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Google y las adquisiciones

Google: la voracidad de un gigante insaciable - ForbesLucía Caballero, de la edición española de Forbes, me llamó por teléfono para hablar de Google y de sus adquisiciones, de la idea de una compañía que supuestamente adquiere sin parar todo aquello que se le pone por delante, y me cita en su reciente artículo, titulado, “Google: la voracidad de un gigante insaciable” (pdf).

En mi conversación con Lucía comencé intentando poner las cosas en contexto: Google adquiere muchas compañías de muy diversos tipos, sí, pero sigue una pauta que no resulta especialmente llamativa con respecto a otras compañías de su entorno. Las estrategias basadas en la adquisición son muy habituales en escenarios de dinamismo elevado, y la tecnología, indudablemente, lo es. Desde su primera adquisición en febrero de 2001, Google, ahora Alphabet, ha adquirido un total de 207 compañías, y desde el año 2010 ha llegado a adquirir más de una compañía por semana. Pero sus magnitudes resultan razonablemente comparables con las de otras compañías de su ámbito: Facebook ha adquirido 62 compañías tan solo desde el año 2007, Microsoft ha adquirido 202 desde 1987, Amazon, 72 desde 1998, y Twitter, a pesar de no haber generado nunca beneficios, nada menos que 54 desde 2008.

En efecto, Alphabet adquiere más y más rápidamente, con una filosofía de hacerse con aquello que necesita y que o bien no encuentra en un desarrollo de código abierto, o le podría llevar un tiempo diferencialmente más largo desarrollar internamente. Alphabet es fundamentalmente una compañía de ingeniería, con un potencial de desarrollo brutal, y como tal, enormemente pragmática: si adquirir una funcionalidad o un know how determinado va a ser más rápido que desarrollarlo, saca la chequera y lleva a cabo la operación. Pero como tal, lo que posee es una clarísima orientación al resultado: necesito esto, lo adquiero, sin que parezca existir después una estrategia clara de integración de esas adquisiciones o, en muchos casos, siquiera una preocupación por lo que queda de la compañía adquirida o de sus integrantes. Así, es muy habitual escuchar casos de compañías adquiridas por Alphabet que, al cabo de poco tiempo, ven cómo sus fundadores simplemente “toman el dinero y corren”, y en general, las historias de fundadores de compañías adquiridas por Alphabet que hayan desarrollado una carrera directiva en la empresa de Mountain View son más bien escasas.

La estrategia de otras compañías, como Facebook o Twitter, es completamente diferente. Operaciones centradas en hacerse con lo que necesitan, sí, pero destinadas en muchísimos casos a la incorporación de talento, de equipos capaces de seguir con sus planes tras materializar sinergias dentro de la compañía, de dotar a esos fundadores de muchos más medios y potencia de desarrollo para que persigan sus fines, y sobre todo, de integrarlos muy cuidadosamente y motivarlos para evitar un drenaje de talento. Frente al pragmatismo de Google, por acción o por omisión, este tipo de compañías ofrecen una imagen muy diferente, y posiblemente más sostenible en el tiempo.

Sobre el tema, sobre lo que intentamos obtener en las adquisiciones corporativas, sobre las adquisiciones como ciencia o sobre la idea de saber comprar he escrito en numerosas ocasiones, generalmente al hilo de alguna operación de adquisición, y es un tema que considero fundamental en la estrategia corporativa. ¿Es Google, como afirma el artículo de Forbes, “voraz”? Sin duda lo es, y los datos lo avalan de forma concluyente. Pero ¿obtiene la compañía todo el jugo y el provecho que podría obtener de sus adquisiciones? Desde mi punto de vista no es así, y encuentro filosofías de adquisición en otras compañías de la industria que, por planteamiento, me resultan mucho más atractivas, y parecen generar entornos de trabajo y culturas más inclusivas, más enriquecedoras y con más posibilidades de cimentar una ventaja sostenible.

En una compañía como Alphabet, con reputación de cool e innovadora, y con un enfoque enorme a las personas, un planteamiento así de las operaciones de adquisición resulta llamativo, como una cierta mancha en el expediente. Pero también es cierto que a lo largo de los últimos años, hemos ido también pasando de ver a la compañía como un objeto de deseo para cualquiera y un lugar increíble para trabajar, a verla como un sitio que, aunque indudablemente mantenga su atractivo, sí pierde a trabajadores valiosos con cierta regularidad: una compañía que podría llegar a tener problemas, si no para atraer talento, sí para retenerlo. Pero como todos los elementos culturales, hablamos de cuestiones sutiles, subjetivas, difíciles de determinar de manera concluyente, de percepciones que muchas veces responden a situaciones de mercado o a la visibilidad de quienes son adquiridos por la compañía o la abandonan. Es difícil, incluso hablando con trabajadores o ex-trabajadores de la compañía, saber si esos elementos son un fruto del crecimiento y la evolución, si son algo que siempre ha estado ahí, o incluso si realmente existen como tales. Pero, en cualquier caso, pueden alimentar reflexiones muy interesantes sobre la evolución de las compañías en el tiempo.

 

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¿La lenta muerte de Google?

This is how Google will collapse - Startup Grind

El mejor artículo que seguramente leerás hoy es este This is how Google will collapse, publicado por Daniel Colin James en Startup Grind: dentro de lo absurdo que puede resultar hablar de “la muerte” de una de las compañías más valiosas del NASDAQ en un momento en el que el precio de sus acciones está en sus máximos históricos desde que salió al mercado en agosto de 2004, y recordando siempre aquella frase de Ruiz de Alarcón, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, no cabe duda que los argumentos empleados están razonablemente bien ponderados y que lleva a unas ciertas reflexiones indudablemente interesantes.

El primer argumento parece claro: en la web actual, todos tenemos cada vez más destinos que consideramos directos, a los que acudimos de manera sistemática para cubrir ciertas necesidades. Para las noticias, muchos recurren directamente a unas pocas páginas con las que tienen familiaridad, con cuya estructura y sesgo se encuentran cómodos. Para las compras, además de la omnipresencia de monstruos como Amazon, existen muchos otros sitios a los que acudimos directamente, que consideramos referencia o con cuya logística nos encontramos cómodos. Y así, en muchas categorías más: cada vez parecemos necesitar menos un mapa, y la principal actividad de Google es la de ser el gran vendedor de mapas de la web.

Pero, ¿realmente no necesitamos un mapa? No, en realidad lo seguimos necesitando, porque la web se expande constantemente y a gran velocidad como si fuera el big bang. Pero por otro lado, también es cierto que las ocasiones en las que necesitamos ese mapa, el porcentaje de uso que se refiere a lo que conocemos como tráfico de descubrimiento, se reduce a medida que el uso de la web se hace más habitual, y pasa a predominar un acceso más directo a muchas páginas que consideramos parte de nuestro conjunto de recursos, de nuestra caja de herramientas habitual. Que Google “se haga trampas al solitario” y quiera apuntarse como propios los accesos a los que un día, allá en la noche de los tiempos, llegamos mediante su buscador; o peor aún, los accesos de millones de usuarios inexpertos que teclean direcciones web en la barra de búsqueda, no cambia la cosa. En cada vez más páginas, el tráfico evoluciona hacia un predominio de lo directo o lo social, mientras el tráfico de búsqueda tiende a evolucionar a la baja o como mucho a mantenerse estable. Es más: una de las mejores medidas de la calidad de un sitio, cada vez más, es su porcentaje de tráfico directo y social, no el que obtiene a través del buscador, que suelen ser visitas efímeras y poco interesantes. ¿Es esto preocupante para Google? No lo sé, pero sin duda, es una tendencia que indica algo que ya comentamos anteriormente: el negocio transaccional, el cerrar las ventas, es mucho mejor, más sólido y más sostenible que el intangible negocio publicitario de tratar de convencer a alguien para que compre algo.

El segundo elemento es igualmente evidente, y también lo acabamos de comentar hace muy poco: el auge de los bloqueadores publicitarios. Los usuarios hemos hablado, y lo hemos hecho de la manera más clara posible, instalándonos en masa extensiones para bloquear una publicidad que consideramos mayoritariamente basura. Que ahora Google pretenda “salvar la web” convirtiéndose en el adalid que preinstala un bloqueador publicitario en su navegador no oculta la gran verdad: que su negocio es fundamental y mayoritariamente publicidad, y que ayudar a que los usuarios nos libremos de lo que ellos consideran “la mala publicidad” no va a significar necesariamente que aceptemos la suya, la que ellos consideran “buena publicidad”, supuestamente respetuosa con el usuario. Eso es un “veremos” muy grande, un gran “si” condicional, que podría chocar con elementos de alienación, con un más que posible rechazo sistemático a toda la publicidad, sea del tipo que sea. Después de todo, la conciencia de los usuarios con respecto a la sostenibilidad de los negocios, en la web o fuera de ella, es próxima a cero. Y lo que sí es evidente es que los bloqueadores publicitarios han crecido, se han hecho cada vez más importantes sobre todo en los demográficos más jóvenes y con más educación, y que han pasado de ser un fenómeno “de geeks” a algo cada vez más generalizado, tanto en ordenadores como, cada vez más, en smartphones.

En muchos sentidos, la batalla de la publicidad está resultando mucho más compleja para Google de lo que parecía: Facebook ha conseguido configurarse como el francotirador con la mira más precisa y certera, que mejor y más íntimamente conoce a sus usuarios, y que además, merced al control férreo que mantiene sobre su plataforma, puede resistir un poco más el asalto de los bloqueadores de publicidad – aunque no indefinidamente. Con el formato vídeo, Google parece estar teniendo problemas derivados de anunciantes que vetan su plataforma para evitar que sus anuncios aparezcan al lado de contenidos que consideran censurables, algo que Facebook parece gestionar mejor gracias a un modelo de ubicación de la publicidad sensiblemente diferente. No es lo mismo ver la publicidad de tu compañía al lado de un vídeo de contenido cuestionable, que verla en tu timeline porque algún amigo o alguien de tu red la recomendó, por mucho que ese alguien pueda tener una ideología igualmente cuestionable. A los amigos les disculpamos cosas que en otros podemos considerar inaceptables.

El tercer elemento es menos claro, pero igualmente interesante: cuando Google decide pivotar su modelo de negocio desde aquel simple mobile-first centrado en el canal, hacia el machine learning, a pesar de tener muchísimo sentido, llega tarde. Cuando Google se plantea rediseñarlo todo hacia asistentes cada vez más inteligentes que sepan más de nosotros y nos ayuden mejor en nuestro día a día a través de todo tipo de interfaces, se encuentra con que otro gigante, Amazon, no solo lo hizo antes, sino que además, ha conseguido situarse con su Echo como la estrella que marca la tendencia a seguir, la que tiene el mayor parque instalado, y la que evoluciona más rápidamente, ahora ya incluso incluyendo vídeo. Hemos dedicado un buen montón de entradas a Amazon Echo y a la importancia de la voz como interfaz del futuro, y en este tema, Google no marca el paso, sino que es un simple seguidor que lucha desesperadamente por poder estar a la altura de la empresa de Jeff Bezos. Que, además, como se dedica a vender cosas y no simplemente a publicitarlas, encaja mucho mejor con el nuevo modelo y es capaz de financiarlo de manera más sólida. Y todo ello, manteniendo la vista en otros posibles entrantes, como Microsoft, que parece apuntar a prescindir del dispositivo específico y utilizar el PC doméstico para el mismo fin (una estrategia cuestionable, en cualquier caso… un Echo tiene nada menos que siete micrófonos para escucharte perfectamente bien desde cualquier lugar de la habitación aunque haya música sonando, me parece muy difícil suponer que mi PC pueda llegar a funcionar de una manera mínimamente parecida).

¿Significa todo esto que Google vaya a caer, a desaparecer, a morir, o a ser protagonista de cualquier otro escenario apocalíptico? ¿Que debamos plantearnos, como afirma el artículo, un próximo futuro post-Google? Seguramente no. No acabo de ver a una compañía con los recursos de Google dejándose morir o posponiendo una posiblemente necesaria reinterpretación de su hoja de ruta. Pero sin duda, significa que a pesar de sus resultados financieros y de su impresionante imagen, Google tiene problemas de muy diversos tipos en muy diversos frentes, que tiene que plantearse afrontarlos de manera solvente, y que no parece ser capaz de hacerlo mediante adquisiciones, toda vez que su estrategia a la hora de adquirir, como comentaré mañana al hilo de un artículo de Forbes que me cita al respecto, parece mucho más orientada a “rellenar huecos” que a crear y desarrollar ventajas sostenibles en el tiempo.

No, ser grande y exitoso no libra a nadie, ni siquiera a Google, de tener problemas. Y eso da para una muy interesante discusión.

 

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La percepción de la innovación

Peter Diamandis Twitter survey on innovationPeter Diamandis, fundador de la X Prize Foundation y de la Singularity University, lanzó una pregunta a sus casi cien mil followers en Twitter qué compañía consideraban más innovadora, con cuatro opciones: Amazon, Google, Facebook o Tesla. Obviamente, la encuesta no pretende tener valor científico ni ser exhaustiva, y de hecho, no añadió más compañías simplemente porque el formato de las encuestas en Twitter está limitado a cuatro opciones, pero los resultados, tras más de 1,600 votos emitidos dejan lugar a muy pocas dudas: Tesla gana por goleada. Prácticamente la mitad de los votos se inclinaron por la compañía de Elon Musk.

Como el propio Diamandis analiza, los resultados son sumamente interesantes: Google y Amazon invierten, según sus resultados de 2016, más de $50,000 millones cada uno en I+D, por encima de la totalidad del valor de mercado de Tesla, y sin embargo, en la encuesta, recibe más votos que la suma de los de Amazon y Google. ¿Qué lleva a semejante disparidad en la percepción de su contribución a la innovación? ¿Y qué pensar de una Facebook que es, posiblemente, uno de los mejores laboratorios del mundo a la hora de convertir ideas en código y que ha redefinido completamente el concepto de interacción social, pero que únicamente es percibida como innovadora por un escaso 3% de los participantes en la encuesta?

La respuesta, según el análisis de Peter, tiene que ver con elementos como lo que denomina el Massively Transformative Purpose (MTP), la percepción de la capacidad para provocar un cambio a un nivel elevado, una disrupción. Desde sus orígenes, Tesla, como el resto de las iniciativas de Elon Musk, no es una empresa orientada a maximizar sus resultados económicos, sino a provocar el cambio en la industria de la automoción. La forma de actuar de Tesla la convierte, de hecho, en el líder percibido de una industria centenaria en la que no es en absoluto ni la empresa más grande, ni la más rentable (pierde dinero, y no precisamente poco), ni muchísimo menos la que más vehículos vende. Sin embargo, y para desesperación de sus competidores, es la que marca claramente la agenda y el camino a seguir, la que condiciona el calendario para compañías mucho más grandes. A partir del momento en que Tesla no solo se convierte en protagonista mediática, sino que además, es capaz de poner vehículos en el mercado con notable éxito y de abrir sus patentes invitando a otras compañías a que las utilicen, se convierte en una verdadera fuerza transformadora que literalmente obliga al resto de compañías a emprender iniciativas centradas en el vehículo eléctrico y autónomo, quieran o no. La diferencia entre los calendarios de implantación que manejan las compañías tradicionales y Tesla es tan brutal, que evidencia claramente quién sigue a quién, quién lidera ideológicamente ese mercado.

Otras cuestiones están claramente relacionadas con la personalidad del fundador: Elon Musk no solo es un líder capaz de comunicar constante e incansablemente a través de Twitter y de entrar en conversación de manera constante, sino que además, consigue marcar también gracias a ello la agenda mediática. Para aquellos CEOs que piensan que Twitter o las redes sociales son de alguna manera “una pérdida de tiempo” que no se pueden permitir porque “están muy ocupados dirigiendo una compañía”, Elon Musk marca la contradicción absoluta, la evidencia de que su actitud es algo absurdo que deberían hacerse mirar, por el bien de su compañía y, sobre todo, de sus accionistas.

Finalmente, un detalle más, y no precisamente pequeño: Tesla no fabricas “ideas” ni “conceptos, sino vehículos. Automóviles. Máquinas grandes, con cuatro ruedas, que se mueven y son muy, muy tangibles. No, hacer un motor de búsqueda o construir la tienda más grande del mundo no es algo sencillo ni está al alcance de cualquiera, pero la percepción de innovación se incrementa con la tangibilidad, con la facilidad de comprensión del resultado, con la concreción, mientras que se difumina en compañías que “juegan a todo”. Hardware is hard, el hardware es difícil, y esa dificultad tiende a corresponderse con una valoración de la innovación más elevada.

Si quieres que tu compañía sea de verdad percibida como innovadora, no te preocupes por sus resultados económicos, preocúpate por la transformación que va a generar, por la manera en que tu idea va a cambiar el mundo. El dinero ya vendrá cuando lo hayas hecho. Preocuparse por el dinero… es de pobres.

 

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Twitter y la importancia de la relación señal/ruido

Signal to noise ratio

Twitter anuncia que está en sus planes comenzar la emisión continua de vídeo en vivo 24×7 con deportes, noticias y entretenimiento, en un intento de recuperar el protagonismo en un formato, el de la información en vídeo, en el que Amazon le robó una parte importante de su iniciativa cuando se hizo con los derechos de emisión online de algunos partidos de la NFL.

Las aspiraciones de Twitter tienden a intentar mantener su estatus como elemento central en la dieta informativa de sus usuarios. Mientras algunas voces hablan de la decadencia de Twitter al incrementarse la abundancia de cuentas triviales, de celebridades compartiendo tonterías o de la cantidad de hate speech, disminuyendo la calidad general de la red, otros seguimos afirmando que Twitter es, en realidad, lo que cada uno quiere que sea, lo que escoge en función de la composición de las cuentas que sigue. En una situación ideal, un usuario de Twitter con una cuenta bien configurada de acuerdo a sus intereses tiende a sentir que la mayor parte de la información le llega por esa vía, de manera anticipada y en un formato de consumo inmediato. Posteriormente, podrá seguir incrementando su exposición a esas noticias o temas a través de otros canales y suplementar la información con más análisis, pero la sensación habitual tiende a ser la de “me enteré a través de Twitter y posteriormente amplié la información por otros canales”. Cuando ves las noticias en la televisión, lo haces por ampliar y por obtener más nivel de detalle, pero todo lo que ves te resulta ya familiar.

La razón fundamental de esa característica de Twitter está en su diseño original, y es ni más ni menos que la relación señal/ruido: comprimir los mensajes a un formato de 140 caracteres (más enlaces, imágenes, vídeo, etc.) permite una monitorización rápida o skimming que posibilita un uso enormemente versátil. Mientras muchos usuarios optan por redes como LinkedIn para componer su dieta informativa debido a la orientación de esta última al entorno profesional y al añadido en 2013 de adquisiciones como Pulse destinadas a cubrir el FOMO, Fear Of Missing Out o “miedo a perderse algo”, mi preferencia a la hora de mantenerme rápida y eficientemente informado en muchos temas sigue siendo Twitter. Si bien mi dieta informativa suele comenzar mediante un lector de feeds, actualmente Feedly, con un buen número de fuentes, la actualidad más inmediata suele llegarme a través de la “segunda capa social”, conformada por algunas de las listas que monitorizo mediante Twitter. La razón no es otra que el formato: Twitter permite un uso rápido, adaptado a cualquier pausa durante el día, sea un desplazamiento, un tiempo muerto, una espera o un momento desaprovechado de cualquier tipo. Mi decisión, lógicamente, condiciona mi uso de Twitter: tiendo a reservar las cuentas de amigos para redes como Facebook, y estar pendiente de cuentas en Twitter que habitualmente comparten información relacionada con mis intereses profesionales: una mezcla de buenos content curators con creadores y generadores de información original.

Considero la relación señal/ruido una de las características más importantes de Twitter, y la que que, independientemente de los resultados económicos y de la viabilidad de la compañía, hace que si no existiese, tendríamos que plantearnos inventarla. Por más que otras redes han intentado copiar el planteamiento de Twitter en ese sentido, han terminado dando lugar a esquemas más “ruidosos”, con mayor capacidad de distracción, o menos eficientes, al menos en mi experiencia. Si Twitter añade vídeo en formato 24×7 e intenta convertirse en un canal de información en vídeo en tiempo real, deberá cuidar el hacerlo de una manera que resulte suficientemente prescindible para aquellos que buscan una preservación de la relación señal/ruido, o arriesgarse a ser vista como una red más dentro de un cúmulo indistinguible de canales de comunicación.

 

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Comercio electrónico versus tradicional… ¿o no?

Souq.com logoLa noticia surgió el pasado día 23: algunas fuentes lanzaban la noticia de la adquisición de Souq.com, la página de comercio electrónico líder en los países árabes, por parte de Amazon, que a principio de este año había rechazado adquirirla. En esta ocasión, el precio, 650 millones de dólares por una compañía que algunos valoran en torno a los mil millones, parecía satisfacer a ambas partes, y la transacción se daba por prácticamente hecha.

Hoy, sin embargo, surge la sorpresa: Emaar Malls, la propietaria de algunos de los centros comerciales más grandes de Dubai, anuncia su interés por adquirir Souq.com y eleva la oferta a 800 millones de dólares. Souq.com, co-fundada y dirigida por Ronaldo Mouchawar, había encomendado la búsqueda de un comprador para una participación significativa en la compañía a Goldman Sachs el pasado año.

¿Qué refleja este súbito interés en hacerse con un competidor significativo en el comercio electrónico? Para Amazon, básicamente, un “más de lo mismo”: las operaciones de la compañía en la región han estado creciendo significativamente en los últimos tiempos, pero la adquisición de Souq.com, un competidor local exitoso, representarían un atajo para lograr el dominio de una manera mucho mas rápida, con todo lo que ello conlleva, en una zona en la que no faltan contendientes con capacidad de expansión, desde la india Flipkart hasta Noon.com, lanzada por el fondo soberano saudí y por Emaar Malls.

Para Emaar Malls, la adquisición supondría una entrada fuerte en el comercio electrónico que se uniría al lanzamiento de Noon.com, y que le permitiría pasar a ser un competidor relevante en un ámbito que podría complementar su posición en comercio tradicional, o incluso intentar la búsqueda de sinergias entre compra online y la red de tiendas físicas. El caso de Souq.com, que además de ser una plataforma de comercio electrónico, cuenta con iniciativas importantes en el ámbito de la logística y de los medios de pago, representa una oportunidad muy importante para una compañía que hasta ahora no contaba prácticamente con experiencia en ese ámbito.

Por otro lado, todo indica que Amazon trabaja cada día más en la combinación de su plataforma online con localizaciones físicas destinadas a una amplia variedad de temas, desde la exploración de los supermercados sin cajeros mediante Amazon Go, hasta patentes registradas para sistemas de logística futuristas que podrían tener muy buen encaje para su puesta en marcha en el entorno de los países árabes (donde los shopping malls representan ya una parte muy implantada de la vida social y cultural, y donde la posibilidad del uso de drones cuenta claramente con más adeptos y menos restricciones), además de conceptos para la fusión de tiendas físicas con puntos de recogida o la apertura de tiendas físicas para determinadas categorías de producto.

Todo indica que no estamos viviendo la lucha entre el comercio tradicional y el electrónico, sino más bien una evolución hacia una progresiva fusión de los mismos en un todo, en un conglomerado de opciones que incluyen caminos mixtos de diversos tipos. Cada vez más competidores exploran posibilidades como la adquisición en la red unida a la posibilidad de recogida o devolución en tiendas físicas, una tendencia que cada vez más se extiende a más categorías. Visto así, Souq.com podría representar ese paso para un retailer tradicional interesado en hacerse con una posición sólida en el entorno online, o una expansión de capacidad para un competidor online interesado en ir avanzando y explorando cada vez más el entorno físico. En cualquier caso, convergencia. Veremos cómo termina la jugada.

 

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La logística como innovación

IMAGE: Illia Uriadnikov - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “La revolución logística“, y está dedicada al que sin duda se está configurando como uno de los grandes pilares del futuro, pero posiblemente también uno de los que menos atención recibe.

Hace muy pocos años, el estándar cuando adquirías un artículo mediante comercio electrónico era tener que esperar dos días para recibirlo. Ahora, cada día más, el estándar empieza a ser de dos horas. Y lo que algunas compañías consiguen convertir en una evolución casi natural y con costes perfectamente bajo control, para otras supone un obstáculo completamente inaccesible, implanteable, y un verdadero problema a la hora de plantearse cómo seguir siendo competitivos. El nuevo estándar solo puede ser adoptado por quienes han invertido previamente mucho para hacerlo posible, o se convierte en un sobrecoste que muy pocos productos pueden soportar y que el cliente no está dispuesto a abonar.

El papel de Amazon en esta transición es absolutamente innegable: la compañía, que ayer sufrió una caída de un 4% en su valoración bursátil tras presentar unos beneficios muy superiores a lo esperado, pero una facturación por debajo de las expectativas de los analistas, se ha convertido en cabeza visible de un movimiento de replanteamiento de la logística en el que se aglutinan desde tecnologías ya tangibles como los robots, los drones o el autoservicio, hasta apuestas impresionantes como los almacenes voladores o los túneles. Las patentes que sonarían poco menos que a fantasía en otro contexto, reciben una valoración completamente diferente cuando quien las registra es la misma compañía que ha logrado que pueda encargar artículos que no me hacía ilusión ninguna salir a comprar simplemente apretando un botón, o que pida algo que necesito y me llegue a mi casa a más de veinte kilómetros del centro de Madrid en menos de dos horas.

Ahora, la compañía anuncia la construcción de un nuevo centro de logística aérea de más de 360 hectáreas al lado de un aeropuerto de Kentucky, con 1,490 millones de dólares de inversión que generarán 2,700 puestos de trabajo a tiempo completo y parcial. Por si alguien pensaba que en estos temas todo se trataba de anuncios, demostraciones a pequeña escala y humo calentito. Lo que Amazon está liderando es toda una revolución edificada, en gran medida, en torno a la logística

Mientras, otras compañías exploran y despliegan ya alternativas como los robots de transporte terrestre para la logística de proximidad, surgen nuevos competidores con planteamiento de plataforma, y la disponibilidad de logística rápida se configura como una de las características que identifican a las zonas buenas de las ciudades.

La logística está protagonizando una auténtica revolución, que convierte en obsoletos muchos de los planteamientos que nos hacíamos hace muy poco tiempo, y que va a alterar de manera dramática los mapas competitivos de muchas industrias. Si los esquemas fundamentales de la logística de tu negocio no han cambiado demasiado en los últimos años, plantéate que puede que haya algo que no estés haciendo bien.

 

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La destrucción de puestos de trabajo por la automatización: no tan rápido…

Amazon robot

En la foto, un robot de Amazon. Originalmente creado por Kiva Systems tras la mala experiencia de su creador, Mick Mountz, con los costes de logística de Webvan, que terminaron llevándola a la quiebra, la compañía fue adquirida por Amazon en marzo de 2012 por 775 millones de dólares, que dejó expirar los contratos que tenía con grandes compañías de distribución como The Gap, Walgreens, Staples, Office Depot, Crate & Barrel o Saks 5th Avenue, la puso a trabajar exclusivamente para sus almacenes y la rebautizó como Amazon Robotics.

El diseño del robot, de unos 40 centímetros de alto y apoyado en un conjunto motriz de seis ruedas, esta pensado para moverse con soltura bajo las estanterías de los almacenes y desenroscarse, elevándola unos pocos centímetros del suelo, cuando está bajo la estantería que necesita transportar. Cada robot pesa unos 145 kilos, y puede desplazar sobre él estanterías cargadas con hasta 315 kilos. Cuando su batería desciende de un determinado nivel, simplemente van y se enchufan ellos solos a su estación de carga.

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Recientemente, Amazon anunció que había incrementado su ejército de robots en un 50%: en diciembre de 2014, la compañía tenía 15,000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30,000 en diciembre de 2015, y 45,000 en 20 almacenes en diciembre de 2016.

Además, Amazon anunció recientemente el lanzamiento de su tienda Amazon Go en la que desaparecen los cajeros, sustituidos por una app que permite la identificación del cliente, y por un conjunto de cámaras y sensores en un sistema que utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo para identificar cuando este toma cualquier producto de una estantería o lo devuelve a ella. Los cajeros de tiendas y supermercados, según las últimas encuestas de población activa norteamericanas (2014), proporcionaban empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

¿Qué cabe esperar de una compañía que incrementa a un fuerte ritmo la cantidad de robots que trabajan en sus almacenes, que elimina a los cajeros de las tiendas o que envía algunos de sus paquetes mediante drones autónomos en lugar de hacerlo mediante un repartidor tradicional? Cualquiera a quien se le haga esta pregunta esperaría, probablemente, una reducción del número de personas empleadas por la compañía. Sin embargo, sorpresa: Amazon acaba de anunciar su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología, uniéndose a la oleada de compañías que anuncian masivos planes de expansión de puestos de trabajo para evitar, entre otras cosas, el acoso de la administración Trump. La compañía incrementará su plantilla desde los 180,000  a los 280,000 trabajadores en los Estados Unidos. En el año 2011, Amazon empleaba a unas 30,000 personas. Y para el contraste, otro dato: los que sí han disminuido el número de trabajadores de manera consistente a lo largo de los últimos años han sido las empresas de distribución tradicional.

El proceso tiene lugar no solo a ese nivel, sino en otros: en la zona de la bahía de San Francisco, un cierto número de taxistas han ido perdiendo sus puestos de trabajo a medida que compañías como Uber o Lyft se han convertido en la alternativa de transporte preferida por más y más usuarios. Sin embargo, esas compañías se encuentran actualmente entre los mayores generadores de empleo de la zona – solo Uber da trabajo a más de veinte mil conductores en el área, un número muy por encima de los taxistas que existían antes de su llegada, y eso sin tener en cuenta el empleo adicional generado por estas compañías en puestos de gestión o de tecnología. Eventualmente, los taxis dejarán de emplear conductor y se convertirán en vehículos autónomos, pero actualmente, poco se podría decir en términos de destrucción neta de puestos de trabajo.

¿Cómo se explica que una compañía absolutamente emblemática en su proceso de robotización como Amazon genere empleo a esos niveles? No, no hablamos de una paradoja, sino más bien de un efecto que algunos investigadores como Jeremy Rifkin, a quien recientemente tuve la oportunidad de ver en Detroit, mencionan en sus predicciones: que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos.

Un elemento más a considerar cuando calculamos los efectos a nivel macro de la tecnología: eventualmente, es posible que muchas cosas que a lo largo de nuestra vida siempre hemos visto hacer una persona pase a hacerlas un robot, pero eso no impide que el despliegue de esa tecnología requiera de una gran cantidad de puestos de trabajo humanos, en tareas que difícilmente serán automatizadas. El efecto de destrucción de empleo, por tanto, no es tan inmediato ni tan evidente, y mucho menos justifica el desarrollo de políticas que defiendan actitudes tecnófobas o luditas que, de ser adoptadas por determinados territorios o administraciones, únicamente terminarían generando desventajas comparativas al ser adoptadas por otras. Una cuestión más que incorporar a los miedos irracionales de determinados políticos y gestores públicos, horrorizados ante la idea de manifestaciones de trabajadores que se quedan sin trabajo sustituidos por el robot de turno. Sí, el proceso tendrá lugar a determinados niveles, pero la idea de mantener a esos trabajadores en sus puestos simplemente porque “algo tienen que hacer” cuando existe tecnología para llevar a cabo esas tareas mejor y más económicamente se convierte en cada día más absurda.

No, las cuentas no son tan sencillas y evidentes como algunos parecen creer. Antes de extraer conclusiones fáciles, va a haber que leer y estudiar mucho más…

 

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Repensando el balance entre conveniencia y privacidad

Amazon Echo Mi columna de esta semana en El Español se titula “Las paredes oyen…“, y habla sobre la popularización en los Estados Unidos de Amazon Echo, presente ya en más de cinco millones de hogares y con un gran crecimiento en estas últimas navidades, y sobre el reciente caso en el que la policía de Bentonville, Arkansas, solicita a Amazon las grabaciones del dispositivo con el fin de esclarecer un caso de asesinato. Del caso se tienen pocos detalles, aunque se sabe que el acusado es un hombre que presuntamente invitó a un compañero de trabajo a su casa, y que ese invitado apareció posteriormente muerto en su bañera. 

Por el momento, la compañía se ha negado a facilitar las grabaciones, se supone que por la inquietud que podría generar en los posibles usuarios la idea que que lo que tienen en el salón de su casa es una especie de espía que los graba en todo momento y lo almacena para cualquier posible uso posterior. La realidad es que el dispositivo únicamente graba o bien cuando escucha el comando de voz (wake word) que activa su asistente virtual – en el caso de Amazon Echo, su nombre por defecto, Alexa – o bien cuando considera que puede haber sido pronunciado, y almacena esas grabaciones en la nube, donde pueden ser revisadas por el usuario en cualquier momento, eliminadas, etc.

El dispositivo, por tanto, está permanentemente alerta y nos escucha todo el tiempo a través de sus siete micrófonos, pero únicamente graba, envía a Amazon y procesa esas grabaciones cuando detecta o cree haber detectado su wake word. En realidad, son muy pocos los usuarios que acceden a la grabación de sus comandos de voz, y menos aún los que se preocupan de gestionarlos, borrarlos, etc. En la práctica, el dispositivo se utiliza porque aporta una gran conveniencia para tareas que van desde la automatización de funciones en el hogar, tales como encender luces o acceder a entretenimiento y contenidos hasta encargar cualquier cosa a través de Amazon pasando por tantas funciones como dispositivos queramos conectar, pero pocos lo ven como un espía o se plantean que las grabaciones de sus comandos puedan tener algún tipo de interés.

El asesinato de Bentonville es un caso en el que Amazon Echo juega un papel sumamente tangencial: el dispositivo estaba en la cocina, el asesinato se produjo supuestamente en el baño, y la probabilidad de que haya capturado algún sonido que permita esclarecer lo que tuvo lugar es muy escasa – nadie pregunta a su Echo cómo cometer un asesinato, y aunque se podría haber capturado algún sonido si se utilizó el dispositivo en algún momento para poner música o para alguna otra función, la posibilidad parece mínima… aunque ello no impide que la policía pueda tener interés en explorarla. El propietario de la casa y sospechoso de haber cometido el asesinato era un convencido usuario de tecnología que vivía en una smart home equipada, además de con un Echo, con otros dispositivos como un termostato Nest, una alarma inteligente de Honeywell, un monitor meteorológico exterior con transmisión inalámbrica, un WeMo para el control de la iluminación, un smart meter para el consumo de agua, un iPhone 6S, un MacBook Pro, una PlayStation 4 y cuatro tablets.

¿Podría alguno de esos dispositivos conectados ayudar a esclarecer el caso? El contador de agua, por ejemplo, permite saber que se utilizaron unos 530 litros de agua entre la una y las tres de la madrugada de la noche de los hechos, y la policía especula que parte de ese agua, además de para llenar la bañera, podría haber sido utilizada para limpiar la sangre resultante. ¿Debemos considerar un dispositivo como un Echo como otro posible recurso para la investigación? Sin duda, al margen del caso de asesinato, la discusión sobre qué datos se generan, qué control tiene el usuario sobre ellos, o cómo pueden ser utilizados resulta relevante aquí, y abre un interesante campo sobre las posibilidades de los cada vez más hogares conectados y del análisis de los datos que constantemente generan, precisamente en el momento en que tiene lugar su popularización. ¿Debería Amazon alertar a la policía, por ejemplo, si su dispositivo captura determinadas grabaciones, bien realizadas a propósito o bien accidentales, que permitan deducir que se está cometiendo un delito? ¿?Nos lleva el desarrollo de las smart homes de nuevo a repensar el balance entre conveniencia y privacidad?

 

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Promesas y realidades: los drones de Amazon

Amazon Prime Air - Private trial Dec 2016Cuando, en diciembre de 2013, Jeff Bezos sorprendió a los periodistas del 60 Minutes de CBS con el anuncio de que estaban trabajando en un proyecto para enviar a sus clientes los productos que adquiriesen mediante drones, y afirmó que estaría disponible en el plazo de cuatro o cinco años, muchos, empezando por los propios periodistas, se frotaron los ojos con absoluta incredulidad, y achacaron el anuncio simplemente a un intento de llamar la atención.

En aquel momento, los drones eran percibidos por la mayoría de los usuarios, un juguete caro para niños grandes, que se movía en un entorno de legalidad difusa y con evidentes peligros. La idea de utilizarlos de manera seria y consistente para la logística era vista como ciencia-ficción. Los modelos existentes entonces eran relativamente complejos y aparatosos, octocópteros, y eran manejados por un piloto desde una base.

Ayer, tan solo tres años después de aquella entrevista, Jeff Bezos anunció que su compañía ya está utilizando drones para el envío de algunos productos seleccionados a una serie de clientes en el área de Cambridge, en el Reino Unido, y publicó vídeos y fotografías de experiencias que prueban que aquella supuesta “idea loca” se ha convertido en una realidad tangible y, además, muy mejorada. De aquellos drones aparatosos de entonces pasamos a aparatos de diseño sensiblemente mejorado, completamente autónomos y capaces de detectar su entorno para evitar posibles colisiones o accidentes. Que las pruebas estén teniendo lugar en la idílica campiña inglesa no es simplemente una cuestión de buscar un entorno abierto y con escasos obstáculos, sino algo derivado del fuerte desafío planteado por la compañía a las autoridades norteamericanas, a las que en diciembre de 2014 amenazó afirmando que se llevaría el proyecto a algún país extranjero si no conseguían aprobar leyes menos restrictivas al uso comercial de los drones y acelerar los procesos de aprobación de los aparatos que la marca pretendía utilizar. Finalmente, ante la imposibilidad de lidiar de manera eficiente con la Federal Aviation Administration (FAA), la compañía optó por trasladar sus instalaciones de investigación a los alrededores de Londres en el Reino Unido, además de mantener las existentes en los Estados Unidos y de abrir otras en Austria e Israel. Toda una lección para legisladores: quien quiera que la tecnología, la investigación, los puestos de trabajo especializados y el valor se generen en su territorio, tendrá que adaptarse rápido.

En tan solo tres años, Amazon ha pasado de un anuncio que muchos juzgaron como estrambótico, a envíos reales, con aparatos reales y a clientes reales. La evolución de la tecnología sigue manteniendo la capacidad de sorprendernos, de hacer que pasemos de la incredulidad más absoluta a las pruebas tangibles en plazos sorprendentemente cortos. Aún hoy, cuando hablas de logística mediante drones en la mayoría de las audiencias, te encuentras con un marcado escepticismo, con simpáticos que hablan de chalados tirando piedras o incluso disparando a los drones como si eso fuese a ser algo habitual de todos los días, de supuestos robos de aparatos que obviamente no sirven para nada y están completamente geolocalizados, o de los supuestos terribles peligros que supone tener esos aparatos volando sobre nuestras cabezas (y eso que la mayoría no sabe aún que son autónomos). Y mientras, Amazon ha invertido en desarrollo, ha puesto su piloto en marcha, y lo ha convertido en un servicio viable, para el que podríamos encontrar unos cuantos casos de uso en los que estaríamos dispuestos a pagar porque un producto llegase a nuestra casa volando – literalmente – en menos de treinta minutos.

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Lo mejor contra el escepticismo son los hechos. A muchos les seguirá costando imaginarse un futuro en el que aparatos de este tipo vuelen de manera habitual sobre nuestras cabezas llevando productos de un lado para otro, pero también muchos hace algunos años habrían asegurado que era completamente imposible circular a 310 km/h por una vía entre dos ciudades, o ir de un lado al otro del mundo volando en pocas horas. La diferencia es que antes el ciclo de desarrollo de estas tecnologías desde la idea a la viabilidad comercial era cuestión de varias décadas, y ahora, en estos tiempos exponenciales que vivimos, es cosa de muy pocos años.

Seguiremos escuchando objeciones absurdas durante unos cuantos años. Seguiremos viendo como algunos se quejan de manera lastimera porque tanta velocidad logística pone en peligro negocios ineficientes. Seguiremos presenciando como algunos intentan aplicar non-market strategies, solicitar al regulador que lo prohiba todo, por motivos peregrinos tras los cuales se esconden intentos de evitar lo inevitable, o agoreros que pretenden convencernos para que sigamos haciendo las cosas “como antes” porque “es mejor para nosotros”. A muchos, esto de la velocidad, el progreso y el cambio les provoca calambres y tirones cerebrales. Pero en tecnología, las cosas se mueven como se mueven, mejoran a velocidades inauditas, pasan de concepto a viabilidad en ciclos cada vez menores, y una vez inventadas, si suponen una ventaja real, son imposibles de “desinventar”.

En la campiña inglesa, los drones están empezando a ser una parte más del paisaje. Y en Seattle, un visionario capaz de elevar el valor de una compañía un 44,404% en menos de veinte años o de convertir un viejo periódico en rentable gracias a su actividad online, mira a sus críticos y se ríe con sonoras carcajadas…

 

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Amazon Go y la enésima edición del debate de la sustitución hombre-máquina

Amazon GoEl lanzamiento en beta de Amazon Go, una tienda física en Seattle abierta por el momento únicamente a empleados de la compañía en la que basta con llegar, identificarse en la entrada escaneando un código generado por una app en el smartphone, tomar lo que se desee de las estanterías, y simplemente salir, sin detenerse en ningún sitio ni tratar con ninguna persona, vuelve a desatar la discusión sobre el papel de las personas en el futuro, la naturaleza de los trabajos y la sustitución hombre-máquina.

El desarrollo tecnológico de Amazon para poner en marcha Amazon Go utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo, una combinación de tecnologías cuyo avance no solo no se detiene, sino que progresa con un patrón cada vez más exponencial a medida que los resultados van realimentando el sistema. El desarrollo de Amazon es capaz de utilizar cámaras en toda la tienda para captar cuando una persona identificada por su cara toma o devuelve un artículo de una estantería, y factura a esa persona a través de su cuenta de Amazon según sale por la puerta. En realidad, nada que no haya utilizado anteriormente en mis clases hace más de una década hablando de pilotos de IBM o de Metro, pero que en aquellas ocasiones, no pasaron de la conceptualización.

En esta ocasión, el resultado es una tienda de productos frescos, snacks, bocadillos, etc., en la que siguen siendo necesarias personas para reponer las estanterías o para preparar los productos, pero desaparece completamente la necesidad de cajeros y de líneas de checkout, un trabajo que según los últimos datos disponibles (2014), proporcionaba empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

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La tienda de Amazon, por mucho que por el momento sepamos que es una prueba limitada, nos enfrenta una vez más a esos temores en los que vemos a la tecnología como el destructor de nuestros empleos y de nuestro modo de vida. De nuevo, un debate para el que pocos se encuentran preparados, porque socava lo más hondo de las creencias que hemos mantenido desde hace muchas generaciones: el trabajo visto como elemento fundamental en la identidad de la persona, como privilegio, como necesidad no solo para la consecución de unos ingresos, sino prácticamente de cara a la realización personal… todo ello olvidando que, nos pongamos como nos pongamos, existen un elevado número de trabajos, entre los que sin duda se cuentan los de cajeros, en los que la posibilidad de que alguien se sienta realizado o motivado resulta prácticamente imposible.

¿Qué hace un cajero de supermercado? Un trabajo completamente mecánico y repetitivo, incómodo para ambos lados: para la persona que ha hecho su compra, el cajero supone la incomodidad de detenerse en una cola, depositar todos los productos en una cinta transportadora, y volverlos a recoger al otro lado. Para el cajero, el proceso supone tomar cada producto y escanearlo, hacer frente a posibles errores, y cobrar. Todo ello es un proceso profundamente mecánico, repetitivo, alienante y sin ningún valor añadido o propio de la condición de ser humano de quien lo lleva a cabo. La única razón por la que la desaparición de este tipo de trabajos no se ha producido antes era la dificultad de la tecnología existente para corregir los posibles errores de lectura, que aunque pudiesen resultar esporádicos, generaban interrupciones en el proceso. Cada vez más, un ordenador es caz de identificar perfectamente a una persona y un producto, entender si lo toma o lo deja en una estantería, apuntarlo en su cuenta y cobrarlo. La línea de cajeros, sencillamente, pierde su sentido.

Para el común de los mortales, imaginar a una legión enorme de cajeros de supermercados y tiendas uniéndose a la larga fila en la que ya estaban conductores de taxi, camioneros, mineros, empleados de sucursales bancarias, planificadores publicitarios, administrativos y una larga lista de empleos resulta, como mínimo, desasosegante. Aceptar una realidad en la que todo aquel trabajo que no conlleve un valor añadido determinado completamente redefinido con respecto al pasado se dispone a desaparecer resulta duro, particularmente si entendemos el trabajo como un privilegio, como aquello que nos permite integrarnos en la sociedad. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni lo será en el futuro.

En el pasado, los privilegiados no eran los que tenían trabajo, sino precisamente los que no tenían que trabajar. Los nobles que vivían en sus palacios se alimentaban gracias al trabajo de una serie de personas en virtud de un supuesto derecho divino, de unos privilegios que marcaban quiénes tenían que trabajar, y quienes podían simplemente cobrar impuestos para vivir del trabajo de otros. La situación era patentemente injusta, pero marcaba el tejido social de una época en la que para determinadas clases sociales, tener que trabajar era un castigo… aunque peor aún era pertenecer a esas clases sociales y no tener trabajo, lo que los situaba en la categoría de vagos y maleantes.

En la sociedad actual, un número creciente de personas trabajamos de una manera que, contemplada desde la óptica de hace tan solo algunas décadas, resultaría incomprensible. Que yo pueda levantarme por la mañana y simplemente dedicarme a leer noticias, a pensar y a escribir para, finalmente, ponerme delante de una determinada audiencia y contarles una serie de cosas intentando que las entiendan y les hagan pensar, me situaría, imagino, en una categoría próxima a la de los privilegiados que podían vivir de intangibles, que no tenían que trabajar con sus manos o que no necesitaban sudar. De hecho, que yo salga a quemar calorías de una manera tan aparentemente inútil como recorrerme diez kilómetros en círculo para así mantener mi cuerpo en forma debería hacernos reflexionar mucho sobre los cambios de la sociedad en la que vivimos.

Lo que diferencia mi trabajo de otros es, entre otras, cosas, la dificultad de sustituirlo – por el momento – por una máquina. Al paso que se desarrolla la tecnología, nada impide que esa dificultad no pueda ser vencida, lo que me situaría en la tesitura de reimaginar mi trabajo. O, posiblemente, de no trabajar salvo que me apeteciese hacerlo. La transición desde una sociedad plenamente basada en el trabajo a una en la que el trabajo es simplemente una posibilidad para quien quiere tenerlo es imposible si no aceptamos como premisa fundamental el desarrollo de sistemas de renta básica universal o incondicional que protejan a aquellos cuyo trabajo, sencillamente, desaparece a manos de una tecnología que no simplemente se lo quita, sino que mejora sensiblemente su productividad y su desempeño. Una vez desarrollada, la tecnología deja de ser una opción, y se convierte en obligatoria para todo aquel que quiere ofrecer ese producto o servicio en condiciones de mercado. No es cruel, no es desalmado, no es injusto: es simplemente lógico.

Que los trabajos de las llamadas “tres D”, Dull (aburridos), Dirty (sucios) y Dangerous (peligrosos) se vean progresivamente sustituidos por máquinas puede parecer una maldición, pero no lo es: simplemente, hablamos de trabajos que las personas no deberían hacer, que resultan una ofensa para la naturaleza humana. Que esa sustitución se extienda a otro tipo de trabajos, de nuevo, nos puede preocupar porque imaginamos la alternativa de quedarnos sin trabajo como un desastre y una exclusión, pero ello se debe únicamente a la escasa madurez de los planteamientos sociales en torno a esa necesidad de la renta básica universal. A medida que esa dialéctica avance, nos encontraremos no solo aliviados cuando nuestros trabajos puedan ser llevados a cabo por una máquina, sino que además, dejaremos de verlo como una amenaza y estaremos dispuestos a colaborar aportando nuestra experiencia con quienes pretendan hacerlo, si ello nos ayuda a estar en el lado adecuado de la disrupción. Pero imaginar algo así sin imaginar nada detrás que aporte lo que necesitamos para obtener ingresos resulta sencillamente aterrador, y la inmensa mayoría de los políticos actuales están aún muy lejos de entender la necesidad de ese tipo de planteamientos o de no contaminarlos con principios ideológicos. 

Amazon Go nos muestra, por ahora por una mínima rendija, la realidad de la coevolución de los hombres y la tecnología. Y esa realidad no es aterradora, ni deshumanizada, ni negativa, ni excluyente, salvo para los que se empeñen en verlo así. De hecho, dejar de verlo como algo amenazador es el primer paso para ese necesario cambio. Entender que es, sencillamente, mejor en todos los sentidos, siempre que como sociedad seamos capaces de organizarnos para acoger ese cambio con las adecuadas garantías para todos los implicados. Y como todos los grandes cambios, no va a ser sencillo, pero no por ello deja de ser inevitable.

 

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