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Desarrollando nuestra madurez tecnológica

Terrafugia flying carMi columna en El Español de esta semana se titula “Madurez tecnológica“, y alude a una circunstancia que me tiene fascinado desde hace mucho tiempo: el hecho de que muchas personas, presumiblemente inteligentes, preparadas y acostumbradas a tomar decisiones en entornos complejos, opten en cambio por los tópicos, la desinformación y las generalizaciones burdas cuando entran en el terreno de la tecnología.

Por alguna razón, el rápido desarrollo de la tecnología nos enfrenta a miedos, a incertidumbres y a inercias que nos llevan a anclarnos en concepciones y contextos conocidos sin poner demasiado análisis en ello. La misma persona que es perfectamente capaz de aceptar que la medicina, por ejemplo, sea capaz de curar enfermedades que resultaban completamente incurables y fatales hace pocos años, tiene verdaderos problemas a la hora de aceptar que una máquina sea capaz de tomar decisiones en función de conclusiones propias elaboradas por ella misma, o que un automóvil sea capaz de conducir solo.

Da lo mismo que el número de fabricantes tradicionales de automóviles anunciando pruebas de vehículos autónomos en condiciones de tráfico real – ya no empresas tecnológicas, sino compañías automovilísticas “de las de toda la vida – se incremente de manera consistente: el escéptico te contestará que eso son pruebas limitadas, que solo se puede hacer bajo determinadas condiciones, que “no puede ser y además es imposible”, y que aunque se consiguiese, sería totalmente implanteable en los caminos de cabras de su pueblo o en las atestadas calles de su ciudad. Si le contestas que hay compañías que están haciendo esas pruebas en las calles de ciudades indias, seguramente el entorno de tráfico más desorganizado, anárquico y caótico del mundo en el que los peatones, las vacas y hasta los elefantes irrumpen en medio del tráfico rodado como si fuera una película de despropósitos, te contestarán que eso no es posible, obviando el hecho de que una máquina reacciona más rápido, mejor y con mayor conocimiento del entorno que una persona, gracias a la combinación de información almacenada previamente combinada con la que proviene de sus sensores en tiempo real.

Ya si le dices que los escenarios más plausibles prevén que en el año 2025 haya veinte millones de vehículos autónomos en las calles y carreteras del mundo, o que antes del final de este año 2017 ya tendremos prototipos viables de coches voladores autónomos, según ha anunciado una compañía tan poco sospechosa de anuncios alocados como Airbus, te tratarán directamente como si estuvieses loco y saldrán de la sala sacudiendo la cabeza y haciendo chistes sobre las sustancias que presuntamente ingieres o esnifas.

¿Por qué prescindimos de las evidencias experimentales y preferimos recurrir a los tópicos conocidos cuando hablamos de tecnología, del desarrollo de avances que pueden alterar drásticamente el contexto en que vivimos o en el que desarrollamos nuestras actividades? ¿Por qué, si tenemos la madurez suficiente para analizar contextos de diversos tipos, carecemos generalmente de la preparación necesaria para aceptar que las cosas pueden cambiar? ¿Por qué, como afirma la tercera ley del escritor británico de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, “toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” y es por tanto tratada como tal? ¿Por qué un médico hablando sobre los avances de la medicina es tratado como un genio, pero un tecnólogo hablando sobre el futuro de la tecnología es tratado como “un flipado”? ¿Cuándo me encontraré con audiencias y foros preparados para aceptar que el cambio no solo es rápido sino vertiginoso, que la disrupción es un fenómeno que se ha convertido prácticamente en parte de nuestro día a día, y sobre todo, que es posible y real? 

 

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Los problemas de la banca

La irrupción de los gigantes tecnológicos, el último dolor de cabeza para la banca - ABC (pdf)

Carlos Manso, de ABC, me llamó para preguntarme mi opinión sobre la dinámica competitiva de la banca al hilo ya no solo del fenómeno fintech, sino también de la entrada en el sector de las llamadas bigtech, compañías como las incluidas en el acrónimo GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), e incluyó mi opinión el pasado domingo en su artículo titulado “La irrupción de los gigantes tecnológicos, el último dolor de cabeza para la banca” (pdf).

Mis comentarios fueron al hilo de lo que publiqué en su momento en artículos como “¿Te plantearías que Google, Facebook, Amazon o Apple fuesen tu banco?” o “La banca y la disrupción“: la banca ya no domina la innovación ni posee el liderazgo tecnológico en su propia industria, y eso la sitúa en una posición muy delicada en la que depende de los intereses estratégicos ya no de pequeñas startups de fintech con ideas provocativas que se puedan plantear comprar, sino de compañías enormes, con más recursos que la propia banca, y con posibilidades de diseccionar los elementos más interesantes de su negocio y escoger en cuáles introducirse con ofertas atractivas.

La llegada de Apple, Google o Samsung a los medios de pago o la de Facebook y otros a los pagos entre particulares son únicamente ejemplos de lo que las tecnológicas pueden hacer si se lo plantean con una mínima seriedad. Para la banca, el problema estriba en la ausencia de una posición defendible: la mayoría de los bancos no son especialmente queridos por sus clientes, que en muchos casos preferirían llevar a cabo esos servicios con una compañía tecnológica que puede incluso generarle mayor confianza o asegurarle una interacción más agradable, más basada en el conocimiento del cliente y sus necesidades. El argumento de “una tecnológica no va a estar interesada en convertirse en un banco” porque “nuestro negocio es muy aburrido” o “muy poco rentable” no es válido: una tecnológica no estará interesada mientras no quiera estarlo, y pasará a estarlo si desarrolla formas de prestar esos servicios de manera ventajosa, con la adecuada reingeniería de procesos o con planteamientos suficientemente disruptivos y potencialmente atractivos.

No, la banca no puede simplemente permanecer en sus laureles esperando que a otros “no les interese” entrar en su negocio, porque eso solo es una receta para una futura debacle. Revisar los procesos para lograr que la tradicional lentitud e incomodidad de las operaciones se conviertan en más eficientes y podamos abrir una cuenta en diez minutos o sin pasar por una oficina es tan solo un primer paso, pero que responde únicamente a un planteamiento incremental. Hace falta mucho más.

 

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La banca y la disrupción

IMAGE: Lorelyn Medina - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Facebook Bank“, y habla de la licencia bancaria obtenida en Irlanda por la red social a los dos años de solicitarla, y de cómo podría afectar la progresiva entrada de las compañías tecnológicas a nivel internacional en el ámbito de los servicios de banca, como ha ido ocurriendo en los Estados Unidos con ejemplos tan exitosos como Square, Venmo (perteneciente a PayPal) o Snapcash (lanzado por Snapchat en combinación con la primera), entre otros. 

¿Qué pasa cuando compañías enormes, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) comienzan a invadir tu negocio? No, mantener un sistema de pago entre particulares no es lo mismo que hacer banca, te dicen… es solo la parte sencilla del negocio, te dicen, nosotros hacemos muchas más cosas. Sí, pero esa parte sencilla del negocio acostumbra al cliente a que determinadas operaciones que hace a menudo pasan a tener como protagonista a alguien que no es un banco, y que por las razones que sea, funciona de una manera que no les resulta incómoda: mejores interfaces, mejor uso de la información, mejor atención al cliente, mejor imagen, mayor nivel de innovación… e incluso más fondos!

Los bancos juegan con un lastre: en la mayoría de los mercados, tienen una percepción mala, una imagen negativa. Pueden jugar a agruparse, ofrecer sistemas sin comisiones o tratar de ser vistos como innovadores, pero la verdad es que otras compañías juegan más fuerte que ellos en su propio terreno porque, después de todo, hablamos de un negocio ya puramente digital desde hace mucho tiempo. Los pagos son prácticamente la última frontera analógica que quedaba, y cuando esa desaparezca del todo, poco más quedará para defender. ¿Pretenden las grandes compañías tecnológicas ser los nuevos bancos? No en breve, como tampoco se han lanzado a ser las nuevas discográficas o los nuevos periódicos… pero sí se han posicionado impecablemente para ello. Los pagos, como el streaming en la música o como las plataformas de tipo AMP o Instant Articles en la prensa, son solo una cabeza de puente: lo que viene detrás, el cómo y el cuándo están aún por ver.

Para la banca vienen tiempos complicados. Y la solución, como algunos ya parecen haber visto claramente, no es considerar a esas compañías como enemigos o como simples competidores al uso. La cosa va más por otros derroteros…

 

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Los taxis, la muerte y los impuestos

Massachusetts taxi taxEl Estado de Massachusetts prepara un impuesto para las apps de transporte de viajeros como Uber, Lyft y otras, un pago de veinte céntimos en cada viaje de los que diez irán destinados a las ciudades, cinco a un fondo público para el transporte, y otros cinco a subsidiar a los taxis tradicionales. El pago no será abonado directamente por los conductores ni por los usuarios, será pagado por las plataformas que operan estos servicios, aunque podría terminar siendo repercutido en las comisiones o tarifas que cobran a conductores o pasajeros.

Según los planes detallados por el gobernador del Estado, el republicano Charlie Baker, los cinco céntimos destinados a los taxistas tradicionales durarían hasta el final de 2021, momento a partir del cual los veinte céntimos seguirían repartiéndose entre estado y ayuntamientos durante cinco años más, hasta la desaparición del impuesto a finales de 2026.

La idea del impuesto es, por un lado, generar ingresos para las arcas estatales y municipales a costa de una actividad que está experimentando un importante desarrollo y, por otro, tratar de contribuir a paliar las pérdidas en las que ahora incurren aquellos que desarrollaban esa actividad antes de la llegada de esas apps de transporte, y que ahora resultan menos competitivos por continuar sujetos a limitaciones y rigideces administrativas que los que prestan ese mismo servicio mediante apps no tienen que afrontar.

El impuesto no parece dejar contento a nadie salvo a las arcas estatales y municipales: mientras los taxistas tradicionales siguen pidiendo la prohibición total de las apps y se quejan de que los que desarrollan la actividad de transporte de viajeros mediante esas apps no estén sujetos a las inspecciones y a los requisitos de diversos tipos que ellos sí tienen que afrontar, algo que consideran una infracción de la ley, algunas apps de transporte de Boston como Fasten ya han expresado su disconformidad ante la idea de ser obligadas por el estado a financiar a sus competidores.

Dejando aparte la idoneidad de cobrar un impuesto por la actividad de las plataformas de transporte de viajeros, que podría argumentarse en función del posible mayor uso que realizan de infraestructuras públicas frente a los vehículos particulares, la idea de subsidiar a los taxis tradicionales mediante un impuesto a las apps de transporte que gradualmente los sustituyen resulta, como mínimo, discutible. Si el avance de la tecnología hace que ahora todos llevemos un smartphone en el bolsillo y eso posibilita métodos mejores para llevar a cabo la actividad de transporte de viajeros, lo que seguramente debería hacerse desde el lado estatal o municipal es reconocer esa realidad,y facilitar a los taxis tradicionales que se adapten a ella, eliminando progresivamente las restricciones a las que deben hacer frente. El pago de la licencia supone un problema en sí mismo, porque tomar la decisión de amortizar esas licencias recurriendo al dinero público obvia la evidencia de que fueron por lo general adquiridas mediante precios determinados en mercados paralelos, generados por una escasez artificial de las mismas, pero que dieron lugar a unos intercambios económicos que, salvo el pago de impuestos, tuvieron lugar exclusivamente entre particulares. En el caso de los Estados Unidos, las licencias de taxi han sido una de las inversiones más rentables del mercado durante muchos años, lo que lleva a plantearse hasta qué punto cabe “compensar” a quién y por qué, cuando lo que se ha permitido durante mucho tiempo es que algunos se aprovechasen de un mercado sometido a una escasez artificial. Sin embargo, existen casos de territorios en Australia que están optando por la vía de la compensación a los taxistas tradicionales por la pérdida de valor de sus licencias, reconociendo que ahora, esa actividad ya no precisa de una regulación tan rígida como la que se determinó en otro escenario tecnológico ya pasado, y que de hecho, la existencia de un sistema regulado mediante licencias redunda en un peor servicio para los usuarios.

Por el momento, lo único claro es que los impuestos, junto con la muerte, son lo único seguro en esta vida. Ante la muerte del taxi, el estado sigue queriendo cobrar sus impuestos, y los traslada a aquellos que sustituyen a la actividad que antes desempeñaba el taxi. Sin duda, una asunción de que el signo de los tiempos es el que es, y de que el taxi tal y como lo entendimos durante décadas es un modelo que toda a su fin. Financiar parte de esa transición, una auténtica reconversión industrial, mediante el recurso a los impuestos es discutible, como todo. Pero en Massachusetts, pronto, será una realidad.

 

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Si quieres evaluar una compañía, mira sus pantallas

SABRE screenEl pasado 8 de agosto, Delta, la segunda aerolínea más grande del mundo, se vio obligada a cancelar más de dos mil vuelos. Cientos de miles de pasajeros tirados en aeropuertos, pérdidas millonarias, y problemas acumulados con retrasos y cancelaciones adicionales que persistieron durante varios días, todo ello derivado de un fallo en sus sistemas.

No es en absoluto un caso aislado: el pasado 20 julio, Southwest Airlines también tuvo que cancelar en torno a dos mil vuelos debido a un fallo de software, problemas similares a los que sufrieron United Continental el 8 de julio, JetBlue el 14 de enero, y el pasado año 2015, Alaska Airlines en octubre y American Airlines en septiembre. Y todo indica que esto es tan solo el principio, y que veremos más casos similares a medida que los problemas derivados de tecnologías con varias décadas de antigüedad y recubiertas con cientos de capas para tratar de incorporar nuevas funcionalidades van demostrando su creciente vulnerabilidad

Los problemas de los legacy systems han sido tratados en infinidad de ocasiones en la literatura académica: sistemas basados en las tecnologías existentes cuando fueron puestos en marcha, que suponen la funcionalidad principal de muchas compañías o que, como es el caso de las aerolíneas, resulta prácticamente imposible actualizar porque comparten funcionalidades entre múltiples compañías de todo el mundo, aquejadas además por problemas económicos, que no consiguen ponerse de acuerdo para actualizarla. Al final, el resultado es que todos terminan priorizando las inversiones a corto plazo, y utilizando sistemas de la década de los ’60, parcheados en tantas ocasiones que ya han perdido la memoria de quién cambió qué, utilizados a través de todo tipo de interfaces que abren pantallas que parecen auténticas experiencias de viajes en el tiempo.

Basta con echar un vistazo a la pantalla que se abre en el mostrador de cualquier aerolínea o agencia de viajes: sea a toda pantalla o en una ventana, veremos un espacio generalmente azul o negro en entorno carácter, que viene a ser el acceso al sistema de reservas utilizado por la mayoría de las líneas aéreas, el conocido como Transaction Processing Facility o TPF, un sistema de código cerrado diseñado por IBM en 1979 como evolución de su Airline Control Program (ACP), puesto en marcha en 1965. El núcleo de ese sistema original, SABRE (Semi-Automated Business Research Environment), al que corresponde la captura de pantalla que ilustra esta entrada, sigue aún en funcionamiento. La última actualización significativa del sistema fue hecha por IBM hace aproximadamente una década. 

Este tipo de circunstancias, la dependencia de sistemas completamente anticuados, son habituales en muchas industrias, desde las aerolíneas a la administración, pasando, entre muchas otras, por la distribución, los seguros o la banca. ¿De verdad puede considerarse la banca preparada para su incorporación a un futuro basado en blockchain, como afirma el World Economic Forum? ¿Pretenden hacerlo poniendo el enésimo parche sobre los vetustos programas que aún tienen corriendo sobre Sistema 36? ¿Y con personas que aún ni entienden “de que va eso del bitcoin“?

Habitualmente, resulta fácil constatar este tipo de circunstancias: yo mismo no puedo evitar tratar de echar un vistazo a las pantallas que manejan las personas cuando llevo a cabo transacciones en todo tipo de sitios, y constato la gran cantidad de ocasiones en las que me encuentro con sistemas operativos de principios de siglo, imposibles de actualizar, y corriendo programas aún más arcaicos sobre ventanas en entorno carácter. El alcance de los problemas que surgen del uso de ese tipo de sistemas puede ser de muchos tipos: la respuesta “problemas con los ordenadores”, que tanto suena a excusa para no confesar incompetencia, es aún tristemente real en una buena parte de los casos en que se utiliza.

Periódicamente, vemos cómo una industria sufre el impacto de la disrupción en parte derivada de su propia incapacidad para actualizar, entre otras muchas cosas, su software. Dejémonos de mitos sobre la solidez de los sistemas, la confianza en lo que ya funciona y el “si no está roto, no lo arregles”. La tecnología ha evolucionado exponencialmente a lo largo de los últimos años, y hoy es, además, uno de las principales factores que determinan la competitividad de las compañías. Ser competitivo hoy utilizando herramientas de los años ’60 es como encender fuego con dos piedras: tal vez lo consigas, pero te costará mucho más tiempo y te pillarás los dedos en varias ocasiones. Si quieres saber cómo le va a ir a una compañía en el futuro, trata simplemente de echar un ojo a los monitores que utilizan los que trabajan en ella.

 

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Tras hoteles y taxis… ¿son los restaurantes los siguientes?

IMAGE: Lightwise - 123RFThe Guardian dedica un interesante artículo, Is it last orders for restaurants?, al fenómeno de las apps para comer o cenar en casas particulares, en las que personas con habilidades culinarias diseñan experiencias para muy pocos invitados, que evitan muchos de los costes implicados en la gestión de un restaurante, y que son evaluados posteriormente mediante un sistema de puntuación. Simplemente, personas a las que les gusta cocinar y que quieren sacarse un dinero extra cocinando en sus propias casas para terceros.

Aplicaciones como EatAbout, fundada por dos suecos en Londres que aspiran a “democratizar el comer fuera”; la israelí EatWith que opera en 135 ciudades en todo el mundo incluyendo diecisiete españolas; VizEat, que ofrece opciones en más de cien países entre los que también he encontrado varias ciudades españolas; o variaciones como DishNextDoor, en la que cocineros preparan tu comida y cena y especifican una hora para que la recojas en sus casas; o ChefXchange, en la que son los cocineros los que acuden a tu casa, cocinan para ti y lavan los platos al final, el conjunto de opciones parece extenderse con cada vez más planteamientos.

El impulso al tema parece provenir de la progresiva atención dedicada a la cocina, de los infinitos concursos televisivos sobre el tema, y sobre todo, de la disponibilidad de apps con sistemas que permiten conectar fácilmente oferta y demanda en condiciones razonables que reducen una parte importante de la incertidumbre gracias al peer-reviewing. Pero de una manera u otra, parece que comienza a resultar razonablemente sencillo decidir en una ciudad, sea la tuya o una en la que estás de visita, qué tipo de cocina quieres probar, qué nivel de precio quieres pagar, y plantarte en una casa particular que te ofrezca una experiencia en la que muchos de los elementos habituales en un restaurante se flexibilizan, como permitirte llevar el vino que tu escojas, decidir sobre el menú con antelación, comer con precio cerrado, plantear el pago de un suplemento para disfrutar de una experiencia exclusiva para un grupo frente a la posibilidad de comer o cenar con otros invitados, etc. Para los anfitriones, se plantea como la posibilidad de ponerse a prueba como cocineros manteniéndose totalmente al margen de los complejos requisitos necesarios para montar un restaurante, simplemente ofreciendo sus servicios en un esquema con escaso riesgo, como quien invita a unos amigos a cenar. De hecho, dado que el pago se realiza a través de la app en lugar de en metálico, la sensación debe parecerse bastante a eso: llegar, cenar, saludar e irse amablemente.

Aspectos importantes como la higiene se suponen que son descontados por el funcionamiento de la app y sus sistemas de evaluación, que tienden a dejar fuera a quienes no estén a la altura. Obviamente, no todo tiene por qué plantearse de manera perfecta, pueden surgir problemas, pero también pueden surgir – y surgen – con relativa frecuencia en restaurantes profesionales. Y en un mercado en el que muchos usuarios no buscan tanto una comida o un precio determinados, sino más bien una experiencia, el toque genuino y auténtico que puede darle un modelo que se acerca a la idea de “restaurante secreto” puede, indudablemente, llegar a tener su cierto atractivo. Frente a la idea de “con las cosas de comer no se juega”, la propuesta de acercarse a la gastronomía de una manera diferente, calificada por algunos como de “más auténtica”, y con la garantía que pueden ofrecer las evaluaciones de otros comensales anteriores.

Por el momento, este tipo de apps ya se han encontrado con la oposición de las asociaciones de restauradores en París, la ciudad que ha visto la escalada más importante a nivel mundial de Airbnb, y que parece ver este tipo de “chefs en casa” como una posible amenaza en los mismos términos. El pasado octubre, Didier Chenet, presidente del mayor sindicato de restauradores parisinos, Synhorcat, comentó en una entrevista en la BBC que también habla de este fenómeno cómo la aparición de más de tres mil personas ofreciendo comidas y cenas a domicilio en toda Francia, que “no pagan alquiler, ni impuestos, ni personal, ni tienen idea de cómo reaccionar en caso de alergias o de necesidades especiales” es susceptible de “poner en peligro a toda una industria”, y demandó acción por parte de las autoridades para poner el fenómeno bajo control. Pero la legislación en ese sentido parece bastante laxa, teniendo en cuenta que la mayoría de las ofertas provienen de cocineros no profesionales, que no se dedican a eso de manera exclusiva, y que simplemente deciden ofrecer sus servicios de manera supuestamente esporádica, como quien monta una comida o cena en su casa para unos amigos.

Otro día que pasa, otra nueva industria que ve venir la llegada de una posible disrupción marcada por la tecnología. ¿Opiniones?

 

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¿Te plantearías que Google, Facebook, Amazon o Apple fuesen tu banco?

Tech banks¿Como verías que alguna de las grandes empresas tecnológicas, como Apple, Google, Amazon o Facebook, te propusiesen ser tu banco? Esa es una de las preguntas que Fujitsu ha hecho a una muestra de unos siete mil europeos: en torno a una quinta parte de ellos respondieron que sí, que les gustaría tener la posibilidad de adquirir productos bancarios o seguros a estas compañías.

A medida que el entorno fintech se puebla de experiencias de todo tipo que suelen desarrollarse, en la mayoría de los casos, al margen de la banca o de las empresas de seguros convencionales, y que las grandes compañías tecnológicas van adentrándose en el entorno de los productos financieros mediante iniciativas como medios de pago, la idea parece ir conquistando una cuota mental más amplia.

¿Qué es un banco realmente? Si hoy en día, la mayor parte de la operativa del negocio bancario corresponde fundamentalmente a mover bits en bases de datos, parece claro que las grandes tecnológicas alcanzan niveles mucho más elevados de expertise que unos bancos que no suelen considerar el desarrollo tecnológico como parte de su negocio y que generalmente se limitan a subcontratarlo a grandes consultoras, o a perpetuar antiguos sistemas legacy diseñados hace décadas. Los actuales bancos están, en muchos casos, por detrás de las empresas tecnológicas en estándares de atención e interacción con los clientes, muy por detrás en diseño y operativa a través de la red, decididamente por detrás en analítica, y también por detrás en cuanto a activos en su balance que les permitan ofrecer garantías. Son empresas más pequeñas, menos evolucionadas, ancladas en operativas en muchos casos obsoletas, con procesos comerciales que tienden a evocar el siglo pasado, y con procedimientos en áreas clave como el análisis de riesgos que están sensiblemente por debajo de la eficiencia que ofrecen tecnologías como el machine learning, que empresas tecnológicas como Google definen decididamente como la base de su futuro, mientras la industria financiera tradicional les sigue prestando muy escasa atención.

Hasta el momento, la industria tecnológica parece pensar que para provocar la disrupción en la banca, no era necesario tener un banco. Pero algunos movimientos estratégicos parecen acercar cada vez más a algunas tecnológicas al papel de bancos, lo que lleva a imaginarse un futuro en el que empresas sólidas y muy bien capitalizadas empiezan a darse cuenta de que una licencia bancaria, en realidad, no es un bien tan escaso ni sobre el que fundamentar una ventaja competitiva sostenible, y que pueden diseñar una integración hacia adelante si los clientes los aceptan en ese papel. Se lleva diciendo ya bastantes años: Apple no tendría problemas para constituir un fondo de depósitos suficiente como para cumplir los requisitos legales, y con su historial de cross-selling, su red de tiendas y su base de clientes, lo tendría relativamente fácil para convertirse en uno de los bancos más potentes y rentables. Si eso lo unimos con que las herramientas tradicionales como el cheque o la tarjeta de crédito, soportes habituales del logotipo del banco, parecen sentenciadas ante la pujanza del smartphone y a la pujanza de compañías como Venmo, Square, PayPal, Snapcash o muchas otras, y a que los millennials nacidos entre 1981 y 1997 componen ya la parte más significativa de la sociedad, tenemos sin duda toda una enorme avenida perfectamente abonada para la disrupción. Nada hace pensar que los bancos tradicionales cuenten con una imagen, confianza y reputación entre sus clientes que pueda servirles para blindarse ante una hipotética ofensiva de nuevos entrantes.

¿Puede internet terminar reemplazando a los bancos tradicionales? Por el momento, los bancos más proactivos en este sentido parecen enfocar el tema mediante adquisiciones de aquellas startups y compañías en las que ven modelos más provocativos o capaces de mezclar razonablemente bien con sus esquemas antiguos, pero… ¿es eso suficiente con esas iniciativas “fronterizas” alejadas del núcleo central de la actividad para mantener las posiciones en una industria en la que sin duda se avecina una fuerte disrupción?

 

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Algunos apuntes de Netexplo 2016

Netexplo logoEsta semana estuve en París asistiendo al Forum 2016 de Netexplo, la reunión en la que se presentan los proyectos elegidos por la Netexplo University Network como representativos de las tendencias de innovación digital. El pasado octubre fui invitado a formar parte de la Netexplo University Network, y era mi primera asistencia a este foro, creado en 2009 por Martine Bidegain y Thierry Happe, que cuenta con el apoyo de Senado y del Ministerio para la Economía Digital franceses, y que organiza una red de profesores de innovación que trabajan con sus alumnos para la detección de tendencias y usos interesantes de la tecnología en el mundo. He dedicado al tema tanto mi columna en El Español, titulada “Cazando tendencias“, como mi participación en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas de RTVE (a partir del minuto 1:37:19).

Un foro que se plasma en forma de evento importante, con salón completamente lleno en la Université Paris-Dauphine, y en el que pude ver presentaciones de proyectos de muy diversos tipos y en muy distintas fases, desde tesis doctorales hasta desarrollos ya en fase de startup incipiente. Mucho interés por blockchain, la tecnología de base de datos distribuida que conocimos a través de Bitcoin, y que ahora vive una segunda oleada de popularidad a medida que se aplica a cada vez más cuestiones, con los protagonistas de las startups que hacían uso de ella definidos como los cool kids del evento. Las presentaciones estuvieron estructuradas en tres hilos conductores, relacionados con la biotecnología y los materiales, con las máquinas y robots, y con los nuevos modelos de interacción.

En la primera parte vimos al ganador de este año, IKO Creative Prosthetic Systems, una startup colombiana que desarrolla prótesis para niños con un enfoque basado en el co-diseño con impresión 3D y piezas de Lego, que facilita la integración de los niños, que participen creando las piezas que les permiten jugar o asumir nuevas funcionalidades, para que desdramaticen su condición y la vean como una circunstancia menos limitante. También Amino, un maletín-laboratorio que acerca la ingeniería genética a nivel casero y que permite iniciarse en el bio-hacking, con posibilidades como desarrollar y mantener cultivos celulares con posibilidades de todo tipo, que me sugirió los juegos de iniciación que teníamos de pequeños para química o electrónica, aplicado a la biotecnología. La idea, procedente del MIT, ya había pasado con éxito por Indiegogo.

En el hilo dedicado a las máquinas, vimos un poco de todo, y sumamente futurista: drones capaces de volar solos adquiriendo información del entorno que les rodea para evitar colisiones con obstáculos, nanorobots nadadores con capacidad para ser dirigidos a través de vasos sanguíneos casi como en la película, robots que evolucionan y se rediseñan en función de su experiencia, o una inteligencia artificial, Todai,  capaz de superar las pruebas de acceso a la Tokyo University con mejores notas que bastantes alumnos humanos.

En los nuevos modelos de interacción vimos aplicaciones de blockchain al registro de propiedades inmobiliarias en un país como Ghana, carente de infraestructuras y registros públicos como tales; o Colu, a cuyo creador, David Ring, me tocó entrevistar en el escenario, una plataforma que trata de disminuir las barreras de entrada al uso de blockchain para cualquier aplicación, sea compra, venta, autenticación, trazabilidad o lo que sea, mediante el desarrollo de una API y un SDK que permiten su uso sencillo. Colu está en una fase más avanzada, ya ha conseguido levantar una ronda de $2.5 millones, y plantea la idea de plataforma como ecosistema que a mí tiende a parecerme muy interesante. Además, tuvimos también la ocasión de ver un proyecto de traducción colaborativa, Aweza, destinado a tratar de ofrecer soluciones para un complejo mercado sudafricano con once lenguas oficiales, y Wonolo, una plataforma de trabajo freelance que incorpora mecanismos de evaluación inspirados en Uber o Airbnb como forma de determinar la idoneidad de los participantes. Todos eran proyectos que los miembros de la Netexplo University Network habíamos tenido anteriormente ocasión de estudiar y evaluar, pero la oportunidad de conocer a sus creadores y ver la idea presentada siempre abre más áreas de interés. No puedes, lógicamente, esperar una discusión en profundidad de cada una – cada ámbito de actividad requeriría un curso en sí mismo para poder hablar dignamente de su área de conocimiento – pero sí es una muy buena manera de entrar en contacto con las ideas y valorar su capacidad disruptiva.

Como experiencia, Netexplo me ha parecido enormemente interesante. Primero, por ver el nivel de apoyo privado y público que una plataforma de este tipo, destinada a la “caza de ideas”, puede obtener en un país como Francia. Segundo, por la comunidad de discusión e intercambio de ideas que genera. Y tercero, porque vuelves con el cerebro oxigenado y con ideas para mini-casos y discusiones en clase interesantísimas. Decididamente, toda una experiencia.

 

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Internet y desigualdad

Dividendos digitales - Banco MundialEl informe publicado ayer miércoles por el Banco Mundial acerca del reparto de los dividendos digitales en el conjunto de la sociedad, es decir, hasta qué punto el desarrollo y popularización de internet está modificando la distribución de la riqueza, está generando titulares que tienden a resaltar que lejos de la ecualización esperada por algunos, estamos viviendo una polarización tendente a una mayor desigualdad, con un reparto que tiende a beneficiar a unos pocos.

Las conclusiones del informe, de muy recomendable lectura, apuntan efectivamente a un reparto sesgado de los beneficios aportados por la red. Simplemente algunos ejemplos: el mercado laboral ofrece nuevas oportunidades, pero estas están disponibles únicamente para aquellos que son capaces de aprovecharlas, creando barreras que son difíciles de superar para otros. El sufragio por internet puede incrementar la participación, pero también sesga esa participación hacia los que tienen acceso. Las transformaciones radicales crean brechas digitales que, en muchos casos, excluyen a los menos preparados.

En efecto, en cada revolución, los mejor posicionados para tomar ventaja de ella son aquellos capaces de entender los cambios y de prepararse más rápidamente para ellos. Eso caracteriza, habitualmente, a la parte más privilegiada de la sociedad. A partir de ahí, la fase de difusión de la tecnología va alcanzando otras capas, pero no necesariamente les permite integrarse con la misma facilidad en esa generación de riqueza. Una empresa no la crea cualquiera, un know-how o una titulación no la alcanza cualquiera – a veces, no únicamente por su coste, sino por otros factores, como el lucro cesante u otras barreras de entrada – y unos patrones de uso enriquecedores no son adoptados por cualquiera. Así, muchas capas de la sociedad permanecen al margen de las posibilidades de generación de riqueza que ofrece la red, o las aprovechan de una manera muy escasa.

Internet, como todas las disrupciones, ofrece una perspectiva darwiniana: los que triunfan no son necesariamente los más fuertes o los más grandes, sino los más preparados para adaptarse al cambio. Aunque aplicar la teoría de la evolución de Darwin a individuos sea esencialmente falaz, la analogía funciona: mientras las clases más privilegiadas disfrutan de un acceso anticipado y de un mayor acceso a la preparación necesaria para entender el cambio, el resto ve simplemente cómo los cambios suceden sin integrarse más que cuando percibe una propuesta de valor relevante. Nada, por supuesto, que no hayamos visto en otras disrupciones anteriores: el crecimiento, el empleo y la prestación de servicios se reparte de manera desigual en función de cómo las empresas, las personas y los gobiernos adoptan y hacen uso de la tecnología que genera la disrupción.

En el caso de internet, el error estuvo, muy posiblemente, en vender su desarrollo y popularización como un bálsamo curativo de todos los males del planeta por parte de los que protagonizaron su desarrollo, combinado con una fortísima dosis de escepticismo y conservadurismo en quienes debían adoptar la innovación. En el acceso a internet hay dos variables: la de poder acceder y la de querer hacerlo. Durante años hemos visto ejemplos de actitudes refractarias, de gobiernos, empresas o personas que pudiendo acceder y desarrollarse en la red, han escogido de manera consciente no hacerlo. En otros casos, por supuesto, existen fenómenos de exclusión involuntaria, pero me atrevería a decir que internet, en general, ha contribuido generalmente a hacer descender las barreras de entrada, no a incrementarlas. Pero incrementar las posibilidades no quiere decir, de nuevo, que todos estén preparados para aprovecharlas.

¿Debemos criticar a internet por no haber generado un reparto igualitario de los beneficios que podía generar? La sola idea me parece absurda. Ese reparto no depende tanto de internet y de sus características como innovación, como de las actitudes con las que se ha encontrado en su difusión, en muchos casos recelosas, excesivamente prudentes o abiertamente hostiles. Cuando llevamos ya veinte años de difusión de una innovación, no es mal momento para detenerse y examinar qué problemas ha habido en la misma, y por qué razones los beneficios obtenidos se han distribuido como se han distribuido, y no de una manera más igualitaria. Pero mucho me temo que nos encontraremos no tanto con las características de la innovación como responsables, sino con las características de los que pueden haber sido responsables de sus procesos de adopción. Momento, por tanto, de analizar con perspectiva qué actitudes han impedido que ese valor potencial se convirtiese en realidad, qué hemos obtenido por haber tratado de defender que las cosas se siguiesen haciendo como se hacían antes, y qué se puede hacer mejor de cara al futuro. En cualquier caso, buen material para la reflexión.

 

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Lecciones de tecnología… y de sentido común

NYC taxi medallionAllan B. Weiss, juez del Tribunal Supremo de Queens en Nueva York, ha otorgado una de las más sonoras victorias para Uber y otras apps de transporte de pasajeros al decretar que la actividad de estas compañías no infringe absolutamente ninguna ley. Las compañías habían sido llevadas a juicio por una serie de cooperativas de crédito que invertían en préstamos para licencias de taxi, y que pretendían que este tipo de apps fuesen consideradas competencia desleal.

El juez desestimó completamente las alegaciones de “catastrófica destrucción ilegal de una industria ante la mirada impasible de las autoridades”, e incluyó algunas frases en su sentencia que son dignas de un entrecomillado:

“Any expectation that the medallion would function as a shield against the rapid technological advances of the modern world would not have been reasonable (…) In this day and age, even with public utilities, investors must always be wary of new forms of competition arising from technological developments (…) It is not the court’s function to adjust the competing political and economic interests disturbed by the introduction of Uber-type apps.”

“Cualquier expectativa de que la licencia funcionase como un escudo contra los rápidos avances tecnológicos del mundo moderno no habría sido razonable (…) En nuestros días, incluso aunque hablemos de servicios públicos, los inversores deben siempre estar alerta frente a la aparición de nuevas formas de competencia derivadas del avance de la tecnología (…) No es función de los tribunales ajustar los intereses competitivos políticos y económicos puestos en jaque por la introducción de aplicaciones como Uber”.

Toda una clase sobre como entender la disrupción tecnológica, y sobre todo, toda una demostración de sentido común. Si en su momento pagaste o prestaste dinero para que alguien pagase una cantidad completamente absurda para supuestamente ser uno de los pocos que podía llevar a cabo una actividad, y la tecnología ha permitido que surjan nuevas maneras de llevar a cabo esa actividad – en condiciones, además, más ventajosas que el mercado tiende, en todos los países del mundo, a preferir – no es papel de los tribunales dedicarse a proteger tu inversión.

En su momento, en un escenario tecnológico determinado, pudo tener sentido regular una actividad mediante licencias restrictivas. En el escenario actual, gracias a la disponibilidad ubicua de terminales en los bolsos y bolsillos de los usuarios que permiten acceder a plataformas que ajustan adecuadamente oferta y demanda, ya no lo tiene. Sencillamente, porque los intereses financieros de algunos no están por encima del derecho de los consumidores a elegir los medios a través de los cuales desean ser transportados. No se puede negar al público un servicio sobre el que ha manifestado claras preferencias y que carece de efectos perniciosos demostrables con respecto a otras alternativas, simplemente en base al razonamiento de que la inversión de unos pocos se deprecia por ello. Que a algunos les guste, les interese o les convenga que las cosas nunca cambien no quiere decir que las cosas no deban cambiar.

 

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