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La logística como innovación

IMAGE: Illia Uriadnikov - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “La revolución logística“, y está dedicada al que sin duda se está configurando como uno de los grandes pilares del futuro, pero posiblemente también uno de los que menos atención recibe.

Hace muy pocos años, el estándar cuando adquirías un artículo mediante comercio electrónico era tener que esperar dos días para recibirlo. Ahora, cada día más, el estándar empieza a ser de dos horas. Y lo que algunas compañías consiguen convertir en una evolución casi natural y con costes perfectamente bajo control, para otras supone un obstáculo completamente inaccesible, implanteable, y un verdadero problema a la hora de plantearse cómo seguir siendo competitivos. El nuevo estándar solo puede ser adoptado por quienes han invertido previamente mucho para hacerlo posible, o se convierte en un sobrecoste que muy pocos productos pueden soportar y que el cliente no está dispuesto a abonar.

El papel de Amazon en esta transición es absolutamente innegable: la compañía, que ayer sufrió una caída de un 4% en su valoración bursátil tras presentar unos beneficios muy superiores a lo esperado, pero una facturación por debajo de las expectativas de los analistas, se ha convertido en cabeza visible de un movimiento de replanteamiento de la logística en el que se aglutinan desde tecnologías ya tangibles como los robots, los drones o el autoservicio, hasta apuestas impresionantes como los almacenes voladores o los túneles. Las patentes que sonarían poco menos que a fantasía en otro contexto, reciben una valoración completamente diferente cuando quien las registra es la misma compañía que ha logrado que pueda encargar artículos que no me hacía ilusión ninguna salir a comprar simplemente apretando un botón, o que pida algo que necesito y me llegue a mi casa a más de veinte kilómetros del centro de Madrid en menos de dos horas.

Ahora, la compañía anuncia la construcción de un nuevo centro de logística aérea de más de 360 hectáreas al lado de un aeropuerto de Kentucky, con 1,490 millones de dólares de inversión que generarán 2,700 puestos de trabajo a tiempo completo y parcial. Por si alguien pensaba que en estos temas todo se trataba de anuncios, demostraciones a pequeña escala y humo calentito. Lo que Amazon está liderando es toda una revolución edificada, en gran medida, en torno a la logística

Mientras, otras compañías exploran y despliegan ya alternativas como los robots de transporte terrestre para la logística de proximidad, surgen nuevos competidores con planteamiento de plataforma, y la disponibilidad de logística rápida se configura como una de las características que identifican a las zonas buenas de las ciudades.

La logística está protagonizando una auténtica revolución, que convierte en obsoletos muchos de los planteamientos que nos hacíamos hace muy poco tiempo, y que va a alterar de manera dramática los mapas competitivos de muchas industrias. Si los esquemas fundamentales de la logística de tu negocio no han cambiado demasiado en los últimos años, plantéate que puede que haya algo que no estés haciendo bien.

 

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La destrucción de puestos de trabajo por la automatización: no tan rápido…

Amazon robot

En la foto, un robot de Amazon. Originalmente creado por Kiva Systems tras la mala experiencia de su creador, Mick Mountz, con los costes de logística de Webvan, que terminaron llevándola a la quiebra, la compañía fue adquirida por Amazon en marzo de 2012 por 775 millones de dólares, que dejó expirar los contratos que tenía con grandes compañías de distribución como The Gap, Walgreens, Staples, Office Depot, Crate & Barrel o Saks 5th Avenue, la puso a trabajar exclusivamente para sus almacenes y la rebautizó como Amazon Robotics.

El diseño del robot, de unos 40 centímetros de alto y apoyado en un conjunto motriz de seis ruedas, esta pensado para moverse con soltura bajo las estanterías de los almacenes y desenroscarse, elevándola unos pocos centímetros del suelo, cuando está bajo la estantería que necesita transportar. Cada robot pesa unos 145 kilos, y puede desplazar sobre él estanterías cargadas con hasta 315 kilos. Cuando su batería desciende de un determinado nivel, simplemente van y se enchufan ellos solos a su estación de carga.

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Recientemente, Amazon anunció que había incrementado su ejército de robots en un 50%: en diciembre de 2014, la compañía tenía 15,000 robots en diez almacenes, que pasaron a ser 30,000 en diciembre de 2015, y 45,000 en 20 almacenes en diciembre de 2016.

Además, Amazon anunció recientemente el lanzamiento de su tienda Amazon Go en la que desaparecen los cajeros, sustituidos por una app que permite la identificación del cliente, y por un conjunto de cámaras y sensores en un sistema que utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo para identificar cuando este toma cualquier producto de una estantería o lo devuelve a ella. Los cajeros de tiendas y supermercados, según las últimas encuestas de población activa norteamericanas (2014), proporcionaban empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

¿Qué cabe esperar de una compañía que incrementa a un fuerte ritmo la cantidad de robots que trabajan en sus almacenes, que elimina a los cajeros de las tiendas o que envía algunos de sus paquetes mediante drones autónomos en lugar de hacerlo mediante un repartidor tradicional? Cualquiera a quien se le haga esta pregunta esperaría, probablemente, una reducción del número de personas empleadas por la compañía. Sin embargo, sorpresa: Amazon acaba de anunciar su intención de incorporar a unas cien mil personas a tiempo completo en los próximos 18 meses, entre puestos de logística y de tecnología, uniéndose a la oleada de compañías que anuncian masivos planes de expansión de puestos de trabajo para evitar, entre otras cosas, el acoso de la administración Trump. La compañía incrementará su plantilla desde los 180,000  a los 280,000 trabajadores en los Estados Unidos. En el año 2011, Amazon empleaba a unas 30,000 personas. Y para el contraste, otro dato: los que sí han disminuido el número de trabajadores de manera consistente a lo largo de los últimos años han sido las empresas de distribución tradicional.

El proceso tiene lugar no solo a ese nivel, sino en otros: en la zona de la bahía de San Francisco, un cierto número de taxistas han ido perdiendo sus puestos de trabajo a medida que compañías como Uber o Lyft se han convertido en la alternativa de transporte preferida por más y más usuarios. Sin embargo, esas compañías se encuentran actualmente entre los mayores generadores de empleo de la zona – solo Uber da trabajo a más de veinte mil conductores en el área, un número muy por encima de los taxistas que existían antes de su llegada, y eso sin tener en cuenta el empleo adicional generado por estas compañías en puestos de gestión o de tecnología. Eventualmente, los taxis dejarán de emplear conductor y se convertirán en vehículos autónomos, pero actualmente, poco se podría decir en términos de destrucción neta de puestos de trabajo.

¿Cómo se explica que una compañía absolutamente emblemática en su proceso de robotización como Amazon genere empleo a esos niveles? No, no hablamos de una paradoja, sino más bien de un efecto que algunos investigadores como Jeremy Rifkin, a quien recientemente tuve la oportunidad de ver en Detroit, mencionan en sus predicciones: que la automatización, de manera inmediata, no genera una destrucción neta de puestos de trabajo sino un incremento de los mismos, a medida que se vuelve necesario adaptar cada vez más procesos y estructuras al trabajo automático. Así, un desarrollo como el paso de la generación centralizada de energía eléctrica a un sistema distribuido requiere el trabajo de miles de personas para adaptar los hogares de un país a los requerimientos de aislamiento y de instalación de placas solares, del mismo modo que conectar nuestras carreteras para el despliegue de los vehículos autónomos precisa de trabajadores para llevar a cabo esos tendidos.

Un elemento más a considerar cuando calculamos los efectos a nivel macro de la tecnología: eventualmente, es posible que muchas cosas que a lo largo de nuestra vida siempre hemos visto hacer una persona pase a hacerlas un robot, pero eso no impide que el despliegue de esa tecnología requiera de una gran cantidad de puestos de trabajo humanos, en tareas que difícilmente serán automatizadas. El efecto de destrucción de empleo, por tanto, no es tan inmediato ni tan evidente, y mucho menos justifica el desarrollo de políticas que defiendan actitudes tecnófobas o luditas que, de ser adoptadas por determinados territorios o administraciones, únicamente terminarían generando desventajas comparativas al ser adoptadas por otras. Una cuestión más que incorporar a los miedos irracionales de determinados políticos y gestores públicos, horrorizados ante la idea de manifestaciones de trabajadores que se quedan sin trabajo sustituidos por el robot de turno. Sí, el proceso tendrá lugar a determinados niveles, pero la idea de mantener a esos trabajadores en sus puestos simplemente porque “algo tienen que hacer” cuando existe tecnología para llevar a cabo esas tareas mejor y más económicamente se convierte en cada día más absurda.

No, las cuentas no son tan sencillas y evidentes como algunos parecen creer. Antes de extraer conclusiones fáciles, va a haber que leer y estudiar mucho más…

 

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Repensando el balance entre conveniencia y privacidad

Amazon Echo Mi columna de esta semana en El Español se titula “Las paredes oyen…“, y habla sobre la popularización en los Estados Unidos de Amazon Echo, presente ya en más de cinco millones de hogares y con un gran crecimiento en estas últimas navidades, y sobre el reciente caso en el que la policía de Bentonville, Arkansas, solicita a Amazon las grabaciones del dispositivo con el fin de esclarecer un caso de asesinato. Del caso se tienen pocos detalles, aunque se sabe que el acusado es un hombre que presuntamente invitó a un compañero de trabajo a su casa, y que ese invitado apareció posteriormente muerto en su bañera. 

Por el momento, la compañía se ha negado a facilitar las grabaciones, se supone que por la inquietud que podría generar en los posibles usuarios la idea que que lo que tienen en el salón de su casa es una especie de espía que los graba en todo momento y lo almacena para cualquier posible uso posterior. La realidad es que el dispositivo únicamente graba o bien cuando escucha el comando de voz (wake word) que activa su asistente virtual – en el caso de Amazon Echo, su nombre por defecto, Alexa – o bien cuando considera que puede haber sido pronunciado, y almacena esas grabaciones en la nube, donde pueden ser revisadas por el usuario en cualquier momento, eliminadas, etc.

El dispositivo, por tanto, está permanentemente alerta y nos escucha todo el tiempo a través de sus siete micrófonos, pero únicamente graba, envía a Amazon y procesa esas grabaciones cuando detecta o cree haber detectado su wake word. En realidad, son muy pocos los usuarios que acceden a la grabación de sus comandos de voz, y menos aún los que se preocupan de gestionarlos, borrarlos, etc. En la práctica, el dispositivo se utiliza porque aporta una gran conveniencia para tareas que van desde la automatización de funciones en el hogar, tales como encender luces o acceder a entretenimiento y contenidos hasta encargar cualquier cosa a través de Amazon pasando por tantas funciones como dispositivos queramos conectar, pero pocos lo ven como un espía o se plantean que las grabaciones de sus comandos puedan tener algún tipo de interés.

El asesinato de Bentonville es un caso en el que Amazon Echo juega un papel sumamente tangencial: el dispositivo estaba en la cocina, el asesinato se produjo supuestamente en el baño, y la probabilidad de que haya capturado algún sonido que permita esclarecer lo que tuvo lugar es muy escasa – nadie pregunta a su Echo cómo cometer un asesinato, y aunque se podría haber capturado algún sonido si se utilizó el dispositivo en algún momento para poner música o para alguna otra función, la posibilidad parece mínima… aunque ello no impide que la policía pueda tener interés en explorarla. El propietario de la casa y sospechoso de haber cometido el asesinato era un convencido usuario de tecnología que vivía en una smart home equipada, además de con un Echo, con otros dispositivos como un termostato Nest, una alarma inteligente de Honeywell, un monitor meteorológico exterior con transmisión inalámbrica, un WeMo para el control de la iluminación, un smart meter para el consumo de agua, un iPhone 6S, un MacBook Pro, una PlayStation 4 y cuatro tablets.

¿Podría alguno de esos dispositivos conectados ayudar a esclarecer el caso? El contador de agua, por ejemplo, permite saber que se utilizaron unos 530 litros de agua entre la una y las tres de la madrugada de la noche de los hechos, y la policía especula que parte de ese agua, además de para llenar la bañera, podría haber sido utilizada para limpiar la sangre resultante. ¿Debemos considerar un dispositivo como un Echo como otro posible recurso para la investigación? Sin duda, al margen del caso de asesinato, la discusión sobre qué datos se generan, qué control tiene el usuario sobre ellos, o cómo pueden ser utilizados resulta relevante aquí, y abre un interesante campo sobre las posibilidades de los cada vez más hogares conectados y del análisis de los datos que constantemente generan, precisamente en el momento en que tiene lugar su popularización. ¿Debería Amazon alertar a la policía, por ejemplo, si su dispositivo captura determinadas grabaciones, bien realizadas a propósito o bien accidentales, que permitan deducir que se está cometiendo un delito? ¿?Nos lleva el desarrollo de las smart homes de nuevo a repensar el balance entre conveniencia y privacidad?

 

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Promesas y realidades: los drones de Amazon

Amazon Prime Air - Private trial Dec 2016Cuando, en diciembre de 2013, Jeff Bezos sorprendió a los periodistas del 60 Minutes de CBS con el anuncio de que estaban trabajando en un proyecto para enviar a sus clientes los productos que adquiriesen mediante drones, y afirmó que estaría disponible en el plazo de cuatro o cinco años, muchos, empezando por los propios periodistas, se frotaron los ojos con absoluta incredulidad, y achacaron el anuncio simplemente a un intento de llamar la atención.

En aquel momento, los drones eran percibidos por la mayoría de los usuarios, un juguete caro para niños grandes, que se movía en un entorno de legalidad difusa y con evidentes peligros. La idea de utilizarlos de manera seria y consistente para la logística era vista como ciencia-ficción. Los modelos existentes entonces eran relativamente complejos y aparatosos, octocópteros, y eran manejados por un piloto desde una base.

Ayer, tan solo tres años después de aquella entrevista, Jeff Bezos anunció que su compañía ya está utilizando drones para el envío de algunos productos seleccionados a una serie de clientes en el área de Cambridge, en el Reino Unido, y publicó vídeos y fotografías de experiencias que prueban que aquella supuesta “idea loca” se ha convertido en una realidad tangible y, además, muy mejorada. De aquellos drones aparatosos de entonces pasamos a aparatos de diseño sensiblemente mejorado, completamente autónomos y capaces de detectar su entorno para evitar posibles colisiones o accidentes. Que las pruebas estén teniendo lugar en la idílica campiña inglesa no es simplemente una cuestión de buscar un entorno abierto y con escasos obstáculos, sino algo derivado del fuerte desafío planteado por la compañía a las autoridades norteamericanas, a las que en diciembre de 2014 amenazó afirmando que se llevaría el proyecto a algún país extranjero si no conseguían aprobar leyes menos restrictivas al uso comercial de los drones y acelerar los procesos de aprobación de los aparatos que la marca pretendía utilizar. Finalmente, ante la imposibilidad de lidiar de manera eficiente con la Federal Aviation Administration (FAA), la compañía optó por trasladar sus instalaciones de investigación a los alrededores de Londres en el Reino Unido, además de mantener las existentes en los Estados Unidos y de abrir otras en Austria e Israel. Toda una lección para legisladores: quien quiera que la tecnología, la investigación, los puestos de trabajo especializados y el valor se generen en su territorio, tendrá que adaptarse rápido.

En tan solo tres años, Amazon ha pasado de un anuncio que muchos juzgaron como estrambótico, a envíos reales, con aparatos reales y a clientes reales. La evolución de la tecnología sigue manteniendo la capacidad de sorprendernos, de hacer que pasemos de la incredulidad más absoluta a las pruebas tangibles en plazos sorprendentemente cortos. Aún hoy, cuando hablas de logística mediante drones en la mayoría de las audiencias, te encuentras con un marcado escepticismo, con simpáticos que hablan de chalados tirando piedras o incluso disparando a los drones como si eso fuese a ser algo habitual de todos los días, de supuestos robos de aparatos que obviamente no sirven para nada y están completamente geolocalizados, o de los supuestos terribles peligros que supone tener esos aparatos volando sobre nuestras cabezas (y eso que la mayoría no sabe aún que son autónomos). Y mientras, Amazon ha invertido en desarrollo, ha puesto su piloto en marcha, y lo ha convertido en un servicio viable, para el que podríamos encontrar unos cuantos casos de uso en los que estaríamos dispuestos a pagar porque un producto llegase a nuestra casa volando – literalmente – en menos de treinta minutos.

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Lo mejor contra el escepticismo son los hechos. A muchos les seguirá costando imaginarse un futuro en el que aparatos de este tipo vuelen de manera habitual sobre nuestras cabezas llevando productos de un lado para otro, pero también muchos hace algunos años habrían asegurado que era completamente imposible circular a 310 km/h por una vía entre dos ciudades, o ir de un lado al otro del mundo volando en pocas horas. La diferencia es que antes el ciclo de desarrollo de estas tecnologías desde la idea a la viabilidad comercial era cuestión de varias décadas, y ahora, en estos tiempos exponenciales que vivimos, es cosa de muy pocos años.

Seguiremos escuchando objeciones absurdas durante unos cuantos años. Seguiremos viendo como algunos se quejan de manera lastimera porque tanta velocidad logística pone en peligro negocios ineficientes. Seguiremos presenciando como algunos intentan aplicar non-market strategies, solicitar al regulador que lo prohiba todo, por motivos peregrinos tras los cuales se esconden intentos de evitar lo inevitable, o agoreros que pretenden convencernos para que sigamos haciendo las cosas “como antes” porque “es mejor para nosotros”. A muchos, esto de la velocidad, el progreso y el cambio les provoca calambres y tirones cerebrales. Pero en tecnología, las cosas se mueven como se mueven, mejoran a velocidades inauditas, pasan de concepto a viabilidad en ciclos cada vez menores, y una vez inventadas, si suponen una ventaja real, son imposibles de “desinventar”.

En la campiña inglesa, los drones están empezando a ser una parte más del paisaje. Y en Seattle, un visionario capaz de elevar el valor de una compañía un 44,404% en menos de veinte años o de convertir un viejo periódico en rentable gracias a su actividad online, mira a sus críticos y se ríe con sonoras carcajadas…

 

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Amazon Go y la enésima edición del debate de la sustitución hombre-máquina

Amazon GoEl lanzamiento en beta de Amazon Go, una tienda física en Seattle abierta por el momento únicamente a empleados de la compañía en la que basta con llegar, identificarse en la entrada escaneando un código generado por una app en el smartphone, tomar lo que se desee de las estanterías, y simplemente salir, sin detenerse en ningún sitio ni tratar con ninguna persona, vuelve a desatar la discusión sobre el papel de las personas en el futuro, la naturaleza de los trabajos y la sustitución hombre-máquina.

El desarrollo tecnológico de Amazon para poner en marcha Amazon Go utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo, una combinación de tecnologías cuyo avance no solo no se detiene, sino que progresa con un patrón cada vez más exponencial a medida que los resultados van realimentando el sistema. El desarrollo de Amazon es capaz de utilizar cámaras en toda la tienda para captar cuando una persona identificada por su cara toma o devuelve un artículo de una estantería, y factura a esa persona a través de su cuenta de Amazon según sale por la puerta. En realidad, nada que no haya utilizado anteriormente en mis clases hace más de una década hablando de pilotos de IBM o de Metro, pero que en aquellas ocasiones, no pasaron de la conceptualización.

En esta ocasión, el resultado es una tienda de productos frescos, snacks, bocadillos, etc., en la que siguen siendo necesarias personas para reponer las estanterías o para preparar los productos, pero desaparece completamente la necesidad de cajeros y de líneas de checkout, un trabajo que según los últimos datos disponibles (2014), proporcionaba empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

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La tienda de Amazon, por mucho que por el momento sepamos que es una prueba limitada, nos enfrenta una vez más a esos temores en los que vemos a la tecnología como el destructor de nuestros empleos y de nuestro modo de vida. De nuevo, un debate para el que pocos se encuentran preparados, porque socava lo más hondo de las creencias que hemos mantenido desde hace muchas generaciones: el trabajo visto como elemento fundamental en la identidad de la persona, como privilegio, como necesidad no solo para la consecución de unos ingresos, sino prácticamente de cara a la realización personal… todo ello olvidando que, nos pongamos como nos pongamos, existen un elevado número de trabajos, entre los que sin duda se cuentan los de cajeros, en los que la posibilidad de que alguien se sienta realizado o motivado resulta prácticamente imposible.

¿Qué hace un cajero de supermercado? Un trabajo completamente mecánico y repetitivo, incómodo para ambos lados: para la persona que ha hecho su compra, el cajero supone la incomodidad de detenerse en una cola, depositar todos los productos en una cinta transportadora, y volverlos a recoger al otro lado. Para el cajero, el proceso supone tomar cada producto y escanearlo, hacer frente a posibles errores, y cobrar. Todo ello es un proceso profundamente mecánico, repetitivo, alienante y sin ningún valor añadido o propio de la condición de ser humano de quien lo lleva a cabo. La única razón por la que la desaparición de este tipo de trabajos no se ha producido antes era la dificultad de la tecnología existente para corregir los posibles errores de lectura, que aunque pudiesen resultar esporádicos, generaban interrupciones en el proceso. Cada vez más, un ordenador es caz de identificar perfectamente a una persona y un producto, entender si lo toma o lo deja en una estantería, apuntarlo en su cuenta y cobrarlo. La línea de cajeros, sencillamente, pierde su sentido.

Para el común de los mortales, imaginar a una legión enorme de cajeros de supermercados y tiendas uniéndose a la larga fila en la que ya estaban conductores de taxi, camioneros, mineros, empleados de sucursales bancarias, planificadores publicitarios, administrativos y una larga lista de empleos resulta, como mínimo, desasosegante. Aceptar una realidad en la que todo aquel trabajo que no conlleve un valor añadido determinado completamente redefinido con respecto al pasado se dispone a desaparecer resulta duro, particularmente si entendemos el trabajo como un privilegio, como aquello que nos permite integrarnos en la sociedad. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni lo será en el futuro.

En el pasado, los privilegiados no eran los que tenían trabajo, sino precisamente los que no tenían que trabajar. Los nobles que vivían en sus palacios se alimentaban gracias al trabajo de una serie de personas en virtud de un supuesto derecho divino, de unos privilegios que marcaban quiénes tenían que trabajar, y quienes podían simplemente cobrar impuestos para vivir del trabajo de otros. La situación era patentemente injusta, pero marcaba el tejido social de una época en la que para determinadas clases sociales, tener que trabajar era un castigo… aunque peor aún era pertenecer a esas clases sociales y no tener trabajo, lo que los situaba en la categoría de vagos y maleantes.

En la sociedad actual, un número creciente de personas trabajamos de una manera que, contemplada desde la óptica de hace tan solo algunas décadas, resultaría incomprensible. Que yo pueda levantarme por la mañana y simplemente dedicarme a leer noticias, a pensar y a escribir para, finalmente, ponerme delante de una determinada audiencia y contarles una serie de cosas intentando que las entiendan y les hagan pensar, me situaría, imagino, en una categoría próxima a la de los privilegiados que podían vivir de intangibles, que no tenían que trabajar con sus manos o que no necesitaban sudar. De hecho, que yo salga a quemar calorías de una manera tan aparentemente inútil como recorrerme diez kilómetros en círculo para así mantener mi cuerpo en forma debería hacernos reflexionar mucho sobre los cambios de la sociedad en la que vivimos.

Lo que diferencia mi trabajo de otros es, entre otras, cosas, la dificultad de sustituirlo – por el momento – por una máquina. Al paso que se desarrolla la tecnología, nada impide que esa dificultad no pueda ser vencida, lo que me situaría en la tesitura de reimaginar mi trabajo. O, posiblemente, de no trabajar salvo que me apeteciese hacerlo. La transición desde una sociedad plenamente basada en el trabajo a una en la que el trabajo es simplemente una posibilidad para quien quiere tenerlo es imposible si no aceptamos como premisa fundamental el desarrollo de sistemas de renta básica universal o incondicional que protejan a aquellos cuyo trabajo, sencillamente, desaparece a manos de una tecnología que no simplemente se lo quita, sino que mejora sensiblemente su productividad y su desempeño. Una vez desarrollada, la tecnología deja de ser una opción, y se convierte en obligatoria para todo aquel que quiere ofrecer ese producto o servicio en condiciones de mercado. No es cruel, no es desalmado, no es injusto: es simplemente lógico.

Que los trabajos de las llamadas “tres D”, Dull (aburridos), Dirty (sucios) y Dangerous (peligrosos) se vean progresivamente sustituidos por máquinas puede parecer una maldición, pero no lo es: simplemente, hablamos de trabajos que las personas no deberían hacer, que resultan una ofensa para la naturaleza humana. Que esa sustitución se extienda a otro tipo de trabajos, de nuevo, nos puede preocupar porque imaginamos la alternativa de quedarnos sin trabajo como un desastre y una exclusión, pero ello se debe únicamente a la escasa madurez de los planteamientos sociales en torno a esa necesidad de la renta básica universal. A medida que esa dialéctica avance, nos encontraremos no solo aliviados cuando nuestros trabajos puedan ser llevados a cabo por una máquina, sino que además, dejaremos de verlo como una amenaza y estaremos dispuestos a colaborar aportando nuestra experiencia con quienes pretendan hacerlo, si ello nos ayuda a estar en el lado adecuado de la disrupción. Pero imaginar algo así sin imaginar nada detrás que aporte lo que necesitamos para obtener ingresos resulta sencillamente aterrador, y la inmensa mayoría de los políticos actuales están aún muy lejos de entender la necesidad de ese tipo de planteamientos o de no contaminarlos con principios ideológicos. 

Amazon Go nos muestra, por ahora por una mínima rendija, la realidad de la coevolución de los hombres y la tecnología. Y esa realidad no es aterradora, ni deshumanizada, ni negativa, ni excluyente, salvo para los que se empeñen en verlo así. De hecho, dejar de verlo como algo amenazador es el primer paso para ese necesario cambio. Entender que es, sencillamente, mejor en todos los sentidos, siempre que como sociedad seamos capaces de organizarnos para acoger ese cambio con las adecuadas garantías para todos los implicados. Y como todos los grandes cambios, no va a ser sencillo, pero no por ello deja de ser inevitable.

 

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Negocio transaccional frente a negocio publicitario

Billboard and transactionUn buen artículo en Venture Beat, titulado What if Google and Facebook got it all wrong?, expone la perspectiva a la que se enfrentan dos de las compañías más exitosas del mundo ante la evidencia de que la publicidad es una fuente de ingresos notablemente menos eficiente que la transaccionalidad, que el comercio electrónico como tal.

Sin duda, hacer las cosas es mejor que contarlas. El modelo de negocio de una compañía como Google, surgido a partir de la imitación de un tercero y de su superposición a una actividad, la búsqueda, que no se sabía como convertir en negocio, ha dado lugar a un gigante que, si bien gana mucho dinero, se encuentra en la tesitura de que la mayor parte de la actividad económica que genera tiene lugar lejos de la compañía, en casa de aquellos que cierran las transacciones que se inician en sus anuncios. La transaccionalidad en el caso de Google, la venta de productos y servicios como tales, es sumamente escasa, lo que la convierte, tras un simple examen de la cuenta de resultados, en una empresa prácticamente monoproducto, en la que los ingresos derivados de la publicidad representan en torno al 90%.

El caso de Facebook, que intenta desarrollar ahora una parte transaccional que valga la pena, es muy similar al de Google: el 97% de los ingresos de la compañía provienen de la publicidad, y las incipientes ventas que comienza a generar parecen más una manera más de justificar una mayor inversión publicitaria en la plataforma por parte de las empresas vendedoras que una fuente real de ingresos para Facebook.

Frente a los gigantes de la publicidad, tenemos una serie de compañías, encabezadas por Amazon pero con un creciente protagonismo de las grandes compañías del mercado chino, en las que la transaccionalidad se convierte en el auténtico protagonista. En todos los casos hablamos de empresas que siguen una estrategia de plataforma, de construcción de un entorno en el que otros desarrollan la actividad, pero que la actividad sea transaccional en lugar de publicitaria parece entregar unos porcentajes de margen sensiblemente más jugosos. De hecho, Google se encuentra cada día más presionada: una parte significativa de las búsquedas más rentables, las que terminan con un clic comprador, tienen ya lugar en la página de Amazon, y otra parte, las de aquellos que buscan una interacción conversacional con una compañía, suceden dentro de Facebook.

Mientras, en China, vivimos un entorno de competencia imperfecta en el que los grandes gigantes occidentales no son capaces de entrar, pero donde compañías como Tencent y Alibaba se definen abiertamente como plataformas transaccionales de comercio electrónico, como canales comerciales en los que el protagonismo de las ventas es total. Todo lo que aparece en cualquiera de las páginas de Tencent o de Alibaba  puede ser adquirido en pocos clics, y cada una de esas transacciones deja ingresos en la respectiva compañía que lo muestra al usuario. WeChat es una herramienta de mensajería instantánea, pero su enfoque y compromiso con las ventas es clarísimo y contundente: puede ser utilizada para localizar cualquier cosa en los canales oficiales de prácticamente cualquier compañía y, rápidamente, pagar por ella. Un negocio claramente más sólido y con más margen que el de la publicidad, que tanto los mercados como las empresas cliente tienden a valorar mejor, y que parece, cada día más a medida que la publicidad sufre problemas derivados de tendencias como el ad-blocking, mostrar el camino a seguir.

A estas alturas de película, el desarrollo de plataformas orientadas al comercio electrónico por parte de compañías como Google o Facebook parece complicado: ambas lo intentan, pero el mercado ya tiene muchas de las cartas repartidas, y desplazar a los usuarios de comportamientos y asociaciones mentales convertidas en hábitos consolidados parece algo que requerirá mucho tiempo e inversiones importantes. La publicidad, que en su momento se configuró como el modelo de negocio ideal para toda aquella pagina que congregaba a muchos usuarios fueses un buscador o una red social, empieza a mostrar sus limitaciones. Si quieres ganar dinero y crecer, vender productos parece mucho mejor que vender anuncios.

 

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La banca y la disrupción

IMAGE: Lorelyn Medina - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Facebook Bank“, y habla de la licencia bancaria obtenida en Irlanda por la red social a los dos años de solicitarla, y de cómo podría afectar la progresiva entrada de las compañías tecnológicas a nivel internacional en el ámbito de los servicios de banca, como ha ido ocurriendo en los Estados Unidos con ejemplos tan exitosos como Square, Venmo (perteneciente a PayPal) o Snapcash (lanzado por Snapchat en combinación con la primera), entre otros. 

¿Qué pasa cuando compañías enormes, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) comienzan a invadir tu negocio? No, mantener un sistema de pago entre particulares no es lo mismo que hacer banca, te dicen… es solo la parte sencilla del negocio, te dicen, nosotros hacemos muchas más cosas. Sí, pero esa parte sencilla del negocio acostumbra al cliente a que determinadas operaciones que hace a menudo pasan a tener como protagonista a alguien que no es un banco, y que por las razones que sea, funciona de una manera que no les resulta incómoda: mejores interfaces, mejor uso de la información, mejor atención al cliente, mejor imagen, mayor nivel de innovación… e incluso más fondos!

Los bancos juegan con un lastre: en la mayoría de los mercados, tienen una percepción mala, una imagen negativa. Pueden jugar a agruparse, ofrecer sistemas sin comisiones o tratar de ser vistos como innovadores, pero la verdad es que otras compañías juegan más fuerte que ellos en su propio terreno porque, después de todo, hablamos de un negocio ya puramente digital desde hace mucho tiempo. Los pagos son prácticamente la última frontera analógica que quedaba, y cuando esa desaparezca del todo, poco más quedará para defender. ¿Pretenden las grandes compañías tecnológicas ser los nuevos bancos? No en breve, como tampoco se han lanzado a ser las nuevas discográficas o los nuevos periódicos… pero sí se han posicionado impecablemente para ello. Los pagos, como el streaming en la música o como las plataformas de tipo AMP o Instant Articles en la prensa, son solo una cabeza de puente: lo que viene detrás, el cómo y el cuándo están aún por ver.

Para la banca vienen tiempos complicados. Y la solución, como algunos ya parecen haber visto claramente, no es considerar a esas compañías como enemigos o como simples competidores al uso. La cosa va más por otros derroteros…

 

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La inteligencia artificial como nueva división digital

IMAGE: Raptorcaptor - 123RF

Un artículo en Wired, “Google, Facebook and Microsoft are remaking themselves around AI“, pone de manifiesto algo sobre lo que llevamos ya tiempo hablando, la intensidad con la que los gigantes de la tecnología están cualificando a sus empleados a todos los niveles, incorporando talento y desarrollando nuevos productos basados en el machine learning y la inteligencia artificial, con el fin de cambiar cómo organizan y operan su negocio.

En muy poco tiempo, hemos pasado del AI Winter y de considerar este tipo de tecnologías como algo en el terreno de la ciencia-ficción y el futurismo, a encontrarnos en el medio de una realidad rápidamente cambiante y con avances que se ven en el día a día, hasta el punto de que el desarrollo de este tipo de tecnología y sus aplicaciones a cada vez más ámbitos están comenzando a marcar una auténtica división digital entre las compañías que la tienen y las que no. Desde la atalaya que representan las escuelas de negocios, este fenómeno se ve claramente: la demanda de directivos capaces de entender ese ámbito se dispara a todos los niveles, algunos de los cursos más relacionados con el tema duplican su demanda de un año para otro, y los contenidos se incorporan a prácticamente todos los programas a todos los niveles, desde de una manera simplemente conceptual para entenderlos a alto nivel, hasta de un modo ya directamente práctico y vinculado directamente con el análisis y el desarrollo.

Varios de los entrantes en este terreno parecen tener la estrategia razonablemente clara: desarrollar plataformas de machine learning, y ofrecerlas a terceros en modo plataforma de Machine Learning as a Service (MLaaS). En esa tesitura, que sigo con mucho interés dada mi labor como asesor estratégico en BigML, están desde grandes compañías como Amazon (para quien esa estrategia no deja de representar su estrategia tradicional, desarrollar cualquier servicio, sea logística, cloud computing o lo que sea, y ofrecerla a otros), Microsoft, IBM, Facebook o Google, hasta otra serie de empresas más pequeñas en dimensión, pero seguramente más rápidas y ágiles en el desarrollo de producto. El reto, lógicamente, es crear plataformas cuyo uso no suponga un reto y el tener que disponer de decenas de científicos de datos en plantilla, y adaptarse lo mejor posible a las demandas de unas compañías que, en muchos casos, no saben exactamente lo que quieren o lo que pueden obtener. Por el momento, esta tecnología está en modo “he visto que alguien hace algo y yo también lo quiero”, de manera que la verdadera barrera de entrada no es realmente la tecnología, sino el desconocimiento de sus posibilidades.

Estamos en un momento histórico: muchas de las nuevas plataformas de MLaaS hacen que utilizar machine learning sea parecido a la experiencia que tuvimos cuando aparecieron las primeras hojas de cálculo, cuando de manera casi instantánea nos dimos cuenta de que podíamos llevar a cabo complejos escenarios y cálculo matricial sin saber que estábamos haciendo cálculo matricial – o sin siquiera terminar de entender qué diablos era el cálculo matricial. En breve, las compañías se dividirán entre aquellas que son capaces de sacar partido a la inteligencia artificial y al machine learning para sus operaciones cotidianas, y aquellas que las siguen haciendo a la manera tradicional, mucho menos productiva y mucho más impredecible. Estamos hablando de la aparición de un nuevo digital divide, de un evento prácticamente darwiniano en términos de competitividad. Tú verás en qué lado de la frontera te quedas…

 

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Reparto a domicilio… de verdad

IMAGE: Johan2011 - 123RFCon el auge del comercio electrónico, hemos visto un gran crecimiento en el volumen de reparto a domicilio. Hace algunos años, la llegada de un paquete a casa era relativamente excepcional. Ahora, no es extraño que haya varias entregas a lo largo de la semana, con todo lo que ello conlleva a la hora de planificar que la recepción pueda hacerse cuando haya alguien en el domicilio que pueda abrir la puerta.

Amazon podría estar trabajando en una manera de evitar ese problema: una forma de permitir que el reparto pueda llevarse a cabo aunque no haya nadie en casa, mediante el uso de dispositivos electrónicos que permitirían abrir la puerta de casa o del garaje de manera limitada al repartidor que realiza la entrega. Aparentemente, la compañía está desarrollando este tipo de alternativas con compañías de productos de home automation como August o Garageio, con las que ya cuenta con cierta relación: el cliente dispondría de la posibilidad de permitir la entrada del repartidor en una sola ocasión y por un tiempo limitado, lo que le permitiría dejar la caja correspondiente dentro de la casa o en el garaje. Las apps asociadas a este tipo de dispositivos permiten monitorizar la apertura y el cierre, lo que posibilitaría un relativo nivel de control, o incluso combinarlo con otros dispositivos, como Canary o Nest Cam, para poder ver en tiempo real los movimientos del repartidor. Anteriormente, otros operadores logísticos han ensayado otras opciones, como la posibilidad de hacer envíos al maletero de vehículos estacionados y que cuentan con la opción de apertura remota.

Obviamente, este tipo de dispositivos están aún muy lejos de tener una difusión elevada, lo que convierte la iniciativa en una simple anécdota a la espera de que el parque instalado crezca, o en la posibilidad de elucubrar y discutir sobre sus posibilidades y limitaciones. Este tipo de cerraduras electrónicas empiezan a ser relativamente populares, por ejemplo, en propietarios de pisos alquilados con Airbnb, porque permiten proporcionar un acceso temporal al usuario mediante su smartphone, que puede ser deshabilitado remotamente cuando el alquiler termina sin tener que depender de un lugar físico donde dejar o recoger una llave. Igualmente, existen integraciones con otros dispositivos de cierta popularidad en automatización doméstica, como Amazon Echo o Apple HomeKit, para crear rutinas de apertura de la cerradura asociadas a determinados eventos o a comandos de voz, lo que permite imaginar posibilidades de apariencia futurista como la de llegar a casa y que la cerradura se abra tras simplemente saludarla. Aunque en este caso, parece que quedan algunos detallitos por mejorar… 🙂

 

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Ecosistema dron

IMAGE: Cheskyw - 123RFLos Estados Unidos, a pesar de un comienzo lento y dubitativo en términos legislativos, parece estar siendo capaz de sentar las bases para el desarrollo de todo un ecosistema relacionado con la tecnología de los drones desde el punto de vista de sus usos comerciales. Menos de tres años después del primer anuncio de Amazon sobre el uso de drones en logística, posteriormente detallado, y de las primeras baterías de dudas que generó su viabilidad, la Federal Aviation Administration (FAA) acaba de anunciar que estamos “en uno de los períodos de cambio más dramáticos en toda la historia del transporte”, y de pronosticar que habrá más de 600,000 drones comerciales en el aire en el plazo de un año, y millones en el año 2020.

El primer envío logístico oficial en la historia de los Estados Unidos, 4.5 kilos de suministros médicos a una clínica rural, tuvo lugar el 20 de julio de 2015, hace tan solo un año. La historia del uso comercial de los drones corre paralela al desarrollo del mercado de drones recreativos, pero se diferencia de la misma, como es lógico, en su nivel de requerimientos. En el ámbito recreativo, tras el reto regulatorio que supuso la consolidación de estos aparatos como regalo estrella en las navidades de 2015, con más de un millón de ellos puestos en manos de usuarios en su mayoría completamente inexpertos y desesperados por ponerlos a volar lo antes posible, se formularon una serie de reglas, se puso en marcha un registro online para poder atribuir los posibles problemas causados a los propietarios de los aparatos (aunque no todos se registraron), además de una app para Android e iOS, B4UFLY, que debía ser utilizada inmediatamente antes de echarlos al aire, y que proporcionaba información sobre posibles limitaciones en función de la localización escogida para ello.

En el ámbito comercial, en el que ya tenemos lógicamente más actores destacados además de Amazon, la legislación finalmente propuesta por la FAA resultó ser más laxa y permisiva de lo esperado. Obtener una licencia de piloto comercial de drones no es, aparentemente, tan sencillo como sacar el carnet de conducir, pero ya cuenta con un examen específico en el que hay que estudiar una guía de 87 páginas y responder a un examen tipo test.

Mientras tanto, los drones han ido desarrollando aplicaciones de todo tipo: se habla de África como lugar de pruebas para muchos desarrollos comerciales, de emiratos árabes como Dubai, con sus imponentes rascacielos, como lugar privilegiado para su aplicación, y hasta de cómo van a tener que rediseñarse las viviendas para ofrecer espacio para el aterrizaje de drones… aunque algunas personas sigan ofreciendo cierta resistencia.

¿Van realmente los drones a consolidarse, como afirma la FAA, como la base de una revolución en la logística y el transporte de mercancías? ¿Justifica esta tecnología desde el punto de vista de costes y operativa la atención que se le presta? Indudablemente, no todo el transporte de mercancías se desarrollará por el aire, pero sí resulta posible que alcance un protagonismo importante en algunos ámbitos, sobre todo si los costes van conteniéndose a medida que los operadores humanos van siendo menos necesarios y se desarrollan esquemas de vuelo completamente automatizados (ya hay desarrollos muy ambiciosos de drones dotados de sensores que les permiten evitar colisiones o percibir elementos de su entorno). De ser vistos por muchos como un simple capricho presentado para llamar la atención, estamos pasando a ver los drones como una auténtica redefinición del transporte válida para muchas situaciones.

En muy pocos años, miraremos hacia arriba, y ver drones surcando los cielos será parte de la normalidad. Otro más de esos escenarios que muchos aún califican como “de ciencia-ficción” y que, según la FAA y muchos de los participantes en esta industria, dista mucho de serlo. Gustará o no, pero cuando los plazos para el despliegue de un ecosistema con tecnología, personas, empresas y entornos legislativos se cuentan ya entre uno y cuatro años, es que el futuro ya está aquí.

 

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