Category Archives: basic income

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Robots e impuestos: no tan sencillo

IMAGE: Pixelery - 123RFLas recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

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La amenaza no son las máquinas

IMAGE: Christos Georghiou - 123RFMuy buena crónica en Wired sobre la conferencia recientemente celebrada en Asilomar sobre el futuro del trabajo y los efectos de tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, con un titular que para mí representa claramente el aspecto más importante de la cuestión: The AI threat isn’t Skynet: It’s the end of the middle class.

Efectivamente, mientras el imaginario popular se obsesiona con la singularidad y con máquinas que supuestamente adquieren consciencia y se rebelan contra el hombre, una idea que no alcanza a distinguir entre inteligencia y conciencia y que pertenece aún claramente al ámbito de la ciencia-ficción, el verdadero peligro para la civilización y la sociedad humana proviene de la evolución de la propia sociedad humana desde una óptica social, y concretamente de la progresiva erosión de las clases medias.

Un problema real, tangible y posiblemente inmediato, cuyas consecuencias estamos ya comenzando a ver en la política de un país tan poco sospechoso de revolucionario como los Estados Unidos, frente a otro problema aún hipotético y teórico para el que seguramente faltan aún varias generaciones tecnológicas. El auge de los populismos no es más que la búsqueda inútil de sentido recurriendo a los esquemas del pasado, la idea de que se puede volver a generar la riqueza perdida volviendo a hacer lo mismo que hacíamos antes, y encarnando al enemigo imaginario en figuras como la inmigración o la tecnología.

Cada vez más factores indican que la erosión de puestos de trabajo debido a los progresos de la inteligencia artificial y la robótica está evolucionando más rápido de lo que se esperaba: cada vez son más y de más tipos los puestos amenazados por procesos de sustitución, y la esperanza de reconquistar esos puestos es absolutamente absurda. Ya no hablamos de trabajos manuales o repetitivos, sino de prácticamente cualquier actividad humana. Cuando la tecnología convierte en obsoleta una actividad como conducir, trabajar en una fábrica o ser operador en bolsa, la posibilidad de una vuelta atrás se convierte en absurda: si una compañía decidiese no adoptar esa tecnología para intentar preservar así los puestos de trabajo, otras lo harían en otros sitios, y condenarían a esa compañía a no ser competitiva. Esa deriva hace que las políticas reactivas centradas en la no adopción se conviertan en el peor enemigo de sí mismas: si una fabrica china sustituye al 90% de sus trabajadores con robots y consigue gracias a eso elevar su producción un 250% y reducir los defectos en un 80%, la idea de competir con ella manteniéndose al margen de esa tecnología se convierte en algo que desafía a cualquier tipo de sentido común.

Mantener a personas trabajando en trabajos que una máquina es capaz de hacer mejor y más rápido es completamente absurdo, y desafía las leyes del sistema económico que hemos generado. La evolución de la tecnología se ha convertido en el mayor factor de deflación económica que hemos conocido a lo largo de toda la historia: mientras los bancos centrales intentan inyectar dinero en la economía para mantener su dinamismo, la tecnología nos da mejores productos cada vez que convierte en obsoletos y sin valor los productos que habíamos adquirido anteriormente, y que a su vez, se deprecian completamente en plazos cada vez más cortos. El smartphone que llevamos en el bolsillo ha hecho que una gran mayoría de la sociedad haya dejado de adquirir cámaras de fotos y de vídeo, agendas, relojes, ordenadores, aparatos de GPS, reproductores de música e infinidad de cosas más que antes costaban en conjunto varios miles de euros, pero un par de años después de su adquisición, el valor de ese mismo smartphone se ha depreciado hasta el límite. Una tendencia deflacionaria absolutamente imparable, generada por el avance tecnológico, que no puede ser detenida, y cuyos efectos nadie tiene experiencia gestionando.

Los efectos de esa deflación han sido, hasta el momento, una polarización de la sociedad y una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos. La clase media va viendo como sus puestos de trabajo van siendo sustituidos por máquinas y privados de su sentido en cada vez más industrias y ocupaciones, y la amenaza de perder el trabajo se convierte en una preocupación cada vez más seria. Como bien dice Andrew McAfee, codirector de la MIT Initiative on the Digital Economy,

“If current trends continue, people are going to rise up well before the machines do”

(Si la tendencia actual continúa, las personas se levantaran bastante antes de que las máquinas lo hagan)

La causa de la revolución podrá ser originalmente tecnológica, pero la revolución en sí misma va a ser puramente económica: personas incapaces de encontrar su sitio en una sociedad sujeta a una deflación cada vez más acelerada y en la que los trabajos van siendo progresivamente ocupados por máquinas, dando lugar a una redefinición de la idea de trabajo culturalmente imposible de aceptar para muchos. Sí, es posible que los cambios también generen otros tipos de trabajo, pero por el momento, ese proceso no parece estar dándose a la velocidad adecuada, y no parece demasiado viable para las personas concretas que pierden sus trabajos. El minero que ya no es necesario en una mina ahora operada por robots autónomos en modo 24×7 no parece demasiado fácil que se pueda reconvertir en desarrollador de software. El cambio no mira hacia atrás, no parece preocuparse por aquellos cuyos puestos son convertidos en obsoletos, y solo propone soluciones parciales basadas en subsidios insuficientes, mientras la discusión sobre la necesidad, la viabilidad o los efectos de una renta básica universal o incondicional sigue generando una fuerte polarización en los economistas y limitada a pequeños experimentos puntuales.

No, la amenaza actual para la civilización humana no son las máquinas. Son las personas.

 

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Sobre la evolución del trabajo

Thinkers50 podcastAprovechando la visita a Madrid de Stuart Crainer y Des Dearlove, cofundadores de Thinkers50, para cuyo ranking fui nominado el pasado 2015, grabé un pequeño podcast (14:30 minutos, en inglés) conversando con Stuart sobre la evolución del concepto de trabajo, las transformaciones que viviremos en las sociedades del futuro, la llegada de sistemas basados en la renta básica universal o incondicional (muy recomendable y clarificador el último artículo de Scott Santens al respecto, publicado por el World Economic Forum y titulado Why we should all have a basic income) o la extensión y ámbito esperable de la sustitución de personas por máquinas , las diferencias entre Europa y Estados Unidos a la hora de plantear la aproximación a la disrupción tecnológica, o la importancia del machine learning como nueva gran discontinuidad.

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Los peores ciegos son los que no quieren ver

Robots come to steal our jobs!!! (IMAGE: E. Dans)Mi columna de esta semana en El Español se titula “El fin de un sistema“, y habla sobre la evolución de una sociedad en la que el concepto de trabajo se dispone a redefinirse completamente a través de la progresiva sustitución de personas por máquinas en un número cada vez más elevado de tareas de todo tipo.

Hablamos, muy posiblemente, del cambio social más importante vivido en la historia de la humanidad, con mucha mayor trascendencia que la primera revolución industrial debido, sobre todo, a la mayor velocidad con la que tiene lugar, pero a pesar de su enorme relevancia, una parte muy significativa de la sociedad prefiere mirar para otro lado o enterrar la cabeza en la arena. Hablamos de un cambio que amenaza con ir dejando sin empleo a cada vez más personas, una lista que va incluyendo progresivamente a cada vez más profesiones que van perdiendo su sentido, sustituidas por máquinas que desarrollan esas ocupaciones de manera mucho más competitiva. Cada vez que un competidor adopta esas innovaciones, cada vez que incorpora más robots y más machine learning, se convierte en el nuevo benchmark, en la nueva referencia a batir, en el incremento marginal que ningún otro competidor puede ignorar.

Ya no hablamos de sustituir empleos de escaso valor añadido: la transición ya no afecta solo a los trabajos aburridos, mecánicos, sucios o peligrosos, sino a cada vez más tareas y ocupaciones. Sin duda, aparecerán nuevas profesiones, muchas de las cuales tendrán características que nos llevarán a considerar un cambio tan radical en el concepto de trabajo que lo conviertan en irreconocible para muchos, pero también tendremos una amplia cantidad de profesiones que, simplemente, desaparecerán. Y la capacidad de reeducación o recualificación de muchas de esas profesiones será, en muchos casos, muy compleja o imposible.

El futuro, por pura lógica matemática, solo puede traer la quiebra del sistema de subsidios y coberturas que conocemos. La red de seguridad que se supone debía proteger a los excluidos se ha convertido en una trampa social, cada vez más compleja en su administración, más injusta en su funcionamiento, y además, destinada a la quiebra. Y la única manera de sustituirla es rediseñándola completamente en torno a la idea de sistemas universales e incondicionales que lo simplifiquen, que eviten tasas impositivas marginales absurdas aplicadas a quienes no lo merecen, y que aseguren que en una era de más abundancia, esta se reparte de la manera adecuada y justa. Prolongar la agonía del sistema anterior solo nos lleva a tasas de exclusión cada vez mayores, a tratar de estirar esquemas piramidales de forma insostenible y a generar una mayoría desencantada dispuesta a votar al presunto salvador – o payaso – de turno como si fuese su última esperanza.

Como hemos podido ver a lo largo del año 2016, la situación ya no admite que sigamos cerrando los ojos o enterrando la cabeza en el suelo, o nos estaremos abocando a un desastre político sin precedentes. No hay peores ciegos que aquellos que no quieren ver. Mientras, como sociedad, no abramos una reflexión seria y no simplista sobre este tema, estaremos condenados a seguir intentando exprimir un sistema deficiente y disfuncional. Estaremos intentando construir el futuro con herramientas del pasado.

 

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Amazon Go y la enésima edición del debate de la sustitución hombre-máquina

Amazon GoEl lanzamiento en beta de Amazon Go, una tienda física en Seattle abierta por el momento únicamente a empleados de la compañía en la que basta con llegar, identificarse en la entrada escaneando un código generado por una app en el smartphone, tomar lo que se desee de las estanterías, y simplemente salir, sin detenerse en ningún sitio ni tratar con ninguna persona, vuelve a desatar la discusión sobre el papel de las personas en el futuro, la naturaleza de los trabajos y la sustitución hombre-máquina.

El desarrollo tecnológico de Amazon para poner en marcha Amazon Go utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo, una combinación de tecnologías cuyo avance no solo no se detiene, sino que progresa con un patrón cada vez más exponencial a medida que los resultados van realimentando el sistema. El desarrollo de Amazon es capaz de utilizar cámaras en toda la tienda para captar cuando una persona identificada por su cara toma o devuelve un artículo de una estantería, y factura a esa persona a través de su cuenta de Amazon según sale por la puerta. En realidad, nada que no haya utilizado anteriormente en mis clases hace más de una década hablando de pilotos de IBM o de Metro, pero que en aquellas ocasiones, no pasaron de la conceptualización.

En esta ocasión, el resultado es una tienda de productos frescos, snacks, bocadillos, etc., en la que siguen siendo necesarias personas para reponer las estanterías o para preparar los productos, pero desaparece completamente la necesidad de cajeros y de líneas de checkout, un trabajo que según los últimos datos disponibles (2014), proporcionaba empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

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La tienda de Amazon, por mucho que por el momento sepamos que es una prueba limitada, nos enfrenta una vez más a esos temores en los que vemos a la tecnología como el destructor de nuestros empleos y de nuestro modo de vida. De nuevo, un debate para el que pocos se encuentran preparados, porque socava lo más hondo de las creencias que hemos mantenido desde hace muchas generaciones: el trabajo visto como elemento fundamental en la identidad de la persona, como privilegio, como necesidad no solo para la consecución de unos ingresos, sino prácticamente de cara a la realización personal… todo ello olvidando que, nos pongamos como nos pongamos, existen un elevado número de trabajos, entre los que sin duda se cuentan los de cajeros, en los que la posibilidad de que alguien se sienta realizado o motivado resulta prácticamente imposible.

¿Qué hace un cajero de supermercado? Un trabajo completamente mecánico y repetitivo, incómodo para ambos lados: para la persona que ha hecho su compra, el cajero supone la incomodidad de detenerse en una cola, depositar todos los productos en una cinta transportadora, y volverlos a recoger al otro lado. Para el cajero, el proceso supone tomar cada producto y escanearlo, hacer frente a posibles errores, y cobrar. Todo ello es un proceso profundamente mecánico, repetitivo, alienante y sin ningún valor añadido o propio de la condición de ser humano de quien lo lleva a cabo. La única razón por la que la desaparición de este tipo de trabajos no se ha producido antes era la dificultad de la tecnología existente para corregir los posibles errores de lectura, que aunque pudiesen resultar esporádicos, generaban interrupciones en el proceso. Cada vez más, un ordenador es caz de identificar perfectamente a una persona y un producto, entender si lo toma o lo deja en una estantería, apuntarlo en su cuenta y cobrarlo. La línea de cajeros, sencillamente, pierde su sentido.

Para el común de los mortales, imaginar a una legión enorme de cajeros de supermercados y tiendas uniéndose a la larga fila en la que ya estaban conductores de taxi, camioneros, mineros, empleados de sucursales bancarias, planificadores publicitarios, administrativos y una larga lista de empleos resulta, como mínimo, desasosegante. Aceptar una realidad en la que todo aquel trabajo que no conlleve un valor añadido determinado completamente redefinido con respecto al pasado se dispone a desaparecer resulta duro, particularmente si entendemos el trabajo como un privilegio, como aquello que nos permite integrarnos en la sociedad. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni lo será en el futuro.

En el pasado, los privilegiados no eran los que tenían trabajo, sino precisamente los que no tenían que trabajar. Los nobles que vivían en sus palacios se alimentaban gracias al trabajo de una serie de personas en virtud de un supuesto derecho divino, de unos privilegios que marcaban quiénes tenían que trabajar, y quienes podían simplemente cobrar impuestos para vivir del trabajo de otros. La situación era patentemente injusta, pero marcaba el tejido social de una época en la que para determinadas clases sociales, tener que trabajar era un castigo… aunque peor aún era pertenecer a esas clases sociales y no tener trabajo, lo que los situaba en la categoría de vagos y maleantes.

En la sociedad actual, un número creciente de personas trabajamos de una manera que, contemplada desde la óptica de hace tan solo algunas décadas, resultaría incomprensible. Que yo pueda levantarme por la mañana y simplemente dedicarme a leer noticias, a pensar y a escribir para, finalmente, ponerme delante de una determinada audiencia y contarles una serie de cosas intentando que las entiendan y les hagan pensar, me situaría, imagino, en una categoría próxima a la de los privilegiados que podían vivir de intangibles, que no tenían que trabajar con sus manos o que no necesitaban sudar. De hecho, que yo salga a quemar calorías de una manera tan aparentemente inútil como recorrerme diez kilómetros en círculo para así mantener mi cuerpo en forma debería hacernos reflexionar mucho sobre los cambios de la sociedad en la que vivimos.

Lo que diferencia mi trabajo de otros es, entre otras, cosas, la dificultad de sustituirlo – por el momento – por una máquina. Al paso que se desarrolla la tecnología, nada impide que esa dificultad no pueda ser vencida, lo que me situaría en la tesitura de reimaginar mi trabajo. O, posiblemente, de no trabajar salvo que me apeteciese hacerlo. La transición desde una sociedad plenamente basada en el trabajo a una en la que el trabajo es simplemente una posibilidad para quien quiere tenerlo es imposible si no aceptamos como premisa fundamental el desarrollo de sistemas de renta básica universal o incondicional que protejan a aquellos cuyo trabajo, sencillamente, desaparece a manos de una tecnología que no simplemente se lo quita, sino que mejora sensiblemente su productividad y su desempeño. Una vez desarrollada, la tecnología deja de ser una opción, y se convierte en obligatoria para todo aquel que quiere ofrecer ese producto o servicio en condiciones de mercado. No es cruel, no es desalmado, no es injusto: es simplemente lógico.

Que los trabajos de las llamadas “tres D”, Dull (aburridos), Dirty (sucios) y Dangerous (peligrosos) se vean progresivamente sustituidos por máquinas puede parecer una maldición, pero no lo es: simplemente, hablamos de trabajos que las personas no deberían hacer, que resultan una ofensa para la naturaleza humana. Que esa sustitución se extienda a otro tipo de trabajos, de nuevo, nos puede preocupar porque imaginamos la alternativa de quedarnos sin trabajo como un desastre y una exclusión, pero ello se debe únicamente a la escasa madurez de los planteamientos sociales en torno a esa necesidad de la renta básica universal. A medida que esa dialéctica avance, nos encontraremos no solo aliviados cuando nuestros trabajos puedan ser llevados a cabo por una máquina, sino que además, dejaremos de verlo como una amenaza y estaremos dispuestos a colaborar aportando nuestra experiencia con quienes pretendan hacerlo, si ello nos ayuda a estar en el lado adecuado de la disrupción. Pero imaginar algo así sin imaginar nada detrás que aporte lo que necesitamos para obtener ingresos resulta sencillamente aterrador, y la inmensa mayoría de los políticos actuales están aún muy lejos de entender la necesidad de ese tipo de planteamientos o de no contaminarlos con principios ideológicos. 

Amazon Go nos muestra, por ahora por una mínima rendija, la realidad de la coevolución de los hombres y la tecnología. Y esa realidad no es aterradora, ni deshumanizada, ni negativa, ni excluyente, salvo para los que se empeñen en verlo así. De hecho, dejar de verlo como algo amenazador es el primer paso para ese necesario cambio. Entender que es, sencillamente, mejor en todos los sentidos, siempre que como sociedad seamos capaces de organizarnos para acoger ese cambio con las adecuadas garantías para todos los implicados. Y como todos los grandes cambios, no va a ser sencillo, pero no por ello deja de ser inevitable.

 

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Revisando tus concepciones sobre la renta básica universal

Unconditional basic income is not left or right. It's forward. La idea de una renta básica universal o incondicional está tomando cada vez más forma, a medida que las expectativas despertadas por el progreso de la inteligencia artificial y el machine learning van convirtiéndose en objeto de un análisis cada vez más serio. Si comienzas a leer este artículo, ten en cuenta que es una más de esas entradas que hago para recopilar enlaces interesantes que llevo un cierto tiempo recogiendo y estudiando, y que por tanto, tu trabajo no termina cuando finalices mi texto, sino cuando hayas leído los enlaces que lo acompañan (y que explican esas ideas mucho mejor que yo).

A medida que avanzan las concepciones en este tema, podemos ver una línea común: la idea de una renta básica universal o incondicional ya no es una proclama política asociada con movimientos ultraliberales (“simplifiquemos hasta el límite el papel del estado y consolidemos todos los sistemas de ayudas y subsidios en uno solo”)  o izquierdistas (“eliminemos la pobreza y la desigualdad y reduzcamos la ansiedad derivada de quedarse sin trabajo”), para pasar a ser algo más visto como una necesidad, como un paso adelante completamente necesario a medida que el deep learning no solo desempeña cada vez más trabajos, sino que, además, los hace infinitamente mejor que los humanos. En una sociedad en la que las máquinas son mucho mejores haciendo prácticamente cualquier trabajo, la única opción lógica es comenzar a entender el trabajo como algo que deben hacer las máquinas, reservando a los humanos otro tipo de tareas.

Cuidado con este concepto: si nos enfrentamos a la idea de que trabajar deje de ser necesario, y que sea simplemente algo que hacemos para realizarnos, para intentar contribuir al bien común o para diferenciarnos con unos ingresos superiores a la media, nuestra mente choca con muchos siglos de percepciones contrarias, con la idea de que “el trabajo dignifica” o con religiones que afirman que el trabajo es un deber impuesto como una especie de penitencia para pagar por algún tipo de pecado original. Seas o no religioso, no es sencillo desprenderse de esos clichés.

Sin embargo, la idea de que el trabajo es para las máquinas porque, sencillamente, lo hacen mejor, es la idea defendida por líderes como Elon Musk, y la planteada para escenarios económicos tan dispares como los Estados Unidos o la India. Que los suizos rechazaran la idea mayoritariamente en un referendum no quiere decir que sea conceptualmente errónea, sino que aún no se ha hecho suficiente esfuerzo a la hora de explicar algunos de sus dilemas fundamentales: cómo gestionar el efecto llamada sobre la inmigración que indudablemente tendría una medida así, y sobre todo, de dónde va a venir el dinero necesario para financiar el pago de una cantidad suficiente para la subsistencia a todos los habitantes de un país, de manera completamente incondicional.

Las cuentas son sencillas: si pretendiésemos dar a cada uno de los 322 millones de norteamericanos una renta básica de $10,000 anuales, nos iríamos a un coste de $3.22 billones (billones españoles, en notación norteamericana hablaríamos de trillones). Sin embargo, el resultado si excluyésemos a los 45 millones de pensionistas que ya reciben una renta básica a través de la seguridad social, y a los 70 millones de personas que ingresan más de $100,000 anuales, que devolverían con creces el importe de la renta básica en forma de impuestos, el resultado ya va acercándose mucho más al billón de dólares que cuesta mantener todo el sistema de subsidios que actualmente mantiene la administración norteamericana para paliar cuestiones como el desempleo, la pobreza, la falta de vivienda, etc., que serían precisamente objeto de sustitución. Si eliminásemos, además de esos importes, los costes de la maquinaria administrativa necesaria para hacerlos funcionar, las cuentas empiezan a ser mucho más interesantes.

¿Aún te surgen dudas? ¿Qué pasaría cuando tú trabajas y pagas impuestos, pero ves a tu vecino que decide vivir de la renta básica? ¿Cómo evitar que sientas que eres tú el que está costeando su nivel de vida? Imagínatelo: en una casa se ingresan $100,000, en la otra, cero. Simplificando el sistema actual, el estado cobraría, por ejemplo, un 10% a los ricos, que pagarían $10,000, y subsidiaría a los pobres con un cheque de $10,000, que además, si quieren cobrar, no podrían trabajar en nada. Bajo un hipotético segundo sistema, el estado cobraría un 20% de impuestos a los ricos, pero enviaría a ambos hogares, ricos y pobres, un cheque de $10,000. Ambos sistemas generan un resultado cuantitativamente idéntico, pero mientras en el primero, los ricos tienen la sensación de subsidiar a los pobres, en el segundo lo que hacen es contribuir a un sistema para crear un fondo universal e incondicional del que ellos también reciben pagos. Para cada duda, existen buenos argumentos. Lo único que no funciona aquí es la oposición irracional o el “no me suena bien”.

Pero de todos estos argumentos, el más importante está aún por llegar: la idea de que la renta básica universal no la paguemos mediante nuestros impuestos, sino que sea la propia tecnología la que pague por ella. Esta idea, que requiere una cierta cultura económica para aprehenderla, es la que expone Kartik Gada en su libro The Accelerating TechnOnomic Medium (ATOM), disponible íntegro en el enlace anterior (o en pdf aquí): la tecnología es la causa de la mayor deflación que hemos conocido a lo largo de la historia, y este efecto deflactor está siendo sistemáticamente ignorado por todos los modelos económicos. Los bienes basados en tecnología disminuyen rápidamente su valor con los años: el mismo iPhone por el que pagamos mil euros un año, no vale ni doscientos un par de años después. Si a esto añadimos que cada vez más objetos fabricados por el hombre tienen un componente tecnológico cada vez más elevado, y que además, un solo iPhone sustituye a decenas de objetos que antes adquiríamos por separado – desde agenda electrónica hasta cámara, pasando por grabadora, radio, reproductor de música, vídeo, calculadora o lo que quieras, porque “there’s an app for that”), la deflación ha pasado de ser algo meramente testimonial cuando la tecnología tenía un pequeño papel en nuestras vidas (el 0.5% de la economía mundial en 1992), a representar hoy una poderosa fuerza (más del 2% del total) que contrarresta con creces los intentos de los bancos centrales por inflar la economía inyectando dinero desde el otro lado. Ninguno de los modelos económicos conocidos sabe cómo lidiar con la deflación tecnológica.

La renta básica universal o incondicional se convierte, por tanto, en la única manera de luchar contra la deflación tecnológica: no solo hay que comenzar a entregarla, sino que además, deberíamos actualizarla en torno a un impresionante 20% anual si queremos contrarrestar el efecto de la deflación tecnológica. Esto llevaría, si empezásemos este año a enviar a cada norteamericano un cheque de $5,000 anuales, a que en 2025 le estaríamos enviando $25,000, y en 2030, en torno a unos $100,000, simplemente para ser capaces de mantener el ratio de inflación por encima de cero, para evitar la deflación generada por el avance tecnológico. Y lo importante, además, es entender que ese incremento de la renta básica no correspondería a un incremento de la inflación que llevase a que los bienes más básicos incrementasen igualmente su precio, porque la renta básica se calcula precisamente para contrarrestar la fuerza de la deflación tecnológica, y evitaría por tanto un escenario de hiperinflación.

Basic income and survival anxietyUn escenario de ese tipo soluciona a la vez los dos problemas: el desempleo tecnológico y la deflación tecnológica. Plantéate, por tanto, cómo afectaría ya no solo a nuestra forma de plantearnos el trabajo, sino incluso a una cuestión tan compleja como los derechos de autor y la propiedad intelectual: qué pasa cuando los artistas no crean para subsistir, sino que la subsistencia está garantizada por una renta básica, sencillamente porque vivimos en un mundo de hiperabundancia.

Como se ve, la idea de una renta básica universal o incondicional no es tan sencilla como “enviemos un cheque a todo el mundo”, ni como “nadie más volverá a trabajar y será la decadencia de la raza humana”. Hablamos de un nuevo modelo económico, del único capaz de tener en cuenta el efecto de la fortísima deflación tecnológica, y cada vez más, de una absoluta necesidad. Una necesidad que evitará, por un lado, un crecimiento cada vez mayor del desempleo y la desigualdad que termine generando una guerra, y por otro, que ponga de manifiesto el absurdo que supone seguir gestionando de manera territorial en infinitas unidades aisladas un mundo que internet conectó completamente hace ya varias décadas.

¿Utopía? Quítate esa idea de la cabeza. Madurar esta discusión y hacer que los políticos sean conscientes de ella es la única manera de avanzar. Y como no avancemos, vamos a retroceder de maneras que no nos van a gustar a ninguno.

 

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La renta básica universal como alternativa a los subsidios condicionales

IMAGE: Rangizzz - 123RF

Un par de lecturas interesantes recientes permiten avanzar en la idea de la renta básica universal o incondicional como evolución de los sistemas que, en la mayoría de las sociedades contemporáneas, ofrecen beneficios condicionales a aquellos que cumplen una serie de requisitos, como ayudas a la discapacidad, a la inserción social, a la vivienda, etc.

El primer artículo recomendable es sobre la inminente puesta en marcha del experimento de renta básica universal por parte del gobierno finlandés: a lo largo del próximo año, un grupo de entre dos mil y tres mil ciudadanos finlandeses comenzarán a recibir 56o euros mensuales de manera completamente incondicional, que reemplazarán todos los demás beneficios, ayudas, subsidios etc. que pudiesen estar recibiendo. El importe es equivalente al nivel mínimo de ayuda garantizado en la seguridad social del país. El estudio piloto, que abarcará los años 2017 y 2018, pretende comprobar si esa renta básica contribuye a reducir la pobreza, la exclusión social y la burocracia, al tiempo que aumenta la tasa de empleo. El planteamiento del gobierno finlandés es, sencillamente, el de simplificar el sistema de ayudas: en lugar de un intrincado y complejo sistema de ayudas que hay que vigilar y supervisar, y que conllevan condiciones susceptibles de reducir el incentivo a la generación de ingresos adicionales, simplemente pasar a dar una cantidad de dinero incondicional, suficiente para asegurar que se está por encima del nivel de la pobreza.

En Holanda, la ciudad de Utrecht comenzará un experimento similar a menor escala en enero de 2017. En Ontario, Canadá, también están poniendo a prueba iniciativas similares, al igual que, a otro nivel, en Kenya. En Oakland, California, los ensayos se llevarán a cabo mediante una iniciativa privada financiada por la incubadora Y Combinator.

¿Cómo puede el hecho de garantizar una renta básica de manera incondicional contribuir a incrementar el empleo? Intuitivamente, tendemos a pensar que darle dinero gratis a alguien implica necesariamente que disminuya su incentivo para trabajar, y a pensar en la renta básica universal como una forma de financiar a vagos e indolentes. Pero los ejemplos de que esa intuición es falsa son muchos, y se plasman de manera bastante clara en un segundo artículo, publicado hoy en TechCrunch y titulado The progressive case for replacing the welfare state with basic income. Actualmente, muchas de las personas que reciben una ayuda para aliviar su situación de pobreza lo hacen condicionada al hecho de que no tengan otras fuentes de ingresos: si consiguen un trabajo, esa ayuda se esfuma. Eso lleva a que o bien no busquen empleo, o lo hagan únicamente en la economía sumergida, en lo que, en neto, supondría una tasa impositiva sobre su trabajo absolutamente absurda.

En un ejemplo rápido, sencillo y sin pretensiones: si una persona estuviese percibiendo en Madrid la renta mínima de inserción (RMI), de aproximadamente unos 4,500 euros anuales, y encontrase un trabajo que le pagase 7,200 euros anuales, estaría en realidad incrementando sus ingresos en 2,700 euros frente a su anterior situación ingresando el subsidio, pero dado que su ingreso de 7,200 euros podría conllevar la pérdida de la ayuda, le habríamos aplicado una tasa impositiva neta del 62.5% con respecto a su ingreso real final. ¿Tiene sentido tasar de esa manera a personas en muchas ocasiones en riesgo de caer bajo el nivel de la pobreza? ¿Nos extraña, visto así, que haya personas que opten por no trabajar mientras reciben ayudas públicas, o que decidan únicamente trabajar de forma irregular, no declarando sus ingresos? ¿Puede ser de alguna manera bueno para alguien desincentivar la búsqueda de ingresos regulares, condicionándola a la recepción de una ayuda que se pierde si estos aparecen? ¿No tendría más sentido garantizar de manera incondicional que esa persona va a estar por encima del nivel de la pobreza, y que a partir de ahí tuviese incentivos para ingresar adicionalmente lo que buenamente pudiese generar? ¿Cómo diseñar un futuro sostenible para una sociedad en la que cada vez a a ser necesario trabajar menos debido al incremento de productividad de las máquinas, si eso conlleva enviar por debajo del umbral de la pobreza a todos aquellos que van perdiendo su trabajo, y si lo único que se propone es condicionar las ayudas que reciban al hecho de que no intenten obtener otros ingresos mediante otras vías?

El hecho de condicionar la ayuda al mantenimiento de una situación determinada implica reducir el incentivo a buscar trabajo o a generar valor. El ejemplo de España y los escritores jubilados, por ejemplo, que pueden perder su pensión si ingresan pagos derivados de derechos de autor de sus obras por encima de una determinada cantidad, es similar: ¿cómo puede el Estado negarte una pensión por la que has cotizado – y por tanto un dinero que es estrictamente tuyo desde cualquier punto de vista – esgrimiendo una condición que tiene como resultado evitar que generes más valor, y que en ese caso, implica disminuir fuertemente el incentivo a que sigan escribiendo cuando posiblemente estarían en condiciones de hacerlo? ¿No deberían esas pensiones ser completamente incondicionales e independientes de la capacidad de sus receptores de obtener otros ingresos?

Según muchos de sus proponentes, la renta básica universal o incondicional no mira a la izquierda ni a la derecha, sino simplemente hacia delante. Y ante un futuro en el que la tecnología sustituye cada vez más trabajos tal y como los conocemos, y no solo en tareas aparentemente “de cuello azul” o más simples, es muy posible que termine siendo la única alternativa razonable.

 

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Suiza vota sobre la renta básica universal

IMAGE: Olekcii Mach - 123RFSi lees esta entrada hoy domingo, 5 de junio, lo estarás seguramente haciendo mientras unos ocho millones de ciudadanos suizos son convocados para votar la primera iniciativa popular a nivel estatal sobre la creación de una renta básica universal, universal / unconditional basic income o UBI, uno de los sistemas que muchos especulan que podrían ser la base de las sociedades del futuro, en las que las máquinas sustituyen a las personas en una proporción cada vez más elevada de los puestos de trabajo.

La discusión sobre la renta básica universal o incondicional en Suiza comenzó en los años ’80, primero como discusión académica que especulaba con la posibilidad de que el sistema funcionase mejor que el vigente como forma de eliminar la pobreza. Durante las décadas de los ’80 y los ’90, el debate público no pasó de ser una hipótesis individual. A principios de este siglo, sin embargo, algunas organizaciones que seguían el debate sobre la UBI en la vecina Alemania lanzaron la idea de hacer campaña para obtener las cien mil firmas necesarias para elevar la idea a iniciativa popular y votarla en referendum. Tras numerosos artículos en prensa y gestos simbólicos como un camión que dejó caer ocho millones de monedas (una por cada suizo) frente al Parlamento en Berna, la recogida de firmas comenzó en abril de 2012 y alcanzó las 130,000 en octubre de 2013, lo que generaba la obligación legal de someterla a referendum.

La ley que es sometida a votación no cita cifras específicas, aunque la coalición tras la iniciativa baraja unos 2,500 francos suizos (2,254€) por adulto y 625 (564€) por niño. Aunque las encuestas parecen prever un amplio fracaso de la consulta, con muy pocos electores indecisos y una mayoría de más del 50% que se oponen fuertemente a la propuesta, los que proponen la iniciativa afirman que lo que pretendían era avanzar la discusión sobre el tema, ponerlo en la agenda política y generar atención mediática al respecto. Los que se oponen a la medida alegan que el país helvético no puede permitirse ese dispendio, que la propuesta daría lugar a un incremento de impuestos para los más ricos, que no está claro el efecto que tendría dar dinero gratis a la población o si eso daría lugar a una generación de vagos o incentivaría que los ciudadanos dejasen de trabajar, o mantienen dudas sobre los controles que sería necesario establecer para evitar una previsible avalancha de inmigrantes dispuestos a cruzar las fronteras del país en caso de que la medida fuese aprobada. Los resultados de la consulta serán publicados en esta página

La idea de una renta básica universal o incondicional, en cualquier caso, parece avanzar cada vez más a nivel global. La convocatoria del referendum suizo, en el contexto de un país muy poco sospechoso de ideas revolucionarias o próximas a las tesis de izquierdas, es un auténtico espaldarazo para una idea que, hasta ahora, no había pasado de ser una simple teoría, y existen ya numerosos artículos y libros que plantean una discusión más avanzada en diversos países. Mientras algunos califican despectivamente la iniciativa suiza como “problemas del primer mundo“, otros, como la incubadora Y Combinator o la ciudad holandesa de Utrecht, plantean experimentos para intentar entender los efectos que tendría sobre sus receptores, para dilucidar si se volverían vagos e indolentes, o por el contrario, se verían motivados a buscar otras ocupaciones y alternativas para generar valor sin la presión de tener que obtener necesariamente un sueldo cada mes para asegurar su subsistencia, lo que eventualmente podría llevar a una mayor motivación, una vida más feliz, e incluso un posible incremento de la productividad.

La renta básica universal es un tema sobre el que he escrito anteriormente en varias ocasiones. Esta noche, actualizaré esta entrada con el resultado del referendum suizo.

 

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La plusvalía de las máquinas

IMAGE: Zentilia - 123RFUna entrevista a una revista suiza del ex-ministro griego de finanzas, Yanis Varoufakis, es comentada por Fast Company en Greece’s former finance minister explains why a universal basic income could save us en términos indudablemente positivos, como corresponde a un medio que en ya varias ocasiones ha hecho didáctica sobre el concepto de la renta básica universal. Varoufakis ya había comentado el tema previamente en otras entrevistas, como esta en The Economist.

El concepto de universal basic income, UBI o RBU sigue, de una u otra manera, asociándose a conceptos idealistas, a ideas de redistribución drástica de la riqueza y a ideologías de diversos tipos, desde marcadamente izquierdistas, a planteamientos conservadores o incluso feministas. Sin embargo, el concepto está siendo puesto a prueba a diversas escalas en un número creciente de países y territorios, con cada vez mayor fundamento, y proveniente de varios puntos del espectro político.

Finlandia, por ejemplo, plantea la renta básica universal como una forma de simplificar la seguridad social. Con un 10% de desempleo total y un 22,7% de desempleo juvenil, cuatro de cada cinco finlandeses están a favor del establecimiento de un sistema de este tipo. El experimento se plantea en principio a pequeña escala, seleccionando a 8.000 personas de grupos desfavorecidos para recibir cantidades variables de entre €400 y €700 mensuales con el fin de estudiar su evolución, pero no se descarta su implantación si los efectos netos resultasen ser positivos.

Islandia, un país laboratorio por naturaleza, podría evolucionar hacia un sistema de este tipo en cuanto se celebren las próximas elecciones previstas este otoño, en las que el Partido Pirata, claro partidario de este tipo de políticas, ocupa la primera posición en las encuestas de voto.

Suiza plantea desde el año 2013 una renta básica universal de 2500 francos por adulto y 625 por niño, que recientemente reunió el número de firmas necesario para que sea sometida a referendum, el próximo día 5 de junio, a pesar de la oposición gubernamental. En realidad, empiezan a existir ya numerosas experiencias, discusiones y planteamientos locales con el concepto en sitios como Canadá, Utrecht, India, Macao o Irán, y el concepto lleva ya madurando desde pensadores tan influyentes en el pensamiento político moderno como Martin Luther King.

Muchos de los obstáculos planteados a la RBU viene, precisamente, de la naturaleza local o territorial de estos experimentos: ¿cómo mantener un país como Suiza con rentas para sus familias que supondrían ser prácticamente ricos en otros países, sin generar con ello fortísimas tensiones migratorias? ¿Cómo compaginar una hipotética restricción a esos movimientos mediante políticas restrictivas, con problemas recientes surgidos, por ejemplo, al hilo de la crisis de los refugiados, en la que se entremezclan cuestiones de derechos humanos aplicables a los migrantes de tipo político o bélico con los que emigran por cuestiones puramente económicas?

El planteamiento, no obstante, debe ser revisado a la luz del desarrollo tecnológico. Como Varoufakis plantea en su entrevista, la tendencia a la sustitución de trabajadores humanos por máquinas nos lleva, de una u otra manera, a pensar en cifras de desempleo crecientes y en una distribución de la riqueza cada vez más polarizada, un escenario que no tardaría en devenir en violencia. Sin embargo, los robots fabrican pero prácticamente no consumen, o únicamente energía y mantenimiento, y nos aproximamos progresivamente a un escenario de energía barata o prácticamente infinita. Si recursos como la computación, la energía, la inteligencia artificial, el machine learning, el cloud computingla robótica o los vehículos autónomos se plantean cada vez más ubicuos, como auténticos responsables del desarrollo de ventajas competitivas sostenibles, estamos hablando de una redistribución de los costes en las cadenas de valor brutal, drástica, de una aritmética completamente desconocida.

La plusvalía, elemento central de la teoría económica marxista, tomada de la teoría del valor-trabajo de David Ricardo, expresa el valor que el trabajador crea por encima del valor de su trabajo. Cuando el trabajador es sustituido por un robot, la plusvalía se multiplica, al incrementarse el volumen la predictibilidad y la calidad del output al tiempo que disminuyen los inputs requeridos. Si esos robots que no descansan, no cobran y no se equivocan van mejorando su eficiencia, haciéndose más inteligentes y disminuyendo su precio, ¿qué ocurre con la creciente plusvalía generada? Si acompañamos ese escenario con una energía cada vez más barata, hablamos de un escenario de abundancia, que sugiere la necesidad de mecanismos de redistribución más razonables que los actuales. Más allá de la idea de que las personas, al disponer de una renta básica, abandonarían toda idea de trabajo (algo que no ha podido ser probado en ninguno de los experimentos efectuados hasta la fecha), surgen ideas que apuntan a la posibilidad de una sublimación de la creatividad, e incluso al desarrollo de nuevos modelos productivos similares a los que surgieron tras la revolución industrial.

¿Utopía irrealizable, o lógica aplastante? El discurso de la RBU está entrando con derecho propio en la agenda política, y requiere de una discusión que vaya más allá del nivel de la conversación de barra de bar. Y la evolución del escenario tecnológico, claramente, juega un papel fundamental en esa discusión.

 

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La evolución del trabajo

Enrique Dans: "hay que preparar a la sociedad para los trabajos que pueden llegar a aparecer en el futuro" - Onda CeroMe llamaron del programa de Isabel Gemio en Onda Cero, “Te doy mi palabra” (audio en el enlace) para hablar del mercado laboral, la tecnología y los cambios que se avecinan, al hilo del reciente informe The future of jobs presentado en el World Economic Forum (aquí completo, aquí el resumen ejecutivo) y sobre el que escribió ayer Pepe Cervera en ElDiario.es bajo el título “Cinco millones de currantes reemplazados por robots“. 

La evolución del mercado de trabajo es uno de esos temas sobre los que he escrito de manera recurrente a lo largo de los años, bien en su vertiente educativa – las habilidades que demanda ese mercado y cómo cambiar la educación para conseguir que se conviertan en un activo en manos de la mayoría de la población – o en los aspectos relacionados con la automatización, la robotización, la sustitución de personas por máquinas y la necesidad de mecanismos sociales que balanceen un mundo con superávit de productividad. Las búsquedas de temas como post-work, productivity, basic income, robotics o work reflejan algunas de mis inquietudes y comentarios en ese sentido, y la oportunidad de comentarlos con Isabel en un programa de radio con una audiencia tan ecléctica como el suyo me pareció una muy buena oportunidad de generar reflexión en torno al tema.

Si la pregunta es si muchos trabajos tal y como los entendemos hoy van a ser sustituidos por máquinas, la respuesta es muy sencilla: . Sin ningún tipo de dudas, si tu trabajo consiste en hacer algo que un conjunto de sensores y actuadores puede hacer, será sustituido, por una simple cuestión de coste y competitividad. El dilema de las máquinas que sustituyen al hombre en tareas como el montaje industrial, la conducción de vehículos, las tareas mecánicas, la construcción o muchísimas otras actividades que hoy ni siquiera alcanzamos a imaginar no es que los sustitutos robóticos trabajen más barato, sino que además trabajan mejor, con mejor calidad, de manera mucho más predecible e insensible a factores como el cansancio, la rutina, los factores y distracciones externos, la motivación, etc. El drama para quien hoy, por ejemplo, vive de conducir un camión o un taxi no es pensar que la explotación de un vehículo robótico sea eventualmente más barato porque el mayor coste es él mismo haciendo de conductor, sino que además, lo hará mucho mejor porque ve mejor incluso en las condiciones más adversas o a través de objetos sólidos, tiene mejores reflejos, no se cansa, no se distrae, no bebe y no se pica con otros conductores. Eso que parece tan obvio, aún resulta muy difícil de entender para muchos, que te responden eso de “ya, y en una ciudad y rodeados de otros conductores haciendo cosas impredecibles, ¿qué?” Pues en una ciudad, tiene menos accidentes el que es capaz de pre-calcular todas las posibilidades y opciones de quienes le rodean (sean otros vehículos robóticos o no) y de anticiparse a sus posibles reacciones mediante unos reflejos suprahumanos. Si los otros conductores son robóticos, además, se añade la ventaja de la comunicación en tiempo real.

Del mismo modo que podemos especular con que en un futuro de en torno a pocos años, las posibilidades de vivir de conducir un vehículo serán meramente testimoniales o marginales, podemos hacerlo con una gama creciente de ocupaciones: a medida que desarrollamos más y mejores sensores, actuadores e inteligencia artificial capaz de aprender de la experiencia, más actividades caen dentro del espectro de lo potencialmente sustituible, generando una duda clara: ¿estamos ante un fenómeno similar al de la Revolución Industrial, en el que eventualmente se generaron muchos más puestos de trabajo y una enorme ganancia de productividad y riqueza, o ante un caso diferente en el que el superávit de productividad hace que el trabajo humano ya no sea necesario? ¿Se trata de una cuestión coyuntural (los tejedores a los que el telar dejó sin trabajo cayeron en la indigencia o volvieron al campo, pero eventualmente se terminaron creando puestos de trabajo para todos que anteriormente eran incapaces de imaginar) o de un cambio estructural y permanente? Si leemos a Erik Brynjolsson y Andrew McAfee, la conclusión parece clara: la ganancia en productividad es tan radical, que llevará a que muchos tipos de trabajo simplemente no tengan sustitutivos, lo que redunda en mucho menos trabajo para las personas.

El caso de Changying Precision Technology Company en la ciudad china de Dongguan, en la que el 90% de la plantilla fue sustituida por robots y el resultado fue una productividad muy superior y un porcentaje de defectos mucho más bajo, deja clara la idea: los sesenta humanos que aún trabajan en la fábrica (frente a los 650 anteriores) y que pronto podrían quedar reducidos a veinte no trabajan haciendo complicadas tareas de programación y valor añadido… sino llevando a cabo labores absolutamente rutinarias de engrase y mantenimiento de las máquinas. No son “superiores” de las máquinas, sino sus “sirvientes”, simplemente hasta que económicamente interese desarrollar otra máquina capaz de llevar a cabo (mejor, además) esas tareas de mantenimiento. No es una cuestión de si las máquinas pueden hacerlo, es si económicamente interesa que lo hagan o si aún es más barato poner ahí a un torpe humano. 

Si te planteas si la sustitución es buena o mala, piensa en los miles de muertos en las carreteras, en los accidentes laborales o las pérdidas de productividad derivadas de errores o limitaciones humanas: la tecnología no se desinventa, una vez que permite hacer algo, lo normal es hacerlo, y tratar de restringirlo o evitarlo es antinatural. Seguir construyendo casas con obreros que ponen ladrillos deja de tener sentido cuando el coste de un robot que pone ladrillos pasa a tener sentido, no solo porque sea más barato, sino porque se tardará menos, habrá menos accidentes y el resultado será mejor.

¿Apocalíptico? Simplemente, real. Por ahora, a la espera de comprobar los efectos sobre la sociedad de esa ganancia de productividad, lo interesante es prepararse, al menos, para especular sobre ella. A medida que son necesarias menos horas de trabajo y de menos personas, la discusión sobre la renta básica es más relevante y necesaria que nunca, al tiempo que lo es la preparación de las personas para el tipo de trabajos que parecen con más futuro: la gestión de un mundo en el que estamos permanentemente rodeados por objetos programables. Si dividimos los trabajos disponibles hoy entre aquellos que las personas desarrollan porque no les queda más remedio para obtener unos ingresos, y aquellos que se llevan a cabo por vocación, porque resultan personalmente motivadores o retadores, o porque representan la ilusión de la vida de alguien, los primeros serán mucho más susceptibles de desaparecer que los segundos. Como ya dije en su momento, tendrá trabajo quien viva para trabajar (es decir, quien trabaje en lo que quiere y porque le gusta hacerlo), pero quien trabaje para vivir, muy posiblemente no. Preparémonos, por tanto, para desarrollar las habilidades que nos motivarán para escoger seguir trabajando en un futuro si es que efectivamente queremos seguir trabajando, mientras vemos cómo otros ven sus necesidades básicas cubiertas por una renta básica (proveniente de ese superávit de productividad) y se dedican a otras cosas, o a nada en absoluto. Una educación adecuada a los tiempos, después de todo, sigue siendo una forma de incrementar nuestros grados de libertad.

 

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