Category Archives: Donald Trump

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¿Puede un presidente bloquear a sus ciudadanos en redes sociales?

realDonaldTrumpUn grupo de ciudadanos norteamericanos que habían sido bloqueados en Twitter por la cuenta personal del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, han iniciado una demanda contra él representados por el Knight First Amendment Institute, un centro de la universidad de Columbia creado para defender la libertad de expresión y de prensa en la era digital.

La demanda afirma que la cuenta de Twitter del presidente de los Estados Unidos es, como tal, un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos, y como tal, no pueden ser excluidos de él, a pesar de haber previamente expresado su desacuerdo. De hecho, el bloqueo, en este caso, es interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

El caso no es simplemente un intento de atacar a un presidente ya abundantemente criticado desde todos los ángulos, sino que tiene bastante más fondo de lo que parece: lo que se discute es el uso de redes sociales como forma de comunicación política, algo que se ha convertido en norma en un gran número de países. En este caso, además, hablamos de un presidente que, de manera consciente, ha relegado el uso de la cuenta presidencial oficial, @POTUS, en la que cuenta con 19.3 millones de seguidores, para seguir utilizando la suya personal, @realDonaldTrump, en la que le siguen 33.7 millones. No es, obviamente, la primera vez que el uso de Twitter por parte de Donald Trump genera polémica: en febrero de este año, el presidente utilizó un retweet desde la cuenta institucional para amplificar el impacto de una cuestión tan personal como el que la colección de moda de su hija hubiese sido excluida de unos grandes almacenes.

En la demanda actual, la discusión se centra en la esencia del diálogo político: bloquear a una persona en Twitter es una acción tristemente habitual, que en muchas ocasiones sucede como respuesta a una actuación previa, a un insulto o a un comentario interpretados como crítico o molesto. Muchísimos usuarios de Twitter bloquean habitualmente a todos aquellos que estiman oportuno, en función de su interpretación de lo que deben ser los límites de la relación, la educación o la sensibilidad a la crítica. Sin embargo, una cosa es que un ciudadano, una empresa o un medio de comunicación, por ejemplo, impongan un bloqueo a una cuenta de Twitter de una persona, y otra que lo haga el presidente del gobierno, por mucho que pueda argüirse que lo hae desde su cuenta personal, teniendo en cuenta que el uso que hace de esa cuenta es cualquier cosa menos personal y prácticamente marca la agenda política. La cuenta de Twitter de una persona, un medio o una compañía es, en ese sentido, un “club privado” con “derecho de admisión”. Sin embargo, podría discutirse, y en ello radica la demanda, que un presidente pueda marcar un supuesto “derecho de admisión” sobre una cuenta entendida como una comunicación pública relacionada con su gestión.

Por otro lado, el bloqueo en Twitter tiene un componente relativamente anecdótico: para poder ver los tweets escritos por el presidente en la cuenta que les ha bloqueado, lo único que tendrían que hacer los usuarios afectados es entrar en la cuenta desde un navegador en el que no se hubiesen identificado como usuarios de Twitter, lo que podría llevar a la defensa a argumentar que lo que se intenta no es impedir que puedan acceder a la información publicada en la cuenta, sino que puedan intervenir refiriéndose a ella, dado que cuentan con supuestos precedentes en los que esa participación pudo considerarse posiblemente insultante. Esta discusión, sin embargo, tampoco parece muy productiva dada la amplitud con la que se interpreta la libertad de expresión en la vida política en los Estados Unidos, y más bien podría ser un argumento en contrario: al bloquear esas cuentas, el presidente estaría, de manera efectiva, bloqueando la participación de personas que han probado ser críticas con su gestión, y que no podrían mencionar esa cuenta en sus respuestas (podrían referirse al presidente por su nombre o por otras variaciones del mismo, pero no obtendrían la difusión inherente al hecho de responder a esa cuenta). ¿Podría el presidente o su gabinete argumentar que esas cuentas dificultan, coartan o condicionan el dialogo político, y de ahí la decisión de someterlas a bloqueo? De no mediar casos de difamación, injurias, amenazas u otros delitos tipificados, parece poco probable que un tribunal se incline por dar la razón al presidente.

¿Qué puede hacer un presidente, entonces, con cuentas que utilicen Twitter, Facebook u otras redes en las que participe para atacar su gestión, que posiblemente lo hagan de manera constante, y que, de hecho, aprovechen la propia cuenta presidencial para obtener una repercusión mayor para sus comentarios? ¿Es el diálogo político un entorno en el que debe prevalecer el “vale todo” siempre que estrictamente no vulnere la ley? Estamos hablando de algo que comienza a ser habitual en todos los países: el uso de Twitter como herramienta de interacción política, las reglas que deben gobernar esa interacción, lo que debe o no estar permitido en el juego político, y las relaciones entre los ciudadanos, ahora dotados de mecanismos para expresar su opinión de manera directa, y aquellos elegidos para gobernarles. Unas reglas que se han ido desarrollando a medida que se popularizaban estas herramientas, que nadie se ha preocupado por el momento de regular de manera estricta más allá de la casuística, y que posiblemente vayan precisando de una cierta definición. O cuando menos, de una discusión formada e informada.

 

 

 

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Pescando en la Casa Blanca

IMAGE: Selman Amer - 123RFUn grupo de periodistas de Gizmodo tuvieron una idea aparentemente absurda y sin duda peligrosa, pero que tengo la impresión de que podría convertirse en relativamente habitual en otros contextos: tratar de lanzar un ataque de phishing a quince personas del equipo directo de Donald Trump en la Casa Blanca.

El phishing es uno de los mecanismos más habituales de robo de información en la red: típicamente, se envía al usuario un correo electrónico desde una cuenta simulada que le genere confianza, en el que se le solicita que haga clic en un enlace que le presenta una página, igualmente simulada, en la que introducir su usuario y contraseña de un servicio determinado. A principios de mayo, un esquema de phishing muy sofisticado y convincente con la apariencia de un mensaje de invitación a un documento de Google Docs logró que varios miles de usuarios le entregasen sus nombres de usuario y contraseñas de Google, y le diesen acceso a sus contactos para extender el ataque más aún. Las estadísticas de 2016 afirman que un 85% de las compañías han sido objeto de ataques de phishing, y que alrededor de un tercio de los mensajes de phishing son abiertos por el usuario.

El ataque planeado por Gizmodo utilizaba un esquema bastante conocido, comentado bastante recientemente al hilo del episodio de Google, y fue estructurado como un test de seguridad, con la idea de poner a prueba los conocimientos en este tipo de cuestiones del equipo presidencial de un Donald Trump que ha sido etiquetado por muchos como un profundo desconocedor del entorno tecnológico. Desde la publicación, se enviaron correos electrónicos a quince miembros del equipo presidencial, desde direcciones de correo electrónico simuladas – sin ningún tipo de sofisticación, sin ni siquiera ocultar la dirección real – que utilizaban nombres de personas de su confianza, como otro miembro del equipo, un conocido o su pareja. En ese sentido, el ataque se tipifica como un phishing unido a un esquema de hacking social, lo que pasaría a considerarse un targeted attack, un ataque con un objetivo concreto, que va más allá de los esquemas más habituales y básicos que utilizan simplemente direcciones aleatorias.

De los quince receptores del correo de Gizmodo, siete ignoraron completamente el mensaje, pero otros ocho accedieron a la página solicitada en menos de diez minutos tras el envío, lo que podría indicar que no consultaron a ningún experto en seguridad o miembro del equipo de tecnología antes de hacerlo. Dos personas, además, contestaron el correo electrónico pensando que la identidad falsa era real, ante lo que Gizmodo decidió no continuar con el esquema (en lugar de continuar con un segundo correo que siguiese intentando obtener su objetivo). Según la publicación, ninguno de los receptores llegaron a introducir su usuario y contraseña en la página falsa, y además, se desconoce cuántos de ellos podrían tener activada la verificación en dos pasos, que incrementa la seguridad incluso en caso de captura del par usuario – contraseña añadiendo una verificación más a través de un número enviado a un dispositivo o de una autenticación adicional mediante huella (es la que utilizo yo, y es verdaderamente cómoda, muy poco engorrosa y francamente recomendable), algo que parece una precaución más que lógica y razonable en ese tipo de ámbitos y niveles de responsabilidad. La idea era poner a prueba y documentar la educación en seguridad del equipo del presidente, pero – se supone – no ir más allá.

Algunos afirman que la jugada de Gizmodo podría conllevar una denuncia por infracción de la Computer Fraud and Abuse Act (CFAA), aunque la publicación afirma que para evitar esa acusación, el diseño del experimento se hizo de manera que no habría permitido conocer el usuario y la contraseña introducida, sino simplemente constatar que la habían introducido. Por el momento, la Casa Blanca no ha cursado denuncia alguna. 

¿Qué ocurriría en tu compañía si se enviase un correo de ese tipo, desde una cuenta que simulase la de un compañero o un familiar? ¿Cuántos caerían y suministrarían su usuario y contraseña? ¿Puede este tipo de tests convertirse en una manera de evaluar la cultura en seguridad en las organizaciones? ¿Deberíamos pensar en convertir en habituales pruebas de este tipo en nuestra compañía, como forma de detectar vulnerabilidades o educar en seguridad? Y desde mi punto de vista, en todo este tipo de cuestiones subyace una pregunta importante: la seguridad informática y las infracciones a la misma aún es vista por muchos como algo “de expertos”, como una cuestión disculpable, una falta menor. Aún nos parece relativamente normal y hasta disculpable que una persona facilite su contraseña a otra, o que la tenga pegada en un post-it en la pantalla del ordenador. ¿En qué momento cuestiones de ese tipo, como responder a un correo de phishing, dejan de ser consideradas como algo disculpable y pasan a conceptualizarse como descuidos imperdonables, como el dejarse las llaves puestas en la cerradura, o como una imprudencia temeraria que conlleva responsabilidad? En los Estados Unidos, una cuestión de seguridad como el utilizar una cuenta de correo electrónico personal para tratar asuntos de estado fue utilizada con profusión por Donald Trump para atacar a su oponente, Hillary Clinton, durante toda la campaña. ¿Qué cabría esperar que ocurriese si hiciésemos una prueba como esta con los miembros del gabinete de gobierno de otros países?

 

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Neutralidad de la red: cuando el activismo importa

John Oliver crashing FCC siteQue el británico John Oliver, presentador desde 2014 de Last Week Tonight, uno de los talk shows más populares del late night norteamericano, dedique su comentario principal de la noche a la neutralidad de la red no es algo inusual: lo hizo ya en junio de 2014 con la idea de explicar al norteamericano medio en qué consistía y por qué razón era importante ese concepto, y generó un efecto que terminó por ejercer tanta presión sobre la Comisión Federal de las Comunicaciones (FCC), que según muchos se convirtió en uno de los principales actores implicados en su protección.

Ahora, los tiempos son otros. Con Barack Obama en la Casa Blanca, que había hecho de la protección de la neutralidad de la red una de sus más importantes causas electorales, a pesar de las dudas que generó la llegada a la dirección de la FCC de Tom Wheeler, un antiguo lobbista de la industria de las telecomunicaciones, la idea de que los proveedores de telecomunicaciones no tuviesen la posibilidad de privilegiar o ralentizar el tráfico que circula por sus redes en función de sus intereses parecía razonablemente garantizada, o cuando menos, contaba con una postura de apoyo clara personificada en el presidente.

Con la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, un absoluto ignorante que carece de la más mínima noción de lo que es o lo que significa la neutralidad de la red, pero que a pesar de ello ha anunciado sus inequívocas intenciones de acabar con ella, los tiempos pintan decididamente de otra manera. El nombramiento de Ajit Pai, anteriormente en la nómina de Verizon, apunta claramente a cambios legislativos que permitan a las empresas de telecomunicaciones hacer básicamente lo que quieran.

Sin embargo, no debemos olvidar que el concepto de neutralidad de la red no es precisamente atractivo ni fácil de explicar al ciudadano medio, que de hecho tiende a confundirse con ello y mezclarlo con otras características de su conexión como el ancho de banda contratado. De ahí que la decisión de Oliver de dedicar su programa al tema tenga muchísima importancia, y más en un momento en que la propia FCC, obligada por ley a someter el asunto a consulta pública, había escondido la opción para que el público enviase su opinión a más de cuatro niveles de profundidad en su página web. Contra esto, la idea del presentador fue tan inmediata y eficiente como adquirir un dominio inequívoco y fácil de recordar, gofccyourself.com, y redirigirlo precisamente a la página correspondiente de la web de la FCC en la que un ciudadano puede expresar su opinión al respecto. Esta acción, difundida a través del altavoz que supone un espacio en el late night de la HBO y con la petición expresa a los oyentes de que se dirigiesen a la página a expresar su opinión, fue suficiente como para tumbar la página de la agencia, como de hecho ya había ocurrido en 2014.

El CIO de la FCC, David Bray, ha atribuido la caída de su página a un ataque de denegación de servicio (DDoS), y lo ha condenado afirmando que en realidad, impide escribir sus comentarios a los ciudadanos que genuinamente quieren hacerlo. En realidad, la interrupción del servicio no tiene nada que ver con ningún tipo de conspiración, sino con el efecto de una mención en un programa de elevada popularidad y la apelación a la conciencia colectiva de los usuarios de la red. En este sentido, un DDoS es tan legítimo como el derecho a la manifestación de los ciudadanos en un lugar público, y de tiene efectos secundarios similares a los de una manifestación de elevada concurrencia, que genera una interrupción de servicios como el transporte.

A la hora de defender conceptos como la neutralidad de la red, contar con personas como John Oliver, que lo entienden como algo verdaderamente importante y en lo que están dispuestos a invertir su tiempo y su esfuerzo, resulta fundamental. Auténtico activismo llevado a la programa de un medio aún masivo como la televisión, y divulgación de conceptos relativamente complejos en un lenguaje fácil, sencillo y accesible. Hacerlo además con gracia ya es, por supuesto, de auténtica canasta de tres puntos. John Oliver lo ha conseguido, y en un momento en que la defensa de la neutralidad de la red chocaba con el hartazgo de muchos tras lo que estaba siendo una batalla de resistencia, ha logrado volver a poner el asunto en la mesa de discusión, darle de nuevo una relevancia pública. Un papel sin duda importante y que resulta muy de agradecer. Esperemos que esas acciones de protesta y denuncia se consoliden, y que pasemos de una maldita vez a ver la neutralidad de la red como lo que es: un elemento inseparable, fundamental y necesario vinculado completamente a la naturaleza de internet.

 

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Cuando marketing y política se mezclan

Trump's tweet on SamsungMi columna en El Español de esta semana se titula “Marcas, política y cócteles peligrosos“, y hace referencia al nuevo escenario que algunos políticos como Donald Trump están definiendo, en el que rompen claramente la frontera habitualmente definida entre liderazgo político y cuestiones comerciales para pasar a emitir de manera habitual mensajes que citan marcas, que las critican o que alaban sus decisiones.

Para una marca, en el actual clima de fortísima polarización y radicalización que estamos viviendo, verse citada públicamente por un político de forma positiva o negativa supone un fuerte cambio con respecto a las situaciones habituales que conocemos en la teoría del marketing. Que Samsung anuncie la construcción de una fábrica en los Estados Unidos es seguramente bueno para la marca en ese mercado, y ese efecto positivo y marcado por la confianza en ese mercado es algo que pocos dudarían. Pero que Donald Trump los congratule públicamente por ello en un tweet con un alcance inmediato y directo a varias decenas de millones de personas, e indirecto a muchísimas más, es algo que, seguramente, puede generar más dudas. ¿Genera el tweet de Donald Trump una mejor imagen para la marca? ¿Podría tener un efecto de incremento de las ventas entre sus muchos seguidores? ¿O tal vez un abandono de la marca por parte de sus también muchos detractores? ¿Habla Donald Trump con la compañía antes de citarla, o simplemente lo hace sin preguntar ante la convicción de que puede intentar vender esa decisión como un supuesto éxito de sus políticas?

El lunes pasado, Mariano Rajoy recomendó, en uno de los tweets escritos directamente por él y firmado con sus iniciales, un libro titulado “1785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español“. La recomendación fue, en este caso, completamente espontánea, no solicitada e inesperada. Las respuestas al tweet, sin embargo, muestran una fortísima polarización, y tienden a reflejar una fuerte negatividad. La editorial del libro contestó rápidamente, pero… ¿debemos seguir suponiendo, como se decía habitualmente, que “no existe la mala publicidad“, un aforismo inspirado en la frase de Oscar Wilde, “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”?

Para un directivo de marketing, reaccionar ante este tipo de menciones supone un reto. Mostrarse excesivamente empático, por ejemplo, con un político que genera una polarización fuerte, puede implicar alienar a la base de votantes que no lo soportan, a cambio de un ruido mediático que podría pasar rápidamente y que únicamente redundará en mayores ventas si la base de votantes que le da su apoyo tiene un encaje sociodemográfico razonable con el producto o servicio correspondiente. Dar una apariencia oportunista puede generar connotaciones negativas, pero también puede ser negativo dejar de aprovechar una posible oportunidad para obtener visibilidad. Para las marcas, la etapa actual en la que algunos políticos saltan barreras y pierden el miedo a interferir en el escenario empresarial supone un escenario nuevo en el que es preciso escribir nuevas reglas. Si bien algunas marcas llevan ya décadas animándose a participar de manera significativa en la escena política con su publicidad o con declaraciones de diversos tipos, y algunas lo consideran incluso una parte esencial de su responsabilidad social corporativa, hablamos de planteamientos que provienen de una estrategia analizada y meditada por la compañía, no de “fuegos” que surgen cuando un político pone de golpe a la compañía bajo los focos de la actualidad a golpe de tweet.

Cada día más, mostrar unos principios éticos claros y coherentes, o valorar con precaución la proximidad a determinados líderes políticos se convierte en una habilidad importante: no basta con tener buenos productos o servicios, sino que además, necesitas plantear un ideario determinado y cuidar tus compañías. Un fuerte giro al concepto de liderazgo: llevar a cabo ese tipo de tareas de posicionamiento o de balance sin contar con una presencia e interlocución potente a nivel de redes sociales puede resultar un verdadero problema. Todo un nuevo escenario.

 

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Ética y política

POTUS retweeting Donald Trump protest against Nordstrom

Ayer, el presidente del país más poderoso del mundo cruzó de manera clara y patente una línea ética: utilizó su cuenta presidencial para atacar a una compañía por una decisión comercial. Si alguien quería conflictos de intereses, ya los tiene, y no podían venir empaquetados de manera más clara.

Que la cadena de grandes almacenes de lujo Nordstrom decida tener o no la línea de ropa de Ivanka Trump a la venta es una decisión estrictamente comercial. Tanto si la elimina como respuesta a la presión de una campaña de activismo, como si lo hace por sus escasas ventas o por la poca confianza en la originalidad de sus diseños, la decisión es una cuestión que atañe exclusivamente a los grandes almacenes, que deberán responder de ella ante sus clientes. Que un padre proteste en Twitter porque considera que esa decisión supone un maltrato a su hija podría llegar a ser comprensible, aunque parecería lógico pedir un mínimo de sentido de la responsabilidad si además de padre, resultas ser el presidente de los Estados Unidos.

Pero el problema del tweet que aparece sobre estas líneas no es que Donald J. Trump, padre de Ivanka Trump, proteste por el tratamiento de Nordstrom a su hija. El problema está una línea más arriba, cuando el propio Donald J. Trump decide utilizar su cuenta oficial como presidente de los Estados Unidos, @POTUS, específicamente propiedad del cargo y no suya personal, para retwittear su protesta. Al hacerlo, está poniendo el peso de su cargo en contra de una cadena de grandes almacenes, está reprochando una decisión comercial a una compañía desde la mismísima jefatura del estado. El problema no es que su hija Ivanka sea tratada justa o injustamente (Nordstrom elimina de manera habitual aquellas marcas que no generan las ventas esperadas), que sea una gran persona o que impulse a su padre a hacer las cosas bien, como dice el texto del tweet… todo eso es completamente irrelevante. El problema es que no se puede de ninguna manera utilizar un recurso del estado para una reclamación de carácter personal o empresarial. No se puede. Va contra las más elementales reglas de la ética.

La intensísima polarización que genera Trump ha llevado a que las acciones de la compañía suban un 4% en las horas inmediatamente posteriores al exabrupto del presidente, una prueba clara de la interferencia provocada sobre los procesos de toma de decisiones de una compañía privada. La compañía no se ha manifestado sobre el tema, y aunque estaría en su perfecto derecho de denunciar al presidente por prácticas injustas contra la competencia, no se espera que lo haga. Las consecuencias de una denuncia al presidente de los Estados Unidos son complejas, el proceso podría ser largo, y sin duda, se convertiría en un problema para la compañía teniendo en cuenta que un cierto porcentaje de la población norteamericana votó por Donald Trump.

Este caso marca todo un hito en el mal uso de las redes sociales en política. En realidad, sería equivalente a que el presidente de los Estados Unidos decidiese utilizar la cuenta de Twitter presidencial para hacer publicidad de una marca, para recomendar sus hoteles o para forzar a un gobierno extranjero a que aceptase unos términos de negociación sobre la construcción de uno de sus edificios. Cruzar esa línea genera un precedente verdaderamente malsano, algo que solo puede traer consecuencias negativas, como las tiene criticar y presionar a los jueces, hacerlos responsables de posibles futuros atentados, o pretender obligar a las mujeres a que “vistan como mujeres”. Y lo peor: le da exactamente igual. Es como un adolescente matón y maleducado que va a hacer en cada momento lo que le dé la real gana. Las reglas de la democracia, de la política o de la ética le dan exactamente igual. Buena suerte.

 

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El precio del activismo

Trump cover - Der SpiegelLas absolutamente desmedidas actuaciones del presidente de los Estados Unidos en sus primeras semanas de mandato están dando lugar a problemas y protestas de todo tipo y condición, como los que cabía esperar cuando se pone al frente del país más poderoso del mundo a un payaso grandilocuente carente de cualquier habilidad política, capaz de cuestionar a los juecesobsesionado con las audiencias e incapaz de formular frases de manera coherente.

Ahora, el problema está en cómo reaccionar ante lo que posiblemente sea la mayor sarta de barbaridades, sinsentidos y estupideces políticas jamás cometidas en los Estados Unidos. Y si algo parece claro es que tratar de mantener una actitud colaborativa para al menos intentar influir en los foros de decisión cuando se tomen determinadas medidas es algo sumamente peligroso: lo sabe perfectamente Travis Kalanick, que acaba de renunciar a su puesto en el consejo asesor del presidente tras ser objeto de una campaña de protesta por ese supuesto colaboracionismo, campaña que parece haber llevado a unos 200,000 usuarios a eliminar la app de sus smartphones y ha elevado a su competidor, Lyft, al Top 10 de la App Store.

Lo sabe también Elon Musk, presente en el mismo consejo y que ha defendido su decisión de permanecer en él, pero que ha recibido todo tipo de críticas a través de Twitter por legitimar la política antimigratoria dictada por el presidente tras intentar inútilmente mediar para rebajar sus términos. Decididamente, intentar colaborar con el inquilino de la Casa Blanca, por mucho que se pueda plantear con las mejores intenciones, no es algo que vaya a salir gratis.

Los grandes almacenes Nordstrom anuncian que no venderán la línea de ropa de la hija del presidente, Ivanka, culpando por ello a sus escasas ventas. En realidad, se trata de una reacción a la campaña “Grab your wallet“, que anima a los ciudadanos a boicotear todas las compañías de Trump, las que vendan productos de la familia Trump o incluso las que se anuncien en The Apprentice, el programa de televisión que protagonizaba Donald Trump.

Harley-Davidson canceló el pasado jueves una visita del recién nombrado presidente, afirmando no sentirse cómoda con las protestas que podría generar, y anticipando posibles daños a su imagen. La idea de recibir a un personaje tan sumamente tóxico y de encabezar los telediarios de medio mundo con manifestaciones de ciudadanos en la puerta de su fábrica no parece una perspectiva que anime demasiado a ningún directivo.

Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft están circulando un borrador de carta abierta en protesta contra las políticas del presidente. Para las compañías tecnológicas, protestar es algo que está, en general, completamente dentro de la lógica: no solamente emplean en muchos casos talento aportado por inmigrantes de todo el mundo, sino que incluso están, en muchos casos, fundadas por inmigrantes. Más de dos mil empleados de Google, incluyendo a su fundador, Sergey Brin, participaron en una protesta contra las medidas del presidente. Las compañías tecnológicas no solo se ven amenazadas en sus posibilidades de atraer talento debido a las restricciones a la entrada y a las esperadas modificaciones en el programa de visados tecnológicos H-1B, sino que además, ven cómo las propias herramientas que crean son utilizadas en los aeropuertos como una forma de control de los inmigrantes.

Pero las protestas tampoco salen gratis. Cualquier acción radical, como el blackout de enero de 2012 contra SOPA y PIPAcontra las políticas del presidente choca con el hecho de que hay una cierta cantidad de norteamericanos que, aunque no sean mayoría, votaron a su favor, y podrían reaccionar en contra de las compañías que expresen su disconformidad con sus políticas. Y por mucho que presuntamente, los votantes de Trump no sean ni los que tienen mayor nivel cultural ni los más usuarios de los servicios de las compañías tecnológicas, y que tiendan a ser más bien burdos, ramplones y primarios cuando se expresan a través de las redes sociales – vale la pena ver la magistral respuesta de J. K. Rowling a trolls pro-Trump en Twitter – no dejan de ser parte importante de la sociedad. Una parte que, a pesar del dilema de las dos Américas que Trump ha evidenciado y explotado, pocos quieren plantearse abiertamente excluir.

La posibilidad de reacciones de los votantes pro-Trump lleva a que las acciones que se planteen deban ser necesariamente coordinadas para evitar un perjuicio directo a una sola compañía, y parece estar alentando la opción de protestas a través de los tribunales, donde las compañías pueden plantear sus protestas en un foro más controlado, menos directo y cuyas decisiones tienden a ser acatadas por la mayoría de los ciudadanos. La otra posibilidad, dado que el propio presidente utiliza las herramientas de las compañías tecnológicas para hacer llegar sus opiniones al gran público, es plantearse impedirlo: Twitter podría cerrar la cuenta del presidente con muchísimas excusas que van desde la exaltación del odio hasta el patente racismo, y eso privaría al presidente de su canal de comunicación más querido, pero a riesgo de iniciar un abandono de Twitter entre los que lo votaron. Facebook podría plantearse excluir determinadas noticias de sus trending topics, pero de nuevo, a riesgo de ser acusado de censura y de ver cómo los usuarios conservadores dejan de sentirse cómodos en la plataforma o se plantean acciones contra ella. Otra posibilidad, por supuesto, es tratar de combatir a Trump en su terreno, en Washington, a través de acciones de lobbying, un ámbito en el que las compañías tecnológicas se han destacado notablemente a lo largo de los últimos años.

En realidad, las compañías tecnológicas saben que estas primeras batallas forman parte de una guerra mucho más larga, en la que tendrán a Trump enfrente en bastantes más cuestiones, como la de la neutralidad de la red. Y en toda guerra larga, como bien sabe el siniestro Steve Bannon o la socióloga Zeynep Tufekci, es fundamental administrar las fuerzas, porque las protestas reiteradas, por abundantes que sean al principio, terminan por generar una sensación de desaliento o de hartazgo que lleva a la victoria del oponente. En este caso, el oponente no solo es el más poderoso del mundo, sino que tiene a su favor toda la maquinaria del Estado.

El activismo tiene un precio. Yo tengo muy claro que en ningún momento voy a plantearme si escribir determinadas cosas puede hacer que no me sea posible viajar a Estados Unidos, país en el que viví cuatro años, en el que estudié y al que vuelvo con cierta frecuencia por razones profesionales: primero, porque me parecería profundamente ridículo, y segundo, porque simplemente no puedo hacerlo, no soy así y no me sale lo de nadar y guardar la ropa – seguramente no sea suficientemente inteligente como para hacerlo. Pero yo soy simplemente una persona, no una compañía con la obligación legal de defender el valor que entrega a sus accionistas por encima de otras cuestiones. Cuando las compañías entienden que tienen que maximizar el valor para sus accionistas por encima de todo, incluso de la ética, ocurren barbaridades como las de Volkswagen. Pero en los tiempos que vivimos, ya sabemos que una compañía puede hacer auténticas salvajadas, envenenar a medio mundo, y en lugar de ser penalizada por el mercado, verse elevada al trono de las ventas mundiales.

No, esta guerra no va a ser fácil. Pero las compañías tecnológicas saben que van a tener que estar en ella.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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Iniciativa privada frente a desastre público: el reto de la energía limpia

Breakthrough EnergyUn grupo de veintiocho inversores entre los que se encuentran personajes de tanta relevancia como Bill Gates Jeff Bezos, Vinod Khosla, Jack Ma, John Doerr, Marc Benioff, Richard Branson, Reid Hoffman, Xavier Niel, George Soros o Mark Zuckerberg, han creado un fondo de inversión de mil millones de dólares, con promesa de elevarlo hasta los 30,000 millones en 2020, para el desarrollo de medios de producción de energías limpias, sin duda el desafío más importante del momento para el planeta.

La iniciativa, bautizada como Breakthrough Energy, pretende fomentar el desarrollo de innovación asociada a la generación de energía considerada limpia, un capítulo en el que Barack Obama se había comprometido, junto con otros diecinueve países, a duplicar las inversiones como parte de la iniciativa Mission Innovation, pero que ahora, con la inminente llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, parece difícilmente realizable.

Cuando hablamos de Trump, hablamos de un personaje que no solo se dedicó durante su campaña electoral a ridiculizar el problema del cambio climático y a decir que era “un invento de los chinos” (provocando la posterior reacción del ejecutivo chino), sino que además, ha nombrado para su administración a un grupo de directivos entre los que se encuentra un ex-ejecutivo de una compañía petrolera como Secretario de Estado o un abierto negacionista del cambio climático como director de la Agencia de Protección Medioambiental, con la misión explícita de revertir las iniciativas tomadas por la administración anterior en ese sentido. Trump ya ha anunciado que los Estados Unidos incumplirán los acuerdos internacionales firmados, y que el tema medioambiental está completamente supeditado a otros objetivos. De cara al cambio climático y al desarrollo de energías limpias, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es seguramente la peor noticia imaginable. 

La coalición de inversores privados se define como un fondo de inversión abierto a la financiación de investigación de “cualquier cosa que conduzca a una energía barata, limpia y confiable”, lo que no excluye específicamente nada, y que le ha generado ya algunas polémicas derivadas de considerar inversiones, entre otras cosas, en la mejora de las tecnologías de fisión nuclear (generation IV reactorsnext generation nuclear fission), que muchos no consideran precisamente como una energía limpia. El documento que han presentado definiendo sus áreas de interés es enormemente abierto, y cubre áreas que van desde la generación de electricidad, el transporte o la agricultura, hasta aplicaciones como la manufactura o la gestión de los edificios.

Las compañías dedicadas a las energías limpias, o cleantech, fueron en su momento, en torno a 2008, una de las obsesiones de los capitalistas de riesgo de Silicon Valley, que llegaron a inyectar hasta $6,100 millones antes del comienzo de la crisis económica, con resultados generalmente considerados como mediocres. El nuevo fondo de inversión promete reactivar este tipo de inversiones, y viene a coincidir precisamente con la llegada, si nadie lo evita, de un idiota inconsciente a la Casa Blanca con la capacidad de hacer mucho, mucho daño, un impresentable que afirma que “nadie sabe realmente si el cambio climático es real“.

Una iniciativa pública que desaparece o que se torna incluso dañina, frente a una iniciativa privada que, hasta el momento, no ha sido capaz de probar una eficiencia realmente digna de mención. Una ventana que se cierra, y otra que se abre. Dos vías para aproximarse al que sin duda es, en este momento y diga lo que diga Donald Trump, el mayor desafío de la humanidad: el necesario cambio en la generación y uso de la energía que consumimos.

 

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Analizando la campaña de Trump y el “efecto Facebook”

IMAGE: Doddis - 123RF

Varios medios me llamaron para preguntarme sobre la campaña de Donald Trump y el llamado “efecto Facebook”, la manera en que la estrategia de publicar noticias falsas, incendiarias y sensacionalistas consiguió convertir la red social en una cámara de los espejos que no solo amplificó enormemente el mensaje de una manera completamente distinta a como lo hicieron los medios tradicionales, sino que además, generaron una “normalización” que permitió a personas que antes no habrían expresado sus opiniones debido al miedo a ser criticados o a la corrección política, lo hicieran sin reservas ante la apariencia de que todo su entorno en la red pensaba de la misma manera.

Puedes leer algunas de mis opiniones en este artículo de Javier Ricou en La Vanguardia, titulado “La tormenta perfecta de las mentiras” (pdf), o en este otro de Germán Aranda en Playground Magazine con el inverosímil título de “Trump violó a una yegua becaria“. Además, me cita también al hilo de otro tema Inés Gallastegui en los regionales de Vocento, en un artículo titulado “Doctor Facebook” (jpg).

Insisto en el mismo tema comentado en entradas anteriores: el problema de la campaña de Trump no es recurrir a Facebook, que no deja de ser una estrategia lógica dado el tratamiento que recibía en los medios tradicionales, sino hacerlo con una estrategia clara y marcada  de “envenenamiento” de la red: utilizar una dialéctica completamente anti-democrática (insultos, descalificaciones y barbaridades altisonantes) y la publicación de noticias completamente falsas y sensacionalistas para obtener un efecto burbuja que se desarrolla al margen de todo mecanismo de control. El análisis de la difusión de noticias completamente falsas, como esta que trataba de demostrar que las protestas contra Trump eran fruto de una organización que desplazaba a personas en flotas de autobuses (los autobuses eran de otro evento completamente al margen y sin relación alguna), y de cómo esas noticias calumniosas y sin fundamento alguno circularon por Facebook en los días anteriores a las elecciones demuestra que hubo una explotación consciente de las debilidades de Facebook – debilidades ampliamente conocidas por la compañía, pero gracias a las cuales consigue mejorar su cuenta de resultados – con el fin claro e inequívoco de distorsionar la campaña.

No, en la democracia no cabe ni debe caber todo. Nos hemos acostumbrado a que el insulto, la descalificación, el trazo grueso y la difamación se conviertan tristemente en armas habituales del debate político, y la campaña de Donald Trump es la hipérbole absoluta de todas esas técnicas, cuidadosamente ejecutadas. ¿Somos democráticos hasta que no nos gusta el resultado? No, somos democráticos hasta que alguien incumple claramente las reglas del juego democrático. A lo mejor, la respuesta a que los medios tradicionales o la prensa en internet estuviesen en contra de Trump no hay que buscarla en que forman todos sin excepción parte de un lobby encarnizado y empeñado en llevar a Hillary a la Casa Blanca, sino en que la candidatura de Trump era tan demencial, que prácticamente cualquiera mínimamente demócrata y con dos dedos de frente sabe que donde ese hombre tendría que estar no es en la Casa Blanca, sino en otro sitio mucho más sombrío. Nunca me gustó Hillary como candidata, mi candidato ideal de haber votado en los Estados Unidos habría sido Bernie Sanders, del que Hillary aparentemente se libró con jugadas subterráneas poco edificantes, pero la llegada al poder de Donald Trump puede ser lo peor que le ha ocurrido no a los Estados Unidos, sino al mundo, desde hace mucho, muchísimo tiempo.

 

 

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Facebook en su momento de la verdad

IMAGE: Modified from Alan Cotton - 123RF

La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones norteamericanas está teniendo unas inesperadas consecuencias sobre Facebook, una compañía que se ha convertido, gracias a su ambiciosísima estrategia, en el mayor medio de comunicación del mundo, el único que puede presumir de alcanzar a casi 1,800 millones de personas en todo el mundo.

Las primeras respuestas de la compañía ante las acusaciones de haber sido un elemento fundamental en la victoria de Donald Trump no han dejado a nadie satisfecho: escurrir el bulto y decir que en realidad, las noticias falsas son muy pocas e influyen muy poquito es simplemente tratar de negar la mayor, además de cuestionar tu propio negocio. En realidad, la posición de Zuckerberg es tan débil que no convence ni a sus propios empleados, que han llegado incluso a montar una task force para luchar contra las noticias falsas y sensacionalistas, en contra de la opinión del fundador.

Que Facebook influye en sus usuarios resulta completamente innegable: lo demostró en 2012 con su polémico e inmoral experimento de modificación del estado de ánimo, y lo saben todos los anunciantes que gastan dinero en su plataforma. y hasta el propio Donald Trump ha dejado meridianamente claro no solo que Facebook y Twitter fueron elementos fundamentales que le ayudaron a ganar difundiendo sus mensajes, sino que además, las campañas en Facebook se convirtieron en su principal fuente de financiación directa.

No, Mark Zuckerberg ya no puede seguir jugando al “yo no fui”: si sacas pecho afirmando que has cambiado el mundo por tu papel durante la primavera árabe, no puedes después dedicarte a negar tu influencia en unas elecciones. Simplemente no es coherente. La gran realidad es que Facebook se ha convertido en una gran maquinaria fundamental en las campañas políticas, un lugar en el que el uso de noticias falsas, tendenciosas y sensacionalistas no solo se ha convertido en habitual, sino que incluso se ve incentivado. Cortar el acceso a los ingresos publicitarios de aquellas páginas que se dedican a fabricar y circular ese tipo de noticias, siguiendo los pasos de Google, supone un intento de desincentivar este tipo de comportamiento, pero tampoco es una acción inocua: ¿qué es verdad y qué es falso? ¿Quién lo va a decidir? No es lo mismo informar de adelantos de la ciencia, que aún así también pueden comunicarse de manera sensacionalista o tendenciosa, que hacerlo sobre política, ¿no? El gran peligro de pedir a las redes sociales y motores de búsqueda que eliminen las noticias falsas y sensacionalistas es precisamente ese: qué ocurrirá si efectivamente se ponen en esa posición, y cuáles serán los criterios para hacerlo. De hecho, si nos fijamos en el criterio de Snopes, sin duda los mayores expertos en noticias falsas de toda la web, el problema no está en las noticias, sino en los medios.

En este sentido, Google parece caminar unos cuantos metros por delante. La preocupación por los efectos de sus algoritmo sobre las características de la web y su impresión de que el excesivo peso de los elementos sociales estaban convirtiéndose en un incentivo al sensacionalismo llevó a la compañía a replantearse muchas cosas, y a iniciar toda una línea de desarrollo en torno al concepto del Knowledge-Based Trust, o KBT, la más ambiciosa modificación del PageRank desde sus inicios. Todo indica que Facebook está aún my lejos de este tipo de razonamientos: por el momento, sus intentos de detener la polémica en torno a la manipulación de sus trending topics se vieron detenidos por la posibilidad de que sus acciones resultasen ofensivas para los más conservadores.

Donald Trump, con sus ideas del siglo XIX, es un político del siglo XXI. Su campaña grandilocuente y exagerada que desprecia los hechos y resalta el sensacionalismo de las grandes afirmaciones destinadas a ser compartidas en las redes sociales es, en realidad, la responsable de que el término post-truth se haya convertido en la palabra del año para el diccionario Oxford. Ha sabido interpretar las debilidades de un ecosistema a medio hacer como el de las redes sociales, lleno de contradicciones y de protocolos a medio desarrollar, y lo ha convertido en una poderosísima arma electoral. Millones de personas se han adoctrinado voluntaria o involuntariamente en páginas repletas de noticias falsas que no resistirían una simple búsqueda, pero que han leído en un entorno, en una auténtica cámara de los espejos, que les hacía pensar que todos los que les rodeaban, los que les importan y los que siguen o les siguen pensaban igual. Un auténtico amplificador del sensacionalismo. Facebook tuvo su momento de la verdad, y no estuvo a la altura. Prefirió decidir que su verdad era que no había verdad, que cada uno debía tener la suya, o que la verdad era verdad por consenso. Quiso convertirse en el gran editor de noticias del mundo, pero es un editor con un inclasificable sistema de valores vago y amorfo, que responde únicamente a la idea de proporcionar a cada uno aquello con lo que se quiere identificar, con lo que quiere reforzar sus creencias. Una burbuja personalizada, a la medida de nuestras amistades, nuestro entorno y nuestras creencias que algunos han sabido explotar muy bien. Y el resultado de todo esto lo tendremos ahora durante cuatro años en la Casa Blanca.

 

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