias que nos llevan a anclarnos en concepciones y contextos conocidos sin poner demasiado análisis en ello. La misma persona que es perfectamente capaz de aceptar que la medicina, por ejemplo, sea capaz de curar enfermedades que resultaban completamente incurables y fatales hace pocos años, tiene verdaderos problemas a la hora de aceptar que una máquina sea capaz de tomar decisiones en función de conclusiones propias elaboradas por ella misma, o que un automóvil sea capaz de conducir solo.

Da lo mismo que el número de fabricantes tradicionales de automóviles anunciando pruebas de vehículos autónomos en condiciones de tráfico real – ya no empresas tecnológicas, sino compañías automovilísticas “de las de toda la vida – se incremente de manera consistente: el escéptico te contestará que eso son pruebas limitadas, que solo se puede hacer bajo determinadas condiciones, que “no puede ser y además es imposible”, y que aunque se consiguiese, sería totalmente implanteable en los caminos de cabras de su pueblo o en las atestadas calles de su ciudad. Si le contestas que hay compañías que están haciendo esas pruebas en las calles de ciudades indias, seguramente el entorno de tráfico más desorganizado, anárquico y caótico del mundo en el que los peatones, las vacas y hasta los elefantes irrumpen en medio del tráfico rodado como si fuera una película de despropósitos, te contestarán que eso no es posible, obviando el hecho de que una máquina reacciona más rápido, mejor y con mayor conocimiento del entorno que una persona, gracias a la combinación de información almacenada previamente combinada con la que proviene de sus sensores en tiempo real.

Ya si le dices que los escenarios más plausibles prevén que en el año 2025 haya veinte millones de vehículos autónomos en las calles y carreteras del mundo, o que antes del final de este año 2017 ya tendremos prototipos viables de coches voladores autónomos, según ha anunciado una compañía tan poco sospechosa de anuncios alocados como Airbus, te tratarán directamente como si estuvieses loco y saldrán de la sala sacudiendo la cabeza y haciendo chistes sobre las sustancias que presuntamente ingieres o esnifas.

¿Por qué prescindimos de las evidencias experimentales y preferimos recurrir a los tópicos conocidos cuando hablamos de tecnología, del desarrollo de avances que pueden alterar drásticamente el contexto en que vivimos o en el que desarrollamos nuestras actividades? ¿Por qué, si tenemos la madurez suficiente para analizar contextos de diversos tipos, carecemos generalmente de la preparación necesaria para aceptar que las cosas pueden cambiar? ¿Por qué, como afirma la tercera ley del escritor británico de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, “toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” y es por tanto tratada como tal? ¿Por qué un médico hablando sobre los avances de la medicina es tratado como un genio, pero un tecnólogo hablando sobre el futuro de la tecnología es tratado como “un flipado”? ¿Cuándo me encontraré con audiencias y foros preparados para aceptar que el cambio no solo es rápido sino vertiginoso, que la disrupción es un fenómeno que se ha convertido prácticamente en parte de nuestro día a día, y sobre todo, que es posible y real? 

 

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Replanteando el papel del transporte

US Department of Transportation (DOT)El Departamento de Transporte de los Estados Unidos crea un comité al máximo nivel dedicado al estudio de los posibles impactos de la automatización del transporte en la sociedad, que incluye a máximos directivos de empresas de automoción, a académicos y estudiosos del ámbito del transporte, políticos y gestores públicos, y otras compañías interesadas en el tema y que juegan un papel destacado en el desarrollo de la cuestión, tales como Waymo, Uber, Lyft, Delphi o Apple.

El comité está dirigido por Mary Barra, la CEO de GM que recientemente expresó muchas de sus revolucionarias visiones de futuro sobre la automoción en esta recomendable entrevista, y por el alcalde de Los Angeles, Eric Garcetti, un convencido defensor de la movilidad eléctrica.

La iniciativa, que muestra las inquietudes e interés de la administración norteamericana en un desarrollo tecnológico que sin duda tendrá un fuerte impacto en los usos y costumbres sociales y en cómo vivimos a un relativo corto plazo calculado ya en torno a los tres años, refleja bastante bien el estado de las cosas que pude pulsar en mi reciente visita al NAIAS de Detroit: una industria que vive un momento de auténtico juego de las sillas musicales, en la que las alianzas entre fabricantes, gestores de flotas, socios tecnológicos y demás implicados están jugando un papel fundamental. Mientras algunas compañías como Tesla, Ford o GM parecen estar apostando fundamentalmente por desarrollos de vehículos autónomos fundamentalmente propios e independientes, otras como Toyota, Audi o BMW parecen jugar más la baza de la colaboración con proveedores tecnológicos como Mobileye, Intel, Nvidia u otros, otras como Daimler desarrollan sus propios gestores de flota con Car2go o MyTaxi, o desarrollan productos con gestores de flotas, como Volvo con Uber, y otras como Waymo parecen optar por la integración y fabricación de cada vez más de sus sensores y componentes y por ofrecer sus servicios a compañías como Fiat Chrysler.

Mientras algunos siguen simplemente insistiendo en modelos en el que se sustituyen vehículos de gasoil y gasolina por eléctricos en torno a un esquema de propiedad individual, escenario en el que la mayoría de los problemas persisten o incluso se empeoran, otros ya parecen darse cuenta de que nos dirigimos, si todo va bien, a planteamientos completamente distintos, en los que la movilidad se plantea como servicio, los vehículos pertenecen a flotas que los explotan con niveles de racionalidad muy superiores a lo que podemos esperar en una persona o familia, que únicamente puede aspirar a usos de en torno a un 3% del tiempo. La idea de una explotación individual del vehículo autónomo, sencillamente, no tiene ningún sentido desde el punto de vista económico, y generaría escenarios en los que el volumen circulatorio, por culpa de desplazamientos de vehículos vacíos en determinados trayectos o en busca de espacio de aparcamiento, podría llegar a elevarse en lugar de disminuir.

Mientras, la vieja industria sigue dando sus últimos coletazos: Volkswagen se reconoce culpable ante la justicia norteamericana y se compromete al pago de una multa de 4,300 millones de dólares al gobierno federal, sanción a la que habrá que sumar el resultado de las demandas de los consumidores, que discurren de manera independiente. Dos directivos de la compañía, el director de ingeniería y el de cumplimiento normativo, acusados de cargos criminales, reflejan lo que ocurre cuando la industria decide ignorar su papel en el problema más importante al que nos enfrentamos actualmente, el cambio climático, e insiste en seguir fabricando motores sucios.

A este tipo de temas tema dediqué esta semana mi columna en El Español, que titulé “Automóviles y ética empresarial“: una industria que se resiste al cambio y que supuestamente pretende seguir manteniendo sus líneas de producto inalteradas, retrasando una transición fundamental hacia tecnologías limpias que ya están disponibles, y que solo precisan de la inversión en escala necesaria para convertirlas en realidad a nivel masivo. Si la industria se descuida y no se reinventa a tiempo, se encontrará ante la peor situación imaginable: ser considerados como los auténticos sucesores de la industria tabaquera. Mientras las cosas sigan así, y el principal producto de la industria del automóvil sigan siendo motores con emisiones que nos envenenan, que no me vengan a hablar ni de ética, ni de responsabilidad social corporativa, por favor…

 

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