Category Archives: Donald Trump

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Ética y política

POTUS retweeting Donald Trump protest against Nordstrom

Ayer, el presidente del país más poderoso del mundo cruzó de manera clara y patente una línea ética: utilizó su cuenta presidencial para atacar a una compañía por una decisión comercial. Si alguien quería conflictos de intereses, ya los tiene, y no podían venir empaquetados de manera más clara.

Que la cadena de grandes almacenes de lujo Nordstrom decida tener o no la línea de ropa de Ivanka Trump a la venta es una decisión estrictamente comercial. Tanto si la elimina como respuesta a la presión de una campaña de activismo, como si lo hace por sus escasas ventas o por la poca confianza en la originalidad de sus diseños, la decisión es una cuestión que atañe exclusivamente a los grandes almacenes, que deberán responder de ella ante sus clientes. Que un padre proteste en Twitter porque considera que esa decisión supone un maltrato a su hija podría llegar a ser comprensible, aunque parecería lógico pedir un mínimo de sentido de la responsabilidad si además de padre, resultas ser el presidente de los Estados Unidos.

Pero el problema del tweet que aparece sobre estas líneas no es que Donald J. Trump, padre de Ivanka Trump, proteste por el tratamiento de Nordstrom a su hija. El problema está una línea más arriba, cuando el propio Donald J. Trump decide utilizar su cuenta oficial como presidente de los Estados Unidos, @POTUS, específicamente propiedad del cargo y no suya personal, para retwittear su protesta. Al hacerlo, está poniendo el peso de su cargo en contra de una cadena de grandes almacenes, está reprochando una decisión comercial a una compañía desde la mismísima jefatura del estado. El problema no es que su hija Ivanka sea tratada justa o injustamente (Nordstrom elimina de manera habitual aquellas marcas que no generan las ventas esperadas), que sea una gran persona o que impulse a su padre a hacer las cosas bien, como dice el texto del tweet… todo eso es completamente irrelevante. El problema es que no se puede de ninguna manera utilizar un recurso del estado para una reclamación de carácter personal o empresarial. No se puede. Va contra las más elementales reglas de la ética.

La intensísima polarización que genera Trump ha llevado a que las acciones de la compañía suban un 4% en las horas inmediatamente posteriores al exabrupto del presidente, una prueba clara de la interferencia provocada sobre los procesos de toma de decisiones de una compañía privada. La compañía no se ha manifestado sobre el tema, y aunque estaría en su perfecto derecho de denunciar al presidente por prácticas injustas contra la competencia, no se espera que lo haga. Las consecuencias de una denuncia al presidente de los Estados Unidos son complejas, el proceso podría ser largo, y sin duda, se convertiría en un problema para la compañía teniendo en cuenta que un cierto porcentaje de la población norteamericana votó por Donald Trump.

Este caso marca todo un hito en el mal uso de las redes sociales en política. En realidad, sería equivalente a que el presidente de los Estados Unidos decidiese utilizar la cuenta de Twitter presidencial para hacer publicidad de una marca, para recomendar sus hoteles o para forzar a un gobierno extranjero a que aceptase unos términos de negociación sobre la construcción de uno de sus edificios. Cruzar esa línea genera un precedente verdaderamente malsano, algo que solo puede traer consecuencias negativas, como las tiene criticar y presionar a los jueces, hacerlos responsables de posibles futuros atentados, o pretender obligar a las mujeres a que “vistan como mujeres”. Y lo peor: le da exactamente igual. Es como un adolescente matón y maleducado que va a hacer en cada momento lo que le dé la real gana. Las reglas de la democracia, de la política o de la ética le dan exactamente igual. Buena suerte.

 

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El precio del activismo

Trump cover - Der SpiegelLas absolutamente desmedidas actuaciones del presidente de los Estados Unidos en sus primeras semanas de mandato están dando lugar a problemas y protestas de todo tipo y condición, como los que cabía esperar cuando se pone al frente del país más poderoso del mundo a un payaso grandilocuente carente de cualquier habilidad política, capaz de cuestionar a los juecesobsesionado con las audiencias e incapaz de formular frases de manera coherente.

Ahora, el problema está en cómo reaccionar ante lo que posiblemente sea la mayor sarta de barbaridades, sinsentidos y estupideces políticas jamás cometidas en los Estados Unidos. Y si algo parece claro es que tratar de mantener una actitud colaborativa para al menos intentar influir en los foros de decisión cuando se tomen determinadas medidas es algo sumamente peligroso: lo sabe perfectamente Travis Kalanick, que acaba de renunciar a su puesto en el consejo asesor del presidente tras ser objeto de una campaña de protesta por ese supuesto colaboracionismo, campaña que parece haber llevado a unos 200,000 usuarios a eliminar la app de sus smartphones y ha elevado a su competidor, Lyft, al Top 10 de la App Store.

Lo sabe también Elon Musk, presente en el mismo consejo y que ha defendido su decisión de permanecer en él, pero que ha recibido todo tipo de críticas a través de Twitter por legitimar la política antimigratoria dictada por el presidente tras intentar inútilmente mediar para rebajar sus términos. Decididamente, intentar colaborar con el inquilino de la Casa Blanca, por mucho que se pueda plantear con las mejores intenciones, no es algo que vaya a salir gratis.

Los grandes almacenes Nordstrom anuncian que no venderán la línea de ropa de la hija del presidente, Ivanka, culpando por ello a sus escasas ventas. En realidad, se trata de una reacción a la campaña “Grab your wallet“, que anima a los ciudadanos a boicotear todas las compañías de Trump, las que vendan productos de la familia Trump o incluso las que se anuncien en The Apprentice, el programa de televisión que protagonizaba Donald Trump.

Harley-Davidson canceló el pasado jueves una visita del recién nombrado presidente, afirmando no sentirse cómoda con las protestas que podría generar, y anticipando posibles daños a su imagen. La idea de recibir a un personaje tan sumamente tóxico y de encabezar los telediarios de medio mundo con manifestaciones de ciudadanos en la puerta de su fábrica no parece una perspectiva que anime demasiado a ningún directivo.

Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft están circulando un borrador de carta abierta en protesta contra las políticas del presidente. Para las compañías tecnológicas, protestar es algo que está, en general, completamente dentro de la lógica: no solamente emplean en muchos casos talento aportado por inmigrantes de todo el mundo, sino que incluso están, en muchos casos, fundadas por inmigrantes. Más de dos mil empleados de Google, incluyendo a su fundador, Sergey Brin, participaron en una protesta contra las medidas del presidente. Las compañías tecnológicas no solo se ven amenazadas en sus posibilidades de atraer talento debido a las restricciones a la entrada y a las esperadas modificaciones en el programa de visados tecnológicos H-1B, sino que además, ven cómo las propias herramientas que crean son utilizadas en los aeropuertos como una forma de control de los inmigrantes.

Pero las protestas tampoco salen gratis. Cualquier acción radical, como el blackout de enero de 2012 contra SOPA y PIPAcontra las políticas del presidente choca con el hecho de que hay una cierta cantidad de norteamericanos que, aunque no sean mayoría, votaron a su favor, y podrían reaccionar en contra de las compañías que expresen su disconformidad con sus políticas. Y por mucho que presuntamente, los votantes de Trump no sean ni los que tienen mayor nivel cultural ni los más usuarios de los servicios de las compañías tecnológicas, y que tiendan a ser más bien burdos, ramplones y primarios cuando se expresan a través de las redes sociales – vale la pena ver la magistral respuesta de J. K. Rowling a trolls pro-Trump en Twitter – no dejan de ser parte importante de la sociedad. Una parte que, a pesar del dilema de las dos Américas que Trump ha evidenciado y explotado, pocos quieren plantearse abiertamente excluir.

La posibilidad de reacciones de los votantes pro-Trump lleva a que las acciones que se planteen deban ser necesariamente coordinadas para evitar un perjuicio directo a una sola compañía, y parece estar alentando la opción de protestas a través de los tribunales, donde las compañías pueden plantear sus protestas en un foro más controlado, menos directo y cuyas decisiones tienden a ser acatadas por la mayoría de los ciudadanos. La otra posibilidad, dado que el propio presidente utiliza las herramientas de las compañías tecnológicas para hacer llegar sus opiniones al gran público, es plantearse impedirlo: Twitter podría cerrar la cuenta del presidente con muchísimas excusas que van desde la exaltación del odio hasta el patente racismo, y eso privaría al presidente de su canal de comunicación más querido, pero a riesgo de iniciar un abandono de Twitter entre los que lo votaron. Facebook podría plantearse excluir determinadas noticias de sus trending topics, pero de nuevo, a riesgo de ser acusado de censura y de ver cómo los usuarios conservadores dejan de sentirse cómodos en la plataforma o se plantean acciones contra ella. Otra posibilidad, por supuesto, es tratar de combatir a Trump en su terreno, en Washington, a través de acciones de lobbying, un ámbito en el que las compañías tecnológicas se han destacado notablemente a lo largo de los últimos años.

En realidad, las compañías tecnológicas saben que estas primeras batallas forman parte de una guerra mucho más larga, en la que tendrán a Trump enfrente en bastantes más cuestiones, como la de la neutralidad de la red. Y en toda guerra larga, como bien sabe el siniestro Steve Bannon o la socióloga Zeynep Tufekci, es fundamental administrar las fuerzas, porque las protestas reiteradas, por abundantes que sean al principio, terminan por generar una sensación de desaliento o de hartazgo que lleva a la victoria del oponente. En este caso, el oponente no solo es el más poderoso del mundo, sino que tiene a su favor toda la maquinaria del Estado.

El activismo tiene un precio. Yo tengo muy claro que en ningún momento voy a plantearme si escribir determinadas cosas puede hacer que no me sea posible viajar a Estados Unidos, país en el que viví cuatro años, en el que estudié y al que vuelvo con cierta frecuencia por razones profesionales: primero, porque me parecería profundamente ridículo, y segundo, porque simplemente no puedo hacerlo, no soy así y no me sale lo de nadar y guardar la ropa – seguramente no sea suficientemente inteligente como para hacerlo. Pero yo soy simplemente una persona, no una compañía con la obligación legal de defender el valor que entrega a sus accionistas por encima de otras cuestiones. Cuando las compañías entienden que tienen que maximizar el valor para sus accionistas por encima de todo, incluso de la ética, ocurren barbaridades como las de Volkswagen. Pero en los tiempos que vivimos, ya sabemos que una compañía puede hacer auténticas salvajadas, envenenar a medio mundo, y en lugar de ser penalizada por el mercado, verse elevada al trono de las ventas mundiales.

No, esta guerra no va a ser fácil. Pero las compañías tecnológicas saben que van a tener que estar en ella.

 

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La primera semana de Trump

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Tanto, que no puedo evitar utilizar mi página para escribir sobre ello. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil. Y nos va a costar muy caro.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.

 

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Iniciativa privada frente a desastre público: el reto de la energía limpia

Breakthrough EnergyUn grupo de veintiocho inversores entre los que se encuentran personajes de tanta relevancia como Bill Gates Jeff Bezos, Vinod Khosla, Jack Ma, John Doerr, Marc Benioff, Richard Branson, Reid Hoffman, Xavier Niel, George Soros o Mark Zuckerberg, han creado un fondo de inversión de mil millones de dólares, con promesa de elevarlo hasta los 30,000 millones en 2020, para el desarrollo de medios de producción de energías limpias, sin duda el desafío más importante del momento para el planeta.

La iniciativa, bautizada como Breakthrough Energy, pretende fomentar el desarrollo de innovación asociada a la generación de energía considerada limpia, un capítulo en el que Barack Obama se había comprometido, junto con otros diecinueve países, a duplicar las inversiones como parte de la iniciativa Mission Innovation, pero que ahora, con la inminente llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, parece difícilmente realizable.

Cuando hablamos de Trump, hablamos de un personaje que no solo se dedicó durante su campaña electoral a ridiculizar el problema del cambio climático y a decir que era “un invento de los chinos” (provocando la posterior reacción del ejecutivo chino), sino que además, ha nombrado para su administración a un grupo de directivos entre los que se encuentra un ex-ejecutivo de una compañía petrolera como Secretario de Estado o un abierto negacionista del cambio climático como director de la Agencia de Protección Medioambiental, con la misión explícita de revertir las iniciativas tomadas por la administración anterior en ese sentido. Trump ya ha anunciado que los Estados Unidos incumplirán los acuerdos internacionales firmados, y que el tema medioambiental está completamente supeditado a otros objetivos. De cara al cambio climático y al desarrollo de energías limpias, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es seguramente la peor noticia imaginable. 

La coalición de inversores privados se define como un fondo de inversión abierto a la financiación de investigación de “cualquier cosa que conduzca a una energía barata, limpia y confiable”, lo que no excluye específicamente nada, y que le ha generado ya algunas polémicas derivadas de considerar inversiones, entre otras cosas, en la mejora de las tecnologías de fisión nuclear (generation IV reactorsnext generation nuclear fission), que muchos no consideran precisamente como una energía limpia. El documento que han presentado definiendo sus áreas de interés es enormemente abierto, y cubre áreas que van desde la generación de electricidad, el transporte o la agricultura, hasta aplicaciones como la manufactura o la gestión de los edificios.

Las compañías dedicadas a las energías limpias, o cleantech, fueron en su momento, en torno a 2008, una de las obsesiones de los capitalistas de riesgo de Silicon Valley, que llegaron a inyectar hasta $6,100 millones antes del comienzo de la crisis económica, con resultados generalmente considerados como mediocres. El nuevo fondo de inversión promete reactivar este tipo de inversiones, y viene a coincidir precisamente con la llegada, si nadie lo evita, de un idiota inconsciente a la Casa Blanca con la capacidad de hacer mucho, mucho daño, un impresentable que afirma que “nadie sabe realmente si el cambio climático es real“.

Una iniciativa pública que desaparece o que se torna incluso dañina, frente a una iniciativa privada que, hasta el momento, no ha sido capaz de probar una eficiencia realmente digna de mención. Una ventana que se cierra, y otra que se abre. Dos vías para aproximarse al que sin duda es, en este momento y diga lo que diga Donald Trump, el mayor desafío de la humanidad: el necesario cambio en la generación y uso de la energía que consumimos.

 

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Analizando la campaña de Trump y el “efecto Facebook”

IMAGE: Doddis - 123RF

Varios medios me llamaron para preguntarme sobre la campaña de Donald Trump y el llamado “efecto Facebook”, la manera en que la estrategia de publicar noticias falsas, incendiarias y sensacionalistas consiguió convertir la red social en una cámara de los espejos que no solo amplificó enormemente el mensaje de una manera completamente distinta a como lo hicieron los medios tradicionales, sino que además, generaron una “normalización” que permitió a personas que antes no habrían expresado sus opiniones debido al miedo a ser criticados o a la corrección política, lo hicieran sin reservas ante la apariencia de que todo su entorno en la red pensaba de la misma manera.

Puedes leer algunas de mis opiniones en este artículo de Javier Ricou en La Vanguardia, titulado “La tormenta perfecta de las mentiras” (pdf), o en este otro de Germán Aranda en Playground Magazine con el inverosímil título de “Trump violó a una yegua becaria“. Además, me cita también al hilo de otro tema Inés Gallastegui en los regionales de Vocento, en un artículo titulado “Doctor Facebook” (jpg).

Insisto en el mismo tema comentado en entradas anteriores: el problema de la campaña de Trump no es recurrir a Facebook, que no deja de ser una estrategia lógica dado el tratamiento que recibía en los medios tradicionales, sino hacerlo con una estrategia clara y marcada  de “envenenamiento” de la red: utilizar una dialéctica completamente anti-democrática (insultos, descalificaciones y barbaridades altisonantes) y la publicación de noticias completamente falsas y sensacionalistas para obtener un efecto burbuja que se desarrolla al margen de todo mecanismo de control. El análisis de la difusión de noticias completamente falsas, como esta que trataba de demostrar que las protestas contra Trump eran fruto de una organización que desplazaba a personas en flotas de autobuses (los autobuses eran de otro evento completamente al margen y sin relación alguna), y de cómo esas noticias calumniosas y sin fundamento alguno circularon por Facebook en los días anteriores a las elecciones demuestra que hubo una explotación consciente de las debilidades de Facebook – debilidades ampliamente conocidas por la compañía, pero gracias a las cuales consigue mejorar su cuenta de resultados – con el fin claro e inequívoco de distorsionar la campaña.

No, en la democracia no cabe ni debe caber todo. Nos hemos acostumbrado a que el insulto, la descalificación, el trazo grueso y la difamación se conviertan tristemente en armas habituales del debate político, y la campaña de Donald Trump es la hipérbole absoluta de todas esas técnicas, cuidadosamente ejecutadas. ¿Somos democráticos hasta que no nos gusta el resultado? No, somos democráticos hasta que alguien incumple claramente las reglas del juego democrático. A lo mejor, la respuesta a que los medios tradicionales o la prensa en internet estuviesen en contra de Trump no hay que buscarla en que forman todos sin excepción parte de un lobby encarnizado y empeñado en llevar a Hillary a la Casa Blanca, sino en que la candidatura de Trump era tan demencial, que prácticamente cualquiera mínimamente demócrata y con dos dedos de frente sabe que donde ese hombre tendría que estar no es en la Casa Blanca, sino en otro sitio mucho más sombrío. Nunca me gustó Hillary como candidata, mi candidato ideal de haber votado en los Estados Unidos habría sido Bernie Sanders, del que Hillary aparentemente se libró con jugadas subterráneas poco edificantes, pero la llegada al poder de Donald Trump puede ser lo peor que le ha ocurrido no a los Estados Unidos, sino al mundo, desde hace mucho, muchísimo tiempo.

 

 

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Facebook en su momento de la verdad

IMAGE: Modified from Alan Cotton - 123RF

La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones norteamericanas está teniendo unas inesperadas consecuencias sobre Facebook, una compañía que se ha convertido, gracias a su ambiciosísima estrategia, en el mayor medio de comunicación del mundo, el único que puede presumir de alcanzar a casi 1,800 millones de personas en todo el mundo.

Las primeras respuestas de la compañía ante las acusaciones de haber sido un elemento fundamental en la victoria de Donald Trump no han dejado a nadie satisfecho: escurrir el bulto y decir que en realidad, las noticias falsas son muy pocas e influyen muy poquito es simplemente tratar de negar la mayor, además de cuestionar tu propio negocio. En realidad, la posición de Zuckerberg es tan débil que no convence ni a sus propios empleados, que han llegado incluso a montar una task force para luchar contra las noticias falsas y sensacionalistas, en contra de la opinión del fundador.

Que Facebook influye en sus usuarios resulta completamente innegable: lo demostró en 2012 con su polémico e inmoral experimento de modificación del estado de ánimo, y lo saben todos los anunciantes que gastan dinero en su plataforma. y hasta el propio Donald Trump ha dejado meridianamente claro no solo que Facebook y Twitter fueron elementos fundamentales que le ayudaron a ganar difundiendo sus mensajes, sino que además, las campañas en Facebook se convirtieron en su principal fuente de financiación directa.

No, Mark Zuckerberg ya no puede seguir jugando al “yo no fui”: si sacas pecho afirmando que has cambiado el mundo por tu papel durante la primavera árabe, no puedes después dedicarte a negar tu influencia en unas elecciones. Simplemente no es coherente. La gran realidad es que Facebook se ha convertido en una gran maquinaria fundamental en las campañas políticas, un lugar en el que el uso de noticias falsas, tendenciosas y sensacionalistas no solo se ha convertido en habitual, sino que incluso se ve incentivado. Cortar el acceso a los ingresos publicitarios de aquellas páginas que se dedican a fabricar y circular ese tipo de noticias, siguiendo los pasos de Google, supone un intento de desincentivar este tipo de comportamiento, pero tampoco es una acción inocua: ¿qué es verdad y qué es falso? ¿Quién lo va a decidir? No es lo mismo informar de adelantos de la ciencia, que aún así también pueden comunicarse de manera sensacionalista o tendenciosa, que hacerlo sobre política, ¿no? El gran peligro de pedir a las redes sociales y motores de búsqueda que eliminen las noticias falsas y sensacionalistas es precisamente ese: qué ocurrirá si efectivamente se ponen en esa posición, y cuáles serán los criterios para hacerlo. De hecho, si nos fijamos en el criterio de Snopes, sin duda los mayores expertos en noticias falsas de toda la web, el problema no está en las noticias, sino en los medios.

En este sentido, Google parece caminar unos cuantos metros por delante. La preocupación por los efectos de sus algoritmo sobre las características de la web y su impresión de que el excesivo peso de los elementos sociales estaban convirtiéndose en un incentivo al sensacionalismo llevó a la compañía a replantearse muchas cosas, y a iniciar toda una línea de desarrollo en torno al concepto del Knowledge-Based Trust, o KBT, la más ambiciosa modificación del PageRank desde sus inicios. Todo indica que Facebook está aún my lejos de este tipo de razonamientos: por el momento, sus intentos de detener la polémica en torno a la manipulación de sus trending topics se vieron detenidos por la posibilidad de que sus acciones resultasen ofensivas para los más conservadores.

Donald Trump, con sus ideas del siglo XIX, es un político del siglo XXI. Su campaña grandilocuente y exagerada que desprecia los hechos y resalta el sensacionalismo de las grandes afirmaciones destinadas a ser compartidas en las redes sociales es, en realidad, la responsable de que el término post-truth se haya convertido en la palabra del año para el diccionario Oxford. Ha sabido interpretar las debilidades de un ecosistema a medio hacer como el de las redes sociales, lleno de contradicciones y de protocolos a medio desarrollar, y lo ha convertido en una poderosísima arma electoral. Millones de personas se han adoctrinado voluntaria o involuntariamente en páginas repletas de noticias falsas que no resistirían una simple búsqueda, pero que han leído en un entorno, en una auténtica cámara de los espejos, que les hacía pensar que todos los que les rodeaban, los que les importan y los que siguen o les siguen pensaban igual. Un auténtico amplificador del sensacionalismo. Facebook tuvo su momento de la verdad, y no estuvo a la altura. Prefirió decidir que su verdad era que no había verdad, que cada uno debía tener la suya, o que la verdad era verdad por consenso. Quiso convertirse en el gran editor de noticias del mundo, pero es un editor con un inclasificable sistema de valores vago y amorfo, que responde únicamente a la idea de proporcionar a cada uno aquello con lo que se quiere identificar, con lo que quiere reforzar sus creencias. Una burbuja personalizada, a la medida de nuestras amistades, nuestro entorno y nuestras creencias que algunos han sabido explotar muy bien. Y el resultado de todo esto lo tendremos ahora durante cuatro años en la Casa Blanca.

 

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Trump y los tiempos oscuros

Donald Trump's world - Cartoon by Patrick ChapatteMi columna en El Español de esta semana se titula “Tiempos oscuros“, y habla, como no podía ser de otro modo, de la elección de Donald Trump como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos y de lo que esto puede suponer para el país norteamericano, para los derechos civiles, para la industria tecnológica o para la innovación en su conjunto.

Si la victoria de Donald Trump fue una sorpresa para muchos, los efectos secundarios inmediatos de la misma no lo son en absoluto: brotes epidémicos de ataques racistas en todo el país por parte de votantes que ahora se sienten plenamente legitimados, protestas de los que sienten que “ese no es su presidente” o incluso que sienten la jornada electoral como “un robo y una violación“, e incluso la propuesta de una alternativa secesionista que pretende la independencia de California, un CalExit que daría lugar a la sexta economía más importante del mundo.

Semejantes reacciones no son especialmente sorprendentes si consideramos el perfil del que, si nada ni nadie lo impide, será proclamado nuevo presidente el próximo enero. La industria tecnológica en su conjunto, con la excepción de Peter Thiel, dejó perfectamente claro su rechazo a Trump durante la campaña electoral, y se encuentra ahora con una victoria que glorifica la economía “tradicional”, que desprecia abiertamente la contribución de unas compañías tecnológicas que con la administración Obama se convirtieron en el auténtico orgullo del país, y que promete desde sanciones aplicando la legislación antimonopolio hasta boicots por no abrir el iPhone al FBI (él mismo utiliza un terminal Samsung desde aquel evento), pasando por la eliminación del programa de visado para inmigrantes con perfil tecnológico, la imposición de barreras arancelarias a la importación de productos fabricados en el sudeste asiático o la eliminación de la neutralidad de la red. La única excepción a la catástrofe viene de la prometida rebaja de impuestos a la repatriación de beneficios, que podría llevar a que muchas compañías aprovechasen para llevar ventajosamente al país las cuantiosas sumas generadas por sus operaciones en mercados exteriores.

El panorama es pavoroso para Silicon Valley, como refleja el tono de la carta dirigida por Tim Cook a sus empleados tras el resultado electoral. Un presidente que odia declaradamente el clima inclusivo y abierto de las compañías tecnológicas, que es visto como un auténtico fósil de otros tiempos, que desprecia sin reparos todo lo que no sea masculino, blanco y norteamericano, y que resulta completamente insensible a problemas tan importantes como el cambio climático es como para echarse a temblar. Que no sepa manejar un ordenador o carezca completamente de cultura tecnológica es ya lo de menos: con la excepción de Barack Obama, auténtico geek de honor al que echaremos muchísimo de menos, es tristemente habitual, aunque no debería considerarse disculpa, que la mayoría de los políticos sean completos ignorantes en ese sentido. Pero más allá de los lamentos, la industria debería hacer algo de autocrítica: ¿hasta qué punto la victoria de semejante majadero no es el resultado de una brecha social cada vez mayor provocada precisamente por el éxito de la industria tecnológica?

Muchas voces apuntan que en gran medida, la victoria de Trump se debe a Facebook. Por mucho que Mark Zuckerberg lo niegue, la evidencia es que la ausencia de mecanismos de control en la red social llevó a que miles de páginas se dedicasen a esparcir constantemente información tendenciosa y completamente falsa con supuestos escándalos y mentiras de todo tipo que aprovecharon esa característica de la red para difundirse con total eficiencia: en Facebook no puedes publicar una fotografía en la que salga un pezón, pero sí puedes difamar, insultar, mentir y difundir información completamente falsa sin que pase absolutamente nada. Y si bien la idea de un control editorial en una red social puede resultar compleja, la idea de que esa misma red se haya convertido en el lugar en el que millones de votantes hayan visto reafirmadas sus creencias absurdas gracias a la construcción de infinitas cámaras de espejos en las que veían sus fantasmas reflejados en edición corregida y aumentada resulta, cuando menos, pavorosa… y mucho más, si vemos sus resultados.

Pero además del efecto de esas redes sociales en el resultado electoral, debemos plantearnos hasta qué punto la tecnología no se ha convertido en una barrera que lleva a que millones de ciudadanos se sientan excluidos, marginados o frustrados. Para una gran cantidad de ciudadanos, la tecnología se ha convertido en un símbolo de empresas multimillonarias que producen productos caros, que cobran sueldos millonarios y realizan transacciones por mareantes importes de muchos miles de millones, y que les lleva a pensar que sus únicas alternativas de futuro son aprender a programar o endeudarse hasta las cejas para entrar en una universidad puntera, so pena de que llegue un robot y les deje sin trabajo. En realidad, todo esto es mentira y responde a los malditos clichés de siempre: los que estamos de este lado sabemos – o creemos saber – que la tecnología es cada vez más sencilla, más barata, más accesible, más inclusiva, y que el mundo que viene con su desarrollo es mejor que el que había antes… pero ni nosotros mismos estamos seguros de ello, ni mucho menos ellos lo saben, lo creen, lo entienden o lo quieren entender.

Hablamos de un digital divide invisible, que ya no responde tanto al factor económico de tener o no tener dinero para comprarse un smartphone o pagar una conexión, sino a una ausencia de interés, a una inercia que lleva a tener miedo a imaginar un mundo en el que las cosas se hagan de manera diferente. Cuando el Homo technologicus se compara con el ciudadano de a pie, se ve muy diferente, y proyecta una imagen de superioridad, de capacidades mejoradas y de mejor adaptación al entorno que puede llegar a generar rechazo, y que dura… hasta que esos “marginados”, en muchos casos “auto-marginados”, van, votan y elevan al puesto de máxima responsabilidad del país a un impresentable como Trump, que aplica al pie de la letra la definición de populismo y les promete resolver todos sus problemas. En el fragor de la batalla, el descontento con el capitalismo, el hartazgo de los políticos, el odio a las élites y la supremacía de la tecnología acaban en el mismo saco. La industria tecnológica no ha conseguido proyectar una imagen de inclusión y positivismo, sino más bien de todo lo contrario: si no usas nuestros productos, eres un apestado que, además, se quedará pronto sin trabajo.

La victoria de Trump trae, en efecto, tiempos oscuros. Y lo peor es que no es solo culpa de sus votantes.

 

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You’ve. Got. To. Be. Kidding.

I don't think you understand the gravity of this situation - Donald TrumpEsta mañana he reinterpretado el viejo meme por intentar poner algo de humor en la situación, pero la verdad es que, por más humor que le intentes poner, son terribles noticias. El país más importante del mundo ha puesto al mando a un auténtico psicópata, a la persona que debería salir en las enciclopedias cuando buscas la definición de “populismo“, a alguien que muchos pensamos que sería un mal chiste que olvidaríamos en poco tiempo.

Y además, le ha conferido un poder prácticamente omnímodo: no solo es el presidente, sino que además, tiene al Partido Republicano, que si no es su partido, sí ha funcionado como su “partner in crime” y ha mostrado un utilitarismo verdaderamente preocupante, con mayoría tanto en el Congreso como en el Senado. Poca broma: este psicópata populista, machista, homófobo, racista, chulesco e inmoral tiene ahora, entre otras muchas cosas, el control del botón nuclear. Y no solo lo tiene: es que ya se ha interesado por él.

Dear Americans (anti-Trump German ad) Hace pocos días, hablaba con un amigo español y estadounidense, plenamente integrado en la industria tecnológica, que me decía que lo único que podía truncar la vertiginosa marcha del avance tecnológico era… una posible victoria de Donald Trump. Ahora, ha ocurrido.

Esto no es un cisne negro de los de Nassim Taleb, es un cielo entero ennegrecido por ellos y acompañado de todo tipo de pájaros de mal agüero. De verdad, muy malo. De hecho, se me ocurren muy pocas cosas buenas que puedan salir de esto. Es muy triste caer en la ley de Godwin, también conocida como el reductio ad Hitlerum, pero este anuncio alemán se ha convertido posiblemente en uno de los mejores de todos los tiempos. Esto es como cuando ves a alguien que se equivoca terriblemente, lo sabes, estás plenamente seguro de ello, lo has visto antes… y ahora vas, y lo multiplicas por 324 millones. Hillary Clinton, la que descabalgó a un Bernie Sanders que posiblemente podría haber tenido muchas mejores posibilidades de ganar, solo ganó en voto popular: gran consolación, como cuando un equipo pierde un partido de fútbol, pero ganó en posesión de balón…

En muy poco tiempo, el mundo anglosajón ha cometido dos enormes errores, uno a cada lado del charco: el Brexit y la elección de Donald Trump. Ambos van a tener consecuencias muy importantes sobre el mundo que conocemos, ambos cuestionan el funcionamiento de la democracia y demuestran que el populismo es su auténtico cáncer, y ambos pueden ser considerados auténticos pasos atrás en el progreso, síntomas preocupantes del mundo que se nos viene encima. De verdad… no es para tomárselo a la ligera.

Si Elon Musk termina a tiempo ese cohete para ir a Marte… me apunto!

 

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