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El futuro de la medicina es digital

IMAGE: everythingpossible - 123RFRecientemente, al hilo de noticias que hablaban de la creciente popularidad de la monitorización del nivel de glucosa en sangre para no diabéticos y del medidor no invasivo con el que el CEO de Apple, Tim Cook, se ha dejado ver, hablamos de la posibilidad de que un indicador como ese, enormemente familiar para todos los que sufren de diabetes, se convirtiese en un parámetro habitual que monitorizamos con dispositivos electrónicos y que nos permite tomar decisiones sobre cuándo ingerir alimentos si queremos rendir mejor en nuestro trabajo, adelgazar, etc.

A partir de esa idea, que lógicamente requeriría el desarrollo de metodologías no invasivas para la medición del nivel de azúcar en sangre  – nadie va a querer acribillarse a pinchazos para algo que no es estrictamente necesario, sino que se plantea simplemente como un parámetro informativo de la actividad física – varios artículos han hablado de lo compleja que resulta esa medición y de cómo, a lo largo de los años y de cara al mercado de personas con diabetes (treinta millones de personas solo en los Estados Unidos), muchos fabricantes han intentado desarrollar dispositivos para ello sin conseguir resultados adecuados o mínimamente fiables.

La idea se plantea como un desafío para las compañías tecnológicas que se atrevan a aventurarse donde las empresas de instrumentación médica lo han intentado durante años, y se afirma que resultará imposible para esos dispositivos obtener la necesaria autorización de la Food and Drug Administration (FDA) norteamericana, fundamental para poner en el mercado cualquier cosa relacionada con la salud. Lo que se plantea es que para compañías como Apple, obtener la aprobación de la FDA puede ser muy complejo o incluso imposible, y que se enfrenta a una cuesta arriba muy difícil de superar en ese sentido.

En mi opinión, ese planteamiento es erróneo. Creo que hablamos de dos mercados diferentes: el de los diabéticos, que precisan de dispositivos que chequeen su nivel de glucosa con precisión y rigor, y el de personas que simplemente desean conocer su nivel de azúcar en sangre con propósito informativo. Mercados distintos, como lo son el de los atletas de élite y el de las personas que simplemente quieren mantenerse en forma. Cuando hace algún tiempo tuve la oportunidad de entrevistar a algunos deportistas de élite sobre su relación con la tecnología, me sorprendió que prácticamente ninguno de ellos utilizase wearables para monitorizar su actividad. Sus respuestas fueron, en ese sentido, bastante claras: en algunos entrenamientos sí utilizaban dispositivos para monitorizar ciertos parámetros fundamentales en su rendimiento, pero una simple banda en la muñeca no les daba la precisión ni los datos que necesitaban. En realidad, es bien sabido que la mayoría de los wearables tienen un nivel de precisión deficiente para la medición de algunos parámetros, hecho que fue objeto incluso de alguna denuncia colectiva, y sin embargo, eso no ha representado ningún obstáculo de cara a su popularización. La cuestión es muy clara: quien quiere simplemente monitorizar su estado de salud general, no tiene unos requerimientos de precisión tan importantes como los que tiene un atleta de élite, y en general, le basta con saber que los errores en la medición siguen una distribución normal.

En esa cuestión es donde, desde mi punto de vista, está la clave: dudo mucho que Apple u otros pretendan poner en el mercado un dispositivo no intrusivo de medición del azúcar en sangre. Eso supone un reto tecnológico complejo que sin duda llegará a solucionarse, pero que formará parte de un proceso largo y complejo de evolución y desarrollo. Lo que, desde mi punto de vista, intentarán estas compañías, es lanzar dispositivos claramente orientados al mercado de consumo, especificando que no son aptos para el control de la diabetes, y sin necesidad de una aprobación de la FDA, simplemente monitores de actividad física como los que ya conocemos. Desde esa posición se puede desarrollar perfectamente un mercado de usuarios que sin grandes requerimientos de precisión, sí puedan obtener métricas que les permitan tomar decisiones mejor informadas sobre sus ritmos de vida, su ingesta y su actividad.

La propia FDA, consciente del fenómeno, acaba de anunciar la creación de una unidad destinada específicamente a la salud digital, con la incorporación de trece ingenieros especializados en cloud computingmachine learning y desarrollo de software. La idea, para mí, está clara: evolucionar hacia sistemas que permiten la captación de parámetros de muchos usuarios de manera permanente mediante dispositivos que no requieren una aprobación de la FDA como tal porque no son dispositivos médicos, pero que permiten obtener datos tanto para educar algoritmos, como para eventualmente servir como señales de alarma en determinados casos. Para desarrollar la salud digital, la aprobación de la FDA o de organismos similares no es estrictamente necesaria: se puede hacer mucho con dispositivos orientados a un control menos estricto, y monitorizar al paciente con dispositivos homologados para la práctica médica cuando el contexto y la ocasión lo precisa.

Que yo mantenga mi pulso monitorizado de manera continua no quiere decir que, en caso de un ingreso hospitalario o una visita a la consulta, mi médico vaya a fiarse de la medición obtenida por mi dispositivo. Sin duda, utilizará su monitor homologado y aprobado por la FDA para anotar mis constantes vitales con la precisión adecuada. Sin embargo, mi dispositivo me resulta muy útil a lo largo del día, e incluso me puede alertar si algo va mal, porque su nivel de error no es aleatorio, sino que se distribuye de manera normal. Mi predicción es que con el nivel de glucosa en sangre y con algunos otros parámetros en el futuro ocurrirá algo similar: dispositivos meramente orientativos que llevan a cabo una monitorización constante y no intrusiva, a los que se añadirá una capa en la nube de machine learning que, en función de las lecturas obtenidas, lleve a cabo un diagnóstico preventivo, y en caso de ser necesario, someta a los pacientes a una monitorización más rigurosa. Un futuro que sin duda permitiría a la medicina progresar mucho y trabajar con muchos más datos, sin pretender desplegar instrumentaciones sofisticadas con niveles de precisión estrictos en entornos que, simplemente, no lo permiten. No se trata de pretender que tu médico se mire el gráfico de tu Fitbit, eso es completamente insostenible. Se trata de que un sistema de machine learning sea capaz de, utilizando las lecturas con bajo nivel de precisión de tus dispositivos como indicadores, te diga cuándo debes preventivamente ponerte en manos de tu facultativo.

El futuro de la medicina, sin duda, será digital. Pero no necesariamente con la etiqueta de “aprobado por la FDA”.

 

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¿Es la glucemia el próximo indicador a monitorizar?

IMAGE: Arcady31 - 123RFEn muy poco tiempo, estamos empezando a ver algunas noticias que apuntan al uso de un indicador, la concentración de glucosa libre en sangre o glucemia, métrica completamente familiar y conocida para todos aquellos que padecen o tienen cerca a alguien afectado por algún tipo de diabetes, como parámetro utilizado para evaluar la actividad de personas perfectamente sanas.

En algunas compañías, particularmente en el a veces un tanto distópico entorno de Silicon Valley, los empleados monitorizan activamente su glucemia sin tener ningun problema de diabetes con el fin de evaluar su rendimiento o su actividad, controla su ingesta de alimentos o mantener la obesidad bajo control.

El tema tiene, por supuesto, mucho sentido: como bien saben los diabéticos que llevan a cabo un control exhaustivo, la glucemia es un indicador muy adecuado no solo para saber cuando necesitan insulina o ingerir alimento, sino en general, para evaluar la actividad. Existen correlaciones perfectamente observables entre nivel de actividad o de percepción de cansancio y niveles de azúcar en sangre. El problema, obviamente, es que como parámetro a controlar, la glucemia no parecía especialmente amigable, dado que en la mayoría de los casos, exigía una extracción, aunque fuese minúscula, de sangre, lo que conllevaba un proceso invasivo e incómodo. Por mucho que te digan que puedes controlarte mejor, la idea de andar pinchándose un dedo para extraer una gota de sangre varias veces a lo largo del día no suena atractiva para prácticamente nadie que no necesite hacerlo por una cuestión perentoria de salud.

La semana pasada circularon algunas noticias acerca de Tim Cook, CEO de Apple, al que se ha visto con un dispositivo en su muñeca que lleva a cabo mediciones de glucemia de manera continua y no invasiva. La idea de Apple de convertirse en un aliado para el desarrollo de sistemas de monitorización de la salud de manera preventiva, sus múltiples alianzas con hospitales y aseguradoras y su interés por tener un impacto en el mundo de la salud podrían indicar el desarrollo de algún dispositivo que, efectivamente, permitiese al usuario evaluar de manera cómoda sus niveles de azúcar en sangre, para así tomar decisiones sobre cuando parar para picotear algo, cuándo se es más productivo, o en general, cómo gestionar un parámetro que tiene mucho que ver con los niveles de energía que sentimos o nuestra capacidad de llevar a cabo muchas actividades. Dentro del movimiento conocido como quantified self, la glucemia podría ser, tal vez, el próximo parámetro a monitorizar.

¿Estamos ante un escenario en el que un parámetro utilizado hasta el momento casi únicamente en el tratamiento de una enfermedad, se convierte en algo que resulta interesante monitorizar de manera continua, mediante los correspondientes sensores y apps? El caso anterior fue, claramente, la frecuencia cardíaca. Aunque no sea aún mayoritario, es ya relativamente habitual ver a personas que evalúan su estado de salud o la calidad de su sueño en función de su ritmo cardíaco basal, durante la noche, en algo que en su momento definí como “cardioconsciencia“. ¿Estamos a punto de ver el nacimiento o la popularización de la glucemia como indicador habitual a monitorizar, más allá del ámbito del tratamiento de la diabetes? ¿Tendríais, como usuarios, interés en algún tipo de desarrollos relacionados con algo así?

 

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Ordenadores sobre ruedas

IMAGE: Franck Boston - 123RFInteresante artículo en Ars Technica sobre el estado del arte en sistemas operativos para automóviles, The state of the car computer: Forget horsepower, we want megahertz!, en el que observar de qué manera se está configurando un panorama desde los inicios del proceso, con una serie de jugadores representativos ahora mismo posicionándose en torno a plataformas como Linux, Android, QNX y otras que solo podemos suponer, como Apple, en un proceso complejo llevado por los fabricantes, con complicaciones como el hecho de que algunos de ellos aún estén apostando y haciendo pruebas no con un sistema operativo, sino con varios.

En muchos sentidos, un automóvil es, cada vez más, un ordenador sobre ruedas. Un conjunto de procesadores, memoria, sensores y módulos de conectividad que recuerda profundamente al desarrollo de la telefonía móvil o de la propia computación, con múltiples sistemas que, de manera progresiva, irán dando paso a un proceso de simplificación, de convergencia en torno a muy pocos actores relevantes. En este momento tan temprano, ya tenemos o podemos suponer múltiples estrategias representativas: plataformas de fabricante, como QNX, un sistema operativo que proviene fundamentalmente de los sistemas integrados o embebidos, propiedad de BlackBerry desde el año 2010, y que sigue el tradicional esquema de licencias y trabajo exclusivo con fabricantes de su propietario; frente a Android con idea de repetir la jugada de constituirse en plataforma abierta con escasas barreras de entrada y (relativa) capacidad de diferenciación a la que los fabricantes pueden recurrir sometidos a unos pocos condicionantes, o supuestamente una Apple que podría optar o bien por un control total y un desarrollo íntegramente propio – algo que no parece probable ahora mismo – o por algún tipo de alianza en exclusiva con fabricantes como Lexus.

Contemplar el desarrollo de lo que va a ser la próxima gran evolución de los automóviles puede darnos una idea de lo que supone trabajar en una industria que ve cómo se alteran algunos de sus esquemas fundamentales, cómo las marcas precisan de visión estratégica que les lleve a ceder una parte del control que tenían, y cómo se someten a procesos de transformación digital en todos los sentidos: en el de convertirse en data-céntricos a efectos de interacción con unos clientes que generan millones de bits de información cada vez que frenan o pisan el acelerador, el de modificar sus procesos internos para gestionar y analizar esos volúmenes de datos, y el de replantear su modelo de negocio para convertirse en plataformas en todos o parte de su cadena de valor. Y todo ello en un entorno en el que si la opción que se tomó en un momento por un sistema operativo o un aliado estratégico determinado resulta no ser el caballo ganador, es susceptible de condenar a la compañía a un retraso importante o a un ostracismo en la mente del cliente durante una serie de años, y acompañado – para terminar de liar el panorama – por la posibilidad más que probable de que ese cliente ni siquiera sea el que ahora conocemos, sino que sea de otro tipo, con mucha mayor capacidad de negociación, en un esquema B2B y con condicionantes completamente diferentes en cuanto a modelo de negocio.

En este ámbito, todo, absolutamente todo requiere de un replanteamiento ambicioso, de una forma de pensar completamente abierta y libre de condicionantes, que solo algunas marcas serán capaces de llevar a cabo. Acostumbrarse a que la capacidad de una marca de influir en el ecosistema  ya no depende de sí misma, sino de sus posibilidades de ser un socio atractivo para proveedores tecnológicos que hace poco tiempo no eran nadie en esta industria responde a un proceso complejo que no está al alcance de todo el mundo. En este momento, los plazos que la mayoría de los analistas dan para los enormes cambios que esta industria sin duda va a sufrir no tienen nada que ver con los que la propia industria pretende manejar, con diferencias que llegan a los diez años: mientras Waymo, Uber y otros actores hablan de 2020 como “año mágico” en el que veremos despliegues comerciales completos de vehículos autónomos, nuevos esquemas de propiedad consolidándose y los vehículos de combustión interna dejando de comercializarse de manera prácticamente súbita, la industria tradicional estima esos plazos en torno a diez años más tarde, y pretende que en 2030 todavía se venderán vehículos con motor de combustión interna…

Pronto, el panorama comenzará a aclararse, empezarán a delimitarse ganadores y perdedores, y las alianzas empezarán a demostrar su verdadero valor. Si creías ser un experto o acumular una experiencia muy valiosa en la industria de la automoción, piénsalo de nuevo: si no respondes a una demanda de actualización brutalmente intensa, toda esa experiencia o esos conocimientos podrían llegar a convertirse en papel mojado.

El automóvil, como ordenador sobre ruedas. Impresionante momento para trabajar en automoción.

 

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La compañía más valiosa del mundo

Apple

Ana P. Alarcos, de Idealista News, me llamó para hablar sobre la estrategia de Apple y sobre los principios que han conseguido que se convirtiese en la compañía más valiosa del mundo, con el fin de documentar un reportaje publicado hace un par de días y titulado “Apple: la historia de la empresa más valiosa del mundo explicada a través de su cotización en bolsa” (pdf).

Hablamos de los elementos diferenciales de la estrategia de Apple: una concepción de la innovación inequívocamente centrada en la investigación aplicada, en la que todo se centra en la reinvención y racionalización de una categoría de producto, independientemente de los movimientos de la competencia. Apple es Apple cuando reinventa, cuando redefine y transforma categorías que llevaban inventadas generalmente largo tiempo, pero que nunca habían llegado a despegar en su adopción, generalmente porque los productos existentes no estaban suficientemente bien desarrollados.

Antes de Apple ya había ordenadores, por supuesto. Pero nadie, salvo una minoría de geeks fervientes, veía un ordenador como algo que apeteciese comprar y tener en casa. Era, simplemente, un producto para satisfacer una necesidad muy específica. Tras el lanzamiento del ordenador de la compañía, la categoría se había redefinido, el concepto de ordenador había cambiado de manera esencial y se llamaba ordenador personal, y prácticamente cualquier persona podía aspirar a tener uno en su casa y encontrarle usos que resultaban completamente lógicos y racionales, aunque antes ya hubiese ordenadores y no fuese así. Ese cambio de concepto ha tenido lugar en muchas ocasiones en la historia de la compañía: antes del iPod había miles de reproductores MP3, pero ninguno destacaba especialmente ni tenía el más mínimo componente de radicalidad. Tras el iPod, todos queríamos tener toda nuestra música en un dispositivo, y tenía que ser ese, no otro. Los demás ya carecían de toda relevancia.

Con el iPhone no solo se produjo una redefinición brutal, sino que además, se creó el concepto de smartphone, que ha cambiado el mundo tanto como el de ordenador personal. Muchos críticos discutirán hasta la extenuación si esos concepto fueron o no creados por la compañía, pero los hechos lo prueban ampliamente: antes de Apple, la categoría no existía, era meramente testimonial y propia de usuarios especializados. El iPhone se convirtió en la base de la rentabilidad de la compañía, y después de él, aún hemos visto reinventar la tablet con el iPad, inasequible al hecho de que ya existiesen tablet computers desde muchos años antes, y unas cuantas categorías más.

Ojo con los tópicos y con achacar a la compañía un debilitamiento desde la muerte del fundador: Steve Jobs era indudablemente un genio, pero desde la llegada a la dirección de Tim Cook, Apple ha sido capaz de mantener una progresión razonable en sus productos principales, de entrar en una nueva categoría, de consolidar de manera brillantísima su red de distribución propia, de entrar y liderar una nueva categoría (el smartwatch) y de desarrollar un proceso de orientación a servicios (Apple Music, servicios de almacenamiento, etc.) que se ha convertido en una línea de negocio fundamental. Además, se rumorea que la compañía está preparando importantes lanzamientos al menos en dos áreas prometedoras, la de la realidad virtual o aumentada, y la automoción. Para quienes dicen que la compañía no es lo mismo sin Jobs, los hechos prueban que con Cook no está para nada en malas manos.

¿Sombras? Indudablemente las hay, y para mí, fundamentalmente dos: el acortamiento de las ventanas de explotación debido a la copia cada vez más rápida y competitiva de las ventajas diferenciales de Apple, y la cada vez más compleja tarea de atraer y retener talento en un área como machine learning e IA en la que la dificultad es ofrecer a los expertos un ambiente abierto en el que puedan trabajar con datos de usuarios y compartir su aprendizaje con el resto de la comunidad científica. Una incógnita compleja, que tiene que ver con una cultura basada en el secretismo, y que pronto sabremos hasta qué punto llega a resultar una limitación de cara a su desarrollo.

El reportaje de Idealista News me pareció brillante y bien medido, verdaderamente una lectura recomendable y una imagen muy ajustada de una de las compañías más interesantes y únicas dentro de las que la tecnología ha posibilitado.

 

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Reinventando la investigación médica

Project BaselineMi columna en El Español de esta semana se titula “Descifrando la vida” y habla sobre Verily, una spin-off de Alphabet anteriormente conocida como Google Life Sciences, dedicada a la investigación en las ciencias de la salud, que se ha propuesto hacer posiblemente una de las investigaciones más ambiciosas de la historia en el ámbito de la medicina: un estudio longitudinal que abarcará a más de diez mil candidatos a lo largo de más de diez años.

La idea de Project Baseline es utilizar la tecnología disponible actualmente para plantear un seguimiento detallado a diez mil personas que vivan cerca de alguna de las tres clínicas incluidas en el experimento (Stanford, DukeCalifornia Health & Longevity Institute). A lo largo del estudio, los voluntarios, que no obtendrán compensación económica alguna y simplemente se beneficiarán de un nivel de monitorización más elevado que el habitual, serán objeto de un riguroso seguimiento y escrutinio que incluirá analíticas y pruebas diagnósticas periódicas de diversos tipo, el uso de dispositivos para registrar su actividad física o de sensores bajo su cama para evaluar la calidad del sueño, secuenciación completa de su genoma, etc. La totalidad de sus datos médicos serán compartidos con la compañía, que podrá además explotarlos mediante alianzas con compañías farmacéuticas o equipos de investigación médica respetando una serie de medidas de protección de la privacidad. 

A lo largo del estudio, un cierto porcentaje de los voluntarios estudiados padecerá dolencias de diversos tipos, que serán estudiadas con detalle para tratar de establecer relaciones causales entre los datos que han ido generando y el origen, evolución o transmisión de su enfermedad. Cualquier persona que conozca con cierto detalle los procesos implicados en investigación biomédica se dará rápidamente cuenta de que con proyectos de este tipo, del mismo modo que con ese Apple ResearchKit del que hablamos hace ahora unos dos años, estamos en realidad reinventando de una manera radical toda la investigación en ciencias de la salud, accediendo a tamaños muestrales antes completamente inimaginables, y a una riqueza, volumen de datos y nivel de detalle a los que anteriormente jamás habíamos podido pensar en acceder. En realidad, lo que estamos planteando es la auténtica transformación digital de la investigación biomédica, con todo lo que ello conlleva: cambios radicales en los canales y la relación con los pacientes, redefinición total de los procesos internos para orientarlos completamente a la generación y análisis de datos, y modelos de plataforma para posibilitar la entrada de distintos socios capaces de enriquecer o beneficiarse mútuamente del proyecto.

¿Qué avances en el campo biomédico van a poder surgir del planteamiento de estudios como este? ¿De qué tipo de adelantos hablamos cuando pensamos en escalar algo como la investigación biomédica a estos niveles, y apalancarla con todas las posibilidades que permite el entorno tecnológico en que vivimos hoy?

 

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¿Llegará el smartphone a sustituir al ordenador?

Samsung DexLa presentación ayer del Samsung S8, aparte del consabido goteo de especificaciones e imágenes, dejó un detalle muy interesante: la propuesta de ubicar el smartphone en una cuna o docking station, llamada Dex, que le sirva tanto para cargarse, como para conectarse a un conjunto de pantalla, teclado y ratón y utilizarlo como ordenador de sobremesa.

En principio, nada apunta a que la idea de Samsung para convertir a su smartphone en el alma de un ordenador de sobremesa vaya a convertirse en un movimiento que tome cuerpo de adopción masiva, pero indudablemente, sí refleja una cuestión: los smartphones que utilizamos hoy en día ya no son simplemente “teléfonos móviles” sino ordenadores de bolsillo, están ganando en prestaciones y memoria hasta el punto de que son ya muchísimo más potentes que el ordenador que la NASA fabricó para comenzar a enviar hombres a la luna (y no deja de resultar curioso imaginarse a todos aquellos científicos haciendo su cuenta atrás y conectados todos ellos… al smartphone que llevamos hoy en el bolsillo 🙂 y para el uso habitual que una gran cantidad de usuarios dan a su ordenador, tal como utilizar un navegador o manejar algunos programas de ofimática, tienen prestaciones más que suficientes, incluso posiblemente holgadas.

Motorola Atrix lapdockLa propuesta no es en absoluto novedosa: hace ya algunos años, en 2011, Motorola puso en el mercado el Atrix, un smartphone de gama alta que añadía la posibilidad de engancharlo a una carcasa o lapdock y utilizarlo como un laptop completo, con su pantalla, su teclado y su trackpad, que un conocido mío llegó a utilizar sin demasiadas incidencias durante prácticamente dos cursos de su carrera de ingeniería. Ahora, tras la “muerte natural” de aquel smartphone, el lapdock en cuestión almacena polvo abandonada en un cajón de mi casa (los verdaderos geeks nunca tiramos nuestros gadgets) a la espera de que un día me levante con ganas de soldar y me ponga a conectarla a alguno de mis Raspberry Pi que vuelva a darle vida a lo que ahora es un triste e inanimado cuerpo sin cerebro.

Apple patent applicationLa misma Apple aplicó hace poco para el registro de una patente muy similar: una fina carcasa “sin cerebro” en la que se insertaría un smartphone para que funcionase como un ordenador portátil. La idea es, efectivamente, muy parecida a las anteriores, y evoca claramente la estrategia habitual de la compañía: tomar un concepto que lleva inventado varios años pero que no ha recibido especial atención, y reinventarlo para dotarlo de popularidad.

En cierto sentido, la tendencia se encuadra también en movimientos ya conocidos y probados como el del Surface de Microsoft o el iPad Pro de Apple, que tratan de construir un ordenador portátil a partir de un dispositivo como el tablet.

La posibilidad de utilizar el smartphone como dispositivo prácticamente único, capaz de servir como ordenador en el bolsillo para tareas que llevamos a cabo cuando estamos en movimiento pero que se inserta en una docking station de algún tipo para usarlo como ordenador completo podría resultar seguramente muy atractiva, si no supusiese una pérdida de prestaciones o una incomodidad significativa, dentro del mundo de la informática corporativa, que podría simplificarse y abaratarse de manera sensible y, además, encajar dentro de las modernas tendencias de desvinculación del trabajador con un espacio físico concreto en el que está su ordenador, en el que pega sus post-it y en el que pone las fotos de sus niños.

¿Tiene sentido la sustitución del ordenador con un dispositivo como el smartphone? ¿Estamos, con el incremento progresivo de las prestaciones del smartphone, ante una idea de convergencia cuyo tiempo está llegando?

 

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La creciente importancia de las interfaces de voz

Amazon Echo Alexa skillsEl Departamento de Comunicación de IE Business School me pidió un pequeño vídeo sobre la importancia creciente de las interfaces de voz y el ecosistema que Amazon está consiguiendo desarrollar – y liderar – en torno a ese tipo de dispositivos, un tema sobre el que escribí recientemente a raíz del Consumer Electronics Show de Las Vegas y de las impresiones que dejó.

Para muchos usuarios, la idea de tener un dispositivo en el salón de su casa al que piden cosas tan variadas como que les ponga música, les encienda o apague las luces, les encargue una pizza o un Uber, les cuente las noticias o la previsión del tiempo, o un número creciente de habilidades que alcanza ya las diez mil sigue sonando a relativa extravagancia. Pero cuando vemos una tasa de adopción que supera ya los once millones de hogares y un desarrollo de ecosistema tan potente y comparable en muchos sentidos al que experimentaron las tiendas de aplicaciones hace algunos años, parece evidente que, como mínimo, “algo tiene el agua cuando la bendicen”, y que quien sea capaz de dominar ese entorno, habrá obtenido una clave muy importante sobre la que construir muchas cosas. De hecho, Google está intentando a toda velocidad construir una alternativa para competir en ese espacio con su Google Home, al tiempo que Microsoft o Apple lo hacen con sus esperados desarrollos. Amazon, mientras, con un dominio aplastante de ese entorno, se esfuerza por evitar que sus usuarios lo vean como una especie de espía agazapado en el salón de sus casas.

A continuación, el vídeo de dos minutos y medio, que ha aparecido ya en algunas publicaciones como Gestión (Perú) o El Economista (Centroamérica):

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Obsolescencia programada: ¿empresas o usuarios?

IMAGE: Jiri Vaclavek - 123RF

Fede Durán me llamó para documentar su artículo en Actualidad Económica titulado “Obsolescencia programada: ¿está limitada la vida de los productos?” (pdf). Hablamos sobre hasta qué punto las marcas crean productos específicamente diseñados para durar un tiempo determinado, o si cada día más, el desarrollo tecnológico va a tal velocidad que sencillamente hay productos cuya vida no tiene sentido prolongar, porque han surgido nuevas prestaciones desde que llegaron a nuestras manos que hacen que prefiramos adquirir uno de fabricación más reciente.

En muchos sentidos, el modelo de negocio de Apple, compañia mencionada específicamente por Fede en el artículo, consiste en dar a sus clientes una razón para acudir a sus tiendas y gastarse dinero todos los años. En un cierto número de dispositivos, aunque no en todos, las prestaciones que ofrecen los modelos recién puestos en el mercado eclipsan de tal manera a los anteriores, que generan una especie de frustración en una buena parte del mercado en caso de no proceder a su actualización, lo que genera segmentos de mercado que, en función de su poder adquisitivo y de la criticidad que otorgan a la función, oscilan entre actualizar únicamente cuando el dispositivo antiguo sufre una avería u ofrece prestaciones ya inaceptables, frente a adquirir los nuevos modelos prácticamente en el momento en que están disponibles. De hecho, para marcas como Apple, los problemas pueden surgir si el diferencial en prestaciones del nuevo modelo es percibido como no suficientemente llamativo o convincente, como pueden ser los casos del iPhone 7 o de los últimos MacBook Pro.

¿Cuánto debe durar un dispositivo como un smartphone o un ordenador? Algunos de sus componentes, como las baterías, miden su vida útil en términos de ciclos de carga, lo que lleva a que prolongar esa vida media nos genere una clara incomodidad. Si la marca opta por convertir en su diseño esa batería en no reemplazable, está claramente optando por una obsolescencia programada y condicionada a la duración de uno de los componentes que más rápidamente deteriora sus prestaciones. Que esa limitación tenga o no sentido está en función del incremento de prestaciones que la marca prevea para el resto de los componentes del dispositivo: si en el supuesto momento de reemplazar la batería, el diferencial de prestaciones del resto de los componentes es notable, lo normal será que la marca opte por proponer un reemplazo completo. Que los consumidores lo acepten o no de buen grado, o reclamen la protección de las autoridades competentes en materia de consumo depende básicamente de lo mismo: si en el momento en que el terminal pierde prestaciones, los nuevos no son diferencialmente mejores, seguramente expondrán sus quejas por verse obligados a actualizar un producto que, a su juicio, aún funcionaba perfectamente. En este factor, obviamente, influyen muchos otros elementos vinculados a la marca, a la fidelidad de sus usuarios, al componente de imagen que el producto lleve aparejado, etc.

La idea de “bien de consumo duradero” se ha modificado de forma brutal a lo largo de todas las categorías de productos, y supone una fortísima presión en términos medioambientales que muchos consideran completamente insostenible. Aunque en la mayoría de los electrodomésticos aún esperamos a que se nos estropeen para sustituirlos a pesar del componente cada vez mayor de tecnología que contienen, en el caso de un smartphone, de un tablet o de un ordenador resulta cada vez más habitual ver duraciones sorprendentemente cortas para el precio que poseen y que llegan al punto de cuestionar su clasificación como bienes de consumo duradero, y resulta igualmente normal ver tanto a las marcas como a muchos usuarios argumentar esa corta duración en función del avance de la tecnología. En la industria del automóvil, en cierta medida, pasa lo mismo, y es esa concepción de obsolescencia lo que está detrás de tendencias como el vehículo conectado, que permite actualizar determinados componentes y sistemas en determinados momentos de la vida del producto en lugar de mantener la concepción original de bien cuyas prestaciones permanecen igual, o incluso se deterioran, desde el momento que lo compramos hasta que nos desprendemos de él.

¿Querríamos realmente seguir usando un smartphone tres o cuatro años después de haberlo adquirido, mientras vemos pasar varias generaciones de modelos nuevos con prestaciones de las que nos apetecería disfrutar? En la respuesta a esa pregunta está la clave que nos lleva a deducir si la responsabilidad de la obsolescencia programada está realmente en los fabricantes de dispositivos… o en nosotros mismos.

 

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Abierto frente a cerrado: Apple y la inteligencia artificial

IMAGE: Nasirkhan - 123RFApple anuncia su incorporación a Partnership on AI, la alianza formada por compañías como Amazon, IBM, Facebook, Google o Microsoft, con el fin de compartir avances y mejores prácticas en el ámbito del desarrollo de machine learning e inteligencia artificial.

El movimiento se ve como un principio de apertura en una compañía que tradicionalmente ha llevado a cabo todo su desarrollo completamente por su cuenta, pero que se enfrenta ahora a un ámbito en el que las cosas no parecen ser tan sencillas. Apple fue vista como pionera en el campo de la inteligencia artificial debido al temprano desarrollo e incorporación al iPhone de su agente inteligente Siri, pero a lo largo del tiempo, las prestaciones de Siri han sido eclipsadas por desarrollos de otras compañías, y la han relegado a una posición percibida como mucho menos puntera. De hecho, la compañía parece tener importantes problemas a la hora de atraer talento en este terreno, y la razón principal que se atribuye para ello es precisamente su falta de apertura: lo que un desarrollador de inteligencia artificial parece necesitar en el momento actual es precisamente abrirse a la comunidad, compartir avances y novedades, y publicar sus logros para contrastarlos con otros desarrolladores, precisamente lo que Apple tiende a restringir a sus trabajadores. Para una compañía que tradicionalmente ha sido vista como un auténtico imán para el talento y cuyas ofertas son consideradas un objeto de deseo, la situación de ver cómo sus ofertas de trabajo son rechazadas sistemáticamente debe suponer una preocupación difícil de sostener en el tiempo.

La misión del Partnership on AI se establece como

… estudiar y formular las mejores prácticas en las tecnologías de IA, para avanzar en la comprensión pública de la AI y servir como una plataforma abierta para la discusión, el compromiso sobre la IA y sus influencias sobre las personas y la sociedad.

Indudablemente, una oportunidad para que las compañías participantes compartan un foro común en el que monitorizar progresos y discutir prácticas… pero claramente, el tipo de espacio en el que nunca ha sido habitual encontrar a la compañía de la manzana. La inteligencia artificial, como entorno de desarrollo acelerado y con fuertes posibilidades de convertirse en estratégico – o en llegar incluso a representar un digital divide entre las compañías que la adoptan y las que no – demanda nuevas formas de entender la competitividad, formas que puede resultar complicado acomodar en la cultura corporativa hermética de Apple, basada en un fuerte secretismo. Si el anuncio de ayer supone de alguna manera el principio de un proceso de apertura en este sentido, muchos lo valorarían como algo indudablemente positivo…

 

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La actualización tecnológica y el dilema de la propiedad

IMAGE: Maridav - 123RFUna contestación de Elon Musk a través de Twitter al propietario de un Tesla que pedía opciones para modernizar su vehículo con el fin de poder incorporar al mismo algunos de los nuevos desarrollos pone de manifiesto el cada vez más acuciante dilema entre adquirir productos basados en tecnología – cada vez más, la práctica totalidad de los productos – frente a alquilarlos, a pagar una cuota por disponer del derecho a utilizarlos.

La contestación de Musk es absolutamente clara y categórica: la velocidad de innovación es absolutamente clave para la compañía, sus vehículos van a ofrecer actualizaciones importantes cada 12 ó 18 meses, y aplicar los recursos necesarios para poder ofrecer opciones de actualización a vehículos vendidos anteriormente implicaría que el ritmo de innovación cayese drásticamente. Por tanto, según Musk, un Tesla, a pesar de su elevado precio, es un vehículo que está destinado a quedarse obsoleto – o al menos, a no poder incorporar los últimos desarrollos creados por la compañía – en cuestión de un año o año y medio desde la fecha de su adquisición, y si alguien no lo ve así y esa situación le va a suponer algún tipo de frustración, es posiblemente mejor que adquiera un vehículo de otra marca. Muchos opinan que el futuro consiste en que los automóviles terminen siendo vendidos a operadores de flotas capaces de amortizarlos con un uso continuo, en lugar de ser adquiridos por usuarios finales cuyas necesidades de transporte ocupan generalmente menos del 5% del tiempo de uso del vehículo y tan solo una fracción de su capacidad: si la evolución tecnológica nos lleva a plantearnos el transporte como un servicio en lugar de como un producto, las decisiones de renovación del parque pasarían a ser una variable financiera en manos del operador, que puede plantearse otros canales para dar salida a los vehículos parcialmente amortizados, o simplemente proceder a su reciclado.

El planteamiento es aparentemente similar al de los productos ofrecidos por otra de las compañías de Musk, Solar City: las instalaciones de generación de energía solar. Cambiar el tejado de una vivienda es una opción que supone una inversión relativamente elevada que debe amortizarse mediante el ahorro generado por la propia instalación a lo largo del tiempo. Pero los equipos de generación de energía solar están sujetos a una ley de Swanson que implica que su precio disminuye aproximadamente a la mitad cada diez años al tiempo que se incrementa su eficiencia, lo que implica que quien invierte en una instalación de este tipo podría encontrarse con un nivel de obsolescencia que recomendase su reemplazo al cabo de los años. Con las baterías y acumuladores ocurre un problema similar: su vida útil se mide en ciclos de carga, lo que la convierte en limitada. Algunas compañías, con el fin de reducir el impacto inicial del coste de los materiales y de la instalación, ofrecen alternativas como la de que sea la compañía la que alquila el espacio en el tejado de la casa o las baterías y explota la electricidad producida, de manera que el propietario del inmueble paga únicamente una cuota en la que se incorpora su ahorro energético. En esas condiciones, es la compañía la que decide en qué momento el diferencial de eficiencia recomienda proceder al reemplazo de las instalaciones, al tiempo que plantea otras opciones para cuando las condiciones climáticas no permiten generar suficiente energía. Un negocio fundamentalmente financiero, que trata de hacer accesible la energía solar a más usuarios.

¿Veremos ese tipo de fórmulas y opciones en gamas de productos cada vez más amplias? Llevándolo a otro nivel de gasto inferior, resulta interesante ver como Apple, por ejemplo, dispone en algunos países de un iPhone Upgrade Program en el que ofrece a los usuarios convertir la posesión de un iPhone en un leasing en el que pagan una cantidad mensual, pero reciben un terminal nuevo cada vez que la marca lo pone en el mercado. ¿Nos aboca el rápido progreso tecnológico a un futuro en el que, con el fin de protegernos de la obsolescencia, tenderemos a alquilar en lugar de comprar?

 

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