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La VPN como indicador

IMAGE: Jacek Dudzinski - 123RFVladimir Putin aprueba dos leyes que prohiben el uso de servicios de proxy y de redes privadas virtuales (VPN) en Rusia, siguiendo el ejemplo de China, que ha anunciado su bloqueo a partir de febrero del año que viene, requiriendo tanto a los operadores como a las tiendas de aplicaciones que impidan su utilización.

Apple, de hecho, ha recibido fuertes críticas por capitular ante las autoridades chinas y retirar las más de sesenta herramientas que miles de usuarios particulares y negocios utilizan diariamente para acceder a páginas que el enorme dispositivo de censura chino convierte en inaccesibles, en muchas ocasiones con criterios completamente arbitrarios o por simples errores administrativos.

Este tipo de medidas restrictivas comienzan a separar claramente el mundo en dos mitades: la de los ciudadanos que viven en países que reconocen su libertad para acceder a información libremente y sin ser fiscalizados ni espiados, y el de aquellos que residen en países que cercenan esta libertad, prohiben las herramientas utilizadas para asegurar la privacidad de una conexión, y consideran que el estado debe tener derecho a espiar todo aquello que hagan en la red.

Una VPN es una herramienta multifuncional y de propósito general: muchos de sus usuarios, entre los que me incluyo, las utilizan simplemente para asegurar la seguridad de una conexión cuando se encuentran en una red de uso compartido, o con motivos plenamente justificables, como su uso académico. Obviamente, una VPN puede también ser utilizada para muchas otras cosas, pero del mismo modo que un simple cuchillo puede ser utilizado para cortar el pan o para matar a alguien. Prohibir las VPN no es una manera de proteger a la población impidiendo una supuesta actividad terrorista, sino una forma de asegurarse que resulta algo más difícil escapar a la monitorización gubernamental.

Más allá de su motivación política, el sistema de censura ha permitido a China construir una internet a su medida enormemente próspera, al eliminar la posibilidad de que sus ciudadanos accedan a numerosos servicios en otros países, que en su momento fueron imitados por competidores locales que cumplían con las normas impuestas por su gobierno y pudieron convertirse en la alternativa disponible. Una sistema de autarquía en la red que ha posibilitado que el gigante asiático sea actualmente el mayor mercado en internet del mundo, más de setecientos millones de usuarios que suponen el 21% de la población conectada mundial, y con herramientas construidas completamente a partir de los modelos que veían funcionar en otros países, siguiendo un modelo de micro-innovación.

Existen muy pocas dudas acerca del buen funcionamiento de esta estrategia: China es ahora mismo una potencia en la red, posee herramientas de desarrollo interno con enormes bases de usuarios que han evolucionado para hacerse muy competitivas, como es el caso de WeChat, y que permiten al gobierno mantener sus estándares de vigilancia de la población y llevan a algunos incluso a inventarse nuevos idiomas. Por otro lado, resulta evidente que esa supuesta ventaja se ha construido sobre unos principios de restricción de las libertades individuales completamente incompatibles con los derechos humanos o con un mínimo umbral de calidad democrática. Países con regímenes no democráticos como China o Rusia pugnan por cerrar todo posible agujero que permita a sus ciudadanos escapar a su control, con las VPN convertidas en la representación de esa penúltima vía de escape, mientras otros como Corea del Norte, por falta de dimensión, se convierten en parodias con una internet reducida a veintiocho páginas web a las que únicamente acceden unos pocos. Pero para gigantes como China o Rusia, una estrategia de censura de la red permite generar campeones locales y acceder a las comodidades de una vida razonablemente moderna, sin los inconvenientes de una población capaz de acceder a influencias que podrían debilitar sus regímenes, un modelo que ha sido denominado como splinternet.

Un mundo sujeto a unos derechos humanos y a unos estándares mínimos de calidad democrática, en el que como mucho vemos tentaciones episódicas de intentos de bloqueo de cuestiones como la pornografía, la apología del odio o elementos afines, con esos balances constantemente sometidos a discusión pública, frente a otro mundo que directa y conscientemente ignora esos derechos humanos y esa democracia, y utiliza el control de la red como estrategia para obtener unas ventajas comparativas y para perpetuarse en el poder. Si quieres saber en qué lado del mundo estás, intenta instalarte y usar una VPN. Decididamente, George Orwell era un auténtico visionario.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “What VPNs tell us about democracy and human rights” 

 

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La democracia como connotación negativa

IMAGE: Ivelin Radkov - 123RF

Mi columna en El Español de esta semana se titula “La democracia sobrevalorada“, y trata de elaborar en torno a la peligrosísima idea de que la democracia se ha convertido en una especie de handicap o de problema, en un sistema que penaliza la eficiencia de los países, y que aquellos que deciden que no es necesaria o que puede resultar prescindible pueden obtener ventajas comparativas e incluso, eventualmente, mayores niveles de bienestar económico.

¿Qué país ha sido capaz de generar un producto interior bruto mayor a valores de paridad de poder adquisitivo, o ha sido el más eficiente a la hora de elevar a millones de personas por encima del nivel de la pobreza? China, un país que en efecto, considera la democracia como algo innecesario. El país más grande del mundo en términos de población está gobernado por un partido cuyas decisiones son incontestables, que no se somete en modo alguno a la voluntad popular, y cuyo respeto a los derechos humanos ha estado siempre sometido a un fuerte cuestionamiento. Un país que somete la información a la que pueden acceder sus ciudadanos a un fortísimo nivel de control mediante el mayor sistema de censura, monitorización y vigilancia del mundo, con un ejército de censores y manipuladores mayor que sus propias fuerzas armadas, y que a pesar de todo eso, ha sido capaz de convertirse en referencia en cuestiones como el número de solicitudes de patentes o los estándares de protección de la propiedad intelectual.

China se configura como el nuevo líder mundial ante unos Estados Unidos en retroceso, una Trumpganistan que pretende volver a poner obreros en todas las cadenas de montaje y revitalizar la minería del carbón. Un líder mundial que considera la democracia un ejercicio inútil, caro y absurdo. En términos de estrategia política, un país democrático que garantice la pluralidad de fuentes de información y asegure con los medios adecuados la higiene y legitimidad de sus procesos electorales está, en un mundo hiperconectado, en desventaja frente a países en los que la dieta informativa de sus ciudadanos está severamente controlada y en la legitimidad los que los procesos electorales es un chiste. Nadie más que el gobierno ruso puede influenciar las elecciones rusas, pero es relativamente sencillo para Rusia convertirse en una fuerte influencia en las elecciones norteamericanas. La red, convertida en una herramienta de control interno en manos de autócratas, o peor aún, en un arma para influenciar procesos electorales en países democráticos.

¿A dónde se dirige el mundo cuando los países no democráticos aprenden a extraer y materializar ventajas de la red? Países capaces de justificar los mayores sistemas de control, vigilancia, monitorización y censura de su población, de alimentar las más hipertrofiadas agencias de espionaje, y de desarrollar las más demenciales técnicas de interferencia en los asuntos internos de otros países son los que parecen configurarse como próximos líderes mundiales. La democracia, como sistema discutible y prescindible, como lujo absurdo cuya perversión, convertida en populismo, alumbra criaturas como el Brexit o como Donald Trump. Tenemos un problema.

 

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Distribuido vs. centralizado

IMAGE: lkeskinen . 123RFInteresante artículo de Farhad Manjoo en New York Times titulado Clearing out the app stores: government censorship made easier, en el que expone los recientes casos de la retirada de la app de LinkedIn en Rusia y de la eliminación de la app del propio New York Times por parte del gobierno chino y los analiza como una tendencia peligrosa: la centralización de la web llevada a cabo por Apple y Google en torno a sus tiendas de aplicaciones ha provocado que ahora, los gobiernos puedan ejercer la censura y controlar el flujo de información en la web de una manera mucho más sencilla y directa.

Internet nació como red completamente distribuida, y con ese nivel de distribución planteado precisamente como su gran ventaja: la red podía seguir funcionando aunque partes de la misma no estuviesen operativas, porque el protocolo podía redirigir los paquetes a través de otras rutas hasta su destino.  Las tiendas de aplicaciones han jugado un papel fundamental en el ciclo de adopción y popularización de internet en la plataforma smartphone e indudablemente, ese factor ha resultado fundamental sobre todo en la expansión en países en vías de desarrollo, pero al tiempo, la deriva competitiva ha dado lugar a una concentración en un duopolio que resulta muy fácil de controlar.

Los intentos de controlar internet por parte de los gobiernos no son algo en absoluto novedoso: el gobierno chino lleva años entregado al desarrollo de férreos sistemas de control que combinan tecnología y control social, y Rusia no se queda, en ese sentido, demasiado atrás. Pero las medidas de control que en la web generan auténticos juegos del gato y el ratón y que, en realidad, resulta muy difícil consolidar de manera completa – un usuario suficientemente interesado y con las herramientas adecuadas siempre puede acceder a la información que desee – se convierten en mucho más sencillas cuando hablamos del ecosistema móvil, porque basta con presionar o requerir legalmente a Apple o a Google para que eliminen de la App Store o del Play Market la disponibilidad de la app que se desea controlar, para obtener una respuesta rápida y efectiva. Por supuesto, un usuario podría en último término intentar acceder a LinkedIn o al New York Times a través de la web, o hipotéticamente podría incluso descargarse e instalarse la app sin pasar por la tienda de aplicaciones, pero en más que posible que en el entorno smartphone estemos hablando ya de habilidades que, por lo general, escapan al usuario medio.

En muchos sentidos, la internet que conocimos y vimos crecer en la que no había prácticamente sitios únicos en los que ejercer control ha evolucionado para convertirse en un entorno en el que basta con estrangular un par de puntos, con presionar a una compañía o con bloquear un recurso para lograr el objetivo de eliminar su disponibilidad para la mayoría de los usuarios de un país. Para las compañías, obligadas a respetar la legislación de cada país y las decisiones legislativas de sus gobiernos, las decisiones no son necesariamente inapelables, pero en determinados entornos políticos, sí pueden generar riesgos importantes, desde represalias directas a directivos, hasta incluso la prohibición de acceder a la totalidad de la tienda de apps. Para una compañía como Apple en China o como Google en Rusia, inmersas en batallas competitivas importantes, la idea de dejar de estar disponible y, por tanto, de convertir los terminales de su sistema en prácticamente inservibles parece una posibilidad suficientemente aterradora como para motivar que no intenten apelar estas decisiones, y simplemente acepten los bloqueos como parte del coste de hacer negocios en ese país. En el fondo, es tan sencillo como aceptar que aún quedan muchos gobiernos que consideran que tienen el deber, la obligación o la posibilidad de controlar la información, los productos o los servicios a los que sus ciudadanos pueden tener acceso, por mucho que, teóricamente al menos, vivamos en una era de la información y esta no entienda de fronteras físicas.

Volver a leer los dos libros que en su momento tuve la oportunidad de prologar en sus ediciones españolas, “No sin nuestro consentimiento” y “Cypherpunks” puede ayudar a entender muchos de los elementos de esta dinámica. En muchos sentidos, la centralización progresiva de la web se ha convertido en un coste de su popularización y crecimiento. Es importante entenderlo y, sobre todo, es importante entender lo que hemos perdido y lo que podríamos llegar a perder si la tendencia continuase.

 

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Noticias falsas, redes sociales y censura

Facebook censoredEn las últimas semanas, fundamentalmente al hilo del resultado de las recientes elecciones norteamericanas, se ha escrito bastante sobre la cuestión de las noticias falsas, su divulgación masiva en redes como Facebook, y la necesidad de desarrollar sistemas de control. En mi caso, dediqué más o menos directamente al tema entradas como “Facebook en su momento de la verdad“, “El problema de la tecnología“, “Analizando la campaña de Trump y el efecto Facebook“, “El pensamiento crítico y su desarrollo” y “La peligrosa química de la web“, algunas de las cuales fueron recogidas o citadas en diversos medios.

Hoy, una columna de J. L. García Guerrero en La Información, titulada “¿Censura? ¿Quién decide si una noticia es falsa o no?“, me cita de una manera que me ha parecido que no deja completamente clara mi postura al respecto, y que de hecho, podría llevar a pensar que abogo porque las redes sociales lleven a cabo, de manera directa o indirecta, algún tipo de censura.

No es el caso. Siempre, de manera sistemática y categórica, he estado en contra de cualquier tipo de censura entendida como tal. Mis comentarios sobre la difusión de las noticias falsas y su posible influencia en las personas no pretendían abogar por una censura de contenidos en Facebook, sino por el desarrollo de sistemas de cualificación del contenido muy similares a los que motores de búsqueda como Google llevan años desarrollando. La censura de determinadas noticias o publicaciones por parte de Facebook haría entre poco y nada por la salud de la web: toda acción conlleva una reacción, y si las publicaciones dedicadas al sensacionalismo y a la creación sistemática de noticias falsas fuesen censuradas, es muy posible que su popularidad y difusión, en lugar de resentirse, pudiese incluso llegar a crecer a través de otros canales. Pocas cosas excitan más la conspiranoia y el deseo de acceder a información que el hecho de censurarla.

Lo que hay que intentar, como ya comenté en un artículo anterior, es intentar promover el desarrollo del pensamiento crítico, dotando a aquellos que pretendan analizar y cualificar la información que consumen de cuantas más herramientas, mejor. Conviene leer, en ese sentido, el fantástico artículo que Hossein Derakhshan, blogger iraní que paso seis años en la cárcel en Teherán, publica hoy en MIT Tech Review, titulado Social media is killing discourse because it’s too much like TV: la evolución de la web, vista por una persona que sufrió un aislamiento total de la misma durante seis años, ha sido la de pasar de ser un medio fundamentalmente descentralizado, basado en el texto y en el consumo consciente, analítico y con tendencia a suministrar abundantes enlaces en los que profundizar en lo leído, a convertirse en un medio centralizado en unos pocos canales, y con abundancia de imágenes o vídeos que no facilitan información adicional, que son consumidos mucho más como la televisión, sin posibilidad inmediata o sencilla de cualificación o verificación.

El fenómeno como tal no es parte de ningún tipo de conspiración, y puede que represente incluso una evolución natural debida a las características de las sociedades humanas, que tienden a la economía de los recursos y a centrarse en aquellas soluciones que ven más sencillas. El paso de la simplificación al simplismo es enormemente sencillo y resbaladizo, y eso es algo que hemos visto en muchos medios anteriormente: la existencia y relativa popularidad de publicaciones sensacionalistas y tabloides en todos los formatos es buena prueba de ello. Y por supuesto, no se trata de censurar y prohibir a la gente que lea The Sun, Bild o medios similares si desean hacerlo. Se trata, simplemente, de que sepan lo que leen.

En la web de hoy, Google es capaz de eliminar todos los años nada menos que mil millones de enlaces por peticiones de titulares de derechos de autor. La tecnología para llevar a cabo ese proceso existe, y es indudablemente eficiente, hasta el punto que diseñar un sistema que hiciese algo similar con las fake news sería, si bien no trivial, no completamente descabellado o imposible. Sin embargo, como el propio ejemplo evidencia, es bien sabido que el consumo de contenidos considerados irregulares no ha descendido por el hecho de que Google los haya hecho desaparecer de su índice, sino por la aparición de ofertas regulares – llámense Netflix, Spotify, Apple Music o como se quiera – de acceso sencillo, relativamente barato y atractivo, que han llevado al mercado a situarlas entre sus preferencias. Hoy, un usuario que pretende consumir contenido audiovisual descargado irregularmente puede hacerlo con prácticamente la misma sencillez que podía hacerlo en 2005, pero tiende a dejar de hacerlo, y no porque lo amenacen con la cárcel o con la ira de los dioses, sino simplemente porque dispone de formas más sencillas, atractivas y convincentes de obtener ese contenido.

Del mismo modo, deberíamos pensar en sistemas que no se dediquen a eliminar las noticias falsas en modo censura, pero sí que las etiqueten y las traten adecuadamente, con todos los matices que diferencian a quienes utilizan el humor en todas sus vertientes, a quienes recurren a la sátira o a quienes simplemente difaman o se inventan y divulgan hechos que no responden a la realidad. Si un medio o una persona se dedica a producir sistemáticamente noticias falsas, debería ver sus noticias etiquetadas como tal mediante sistemas que combinen lo social, el machine learning y la supervisión humana, debería no tener acceso a los mecanismos publicitarios que funcionan como incentivo de la actividad (del mismo modo que impedimos el acceso a la publicidad a otro tipo de contenidos considerados nocivos, como los productos milagro, la pornografía, etc.) y debería ser penalizada en los algoritmos de recomendación, para evitar el efecto “cámara de espejos” que refuerza su posible influencia. ¿Es eso censura? Obviamente, no es un sistema ecuánime que trata a todas las noticias por igual, pero… ¿debemos realmente tratar a todas las noticias por igual?

 

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La evolución de Facebook

Napalm girl censorshipLos hechos tuvieron lugar, en rapidísima sucesión, entre el miércoles 7 y el viernes 9 de septiembre: el escritor noruego Tom Egeland publica, en el curso de una discusión en Facebook sobre fotografías que habían cambiado la historia de la guerra, la icónica imagen de Kim Phuc, la niña del napalm, tomada en 1972 en plena guerra del Vietnam por el fotógrafo Nick Ut y premiada con el premio Pulitzer. La fotografía era una entre siete, y pocos negarían su relevancia en el contexto señalado.

Relevante o no, Facebook decide eliminar la imagen alegando que infringe sus políticas: “any photographs of people displaying fully nude genitalia or buttocks, or fully nude female breast, will be removed”. Cuando el autor noruego protesta la decisión publicando de nuevo la imagen y acusando a Mark Zuckerberg de abuso de poder y de atacar la democracia, ve cómo su cuenta es suspendida. El diario noruego Aftenposten, el mayor del país, entra en la discusión apoyando a Egeland, publica igualmente la fotografía junto con una carta de protesta del escritor, e igualmente ve su publicación eliminada de Facebook. Y a la primera ministra noruega, Erna Solberg, que publica igualmente la imagen. El diario noruego decide llevar el asunto a su portada y publica un editorial en el que su editor, Espen Egil Hansen, escribe:

“Even though I am editor-in-chief of Norway’s largest newspaper, I have to realize that you are restricting my room for exercising my editorial responsibility. I think you are abusing your power, and I find it hard to believe that you have thought it through thoroughly.”

(“A pesar de ser editor en jefe del periódico más grande de Noruega, está usted restringiendo mi espacio para el ejercicio de mi responsabilidad editorial. Creo que está usted abusando de su poder, y me resulta difícil creer que haya meditado su decisión en profundidad.”)

Finalmente, Facebook decide dar marcha atrás, y restaura la fotografía y la cuenta de Egeland afirmando que están “ajustando sus políticas de revisión”, no sin haber visto una fortísima escalada de críticas y cómo la fotografía era publicada y comentada por infinidad de cuentas en todo el mundo.

El asunto, recurrente ya para la compañía, muestra en qué se ha convertido Facebook: sencillamente, en el mayor editor de noticias del mundo, en el sitio en el que se informa una mayor cantidad de personas, y en el que puede generar más polémica en casos así. Lo que originalmente era una simple red social en la que mantenerte informado de lo que habían hecho o dicho tus amigos o tu familia, ahora es el mayor medio de comunicación del mundo. La métrica de impacto de cualquier noticia ya no es que la publique tal o cual periódico o revista, sino que circule abundantemente en Facebook. Se ponga como se ponga, Mark Zuckerberg es ahora el director del mayor medio de comunicación del mundo: no una “simple plataforma”, ni una “red social”. Para cualquier medio, desde esta modesta página que tienes delante hasta los mayores periódicos del mundo, Facebook se está convirtiendo en la mayor fuente de tráfico, en el ser o no ser – y si no lo es, es seguramente porque estén haciendo algo mal.

En el haber de Facebook, su capacidad para tomar este tipo de decisiones de manera rápida y ágil: si una compañía con una estructura directiva muy plana y que tiene la posibilidad de monitorizar lo que hacen, dicen y piensan en tiempo real 1,700 millones de personas en todo el mundo no fuese capaz de ver una bola de nieve bajando por una ladera y haciéndose cada vez más grande y poderosa, tendría realmente un serio problema. Pero en su debe, la aparente incapacidad para darse cuenta de su evolución, en lo que se ha convertido, y lo que ello requiere. El número de veces en que Facebook se ha visto implicada en cuestiones de este tipo a lo largo del último año ha ido creciendo progresivamente, sea por asuntos relacionados con la política, con la elección de sus trending topics o con su nivel de automatización, y dadas las circunstancias, el problema no puede hacer más que seguir creciendo. Tres o cuatro normas con supuestas pretensiones de aplicabilidad universal no van a servir a Facebook para nada. Un algoritmo, por el momento, tampoco. Hablamos de decisiones enormemente delicadas, complejas, con muchísimos matices y elementos implicados, y en un entorno completamente multicultural. O la compañía comienza a ser consciente de lo que es y se dota de estructuras similares a las que tienen los medios de comunicación serios – algún tipo de consejo editorial o de organismo rápidamente operativo que cuente con un respeto global y generalizado en la comunidad para tomar este tipo de decisiones – o podrá encontrarse con serios daños en su imagen y reputación, o con acusaciones constantes de parcialidad.

Un problema sin duda complejo: administrar no lo que creías o pretendías ser, sino aquello en lo que te has convertido. Te guste o no.

 

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Los límites de la censura

IMAGE: Vladimir Ochakovsky - 123RFRafa Martí, de Playground Magazine, me llamó para tratar de delimitar el uso del término “censura“, a raíz de la exclusión de una campaña de financiación de un documental en Verkami derivada de una serie de protestas sobre su contenido, tema sobre el que ha escrito bajo el título “¿Estamos abusando de la palabra ‘censura’?”

El tema conecta muy directamente con algunas de las cuestiones que comenté en junio de 2012 en el epílogo de “No sin nuestro consentimiento“, el fantástico libro de Rebecca MacKinnon: ¿qué pasa cuando las normas, en lugar de proceder de un consenso social que termina cristalizando en un proceso legislativo, se originan en empresas privadas o en movimientos no necesariamente representativos? ¿Qué perdemos cuando Facebook, por ejemplo, toma decisiones unilaterales sobre qué imágenes pueden aparecer en su ubicua red y cuáles no? ¿Hasta qué punto provienen ese tipo de medidas de un supuesto consenso, de una posición ideológica o personal de la compañía, o de una prudencia por evitar ofender a determinados colectivos? ¿Qué ocurre cuando mezclamos ese tipo de cuestiones con legislaciones de países individuales, con contenidos que puedan considerarse ofensivos para determinadas religiones o grupos, etc.?

Que una red determinada, ante el miedo de ofender a un colectivo que expresa su protesta ante lo que entiende como una agresión, decida retirar un contenido, entra dentro de la libertad y del juicio de esa red, como lo es el delimitar su actividad a un campo determinado y no a otro. Que Goteo.org decida que su ámbito es la financiación de proyectos de código abierto, o que Kickstarter delimite su actividad al emprendimiento y excluya explícitamente la financiación de campañas benéficas, por ejemplo, es algo que cae obviamente dentro de su libertad para definir su negocio como ellos quieran, algo que siempre que no suponga un conflicto con la ley, está completamente fuera de la definición de censura.

Decidir, por ejemplo, que en un club determinado solo pueden entrar hombres de más de 30 años, pero mujeres por encima de 25, como ocurre en una polémica desatada en Long Island, o que sigan existiendo bares definidos como all-male, son cuestiones que entran ya en reflexiones más complejas y en una discriminación no solo contemplada ya como obsoleta, sino expresamente prohibida en las constituciones de muchos países. Otros temas, como la prohibición de editar o vender determinados libros porque su contenido es ilegal – o dejar de hacerlo en función de determinadas protestas – ya son más resbaladizos: la ficción no tiene límites, y la opinión, posiblemente, tampoco debería tenerlos. He mantenido discusiones con amigos defendiendo el derecho de una editorial o de una biblioteca a publicar o tener libros que defendían algo que suscitaba un rechazo tan generalizado como la pederastia, sin que ni obviamente pretenda defender esos argumentos o a sus autores en modo alguno. Del mismo modo, defiendo el derecho a editar, distribuir, vender o leer libros como Mein kampf, aunque los considere una exposición de ideologías completa y radicalmente inaceptables, porque creo que no es bueno que esos planteamientos sean excluidos de ningún ámbito – es más, considero que excluirlos ayuda a que puedan volver a repetirse. En general, como punto de vista personal, todo lo que suponga restringir el derecho a acceder a información tiende a darme alergia, como me la dan las turbas enfebrecidas que reclaman la quema de libros o la exclusión de contenidos. Que una compañía decida no forzar esas discusiones o no mantener una posición radical en ese sentido porque considera que daña a su imagen, sin embargo, me parece una decisión libre orientada por un criterio empresarial.

Decididamente, un tema complejo.

 

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El poder político y la web social

Social media tools in Turkish coup (IMAGE: E. Dans)Si algo ilustra las contradicciones entre una clase política mayoritariamente anclada en el pasado y el poder de la web social es el fallido golpe de estado en Turquía de la semana pasada. Recep Tayyip Erdoğan, un mandatario efectivamente elegido en unas elecciones democráticas, pero con un horrible pasado teñido de la peor censura de las redes sociales, con una actitud hacia el control de la información que lo sitúa al mismo nivel de los más feroces totalitarismos.

Hablamos de un político que en su momento, mientras gaseaba y apaleaba manifestantes en Gezi Park, consideró literalmente que “ahora existe una amenaza llamada Twitter. Allí se pueden encontrar los mejores ejemplos de mentiras. Para mí, los medios sociales son la peor amenaza para la sociedad”. La ironía de que ese mismo político sea “salvado” en último término de un golpe de estado gracias a que es capaz, en su desesperación, de recurrir a herramientas sociales como Twitter, Facebook o FaceTime para pedir a sus ciudadanos que salgan a la calle a defenderlo es algo que quedará para la historia.

El relato de aquella noche permite ver cómo los militares intentaron bloquear herramientas como Facebook, Twitter o YouTube, para encontrarse con una población que, gracias a los anteriores intentos de bloqueo llevados a cabo por Erdoğan, era ya experta en romper esos bloqueos y convertirlos en inútiles mediante procedimientos de todo tipo. El golpe de estado en Turquía es el primer evento político relevante retransmitido en vertical, a través de cientos de pantallas de smartphones con Periscope, Facebook Live y otras herramientas similares. En un momento dado, los militares trataron incluso de bloquear las emisiones de medios de comunicación convencionales como CNN Türk, para encontrarse con que los mismos periodistas cuya actividad era interrumpida por su entrada continuaban con el informativo en el mismo punto donde lo habían dejado, pero utilizando Facebook Live: toda una metáfora del poder de la web social.

La experiencia turca cambia todos los manuales anteriormente escritos sobre cómo dar un golpe de estado, sobre la necesidad de poner bajo control a los líderes de la disidencia y a los medios de comunicación, y permite que un presidente que anteriormente despotricó contra la web social sea capaz de salvar su continuidad precisamente gracias a su uso. El futuro para Turquía, en cualquier caso, parece de todo menos alentador: las primeras medidas tomadas por Erdoğan son una fortísima purga en estamentos judiciales, policiales y militares. Todo indica que al intento de golpe de estado militar le está siguiendo un nuevo golpe de estado, esta vez protagonizado por el propio Erdoğan. 

¿Puede esperarse de alguna manera que la posición de Erdoğan con respecto a la web social cambie? En modo alguno. Las relaciones entre los políticos con tendencias totalitarias y la web social no funcionan en términos de gratitud, sino del más profundo utilitarismo: si la única manera que tengo de llegar con mis mensajes al pueblo es a través de esa herramienta del demonio llamada Twitter – o Periscope, o FaceTime, o Facebook Live, o lo que me pongan en las manos en ese momento – que una vez prohibí, lo haré porque estoy en medio de una emergencia, pero eso no quiere decir que cambie mis posiciones sobre lo malo que es que los medios de comunicación carezcan de barreras de entrada. De hecho, si ahora, al ver las consecuencias del intento de golpe militar y las reacciones posteriores del régimen, algunos segmentos de la población comenzasen a utilizar las herramientas de la web social para protestar contra los abusos, a Erdoğan no le temblaría el pulso para volver a prohibirlas. De hecho, estoy seguro de que lo volverá a hacer, más pronto que tarde. Desgraciadamente, esto de Turquía no puede tener buen final. 

Lo escribí en su momento, cuando los sucesos en Gezi Park: para un político, hay cosas que son como la prueba del nueve, la confirmación de tendencias que nunca deberían estar presentes en un mandatario público, y los intentos de censura de la web social caen claramente en esa categoría. Nunca, nunca sin ninguna posibilidad de excepción,confiemos en políticos que amenacen con censurar o tratar de poner bajo control la web social.

 

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El 1984 de Orwell es la China de hoy

Nineteen Eighty-Four, by George Orwell: cover of the first editionYa habíamos comentado anteriormente la alucinante estructura organizada por el gobierno chino para tratar de preservar en la red su muy complejo equilibrio interno cuando hablamos sobre la velocidad con la que son capaces de supervisar conversaciones en la red más importante de mensajería instantánea, Weibo, y sus cuatro mil censores trabajando a turnos que vigilan y censuran las actualizaciones de trescientos millones de usuarios, o cuando se publicó el dato de que el país tenía más personas dedicadas a la censura de la red que enroladas en su impresionante ejército.

Pero el último estudio publicado por tres profesores de Harvard, Gary King, Jennifer Pan y Margaret Roberts, titulado How censorship in China allows government criticism but silences collective expression, comentado ya por una amplia variedad de medios, representa ya lo que parece la máxima expresión de la distopía en sus proporciones más hipertrofiadas: cada año, empleados del gobierno dedicados a todo tipo de tareas y en todos los organismos públicos dedican una parte de su tiempo a publicar nada menos que 488 millones de actualizaciones falsas en redes y medios sociales, que son pagadas aparentemente a unos cincuenta céntimos la pieza, lo que lleva a que se les conozca como el Fifty Cent Party.

Las actualizaciones están destinadas a distraer la atención sobre temas que puedan resultar perjudiciales para la imagen del gobierno y, en general, a promover el mantenimiento de un estado de opinión positivo con respecto a sus actuaciones. Contrariamente a lo que se pensaba, no tratan de censurar los comentarios negativos o mordaces sobre el gobierno, sino más bien de silenciar, enterrar o discutir con argumentos de todo tipo todo aquello que pueda sugerir, reforzar o estimular la movilización social, independientemente de su contenido. Un ejército distribuido y dedicado a convertir el astroturfing, la práctica de simular una amplísima base de personas que refuerzan una idea, en un auténtico arte llevado a sus máximas consecuencias.

Es, literalmente, el mundo imaginado por ese genio visionario llamado George Orwell en 1949 cuando escribió su magistral novela Nineteen eighty-four: ese Ministerio de la Verdad dedicado a manipular constantemente los medios de comunicación, el entretenimiento y los libros de texto para reescribir la historia y que encaje con la doctrina del gobierno, haciendo parecer que sus predicciones siempre fueron acertadas y que jamás se equivoca.

Mil trescientos ochenta y un millones de chinos viven en una realidad paralela recreada por su gobierno para darles la impresión de que todo va de maravilla. Muchos posiblemente sean razonablemente conscientes de ello pero no se plantean hacer absolutamente nada al respecto, sea porque después de todo, hablamos del país que ha tenido históricamente más éxito llevando a un mayor numero de personas a superar el umbral de la pobreza, o simplemente porque han sido llevados a pensar que no hay ninguna razón para ello. Los medios y redes sociales, convertidos en un arma para mantener el equilibrio social y alejar cualquier tentación de cuestionamiento, cualquier idea discordante, cualquier inclinación a disentir. Una formidable estructura distribuida que simplemente, ha sido inducida a dedicar tiempo a una cuidadosa, metódica y continuada labor de generación de contenidos para obtener un sobresueldo.

El estudio merece una reflexión cuidadosa, sobre todo para aquellos que tenemos la oportunidad habitual de hablar con ciudadanos chinos: el equilibrio político del país más poderoso del mundo se apoya sobre un descomunal ejército de community managers a tiempo parcial, que monitorizan constantemente conversaciones y tendencias, y se dedican a difundir la doctrina gubernamental. Una labor incansable en la que cada empleado público trata de controlar las ideas de aquellos que tiene en su entorno, en las redes y en los foros en los que habitualmente participa, en las conversaciones que presencia. Si algo me sorprende en mis conversaciones con mis alumnos chinos es la evidencia de que la censura o el control social les parece algo perfectamente normal, completamente institucionalizado, una realidad que constatan con el mayor pragmatismo posible que está ahí, que sirve a un propósito, y que no merece ni por un instante la pena plantearse ni la más mínima idea de rebeldía al respecto. Simplemente, están bien así y no se percibe ninguna necesidad de buscar alternativas.

La red, convertida en el mecanismo de control social más impresionante jamás diseñado, al servicio de la estabilidad social y de la promoción de las ideas gubernamentales, con una magnitud tan desmesurada que escapa a toda imaginación. La mejor interpretación y puesta en escena de la obra de Orwell que jamás pudimos imaginar.

 

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Google, Pakistán y la censura

IMAGE: Atin Bhattacharya (CC-BY-SA originally published at Wikipedia)Google me desmiente algunas de las informaciones publicadas originalmente por Reuters (y ya corregidas) sobre su posible implicación en el levantamiento del bloqueo a YouTube en Pakistan, que duraba ya más de tres años, y que cité hace unos días en esta entrada sobre la universalidad de la red.

Concretamente, Google afirma no tener ningún tipo de acuerdo especial con el gobierno pakistaní a la hora de retirar contenidos de YouTube: los vídeos que puedan ser considerados ofensivos por este gobierno reciben el mismo tratamiento que cualquier otra reclamación sobre contenido ofensivo. Simplemente, cuando un usuario o una institución solicita a YouTube la retirada de un vídeo, el equipo de YouTube lo analiza, y si efectivamente incumple los términos y condiciones de la plataforma, se procede a su retirada. Google no ha otorgado al Gobierno de Pakistán la potestad de retirar de la plataforma de YouTube (aunque sea de la versión local) contenido que consideren inadecuado, y como se hace en todos los casos, las peticiones de retirada del gobierno pakistaní, si existen, serán publicadas en el Informe de Transparencia que la compañía confecciona y publica cada dos años.

Pakistan es un entorno políticamente muy complejo. Los movimientos que protestan contra la censura de contenidos en el país son sumamente activos, y la discusión sobre el bloqueo de contenidos es constante: recientemente, el gobierno se vio obligado por las protestas de amplios sectores sociales a congelar un plan de censura a nivel nacional. Que Google comience a ofrecer una versión propia para ese país, al tiempo que lanza también las de Nepal y Sri Lanka es algo perfectamente normal, como ha ocurrido ya con más de noventa países en todo el mundo: las versiones locales ayudan a potenciar y dar visibilidad al contenido de cada país y ofrecen servicio a los usuarios en el idioma local, pero no existen acuerdos globales a nivel de país, ni en Pakistán ni en ningún otro estado, sobre la retirada de contenidos. Que Google haya sido capaz de vincular el fin de las restricciones a YouTube con el lanzamiento de la versión local, por tanto, es algo que el gobierno pakistaní puede haber querido presentar políticamente como una victoria, de acuerdo con algunas fuentes próximas al activismo en el país, pero que no supone que el gobierno vaya a disponer de ningún tipo de filtro sobre los contenidos publicados en la plataforma.

En la óptica de Google, por tanto, las decisiones de retirada de contenidos siguen llevándose a cabo a nivel global, en un proceso que puede – y seguramente debe – lógicamente tener en cuenta las sensibilidades locales, pero que no está sujeto a una agenda política determinada: un contenido se retira cuando se estima que infringe las políticas de la plataforma, no cuando un gobierno lo solicita. Una aclaración que ofrece algunos matices interesantes en la entrada de hace unos días: en efecto, vivimos en un mundo enormemente diverso, en el que contenidos que pueden resultar perfectamente inofensivos en algunos países pueden ser considerados enormemente ofensivos o ilegales en otros, y la gestión de esa diversidad puede ser tremendamente compleja. Ejemplos como el de Turquía, en el que plataformas como YouTube o Twitter han sido sometidas a bloqueos en función de cuestiones que van desde las ofensas al considerado padre de la patria, Mustafa Kemal Atatürk, hasta las especulaciones sobre la posible corrupción del presidente, Recep Tayyip Erdoğan, han dejado de ser excepcionales, y forman parte ahora de un contexto en el que el la serie dedicada a la censura en los diferentes países creada por Wikipedia consta ya de 53 estados.

Esa es la realidad: un mundo en el que las posibilidades de internet como red global están completamente matizadas por cuestiones que van desde lo político y lo religioso a lo cultural o económico, pasando por otras de todo tipo. Sí, internet es una red global, como pretenden serlo otras cosas tan importantes como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es el mundo el que no lo es en absoluto.

 

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Internet, la universalidad y el retrato del mundo actual

IMAGE: Dawn Hudson - 123RFAyer, el gobierno de Pakistán levantó una prohibición sobre YouTube que duraba desde el pasado septiembre de 2012, más de tres años, cuando algunas copias de una película titulada Innocence of Muslims, que critica y ridiculiza el Islam, aparecieron en la página. ¿Qué ha llevado al gobierno del país, más de tres años después, a finalizar la prohibición? Muy sencillo: que la compañía ha accedido a las demandas de la Pakistan Telecommunication Authority (PTA) y ofrece ahora una versión de YouTube específica para Pakistán, en la que este organismo puede hace peticiones directas de bloqueo de contenidos, que son bloqueadas de manera inmediata.

Detengámonos un momento a pensar en la cuestión: hablamos de un país en el que, como es el caso en unos cuantos más, la blasfemia es un delito que puede llevar acarreada la pena de muerte, y en el que quien decide lo que es o no una blasfemia es un poder religioso que se mezcla de manera indisoluble con el poder político, y que parece sustentado por una amplia mayoría de la población. Un país que no ha levantado su prohibición sobre un servicio de vídeos en la red hasta que este no ha accedido de manera inequívoca a su voluntad de control absoluto sobre los contenidos, que exige su derecho a su particular versión de la página, conforme a lo que consideran sus normas. Ni derechos humanos, ni libertad de culto, ni libertad de expresión, ni nada por el estilo: sus normas. Allí, no hay otras.

Cuando empezamos a utilizar internet, cuando se convirtió en una realidad con una difusión creciente, muchos vimos en ella una red verdaderamente universal, una herramienta poderosa para hacer un mundo mejor. La realidad ha sido terca y obstinada: el entorno sociopolítico del mundo en que vivimos no está preparado para algo así. El mundo actual no admite conceptos universales: lo que en algunos países forma parte de la libertad de las personas, en otros conlleva penas para algunos tan inaceptables como la muerte, o castigos como los latigazos. ¿De qué hablamos? ¿De países que han evolucionado con el tiempo y han desarrollado un consenso claro sobre lo que deben ser las libertades de las personas, frente a otros que están quinientos años por detrás? ¿O del derecho inalienable de los pueblos a decidir sobre sus leyes, culturas y costumbres, aunque a otros nos parezca sencillamente alucinante o completamente inaceptable en función de normas que consideramos universales? ¿Dónde están los límites de la corrección política que nos lleva a asumir que esas realidades van a ser así y no hay otro remedio que aceptarlas como están?

La pregunta es clara: la decisión de desarrollar una versión específica de YouTube para Pakistán sometida a sus deseos de retirada de contenidos… ¿es buena o mala para los pakistaníes? ¿Es mejor para Pakistán tener acceso a unos contenidos incompletos en YouTube que no tener acceso a nada? ¿O es mejor que la ausencia de YouTube les evidencie que viven en un país “diferente”? ¿Son esos países anomalías que debemos esforzarnos en corregir, poniendo todos los medios para que sean conscientes de sus carencias, o diferencias que debemos esforzarnos por entender y aceptar, ofreciéndoles todas las posibilidades de adaptación? Google se retira de China en enero de 2010 porque considera inaceptables las reglas de un gobierno que exige unos niveles de control determinados sobre los contenidos y las actividades de sus ciudadanos en la red, pero retorna a Pakistán en enero de 2016 porque considera que las reglas de un gobierno que exige unos niveles de control determinados sobre los contenidos y las actividades de sus ciudadanos en la red sí lo son. ¿Cuál de las aproximaciones a la cuestión tiene más sentido? ¿Cuál es más lógica? ¿Está Google ya preparando su vuelta al mercado chino? ¿Debemos renunciar a normas que consideramos universales, como los derechos humanos, la libertad religiosa o la libertad de expresión, en función de… qué? ¿De un interés empresarial? ¿De los deseos de impulsar un cambio que haga avanzar a esos países o los lleve a reflexionar sobre sus circunstancias? ¿Era internet un sueño de universalidad que la realidad del mundo demostró imposible?

 

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